lunes, 21 de diciembre de 2009

Viva Francia (con perdón). Por Félix Madero

ME han gustado los toros hasta el punto de que durante muchos años calenté el cemento en Las Ventas del Espíritu Santo de Madrid. No llamé a la tauromaquia Fiesta Nacional porque nunca vi una fiesta y sí una expresión artística que me llevó a la pintura, a la literatura, al periodismo y a encontrar en el albero la gran metáfora del hombre solo frente a la vida. Nunca hablé de Fiesta Nacional porque conocía a españoles que sin tener una Constitución por Estatuto vivían al margen de los toros: vivían y dejaban vivir. Las únicas fiestas nacionales que conozco son la siesta, la paella, nuestra secular tendencia a la pereza y el puente de la Inmaculada.

Ahora unos parlamentarios desnortados por la borrachera identitaria creen que el problema son los toros, y en eso nos tienen entretenidos. Un día son las consultas separatistas, otros los crucifijos, ahora los toros. Es lo más moderno, prohibir. Prohibido ser español, prohibido el Cristo encima de un encerado, prohibido que José Tomás se vista de tabaco y oro en Barcelona. Habrá que hacer algo, porque no contentos con meter la mano en nuestras carteras, ahora acometen contra nuestras conciencias. Y ahí ya no. Y ahí no hay por qué soportar que tipos con la facha intimidatoria de Joan Tardá te llamen asesino cuando vas a una plaza.

Habrá que reconocer sin embargo que la lidia no pasa por su mejor momento. Le falta verdad. El diestro de Galapagar es un hombre solo frente a tanta mediocridad vestida de luces. Aquí a cualquier sota de espadas la llamamos maestro; a una mona, toro; a una afición excitada y borracha, respetable; a un junta duros, empresario; al periodista sobre-cogedor (separo la palabreja con toda la intencionalidad) revistero. Así, los enemigos de la lidia han ganado su batalla apoyados por unas decenas de políticos que odian a España. Pero aquí estamos, aguantando. Ocurre que los defensores de la lidia han bajado la guardia de un espectáculo que no se sostiene con trampas, y de todas, la peor es la de la mediocridad. Hace años en Las Ventas un aficionado harto de ver cómo un torpe varilarguero se empleaba contra el burel envío al público este mensaje lleno de angustia y desesperación: ¡Y el caballo, qué estará pensando el caballo!

Nos quedará París siempre. París nos pone una silla en el G20, nos trae a los nuestros del Chad, nos limpia las calles de etarras, nos soluciona el problema de Aminatu Haidar, sus políticos firman manifiestos de apoyo a los toros. En Francia no cierran las plazas, las llenan los aficionados que perplejos se preguntan lo mismo que el caballo de Las Ventas: Y estos españoles, qué están pensando estos españoles.


ABC - Opinión

Instrucciones para hacer el indio. Por José García Domínguez

El ecologismo ha sabido buscar alojo en esa región del cerebro donde el miedo y el sentimiento de culpa incuban un microclima moral apto para la más pura irracionalidad.

Tras la soberbia escena cómica de Zapatero en Copenhague, cuando dio en hacer el indio parafraseando la famosa carta ful del piel roja Seattle al presidente de los rostros pálidos, hay algo más que simple indigencia cultural. De hecho, bajo la estomagante cursilería de la frasecita yace, incólume, el mito que alimentó el discurso prometéico de la izquierda a lo largo de las dos últimas centurias: la fantasía del buen salvaje. Esa leyenda urbana que ansía recrear la memoria atávica de un hombre "natural", magnánimo, generoso, libre y gozosamente feliz; idílica criatura cuya inocencia primigenia habría de ser corrompida por la vida en sociedad y sus funestos corolarios: el Estado, la división en clases y la propiedad privada.


Desde que aquel trilero de las ideas que respondía por Rousseau ingeniara ese tocomocho antropológico, legiones de traficantes de sentimientos no han cesado de hacer negocio con la misma estafa. En el siglo XX, la utopía, nombre artístico por el que también es conocida, llenó de cadáveres las cunetas de la Historia gracias a los dos hermanos gemelos que entonces la encarnaban: el comunismo y el nazismo. Ahora, el ecologismo, ideología que mantiene una relación con la ecología pareja a la de la velocidad con el tocino, se ha convertido en la nueva expresión política de una fábula siempre igual a sí misma. Y como todas las creencias que se sustentan en emociones, ha sabido buscar alojo en esa región del cerebro donde el miedo y el sentimiento de culpa incuban un microclima moral apto para la más pura irracionalidad.

Es ese milenarismo apocalíptico lo que late detrás de la gansada zapateril, algo en las antípodas doctrinales del muy prosaico principio de que quien contamina, paga. Lejos de eso, se trata de una actualización de la vieja retórica mesiánica de la "explotación del hombre por el hombre", con la nimia salvedad argumental de que al capital opresor le ha dado por extraer la plusvalía directamente de la Naturaleza. No obstante, amigos, "cuando el último piel roja se desvanezca de la tierra y su memoria sea solamente una sombra de una nube atravesando la pradera, estas riberas y praderas estarán aun retenidas por los espíritus de nuestra gente", que diría el ectoplasma de Seattle. O Zapatero, que tanto monta.


Libertad Digital - Opinión

Los monseñores del nacionalismo, a por el obispo

Se supone que la misión de la Iglesia (la del País Vasco también) es ayudar al prójimo y salvar almas, no liderar proyectos políticos.

LAS MANIFESTACIONES del obispo saliente de San Sebastián valorando críticamente la elección de su sucesor son un suma y sigue al calamitoso papel que una parte de la Iglesia ha tenido y tiene en el País Vasco. Que Juan María Uriarte diga ahora que es «deseable una mayor participación» de las comunidades cristianas en los nombramientos de sus prelados, sencillamente por el hecho de que no considera a monseñor Munilla uno de los suyos, causa vergüenza. Podría haber planteado esa revolución antes, e incluso solicitar que se hicieran primarias, si se permite la broma; por ejemplo, para haber utilizado la fórmula cuando él mismo fue designado obispo de un lugar tan ajeno a sus raíces como Zamora.


Uriarte raya en el cinismo cuando señala que le preocupa «la situación reflejada» en la carta de los párrocos guipuzcoanos disconformes con la llegada de José Ignacio Munilla, cuando incide en que «la comunión está herida» y cuando añade que él mismo informó a las «instancias» oportunas del «perfil» que era «conveniente» para la diócesis. No se puede usar una fórmula más jesuítica -en el peor sentido de la palabra- para echar leña al fuego y azuzar la inquina contra su sucesor.

En cuanto a lo del «perfil», ¿a cuál se refiere Uriarte?, ¿al de quien contemporiza y gasta medias tintas con los asesinos de ETA? Si está poniéndose como modelo, habrá que recordarle que fue él el obispo que reclamó el acercamiento de los presos etarras en el propio funeral de López de Lacalle, el periodista de EL MUNDO asesinado por la banda terrorista. No cabe mayor ignominia. También fue él quien, este mismo año, ha obviado cualquier alusión al terrorismo en la homilía del funeral por el empresario Ignacio Uría, como si hubiera muerto por causas naturales y no tiroteado por ETA.

Las palabras de Uriarte dan verosimilitud a la tesis expresada ayer por la alcaldesa de Lizartza, Regina Otaola, que señala al obispo emérito de San Sebastián, Setién -mentor de su sucesor-, como la persona que «está detrás» del documento contra Munilla.

Califica Uriarte de calumnioso que se haya dicho de él que está «más cerca de los verdugos que de las víctimas», pero aunque es cierto que en la entrevista publicada ayer en un diario guipuzcoano reconoce que las familias de los asesinados merecen «una atención mayor» que los familiares de los presos de ETA, sorprende que siempre saque a colación el «sufrimiento» de éstos por tener que desplazarse para visitar a los reclusos, como si fuera indisociable una cosa de la otra y ambas estuvieran en un mismo plano.

El PNV, por tradición tan apegado a las sotanas -esta misma semana ha propuesto, sin éxito, que el Ayuntamiento de San Sebastián le diera a Uriarte la Medalla al Mérito Ciudadano -ha entrado de lleno en la polémica suscitada por el nombramiento de Munilla. Urkullu se puso ayer del lado de los curas rebeldes y acusó a «los jerarcas de la Iglesia católica del Estado español» de ser responsables del conflicto por haberse «entrometido en el ejercicio de la política». Al margen de que bastante ha callado la Iglesia española estos años sobre el comportamiento de destacados prebostes del clero vasco, es un sarcasmo decir que éste se ha mantenido al margen de la política. A la hora de la verdad, son los monseñores del nacionalismo -el PNV y una parte de la Iglesia vasca- quienes alimentan el rechazo a un obispo guipuzcoano, vascoparlante y con un expediente impecable, por el hecho de no estar comprometido con los objetivos nacionalistas. Pero se supone que la misión de la Iglesia es ayudar al prójimo y salvar almas, no ideologías ni proyectos políticos.


El Mundo - Editorial

Que descontaminen otros. Por José María Carrascal

IMAGINEN un viejo edificio donde unos vecinos, tras haber acondicionado su piso con todo confort, dicen al resto que no pueden hacer lo mismo, porque a la larga el inmueble se desplomaría. Es lo que ha ocurrido en Copenhague entre los países desarrollados y los emergentes. Después de haber talado los bosques propios, es muy fácil decir a Brasil que no tale los suyos porque los necesitamos como pulmón del planeta. Con dos coches por familia, es muy fácil decir a los chinos que sigan con la bicicleta por la contaminación. Pero nadie renuncia al coche, ni a la calefacción, ni al aire acondicionado, si puede permitírselo, ni ningún Gobierno renuncia a industrializarse, si representa puestos de trabajo. Creer otra cosa es desconocer la naturaleza humana o pedir a los demás lo que no nos pedimos a nosotros mismos.

La contaminación es producto del desarrollo, y si los ya desarrollados pueden permitirse el lujo de refrenar el suyo, el resto tiene que hacerlo a lo bestia, como lo han hecho todos, sin que nadie pueda impedírselo. Esa es la realidad y eso es lo que se ha impuesto en Copenhague. No ha habido cuotas de emisiones de CO2, ni mecanismos de supervisión, ni castigo para los más contaminantes. Cada país se fijará sus normas, con el objetivo común de que la temperatura de la atmósfera no suba arriba de dos grados. Un acuerdo de mínimos. Lo máximo que podía alcanzarse con tan diferentes perspectivas sobre un mismo problema. Mejor algo que nada se han dicho todos, menos los cinco bronquistas de Chávez.

Que Obama decidiera hacer causa común con los países emergentes en vez de con sus aliados naturales, los desarrollados, indica dos cosas: que Estados Unidos ya no es la única gran potencia mundial y que su nuevo presidente tiene más sentido de la realidad que los líderes europeos. Porque la demanda de energía va a seguir creciendo, nos guste o no, como advierte la última noticia «contaminante»: en 2025, India sobrepasará a China en población. Imagínense a todos pidiendo lo que nosotros tenemos.

Que puedan tenerlo o no dependerá de si seguimos utilizando las viejas fuentes de energía -el carbón, el petróleo- o si usamos otras nuevas. No me refiero a la eólica o la solar, que aparte de contaminar también, son carísimas, sino a las aún desconocidas. Pero para eso hay que descubrirlas. Quiero decir que el problema del medio ambiente no se resuelve con frenar el desarrollo, como piden los autodenominados ecologistas, sino con más desarrollo, con tecnología más limpia, más barata, más eficiente que la actual. Que seguro la hay. Es lo que ha venido haciendo el hombre a lo largo de la historia, pero últimamente parece haber olvidado.

Puede que necesitemos empezar a tener dificultades respiratorias para que nos decidamos a ello. Antes, difícilmente.


ABC - Opinión

El misterio de la tumba dispara el mito de Lorca. Por Antonio Casado

“Lo mataron en Granada una tarde de verano y todo el cielo gitano recibió la puñalada”, dice Rafael de León en su famoso poema sobre la muerte de Lorca. Pero no reina el verano precisamente en este diciembre del año en curso, que no pasará a la historia asociado al pinchazo del mito lorquiano. Será justo al revés, como conviene a los grandes mitos. Su consagración es la consagración del misterio de su tumba. Una especie de panteísmo que a partir de ahora otorga a los mitómanos la consabida licencia para fabular sobre el paradero de sus restos.

De la Junta de Andalucía depende la continuidad del pulso entre la ciencia y la historia. No ha hecho más que comenzar la marea especulativa. El Caracolar, el Valle de los Caídos o la tumba sin nombre en cualquiera de los cementerios de la zona. Tres hipótesis que pueden ser trescientas cuando el misterio levante el vuelo entre los devotos del poeta, más interesados en la leyenda que en su suporte científico e histórico. Acabarán santificándole, a pesar del ambiente sensorial y absolutamente laico que se respiraba en los ambientes donde se fraguó la amistad de Lorca con Salvador Dalí y Luis Buñuel.


De momento, los arqueólogos nos han vuelto a poner en la pista de la insoportable levedad de ciertas manufacturas históricas. La que acaba de derrumbarse había convertido el barranco de Víznar en lugar de culto. Y se forjó hace apenas medio siglo (confesiones del enterrador, Manuel Castilla, a Agustin Penón en 1956). Imaginemos las ya inaccesibles a la verificación científica por razones de calendario. O las que forman parte del discurso religioso, como la ubicación del portal de Belén, las huellas del pie de Mahoma o la tumba de Santiago. Debe haberlas a patadas, pero eso también alimenta la historiografía. Mejor dejar las cosas como están, aunque los grupos de recuperación de la memoria histórica no parecen dispuestos a resignarse.

En cualquier caso, se corre el peligro de que Lorca (Fuente Vaqueros, 5 junio 1898, hijo de Federico García, agricultor terrateniente, y Vicenta Lorca), acabe siendo más conocido por su muerte que por su vida. En realidad ya casi es así. En la muerte, tanto o más que en la vida, fue donde creció hasta extremos inconmensurables la figura del poeta más representativo de la generación del 27. Lo cual no significa que hasta ese momento fuese un perfecto desconocido, como se llegó a decir. En 1936, el año de su muerte, Federico ya era uno de los poetas, y sobre todo uno de los autores dramáticos, más famosos dentro y fuera de España.

A principios de aquel año todo el mundo hablaba del triunfo de “Doña Rosita la Soltera”, que se acababa de estrenar en Barcelona. Y por aquel entonces su obra “Bodas de Sangre” ya era famosa y ya había pasado de las cien representaciones en Buenos Aires. No es verdad, por tanto, como algunos sostuvieron en algún momento, que de no ser por su trágica y prematura muerte, Federico García Lorca hubiera pasado a la historia como un poeta del montón. De todos modos es justo reconocer que, aunque ya era muy conocido como autor dramático y como poeta antes de morir, con su trágica muerte creció la figura y se forjó el mito de García Lorca. El misterio de la tumba no hace más que echar leña al fuego que alimenta la leyenda.


El confidencial - Opinión

Más ley, menos humo

Las lagunas de la actual norma antitabaco y la evolución social propician su reforma.

Cuatro años de una ley ampliamente incumplida es tiempo suficiente como para abrir un debate sobre sus carencias y su necesaria reforma. Así lo ven la titular del Ministerio de Sanidad, el Congreso de los Diputados y la mayoría de los españoles: hasta el 70% de la ciudadanía está a favor de la prohibición total del consumo de tabaco en todos los lugares públicos cerrados, endureciendo la norma.


La ley antitabaco que entró en vigor el 1 de enero de 2006 permite fumar en los bares pequeños (de menos de 100 metros cuadrados). Algunos Gobiernos del PP, como los de la Comunidad Valenciana y Madrid, no han perseguido nunca las infracciones y liberaron a los establecimientos más grandes de la obligación de separar con barreras físicas las zonas de fumadores de las de no fumadores. El resultado, favorecido por las lagunas de la ley, es que no hay una norma clara que los ciudadanos puedan esgrimir para exigir su cumplimiento y que en el 90% de los bares y restaurantes o se puede fumar o no hay áreas reservadas al humo.

Con la entrada en vigor de la norma se redujo modestamente la venta de tabaco y el porcentaje de fumadores está en torno al 24% de los mayores de 18 años. Pero analizada en perspectiva ha demostrado consecuencias positivas en el terreno sanitario y social. En su primer año de aplicación se registró una menor incidencia de infartos y los españoles fuman, en general, más moderadamente que antes. La mayoría de los centros de trabajo (excepción hecha de los de ocio) han quedado liberados del humo y se han despejado los temores de crispación social. Entre los extremos que clamaban contra la nueva inquisición y los fundamentalistas antitabaco se ha instalado una aceptable convivencia y unos hábitos de respeto antes inexistentes. Consecuencia de la ley es, en definitiva, un cambio de mentalidades que favorece un debate mucho más sosegado que el que se produjo en 2005 y el apoyo popular con que cuenta una reforma que promulgue una prohibición drástica y, por tanto, nítida.

El Ministerio de Sanidad ha prometido acometer la reforma durante el primer semestre del año entrante. La prohibición total del tabaco en todos los establecimientos públicos cerrados homologaría a España con otros países europeos y aplicaría las recomendaciones que partieron en su día de Bruselas.

Neutralizada la industria tabaquera, menos activa que en el pasado, escollo importante es el sector hostelero, que calcula en 11.000 millones de euros sus pérdidas en 2010. Hay estudios que sostienen que ni aquí ni en otros países las medidas antitabaco han lesionado sustancialmente sus intereses. Su inquietud es legítima, pero difícilmente asumible frente a la debida protección de la salud pública y la voluntad ciudadana y sus representantes políticos. Al menos, con la reforma, el supuesto perjuicio será igual para todos, dado que ahora sólo los grandes bares y restaurantes están concernidos.


El País - Editorial

El fiasco danés del catastrofismo climático

Lejos de Copenhague ha quedado la pretensión ecologista de elevar las restricciones de gases de efecto invernadero para así poder influir directamente sobre la economía asignando cuotas de emisión a los distintos sectores empresariales.

La Cumbre de Copenhague se ha saldado con un rotundo fracaso para sus promotores y para todos aquellos que pretendían aprovechar las conclusiones más radicales y alarmistas sobre una controversia científica para sacar adelante su agenda política; una agenda liberticida que muy poco tenía que ver con salvar a la humanidad de sí misma y sí mucho, en cambio, con ponerle los grilletes que no pudieron acabar de colocarle durante todo el s. XX.


Apenas un compromiso muy genérico de que las temperaturas no aumenten más de dos grados con respecto al nivel de 1900 y, eso sí, un reguero de miles de millones para los países pobres con los que supuestamente mitigar los efectos de su adaptación a menores emisiones de CO2.

Lejos, por consiguiente, ha quedado la pretensión ecologista radical de elevar los objetivos de restricciones de gases de efecto invernadero para así poder influir directamente sobre la estructura productiva de una economía asignando cuotas de emisión a los distintos sectores empresariales. Los políticos no podrán racionar la creación de riqueza más de lo que ya lo están haciendo con Kioto. Al menos, hay que celebrar que no habrá en principio mayores recortes a la libertad.

Claro que tampoco conviene echar demasiado pronto las campanas al vuelo. Desde luego, los ecologistas están muy decepcionados porque no existirá ningún instrumento jurídico internacional que obligue a todos los países a reducir sus emisiones. Sin embargo, eso no significa que cada país, en su propósito de contribuir a que la temperatura global no aumente en dos grados, no vaya a adoptar unilateralmente cualquier paquete de medidas intervencionistas que les permita a sus políticos controlar porciones mayores de la economía.

En España no podemos sentirnos precisamente reconfortados. Además de estar insertos en la Unión Europea, una comunidad política que en los últimos lustros ha adoptado un perfil claramente antiliberal y calentófilo en la mayoría de sus decisiones, nuestra clase política parece entusiasmada con cualquier iniciativa legislativa, por absurda y suicida que sea, que apele al cambio climático.

Así, nuestro jefe de Gobierno proclama expropia en un delirante discurso la expropiación de todas las propiedades del planeta para entregárselas al viento; una abstracción que equivale a decir que los bienes materiales no son de nadie y que, por tanto, deben ser gestionados irrestrictamente por nuestros representantes colectivos: él mismo.

Y en competencia directa con nuestro socialista presidente, la secretaria general del principal partido de la oposición, María Dólares de Cospedal, se queja de que en Copenhague se hayan adoptado "pocos acuerdos" al tiempo que pide más "concienciación" sobre el cambio climático. Por lo visto, en Elche también se invitó a abandonar el PP al primo de Rajoy.

Puede, por tanto, que el acuerdo de mínimos de Copenhague le sirva de poco a España, asfixiada por una partitocracia intervencionista que se pelea por ser los pioneros en Europa a la hora de restringir libertades. Pero sin duda les será de gran ayuda a muchos otros países con unos políticos más prudentes.

Al final, pues, parece que de la capital danesa sólo ha salido una declaración de buenas intenciones que costará a los países occidentales alrededor de 100.000 millones de dólares en ayudas a los países del Tercer Mundo. Es decir, en volver a demostrar aquella máxima de Lord Bauer que calificaba las ayudas públicas para el desarrollo como la manera de redistribuir el dinero desde los pobres de los países ricos a los ricos de los países pobres. Elevada factura que sin embargo palidece ante otros posibles resultados de la cumbre como habrían sido un control aún mayor de las economías occidentales o la creación de un Gobierno mundial.


Libertad Digital - Editorial

Los toros y la resistencia. Por Ignacio Camacho

SI el argumento más tranquilizador de que dispone el Gobierno para pronunciarse sobre la polémica de los toros en Cataluña es el de que no le gusta prohibir nada -Fernández de la Vega dixit-, los partidarios de la amenazada Fiesta no tienen demasiados motivos para el sosiego. Más o menos como los fumadores, los conductores o los frioleros. Si por algo se caracteriza esta gobernanza líquida del zapaterismo es por su tendencia intervencionista, por su propensión a inmiscuirse en las decisiones individuales de los ciudadanos en nombre de vagos principios de bienestar colectivo. Este Gobierno prohíbe, y prohíbe bastante, y esa ductilidad moral de la que presume para relativizar los grandes principios se vuelve, a la hora de hacer leyes, una dogmática y poco dialogante firmeza interdictoria. De modo que si hay que esperar a que sea el Partido Socialista el que ponga pie en pared en la deriva antitaurina de los soberanistas catalanes es bastante probable que los aficionados barceloneses a la lidia tengan que ir pronto a Zaragoza o a Perpignan como quien peregrina en busca de un placer secreto.

De hecho, la posición del PSC en la ya célebre votación secreta del Parlament ha resultado de una ambigüedad cautelosa y vergonzante. Un pronunciamiento contundente de los socialistas catalanes cerraría casi por completo cualquier posibilidad de triunfo de la tesis prohibicionista del nacionalismo. Pero no se atreven por temor a ser tildados de reaccionarios españolistas, de rancios adalides de la bárbara tradición celtibérica. Y han dado libertad de voto como si se tratase de una insondable cuestión ética relacionada con las más íntimas convicciones de la moral individual y no de un asunto de identidad cultural, social y estética.

Es probable que a día de hoy haya más españoles indiferentes que aficionados a los toros -a mí tampoco me gustan; me aburren, lo siento-, pero la inmensa mayoría los reconoce como una seña de la cultura colectiva, presente en el acervo común del arte, las costumbres y el lenguaje, que es quizá el ámbito donde más profundamente ha arraigado la tradición taurina. Y la mayoría se limita a no ir a las corridas, o a ir muy de vez en cuando como quien se suma a un rito arcaico, incluso decadente, felizmente vivo a través del tiempo y de la Historia, que enriquece el patrimonio inmaterial de la nación con su despliegue ceremonial de ritos y su riqueza simbólica. Pero si los soberanistas catalanes los prohíben precisamente para abolir su carácter de lazo de identidad nacional, empezaremos a reconsiderar nuestra indiferencia como gesto de solidaridad con una libertad cuestionada. Y volveremos a empatizar con la lidia y a defenderla como una amenazada heredad. Quién iba a pensar, como dice el colega David Gistau, que ir a los toros podría convertirse, en pleno siglo XXI, en un acto de resistencia cívica.


ABC - Opinión

domingo, 20 de diciembre de 2009

Checas. Por Jon Juaristi

LE quedó muy fino a Monzón, alias Wyoming, el chistecillo del miércoles a costa, nuevamente, de Hermann Tertsch, lo de que éste trabaja más en la cama que Nacho Vidal. A ver si a Tertsch lo apiola alguien de una vez, como parece que se pretende, y Wyoming nos obsequia con la ocurrencia del siglo, y reventamos todos de risa, hasta los de derechas. Al parecer, todo lo que se haga con Tertsch es muy blandito, para lo que el chico se merece. Ni una costilla, ni dos ni tres ni pulmones encharcados. Ánimo, ¿no hay quién dé más? ¿El bazo roto? ¿Fractura craneal, dice el señor del fondo? Aplastamiento de médula a la una... qué blandengues los veo, compañeros. Vamos a tener que lanzar un concurso de ideas, o mover la parroquia con otro vídeo simpático: Hermann Tertsch prometiendo que se va a cargar una guardería en Vallecas, a pleno sol de invierno y ante las cámaras. O, mejor, cargándosela directamente en montaje de ordenador, con mucha casquería y biberón profanado. El caso, como diría Neil Postman, es divertirse hasta morir, y el filón Tertsch es explotable sin riesgo, porque su antiguo periódico, el más leído de España, lo acaba de declarar tótem máximo de la prensa de la caverna, o sea, que se la ha estado buscando desde que abandonó la cabecera correcta.


Pero, ya que de corrección se trata, veamos cómo se escribe la historia según la Sexta y el programa de Monzón-Wyoming, cuya aspiración no es, según los directivos de aquélla, exterminar a Tertsch, sino instruir deleitando a la audiencia con gracia y salero, enseñándonos, de paso, un poco de memoria nacional. Resulta que Hermann Tertsch, en un comentario desde el lecho del dolor, emitido por Telemadrid, se refirió a un tiempo de checas y paseos cuyo aroma está impregnando de nuevo la imaginación colectiva de la zurda. Pues bien, Wyoming comparece de ordinario junto a un artefacto conocido por Beatriz Montáñez, que pone las puntualizaciones eruditas. A lo de las checas, la tal Montáñez reaccionó explicándonos a los legos que se trataba de los terribles centros de detención que abrió en España el Ejército Soviético durante la última guerra civil. Como no es verosímil que a un producto de la LOGSE le suene el Ejército Soviético, creo razonable atribuir la especie a los guionistas de El Intermedio. Qué cucos. Endosar las checas a un difunto permitió a Wyoming sacarse de la manga otro chiste a propósito de las paranoias de Tertsch respecto a los socialistas.

Lo malo es que las checas tuvieron mucho más que ver con el Partido Socialista Obrero Español que con el Ejército Soviético, al que los españoles sólo conocieron a través de sus coros. Los socialistas sí que sabían de checas; es más, éstas florecieron en Madrid bajo el gobierno de Largo Caballero, que proporcionó al vecindario la única experiencia auténtica de terror soviético que se vivió en España (en Cataluña, el anarquismo propició un tipo de terror distinto, milenarista y caótico). La teoría de Montáñez es, por cierto, franquismo de lo más castizo (el terror en el bando franquista se justificaba argumentando que luchaban contra el Ejército Soviético).

En fin, no hacía falta llegar tan lejos. Hermann Tertsch no había afirmado que las checas actuales consisten, sobre todo, en ciertos programas de televisión donde se manipula la imagen ajena hasta hacerla odiosa a base de choteo supuestamente blando que ni siquiera compromete al paseo final, porque no faltará entre los espectadores algún psicópata justiciero, incapaz de captar la ironía, y dispuesto a encargarse de la tarea sucia.


ABC - Opinión

Los enemigos del toro. Por M. Martín Ferrand

BUENA parte de la grandeza de la fiesta de los toros se la debemos a sus detractores. De ahí que no convenga rasgarse las vestiduras ante la actitud de quienes, en Cataluña, pretenden erradicar un espectáculo que, bárbaro o ecológico, brutal o estético, forma parte de nuestras costumbres. A finales del XV, el cardenal Juan de Torquemada -no confundir con su sobrino, Tomás, el primer Gran Inquisidor- ya proclamaba la ilicitud del toreo por lo que tiene de falta contra el quinto mandamiento de la Ley de Dios y, antes y después, la nómina de personajes adversos a la lidia es larga y talentosa. Sin ellos los toros serían poco más que la petanca, un entretenimiento rústico y atlético.

La bula De salutis gregis dominici, de Pío V, que llegó a santo, prohibió a los fieles la asistencia a espectáculos taurinos bajo pena de excomunión; pero, si nos atenemos al testimonio de Dante Alighieri, no hay ningún lugar específico en el Infierno reservado a matadores, picadores, monosabios, banderilleros y público en general. Quevedo y Lope de Vega eran antitaurinos y no por ello negaremos su talento. Los jesuitas, salvo algún caso de fervor literario como el de Juan de Mariana, se manifestaron siempre contrarios a la fiesta y ello no les impidió forjar, durante siglos, las mejores cabezas de nuestras más válidas minorías.

Los toros gustan o desagradan y tanto valen lo uno como lo otro salvo que se llegue al ridículo en cualquiera de esas direcciones. Tal es el caso de la Ley de Descanso Dominical de 1903 que llegó a prohibir, «en beneficio de los profesionales», la celebración de corridas los domingos y otras fiestas de guardar. Algunos hicieron oficio de la postura, como Eugenio Noel, que encontró en la taurofobia un medio de vida y, en el primer tercio del XX, recorrió España con una prédica contra lo que llamaba «flamenquismo» e incluía a los toros en uno de sus epígrafes.

El peligro para los toros no está en quienes los aborrecen, sean cuales fueren sus razones, incluso las antiespañolas que cabe sospechar en Cataluña; sino en los taurófilos de oficio y beneficio, en los criadores de animales sin casta y bravura, en los toreros sin arte, en las transferencias autonómicas que disminuyen la condición nacional del espectáculo y, sobre todo, en el matonismo de la Administración y de los empresarios taurinos que, en feliz compaña, abusan de los taurófilos.


ABC - Opinión

El juez y su banquero. Por Jesús Cacho

“¿En qué momento se jodió el Perú?” Es la pregunta que, consternado, se formula de manera constante Santiago Zavala, el protagonista de Conversaciones en la Catedral, quizá la mejor de las novelas de Mario Vargas Llosa, de cuya publicación se acaban de cumplir 40 años. Entre cerveza y cerveza y el humo de decenas de pitillos baratos, Zavalita y Ambrosio se lamentan en un humilde bar limeño llamado La Catedral de la triste suerte del Perú, cuándo se fue a pique el Perú, en una suerte de búsqueda existencial que denodadamente intenta dar con la pregunta de futuro capaz de colmar las aspiraciones de ambos: ¿hasta cuándo seguirá jodido el Perú? Y bien, ¿cuándo se jodió España? El profesor Toribio, del IESE, opina que desde el punto de vista económico fue la famosa huelga general del 14 de diciembre de 1988 la que torció el rumbo de la ortodoxia económica hasta entonces seguida por los gobiernos de Felipe González para adentrarse, con Carlos Solchaga al volante, en la carrera de un gasto público desbocado que, por satisfacer a los sindicatos, culminaría con tres devaluaciones y un millón de parados en 1992/93. En lo político, sin embargo, muchos coinciden en que España se había jodido antes, justo en el 85, cuando el propio Felipe decidió acabar con la independencia del poder judicial, haciendo pasar a los jueces por las horcas caudinas del sometimiento a la clase política.

De lo jodida que está la práctica democrática española, de la degradación de sus instituciones, de la postración que sufre la Justicia, santo y seña de la calidad de una democracia digna de tal nombre, acabamos de tener esta semana una buena prueba con la revelación efectuada por María Peral en las páginas de El Mundo sobre la correspondencia mantenida por el intrépido juez de la Audiencia Nacional Baltasar Garzón y el presidente del Banco Santander, Emilio Botín, a propósito de 302.000 dólares de nada que el magistrado necesitaba para financiar unos coloquios por él mismo planteados en la Universidad de Nueva York, dinero que, naturalmente, obtuvo. Una idílica amistad entre el juez campeador y su banquero, que empieza con un “querido Emilio” y termina, pago, arrobo y éxtasis mediante, con “un gran abrazo”. Y varias veces un elocuente “te agradezco la financiación”. Justicia corrompida y banca corruptora y vamos amarraditos los dos, espumas y terciopelo, yo con un recrujir de almidón y tú serio y altanero…

Escándalo sin paliativos, con la prueba del delito expuesta a público escrutinio. Cinco meses después de volver de Nueva York y ya reincorporado a la Audiencia Nacional, el juzgado del inmarcesible juez recibió una querella del difunto Rafael Pérez Escolar –flecos de las “cesiones de crédito”- contra Botín. No se abstuvo de intervenir y no la admitió a trámite. Hizo más: declaró que no tenía ninguna relación con el banquero. Mintió. La Sala de lo Penal de la Audiencia confirmó la inadmisión. Las preguntas corren cual caballos desbocados. ¿Fue la dádiva del Santander una forma de desactivar al juez? La técnica fue puesta en práctica con cierta regularidad en el pasado por la gran banca española. Por casi toda. Con la excusa de que el estipendio que reciben los magistrados es demasiado bajo para sus altos merecimientos, las entidades ofrecían discretamente a togada gente principal la posibilidad de dictar alguna que otra conferencia, por la que recibían un dinero que, por razones de incompatibilidad, no era declarado oficialmente, no obstante lo cual el juez de turno era obligado a firmar un recibo por las cantidades percibidas al solo objeto de dejar “constancia administrativa”. Es fácil colegir que esos recibos en manos del pagador de turno auguraban un buen pasar en caso de tropiezo judicial de mayor cuantía. Se trataba, se trata en el caso que nos ocupa, de una especie de póliza de seguro que ha surtido una eficacia impresionante, pues ha funcionado apenas cinco meses después de producido el siniestro.

Parece obvio que una sociedad democrática dotada de cierto pulso moral no debería permitir ni un minuto más la presencia del juez campeador en la Audiencia Nacional ni su pertenencia a la carrera judicial. Por pura higiene democrática. Las querellas internas de una clase política enferma seguirán, no obstante, sosteniendo al personaje por la peana. PP y PSOE lo han defendido y/o denigrado de acuerdo con sus particulares intereses temporales. Cuando el sujeto, en su infinita ambición, pretendía meter en la cárcel al mismísimo González por el caso GAL, el PP lo alababa como prototipo de magistrado virtuoso. Ahora que el personaje se aplica activamente a la tarea de dinamitar el cuarteado edificio de la derecha española a golpes de Gürtel, el PSOE lo jalea como paradigma del juez ejemplar. Otro tanto ocurre, en mimética traslación, con los grupos mediáticos afines. Véase, si no, la pintoresca defensa del tipo realizada el viernes por El País, columnita escondida en página par mediante: “Garzón dice que no recibió dinero del Santander”. En realidad, Prisa viene oficiando como cuidador de la fortuna del magistrado desde el momento en que, echando de la carrera a Javier Gómez de Liaño, Garzón Real rescató al difunto Jesús Polanco de las tinieblas del caso Sogecable.

Zapatero deja chiquitos a González y Aznar

El texto de la providencia dictada por la Sala Segunda (de lo Penal) del Supremo de 15 de septiembre pasado, exigiendo al Santander la entrega de la documentación referida al caso, es un documento de obligada lectura que habla a las claras de las sospechas que el alto tribunal alienta en torno a la conducta del sujeto. El caso es que el campeador tiene ahora abiertas en el TS causas por los dineros recibidos en los cursos de Nueva York, por los “crímenes del franquismo”, y por la grabación de las conversaciones mantenidas por los imputados del caso Gürtel con sus abogados en la cárcel, asunto gravísimo desde el punto de vista de las garantías de un Estado de Derecho. ¿Servirá todo ello para que el Supremo, por fin, ponga al personaje en su sitio? Menos lobos, Caperucita. La reacción del viernes del CGPJ, último pleno del año, no pudo ser más descorazonadora: mirar hacia otro lado. Hay veces en que los jueces parecen empeñados en ganarse a pulso la consideración que hoy merecen de los ciudadanos. “Es la última de las vilezas consistir que en la Nación no haya Justicia”, dijo Antonio Maura en mayo de 1917, siendo presidente del Gobierno. ¿Aceptaremos noventa y tantos años después tan fatal veredicto?

Corrupción al por mayor. La misma que esta semana ha tocado de lleno a La Moncloa a cuenta de las fusiones televisivas. Rodríguez Zapatero ha dejado chiquito a González en materia mediática, relegando a José María Aznar a la condición de aprendiz. En junio de 2005, el Ejecutivo, violando letra y espíritu de la Ley, autorizó la conversión de un canal de pago (el Plus) en otro en abierto (Cuatro). Cinco meses después, otorgó un nuevo canal de televisión analógica (laSexta) a sus amigos de Mediapro, con el rojo Roures y sus brillantes escoltas (Contreras, García Ferreras y Cía) a la cabeza. Cansado de la arrogancia de Juan Luis Cebrián, el de León había decidido crear su propio grupo de comunicación. La explicación pública ofrecida por la vicepresidenta Fernández de la Vega fue que la iniciativa tenía por objeto “aumentar el pluralismo e incrementar la oferta” (sic). Tres años y pico después, con ambos en bancarrota, Zapatero decide intervenir y poner orden, también vía De la Vega, quien a toque de corneta “sugiere” a los distintos canales la vía de las fusiones.

Los peores augurios se han cumplido. La integración entre Cuatro y laSexta fracasó por la soberbia de Cebrián y las pretensiones de los Roures. Cuñas de la misma madera. Con ser escandalosa, la operación hubiera dejado intacta la posibilidad de que las dos cadenas privadas clásicas, Tele5 y Antena 3, rendidas también al encanto de la ceja, pudieran ejercer un cierto papel de equilibrio en aras de una teórica pluralidad. Ni hablar. A la espera del anuncio de fusión entre Antena 3 y laSexta, Zapatero, en una genial operación de poder personal, ha barrido de un plumazo tal posibilidad. A partir de ahora todas las grandes cadenas de televisión españolas, con sus múltiplos, serán de izquierdas. ¿Dónde ha quedado el pluralismo, señora De la Vega? ¿Tendrá usted la amabilidad de disculparse ante los españoles?

Todas las grandes cadenas serán “zapateristas”

El corolario que cabe extraer de semejante hazaña es que en tres años, más o menos, Zapatero ha metido en el bolsillo de sus amigos de laSexta 500 millones de euros (valoración del equity) y parecida cantidad a los Prisa. Más de mil millones de euros. Unos 185.000 millones de las antiguas pesetas. No está mal para tiempos de crisis. Con ser ello llamativo, es obvio que esto no va de ecuaciones de canje, sino de operación política de altos vuelos destinada a hacerse con el control total de la televisión en España. En efecto, además de salvar de la quiebra a los amigos, La Moncloa les otorga el control de la línea informativa, quiero decir ideológica, de las cadenas resultantes. Entre José Manuel Lara y Jaume Roures, ¿quién creen ustedes que controlará los telediarios del nuevo grupo? ¿Y entre Paolo Vasile y Juan Luis Cebrián? De modo que el mago Arriola puede seguir refocilándose en su cueva de Génova con las encuestas que dan al PP no sé cuántos puntos de ventaja sobre el PSOE, porque, a la hora de la verdad, las elecciones generales las volverá a ganar el de costumbre.

Mención especial merece Cebrián. El País vendía ayer de esta guisa la operación: “Telecinco y Cuatro crean el mayor grupo de televisión en abierto”. Con un par. Alguien dijo que quien es capaz de manipular el lenguaje –“el más peligroso de los bienes”, según Hölderlin- es también capaz de robarte la cartera. Dedicado al desguace y venta por piezas del antiguo imperio Polanco, las tropas de Cebrián han alcanzado sus últimos objetivos gerenciales. De victoria en victoria, hasta la derrota final. ¿Seguirá contándonos el grupo Prisa las orgías del Cavaliere –dueño de ocho canales de TDT en España a partir del próximo abril- con sus velinas en Villa Certosa? Seguro que sí, porque eso es libertad de expresión, ¿verdad, Juan Luis? Y estación término para los hijos del fundador, tan lejos todos del talento del padre.

Dos casos, el de Garzón y el de las televisiones, que enmarcan como ningún otro, como nunca, el grado de corrupción institucional y de la otra que sufre el país. Y bien, ¿cuándo se jodió España, Zavalita? ¿Hasta cuándo aguantará la balacera a que le tienen sometida los corruptos de cuello blanco? Es obligado reconocer que aquella lóbrega España de la primera mitad del XX ha dado paso a un país que, decidido a partir de los sesenta a superar su postración de siglos, ha experimentado una espectacular transformación en lo que infraestructuras y bienestar material –sanidad, educación, esperanza de vida, etc.- se refiere. Los síntomas de agotamiento de aquel impulso son, sin embargo, demasiado evidentes, culpa de la desidia de unos, la locura nacionalista de otros y la mediocridad de casi todos. “La mala suerte colectiva de España”, de que hablaba Caro Baroja. Y lo peor es que adivinan resortes morales capaces de invertir esta deriva. ¿Hasta cuándo se joderá España, Zavalita?


El confidencial - Opinión

¿San Isidro?. Por Alfonso Ussía

A Nuria Espert la ha enloquecido de felicidad el primer paso hacia la prohibición: «A ver si de una vez por todas se acaba con las corridas de toros».

El Parlamento de Cataluña ha aprobado la tramitación de la ley que prohibiría –mejor escrito, prohibirá–, la celebración de las corridas de toros en aquella autonomía. No se engañen los ingenuos. Ni ecologismo, ni defensa de los animales, ni progresismo legislativo. Una grieta más para separarse de España. Primera corrida de toros en Cataluña, a principios del siglo XIV. Barcelona, la única ciudad de España con tres plazas de toros en activo simultáneamente. ¿Cataluña y la cultura? La pintura, la escultura, la música, la literatura, la fotografía… todo eso está en los toros. Y el cine, con Orson Welles a la cabeza, enterradas sus cenizas en un pozo de San Cayetano, la casa rondeña de Antonio Ordóñez, tantas veces compartida con Hemingway y Jean Cocteau. Goya, Vicente López, Picasso, Regoyos, Gutiérrez Solana, decadentes pintores del españolismo trasnochado. La cultura, el progreso de ERC y los nacionalismos del siglo XIX.


Marcel Marceau –otro españolista–, en la definición de la Fiesta: «El único arte escénico que se alimenta a sí mismo es la tauromaquia. La corrida de toros no necesita ni director artístico, ni escenógrafo ni coreógrafo, ni texto, ni música complementaria, porque el toreo es música no compuesta y poesía no escrita». Y Lorca, Cossío, Alberti, Gerardo Diego, Pemán… pobres locos ajenos a la cultura. La cultura es ERC. Prohíbase todo lo que huele a España. No han olido bien. Los toros también huelen a Cataluña, con siete siglos de tradición taurina. Defensa de los animales, no de los niños. A matar sin arte a los indefensos, sangre también, en los vientres de sus madres. Eso es cultura. A poner en riesgo las vidas de los niños que son subidos hasta la cima insegura de una torre humana. Eso es cultura. Me preocupa el futuro de la Fiesta en Madrid. A Nuria Espert la ha enloquecido de felicidad el primer paso hacia la prohibición: «Para mí es una noticia maravillosa. A ver si de una vez por todas se acaba con las corridas de toros, que son una de las mayores vergüenzas que existen en Europa». En Madrid tenemos impuesta a la nena de doña Nuria, Alicia Moreno, mano derecha del Alcalde Ruiz-Gallardón. Cuidado con la nena, San Isidro, cuidado con la nena, que el Alcalde lleva muchos años sometido a sus contundentes bobadas. Años atrás, durante el franquismo, los catalanes cruzaban la frontera para ver tetas en Perpignan. Ahora lo harán para asistir a corridas de toros. A los totalitarios vestidos de demócratas nada les gusta más que prohibir. Queda terminantemente prohibido en Cataluña mirar ombligos que no sean el propio. Y todo revestido de decorados y falso progresismo. Cultureta de aldea. Lo ha dicho Vargas Llosa: «La primera vez que visité Barcelona me maravilló su cultura, su avance respecto al resto de España. Hoy parece un pueblo». Eso. Las ciudades no las definen los grandes edificios, las calles suntuosas y la riqueza de sus habitantes. Las ciudades lo son cuando el pueblo es superado por la inteligencia, y ésta se establece en su armonía, con naturalidad. Tengo ante mí un libro prodigioso. «El Siglo de Oro de la Poesía Taurina», de Salvador Arias Nieto. La identidad de los poetas apabulla. Eso sí es cultura y modernidad. Pobre gente. Pobre Nuria. Pobres de nosotros, los madrileños, con San Isidro a un paso de ser cuestionado.

La Razón - Opinión

La cumbre parió un ratón

El acuerdo de mínimos de Copenhague ni siquiera fija objetivos de reducción de emisiones.

La cumbre de Copenhague sobre el Cambio Climático terminó ayer con un resultado decepcionante, sobre todo a la vista de las expectativas abiertas por el principio de acuerdo previo entre Estados Unidos y China sobre las emisiones de gases de efecto invernadero que incluía una reducción efectiva -aunque insuficiente- por parte del primero, y una reducción ligada al crecimiento del PIB de la potencia asiática.

Pero ni siquiera se ha llegado a esto. El acuerdo final, cocinado por los líderes de unos pocos países y aceptado por el resto, con la oposición de cinco de ellos, sólo reconoce la necesidad de contener el aumento de la temperatura media del planeta en dos grados, un umbral por encima del cual los efectos podrían ser irreversibles, y que en algún momento se ha de llegar a un máximo en la cantidad global de gases emitidos. Un acuerdo con un grado de concreción menor que el del Protocolo de Kioto, a pesar de que la situación es ahora mucho más preocupante que hace una década.


Los líderes mundiales eran conscientes de que no bastaba con un compromiso concreto de reducción de las emisiones si no iba acompañado de una definición sobre los procedimientos para alcanzarlo, que implican necesariamente cambios profundos en nuestros hábitos de consumo energético y afectan a la vida ciudadana, a los usos domésticos, a la movilidad y la actividad industrial. Pero en Copenhague ni siquiera se ha logrado lo primero. El nivel total de emisiones no ha dejado de aumentar desde que se celebró la Cumbre de la Tierra de Río, en 1992, donde se sentaron las bases de los acuerdos que vendrían después. Y no parece, a la vista de la escasa voluntad mostrada por los países que más emiten, que esa tendencia vaya a cambiar en los próximos años. Malas noticias sin paliativos, para el planeta y para el conjunto de sus habitantes.

Todos tienen una parte de responsabilidad en este fracaso, pero no hay duda de que la mayor debe asignarse a Estados Unidos, que es, con diferencia, el primer país en emisiones per cápita, y a la par que China, con más de cuatro veces su población en emisiones globales, que no aceptó compartir esfuerzos con los demás países desarrollados en el Protocolo de Kioto, y que ha seguido incrementando sus emisiones poniendo su interés económico a corto plazo por delante de cualquier otra consideración.

Por supuesto que otros países también pueden entorpecer el progreso en este campo, pero una actitud decidida de los estadounidenses cambiaría radicalmente el panorama. Ahora seguimos esperando que el Senado y el Congreso de dicho país tengan a bien debatir y aprobar una ley sobre emisiones de CO2 para poder concretar una política global que mitigue los efectos de la dinámica de cambio climático en la que estamos envueltos. Esperemos que esto ocurra pronto y los líderes mundiales puedan volver a reunirse el año que viene y rubricar el acuerdo firme y eficaz que el planeta necesita.


El País - Editorial

Un acuerdo decepcionante, una concienciación esperanzadora

La cumbre de Copenhague se cierra con una declaración de intenciones y las expectativas puestas en México 2010

LAS DOS semanas de cumbre contra el cambio climático que se clausuraron ayer en Copenhague se han cerrado, en la práctica, sin ningún contenido. El «no hay tiempo para hablar, hay que actuar» que proclamó Obama en su discurso, no se ha cumplido. De entrada, cada país es libre de adoptar o no el acuerdo para la protección del clima.


Además, los objetivos fijados son inconcretos y poco ambiciosos: se aplaza a febrero de 2010 cuánto deben reducir los países ricos sus emisiones de gases de efecto invernadero; EEUU sólo admite rebajarlos un 4% respecto a lo que contaminaba en 1990; y se expresa el vago deseo de limitar la subida de las temperaturas en dos grados con respecto a las registradas en 1900, sin tener en cuenta que con los compromisos apalabrados se calcula que la temperatura rebasará en tres grados a la de hace un siglo. Por si todo esto fuera poco, China, el primer productor de gases contaminantes del planeta, ha conseguido que sus emisiones no las supervisen organismos internacionales, lo que impide una valoración objetiva. Por eso se entiende la indignación de los ecologistas, que hablan de «vergüenza climática», y el escepticismo de la propia ONU, que se limita a calificar la resolución final como «mera declaración de intenciones».

No sólo el contenido del acuerdo ha sido decepcionante, también la forma de lograrlo. Cinco países se han negado a firmarlo. Dado que las bases de este tipo de encuentros obligan a que lo pactado se suscriba de forma unánime, la organización se ha visto forzada a inventar una fórmula para sacar adelante el documento final, que consiste en constatar que todos tienen «conocimiento» de lo que en él se dice.

El revés de la cumbre es especialmente doloroso para Europa. Primero, porque la UE era la que llegaba a Copenhague con un planteamiento más ambicioso. Pero, sobre todo, porque el acuerdo final se cocinó en una reunión personal entre el presidente estadounidense y el jefe del Gobierno chino, lo cual pone de manifiesto el papel secundario al que ha quedado relegado nuestro continente tras el despegue de China.

Aunque para muchos el resultado de la conferencia ha supuesto una desilusión, ello no debe empañar los avances. El más importante, capital para el futuro, es la concienciación social y política mundial del problema del clima, que se comprueba sólo con comparar la repercusión que tuvo hace una década la cumbre de Kioto con ésta de Copenhague. Allí la autoridad más destacada fue el vicepresidente Al Gore; en la capital danesa ha participado más de un centenar de jefes de Estado y de Gobierno, incluidos los de las primeras potencias y los de los países más contaminantes. Lo mismo cabe decir en cuanto a la resonancia pública: el impacto mediático ha sido extraordinario. Se ha dado así un salto cualitativo fundamental que permite augurar que lo que no se ha firmado en Copenhague quizás pueda rubricarse en la cumbre de México de 2010.

Si hace dos semanas había 37 países comprometidos con el problema del calentamiento global, desde ayer son ya 187. Por eso no anda tan desencaminado el secretario general de la ONU, Ban Ki-moon, cuando apunta que aunque el resultado «no es lo que esperábamos», se trata de un «buen comienzo».


El Mundo - Editorial

Los toros, principal problema de Cataluña

Ajenos a los problemas reales de los ciudadanos, los políticos catalanes van a dedicar sus mejores esfuerzos legislativos en acabar con una tradición cultural que en ningún otro lugar supone un problema que el Estado deba regular de forma coactiva.

Los políticos de todos los partidos tienen una tendencia natural a intervenir en los asuntos privados de los ciudadanos, pero en el caso de la izquierda y los nacionalistas esta propensión se exacerba hasta llegar a extremos ridículos, como está ocurriendo con la polémica desatada en torno a las corridas de toros en Cataluña.

Si la iniciativa legislativa popular que esta semana fue admitida a trámite en el parlamento catalán sale adelante y es finalmente aprobada, las corridas de toros quedarán terminantemente prohibidas en el territorio de la comunidad autónoma catalana. La consecuencia inmediata será que proliferen los festejos en las ciudades que limitan con Cataluña y los beneficios que produce la Fiesta Nacional irán a otros bolsillos, porque la sociedad civil elude siempre de un modo u otro las prohibiciones estatales utilizando el sentido común y la capacidad empresarial innatos en todo ser humano. Los catalanes podrán seguir disfrutando de la fiesta taurina pero dejando los beneficios en otros bolsillos, algo que a la clase política catalana parece tenerle también sin cuidado.


Vaya por delante nuestro respeto hacia los que, por cuestiones de orden moral, se declaran contrarios a las corridas de toros, los cuales tienen perfecto derecho a expresar su rechazo por métodos pacíficos; pero, al tiempo, exigimos el mismo respeto a los varios millones de españoles que consideran la fiesta taurina una tradición nacional y disfrutan de ella en prácticamente todo el país.

Es quizás en esta última clave, su arraigo compartido en casi toda España, en la que hay que situar los esfuerzos legislativos de un parlamento autonómico dominado por la ideología nacionalista, para el que cualquier expresión cultural española resulta inadmisible en su tarea de “construcción nacional”. Lo acredita el hecho de que mientras que el sentimiento antitaurino está ampliamente repartido por nuestra geografía, sólo en Cataluña, junto a Canarias, donde la tauromaquia nunca ha tenido arraigo popular, los políticos se muestran decididos a suprimir las corridas de toros, que tanta afición concita entre muchos catalanes, incluidos algunos políticos que, hipócritamente, anteponen ahora otros intereses a la libertad de los ciudadanos para elegir libremente a qué tipo de espectáculo público quieren acudir.

Por otro lado, si se trata de evitar el sufrimiento de un animal para diversión del pueblo, no se entiende que la iniciativa antitaurina haya dejado al margen el espectáculo de los “correbous”, típico de muchas poblaciones catalanas, en el que el toro es atado a un poste para colocarle antorchas en los pitones, y más tarde verle correr despavorido por su temor natural al fuego mientras las brasas le caen en los ojos como tortura añadida. Un espectáculo, indudablemente, mucho más cruel con el animal que la lidia tradicional, sometida a un ritual perfectamente delimitado y de obligado cumplimiento para los matadores.

Ajenos a los problemas reales de los ciudadanos, los políticos catalanes van a dedicar sus mejores esfuerzos legislativos en acabar con una tradición cultural que en ningún otro lugar supone un problema que el Estado deba regular de forma coactiva. Los desempleados catalanes y los empresarios que se han visto obligados a cerrar sus negocios tienen de esta forma un motivo más para sentirse “orgullosos” de su clase política.


Libertad Digital - Editorial

Suspenso general al Gobierno

EL Gobierno de Rodríguez Zapatero va a cerrar el año con un balance negativo en la opinión pública sobre los asuntos de más relevantes de su gestión. Según la encuesta que hoy publica ABC, la situación económica, la dirección política y la resolución del «caso Haidar» merecen un claro suspenso por parte de los ciudadanos, aunque la necesidad de esperanzarse aparece en el mayor porcentaje de los que piensan que la economía mejorará en 2010, frente a los que temen lo contrario. Aun así, los encuestados prevén que el empleo y el poder adquisitivo de las familias seguirán cayendo, lo que demuestra que las causas de la incertidumbre y el temor por el futuro se mantienen. Con estas bases será muy difícil que se cumplan los pronósticos optimistas del Gobierno. Contra la desconfianza de la sociedad, las palabras no bastan. Además, si el Ejecutivo pretendía insuflar ánimos con un nuevo modelo productivo, el intento ha fracasado de antemano, porque los encuestados rechazan que los Presupuestos Generales de 2010 o la Ley de Economía Sostenible vayan a ser eficaces. No es extraño, entonces, que el 63 por ciento de los ciudadanos consultados considere que la situación económica es mala o muy mala. No es una opinión sólo de los votantes del PP. El 48 por ciento de los votantes socialistas piensa igual.

En el terreno político, la opinión de los españoles sobre la situación actual es mayoritariamente negativa (53 por ciento) y ha empeorado desde el sondeo de mayo pasado. No en vano, desconfían de la clase política y suspenden claramente tanto a Gobierno como oposición, dato éste que sigue lastrando al PP ante la opinión pública e incluso entre sus propios votantes, porque si los socialistas aprueban por poco al Gobierno (5,7 por ciento), por el contrario los del PP suspenden a este partido con un 4,7 por ciento.

En el plano internacional, los españoles confían en los buenos resultados de la Presidencia europea del próximo semestre, sentimiento abonado por el acuerdo de Estado con el PP. Pero el reverso es la resolución de la huelga de hambre de Aminatu Haidar, porque los encuestados coinciden con las críticas del PP en que España ha salido debilitada frente a Marruecos y en que el reino alauí ha sabido imponer sus intereses frente a España, opinión que comparte el 49 por ciento de los votantes socialistas. Mal cierre para Zapatero.


ABC - Editorial

Que TV3 se fusione con RTVE y colorín, colorado. Por Federico Jiménez Losantos

Las dos cadenas de TV creadas de la nada y contra el espíritu de la Ley por Zapatero –la Cuatro y la Sexta- han sido absorbidas simultáneamente por Tele 5 y Antena 3 mediante una operación entrañablemente navideña, con dos ricachos avarientos compadeciéndose de dos pobretones manirrotos, ahorrándoles así la quiebra, el concurso de acreedores y otros lances de la prestidigitación empresarial política, abocada casi siempre a la mendicidad. Es un placer malsano, si alguno no lo fuera, leer los elogios de la alianza, que en rigor es venta barata o sumisión comercial, de Prisa a Berlusconi, reciente huésped desvestido de sus portadas veraniegas. A mí es que con Cebrián me da la risa: ¡pues no culpa al Gobierno de haber creado la Sexta para sus amigos! ¿Y el regalo de cambiar la televisión de pago Canal + por la 4 en abierto? ¿No ha sido otra ruina no semejante sino todavía peor? Es tan fatuo el hombretón de Prisa que si estuvieran a punto de cocerlo los caníbales les impondría la cantidad de sal necesaria para condimentarlo de forma progresista. Por mandar, mandaría hasta que le cortaran la cabeza.

Pero lo cierto es que el regalo a Prisa y el regalo a Mediapro han acabado en manos de Berlusconi y Lara, con la diferencia de que los catalanes, que ya han mostrado su obediencia al Tripartito, han ganado un dinero que no tenían –Roures y demás- o van a ganarlo –Lara- vendiendo el fútbol a las colonias de la metrópoli cataláunica y editoúnica. Los progres de Barcelona se han forrado y le han traspasado el chollo al Grupo Planeta mientras que los progres de Madrid se han arruinado y se ha hecho con sus despojos Berlusconi. Diferencia notable: unos, de todo a nada; otros, de nada a todo.

¿Pero y las libertades? ¿Y el pluralismo al que se supone que debería servir el sistema de concesiones políticas de licencias de emisión de radio y TV? Pues si antes amenazaba ruina, ahora se ha venido abajo con estrépito. Zapatero presumía de que con él habíamos pasado de cuatro cadenas nacionales a seis. Y era verdad. Progres e ilegales, pero ahí estaban. ¿Y ahora? ¿Volvemos a las cuatro de Aznar? Sí. Y pueden quedarse en dos, pero con veintitantos canales de TDT de pago, que acabarían con cualquier pluralidad en el sector privado. En el público, Zapatero y Montilla podrían fusionar RTVE y TV3 con todos sus canales de TDT, gratuitos o de pago, que serán seiscientos mil, y por fin habríamos conseguido el eterno sueño totalitario de nuestra clase política: volver al Parte. Y, encima, pagando.

Lo menos sórdido entre tanta indecencia sería que si dos cadenas se fusionan, una licencia salga de nuevo al mercado. Y si son dos pares, dos licencias. Todo lo que no sea eso, supondrá una vuelta de tuerca más a este tornillo que nos falta, que es el de la libertad. Esperaremos sentados, no sea que nos cansemos esperando la tradicional lucha por el pluralismo de los partidos de la Oposición. Lo mismo piden una sola cadena. Para ahorrar.


El blog de Federico

sábado, 19 de diciembre de 2009

La oposición os sienta tan bien. Por Maite Nolla

Zapatero convoca a los presidentes de las comunidades autónomas para que le sirvan de coartada. Y los presidentes del PP se levantan, le dejan plantado y encima convocan una rueda de prensa para explicarlo. Vibrante: la oposición haciendo de oposición.

Me estoy poniendo al día en las cosas del fútbol porque mis jefes y compañeros de tertulia me están obligando. Uno de los conceptos que he incorporado a mi repertorio, para aparentar que sé algo, es que los ingleses celebran los córners como si fueran medio gol. Algo indescifrable para una servidora, pero que me han explicado con paciencia. Resulta que los votantes del PP o los que lo fueron, se comportan de igual modo y celebran ya cualquier signo de vida en la oposición. Y esta semana, la oposición ha decidido hacer de oposición y, oigan, hay que decirlo.


La conferencia de presidentes autonómicos convocada por Zapatero acabó de la mejor manera posible: con un fracaso absoluto y un vibrante boicot del PP. Reunir a todos los presidentes autonómicos como si fueran iguales es una pantomima, porque ni son iguales ni los que mandan en España, socialistas y nacionalistas, quieren que lo sean; y lo peor, Zapatero ha promovido todo tipo de normas y de iniciativas políticas para que los españoles no sean iguales por ser españoles, sino que sus derechos dependan de la comunidad autónoma en la que estén censados. La asimetría, que dijo Maragall. El estatuto de la Moncloa, la ley de financiación autonómica o la regulación de los impuestos en el País Vasco, demuestran que vivir en Burgos o en Zaidín, no es lo mismo que vivir en Santa Coloma de Gramenet.

Y como si eso no fuera así, Zapatero convoca a los presidentes de las comunidades autónomas para que le sirvan de coartada. Y los presidentes del PP se levantan, le dejan plantado y encima convocan una rueda de prensa para explicarlo. Vibrante: la oposición haciendo de oposición. Y haciendo de oposición de forma eficaz, tocándole la moral al señor presidente y que se note.

Es verdad que en caso contrario les estaríamos dando las suyas, porque, como han dicho los socialistas en pleno enfado, los presidentes del PP representan a sus ciudadanos y no a su partido. Exacto. Y porque representan a todos, incluso a los que no les han votado, no podían hacer otra cosa que irse. Precisamente por eso, han dejado a Zapatero y a Montilla hablando de sus cosas. Les hubiéramos reprochado, y mucho, pactar cualquier cosa con el que tiene de ministro de Trabajo a Celestino Corbacho y de secretaria de Estado a Maravillas Rojo; el nacionalismo sobrevenido e incompetente plantado en Madrid, y cargado de sinceridad, eso sí. Les recuerdo que el señor Corbacho, emocionado, dijo que él era el que tenía menos instrumentos para luchar contra el paro. Si dice eso el ministro de Trabajo, ¿quién tiene instrumentos para luchar contra el paro? ¿La ministra de Vivienda, que encima no tiene competencias ni sobre vivienda?

Ya ven, nos conformamos con poco y lo celebramos como celebran los ingleses los córners. Es de esperar que Rajoy y sus próximos sientan el vértigo y después de fiestas volvamos a la oposición en standby; pero de momento disfrútenlo.


Libertad Digital - Opinión

Viento de León. Por M. Martín Ferrand

A mitad de camino entre el pensamiento de Proudhon -«la propiedad es un robo»- y la estética expresiva de Ramoncín -«El rey del pollo frito»-, José Luis Rodríguez Zapatero ha dicho en Copenhague que «La Tierra no pertenece a nadie, sólo al viento». Los apologistas del líder socialista, quienes han convertido en oficio el ditirambo sobre el personaje, se han apresurado a subrayar el fondo poético que le anima, su delicada sensibilidad; pero sus hermeneutas, quienes tratan de vislumbrar la verdadera intención que anima la confusa conducta del presidente, sospechan que el brote poético no es otra cosa que un velado ataque a Mariano Rajoy. El líder del PP es, por vocación y por oposición, registrador de la Propiedad. En tal menester, más que en su larga y variada dedicación política, es donde el compostelano tiene acreditada su mayor valía y su mejor capacidad y, ¿cómo se inscribe el viento, que no tiene DNI ni NIF, en un Registro de la Propiedad? Zapatero no da nunca puntada sin hilo y lo que podría parecer un lirismo cursi y trasnochado es, en profundidad, una afilada daga que pretende quitarle a su principal oponente su mayor mérito en el pasado y su mejor oportunidad de futuro.

Cuando Zapatero se aleja del asfixiante ambiente monclovita, en el que la púrpura le abruma y donde le domina una rara pulsión por reescribir la Historia de España y desenterrar todos sus muertos, es como mejor se observa su prístina personalidad y se puede valorar con mayor precisión y justeza la verdadera dimensión ideológica del personaje. Alguien capaz, en tiempo de materialismo encendido y grosero, de apelar al valor del viento y, simultáneamente, sublimar la idea de la propiedad en la que se sustenta, no sin resquebrajamientos y confusiones, el orden establecido no es un personaje para pasarle por alto con una faena de alivio. Gracias a momentos, como la Cumbre del Clima de Copenhague, en donde le vemos lejos de los miembros del equipo gubernamental que tanto le empequeñecen, es cuando Zapatero brilla con luz propia. Hacen falta convicciones profundas y reciedumbre de carácter para, rodeado de dos centenares de líderes mundiales, escoger un abrazo a Hugo Chaves mejor que un apretón de manos a Barack Obama, Angela Merkel o Nicolas Sarkozy... despreciables gentes de derechas con un claro sentido de la tradición cristiana de Occidente e incapaces para el lirismo ventoso.

ABC - Opinión

Escenas de la Guerra Fría. Por José María Marco

La llamada confirma una intuición previa, y es que probablemente todo el asunto ha sido una puesta en escena, por no decir una farsa, y que el Gobierno de Rodríguez Zapatero y la activista iban de la mano, al menos en parte del episodio.

La llamada del Gobierno de Rodríguez Zapatero a la esposa de Saramago, amiga y al parecer representante de la activista saharaui, aclara bastante bien todo el episodio, incluida la petición de las Cortes para que se comprometieran en el asunto hasta las más altas instancias, lo que en lenguaje llano se ha interpretado como una invitación –inédita por su significado– a la intervención de la Corona.


La llamada confirma una intuición previa, y es que probablemente todo el asunto ha sido una puesta en escena, por no decir una farsa, y que el Gobierno de Rodríguez Zapatero y la activista iban de la mano, al menos en parte del episodio. El objetivo explícito era poner el asunto del Sahara en la agenda política internacional. Para eso se ha sacrificado durante unos días la activista, que consigue lo que se había propuesto. Esto incluye, además, la consolidación como representante del llamado "pueblo saharaui" de una minoría relacionada con lo que queda del Frente Polisario. En su origen, el Polisario fue un grupo terrorista antiespañol, hoy vestigio de la Guerra Fría, al igual que el amigo Saramago y como todo el episodio del aeropuerto, que despide un inconfundible aroma a escenificación de cuando estaba vigente la política de bloques.

Por su parte, el Gobierno español ha dado pasto a sus apoyos más izquierdistas y más artísticos, los mismos que viven y se divierten en Marrakech –como siguen yendo a Cuba y antes a Rumanía– pero apoyan al "pueblo saharaui". El mismo Gobierno se ha rehecho un look radical al enarbolar otra vez el slogan de la autodeterminación. También ha acabado por aceptar el statu quo impuesto por Marruecos y se aplaza cualquier posible aplicación de las resoluciones de la ONU al antiguo Sahara español.

¿Hasta qué punto la activista saharaui y sus amigos, entre ellos el Gobierno socialista español, habían previsto este resultado? El futuro lo dirá. Aun así, resulta poco realista suponer que aspiraran a algo más ambicioso. En otras palabras, es probable que la publicidad en pro de la autodeterminación se haya pagado con la consolidación del statu quo.

Si esto es así, el primero que sale ganando es el régimen marroquí. Gana además la elite saharaui, que ahora, en nombre del momentáneo sufrimiento de una activista, exigirá sacrificios sin cuento a "los suyos". Y sale ganando el Gobierno socialista, que ha demostrado estar dispuesto a llegar hasta la humillación –véase el viaje a Washington del ministro Moratinos– en pro de una causa humanitaria, habiendo actualizado además su imagen progresista.

Salen perdiendo, como no podía ser de otro modo, los saharauis. Se les ha sacrificado a los intereses de sus supuestos representantes y, en nuestro país, a la imagen de quienes no pueden dejar de recurrir al tic antiespañol, que es para lo que sirvieron en su día el Frente Polisario y la "causa del pueblo saharaui".


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