martes, 28 de septiembre de 2010

Marbella, ciudad sin ley. Por M. Martín Ferrand

Marbella es, en sus excesos, una muestra del modelo municipal en el que nos hemos instalado.

A Dodge City llegó el ferrocarril del mismo modo que el turismo llegó a Marbella. Dodge, en el Estado de Kansas y según nos contó Michael Curtiz, pasó a ser una «ciudad sin ley». Como Marbella, en la provincia de Málaga. Los americanos pudieron contar con Errol Flynn y aquí el privilegiado enclave turístico se convirtió en un congreso permanente de pícaros de todas las procedencias. Noventa y cinco de ellos, los que se engloban en el «caso Malaya», se sentaron ayer ante el juez y, sin prisas, dentro de un año o poco más, sus señorías ya habrán podido discernir quiénes son culpables. Para la opinión pública, antes de que empiece el juicio, inocentes no hay ninguno.

En Marbella, donde sin duda habrá siete hombres justos, optaron en su día por impulsar el «progreso» con lecturas libérrimas de las ordenanzas y subordinando la decencia a la eficacia. Ahí están los resultados. Lo verdaderamente alarmante es que la diferencia entre lo acaecido en la capital de la Costa del Sol y en otros emporios turísticos españoles radica únicamente en el descaro de quienes abordaron la tarea y en quienes la continuaron; los que ahora, salvo error u omisión, se sientan en el banquillo.


Marbella es, en sus excesos, una muestra del modelo municipal en el que nos hemos instalado y un ejemplo de la corrupción urbanística que, como método para la financiación de los Ayuntamientos, ha amancebado en demasiadas ocasiones a los ediles con los especuladores. No es una excepción aunque constituya un espectáculo que, cabe temerlo, nutrirá durante unos cuantos meses eso que unos llaman la televisión basura y otros entendemos como consecuencia inevitable de la conjunción de un modelo educativo penoso, unos medios informativos distantes de su responsabilidad y una sociedad complaciente a la que le va costando distinguir y separar el bien del mal.

En Dodge no solo tenían a Errol Flynn; sino que, además, Olivia de Havilland, la hija del editor del periódico local, se puso de su parte. En Marbella no hay sheriff y la estrella de la película, una notable tonadillera, también se sienta en el banquillo de los acusados, aunque resulte ridículo llamarle banquillo al asiento que ha de soportar casi un centenar de posaderas. Si no hubiéramos perdido, junto con la esperanza, el sentido crítico y el propósito de la enmienda, el «caso Malaya» debiera servir de estímulo para que quienes deben hacerlo, los distraídos representantes del pueblo español, abordaran una reforma profunda y simultánea del sistema electoral, la funcionalidad judicial y la financiación municipal. Los tres manantiales que nutren este desgraciado caso.


ABC - Opinión

Así, tampoco

Si las encuestas están en lo cierto, la mayoría de los trabajadores y ciudadanos no secundará la huelga general de mañana, aunque esa misma mayoría considera que hay razones suficientes para su convocatoria. Es decir, la opinión pública coincide con el lema sindical de la huelga para decirle al Gobierno «Así, no», pero al rechazar el paro, le replica a los sindicatos «Así, tampoco». No es la única paradoja aparente que hace tan atípica la jornada de mañana. Hay otras aún más llamativas, como la «comprensión» del Gobierno hacia el descontento laboral, el pacto tácito de no agresión entre ambas partes y la desviación de la agresividad sindical hacia los empresarios y la derecha política. Es la primera vez en España, y probablemente en Europa, que los líderes sindicales apuntan las baterías de la huelga general no contra el Gobierno que la ha provocado con su recorte de los derechos sociales, sino contra la oposición. La insólita campaña de videos de UGT, con groseros ataques a empresarios y emprendedores, refleja bien a las claras cómo la burocracia sindical busca en la derecha al chivo expiatorio del desastre laboral. Hay varias razones que explican esta patología que semeja la esquizofrenia, pero destacan la mala conciencia de los sindicalistas por su complicidad con una atolondrada política económica, el lastre ideológico que arrastran como fantasmas encadenados del siglo XIX y un hondo sentimiento de frustración por lo que consideran una traición de sus «hermanos» socialistas. Así se explica que los organizadores del 29-S llegaran rápidamente a un acuerdo de guante blanco con el Gobierno de Zapatero para establecer los servicios mínimos y, por el contrario, mostraran su perfil piquetero con el Gobierno de Esperanza Aguirre. Éstas son las coordenadas y las intenciones en las que se moverán mañana los huelguistas, que nada tienen que ver con la opinión y el ánimo de los ciudadanos. Es probable que el país se paralice en buena parte, pues es relativamente fácil boicotear unos transportes públicos fuertemente controlados por los sindicatos. Pero una cosa es que la actividad laboral se congele y otra bien distinta que los trabajadores se movilicen detrás de las pancartas, más allá de los miles de liberados y de los llamados «piquetes informativos», eufemismo que suele ocultar la coacción, la amenaza y hasta la agresión a quienes no desean secundar el paro. En este punto, el Gobierno no puede rehuir su obligación de garantizar el derecho a trabajar de quien así lo desee y elija. Es muy libre de juzgar con benevolencia la convocatoria del paro y de extremar su delicadeza con los huelguistas, a los que de ningún modo quiere importunar, pero no puede abdicar ni soslayar sus responsabilidades de proteger el derecho de los trabajadores a trabajar. El derecho a la huelga es, por constitucional, indiscutible e inviolable, pero en medida exactamente igual ha de defenderse el derecho a no secundarla. ¿Cumplirá el Gobierno socialista con su obligación o tratará con manga ancha a ese «sindicalismo borroka» que suele aparecer en las grandes ocasiones? Éste será otro de los test que se plantea en la jornada de mañana, primera huelga general desde 2002.

La Razón - Editorial

Plática de familia. Por Ignacio Camacho

Hay un clima de pacto, visible en el fácil acuerdo de servicios mínimos, que apunta a empate de conveniencia.

ÉSTA de mañana va a ser una huelga muy rara. Una huelga desganada en la que se atisba de lejos la falta de convicción de los convocantes y en cuyo fracaso no parece demasiado interesado el Gobierno contra el que teóricamente ha sido convocada. Una huelga sin ambiente, una huelga templada, una huelga amistosa, casi. La mayoría de los trabajadores no quieren secundarla —otra cosa será que no tengan más remedio— y los propios sindicatos dan la impresión de ir a ella contra su propia voluntad. En realidad, es así: no han tenido más remedio porque tras dos años de alianza con el zapaterismo necesitan, tras el brusco alejamiento del presidente, una relativa exhibición de fuerza social para mantener su deteriorado predicamento. Y el Gobierno que quebró de repente su pacto de hierro siente una suerte de mala conciencia ideológica por su propia traición, tal que se diría que comprende los motivos sindicales y hasta estaría, si pudiese, dispuesto a apoyarlos; al fin y al cabo, fue la política conjunta la que condujo al borde de la bancarrota que provocó el forzoso golpe de timón reformista. De hecho, Zapatero no ha parado de justificar sus reformas en el imperativo categórico de los mercados internacionales de deuda, excusando la propia responsabilidad a expensas de su margen de autonomía soberana. Pero la única pirueta que todavía no puede componer este hombre, tan dado a contradicciones y quiebros, es hacerse una huelga a sí mismo.

Por eso hay un clima de pacto tácito, visible en el fácil acuerdo sobre los servicios mínimos, que apunta a un empate de conveniencia. A una huelga lo bastante intensa para que los sindicatos salven la cara pero no tanto como para desestabilizar al poder y ponerlo contra las cuerdas. En esa atmósfera de acuerdo implícito ha irrumpido como caballo en cristalería el ímpetu liberal de Esperanza Aguirre en defensa del derecho a trabajar, ofreciéndose como blanco común para el tiroteo que los presuntos adversarios no desean entablar entre ellos. Cargada de razones de fondo, la presidenta madrileña ha cometido el error táctico de erigirse en protagonista de un paro que no iba contra ella y ha soldado un poco más los cables que quedaban sueltos en el circuito entre las centrales y el Gobierno, deseosas ambas partes de encontrar un factor de distracción que reste vigor a su simulacro de enfrentamiento y desvíe la energía del presunto conflicto hacia un tercero sobrevenido.

Pero si ni los sindicatos ni el Gobierno quieren dramatizar, no existe motivo alguno para hacerlo. Escenifiquen su huelga y pásese la página de este ejercicio hipócrita que no es más que una plática de familia, como decía el Tenorio, una polémica artificial sin ánimo de hacerse daño. Proteste ahora el que quiera protestar, y el resto ya tendrá dónde y cómo hacerlo: cuando lleguen el día y la hora de las próximas elecciones.


ABC - Opinión

España ante la huelga

Tanto Gobierno como sindicatos se enfrentan a decisiones clave sea cual sea el resultado del 29-S.

Por muchas razones, la huelga general de mañana se ha convertido no solo en una prueba de estabilidad para el Gobierno, sino también de la responsabilidad democrática de los sindicatos. De entrada, se trata de un conflicto político que promueve un enfrentamiento entre la voluntad del Congreso (la reforma laboral, motivo principal de la huelga, está aprobada en la Cámara baja) y la interpretación de las organizaciones sindicales, que imputan a la reforma, no sin argumentos, una pérdida de derechos de los trabajadores. Supuesto el derecho sindical a convocar una huelga (lo que no está en discusión en ningún caso), se plantea siempre en estos lances una disyuntiva no menor: el conflicto entre la voluntad de los representantes de la nación y una movilización instada por una parte de la sociedad, importante, pero siempre menor que el conjunto.

Si la convocatoria (y la lectura que posteriormente se realice de sus resultados) se orienta hacia objetivos generales, más allá de la reforma laboral, como el viraje de la política económica del Gobierno, entonces el asunto se complica. El Gobierno está obligado a mantener su plan de ajuste presupuestario por una razón tan sencilla como dolorosa (especialmente para un Ejecutivo socialista): los recursos públicos son insuficientes para hacer frente a las necesidades de gasto del actual Estado de bienestar, al menos mientras dure la recesión. Una parte importante de esos recursos procede de la financiación exterior y los prestamistas ya no están dispuestos a financiar sin condiciones el gasto público español. No haber tomado medidas de ajuste tras la debacle griega hubiese condenado a este país, y por ende al conjunto de sus trabajadores, a muchos años de profunda recesión. Rectificar o anular ahora esos ajustes comportaría un riesgo similar.


Esa es la razón última por la que el Gobierno no puede ni debe volverse atrás en su política económica, aunque algunos asuntos sean, por supuesto, discutibles, y por tanto objeto de negociación y discusión. También con los sindicatos. El Ejecutivo ha mostrado su disposición a negociar los reglamentos de la reforma laboral y el futuro de las pensiones, aunque en el clima actual de enfrentamiento no cabe sorprenderse de la fría acogida a su oferta.

Con razón o sin ella, una huelga general en las actuales condiciones de crisis supone un problema grave. El Gobierno cuenta con la baza de que los ciudadanos no parecen estar por la huelga. Los sindicatos tienen a su favor el malestar general con la política económica de Zapatero. En pocas ocasiones se ha producido, según muestran todos los sondeos, una brecha tan grande entre la percepción de la ciudadanía de que la gravedad de la situación sí justifica una huelga y su convencimiento de que, sopesados todos los factores, lo más sensato es no realizarla.

De ahí que la huelga de mañana sea una encrucijada para el futuro inmediato de España. En caso de éxito no debería servir para variar la política económica actual -y convendría no olvidar aquí que la alternativa política real a este Gobierno es un partido poco inclinado a compartir las tesis sindicales-. De cosechar la huelga escaso seguimiento, debería al menos servir para que los sindicatos se replanteasen la inercia que les ha llevado a concentrar su esfuerzo en la defensa del empleo fijo, esto es, de un mercado dual con contratos fijos e indemnizaciones elevadas que condena a la exclusión a la generación más joven. Para ello, resulta imperativo evitar nuevos distanciamientos de la ciudadanía y no fiar el éxito de la huelga a la violencia de los piquetes o al incumplimiento de los servicios mínimos. Si caen en la tentación de parar una ciudad por la fuerza, bloqueando metro o autobuses, los ciudadanos les pasarán factura. Y eso no redundará en beneficio de nadie. Ni de los sindicatos, ni del país en su conjunto.


El País - Editorial

La revolución marchita. Por Alvaro Delgado-Gal

«Ausentes las ideas, licenciadas las emociones, sólo permanece la curiosidad de saber si lograrán o no los sindicatos paralizar los medios de transporte en la jornada de mañana. El secuestro de los servicios de interés público constituye, por cierto, una vieja herencia blanquista»

LO habitual, en vísperas de una huelga general, es que los sindicatos hagan gárgaras, aclaren la garganta, y ensayen el registro de voz que más les convendrá usar ante el respetable cuando se levante el telón y dé inicio la gran velada. En este territorio propedéutico, o de calentamiento de motores, se sitúa la serie de vídeos que UGT ha lanzado bajo el epígrafe genérico de «Las mentiras de la crisis». Pero al sindicato no le ha salido un trémolo incipiente, sino un gallo absurdo. Tres rasgos sobresalen en los vídeos: la grosería, el acento cómico, o lúdico, o como queramos llamarlo, y el hecho de que los mensajes no parecen dirigidos contra el Gobierno sino contra los empresarios y la oposición. Lo último integra, a bote pronto, un misterio absoluto. Sobre el papel, se ha convocado la huelga con ánimo de neutralizar una ley de reforma laboral elaborada y promovida por el Gobierno de la nación. Lo natural, por consiguiente, habría sido arremeter contra éste, no contra quienes, por las razones que fuere, no votaron la ley en el Congreso. En los vídeos, sin embargo, no se habla del Gobierno. Se habla más, y con mayor encono, del PP, o incluso se menciona, en una especie de evocación retro, a Fraga. ¿Cómo explicarse esta extravagante, inaudita, falta de puntería?

La tesis que la UGT defiende implícitamente en los vídeos es que la crisis se ha generado en el ecosistema en que se mueven los empresarios y sus aliados políticos. La derecha, la nacional y la internacional, es la que ha apretado al Gobierno para que legisle en perjuicio de los trabajadores. Es más, si el representante de los malos, a saber, el PP, hubiese estado en el poder, habría redactado una ley aún más aviesa. De ahí que el enemigo auténtico no sea el que ha hecho la reforma, sino… el que no la ha hecho. No necesito decir que el razonamiento es ridículo. Un gobierno que se deja intimidar por los enemigos de los trabajadores, es, ex hypothesi, un gobierno culpable. Si el gobierno, además de culpable, es socialista, todavía peor. ¿Entonces? ¿Ha sufrido la UGT, acaso, un episodio alucinatorio?


Quia, de ninguna manera. Lo que ocurre, es que la UGT no tiene ningunas ganas de hacerle una avería a Zapatero. Ahora bien, por razones escenográficas, o simbólicas, o porque no hacer nada habría abierto un espacio decisivo a Comisiones Obreras, los ugetistas se han considerado en el deber de salir al escenario y alzar el gallo. Bien, ya están sobre las tablas. Ha llegado el momento de levantar el puño y decir algo contundente y sonoro. ¿Contra quién? Contra el enemigo de clase, un enemigo, por así decirlo, de oficio. Los de Cándido Méndez se han conducido como quien, enojado porque le han dado muy mal de comer, escribe una carta de reclamaciones contra el restaurante de al lado, al que no ha ido pero donde afirma que habría comido todavía peor. Ignoro si el sindicato logrará dejar tieso al país mañana. Su planteamiento es falaz y oblicuo, y no fácil de entender.
O si se entiende, no muy a propósito para encender el entusiasmo del currante medio.

Cabe recordar, a todo esto, que existen países, con tradiciones socialistas mucho más potentes que España, donde los sindicatos, en vez de hacer visajes y figurerías, negocian con el Gobierno, sea o no socialista, acuerdos duraderos de política laboral. Tal ocurre, por ejemplo, en Alemania. Pero entre los sindicatos alemanes y los españoles existe una diferencia crucial. Y es que los primeros, al revés que los segundos, sí están imbricados en las empresas. Son por tanto interlocutores eficaces en un diálogo enderezado a organizar de verdad el mundo del trabajo, es decir, a cambiar los pormenores y exactitudes que conforman la economía productiva de una nación. Por el contrario, la UGT, y en menor medida Comisiones, son como una sombra javanesa proyectada sobre la idea genérica de que los sindicatos son necesarios. Ocupan un lugar en la conciencia pública, y ninguno en los talleres. Su instrumento principal, en consecuencia, es la retórica. Esta reflexión me devuelve a otro de los rasgos que más me ha sorprendido en los vídeos: la grosería.

La grosería es desbordante. En el vídeo que da inicio a la serie, comenta una oficinista, después de un encuentro con el personaje grotesco (Chikilicuatre) en que se encarna la causa de los empresarios: «¿No ha dicho este tío que el PP nos sacaría de la crisis? ¡Es para mearse en las bragas!». La grosería representa en nuestro país un mal endémico. En estos tiempos en que la falta de maneras ha adquirido dimensión planetaria, la propensión nacional a la salacidad se ha acentuado. Pero esto es sólo un lado de la cuestión. Resulta más interesante observar que la grosería es más probable cuando se ha decidido, desde el primer instante, no argumentar. Los guionistas de la serie han localizado al enemigo; el enemigo es sólo eso, un enemigo; y como el sentimiento de enemistad no aparece mediado, ni articulado, por razones, saltan, fáciles, la cuchufleta y el insulto. El aparato fonador, en vez de emitir silogismos, se explaya en higas, pedorretas, y bromas de mal gusto.

Vayamos al tercer aspecto, el que he llamado «cómico» o «lúdico». La comicidad se alía naturalmente con el dicterio. De momento, ninguna sorpresa. Pero ¡atención!, una huelga general no es una pamema. El familiarizado mínimamente con la historia del movimiento obrero sabe que las huelgas generales, de inspiración más anarquista que socialista, no se formularon inicialmente como pulsos que se echa a un gobierno para conseguir tal o cual mejora en el orden laboral. El propósito era más vasto, más generoso, más apocalíptico, más redentor. Se concibieron las huelgas como movilizaciones gigantescas cuyo fin era la transformación revolucionaria de la sociedad. Con el correr del tiempo, el Estado liberal y los revolucionarios llegaron a una suerte de arreglo: los revolucionarios dejaron de ser revolucionarios y el Estado liberal se convirtió en un Estado social. La subversión telúrica ha dado paso al mero conflicto: es decir, a una pugna que ha lugar dentro de los límites establecidos por la ley.

Aún con todo, la huelga general había mantenido, hasta ahora, algo de su antiguo halo sacral. Intriga por lo mismo que los editores de los vídeos hayan evacuado su encargo tirando de los efectos más fáciles, más superficiales, de que se valen los publicitarios para instar los méritos de un quitamanchas o un euforizante sexual. El truco consiste en llamar la atención con un episodio chusco, y deslizar después algunas precisiones (menores) sobre los méritos del producto. Del drama tremendo, hemos pasado al chascarrillo mediático. Ausentes las ideas, licenciadas las emociones, sólo permanece la curiosidad de saber si lograrán o no los sindicatos paralizar los medios de transporte en la jornada de mañana. El secuestro de los servicios de interés público constituye, por cierto, una vieja herencia blanquista. Es lo único que sobrevive del sindicalismo revolucionario. Pero nadie recuerda ya quién fue Blanqui. O, por lo menos, no lo hacen quienes escogieron a Chikilicuatre para dar resalto a la pobre, penosa fantasía digital de esta UGT posmoderna y fané.


ABC - Opinión

Las urnas se plantan ante Chávez

Cabe la posibilidad de que aumente –todavía más– la violencia política en las calles de las ciudades, o de que el dictador ignore a la Asamblea y siga gobernando de la única manera que sabe hacerlo.

La oposición al chavismo no ha cometido el error de la últimas elecciones legislativas y, esta vez sí, se ha presentado a los comicios con una lista unitaria. Una lista de concentración, Mesa para la Unidad, en la que sus candidatos han cerrado filas en pos de la idea común de frenar, más que el avance del chavismo –para lo cual es tarde–, la imposición de una dictadura socialista al estilo de la cubana en Venezuela. Sabia elección la de los opositores y la del electorado, que se ha volcado masivamente con la Mesa para la Unidad otorgándole un 52% de los votos que, por artimañas legales de Chávez, se han transformado en sólo 61 diputados.

El antiguo golpista, que había pedido expresamente a sus encendidos seguidores del Partido Socialista Unificado de Venezuela (PSUV) "demoler a la oposición", se encuentra con unos apoyos parlamentarios realmente mermados. De controlar la práctica totalidad de la cámara ha pasado a una mayoría simple que no le permitirá gobernar por decreto, tal y como ha venido haciendo en el último lustro. Sin esta herramienta, la de elaborar y pasar por la cámara caprichosas leyes orgánicas, el chavismo pierde uno de sus principales pilares de legitimación. A partir de ahora tendrá que negociar estas leyes –por lo general maximalistas–, o abstenerse de presentarlas ante la Asamblea Nacional, lo cual restringirá bastante su radio de acción.


Pero la principal conclusión que cabe extraer de los resultados de las legislativas no es tanto de aritmética parlamentaria, que sigue inclinada del lado de Chávez, como de fuerza popular que ha ganado en los últimos años la causa opositora. Si la Mesa para la Unidad se mantiene firme en su propósito de erradicar a Chávez del escenario político de Venezuela, tiene, con estos números en la mano, una alta probabilidad de conseguirlo en las próximas elecciones presidenciales, que tendrán lugar en el año 2013. Ahí es donde Chávez y su liberticida régimen se la juegan de verdad. La oposición tiene ahora la obligación de perseverar en los principios y valores democráticos que la han hecho acreedora de la última victoria electoral y proyectarlos tres años en el futuro.

Entretanto el panorama es aterrador. Con Chávez y su PSUV privados de la coartada parlamentaria, Venezuela se enfrenta a un nuevo tour de force bolivariano como los de hace una década. Chávez tendrá que gobernar contra la voluntad de la Asamblea y no con el propulsor moral y político de la Asamblea tal y como ha venido haciendo hasta ahora. Cabe la posibilidad de que aumente –todavía más– la violencia política en las calles de las ciudades, o de que el dictador ignore a la Asamblea y siga gobernando de la única manera que sabe hacerlo. Probablemente lo que los venezolanos tengan que padecer en el futuro inmediato sea una mezcla de ambas, violencia y desafueros, en las que el chavismo es un auténtico especialista.

La lucha por la democracia y la libertad en Venezuela será larga y tremendamente ardua. Al tiempo perdido hay que sumarle las peculiares características del gobernante en cuestión: un demagogo iluminado que carece del más mínimo respeto por el Estado de Derecho, la democracia representativa y el Imperio de la Ley. Pero torres más altas han caído. Los demócratas venezolanos no deben desfallecer un instante si algún día pretenden recuperar su país.


Libertad Digital - Editorial

La democracia contra Chávez

Desde la Asamblea es posible dar visibilidad a un candidato unitario que pueda ganar a Chávez y evitar que culmine su delirio totalitario.

CONTRARIAMENTE a lo que sugiere una lectura superficial de los resultados de las elecciones legislativas de Venezuela, Hugo Chávez ha sufrido una estrepitosa derrota. A pesar de haber hecho uso de todas las tropelías imaginables para decantar el resultado a su favor —incluyendo la manipulación de la ley electoral, la intimidación de los electores, el abuso de todos los mecanismos disponibles del Estado y la descalificación o persecución de quienes no se pliegan a sus ambiciones totalitarias— el caudillo venezolano no ha logrado superar la barrera de los dos tercios de diputados que se había propuesto. La prueba más evidente de su fracaso es que la oposición ha vencido claramente en número de votos, un resultado que no se ha traducido en un reparto más equilibrado de los escaños porque el diseño de las circunscripciones estaba previamente arreglado para favorecer a los candidatos del régimen.

Por desgracia, resulta improbable que esta mayoría insuficiente pueda disuadir a Hugo Chávez de seguir adelante con sus delirios revolucionarios. Hasta ahora no ha respetado ningún precepto legal, ni siquiera los que había establecido él mismo, como demostró cuando los venezolanos le dijeron en referéndum que no aceptaban su reelección, lo que no le impidió forzar la legalidad. La entrada del bloque opositor en la Asamblea Nacional debería entenderse, pese a todo, como un claro aviso contra sus planes de constreñir a todo el país en una ideología descabellada que sólo acepta a quienes se someten a su voluntad, aunque por desgracia es previsible que el ex militar golpista asuma este resultado como una ofensa y que reaccione en consecuencia.

La oposición, por su parte, ha conseguido un gran triunfo, pero su prometedor resultado no pasa de ser un primer paso del proceso que debe llevar a la salvación del país. A partir de ahora es necesario reforzar la unidad de todas las fuerzas políticas que se oponen a Chávez, no caer en ninguna de sus provocaciones y prepararse para el momento crucial de la elección presidencial de 2012. Desde la Asamblea es posible dar visibilidad a un candidato unitario que pueda ganar a Hugo Chávez para evitar que consiga perpetuarse en el poder y culminar su delirio totalitario destruyendo Venezuela.


ABC - Editorial

lunes, 27 de septiembre de 2010

Rajoy. Ideología y huelga general. Por Agapito Maestre

Rajoy está perdiendo, a pesar de que las encuestas le den ganador. Más aún, Rajoy no es nadie en términos ideológicos; ni siquiera ha sido capaz de crear un relato plausible sobre el último teatrillo del Gobierno con los sindicatos.

La izquierda política española está contenta con Rajoy. Triunfa frente a todo pronóstico. Quizá en el futuro Rajoy gane las elecciones, pero, de momento, Zapatero ya ha ganado un año más en el poder. Sacará adelante la Ley de Presupuestos Generales del Estado y, sobre todo, culminará su proyecto de destrucción de la nación española con un nuevo Estatuto para el País Vasco. El Estado plurinacional y caótico de los socialistas va adelante. Zapatero posiblemente acabará largándose, pero el zapaterismo es irreversible. En otras palabras, puede que el PP gane las próximas elecciones generales, pero, hoy por hoy, Zapatero no tiene rival.

Rajoy está perdiendo, a pesar de que las encuestas le den ganador. Más aún, Rajoy no es nadie en términos ideológicos; ni siquiera ha sido capaz de crear un relato plausible sobre el último teatrillo del Gobierno con los sindicatos; yo, al menos, apenas he oído algo más que unos balbuceos sobre los inconvenientes de una huelga general en una época de recesión económica. Llevamos oyendo cientos de peroratas sobre la huelga, desde el mismo día que se convocó, pero, por desgracia, la interpretación del PP, supuesto de que la hubiera, no ha prendido entre las masas; pues que a dos días del violento evento casi nadie duda de que los sindicatos y el Gobierno ya han ganado: la huelga es contra el PP, los empresarios, el capitalismo y, en fin, el injusto sistema.


He ahí otra prueba de la debilidad política de Rajoy. Y es débil, en mi opinión, porque en términos ideológicos ha perdido dos grandes batallas, en primer lugar, la de la nación y, en segundo lugar, porque ha sido incapaz de desmontar el tejido ideológico de Zapatero. No diré nada sobre su primera derrota, en realidad fue un juego de pérdida segura. Jugó durante estos seis últimos años al "nacionalismo periférico", aún hoy Rajoy sigue hablando como Pujol: "Quiero encajar bien a Cataluña en España". Rajoy ha jugado, en verdad, contra sí mismo; Rajoy no se atrevió a proseguir el legado dejado por Aznar. La segunda batalla es aún más triste, porque está montada sobre una idea falsa del jefe del Gobierno de España, a saber, Zapatero no es un tipo dotado para el poder.

Ese diagnóstico falsamente popular, que considera a Zapatero como un hombre poco dotado para el poder, es una creación de Rajoy. Sí, sí, esta idea de que Zapatero es un pobre individuo sin ideas políticas y que no sabe lo qué se hace es la gran genialidad de Rajoy y sus terminales mediáticas. Yo no la comparto. Nunca la he compartido; más aún, he combatido esa falaz idea contra viento y marea, y sobre todo con cientos de argumentos y pruebas, que el PP, por desgracia, consiguió imponer a la mayoría de sus votantes en la primera legislatura de Zapatero. Incluso hoy, después de que Zapatero ganase las elecciones de 2008 y haya llevado al límite la existencia del propio Estado español, el PP sigue manteniendo que Zapatero carece de capacidad intelectual para el poder.

Es obvio que esa forma de presentar a Zapatero es una falsa leyenda construida por el PP y sus medios de comunicación. Esa creación ideológica de los populares ha fracasado repetidas veces, pero el PP sigue presentando a Zapatero como un indocumentado, un tipo sin fuste suficiente para enfrentarse a sus grandes propuestas. He ahí el gran pecado de Rajoy. Su soberbia. En realidad, es la falta de inteligencia de un partido que ha renunciado a la ideología, o mejor, es incapaz de hacer crítica de la ideología. El PP de Rajoy ha preferido despreciar por inútil a Zapatero, incluso a veces recurriendo al insulto y descalificación ad hominem, antes que desmontar pieza a pieza el mecano de uno de los políticos más perversos y, sobre todo, "tacticistas" que ha dado España en toda su historia. Por eso, sólo por eso, me atrevo a mantener que el líder de la oposición, Mariano Rajoy, quizá gane las elecciones, pero se lo deberá más a la estulticia de Zapatero que a su forma de hacer oposición.

Digo más, la carencia de discurso, e incluso de ideología, de Rajoy mueve antes a la compasión que a la crítica de una derecha sin norte. Por desgracia, siento decirlo, si alguien quiere comprobar el vacío ideológico de Rajoy sólo tiene que leer la prensa del domingo; por un lado, al periódico La Razón le ha dicho que "se siente bien informado por el Gobierno en relación a ETA"; y, por otro lado, apenas ha dicho nada vertebrado y con enjundia en los últimos meses sobre la huelga convocada por los sindicatos de clase para el día 29 de septiembre. Son los dos principales asuntos que se traen entre manos Zapatero para mantenerse en el poder, pero Rajoy se siente a gusto, no se molesta demasiado ni con el pacto entre el Gobierno y el PNV ni con la huelga más ideológica, o sea, falsa y cruel, de todas las que se hayan hecho en España en los últimos veintes años. Terrible.


Libertad Digital - Opinión

Carta de un parado ante el 29-S. Por Félix Madero

Si la huelga es contra el Gobierno ¿qué hace el ministro más audaz alabando a los sindicatos?

ESTIMADOS señores Toxo, Méndez, Zapatero, Rajoy y Díaz Ferrán. Ustedes perdonarán que escriba a tantos destinatarios, pero es mayúsculo el lío que reina en mi cabeza. Vamos, que me pasa lo que Boscoe Pertwee, que hace tiempo estaba indeciso, pero ahora no estoy seguro. Si tuviera claro a quién mandar este billete, lo haría, pero para los parados el 29-S es una casilla de jeroglífico. Leo periódicos, y no me aclaro. Oigo y veo las tertulias, pero mi confusión aumenta. Cómo no va ser así si veo en la televisión que tras una entrevista que pretendía ser dura y directa le regalan un par de zapatos a Cándido Méndez. Bueno, pienso, será que se hacen ahora así las entrevistas. Será.

Es lunes, y no sé qué haré el miércoles, lo que para un parado es una novedad. Hace mucho que no me pasaba porque mis días se parecen todos. Sería útil que los sindicatos hicieran un díptico en el que, por ejemplo, en la parte de la derecha pongan contra quién es la huelga y en la de la izquierda contra quién no, porque yo no quiero ir a un sitio en el que esto no está claro. Veo a Toxo y Méndez echar sapos por la boca cuando hablan de la reforma laboral, pero nunca encuentro el origen de su enfado. Parece como si la hubiera hecho el presidente de Letonia, y eso es lo que más me inquieta, porque es lo único claro que hay en todo esto. Con mis ojos vi el día que el PSOE sacó adelante la reforma laboral; con mis ojos vi a Zapatero en Nueva York decir a los que le ordenaron que hiciera lo que ha hecho que no habrá marcha atrás. Pero me confunden. Me confunden tanto que me pierdo al pensar en ustedes y en la huelga del miércoles. Y me pregunto: ¿cómo es que un parado como yo, dos años parado, tiene dudas? Esto no debe ser razonable, me digo para mis adentros. No será razonable, pero es lo que me pasa.

Ustedes, señores Méndez y Toxo, aseguran que la del 29-S es la huelga más necesaria de la democracia; bien, pero entonces, cómo explicar que sea la que menos expectativas levanta. Si fracasa, ¿me dirán que han sido Rajoy y los empresarios los culpables? ¿O los trabajadores, que viven anestesiados por patronos sin escrúpulos que no los dejan ir a la huelga? Vi días atrás cómo pactaron los servicios mínimos con el ministro de Fomento. Vi a José Blanco explicar el acuerdo y calificarlo de histórico. Vi también cómo les alababa por su sensatez y sentido de la medida. Y entones me pregunté: si la huelga es contra el Gobierno ¿qué hace el ministro más audaz y oportunista alabando a los sindicatos? ¿Será que ya no está en el Gobierno? Y entones resolví la casilla del jeroglífico, la 29-S. Entonces, perdonen ustedes, lo vi claro. No me esperen. Me quedaré en casa.


ABC - Opinión

Rajoy. La hora para un líder. Por Emilio Campmany

Rajoy debería darse cuenta de que necesitamos un plan, una estrategia, un programa electoral y, sobre todo, un líder que lo proclame y defienda. ¿Quiere serlo él? No lo parece.

En el ajedrez y en la política, la táctica lo abarca casi todo. Por medio de ella, un jugador puede conseguir tanta ventaja que ninguna estrategia, por sabia que sea, pueda provocar un vuelco. Sin embargo, cuando los contendientes tienen parejos conocimientos tácticos y ambos aciertan a escabullirse de las trampas que les pone el otro, la superior visión estratégica se impone.

Zapatero es un magnífico táctico y sorprende a veces a sus adversarios, especialmente a los del propio partido, con hábiles celadas, pero no tiene estrategia. A Rajoy no se le da mal driblar las artimañas del otro y a veces tiene el cuajo suficiente para recurrir él a las suyas, pero su plan se limita a solazarse viendo que el otro carece de él. De forma que si Rajoy tiene alguna posibilidad de vencer en 2012 a pesar de carecer de estrategia, es porque el otro tampoco la tiene. Y si Zapatero tiene una oportunidad de volver a ganar dentro de dieciocho meses a pesar de no tener ningún plan es porque su rival adolece del mismo defecto.


Si de aquí a las próximas elecciones generales Rajoy fuera capaz de diseñar un programa ajustado a las necesidades de la mayoría de los españoles, barrería. Para convencerse, no le vendría mal leer las memorias de Tony Blair, que acaban de publicarse en el Reino Unido. Explica el político británico cómo fue puesto al frente a un partido que había perdido cuatro elecciones generales seguidas (1979, 1983, 1987 y 1992) a pesar de que los conservadores, al final, tampoco es que gobernaran con brillantez. Hasta entonces, los laboristas habían limitado su estrategia a poner de chupa de dómine a la Thatcher por haberse cargado a los sindicatos. Blair les condujo al 10 de Downing Street no sólo con eslóganes como "Nuevo laborismo" o la "Tercera vía", sino sobre todo con un programa que conectó con las aspiraciones de la gente.

Trasladada a España su experiencia, Rajoy podría aprender que a un partido al que el electorado español vota casi por inercia, como es el PSOE, no es fácil derrotarlo sólo con destacar las cosas que hace mal. Es necesario ofrecer una nueva política que le dé a los votantes la oportunidad real de mejorar, a ellos y a sus hijos. Naturalmente, hay que ofrecer algo más que palabras vacías. Pongamos algún ejemplo. En política exterior, seremos amigos de las democracias y enemigos de las dictaduras. En economía, se suprimirán las subvenciones para que el mercado sea verdaderamente libre y puedan bajarse los impuestos. En justicia, el Consejo será elegido exclusivamente por los jueces para garantizar su independencia. En educación, habrá igualdad de oportunidades haciendo que la formación que se dé en los institutos sea tan buena como la del mejor colegio privado. En administración territorial, se centralizará el Estado tanto como sea necesario hasta que la administración autonómica sea económicamente viable.

No es mi intención elaborar un programa político. Algunas de estas propuestas pueden no ser tan atractivas como a mí me lo parecen. Lo que quiero demostrar es que se puede ser relativamente concreto sin tener por eso que levantar la oposición de nadie y lograr, en cambio, ilusionar a la mayoría.

Rajoy debería darse cuenta de que necesitamos un plan, una estrategia, un programa electoral y, sobre todo, un líder que lo proclame y defienda. ¿Quiere serlo él? No lo parece.


Libertad Digital - Opinión

Huelga escénica. Por Gabriel Albiac

Llamamos sindicato hoy a una policía laboral. Y huelga, a un acto escénico.

FRENTE a la trivialización de Marx por Bernstein, Rosa Luxemburgo define, en 1899, la función del sindicato obrero: ser un engranaje necesario de la reproducción del capital, que reajuste las oscilaciones salariales en la ley de la oferta y la demanda, «la cual ley no pueden los sindicatos transgredir, sino, todo lo más, hacer cumplir». Luxemburgo, que, además de su pureza revolucionaria, poseía una buena formación académica, económica sobre todo, no podía pasar por ciertas demagogias. Su argumentación es, con El Capital de Marx en la mano, irrefutable: «Si se quiere convertir a los sindicatos en medio de reducir gradualmente el beneficio a favor del salario…, esto supondrá un retroceso al estadio anterior al del gran capitalismo». Luxemburgo lo llama la rueda de Sísifo sindical: en la que absurdo y grandeza son iguales. Pero es que Luxemburgo habla de sindicatos obreros: organizaciones autónomas —y, como tales autofinanciadas por la sola cuota de sus miembros—. Para esto a lo cual designa ahora el término, ella hubiera tenido un puñado de adjetivos muy desagradables: amarillos o esquiroles, los más caritativos. No eran insultos: eran el nombre de aquellos remedos sindicales cuyas finanzas corrían a cargo de la patronal o el Estado.

En los términos marxianos que Luxemburgo restablece, la huelga es el instrumento básico de presión de un propietario (el de la fuerza de trabajo) frente a otro (el de los medios de producción), cuando éste segundo alcanza una posición lo bastante preeminente como para violar la ley del intercambio equivalente de valores, la cual, desde Adam Smith, es la clave de bóveda del capitalismo. Sindicato y huelga blindan la lógica del capital, no la destruyen: hacen entender a la parte abusiva que violar el mercado puede salir más caro que plegarse a él.

Un trastrueque esencial tiene lugar en 1905. Lenin alza constancia de su extrañeza: la huelga general revolucionaria. Y, como Lenin, también Rosa Luxemburgo ve en ella la forma que el nuevo siglo aporta al tiempo de las revoluciones: la huelga general es la antesala de la insurrección armada. Fracasará en 1905 en Rusia. Y en la misma Rusia triunfará, en 1917. Vencerá en el Berlín espartaquista. Los socialistas la ahogarán en sangre: también, la de Luxemburgo y Liebknecht. ¿Luego? Luego, empieza el largo tiempo oscuro: fascismos, estalinismo…, el naufragio de Europa. «Huelga general» será letanía de guerra fría. Pero nadie sabe ya qué significa. Su segundo adjetivo, «revolucionaria», es eludido o bien trocado en ornamento. De la antesala de la insurrección armada, a nadie se lo ocurriría ni hacer alusión tímida. En esto, llegó el 68. Y barrió las hojas muertas. La huelga general más amplia y larga de la historia desembocaba en nada. Ponía ante nuestros ojos que la retórica miente.

Enseguida dejó de haber sindicatos. Porque ya no hubo afiliados que pagaran. Mutaron en aparatos de Estado: funcionariado no exento de privilegios. Había que preservar las resonancias léxicas para que funcionaran: «sindicato» o «huelga» pasaron a significar lo contrario de cuanto significaron. Pero el peso de las palabras puede mucho. Llamamos sindicato hoy a una policía laboral. Y huelga, a un acto escénico.


ABC - Opinión

El otoño de Zapatero calienta pero no quema. Por Antonio Casado

Rodríguez Zapatero busca el tres de tres: presupuestos, huelga general y catalanas. Tres obstáculos para quien pasa por ser un consumado funambulista. Los tres momentos difíciles de su anunciado otoño caliente. Un otoño que calienta, pero no quema. De los tres ya ha superado uno. El pacto presupuestario con el PNV le garantiza un año más de tiempo para cabalgar mientras ladran, y mientras el PSOE se sigue desplomando en las encuestas.

Nada menos que doce puntos de desventaja respecto al PP, según la difundida el viernes pasado por Antena 3 y Onda Cero. ¿Prueba de que la bifurcación tomada por Zapatero se aleja de la realidad? Puede ser, pero él sigue convencido de que la remontada es posible antes de 2012. Por supuesto, con su nombre en lo más alto del cartel electoral. Nadie a su alrededor maneja hipótesis post-zapateristas. “No le veo fuera de la política”, oigo decir a uno de sus más cercanos colaboradores.


Esta semana toca huelga general. En el precalentamiento, los sindicalistas, que no son precisamente votantes de Rajoy, gritan lo mismo que los diputados del PP: “Zapatero, dimisión”. La moción de censura que Rajoy no presenta en el Congreso la van a presentar pasado mañana los sindicatos en la calle y en los tajos. A poco que el seguimiento cubra las expectativas de los convocantes, esta huelga general debería hacer descarrilar al Gobierno o, al menos, hacerle rectificar la política “antisocial” de quien, según sus críticos por la izquierda, ha puesto a España de rodillas ante los poderes financieros.

Pero no habrá descarrilamiento. Lo saben los adversarios políticos de Zapatero, empezando por Mariano Rajoy, a su derecha, que le hace culpable de los males reales e imaginados de España, y terminando por Cayo Lara, a su izquierda, que se refiere al presidente como “un político amortizado que le está poniendo una alfombra azul a Rajoy en el camino a la Moncloa”. Y también lo sabe Cándido Méndez, que no pierde ocasión de mitigar los ecos sindicales del “¡Zapatero, dimisión!”, aclarando que en ningún caso se grita “¡Rajoy, presidente!”. Acabáramos.

El gato sindical le araña, pero Zapatero no deja de acariciarlo. Ayer prometió en Zaragoza diálogo, acercamiento, respeto y hasta cariño a los sindicatos. “Más allá de la huelga general”, precisó. O sea, un minuto después. Y un minuto antes, ni media palabra de reproche por quererle acorralar. Al revés. “Nunca saldrá de nuestras filas quien quiera restringir los derechos de los sindicatos”, dijo en clara alusión al principal adversario político, el PP, que ha decidido enredar en la espinosa cuestión de los servicios mínimos del miércoles, en plena cruzada contra los “liberados”.

Dos de tres. Moncloa se la apuntará cuando se haya consumado. Luego tocará hacerse la foto con Méndez y Toxo. Y vamos a por la tercera, la que se corresponde con los funerales del Tripartito catalán. Zapatero cuenta los días que faltan para que Artur Mas forme Gobierno y aporte sensatez, previsibilidad y sentido común, tan necesarios en la política catalana y nacional. La idea se ha instalado en su cabeza, pese a Montilla y el cantado descenso de los socialistas en Cataluña.

Si alguien piensa que Zapatero estará incómodo con la muy previsible victoria de CiU en las urnas del 28 de noviembre se equivoca. Es más, considera ese desenlace un elemento de estabilidad y está convencido de que el nacionalismo moderado catalán volverá a implicarse en la política del Estado. Y, a poco que lo permita la aritmética parlamentaria, no precisamente de la mano de quien impugnó el Estatut ante el Tribunal Constitucional. ¿Las cuentas de la lechera? Las de Moncloa, hoy por hoy.


El Confidencial - Opinión

¿Otra tregua? No, gracias. Por José María Carrascal

Si de verdad quieren la paz en Euskadi, que den un ultimátum a ETA para que se avenga a integrarse en el proceso político.

VA a resultar que tenemos que pagar porque ETA deje de asesinar y, encima, darle las gracias. Al menos eso es lo que dice el último comunicado de la banda, aparecido en Gara, donde se muestra dispuesta a «un alto el fuego permanente» e incluso a «ir más lejos», sin especificar. Pero exige a cambio «recuperar el proceso de diálogo», «establecer los derechos civiles y políticos (en Euskadi)», «desactivar los castigos añadidos impuestos a los presos políticos vascos, así como todas las situaciones de presión, injerencia y violencia». De su presión, injerencia y violencia, ni palabra. De que sus presos no son políticos, sino comunes, menos. De que en el País Vasco ya existen derechos civiles y políticos, que sólo ella viola, menos aún. Y de la entrega de armas, requisito para toda negociación, ni rastro.

Pues este documento, que no merece otro destino que la papelera, les parece a quienes vienen propagando que se ha abierto una nueva etapa en el problema vasco —la izquierda abertzale y los mediadores internacionales—, un primer paso importante para solucionar el conflicto, por lo que piden al Gobierno español que de otros hacia la confluencia, como son la derogación de la Ley de Partidos, el cese de las detenciones o el traslado de presos etarras a cárceles vascas, preludio de su amnistía.


¿Es que no han leído el texto de Gara? ¿O es que siguen empeñados en que ETA diga lo que no dice? Pues ese comunicado dice clarísimo que ETA no está dispuesta a dejar la «lucha armada» hasta que no se le conceda lo que persigue. Punto. Al menos no engaña. Ellos sí que engañan o quieren ser engañados. Y si de verdad quieren la paz y la democracia en Euskadi, que den un ultimátum a ETA para que entregue las armas y se avenga a integrarse en el proceso político. En otro caso, romperán con ella abiertamente, calificándola de lo que es: un cáncer en el País Vasco. En cuanto a los «mediadores internacionales», advertirles de una vez y para siempre que el conflicto vasco nada tiene que ver con el irlandés y, menos aún, con el sudafricano. Bien al contrario. El nacionalismo radical es en Euskadi el explotador, el exterminador, el racista. Mientras las víctimas son sus víctimas. Así que mejor que tales mediadores hagan las maletas y se vayan a casa, si no quieren convertirse en cómplices de los verdugos.

Dicho esto, no hay nada más que hablar. A no ser que en el Gobierno haya todavía quien comparta la idea de la izquierda abertzale de que se ha abierto otra oportunidad de negociar con ETA. No hay indicios de ello, pero conociendo la capacidad de sorprendernos de Zapatero, hay que estar preparados para cualquier cosa.


ABC - Opinión

Cataluña. La encuesta-esquela. Por José García Domínguez

En el fondo, la derecha españolista y sus antónimos pedáneos sienten idéntico pálpito; a saber, que los legítimos representantes de Cataluña, los únicos, los de verdad, los catalanes genuinos, son los de CiU. Y sólo ellos.

Ya ni siquiera El País se priva de administrar la extremaunción al Tripartito. Así, demoledora, la encuesta-esquela que, a modo de obituario, acaba de airear en su edición dominical. En puridad, sólo les ha faltado titular la pieza con la célebre frase que Dante el poeta mandara grabar en la antesala principal del Infierno: "Perded toda esperanza". Nadie se extrañe, pues, de que un gran clásico español, el de echar a correr en auxilio del ganador, renazca estos días entre la abatida fauna que parasita el panal de la rica miel autonómica en Barcelona. Soberbio espectáculo crepuscular el que brinda esa desaforada carrera, la de las ratitas transversales que huyen a toda prisa de la nave de Montilla con rumbo a una nómina blindada en el abrevadero de CiU.

Un muy obsceno desfile de modelos que encabeza quien fuera el portavoz oficial del PSC, cierto Jaume Sobrequés de pétreo, granítico rostro, amén de ferviente liberal de toda la vida desde hace una semana. Con decir que hasta el ínclito Vendrell anda de mudanza estos días. Vendrell, el del PP –no confundirlo con el trabucaire de la Esquerra–, ahora compañero de viaje de lo que queda del PSUC tras cooptarlo Rafael Ribó como edecán suyo en una covachuela de la Sindicatura de Greuges. Es lástima, por lo demás, que el Madrid político, por norma tan torpe, tan mediatizado por las emociones en sus diagnósticos del nanonacionalismo, esté a punto de tropezar con la misma piedra analítica de siempre; ésa que sólo existe en su imaginación, por cierto.

De tal guisa, obviando que el catalanismo, dogma por nadie cuestionado, constituye la religión oficial de la plaza, el triunfo de Convergencia habrá de ser tenido por un avance del furor secesionista. Como si la izquierda catalanista –es decir, la izquierda– encarnara un proyecto nacional en algo distinto al de los nietos de Cambó. Imposible persuadirlos de lo contrario, sin embargo. Y es que, paradoja de paradojas, en el fondo, la derecha españolista y sus antónimos pedáneos sienten idéntico pálpito; a saber, que los legítimos representantes de Cataluña, los únicos, los de verdad, los catalanes genuinos, son los de CiU. Y sólo ellos. Dispongámonos, entonces, para el inminente recital de grandilocuentes necedades. El de siempre, vaya.


Libertad Digital - Opinión

Esperpento malayo. Por Ignacio Camacho

Aquel gran latrocinio tuvo culpables morales por omisión que no se van a sentar en el banquillo.

LA prensa debería recoger el juicio de la Operación Malaya en la sección de Espectáculos, porque ese desfile de granujas no tiene mejor clave narrativa que la de lo grotesco. Dos periodistas de Marbella, Héctor Barbotta y Juan Cano, han relatado con pericia profesional el caso bajo los códigos clásicos de la novela negra, pero se trata más bien de un esperpento del siglo XXI, una farsa burlesca con personajes dignos del Callejón del Gato: el Cachuli, la Rubia, la mujer del Pantojo, la Montse, el Gitano, Sandokán, y ese Roca de los nueve teléfonos y la sonrisa glacial que parece un trasunto bananero de Don Corleone. Un manojo de truhanes envueltos en la sombra mediática de la Pantoja, que es el factor folclórico y popular del sainete, el gancho para el carrusel de la telebasura. Un fresco estrafalario y marginal de cierta España pícara, desmesurada, golfa, osada en su semianalfabetismo desvergonzado, que se coló por las rendijas de la política gracias a la anuencia y la omisión de unos poderes públicos aletargados en su deber de responsabilidad.

Es de temer que el circo malayo, con su secuela de alboroto cotilla y vecindón, acapare el primer plano de la opinión pública como señuelo populista capaz de eclipsar los verdaderos debates de una actualidad crispada. Ya no ofrece peligro de desestabilizar el statu quo; los grandes partidos permanecen al margen y el sistema que permitió aquella cleptocracia siente alivio cuando la corrupción se airea con banales ribetes de mojiganga. Los encausados son carne de cañón, gandinga para la gran máquina de picar reputaciones en prime time, material de primera clase para la pujante industria del chismorreo audiovisual. Morbo, entretenimiento y picaresca que garantiza el consumo de masas en medio de la huelga general, la subida de impuestos y la agonía de un Gobierno en estado de catalepsia.

Pero aquel gran latrocinio que durante años expolió la capital española del lujo tuvo culpables morales que no se van a sentar en el banquillo. Lo consintió en primer lugar un pueblo pancista que ignorando los síntomas manifiestos de mangancia votó con reiterada mayoría a los truhanes, y lo hizo posible la vista gorda de unas autoridades encogidas o complacientes. Las denuncias de corrupción llevaban lustros en la prensa, llegaron a saltar a juzgados que las archivaban con no se sabe qué criterios y achicharraron a unos cuantos políticos honestos que se aburrieron y se desengañaron de predicar en un desierto de silencios y aquiescencia. Ocurrió a la vista de todos; algunos cobraron las mordidaspero otros muchos las pagaron sin reparo alguno. Y quienes pudiendo parar el fraude no movieron un dedo jamás han recibido una sola factura política de su responsabilidad; antes al contrario se los puede encontrar hoy en secretarías de Estado y hasta en vicepresidencias del Gobierno.


ABC - Opinión

Los vergonzosos preparativos de una más vergonzosa huelga general

No es en absoluto de recibo que mientras los ciudadanos están haciendo enormes sacrificios para adaptarse a la complicada coyuntura, ellos sigan gozando de millonarias subvenciones y de privilegiadas posiciones jurídicas.

Llevamos ya varias semanas de lamentables preparativos para la huelga general del próximo miércoles. Conforme se ha ido acercando la fecha en la que los sindicatos "de clase" se han arrogado el derecho de "parar el país", el grado de desfachatez y de mofa explícita hacia todos los españoles no ha hecho más que aumentar de manera exponencial.

Primero llegaron unos videos de la UGT plagados de sectaria propaganda antiliberal donde se caracterizaba a los empresarios españoles de crueles explotadores, a los trabajadores de estúpidos explotados y a los sindicalistas de valientes y abnegados luchadores por el bien; luego vimos cómo las centrales sindicales se reían de todos nosotros al presionar a los distintos gobiernos para que impusieran unos servicios máximos sobre el transporte público que supondrán el primer piquete contra el derecho a trabajar de los españoles; y ahora, CCOO y UGT se alían con los subvencionados artistas españoles para persuadirnos de que la huelga no está dirigida contra el Gobierno, que los piquetes tienen como función defender a los proletarios o que los sindicatos de este país son el paradigma de la independencia y el sentido común.


En otras palabras, los grupos de presión que abrevan en el presupuesto público y que hicieron campaña electoral por Zapatero negando en todo momento la gravedad de la crisis en la que ya estábamos sumergidos, reconfiguran su discurso con tal de conservar sus prebendas sin mezclarse demasiado con un Gobierno que ya es visto universalmente como calamitoso.

Ellos, que son en parte responsables de la lamentable situación de nuestras cuentas públicas y de que se mantenga una delirante regulación laboral que se ha cobrado el puesto de trabajo de 2,5 millones de españoles en tres años, vienen ahora dando lecciones de cómo salir de la crisis. Ellos, cuyas rentas y buen vivir dependen del entramado de subvenciones que han logrado extraer año tras año de nuestros bolsillos gracias a haberse convertido en un servil grupo de presión de la izquierda, pretenden erigirse en un ejemplo de independencia e imparcialidad frente a los grupos políticos y económicos. Ellos, que son los primeros que vulnerarán los derechos de los ciudadanos a trabajar, quieren alzarse como los mayores defensores de los derechos de los trabajadores.

Aunque parece que desde los famosos recortes del gasto público de mayo el mensaje haya caído en el olvido, conviene recordarlo cada vez que de manera tan clara sindicatos, "intelectuales" y apesebrados varios nos muestran su auténtico rostro: es hora de que dejen de medrar a costa del resto de los españoles. No es en absoluto de recibo que mientras los ciudadanos están haciendo enormes sacrificios para adaptarse a la complicada coyuntura, ellos sigan gozando de millonarias subvenciones y de privilegiadas posiciones jurídicas. Mucho menos cuando, lejos de limitarse a coger el dinero y echar a correr, se dedican a "parar el país" y a amedrentar a los trabajadores.

No podemos más que estar de acuerdo con los sindicatos cuando señalan que la huelga general del próximo miércoles debe tener sus consecuencias políticas. Pero esas consecuencias deben ser muy distintas de las que ambicionan: en lugar de ver acrecentado su poder, es el momento de reducirlo al de la simple representación de sus cada vez menores afiliados. 40 millones de españoles no tenemos por qué cargar con tanta desvergüenza y sectarismo.


Libertad Digital - Editorial

ETA no merece respuesta

El final de ETA está cada días más cerca, como expresión de la legitimidad ética de la democracia frente a una banda de criminales.

ETA continúa lanzando mensajes de todo tipo a través de sus canales habituales, en particular el diario «Gara». En el último de ellos dice estar dispuesta para un alto el fuego, «y también para ir más lejos», tal vez con el objetivo de sacudirse la presión de los mediadores. A su vez, el brazo político de los terroristas persiste en sus maniobras de siempre, aparentando una autonomía que no existe respecto de los pistoleros que mandan en la organización. Por fortuna, nadie entra ya al trapo de una retórica que pretende engañar a la sociedad y dividir a los demócratas. A estas alturas, sólo cabe esperar de ETA un último comunicado que reconozca su fracaso definitivo frente al Estado de Derecho. La aplicación de la Ley por parte de los jueces, la eficacia policial y la colaboración internacional sitúan a los terroristas ante un callejón sin salida. No importan los falsos «gestos» ni los matices terminológicos que no significan nada a la hora de la verdad. ETA sigue con su actividad terrorista, como demuestra el «zulo» encontrado ayer en una localidad francesa con un buen número de placas para utilizar matrículas falsas. Estamos ante una organización criminal sin otra finalidad que cometer delitos y extorsionar al Estado y a la sociedad. Cualquier análisis de tipo ideológico sólo sirve para prolongar la situación en beneficio de los terroristas, cada día más débiles ante la respuesta eficaz de los poderes públicos.

Es positivo por todo ello que Rodríguez Zapatero se negara ayer a hablar de ETA durante un acto preelectoral en Aragón. Conviene disipar cuanto antes cualquier indicio de que algunos alimentan la tentación de volver a las andadas y, en este sentido, la mejor respuesta es el silencio. Por supuesto, la Fiscalía y todos los medios del Estado deben actuar a fondo para impedir —dentro de la más estricta legalidad— que los secuaces de la banda puedan acceder a las instituciones democráticas de las que merecen ser excluidos. También es un dato digno de mención que, en el transcurso del «Alderdi Eguna», el PNV —a través de Íñigo Urkullu— mostrara al fin una claridad de ideas ante los terroristas y su entorno que no ha sido habitual por desgracia en el seno del nacionalismo vasco. Así las cosas, el final de ETA está cada día más cerca, como expresión de la legitimidad ética y política de la democracia frente a una simple banda de criminales.

ABC - Editorial

domingo, 26 de septiembre de 2010

El tomate. Por Alfonso Ussía

Se descubrió el tomate. No era previsible, sino obligado. El Gobierno pacta la huelga con UGT y CCOO. La pacta y se suma a ella. ¿Es lógico que un Gobierno aplauda una huelga supuestamente convocada contra su política social? ¿Entra en cabeza humana elementalmente habitada que unos sindicatos convoquen una huelga contra sus financieros? ¿Contra quién la huelga? Contra Esperanza Aguirre, la Comunidad de Madrid y el Partido Popular. Entonces sí es lógica la colaboración del Gobierno y queda asegurada, para el futuro, la financiación al estilo soviético de los monstruosos gastos sindicales. Y Esperanza Aguirre, que preside la única Comunidad que genera empleo, que se fastidie. Y no sólo eso. También los madrileños, que votan masivamente a favor del Partido Popular. Y aún más. Con amenazas de violencia, que ya se sabe que en España no puede triunfar una huelga si no hay amenazas y actos violentos de por medio por parte de los piquetes «informativos». Democrática y respetuosa manera de informar. Desde el insulto soez a la información que recibe una cabeza de una informativa barra de hierro. O unas costillas de unos informativos puñetazos. O una persona que desea trabajar de unas informativas patadas en el suelo, ya derribada informativamente. O de las informativas roturas de cristales en los escaparates de los comercios que deciden abrir, o de los informativos grupos de vándalos que cortan las carreteras y las siembran de clavos. A los que no van a informar de nada y para nada, porque no les interesan, son a los casi cinco millones de parados que se hallan en situación angustiosa por culpa del Gobierno y de la complicidad de los sindicatos.

Un sindicato tiene que garantizar el derecho al trabajo, no boicotearlo con violencia. Un sindicato tiene todo el derecho de convocar una huelga, respetando a los que no quieren sumarse a ella. Un sindicato no puede cimentar el éxito de su huelga en el uso de la violencia, verbal o física. A eso se le llama terrorismo callejero. Sucede que las Fuerzas de Seguridad del Estado, dependientes del Ministerio del Interior del Gobierno socialista, recibirán órdenes de bizquera e inmovilidad. Un sindicato del siglo XXI no puede tener como enemigo a los empresarios, que son los que se juegan su dinero, pagan las nóminas y arriesgan sus bienes para crear puestos de trabajo. Sucede que los sindicatos mayoritarios en España están en los albores del siglo XX, cuando no en los estertores del XIX, y odian a la fuente de la riqueza y del empleo. No se engañen. La carísima farsa subvencionada que han montado los sindicatos para estrenar el próximo 29 no se llama «Huelga», sino «Política». Está pactada con el Gobierno y así lo ha demostrado el ministro Blanco, al que le ha faltado un empujoncito para besar a Toxo y a Méndez como Iker Casillas hiciera con Sara Carbonero minutos más tarde del triunfo en Suráfrica. Un Estado de Derecho, una democracia moderna, no puede tener unos sindicatos anclados en los totalitarismos de la izquierda del peor recuerdo. Señor Rubalcaba. Se la juega el 29 de septiembre. O actúa contra los piquetes o puede ocurrir cualquier tragedia. Roja de sangre, no de tomate.

La Razón - Opinión

Un terrorista menos, una esperanza más

La importancia de la eliminación de este cruel asesino por parte de las Fuerzas Armadas de Colombia va más allá de su papel como cabecilla, no en vano se trata de un psicópata que llevaba en la cúpula de las FARC más de treinta años.

Víctor Julio Suárez Rojas, alias "Mono Jojoy", era uno de los peores asesinos del narco-terrorismo colombiano, responsable máximo de las acciones sanguinarias de las FARC desde cuyo mando ordenó, y en ocasiones ejecutó, más de cien atentados indiscriminados contra policías, militares, políticos y población civil. El Gobierno colombiano y sus fuerzas armadas han obtenido de esta forma un gran éxito estratégico, que servirá para debilitar aún más a un grupo de asesinos que ha hecho del crimen una forma rentable de vida, por más que la mayor parte de la izquierda progresista pretenda velar esta realidad apelando al romanticismo de una supuesta lucha de clases que sólo creen los que prefieren engañarse a sí mismos y, de paso, autodegradarse en el proceso.

Pero la importancia de la eliminación de este cruel asesino por parte de las Fuerzas Armadas de Colombia va más allá de su papel como cabecilla de los grupos que ejecutaban directamente los atentados, pues, desde la desaparición de "Tirofijo" y la eliminación de "Raúl Reyes" en 2008, era sin duda el miembro de las FARC con mayor ascendiente entre el grupo de terroristas, no en vano se trata de un psicópata que llevaba cometiendo delitos por cuenta de la banda terrorista colombiana desde hace más de treinta años.

Desde el punto de vista puramente estratégico, la requisa del material informático en la operación que ha acabado con la vida de Jojoy va a aportar a las fuerzas antiterroristas colombianas un material extraordinariamente sensible, que en una primera inspección ha permitido al Gobierno calificarlo como mucho más importante que los datos extraídos de los ordenadores de "Raúl Reyes" en el golpe histórico en que cayó junto con parte de la banda.

Con esta operación antiterrorista constatamos que Juan Manuel Santos, sucesor de Uribe, mantiene el compromiso adquirido por el expresidente para acabar de una vez y para siempre con una banda de asesinos que ha sumido en el terror indiscriminado a la población colombiana durante demasiados años.

Este golpe contra las FARC debilita aún más a una organización terrorista que, afortunadamente, cuenta cada vez con menos simpatías también fuera de Hispanoamérica, a pesar de que haya políticos desnortados que siguen defendiendo el diálogo como herramienta para solucionar un problema que se reduce a acabar con un grupo terrorista organizado.

Los ciudadanos colombianos tienen motivos para confiar en que un día no lejano desaparezca el terrorismo que, en forma de guerrilla, asola su país. En ello está su Gobierno democráticamente elegido, al que sólo cabe aplaudir por su firmeza en la lucha contra el terrorismo izquierdista como han hecho ya algunos de sus colegas europeos con Sarkozy en primer lugar. La desaparición del "Mono Jojoy" con el caudal de información ahora en poder de las autoridades colombianas, es una buena noticia para Colombia pero también para los que defendemos la libertad. Por desgracia, en España no somos todos.


Libertad Digital - Opinión

Malabarismos con la huelga

El Gobierno, consciente de que su situación se debilita por momentos, necesitaba reinventar las reglas naturales de la huelga general.

EL Gobierno ha puesto en marcha una estrategia de aproximación a los sindicatos para encajar la huelga del 29-S en un discurso que la minusvalore como una protesta contra su política económica y la presente más como un acto contra el mercado, el capitalismo y, en definitiva, la derecha. Los propios «actores de la ceja» salieron ayer a escena para confesar que apoyan la huelga, pero que no van contra los socialistas, y los sindicatos han puesto de su parte la ruptura interesada de las negociaciones con la Comunidad de Madrid para fijar unos servicios mínimos en los transportes públicos. Con este enfrentamiento con el Ejecutivo madrileño, el Gobierno y los sindicatos tendrán un punto común en sus intereses: el primero, desgastar a Esperanza Aguirre —en plenas primarias socialistas en Madrid— haciéndola responsable de cualquier incidente que se produzca por la acción de piquetes, a los que se disculparía por la falta de acuerdo sobre los servicios mínimos; y los segundos, ofrecer a la izquierda un chivo expiatorio en la derecha, para rebajar las críticas de que la huelga favorece al PP. El Gobierno, consciente de que su situación se debilita por momentos, necesitaba reinventar las reglas naturales de una huelga general, que suele dirigirse contra las políticas económicas del Ejecutivo, y ha empezado a lisonjear a los sindicatos, primero, con un fácil acuerdo de servicios más que mínimos; y, después, con elogios a su responsabilidad institucional. Además, el reciente anuncio de la subida de impuestos para las rentas superiores a 120.000 euros es un señuelo del Gobierno a la izquierda. Todavía será posible oír al Gobierno felicitarse por la jornada de huelga, y no porque haya tenido más o menos éxito, sino para escenificar que no le resultará perjudicial.

El problema a partir del 29-S seguirán siendo los más de cuatro millones de parados que hay en España y la sangría de fondos públicos para financiar los costes del desempleo. Los juegos malabares para acabar desviando contra el PP las protestas sindicales tendrán un efecto nulo en cuanto dejen de ser realidad informativa. De lo que tiene que preocuparse el Gobierno el 29-S es asegurar la libertad de movimiento y el derecho al trabajo de los españoles frente a los sabotajes y la coacción de los piquetes «informativos» y no perder el tiempo con campañas de propaganda subliminal contra el PP.


ABC - Editorial