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viernes, 19 de febrero de 2010
Blanco, de «Pepiño» a «Don José». Por Mario S. Guillén & Erika Montañés
Cuando inició su carrera política en su Galicia natal no parecía que el ministro fuera a destacar.
Azote de controladores, buscador de acuerdos y favorito del presidente.
Azote de controladores, buscador de acuerdos y favorito del presidente.
«¿Será usted, Don José Blanco, el próximo vicepresidente primero del Gobierno?». «Especular ahora con estas cosas me parece divertidísimo para los periodistas, pero muy incómodo para los que tenemos una tarea política y que lo único que nos preocupa es responder adecuadamente al trabajo que nos ha encomendado el presidente del Gobierno. Esas cosas no responden al deseo de nadie. Responden únicamente a la decisión de quien tiene que conformar un gobierno. No tengo ninguna aspiración distinta a cumplir con el trabajo que estoy desempeñando. No me planteo ningún reto más que hacer las cosas bien».
Es la última vez que a José Blanco, el vicesecretario general del PSOE, a la sazón «número dos» del partido, ha tenido que contestar a lo que ya va mutando de un mero rumor a una probabilidad más que certera para suceder a Rodríguez Zapatero como candidato a las elecciones de 2012. El primer paso sería medrar a la Vicepresidencia primera, y el siguiente escalón estaría casi servido para un político que comenzó siendo concejal y portavoz del PSOE en la localidad de la que es oriundo, Palas de Rey, en Lugo. Ya van más de dos décadas intentando quitar la alcaldía de Palas de Rey al PP.
El directo interrogante se lo trasladó ayer el periodista Carlos Herrera al ministro de Fomento durante una entrevista matutina en Onda Cero, y el repaso a la trayectoria imparable de este gallego estaba justificada la mañana en la que periódicos como ABC publicaban que hasta el propio ministro de Trabajo, Celestino Corbacho, había hablado a las claras en los pasillos del Congreso: «El futuro es Pepe Blanco», le dijo Corbacho a Blanco tras conocer que en la nueva comisión negociadora anticrisis del Gobierno, Zapatero había dejado fuera a dos joyas de la corona: su «mano derecha» en el Ejecutivo y portavoz María Teresa Fernández de la Vega y el propio titular de Trabajo.
Segundo interrogante en la misma entrevista: ¿el futuro entonces es José Blanco? «Los mismos que ahora hablan de Pepe Blanco de forma elogiosa, hasta hace poco tiempo hablaban de "Pepiño" de forma despectiva. Ni me he creído lo primero ni me creo lo segundo». Y completó con otra frase gloriosa: «Son las paradojas de la vida política».
Se matriculó en Derecho en la Universidad de Santiago, pero sólo cursó el primer curso y abandonó.
Esas mismas paradojas reconocen su propia carrera política. Este concejal de una diminuta población entre 1991 y 1999, no ha llegado a ser nunca profeta en su tierra. No en vano, lleva más de dos décadas intentando arrebatar un puñado de votos al popular Fernando Pensado, y lo mismo volvió a ocurrir en las últimas elecciones municipales de 2007. «O Bruxo de Palas», como se apodó a «Pepiño» en su pueblo de manera esotérica, falló con su bola de cristal y no acertó en la quiniela de que el PSOE desbancaría al PP del Consistorio. Pero, como inconformista natural que es, disparó hacia otro lado.
Siendo uno de los pocos políticos que hoy por hoy y estando en primera línea de batalla no ha llegado a completar una carrera universitaria -de hecho, se matriculó en Derecho en la Universidad de Santiago, pero sólo cursó el primer año y abandonó-, su compromiso político se mantuvo inquebrantable y pasó de secretario general de las Juventudes Socialistas de Galicia, a presidente del Consejo de la Juventud gallega. Llegó posteriormente a la Ejecutiva del PSdeG-PSOE y consiguió la Secretaría General del partido en Lugo.
En las elecciones generales de 1989 fue elegido senador, posteriormente fue edil, coordinó el aterrizaje de Emilio Pérez Touriño a la Secretaría General del PSOE de Galicia en 1998 y, desde que el otrora alcalde de Vigo, Ventura Pérez Mariño, le puso en contacto con Rodríguez Zapatero, a Pepe Blanco se le iluminó el camino. Su mayor éxito político fue encumbrar al propio Zapatero, como parte del grupo Nueva Vía capitaneado por Jesús Caldera, Trinidad Jiménez o Juan Fernando López Aguilar.
Sus peores momentos: cuando repartía estopa todos los lunes.
El resto de la historia ya nos suena a todos: como hombre de confianza del secretario general, fue nombrado Secretario de Organización de la Ejecutiva federal del partido, puesto que ocupó entre 2000 y 2008. Ejerciendo de portavoz de Ferraz durante este tiempo, se dedicó a salir los lunes, tras la reunión de la Ejecutiva socialista, a repartir estopa contra el PP, a denostar a Aznar, primero y Rajoy, después, y sembró mucha discordia con su tono siempre duro entre los ciudadanos. Su popularidad cayó en picado. Así se demostraba en cada encuesta. Y es a esa época a la que se remite Blanco para hablar de sus peores momentos en política.
«Pepiño» comenzó su operación «lavado de imagen» en 2008, cuando fue nombrado vicesecretario general del PSOE como Alfonso Guerra
Todo cambió en 2008. Ahí comenzó la operación «lavado de imagen» y el ascenso meteórico, que pocos políticos han podido completar como él. En el XXXVII Congreso del PSOE (2008), Blanco fue nombrado vicesecretario general del PSOE, un puesto que sólo había ocupado anteriormente Alfonso Guerra, señal de la verdadera influencia que tiene Blanco en el partido. Fue el hombre elegido, además, para restañar heridas abiertas en el partido en Navarra y en su tierra, Galicia, una determinación que ha llevado a algunos a pensar que su futuro sería sustituir al secretario gallego Manuel Vázquez, que está de paso, para rebatir a Núñez Feijóo la Presidencia de la Xunta en los próximos comicios autonómicos.
Pero la progresión de Blanco está en la capital. Su nombramiento como ministro de Fomento el 7 de abril de 2009, dentro de una profunda remodelación del Gobierno, así lo demuestra. Blanco fue el hombre escogido para el departamento clave, el de la alta velocidad, las infraestructuras y los éxitos de popularidad, eliminando definitivamente a un elemento «discordante», Magdalena Álvarez. Nadie duda de que si la malagueña continuase siendo titular de Fomento, no estaría hoy en la comisión de Zapatero, en el sanedrín y núcleo de pesos pesados del Gobierno que pretende encauzar la salida de la crisis.
Su nombramiento como ministro de Fomento sorprendió a todo el mundo. Era tal el desgaste que había sufrido como secretario de Organización del Partido Socialista que nadie pensaba que José Blanco López fuera a estar a la altura de una cartera tan importante. A diferencia de su antecesora, Magdalena Álvarez, que había estudiado Empresariales, o de otros ministros de Fomento como Álvarez Cascos (ingeniero de Caminos, Canales y Puertos), Blanco no tenía formación universitaria ni fama de ser una persona preparada.
Sin embargo, el político gallego supo aprovechar la oportunidad que Zapatero le brindaba y coger por los cuernos el toro del Ministerio que más invierte, Fomento, un brazo armado del Estado de primer nivel y cuya labor es imprescindible en tiempos de crisis. Desde el primer momento supo ponerse a la clase empresarial a su favor prometiendo ambiciosos planes de inversión en infraestructuras (unos planes que ahora quedan en entredicho) para los cuales propuso un novedoso modelo de financiación público-privada que ya se ha utilizado con éxito en otros países. Pero Blanco sabía que el dinero no caía de los árboles y sus planes encontraron desde el primer momento el total apoyo del sector, ávido de inversiones públicas que le garantizaran flujo de caja.
Su batalla contra los controladores ha sido vista por la mayoría de los ciudadanos como justa.
Blanco demostró desde el primer día que el pragmatismo iba a ser su principal valor como ministro, recordando cosas como la importancia de que todas las administraciones públicas trabajaran juntas a la hora de realizar conexiones de infraestructuras (es decir que las inversiones se hicieran teniendo en cuenta dónde son más necesarias para la conexión del Estado), algo de sentido común pero no excesivamente repetido en los tiempos de bonanza.
Pero el gran respaldo de Blanco ha venido con el tema controladores. Su batalla contra unos profesionales que cobran de media 200.000 euros anuales ha sido vista como justa por la gran mayoría de los ciudadanos, y su «decretazo» a través del cual interviene la actividad de estos profesionales es una muestra de mano dura inédita hasta ahora en el Gobierno. Blanco justifica la intervención a los controladores en que son los menos productivos de Europa y que encarecen, por tanto, la navegación aérea en un país donde el turismo es un motor imprescindible.
Pero además, el ministro se ha destacado por, a pesar de no tener formación específica, ser el portavoz oficioso del Gobierno cuando se trata de medidas económicas. Él anunció que el Gobierno subiría los impuestos y también que se preveía retrasar la edad de jubilación a los 67 años. También fue don José Blanco el que primero mencionó «un ataque contra el euro y maniobras turbias», en una tendencia que desde el extranjero se tildó de «paranoica». De nuevo Blanco en el centro de la estrategia de comunicación económica del Gobierno.
Muchos critican que sea precisamente él quien haga estos anuncios tan importantes, pero hay que pensar que si Zapatero delega en él estas responsabilidades es por algo. «El futuro es Pepe Blanco». Y si se piensa que, por ejemplo, las próximas reuniones de la comisión que buscará llegar a acuerdos económicos se realizarán en Fomento, la casa de Blanco, parece que no vamos desencaminados.
El directo interrogante se lo trasladó ayer el periodista Carlos Herrera al ministro de Fomento durante una entrevista matutina en Onda Cero, y el repaso a la trayectoria imparable de este gallego estaba justificada la mañana en la que periódicos como ABC publicaban que hasta el propio ministro de Trabajo, Celestino Corbacho, había hablado a las claras en los pasillos del Congreso: «El futuro es Pepe Blanco», le dijo Corbacho a Blanco tras conocer que en la nueva comisión negociadora anticrisis del Gobierno, Zapatero había dejado fuera a dos joyas de la corona: su «mano derecha» en el Ejecutivo y portavoz María Teresa Fernández de la Vega y el propio titular de Trabajo.
Segundo interrogante en la misma entrevista: ¿el futuro entonces es José Blanco? «Los mismos que ahora hablan de Pepe Blanco de forma elogiosa, hasta hace poco tiempo hablaban de "Pepiño" de forma despectiva. Ni me he creído lo primero ni me creo lo segundo». Y completó con otra frase gloriosa: «Son las paradojas de la vida política».
Se matriculó en Derecho en la Universidad de Santiago, pero sólo cursó el primer curso y abandonó.
Esas mismas paradojas reconocen su propia carrera política. Este concejal de una diminuta población entre 1991 y 1999, no ha llegado a ser nunca profeta en su tierra. No en vano, lleva más de dos décadas intentando arrebatar un puñado de votos al popular Fernando Pensado, y lo mismo volvió a ocurrir en las últimas elecciones municipales de 2007. «O Bruxo de Palas», como se apodó a «Pepiño» en su pueblo de manera esotérica, falló con su bola de cristal y no acertó en la quiniela de que el PSOE desbancaría al PP del Consistorio. Pero, como inconformista natural que es, disparó hacia otro lado.
Siendo uno de los pocos políticos que hoy por hoy y estando en primera línea de batalla no ha llegado a completar una carrera universitaria -de hecho, se matriculó en Derecho en la Universidad de Santiago, pero sólo cursó el primer año y abandonó-, su compromiso político se mantuvo inquebrantable y pasó de secretario general de las Juventudes Socialistas de Galicia, a presidente del Consejo de la Juventud gallega. Llegó posteriormente a la Ejecutiva del PSdeG-PSOE y consiguió la Secretaría General del partido en Lugo.
En las elecciones generales de 1989 fue elegido senador, posteriormente fue edil, coordinó el aterrizaje de Emilio Pérez Touriño a la Secretaría General del PSOE de Galicia en 1998 y, desde que el otrora alcalde de Vigo, Ventura Pérez Mariño, le puso en contacto con Rodríguez Zapatero, a Pepe Blanco se le iluminó el camino. Su mayor éxito político fue encumbrar al propio Zapatero, como parte del grupo Nueva Vía capitaneado por Jesús Caldera, Trinidad Jiménez o Juan Fernando López Aguilar.
Sus peores momentos: cuando repartía estopa todos los lunes.
El resto de la historia ya nos suena a todos: como hombre de confianza del secretario general, fue nombrado Secretario de Organización de la Ejecutiva federal del partido, puesto que ocupó entre 2000 y 2008. Ejerciendo de portavoz de Ferraz durante este tiempo, se dedicó a salir los lunes, tras la reunión de la Ejecutiva socialista, a repartir estopa contra el PP, a denostar a Aznar, primero y Rajoy, después, y sembró mucha discordia con su tono siempre duro entre los ciudadanos. Su popularidad cayó en picado. Así se demostraba en cada encuesta. Y es a esa época a la que se remite Blanco para hablar de sus peores momentos en política.
«Pepiño» comenzó su operación «lavado de imagen» en 2008, cuando fue nombrado vicesecretario general del PSOE como Alfonso Guerra
Todo cambió en 2008. Ahí comenzó la operación «lavado de imagen» y el ascenso meteórico, que pocos políticos han podido completar como él. En el XXXVII Congreso del PSOE (2008), Blanco fue nombrado vicesecretario general del PSOE, un puesto que sólo había ocupado anteriormente Alfonso Guerra, señal de la verdadera influencia que tiene Blanco en el partido. Fue el hombre elegido, además, para restañar heridas abiertas en el partido en Navarra y en su tierra, Galicia, una determinación que ha llevado a algunos a pensar que su futuro sería sustituir al secretario gallego Manuel Vázquez, que está de paso, para rebatir a Núñez Feijóo la Presidencia de la Xunta en los próximos comicios autonómicos.
Pero la progresión de Blanco está en la capital. Su nombramiento como ministro de Fomento el 7 de abril de 2009, dentro de una profunda remodelación del Gobierno, así lo demuestra. Blanco fue el hombre escogido para el departamento clave, el de la alta velocidad, las infraestructuras y los éxitos de popularidad, eliminando definitivamente a un elemento «discordante», Magdalena Álvarez. Nadie duda de que si la malagueña continuase siendo titular de Fomento, no estaría hoy en la comisión de Zapatero, en el sanedrín y núcleo de pesos pesados del Gobierno que pretende encauzar la salida de la crisis.
Su nombramiento como ministro de Fomento sorprendió a todo el mundo. Era tal el desgaste que había sufrido como secretario de Organización del Partido Socialista que nadie pensaba que José Blanco López fuera a estar a la altura de una cartera tan importante. A diferencia de su antecesora, Magdalena Álvarez, que había estudiado Empresariales, o de otros ministros de Fomento como Álvarez Cascos (ingeniero de Caminos, Canales y Puertos), Blanco no tenía formación universitaria ni fama de ser una persona preparada.
Sin embargo, el político gallego supo aprovechar la oportunidad que Zapatero le brindaba y coger por los cuernos el toro del Ministerio que más invierte, Fomento, un brazo armado del Estado de primer nivel y cuya labor es imprescindible en tiempos de crisis. Desde el primer momento supo ponerse a la clase empresarial a su favor prometiendo ambiciosos planes de inversión en infraestructuras (unos planes que ahora quedan en entredicho) para los cuales propuso un novedoso modelo de financiación público-privada que ya se ha utilizado con éxito en otros países. Pero Blanco sabía que el dinero no caía de los árboles y sus planes encontraron desde el primer momento el total apoyo del sector, ávido de inversiones públicas que le garantizaran flujo de caja.
Su batalla contra los controladores ha sido vista por la mayoría de los ciudadanos como justa.
Blanco demostró desde el primer día que el pragmatismo iba a ser su principal valor como ministro, recordando cosas como la importancia de que todas las administraciones públicas trabajaran juntas a la hora de realizar conexiones de infraestructuras (es decir que las inversiones se hicieran teniendo en cuenta dónde son más necesarias para la conexión del Estado), algo de sentido común pero no excesivamente repetido en los tiempos de bonanza.
Pero el gran respaldo de Blanco ha venido con el tema controladores. Su batalla contra unos profesionales que cobran de media 200.000 euros anuales ha sido vista como justa por la gran mayoría de los ciudadanos, y su «decretazo» a través del cual interviene la actividad de estos profesionales es una muestra de mano dura inédita hasta ahora en el Gobierno. Blanco justifica la intervención a los controladores en que son los menos productivos de Europa y que encarecen, por tanto, la navegación aérea en un país donde el turismo es un motor imprescindible.
Pero además, el ministro se ha destacado por, a pesar de no tener formación específica, ser el portavoz oficioso del Gobierno cuando se trata de medidas económicas. Él anunció que el Gobierno subiría los impuestos y también que se preveía retrasar la edad de jubilación a los 67 años. También fue don José Blanco el que primero mencionó «un ataque contra el euro y maniobras turbias», en una tendencia que desde el extranjero se tildó de «paranoica». De nuevo Blanco en el centro de la estrategia de comunicación económica del Gobierno.
Muchos critican que sea precisamente él quien haga estos anuncios tan importantes, pero hay que pensar que si Zapatero delega en él estas responsabilidades es por algo. «El futuro es Pepe Blanco». Y si se piensa que, por ejemplo, las próximas reuniones de la comisión que buscará llegar a acuerdos económicos se realizarán en Fomento, la casa de Blanco, parece que no vamos desencaminados.
ABC: Blanco, de Pepiño ..... a «Don José»
Resaca del debate. Por José María Carrascal
EL debate sobre la crisis dejó sensaciones agridulces en ambos bandos. Los socialistas salieron satisfechos de que Zapatero lograra sobrevivir a los errores que ha creado, mientras los populares se congratulaban de la rotunda denuncia que Rajoy había hecho de tales errores. El problema para ambos es ¿y ahora, qué? Porque la crisis sigue ahí, amenazadora. De Zapatero ya lo hemos dicho todo. Se ha equivocado de principio a fin de ella, y lo peor es que parece dispuesto a seguir equivocándose. Le pasa lo que al pastor y el lobo, sólo que al revés: ha anunciado tantas veces que la crisis no venía, que cuando anuncia que ha venido, nadie le cree. Y, menos aún, cree en las medidas que toma contra ella. Puede sobrevivir en el Congreso. Puede incluso sobrevivir en España, dadas las peculiaridades de nuestro país. Ya más dudoso es que pueda sobrevivir en las bolsas y mercados internacionales. Y con él, España.
Rajoy es otra cosa. Diría, incluso, la opuesta. No se pierde en argucias ni rodeos. Va derecho al grano. Su argumentación es diáfana; su verbo, contundente. Pero es más un orador parlamentario que de televisión, su punto flaco, pues la televisión es un medio resbaladizo, traidor, como les explicaré el día que la actualidad me deje un hueco. Hoy, me limito a señalar que Rajoy no da tan bien en pantalla como Zapatero y que no aprovecha las posibilidades que ofrece ésta, comenzando por su inmenso radio de acción y su ingrediente de espectáculo. Habla para los suyos, olvida al resto. Para mí, se equivocó al no presentar la moción de censura. ¿Que no contaba con los votos necesarios para ganarla? Ya lo sabíamos. ¿Que iba a perderla? Desde luego. ¿Que no tenía un programa alternativo, como le acusan sus adversarios? ¡Claro que lo tenía! Le hubiese bastado con presentar la lista de medidas enumeradas durante el debate. Y hubiese dado un golpe de efecto impresionante, desconcertando al contrario y demostrando a los españoles que está dispuesto a gobernar. Si espera a tener los votos necesarios o a que los diputados socialistas desbanquen a su jefe, mejor que se busque una silla y se siente. En España, es muy fácil gobernar y muy difícil hacer oposición, contra lo que generalmente se cree. Por eso los gobiernos se eternizan en el poder y si caen, es más por sus errores que por causas foráneas. Los españoles somos gubernamentalistas por naturaleza, no importa quién mande, de ahí que a la oposición le cueste tanto arrancar. Si quiere hacerlo, tiene que actuar con audacia e imaginación, aprovechando el menor error del rival, Zapatero los ha cometido a montones. Pero Rajoy no ha sabido aprovecharlos, creyendo que con denunciarlos, bastaba. Y en esta tierra de garbanzos, con denunciar los errores del gobierno no basta, tal vez porque los españoles, dando por descontado que todos los gobiernos se equivocan, votamos sólo a «los nuestros».
ABC - Opinión
Antipática confusión. Por M. Martín Ferrand

LA política española, en su conjunto y en sus porciones, se ha vuelto tan hostil y desagradable como un aeropuerto. Quizás sea que, al vaciar de contenidos los dieciocho parlamentos que debieran ser el centro de las confrontaciones y las divergencias, el sucedáneo de debate público que ha instalado la partitocracia se desparrama por todas partes y lo mismo llega a un campo de fútbol que a la capillita de una parroquia periférica. Se ha impuesto la confusión, imperan las malas maneras, el desprecio al adversario y al vecino y se impone la ignorancia de los asuntos y problemas que, verdaderamente, interesan a los ciudadanos. Aquí -como en los aeropuertos, ya digo- cualquiera puede explorarte los bajos por si llevas matute escondido, o requisarte la colonia y el desodorante. Le hemos perdido el respeto a la autoridad y la autoridad nos lo ha perdido a nosotros.
Después de dos años de una crisis que es auténticamente dramática en lo social y demoledora en lo económico, tras una solemne sesión del Congreso, el fruto tangible de la ceremonia es la creación de una comisión gubernamental que, junto con la oposición, estudie lo que ya debiera haberse estudiado y proponga los remedios que, desde la exigible responsabilidad del Gobierno, ya tendría que llevar unos cuantos meses de aplicación e, incluso, haber proporcionado algún fruto. El equipo de José Luis Rodríguez Zapatero, agazapado, trata de transferir a la oposición una cuota de su exclusiva responsabilidad y parte de la oposición, como los oportunistas raqueros de CiU, aceptan el reto por si la circunstancia pudiera ser útil a lo que dicen que es el interés de Cataluña.
Antíer, Mariano Rajoy apuntó en la Cámara la responsabilidad que, sobre la de Zapatero, recae sobre todo el Grupo Socialista y, aunque se trata de una incuestionable verdad democrática, el líder del PP ha tenido que soportar por ello el despiadado vapuleo con el que aquí solemos tratar a quienes se supone que nos representan. Si asumimos el parlamentarismo que proclama la Constitución -esa herramienta que unos usan para clavar y otros para aserrar-, lo correcto sería, en aras de la democracia interna en la que se ciscan nuestros partidos, que la primera instancia de censura al fracasado presidente del Gobierno fuera la de quienes le encumbraron; pero eso, tan británico, es poco celtibérico. Aminora el follón y no desparrama la basura.
Antíer, Mariano Rajoy apuntó en la Cámara la responsabilidad que, sobre la de Zapatero, recae sobre todo el Grupo Socialista y, aunque se trata de una incuestionable verdad democrática, el líder del PP ha tenido que soportar por ello el despiadado vapuleo con el que aquí solemos tratar a quienes se supone que nos representan. Si asumimos el parlamentarismo que proclama la Constitución -esa herramienta que unos usan para clavar y otros para aserrar-, lo correcto sería, en aras de la democracia interna en la que se ciscan nuestros partidos, que la primera instancia de censura al fracasado presidente del Gobierno fuera la de quienes le encumbraron; pero eso, tan británico, es poco celtibérico. Aminora el follón y no desparrama la basura.
ABC - Opinión
Aznar, insultante. Por Cristina Losada
Quien piense que fue Aznar el injuriado en esta historia, se equivoca y mucho: él ha sido el injuriador. Así contarán el episodio, qué digo, ya lo están contando, quienes han hecho del odio a Aznar el fundamento de sus actitudes políticas.
Una vez, en un tranvía de Varsovia, el filósofo Leszek Kolakowski escuchó la orden siguiente: "¡Avancen hacia atrás, por favor!". Aparte de los viajeros de aquel vehículo, parece que también oyeron y obedecieron la paradójica instrucción muchos pasajeros de la izquierda española. Sin embargo, ni el antifranquismo retrospectivo ni el republicanismo sobrevenido ni ninguna otra de las marchas hacia atrás que han emprendido nuestros regresistas desatan la furia de pasiones que concita la figura de Aznar. El paso del tiempo sólo las acentúa y así, en la Universidad de Oviedo, el ex presidente hubo de pronunciar una conferencia bajo un torrente de improperios, lo que afianza la sospecha de que la civilización se ha ido retirando de aquellas, otrora nobles, instituciones del saber.
A Aznar le llamaron terrorista y criminal de guerra y asesino, individuos que ingirieron sus primeras litronas con los aditivos intoxicantes que fabricó el PSOE para que las criaturas creyeran que el señor del bigote tiraba bombas para matar a niños en Bagdad y se relamía al hacerlo. Los reventadores del acto fueron, asegura El País, "un grupo de jóvenes", vaya la inocencia juvenil por delante, pero al igual que sus mayores son fieles a la perversa noción de que no hay más terroristas que aquellos que combaten el terrorismo. Si, como Aznar, son víctimas del terrorismo, con más motivo aún. Larga vida ha tenido aquella consigna –¡Vosotros, fascistas, sois los terroristas!– que resume el desorden moral de la izquierda ante el fenómeno del terror y, en particular, ante ETA.
Lejos de inclinar la cabeza y pedir perdón por existir, Aznar saludó a la hostil afición con un gesto que el periódico mentado califica de "insultante". Y es que para insultar, Aznar. Sus columnistas de guardia ya estarán afilando el cuchillo para resaltar cuán grosero fue el ex presidente y qué poco respeto mostró por la libertad de expresión de unos universitarios que ejercitaban su legítimo derecho a la crítica. Pues quien piense que fue Aznar el injuriado en esta historia, se equivoca y mucho: él ha sido el injuriador. Así contarán el episodio, qué digo, ya lo están contando, quienes han hecho del odio a Aznar y, en definitiva, del odio, el fundamento de sus actitudes políticas.
Lejos de inclinar la cabeza y pedir perdón por existir, Aznar saludó a la hostil afición con un gesto que el periódico mentado califica de "insultante". Y es que para insultar, Aznar. Sus columnistas de guardia ya estarán afilando el cuchillo para resaltar cuán grosero fue el ex presidente y qué poco respeto mostró por la libertad de expresión de unos universitarios que ejercitaban su legítimo derecho a la crítica. Pues quien piense que fue Aznar el injuriado en esta historia, se equivoca y mucho: él ha sido el injuriador. Así contarán el episodio, qué digo, ya lo están contando, quienes han hecho del odio a Aznar y, en definitiva, del odio, el fundamento de sus actitudes políticas.
Libertad Digital - Opinión
Blanco y radiante. Por Ignacio Camacho

DE las ruinas del zapaterismo está emergiendo Pepe Blanco, quién lo iba a decir, como valido para escoltar y proteger a un presidente desnortado, superado por los acontecimientos y en sus horas más bajas. En un Gobierno quemado en pleno desbarajuste, presa del síndrome de burnout, el ministro de Fomento ha transformado su perfil de aparatchik partidista para vestirse con el traje de político de Estado; un proceso que retrata a una política y a un Estado en los que puede cobrar valor un dirigente sin formación académica cuyos méritos más estimables son una potente inteligencia emocional, una intuición natural para la propaganda, una notable capacidad de trabajo y un sensato reflejo de sentido común. En el erial achicharrado de una gobernanza sin rumbo, Blanco toma los mandos abandonados de la dirección socialista y le construye a Zapatero un andamiaje de emergencia para sostener lo único que queda de su proyecto: la fachada.
El equipo vicepresidencial es un trío de zombis. De la Vega ha perdido la confianza y vive al borde de un ataque de nervios, Chaves está en el umbral de la jubilación anticipada y a Elena Salgado le falta sintonía con el número uno, que la tiene desconcertada con sus bandazos de acróbata. En esos espacios sin ocupar se empieza a mover Blanco, favorecido por su dinamismo y su experiencia al frente del partido. Desde el Ministerio se está labrando una imagen alternativa a la del furioso azote sectario que los lunes bramaba contra la oposición y la maltraía a base de consignas y frases de laboratorio. El montaraz y belicoso Pepiño se ha transformado en Don José. Cuida a la prensa, traza consensos con los barones autonómicos del PP y adorna su retrato de eficacia con golpes de efecto como el de los controladores aéreos. El presidente confía en él porque forma parte de sus patas negras, domina la gestualidad publicitaria que es marca de la casa y aún conserva el control orgánico de un PSOE diseñado a su medida. Y además porque provoca en la derecha el suficiente rechazo para aglutinar a los suyos como un nuevo Alfonso Guerra.
Al encargarle coordinar su última ocurrencia, esa comisión anticrisis destinada a la muy zapaterista misión de aparentar soluciones, Zapatero le ha entregado una vicepresidencia de facto que permite efectuar proyecciones de futuro hacia la previsible remodelación del Gabinete en verano. Los especuladores de la capital hacen incluso prematuras cábalas sucesorias porque no hay nada que guste más en Madrid que remover intrigas. Lo cierto, lo constatable, es que el protagonismo de Blanco corre al alza y que crece su peso competencial como portavoz y escudero del presidente. Ha desplazado de golpe a De la Vega, Corbacho y hasta a Toño Alonso. Se le ve radiante, crecido en autoconfianza. Es de esa clase de personas que destilan por los poros su vocación de poder. Y detesta que le llamen Pepiño.
Al encargarle coordinar su última ocurrencia, esa comisión anticrisis destinada a la muy zapaterista misión de aparentar soluciones, Zapatero le ha entregado una vicepresidencia de facto que permite efectuar proyecciones de futuro hacia la previsible remodelación del Gabinete en verano. Los especuladores de la capital hacen incluso prematuras cábalas sucesorias porque no hay nada que guste más en Madrid que remover intrigas. Lo cierto, lo constatable, es que el protagonismo de Blanco corre al alza y que crece su peso competencial como portavoz y escudero del presidente. Ha desplazado de golpe a De la Vega, Corbacho y hasta a Toño Alonso. Se le ve radiante, crecido en autoconfianza. Es de esa clase de personas que destilan por los poros su vocación de poder. Y detesta que le llamen Pepiño.
ABC - Opinión
La salida del bloqueo está en el calendario . Por Antonio Casado

La resaca del debate del miércoles confirma la situación de bloqueo político escenificada en dicho debate. Una situación no desmentida en absoluto por la puesta en marcha de ese doble emplazamiento oficial al diálogo, donde el anfitrión es el Gobierno, por un lado, y el grupo parlamentario socialista, por otro. Demasiado confuso como para confiar en que de ahí salga algo ni remotamente parecido a un pacto nacional contra la crisis económica. Ni lo sueñen.
Basta con reparar en la banda sonora socialista del día después. El estribillo nos recuerda que el PP sigue sin querer arrimar el hombro. El ministro Blanco, ex Pepiño, criticaba ayer “la codicia y el egoísmo de Rajoy, por no querer anteponer el interés general para salir de la crisis a su interés personal para llegar a la Moncloa”. Asimismo la banda sonora del PP insiste a todas horas en su enmienda a la totalidad de la política del Gobierno. “Después de dos años de Legislatura todo el mundo está de acuerdo en que así no se puede seguir”, decía más o menos a la misma hora Mariano Rajoy, añadiendo que en esas condiciones la única solución es que el Gobierno cambie de presidente o éste anticipe las elecciones generales.
Basta con reparar en la banda sonora socialista del día después. El estribillo nos recuerda que el PP sigue sin querer arrimar el hombro. El ministro Blanco, ex Pepiño, criticaba ayer “la codicia y el egoísmo de Rajoy, por no querer anteponer el interés general para salir de la crisis a su interés personal para llegar a la Moncloa”. Asimismo la banda sonora del PP insiste a todas horas en su enmienda a la totalidad de la política del Gobierno. “Después de dos años de Legislatura todo el mundo está de acuerdo en que así no se puede seguir”, decía más o menos a la misma hora Mariano Rajoy, añadiendo que en esas condiciones la única solución es que el Gobierno cambie de presidente o éste anticipe las elecciones generales.
El punto de bloqueo lo encontramos en la réplica del presidente del Gobierno: “Presente usted una moción de censura”. Ahí se cierra la secuencia porque ninguno de los dos quiere utilizar la respectiva herramienta disponible para este tipo de situaciones. A Rodríguez Zapatero le faltarían votos para ganar en las urnas. Y a Rajoy le faltarían escaños para ganar en el Congreso una moción de censura. Ninguno de los dos acepta ni aceptará la amable invitación al suicidio político que el adversario le propone. Es lógico. También es paralizante.
Además de elecciones anticipadas y moción de censura, queda otra posibilidad de desbloqueo. Me refiero al llamado Pacto de Estado, que nunca sería tal sin la firma de los dos grandes partidos. Pero también este camino se nos cierra porque eso no les interesa a ninguno de los dos. Por razones electorales, claro, aunque ambos compitan en la representación de la comedia. Farsantes, los dos. Si el PP firmase un pacto de Estado contra la crisis económica se quedaría sin discurso, que está basado en la confrontación. Y si lo firmase el PSOE se quedaría sin coartada para acusar al PP de no arrimar el hombro.
De modo que la farsa continúa con esa confusa ronda de contactos de los líderes políticos de doble anfitrión. En el caso del Gobierno, recibe la vicepresidenta Salgado, asistida en comisión por los ministros Blanco y Sebastián. En el caso del grupo parlamentario recibe el portavoz, José Antonio Alonso.
Detrás de la farsa, Zapatero y Rajoy no dejan de mirar el calendario. Ahí está realmente la clave de su respectivo futuro político. Ni en las elecciones anticipadas ni en la moción de censura. La clave está en la marcha de la economía durante el tiempo que queda hasta el agotamiento de la Legislatura. Si la recuperación llega antes de marzo de 2012, Zapatero volverá a tener posibilidades de reengancharse. Y si es al revés, será Mariano Rajoy quien gane la Moncloa. Y lo demás es marear la perdiz.
Además de elecciones anticipadas y moción de censura, queda otra posibilidad de desbloqueo. Me refiero al llamado Pacto de Estado, que nunca sería tal sin la firma de los dos grandes partidos. Pero también este camino se nos cierra porque eso no les interesa a ninguno de los dos. Por razones electorales, claro, aunque ambos compitan en la representación de la comedia. Farsantes, los dos. Si el PP firmase un pacto de Estado contra la crisis económica se quedaría sin discurso, que está basado en la confrontación. Y si lo firmase el PSOE se quedaría sin coartada para acusar al PP de no arrimar el hombro.
De modo que la farsa continúa con esa confusa ronda de contactos de los líderes políticos de doble anfitrión. En el caso del Gobierno, recibe la vicepresidenta Salgado, asistida en comisión por los ministros Blanco y Sebastián. En el caso del grupo parlamentario recibe el portavoz, José Antonio Alonso.
Detrás de la farsa, Zapatero y Rajoy no dejan de mirar el calendario. Ahí está realmente la clave de su respectivo futuro político. Ni en las elecciones anticipadas ni en la moción de censura. La clave está en la marcha de la economía durante el tiempo que queda hasta el agotamiento de la Legislatura. Si la recuperación llega antes de marzo de 2012, Zapatero volverá a tener posibilidades de reengancharse. Y si es al revés, será Mariano Rajoy quien gane la Moncloa. Y lo demás es marear la perdiz.
El Confidencial
Gore. Por Alfonso Ussía
No albergo intención alguna de iniciar una polémica con Al Gore. Polemizar con quien desconoce la existencia del contrincante es absurdo. No obstante, y por si las moscas, se lo digo: «Al, eres un caradura». Acaba de publicar un nuevo libro, con título sugerente: «Nuestra elección: Un plan para resolver la crisis climática». Al Gore tiene narices. Ha ganado el Nobel de la Paz, el Príncipe de Asturias y un Oscar. Le funciona el aparato perfectamente. Me refiero, claro está, al aparato propagandístico, que del funcionamiento del otro prefiero seguir en la ignorancia más absoluta. El título del nuevo libro de Al Gore es cómodo para adquirirlo en cualquier librería. –Buenos días–; –buenos días–; –¿Tienen ustedes el libro «Nuestra elección: Un plan para resolver la crisis climática», del profesor Al Gore?–; –lo tenemos. Como usted sabe, los derechos de autor son para las ardillas de Montana, los pingüinos de la Antártida y los buitres leonados de Herzegovina–; –Pues me llevo diez, por solidaridad–.
Al Gore critica a los «lobbies» energéticos, pero no al suyo. Afirma que la petrolera Exxon Mobil «pagaba 10.000 dólares por artículo que cuestionara el cambio climático». He escrito varios artículos cuestionando el cambio climático, y Exxon Mobil no ha tenido el detalle de enviarme ni un centavo. Cuando Gore publicó su primer libro, con título más apacible, «Una verdad incómoda», se supo que en su casa se consumía veinte veces más energía que la media, y que cobraba 200.000 euros por conferencia. Me molesta el último dato. Envidia, cochina envidia española. Mis conferencias salen abrumadoramente más baratas, y séame permitido el desahogo de decir que son mucho más interesantes y divertidas que las de Al Gore. Otra cosa que me preocupa de Al Gore es que cada día que pasa se parece más físicamente a Federico Mayor Zaragoza. En el aspecto, están entre Pili y Mili y los Hermanos Calatrava.
En su libro que no ha escrito, Al Gore arremete contra los que niegan el cambio climático y el calentamiento global. Pocos libros se van a vender –me ciño a España–, en la mayor parte de las provincias españolas, que este invierno han protagonizado un calentamiento global de tres mil pares de «eggs». Pero no se trata de reducir la controversia a las experiencias locales. Sucede que alguno de los gurús de Al Gore ha reconocido que ha falseado datos y publicado trampas perfectamente urdidas. Y que lo que tiene Al Gore no es una pasión por la energía blanca y todas esas vainas, sino un negocio formidable que le va viento en popa a toda vela. Y el que escribe textualmente «la sociedad tendrá que cambiar algo más que las bombillas» consume en su casa veinte veces más que en otra casa cualquiera, lo que da a entender la dimensión vertical y horizontal de la carota de Al Gore.
El libro de Al Gore es una cadena de tópicos y lugares comunes del ecologismo «sandía». El equilibrio se encuentra en el respeto hacia la hermana ardilla, el hermano cachalote y el hermano glaciar Perito Moreno, siempre que se acepte como principio incuestionable el mismo respeto hacia el hermano ser humano. Para Al Gore, que ha sido vicepresidente de los Estados Unidos, es más lamentable el desprendimiento de un bloque de hielo que los muertos por una guerra. Pero vende el tío. Un fenómeno. Corran y adquieran su último libro, si es que tienen cabeza para memorizar su título. Y es igualito a Mayor Zaragoza.
En su libro que no ha escrito, Al Gore arremete contra los que niegan el cambio climático y el calentamiento global. Pocos libros se van a vender –me ciño a España–, en la mayor parte de las provincias españolas, que este invierno han protagonizado un calentamiento global de tres mil pares de «eggs». Pero no se trata de reducir la controversia a las experiencias locales. Sucede que alguno de los gurús de Al Gore ha reconocido que ha falseado datos y publicado trampas perfectamente urdidas. Y que lo que tiene Al Gore no es una pasión por la energía blanca y todas esas vainas, sino un negocio formidable que le va viento en popa a toda vela. Y el que escribe textualmente «la sociedad tendrá que cambiar algo más que las bombillas» consume en su casa veinte veces más que en otra casa cualquiera, lo que da a entender la dimensión vertical y horizontal de la carota de Al Gore.
El libro de Al Gore es una cadena de tópicos y lugares comunes del ecologismo «sandía». El equilibrio se encuentra en el respeto hacia la hermana ardilla, el hermano cachalote y el hermano glaciar Perito Moreno, siempre que se acepte como principio incuestionable el mismo respeto hacia el hermano ser humano. Para Al Gore, que ha sido vicepresidente de los Estados Unidos, es más lamentable el desprendimiento de un bloque de hielo que los muertos por una guerra. Pero vende el tío. Un fenómeno. Corran y adquieran su último libro, si es que tienen cabeza para memorizar su título. Y es igualito a Mayor Zaragoza.
La Razón - Opinión
Obama nuclear
La nueva política estadounidense incidirá en la opinión mundial sobre la energía atómica
La decisión del presidente Obama de respaldar con avales públicos los proyectos de nuevas centrales nucleares en Estados Unidos, 30 años después de la construcción de las últimas en ese país, ha cambiado radicalmente los términos del debate sobre la energía nuclear, al menos en los países occidentales. La elección de Steven Chu, un prestigioso premio Nobel de Física, como secretario de Energía ya fue una señal elocuente del cambio que se iba a producir.
Chu se ha manifestado repetidamente como una persona preocupada por la protección del medio ambiente y sensibilizada ante las amenazas del cambio climático y, al tiempo, claramente partidario de promover la industria nuclear y afrontar nuevos desarrollos tecnológicos en este campo. Justamente, lo más llamativo del discurso de Obama es la complementariedad entre renovables y nuclear en el propósito de cambiar la estructura del aprovisionamiento energético de su país. Se ha mostrado a favor del despliegue de las energías solar y eólica, de las tecnologías de uso limpio del carbón, de la penalización de las emisiones de dióxido de carbono y de la necesidad de innovar en baterías y otros dispositivos de almacenamiento de energía para promover el coche eléctrico. Pero, al mismo tiempo, ha considerado que la nuclear es una fuente de energía libre de emisiones que merece la pena desarrollar, aún reconociendo que es preciso un esfuerzo especial en la gestión de los residuos radiactivos.
Los nuevos reactores nucleares son más seguros y eficientes que los construidos hace 30 años, aunque no disponen de las innovaciones que incorporarán los reactores de cuarta generación, todavía en fase de desarrollo, y éste es otro aspecto igualmente destacado por el presidente. Uno de los factores más poderosos detrás de esta decisión es la preocupación por la dependencia de las importaciones de petróleo y gas, así como por el posible retraso tecnológico en el campo nuclear con respecto a otros países, en particular Francia, Japón, India y, en el futuro, muy probablemente, China.
El instrumento elegido por Obama para proveer los avales anunciados es una ley de Bush que permite al Gobierno ofrecer garantías de crédito a los proyectos energéticos que contribuyan a la reducción de emisiones de gases contaminantes. Su compromiso con esta vía queda reflejado en el propósito de triplicar los avales para el próximo año fiscal.
De todas formas, antes de que un proyecto de nuevo reactor nuclear se materialice será preciso que la Comisión de Regulación Nuclear otorgue las licencias y los permisos pertinentes, lo que puede suponer una considerable cantidad de tiempo y recursos. De cómo evolucione esta primera etapa en los próximos años dependerá que se produzca un cambio en las perspectivas de la energía nuclear, sin olvidar que el problema básico es que se produzca paralelamente un cambio en la percepción pública. En Estados Unidos, claro está, pero también en el resto del planeta.
Los nuevos reactores nucleares son más seguros y eficientes que los construidos hace 30 años, aunque no disponen de las innovaciones que incorporarán los reactores de cuarta generación, todavía en fase de desarrollo, y éste es otro aspecto igualmente destacado por el presidente. Uno de los factores más poderosos detrás de esta decisión es la preocupación por la dependencia de las importaciones de petróleo y gas, así como por el posible retraso tecnológico en el campo nuclear con respecto a otros países, en particular Francia, Japón, India y, en el futuro, muy probablemente, China.
El instrumento elegido por Obama para proveer los avales anunciados es una ley de Bush que permite al Gobierno ofrecer garantías de crédito a los proyectos energéticos que contribuyan a la reducción de emisiones de gases contaminantes. Su compromiso con esta vía queda reflejado en el propósito de triplicar los avales para el próximo año fiscal.
De todas formas, antes de que un proyecto de nuevo reactor nuclear se materialice será preciso que la Comisión de Regulación Nuclear otorgue las licencias y los permisos pertinentes, lo que puede suponer una considerable cantidad de tiempo y recursos. De cómo evolucione esta primera etapa en los próximos años dependerá que se produzca un cambio en las perspectivas de la energía nuclear, sin olvidar que el problema básico es que se produzca paralelamente un cambio en la percepción pública. En Estados Unidos, claro está, pero también en el resto del planeta.
El País - Editorial
Una comisión para no hacer nada
España necesita reformas de calado, no meras tiritas. Un pacto como el que muchos sueñan probablemente acabara en un remiendo inútil. Hoy, el mayor escollo al que nos enfrentamos para iniciar la recuperación se llama José Luis Rodríguez Zapatero.
Acertó Mariano Rajoy cuando recordó este jueves que "cuando quieres que un tema se pudra, metes los papeles en un cajón o creas una comisión". Difícilmente puede ser otra cosa una comisión creada por Zapatero cuyo principal objetivo, por lo que parece, es pactar con los demás grupos de la cámara, no el principal partido de la oposición, las medidas económicas urgentes e impopulares que deberían ponerse en marcha. Una pantomima en la que, en un país con cuatro millones y medio de parados, brilla por su ausencia el ministro de Trabajo, Celestino Corbacho. Si no es pertinente su presencia en esta comisión, sería el momento de plantearse si es adecuada su permanencia en el Gobierno.
En cualquier caso, la idea de que un pacto es imprescindible para sacar a España del marasmo en que se encuentra no es del todo precisa. Sin duda, sería más fácil para cualquier político diluir su responsabilidad con su principal rival y evitar el castigo de un electorado al que le dolería el pinchazo de la vacuna para sus males. Pero para que eso suceda tanto el líder del PP como el del PSOE deberían estar convencidos de que las medidas a tomar son imprescindibles y de que no existe otra alternativa. Parece menos aventurado decir que ninguno de ellos, a la vista de sus palabras y sus actos, lo cree así.
De no existir esa convicción, todo pacto terminaría en un conjunto de medidas descafeinado que no permitiría dar un vuelco a la situación de la economía española. De hecho, en nuestro país tenemos un buen ejemplo de la diferencia entre un pacto de este género y la actuación de un político convencido de que se pueden hacer las cosas de otra manera. Los pactos de la Moncloa, con toda su fama y con todo lo que se celebran, no fueron un éxito tan grande en términos económicos. Firmados en 1977, el parco crecimiento de los años 80 demuestra que las medidas no fueron tan lejos como deberían haber ido, seguramente por la necesidad de llegar a un compromiso que satisficiera a todos.
En cambio, la entrada de Aznar en el Gobierno como un elefante en una cacharrería, dispuesto a cambiar lo que fuera necesario para recuperarnos, sí supuso el inicio de una etapa realmente próspera de nuestra economía, cuyos frutos pudo disfrutar Zapatero durante su primera legislatura, por más que su ceguera voluntaria e ideológica le impidiera llevar a cabo las reformas necesarias para que España siguiera por el buen camino. Gracias a esos primeros años, Aznar tiene ahora la autoridad moral de criticar a Zapatero, la misma de la que carece el presidente del Gobierno –o, ya puestos, Felipe González– cuando abre la boca para hablar de economía.
España necesita reformas de calado, no meras tiritas. Un pacto como el que muchos sueñan sería la mejor solución en teoría, pero lo más probable es que acabara en un remiendo inútil. Actualmente, el mayor escollo al que nos enfrentamos para iniciar la senda de la recuperación se llama José Luis Rodríguez Zapatero. Llegar a cualquier pacto con él que no implique una renuncia completa a la política que aun hoy defiende supondría un error garrafal, que no sólo se pagaría en las urnas, sino que ni siquiera serviría para ayudar a nuestra maltrecha economía. Rajoy ha tratado hasta el momento la comisión de Salgado, Blanco y Sebastián con el desdeño que se merece. Esperemos que no caiga en la tentación.
De no existir esa convicción, todo pacto terminaría en un conjunto de medidas descafeinado que no permitiría dar un vuelco a la situación de la economía española. De hecho, en nuestro país tenemos un buen ejemplo de la diferencia entre un pacto de este género y la actuación de un político convencido de que se pueden hacer las cosas de otra manera. Los pactos de la Moncloa, con toda su fama y con todo lo que se celebran, no fueron un éxito tan grande en términos económicos. Firmados en 1977, el parco crecimiento de los años 80 demuestra que las medidas no fueron tan lejos como deberían haber ido, seguramente por la necesidad de llegar a un compromiso que satisficiera a todos.
En cambio, la entrada de Aznar en el Gobierno como un elefante en una cacharrería, dispuesto a cambiar lo que fuera necesario para recuperarnos, sí supuso el inicio de una etapa realmente próspera de nuestra economía, cuyos frutos pudo disfrutar Zapatero durante su primera legislatura, por más que su ceguera voluntaria e ideológica le impidiera llevar a cabo las reformas necesarias para que España siguiera por el buen camino. Gracias a esos primeros años, Aznar tiene ahora la autoridad moral de criticar a Zapatero, la misma de la que carece el presidente del Gobierno –o, ya puestos, Felipe González– cuando abre la boca para hablar de economía.
España necesita reformas de calado, no meras tiritas. Un pacto como el que muchos sueñan sería la mejor solución en teoría, pero lo más probable es que acabara en un remiendo inútil. Actualmente, el mayor escollo al que nos enfrentamos para iniciar la senda de la recuperación se llama José Luis Rodríguez Zapatero. Llegar a cualquier pacto con él que no implique una renuncia completa a la política que aun hoy defiende supondría un error garrafal, que no sólo se pagaría en las urnas, sino que ni siquiera serviría para ayudar a nuestra maltrecha economía. Rajoy ha tratado hasta el momento la comisión de Salgado, Blanco y Sebastián con el desdeño que se merece. Esperemos que no caiga en la tentación.
Libertad Digital - Editorial
Una crisis con forma de comisión
DESPEJADOS los primeros ecos del debate parlamentario, queda a la vista la inanidad de la principal propuesta de Rodríguez Zapatero ante el Congreso: crear una comisión interministerial. La tal comisión, que tiene dos meses para negociar con los partidos políticos, es una ampliación de la red de gestos que el Gobierno está tejiendo desde que comenzó la crisis para aplicar el principio de la peonza, es decir, movimiento sin desplazamiento. Aún no había terminado la ronda de reuniones convocadas por el PSOE con los grupos parlamentarios cuando el presidente del Gobierno anunció la puesta en marcha de otro proceso negociador. Esta política de ofrecimientos huecos es lo que explica la falta de acciones efectivas contra la crisis, habiéndose limitado el Gobierno a aprobar medidas meramente paliativas y de corto plazo, causantes de un temible déficit público y que, cuando cesen -ayudas al automóvil, plan de obras locales-, difícilmente van a ser sustituidas por actividades productivas desvinculadas de los fondos públicos.
Aun en el mejor de los casos, que sería que la mesa integrada por Elena Salgado, José Blanco y Miguel Sebastián lograra algunos acuerdos con otras fuerzas políticas, las nuevas medidas no se harán sentir hasta dentro de varios meses. Zapatero ha burocratizado innecesariamente la supuesta gestión de un pacto contra la crisis, garantizándose un tiempo muerto de entretenimiento a los grupos parlamentarios y una coartada para seguir acusando al PP de deslealtad. No hay motivo para extrañarse de que España sea el único país del G-20 aún en recesión y con la tasa de paro más alta de las grandes economías si la gran apuesta del Gobierno es una comisión instrumentada como un señuelo para ganar tiempo.
Sin embargo, esta comisión puede que sea relevante a otros efectos, porque es verosímil que haya sido una reestructuración encubierta del Gobierno, una crisis sin ceses. La ausencia de la vicepresidenta primera, María Teresa Fernández de la Vega, responsable de la coordinación ministerial, es todo un síntoma de fin de ciclo en el Ejecutivo, lo mismo que el progresivo protagonismo de José Blanco y el descarte de Celestino Corbacho, ministro de Trabajo, a quien se le supone que algo tendría que decir en una comisión pensada para, entre otras cosas, combatir el paro. En todo caso, anticipe o no una crisis en sentido estricto -inevitable cuando acabe la presidencia europea-, esta comisión, por la forma en que se ha creado, refleja la urgente necesidad de Zapatero de aparentar iniciativas, aunque sean virtuales.
Sin embargo, esta comisión puede que sea relevante a otros efectos, porque es verosímil que haya sido una reestructuración encubierta del Gobierno, una crisis sin ceses. La ausencia de la vicepresidenta primera, María Teresa Fernández de la Vega, responsable de la coordinación ministerial, es todo un síntoma de fin de ciclo en el Ejecutivo, lo mismo que el progresivo protagonismo de José Blanco y el descarte de Celestino Corbacho, ministro de Trabajo, a quien se le supone que algo tendría que decir en una comisión pensada para, entre otras cosas, combatir el paro. En todo caso, anticipe o no una crisis en sentido estricto -inevitable cuando acabe la presidencia europea-, esta comisión, por la forma en que se ha creado, refleja la urgente necesidad de Zapatero de aparentar iniciativas, aunque sean virtuales.
ABC - Editorial
jueves, 18 de febrero de 2010
La metamorfosis de Blanco: de gusano a mariposa. Por Juan Carlos Escudier

A salvo de esta tormenta económica tan fastidiosa que tiene a Zapatero con el pelo empapado y pegado a la cara, uno de sus ministros ha consumado una metamorfosis asombrosa, digna de un documental de National Geographic. Se trata de José Blanco, antes conocido como Pepiño, y que a tenor de las consideraciones de sus propios adversarios habría pasado de la fase de gusano a la de capullo, y de ésta a la de mariposa, en la que actualmente se encuentra. Lo de Blanco, transformado ya en Don José, no tiene parangón, y viene a demostrar, en contra de lo que se cree, que el hábito hace al monje y que un cargo bien llevado viste tanto como un traje de Armani.
Del de Lugo se han dicho cosas terribles. Sus propios compañeros veían en él allá por el año 2000 a un tipo desconfiado que convivía con un cierto complejo de inferioridad y que había consagrado su vida a vigilar su huerto y el de Zapatero. Madrugador, austero y con gran capacidad de trabajo, el lugarteniente del secretario general del PSOE dejó pronto de porfiar con Jesús Caldera por el puesto de número dos del partido y se limitó a ser el brazo ejecutor, el hombre al que podía confiarse el día a día de la organización porque jamás discutiría una orden, siempre dispuesto a inmolarse si el líder se lo pidiese o las circunstancias así lo aconsejaran.
Del de Lugo se han dicho cosas terribles. Sus propios compañeros veían en él allá por el año 2000 a un tipo desconfiado que convivía con un cierto complejo de inferioridad y que había consagrado su vida a vigilar su huerto y el de Zapatero. Madrugador, austero y con gran capacidad de trabajo, el lugarteniente del secretario general del PSOE dejó pronto de porfiar con Jesús Caldera por el puesto de número dos del partido y se limitó a ser el brazo ejecutor, el hombre al que podía confiarse el día a día de la organización porque jamás discutiría una orden, siempre dispuesto a inmolarse si el líder se lo pidiese o las circunstancias así lo aconsejaran.
apatero no vio sino ventajas en mantenerlo a su lado y, ya en el Gobierno, le situó al frente del partido, con lo que podía estar seguro de controlar hasta la más remota de sus agrupaciones. Blanco fue ganando empaque, tanto por sus propios méritos como por la inestimable colaboración del PP, que al convertirle en una de sus bestias negras no hizo sino facilitarle el trabajo. A medida que crecía la animadversión de los populares, menguaba el desprecio que la vieja guardia del PSOE le había dispensado hasta ese momento.
Uno de sus críticos más feroces fue José Bono, cuya actitud empezó a cambiar poco antes de la victoria electoral de 2008. Blanco le llamó para invitarle a comer muy cerca de la sede socialista, en el restaurante Cuenllas de la calle Ferraz, en Madrid. Nada más sentarse a la mesa, el gallego le explicó el motivo de aquella cita. Zapatero le había comunicado que Bono sería el próximo presidente del Congreso y él le había contestado con un retador “por encima de mi cadáver”. El presidente había despachado el asunto diciéndole que ya se podía ir tumbando. “Te he llamado para que lo sepas por mí antes de que te llegue por otro lado”, le explicó. “Bueno, no te preocupes”, le contestó Bono. “Yo habría dicho lo mismo si el propuesto hubieras sido tú”.
"El más eficaz"
Coincidiendo con su designación como miembro del Gabinete, la valoración de Blanco ha crecido como la espuma. No se trata sólo de que haya dirigentes en el PSOE que se refieren a él como “lo más listo que tenemos en el partido y el más eficaz”, o aseguren que “tiene la autonomía que da haberse ganado la autoridad” y que es “la única referencia del PSOE cuando no está Zapatero”, sino que para asombro propio y de extraños ha empezado a responder preguntas de los periodistas sobre si se ve en el papel de sucesor en el supuesto de que el presidente del Gobierno decidiera no optar a la reelección para un tercer mandato. Y a Cenicienta le encanta que le quieran vestir de princesa, aunque es consciente de que el zapato de cristal es demasiado pequeño para un pie de hobbit.
En consecuencia, el político de cuya formación el PP hacía chanza porque sólo podía colgar en el despacho el título de bachiller, goza hoy de pleno reconocimiento y pasa por ser un estratega, además de un especialista en el arte de interpretar encuestas, a las que parece haber cogido el punto de cocción. Es también el ministro al que se saca a pasear cuando urge plantar cara a la oposición y demostrar que el Gobierno no estaba muerto sino tomando cañas. La transformación también ha sido de imagen. Empezó cambiando de peinado, modernizando la montura de sus gafas y vigilando su peso. De trato personal difícil, el nuevo Blanco parece distinto hasta en los gestos: se mueve como quien se cree importante.
Si la lealtad ha de tener recompensa, su nombramiento como ministro de Fomento no admite ningún pero. Su mérito reside en haberse adaptado perfectamente a su nueva piel. Blanco sabe interpretar su papel y, por ello, recibe inesperados elogios, como los que le dedica Esperanza Aguirre cada vez que se le acerca con la chequera. Del ministro se habla bien porque ha metido mano a los controladores, que eso siempre resulta simpático en la legión mileurista, y porque parece no arrugarse ante las situaciones comprometidas.
Se le ve preparado para las vacas flacas. Ha encargado una auditoría de todo el grupo Fomento y es seguro que habrá sorpresas, empezando por el Plan de Infraestructuras, al que meterá la tijera para adecuarlo a los nuevos tiempos. Le escandaliza que mantener un kilómetro de alta velocidad cueste 100.000 euros al año y el doble si es en túnel. Dicen que no entiende por qué un proyecto de ingeniería cuesta más en la empresa pública que en el mercado, o cuál es la razón para que haya sociedades públicas con el mismo cometido, tal es caso de Salvamento Marítimo y Remar, la filial de los remolcadores. “El plan de eficiencia de Fomento va a dar que hablar”, aseguran en su entorno.
Sus nuevas ocupaciones no le han distraído de sus tareas en el partido. Está al día de las últimas encuestas y se da por seguro que volverá a ser él quien coordine la campaña de los socialistas en 2012, en detrimento de la secretaria de Organización, Leire Pajín. La mariposa que hoy es Blanco revoletea incansable alrededor de Zapatero, condenado a seguir su luz hasta el último destello. En la oscuridad total, las sombras dejan de existir.
Uno de sus críticos más feroces fue José Bono, cuya actitud empezó a cambiar poco antes de la victoria electoral de 2008. Blanco le llamó para invitarle a comer muy cerca de la sede socialista, en el restaurante Cuenllas de la calle Ferraz, en Madrid. Nada más sentarse a la mesa, el gallego le explicó el motivo de aquella cita. Zapatero le había comunicado que Bono sería el próximo presidente del Congreso y él le había contestado con un retador “por encima de mi cadáver”. El presidente había despachado el asunto diciéndole que ya se podía ir tumbando. “Te he llamado para que lo sepas por mí antes de que te llegue por otro lado”, le explicó. “Bueno, no te preocupes”, le contestó Bono. “Yo habría dicho lo mismo si el propuesto hubieras sido tú”.
"El más eficaz"
Coincidiendo con su designación como miembro del Gabinete, la valoración de Blanco ha crecido como la espuma. No se trata sólo de que haya dirigentes en el PSOE que se refieren a él como “lo más listo que tenemos en el partido y el más eficaz”, o aseguren que “tiene la autonomía que da haberse ganado la autoridad” y que es “la única referencia del PSOE cuando no está Zapatero”, sino que para asombro propio y de extraños ha empezado a responder preguntas de los periodistas sobre si se ve en el papel de sucesor en el supuesto de que el presidente del Gobierno decidiera no optar a la reelección para un tercer mandato. Y a Cenicienta le encanta que le quieran vestir de princesa, aunque es consciente de que el zapato de cristal es demasiado pequeño para un pie de hobbit.
En consecuencia, el político de cuya formación el PP hacía chanza porque sólo podía colgar en el despacho el título de bachiller, goza hoy de pleno reconocimiento y pasa por ser un estratega, además de un especialista en el arte de interpretar encuestas, a las que parece haber cogido el punto de cocción. Es también el ministro al que se saca a pasear cuando urge plantar cara a la oposición y demostrar que el Gobierno no estaba muerto sino tomando cañas. La transformación también ha sido de imagen. Empezó cambiando de peinado, modernizando la montura de sus gafas y vigilando su peso. De trato personal difícil, el nuevo Blanco parece distinto hasta en los gestos: se mueve como quien se cree importante.
Si la lealtad ha de tener recompensa, su nombramiento como ministro de Fomento no admite ningún pero. Su mérito reside en haberse adaptado perfectamente a su nueva piel. Blanco sabe interpretar su papel y, por ello, recibe inesperados elogios, como los que le dedica Esperanza Aguirre cada vez que se le acerca con la chequera. Del ministro se habla bien porque ha metido mano a los controladores, que eso siempre resulta simpático en la legión mileurista, y porque parece no arrugarse ante las situaciones comprometidas.
Se le ve preparado para las vacas flacas. Ha encargado una auditoría de todo el grupo Fomento y es seguro que habrá sorpresas, empezando por el Plan de Infraestructuras, al que meterá la tijera para adecuarlo a los nuevos tiempos. Le escandaliza que mantener un kilómetro de alta velocidad cueste 100.000 euros al año y el doble si es en túnel. Dicen que no entiende por qué un proyecto de ingeniería cuesta más en la empresa pública que en el mercado, o cuál es la razón para que haya sociedades públicas con el mismo cometido, tal es caso de Salvamento Marítimo y Remar, la filial de los remolcadores. “El plan de eficiencia de Fomento va a dar que hablar”, aseguran en su entorno.
Sus nuevas ocupaciones no le han distraído de sus tareas en el partido. Está al día de las últimas encuestas y se da por seguro que volverá a ser él quien coordine la campaña de los socialistas en 2012, en detrimento de la secretaria de Organización, Leire Pajín. La mariposa que hoy es Blanco revoletea incansable alrededor de Zapatero, condenado a seguir su luz hasta el último destello. En la oscuridad total, las sombras dejan de existir.
El Confidencial
Estamos condenados. Por Emilio J. González
Lo único que cabía esperar es lo que realmente ha sido su intervención en el debate: más de lo mismo. Y en cuanto los mercados se den cuenta de ello, nos van a dar hasta en el carnet de identidad.

La tregua que han concedido los mercados al Gobierno de ZP va a durar menos que la alegría en casa de un pobre. No me cabe la menor duda después de haber seguido la intervención del presidente del Gobierno en el debate sobre la economía celebrado en el Congreso de los Diputados, porque Zapatero sigue sin querer comprender qué es lo que pasa y qué es lo que tiene qué hacer. Lo único que ha entendido es que no puede volver a tratar de envolverse en la bandera del victimismo utilizando de nuevo el argumento de la conspiración de los mercados contra el gran líder internacional que quiere reformarlos porque, además de que eso ya no se lo cree nadie excepto él y sus corifeos, ya sabe los calificativos que le dedicaría la prensa internacional, que no son precisamente buenos. El resto de la lección, por desgracia, sigue sin querer aprenderlo.
Zapatero insiste en que el susto que le dieron los mercados a España recientemente se debía a que los inversores no entendían ni patata acerca de la magnífica situación de nuestra economía, nuestras cuentas públicas y nuestro sistema financiero. Pero como ya ha habido dos miembros del equipo económico que se lo han explicado, ahora están tranquilos. El que no lo está tanto es ZP, porque eso de decir que no se deben hacer informes ni declaraciones sobre lo mal que está España es como cuando se empeñó en calificarnos de antipatriotas a todos aquellos que, desde el primer momento, empezamos a advertir de la que se nos venía encima.
Vamos, que sigue negando la realidad y, además, ahora con ese toque infantil de no digáis nada que pueda asustar a los mercados para que no se den cuenta de que, en el fondo, Zapatero sigue tomándoles el pelo, como nos lo toma a los españoles, y no está dispuesto a apearse del burro. Eso es lo que ha dejado muy claro en sus intervenciones cuando ha dicho que no se va a recortar el gasto ni en protección social, ni en I+D, ni en planes de estímulo, ni en ayuda a los países de ese Tercer Mundo al que el presidente del Gobierno nos está llevando a pasos acelerados. O sea, que mientras pueda va a seguir tirando de chequera para financiar sus ocurrencias y su malentendido progresismo, como si aquí no pasara nada. ¿De dónde van a salir, entonces, los 50.000 millones de recorte en los pagos del Estado? Pues ya se lo pueden imaginar, de ningún sitio.
Como ven, ZP sigue en sus trece en materia de gasto, de la misma forma que tampoco da su brazo a torcer en su esperanza de que la recuperación económica mundial nos saque de la crisis. Eso sería si estuviéramos ante la típica recesión coyuntural, pero no lo estamos. Estamos ante algo mucho más grave. Porque por mucho que se pueda recuperar la economía internacional, que no lo parece si tenemos en cuenta lo que puede pasar en cuanto desaparezcan los paquetes de gasto público para estimular la economía y salvar al sector financiero, aquí pasan cosas mucho más graves. Por ejemplo, la nueva oleada que se aproxima de morosidad del sector inmobiliario, que volverá a castigar a los bancos y cajas de ahorros y a restringir el crédito aún más si cabe. Por ejemplo, el cierre del grifo de la financiación fácil por parte del Banco Central Europeo, que empleaban las entidades crediticias españolas para comprarle al Gobierno las astronómicas cantidades de deuda pública que está emitiendo. En estas circunstancia, como falle alguno de los supuestos de partida de ZP, que es lo más probable, esto se va a venir abajo como un castillo de naipes y entonces sí que nos vamos a enterar de lo que es de verdad una crisis de dimensiones históricas, porque lo que ha ocurrido hasta ahora, con todo lo grave que es, no será más que una broma respecto a lo que está por venir.
El presidente del Gobierno también sigue a piñón fijo en lo referente a su estrategia política para afrontar la crisis. Recuerda que a finales del año pasado ya habló de reformas y de esa dichosa ley de economía sostenible, que ni está, ni servirá para nada. Pero todo es mera palabrería porque de medidas reales y concretas, nada de nada. También pone encima de la mesa la reforma de las pensiones. Por supuesto que hay que hacerla, aunque no en la línea que quiere Zapatero. Sin embargo, ese es un problema de futuro que nada tiene que ver con la crisis actual, su naturaleza y sus causas y la forma de superarla. Y, para rizar el rizo, sigue hablando de un pacto que lo único que persigue es acallar las críticas de la oposición y hacerla cómplice de sus errores.
He de confesar, ingenuo de mí, que cuando me senté frente al televisor para seguir el debate tenía la esperanza, aunque débil, de que ZP anunciara algunas de esas medidas que ha prometido a los mercados para tranquilizarlos. No sé cómo se me ocurrió tal cosa porque, conociéndolo como ya lo conocemos, lo único que cabía esperar es lo que realmente ha sido su intervención en el debate: más de lo mismo. Y en cuanto los mercados se den cuenta de ello, nos van a dar hasta en el carnet de identidad. No les quepa duda de que lo harán sin necesidad de leer ninguno de esos informes o declaraciones sobre la situación económica española que tanto criticó el presidente del Gobierno. Francamente, estamos condenados.
Vamos, que sigue negando la realidad y, además, ahora con ese toque infantil de no digáis nada que pueda asustar a los mercados para que no se den cuenta de que, en el fondo, Zapatero sigue tomándoles el pelo, como nos lo toma a los españoles, y no está dispuesto a apearse del burro. Eso es lo que ha dejado muy claro en sus intervenciones cuando ha dicho que no se va a recortar el gasto ni en protección social, ni en I+D, ni en planes de estímulo, ni en ayuda a los países de ese Tercer Mundo al que el presidente del Gobierno nos está llevando a pasos acelerados. O sea, que mientras pueda va a seguir tirando de chequera para financiar sus ocurrencias y su malentendido progresismo, como si aquí no pasara nada. ¿De dónde van a salir, entonces, los 50.000 millones de recorte en los pagos del Estado? Pues ya se lo pueden imaginar, de ningún sitio.
Como ven, ZP sigue en sus trece en materia de gasto, de la misma forma que tampoco da su brazo a torcer en su esperanza de que la recuperación económica mundial nos saque de la crisis. Eso sería si estuviéramos ante la típica recesión coyuntural, pero no lo estamos. Estamos ante algo mucho más grave. Porque por mucho que se pueda recuperar la economía internacional, que no lo parece si tenemos en cuenta lo que puede pasar en cuanto desaparezcan los paquetes de gasto público para estimular la economía y salvar al sector financiero, aquí pasan cosas mucho más graves. Por ejemplo, la nueva oleada que se aproxima de morosidad del sector inmobiliario, que volverá a castigar a los bancos y cajas de ahorros y a restringir el crédito aún más si cabe. Por ejemplo, el cierre del grifo de la financiación fácil por parte del Banco Central Europeo, que empleaban las entidades crediticias españolas para comprarle al Gobierno las astronómicas cantidades de deuda pública que está emitiendo. En estas circunstancia, como falle alguno de los supuestos de partida de ZP, que es lo más probable, esto se va a venir abajo como un castillo de naipes y entonces sí que nos vamos a enterar de lo que es de verdad una crisis de dimensiones históricas, porque lo que ha ocurrido hasta ahora, con todo lo grave que es, no será más que una broma respecto a lo que está por venir.
El presidente del Gobierno también sigue a piñón fijo en lo referente a su estrategia política para afrontar la crisis. Recuerda que a finales del año pasado ya habló de reformas y de esa dichosa ley de economía sostenible, que ni está, ni servirá para nada. Pero todo es mera palabrería porque de medidas reales y concretas, nada de nada. También pone encima de la mesa la reforma de las pensiones. Por supuesto que hay que hacerla, aunque no en la línea que quiere Zapatero. Sin embargo, ese es un problema de futuro que nada tiene que ver con la crisis actual, su naturaleza y sus causas y la forma de superarla. Y, para rizar el rizo, sigue hablando de un pacto que lo único que persigue es acallar las críticas de la oposición y hacerla cómplice de sus errores.
He de confesar, ingenuo de mí, que cuando me senté frente al televisor para seguir el debate tenía la esperanza, aunque débil, de que ZP anunciara algunas de esas medidas que ha prometido a los mercados para tranquilizarlos. No sé cómo se me ocurrió tal cosa porque, conociéndolo como ya lo conocemos, lo único que cabía esperar es lo que realmente ha sido su intervención en el debate: más de lo mismo. Y en cuanto los mercados se den cuenta de ello, nos van a dar hasta en el carnet de identidad. No les quepa duda de que lo harán sin necesidad de leer ninguno de esos informes o declaraciones sobre la situación económica española que tanto criticó el presidente del Gobierno. Francamente, estamos condenados.
Libertad Digital - Opinión
Truenos y mociones. Por M. Martín Ferrand
TONANTE, el que truena, era un adjetivo reservado a Júpiter, el dios encargado de las leyes y del orden social en la antigua Roma. Desde ayer, y con propiedad, también podemos hablar de un tonante Mariano Rajoy. Espoleado por el ambiente, crecido en su propia responsabilidad como alternativa y, seguramente, harto ya de la palabrería inane con la que suele disparar José Luis Rodríguez Zapatero, el líder del PP lanzó al aire un discurso fundamentalmente político en lugar de la letanía, por mitades moral y tecnocrática, con la que venía calentando el escaño en lo que llevamos de legislatura. No es mucho, pero es una condición sine qua non para poner en valor un liderazgo y una potencialidad de gobierno.
Zapatero, más mañoso que profundo, se ha fabricado un nuevo burladero tras el que esconderse de las embestidas de la realidad social y económica, el pacto. Confía en el pacto, que es tanto como esperar que los demás, sus adversarios, abdiquen de lo que son y compartan el gasto de la situación. El líder socialista tiene despierto el instinto de su propia conservación política y, más cercano al sable que al florete, le atizó un mandoble a Rajoy de difícil parada e imposible devolución. Le invitó a presentar una moción de censura que es, con propiedad, lo que le conviene al caso de un presidente desnortado, a la deriva, y una alternativa que dice tener, aunque no cuente con los votos para su respaldo, la solución al problema que a todos nos aflige.
Como suele suceder, ni los sonoros truenos de Rajoy ni las mañas de Zapatero redimirán nuestras penas. Ya tenemos una nueva comisión, con Elena Salgado de mascarón de proa, para estudiar el intríngulis de nuestros males y buscar, junto con la oposición, bálsamos para los muchos alifafes de nuestra economía. Curiosamente, cuando el paro que nos aflige es la más grave y trascendental consecuencia de la situación, esa comisión diseñada por el presidente y en la que se incluyen un eficaz José Blanco y un etéreo Miguel Sebastián no cuenta con Celestino Corbacho, el ministro fantasma. En el fondo late la resistencia socialista a modificar el marco laboral y reducir el gasto público y el despilfarro de las administraciones. En eso, el PP podría poner en evidencia al PSOE, ya que son sus mejores testimonios de poder, Valencia y Madrid, los más endeudados y gastosos de todos los territorios de la España prefederal.
Como suele suceder, ni los sonoros truenos de Rajoy ni las mañas de Zapatero redimirán nuestras penas. Ya tenemos una nueva comisión, con Elena Salgado de mascarón de proa, para estudiar el intríngulis de nuestros males y buscar, junto con la oposición, bálsamos para los muchos alifafes de nuestra economía. Curiosamente, cuando el paro que nos aflige es la más grave y trascendental consecuencia de la situación, esa comisión diseñada por el presidente y en la que se incluyen un eficaz José Blanco y un etéreo Miguel Sebastián no cuenta con Celestino Corbacho, el ministro fantasma. En el fondo late la resistencia socialista a modificar el marco laboral y reducir el gasto público y el despilfarro de las administraciones. En eso, el PP podría poner en evidencia al PSOE, ya que son sus mejores testimonios de poder, Valencia y Madrid, los más endeudados y gastosos de todos los territorios de la España prefederal.
ABC - Opinión
Zapatero no sirve, Rajoy tampoco. Por Juan Ramón Rallo
Si en 2009 tuvimos un déficit de 110.000 millones de euros y Rajoy se opone a subir impuestos, ¿adónde vamos con un recorte del gasto de 10.000 millones? Ya se lo digo yo: a ninguna parte.
Zapatero miente. Bien, punto para Rajoy. Zapatero es una catástrofe. Bien, dos a cero. Zapatero le genera desconfianza a todo el mundo. Otro acierto. Zapatero carece de capacidad para atajar la crisis. Muy correcto.
El discurso de Rajoy contra la política económica de Zapatero ha sido muy bueno a la hora de mostrar las contradicciones del presidente del Gobierno, el vacío que recorre la inmensa mayoría de sus propuestas y su poca voluntad para sacar adelante las pocas que en verdad están bien orientadas.
El discurso de Rajoy contra la política económica de Zapatero ha sido muy bueno a la hora de mostrar las contradicciones del presidente del Gobierno, el vacío que recorre la inmensa mayoría de sus propuestas y su poca voluntad para sacar adelante las pocas que en verdad están bien orientadas.
Sin embargo, al menos a mí, eso no me basta. Rajoy se postula como recambio de Zapatero, algo que cada vez más españoles van viendo como imprescindible, pese a que una mayoría de esos mismos españoles –en concreto, más de 11 millones– le dieron su respaldo hace menos de dos años.
El recambio ha de ser no sólo en las personas y en su credibilidad frente a los mercados, sino también en las políticas aplicadas. Me parece que Zapatero no es consciente –o no quiere serlo– de la situación en la que se encuentra España, pero me temo que Rajoy tampoco.
Nuestro país –nuestras familias, nuestras empresas y nuestras administraciones públicas– lleva años viviendo muy por encima de sus posibilidades. Nos hemos aficionado al endeudamiento, a gastar más de lo que ingresamos, a divertirnos con el descocado despilfarro y a aburrirnos con el taciturno ahorro. Hemos sido cigarra durante demasiado tiempo y ahora vamos pidiéndoles ayuda a unas hormigas que nos cierran la puerta.
Ha llegado el momento de pretarse el cinturón, de cuadrar las cuentas, de restringir los gastos más prescindibles, de incrementar de manera sustancial el ahorro y de empezar a amortizar todas nuestras deudas pasadas, las públicas y las privadas.
Familias y empresas ya han comenzado a transitar por este camino, pero la administración sigue desmelenada dilapidando nuestro dinero presente y futuro. A los políticos les gusta gastar el dinero de otros y en tiempos de crisis el de los contribuyentes actuales se les queda corto. Esto es lo que ha de cambiar lo antes posible; no queda más remedio que regresar a la frugalidad y la manera más rápida y conveniente de hacerlo es a través del adelgazamiento del Estado.
El PSOE sigue en su absurda estrategia de culpar al liberalismo de la crisis, cuando ésta ha surgido en el sector económico más hiperregulado y controlado de todos: el financiero. A menos que Bruselas se mantenga firme, continuarán aprovechando la coyuntura para incrementar el poder y el tamaño del Estado, aun con pequeños maquillajes. ZP promete disminuir el gasto público en 50.000 millones en los tres próximos años, pero empieza por lo insignificante: este año sólo aspira a recortarlo en 5.000. ¿Alguien se cree que en dos años lo minorará en 45.000?
Rajoy ha subido a la tribuna protestando contra el despilfarro, lo cual está muy bien. Pero ha hecho dos peticiones concretas a Zapatero algo incompatibles: que no suba los impuestos y que baje este año el gasto público en... 10.000 millones, algo que puede lograrse simplemente con no repetir el Plan E.
¿Cómo lo diría? No soy en absoluto partidario de subir impuestos, y por eso mismo tampoco lo soy de subirlos por la puerta trasera, esto es, emitiendo deuda. Lo prioritario ahora mismo es acabar con el déficit y para ello sólo hay dos vías: o más impuestos o menos gasto. La primera es infinitamente peor que la segunda, pero es mejor que continuar cebando la deuda. Si en 2009 tuvimos un déficit de 110.000 millones de euros y Rajoy se opone a subir impuestos, ¿adónde vamos con un recorte del gasto de 10.000 millones? Ya se lo digo yo: a ninguna parte.
Es hora de desmantelar el Estado central y el autonómico, de devolver a los individuos las competencias que nunca deberían haber perdido, de convertir a los presupuestos en documentos anoréxicos, de privatizar todas las empresas públicas que inexplicablemente sigan existiendo y, sí, una vez el déficit desaparezca, de bajar impuestos.
Pero ni Zapatero ni Rajoy quieren cambiar el insostenible modelo económico de España. Por eso se pelean en las formas aunque los dos estén diciendo esencialmente lo mismo; por eso el PP ha apoyado todas las propuestas económicas importantes que ha planteado este Gobierno; por eso si hoy no pactan es por puros cálculos electorales y no por desavenencias de programa; por eso desde fuera nos miran con desconfianza. Es de risa que ante un océano de gasto, Zapatero quiera drenar unas gotitas y Rajoy unos vasitos.
Zapatero tiene que largarse, sí, ¿pero para poner a quién?
El recambio ha de ser no sólo en las personas y en su credibilidad frente a los mercados, sino también en las políticas aplicadas. Me parece que Zapatero no es consciente –o no quiere serlo– de la situación en la que se encuentra España, pero me temo que Rajoy tampoco.
Nuestro país –nuestras familias, nuestras empresas y nuestras administraciones públicas– lleva años viviendo muy por encima de sus posibilidades. Nos hemos aficionado al endeudamiento, a gastar más de lo que ingresamos, a divertirnos con el descocado despilfarro y a aburrirnos con el taciturno ahorro. Hemos sido cigarra durante demasiado tiempo y ahora vamos pidiéndoles ayuda a unas hormigas que nos cierran la puerta.
Ha llegado el momento de pretarse el cinturón, de cuadrar las cuentas, de restringir los gastos más prescindibles, de incrementar de manera sustancial el ahorro y de empezar a amortizar todas nuestras deudas pasadas, las públicas y las privadas.
Familias y empresas ya han comenzado a transitar por este camino, pero la administración sigue desmelenada dilapidando nuestro dinero presente y futuro. A los políticos les gusta gastar el dinero de otros y en tiempos de crisis el de los contribuyentes actuales se les queda corto. Esto es lo que ha de cambiar lo antes posible; no queda más remedio que regresar a la frugalidad y la manera más rápida y conveniente de hacerlo es a través del adelgazamiento del Estado.
El PSOE sigue en su absurda estrategia de culpar al liberalismo de la crisis, cuando ésta ha surgido en el sector económico más hiperregulado y controlado de todos: el financiero. A menos que Bruselas se mantenga firme, continuarán aprovechando la coyuntura para incrementar el poder y el tamaño del Estado, aun con pequeños maquillajes. ZP promete disminuir el gasto público en 50.000 millones en los tres próximos años, pero empieza por lo insignificante: este año sólo aspira a recortarlo en 5.000. ¿Alguien se cree que en dos años lo minorará en 45.000?
Rajoy ha subido a la tribuna protestando contra el despilfarro, lo cual está muy bien. Pero ha hecho dos peticiones concretas a Zapatero algo incompatibles: que no suba los impuestos y que baje este año el gasto público en... 10.000 millones, algo que puede lograrse simplemente con no repetir el Plan E.
¿Cómo lo diría? No soy en absoluto partidario de subir impuestos, y por eso mismo tampoco lo soy de subirlos por la puerta trasera, esto es, emitiendo deuda. Lo prioritario ahora mismo es acabar con el déficit y para ello sólo hay dos vías: o más impuestos o menos gasto. La primera es infinitamente peor que la segunda, pero es mejor que continuar cebando la deuda. Si en 2009 tuvimos un déficit de 110.000 millones de euros y Rajoy se opone a subir impuestos, ¿adónde vamos con un recorte del gasto de 10.000 millones? Ya se lo digo yo: a ninguna parte.
Es hora de desmantelar el Estado central y el autonómico, de devolver a los individuos las competencias que nunca deberían haber perdido, de convertir a los presupuestos en documentos anoréxicos, de privatizar todas las empresas públicas que inexplicablemente sigan existiendo y, sí, una vez el déficit desaparezca, de bajar impuestos.
Pero ni Zapatero ni Rajoy quieren cambiar el insostenible modelo económico de España. Por eso se pelean en las formas aunque los dos estén diciendo esencialmente lo mismo; por eso el PP ha apoyado todas las propuestas económicas importantes que ha planteado este Gobierno; por eso si hoy no pactan es por puros cálculos electorales y no por desavenencias de programa; por eso desde fuera nos miran con desconfianza. Es de risa que ante un océano de gasto, Zapatero quiera drenar unas gotitas y Rajoy unos vasitos.
Zapatero tiene que largarse, sí, ¿pero para poner a quién?
Libertad Ligital
Enmienda a la totalidad. Por Ignacio Camacho
NI pactos de Estado, ni cabildeos de salón, ni enredos de alcoba. A Rajoy es menester agradecerle su sinceridad de negarse a los paripés y poner las cartas boca arriba. Su enmienda a la totalidad lo aboca al vértigo solitario y sin red de una apuesta a todo o nada, pero al menos tiene el mérito de dejar caer las caretas y abandonar el disimulo. En circunstancias como las actuales, ganar tiempo es la manera más deshonesta de hacérselo perder a los demás. Zapatero ya no tiene nada que ofrecer; se le han acabado las ideas, los argumentos y hasta las excusas, y al reprochárselo de manera tajante y desabrida el jefe de la oposición ha dicho lo que piensan muchos millones de españoles. Él corre con el riesgo de que sean menos de los que necesita o calcula.
El presidente ni siquiera lució a la altura dialéctica que suele cuando se faja. Agotados sus célebres trucos de ilusionismo político, se limitó a adormecer las críticas con una letanía de vaguedades favorecida por el formato lánguido del debate. Se mostró inmune a la autocrítica y persistió en sus recetas indoloras -ni ajuste ni sacrificio- prometiendo para pasado mañana la recuperación de una crisis que estuvo negando hasta anteayer. No anunció nada, no concretó nada, no definió nada: sólo acuerdos genéricos que apenas se molestó en precisar. Fue una versión espesa de sí mismo; era el Zapatero autocomplaciente, vaporoso e irreal de siempre en los conceptos, pero no el Zapatero ágil, resuelto y brillante en las formas. Trataba de jugar a estadista moderado para ahorrarse palos, y lo logró a medias porque en la víspera había sedado a CiU con el cloroformo del pacto. Pero con cuatro millones de parados, once puntos de déficit, un tejido social devastado y una crisis de confianza financiera internacional, el tipo no encontró mejor medida que... ¡una comisión! para seguir hablando de la nada. Olé tus c..., Romanones.
Rajoy hubiese embestido igual ante otro discurso porque había decidido plantear un órdago sin matices, pero encontró a su rival tal como lo deseaba; impermeable, estático y satisfecho. Liquidó cualquier especulación pactista y eligió descargar un vapuleo. Señaló al presidente como el primer problema e invitó a acabar con él hasta a los propios socialistas, una frase que acabó acaparando el ruido de los titulares y provocando un cruce surrealista sobre la moción de censura; Zapatero, la presunta víctima, le retó a presentarla «si tiene coraje» (traducción: «si tiene huevos»), mientras el presunto interesado la descartaba porque aunque tenga coraje, o lo otro, no le sirve sin apoyos. La alternativa apenas apareció, salvo la de esperar y quedarse al margen; áspera honestidad que prefigura otros dos años de bloqueo y desgaste en los que está por ver quién resistirá más: si un Gobierno calcinado, una oposición despechada o una ciudadanía arruinada y harta a la que nadie pregunta por su límite de aguante.
Rajoy hubiese embestido igual ante otro discurso porque había decidido plantear un órdago sin matices, pero encontró a su rival tal como lo deseaba; impermeable, estático y satisfecho. Liquidó cualquier especulación pactista y eligió descargar un vapuleo. Señaló al presidente como el primer problema e invitó a acabar con él hasta a los propios socialistas, una frase que acabó acaparando el ruido de los titulares y provocando un cruce surrealista sobre la moción de censura; Zapatero, la presunta víctima, le retó a presentarla «si tiene coraje» (traducción: «si tiene huevos»), mientras el presunto interesado la descartaba porque aunque tenga coraje, o lo otro, no le sirve sin apoyos. La alternativa apenas apareció, salvo la de esperar y quedarse al margen; áspera honestidad que prefigura otros dos años de bloqueo y desgaste en los que está por ver quién resistirá más: si un Gobierno calcinado, una oposición despechada o una ciudadanía arruinada y harta a la que nadie pregunta por su límite de aguante.
ABC - Opinión
El Estado, la zorra que cuida del gallinero. Por Juan Perea

Salgo de un parking del centro de la ciudad y me veo rodeado de edificios que no hace mucho eran ocupados por sedes y oficinas de grandes bancos. Hace ya unos años que, aprovechando la situación del mercado, sus gestores vendieron estos inmuebles consiguiendo sustanciosas plusvalías. Gran sentido de la oportunidad y fino olfato para los negocios el suyo. Siguiendo la vieja máxima que aconseja que el último euro lo gane otro, presentaron sus ofertas de un modo atractivo. Mientras los financieros se preparaban para ajustar sus costes y engordar sus cuentas de resultados, un interesado tocaba a su puerta.
Casualmente se trataba del comprador perfecto, con grandes bolsillos, sin demasiados miramientos cuando se trata de fincas de primera, que aprecia las buenas ocasiones y que siempre paga. Seguramente ya habrán adivinado de quién se trata. ¡Bingo! De ustedes, de ellos y de mí, organizados y representados por el Estado. Somos los orgullosos poseedores de los edificios más emblemáticos de todas las ciudades de nuestro país.
Casualmente se trataba del comprador perfecto, con grandes bolsillos, sin demasiados miramientos cuando se trata de fincas de primera, que aprecia las buenas ocasiones y que siempre paga. Seguramente ya habrán adivinado de quién se trata. ¡Bingo! De ustedes, de ellos y de mí, organizados y representados por el Estado. Somos los orgullosos poseedores de los edificios más emblemáticos de todas las ciudades de nuestro país.
Hasta aquí todo bien (¿o no?). En principio, no veo ningún mal en que el Estado (tratándose de un país del ‘primer mundo’) ocupe estos lugares y se haga cargo de su mantenimiento, si ello redunda en beneficio de los ciudadanos y siempre que otras inversiones (en educación, sanidad, otros gastos sociales e infraestructuras) estén cubiertas. Pero en mi opinión, el problema es, cuando menos, triple: la ciudadanía disfruta poco de esos bienes adquiridos recientemente, su aprovechamiento es dudoso, y no se tenía el dinero para pagarlos.
Son pocos los sitios que se han dedicado a actividades culturales al alcance de todos. Muchos se emplean para trámites burocráticos que podrían solucionarse ‘virtualmente’ (¿qué fue de aquellos planes de adaptar la administración pública a las nuevas tecnologías?) y en algunos es bien visible la escasa actividad que se desarrolla allí. La falta de previsión que se ha tenido, cuando no derroche, salta a la vista cuando se examina la situación de las arcas del Estado.
No, no teníamos ni tenemos los recursos necesarios para esa inversión inmobiliaria. Somos uno de los países más endeudados del mundo tanto externa como internamente. La situación es similar a la de aquel que se está ahogando (nuestro país) y al tocar fondo (nos dicen que ya ha ocurrido) puede tomar impulso para salir a flote. Ve la luz, la posibilidad de respirar (los ‘brotes verdes’), su esperanza. Ahora bien, ¿dispone de la suficiente cantidad de aire para llegar a la superficie?
Creemos que los Estados siempre disponen de los recursos suficientes para evitar la bancarrota (“los países no quiebran”, que diría el banquero), que no se ahogan. Pero la falta de aire puede provocar lesiones permanentes en los que sufren asfixias severas. Esos traumas requieren de graves cuidados y muchas veces resultan en retrasos permanentes respecto a un normal desarrollo.
El mal se agrava cuando uno observa y sufre la actitud y la aptitud de los encargados de ‘la cosa pública’. Los políticos que gestionan nuestro Estado, sean del color que sean y en cualquiera de las administraciones, nos ofrecen un espectáculo lamentable y su ineficacia alcanza cada día cotas más altas. Los escándalos de corrupción (muchas veces relacionados con el sector del ladrillo y los inmuebles) invitan a pensar que tenemos a la zorra cuidando el gallinero. Se nos quiere consolar como a niños, diciéndonos que no todos son iguales, que los corruptos son una minoría. Pero dan la impresión de que solo vemos la punta del iceberg. Además, los que son detenidos e inculpados enseguida salen en libertad, sin devolvernos un euro de lo robado e incluso rehabilitados en sus partidos.
Sociedad civil y educación
El espectáculo alcanza el carácter de drama a la vista de los resultados de tan negligente actuación para un gran y creciente número de familias españolas. El descontento se expande entre todos nosotros como se refleja en todos los medios. De ello dan fe los foreros de ‘El Confidencial’. Sus palabras me recuerdan a aquellas del tribuno Marco Livio Druso: “¿Pero es que ha habido algún gobierno que no sea embustero y esclavizador, asesino, ladrón y opresor, enemigo de todos los hombres en su ambición de poder?”. La respuesta de nuestro sistema político no parece que satisfaga a nadie y aparece el fantasma de lo que dijo Aristóteles: “Las repúblicas declinan en democracias y las democracias degeneran en despotismos”. No soy pesimista pero creo que para regenerar nuestro sistema político se requiere la implicación de todos o, por lo menos, de muchos.
Una democracia real no consiste en otorgar el derecho a voto a quienes conviven bajo ese régimen. La democracia no se materializa solamente en el acto de votar cada cuatro años y dejar que los políticos elegidos campen a sus anchas en el intermedio. La verdadera y efectiva democracia se fundamenta en dos elementos esenciales, vitales para su existencia: la sociedad civil y la educación. Ya he escrito en este blog sobre la necesidad de reconstruir nuestro sistema educativo sobre las bases de descubrir y desarrollar las capacidades de cada individuo, el respeto a la pluralidad y la enseñanza de los valores indispensables para vivir en democracia. Depende de nosotros el organizarnos como sociedad civil y asegurar la existencia de canales efectivos de comunicación entre los ciudadanos, los expertos y los políticos, responsables últimos, cuando gobiernan, de la gestión del Estado.
Estamos a tiempo. Druso, escribe Taylor Caldwell en ‘La columna de hierro’, no se dio cuenta hasta el momento de su asesinato de que la corrupción es irreversible cuando ha llegado a pudrir el alma de una nación. Creía que una nación corrompida podía volver a ser pía y virtuosa ‘sólo con que el pueblo lo quisiera’. Yo también creo en el poder de una sociedad civil bien organizada y liderada por personas con un reconocido prestigio y guiadas por el interés común. Y para reducir las tentaciones que el ejercicio del poder conlleva, que ponga límites a la actividad del Estado y sus numerosas administraciones y que impulse la racionalización de su aparato.
Son pocos los sitios que se han dedicado a actividades culturales al alcance de todos. Muchos se emplean para trámites burocráticos que podrían solucionarse ‘virtualmente’ (¿qué fue de aquellos planes de adaptar la administración pública a las nuevas tecnologías?) y en algunos es bien visible la escasa actividad que se desarrolla allí. La falta de previsión que se ha tenido, cuando no derroche, salta a la vista cuando se examina la situación de las arcas del Estado.
No, no teníamos ni tenemos los recursos necesarios para esa inversión inmobiliaria. Somos uno de los países más endeudados del mundo tanto externa como internamente. La situación es similar a la de aquel que se está ahogando (nuestro país) y al tocar fondo (nos dicen que ya ha ocurrido) puede tomar impulso para salir a flote. Ve la luz, la posibilidad de respirar (los ‘brotes verdes’), su esperanza. Ahora bien, ¿dispone de la suficiente cantidad de aire para llegar a la superficie?
Creemos que los Estados siempre disponen de los recursos suficientes para evitar la bancarrota (“los países no quiebran”, que diría el banquero), que no se ahogan. Pero la falta de aire puede provocar lesiones permanentes en los que sufren asfixias severas. Esos traumas requieren de graves cuidados y muchas veces resultan en retrasos permanentes respecto a un normal desarrollo.
El mal se agrava cuando uno observa y sufre la actitud y la aptitud de los encargados de ‘la cosa pública’. Los políticos que gestionan nuestro Estado, sean del color que sean y en cualquiera de las administraciones, nos ofrecen un espectáculo lamentable y su ineficacia alcanza cada día cotas más altas. Los escándalos de corrupción (muchas veces relacionados con el sector del ladrillo y los inmuebles) invitan a pensar que tenemos a la zorra cuidando el gallinero. Se nos quiere consolar como a niños, diciéndonos que no todos son iguales, que los corruptos son una minoría. Pero dan la impresión de que solo vemos la punta del iceberg. Además, los que son detenidos e inculpados enseguida salen en libertad, sin devolvernos un euro de lo robado e incluso rehabilitados en sus partidos.
Sociedad civil y educación
El espectáculo alcanza el carácter de drama a la vista de los resultados de tan negligente actuación para un gran y creciente número de familias españolas. El descontento se expande entre todos nosotros como se refleja en todos los medios. De ello dan fe los foreros de ‘El Confidencial’. Sus palabras me recuerdan a aquellas del tribuno Marco Livio Druso: “¿Pero es que ha habido algún gobierno que no sea embustero y esclavizador, asesino, ladrón y opresor, enemigo de todos los hombres en su ambición de poder?”. La respuesta de nuestro sistema político no parece que satisfaga a nadie y aparece el fantasma de lo que dijo Aristóteles: “Las repúblicas declinan en democracias y las democracias degeneran en despotismos”. No soy pesimista pero creo que para regenerar nuestro sistema político se requiere la implicación de todos o, por lo menos, de muchos.
Una democracia real no consiste en otorgar el derecho a voto a quienes conviven bajo ese régimen. La democracia no se materializa solamente en el acto de votar cada cuatro años y dejar que los políticos elegidos campen a sus anchas en el intermedio. La verdadera y efectiva democracia se fundamenta en dos elementos esenciales, vitales para su existencia: la sociedad civil y la educación. Ya he escrito en este blog sobre la necesidad de reconstruir nuestro sistema educativo sobre las bases de descubrir y desarrollar las capacidades de cada individuo, el respeto a la pluralidad y la enseñanza de los valores indispensables para vivir en democracia. Depende de nosotros el organizarnos como sociedad civil y asegurar la existencia de canales efectivos de comunicación entre los ciudadanos, los expertos y los políticos, responsables últimos, cuando gobiernan, de la gestión del Estado.
Estamos a tiempo. Druso, escribe Taylor Caldwell en ‘La columna de hierro’, no se dio cuenta hasta el momento de su asesinato de que la corrupción es irreversible cuando ha llegado a pudrir el alma de una nación. Creía que una nación corrompida podía volver a ser pía y virtuosa ‘sólo con que el pueblo lo quisiera’. Yo también creo en el poder de una sociedad civil bien organizada y liderada por personas con un reconocido prestigio y guiadas por el interés común. Y para reducir las tentaciones que el ejercicio del poder conlleva, que ponga límites a la actividad del Estado y sus numerosas administraciones y que impulse la racionalización de su aparato.
El Confidencial
Guerra de trincheras. Por Cristina Losada
Reto digno de un jefe pandillero ese puyazo retórico que en otros barrios cursa como "tú no tienes lo que hay que tener" o "si fueras hombre". Penoso que un lance de baja estofa resulte el momento cumbre del debate.
Llegó precedido por gran redoble de tambores. Gobierno y oposición iban a medir fuerzas en torno a una promesa: sacar a España de la crisis. Como si se pudiera hacer, desde la política, algo más que facilitar o dificultar la salida del atolladero. Vanitas vanitatum. Pero en lugar de una ofensiva napoleónica, dinámica y arrolladora, una Blitzkrieg, vimos el preludio –¿o continuación?– de una larga guerra de trincheras. Anotaba Orwell sobre el particular, tras su experiencia en el frente de Zaragoza, que había cinco cosas importantes para sobrellevarla: leña, comida, tabaco, velas y el enemigo. Por ese orden. "La preocupación real de los dos ejércitos era mantenerse calientes".
Para caldear el ambiente, pelea de gallitos. Ahí, el desafío del presidente del Gobierno al líder de la oposición: "Si tiene valentía, presente una moción de censura". La bravuconada española del estereotipo. Reto digno de un jefe pandillero ese puyazo retórico que en otros barrios cursa como "tú no tienes lo que hay que tener" o "si fueras hombre". Penoso que un lance de baja estofa, propiciado por el caos comunicativo del PP, resulte el momento cumbre del debate y oscurezca lo que ya apareció entre nubes de polvo. Una moción de censura no precisa de coraje macho, pero sí hace falta valor, el necesario para arriesgar votos a la hora de practicar reformas indispensables. Sin embargo, de la del mercado laboral, clave para el empleo, a poco más se atrevieron Zapatero y Rajoy que a pronunciar su nombre. De acabar con su rigidez, ni sombra.
El Gobierno evacuó un discurso más estructurado que la oposición, pero no por ello creíble. Tras el ritual anuncio de la inminente eclosión primaveral, Zapatero contradijo, vaya sorpresa, prédicas pasadas que descartaban cualquier recorte o cambio, salvo la quimera de transformar el "modelo productivo" por decreto. Ahora quiere tener listas, en dos meses, reformas que no se han hecho en décadas. Como si fuera coser y cantar. Y reformas vagarosas, en cuyos detalles se guardó de entrar. ¿Responsabilidad? Proclamaba orgulloso que la asumía y, al tiempo, la pasaba a otros: agentes sociales, Pacto de Toledo y los partidos, todos llamados por el muecín a un fraternal diálogo de besugos. Se crea, para tal ceremonia, una Comisión, sabio consejo de Bonaparte a los que no quieren resolver un problema. Ganar tiempo, embarullar, leña y paciencia en la trinchera. Ah, y coche eléctrico. Ya escampará.
El Gobierno evacuó un discurso más estructurado que la oposición, pero no por ello creíble. Tras el ritual anuncio de la inminente eclosión primaveral, Zapatero contradijo, vaya sorpresa, prédicas pasadas que descartaban cualquier recorte o cambio, salvo la quimera de transformar el "modelo productivo" por decreto. Ahora quiere tener listas, en dos meses, reformas que no se han hecho en décadas. Como si fuera coser y cantar. Y reformas vagarosas, en cuyos detalles se guardó de entrar. ¿Responsabilidad? Proclamaba orgulloso que la asumía y, al tiempo, la pasaba a otros: agentes sociales, Pacto de Toledo y los partidos, todos llamados por el muecín a un fraternal diálogo de besugos. Se crea, para tal ceremonia, una Comisión, sabio consejo de Bonaparte a los que no quieren resolver un problema. Ganar tiempo, embarullar, leña y paciencia en la trinchera. Ah, y coche eléctrico. Ya escampará.
Libertad Digital - Opinión
La vileza de la nada. Por Hermann Tertsch
NUESTRO presidente apura y calcula sus tiempos. Se los toma para charlar complacido con los chicos del cine, pero no tiene tiempo para ir a ver a los familiares de nuestros muertos. De nuestros muertos. De los cientos de Guardias Civiles y Policías caídos en acto de servicio en defensa de nuestra democracia y nuestro Estado, de los cientos de civiles asesinados sólo por ser decentes, españoles y demócratas. Viva la fiesta goyesca y que les den dos duros a los hombres y mujeres de bien que han perdido a sus seres queridos por el terrorismo nazi vasco y sus secuaces en toda nuestra geografía. Viva la juerga del glamour y que se mueran de asco todos los que en defensa de nuestro Estado se han dejado la vida, su salud, su felicidad o su futuro.
Muy bien por tanto la aparición de la señora Sonsoles con toda la titirerada -de la que excluyo muy claramente a Álex de la Iglesia, por fin un hombre digno en la tropa-, pero qué pena que la señora del coro no tenga tiempo para Irene Villa, para los miles de familiares de los muertos por el terrorismo, para los lisiados física y espiritualmente por las garras del mesianismo nacionalista asesino. Está claro que tanto el señor de la Zeja como su señora comparten más la fiesta que la tragedia, más la juerga que el dolor de los españoles. Pero ya hoy da casi igual porque todos deberíamos saberlo. Nuestra pareja de la Moncloa tiene sus afectos tan bien distribuidos como sus tiempos. Nuestros muertos, a manos de quienes han sido durante mucho tiempo aliados estratégicos de nuestros gobernantes, no importan tanto como Amenábar. Nuestros héroes, soldados en lucha contra el terror en territorio enemigo, nuestras Fuerzas de Seguridad, no merecen lo que por supuesto hay que dar a nuestros comediantes. Nuestras víctimas, todos los españoles mutilados por la pérdida de sus padres, hijos, hermanos y familiares en general, no tienen la categoría de nuestros chicos de la alfombra roja, el moño, el vestido estupendo y la sonrisa floja. Pobres muertos nuestros. Pobres nosotros que no saltamos indignados ante el monstruoso agravio comparativo de la parejita de La Moncloa.
Quizá Zapatero sea simplemente un cobarde, aparte de un insensato que ha conseguido hundir a este gran país al nivel de Letonia en seis años. Que es tan cobarde que sólo va a donde se le sonríe, a donde le sonríen aquellos a los que él paga, subvenciona y privilegia con el dinero de todos los españoles. Quizá sea también verdad que este país está repleto de cobardes. Que entienden y aceptan todos la cobardía de su presidente electo y consideran normal lo que es simplemente intolerable. Que asumen con naturalidad la absoluta vergüenza de lo que está sucediendo. Pero como español debo decir que no todos somos así y que el desprecio hacia algunas actitudes nos producen náuseas todavía a muchos. Gracias a Dios somos muchos, aunque por desgracia quizá no mayoría. Pero da igual cuántos seamos porque la náusea es auténtica. Mucho más que los elogios falsos e interesados y esa repugnante equidistancia de tantos que quieren calcular riesgos en carrera y cartera antes de definirse.
Ante estos gestos de infamia, a mí el debate económico de ayer en el Congreso de los Diputados me trae al pairo. Cierto es que el señor Mariano Rajoy quiso presentar una alternativa a nuestra deriva a la catástrofe, que cada vez es más evidente. Como lo es que el presidente Zapatero no dijo absolutamente nada en ese discurso inane y ofensivo a toda inteligencia al que nos ha acostumbrado. Y ante el que toda indignación es poca. Nada, nada y nada es el resumen de esa retórica vacía e inepta con que nos obsequió una vez más esta pesadilla de caudillo menor que ha destruido su partido, ha humillado a su país y lastrará la vida de nuestros hijos. Si económicamente nos ha hundido, moralmente supone un desastre tan mentiroso, tonto y cruel como nunca lo tuvimos desde la dictadura.
Quizá Zapatero sea simplemente un cobarde, aparte de un insensato que ha conseguido hundir a este gran país al nivel de Letonia en seis años. Que es tan cobarde que sólo va a donde se le sonríe, a donde le sonríen aquellos a los que él paga, subvenciona y privilegia con el dinero de todos los españoles. Quizá sea también verdad que este país está repleto de cobardes. Que entienden y aceptan todos la cobardía de su presidente electo y consideran normal lo que es simplemente intolerable. Que asumen con naturalidad la absoluta vergüenza de lo que está sucediendo. Pero como español debo decir que no todos somos así y que el desprecio hacia algunas actitudes nos producen náuseas todavía a muchos. Gracias a Dios somos muchos, aunque por desgracia quizá no mayoría. Pero da igual cuántos seamos porque la náusea es auténtica. Mucho más que los elogios falsos e interesados y esa repugnante equidistancia de tantos que quieren calcular riesgos en carrera y cartera antes de definirse.
Ante estos gestos de infamia, a mí el debate económico de ayer en el Congreso de los Diputados me trae al pairo. Cierto es que el señor Mariano Rajoy quiso presentar una alternativa a nuestra deriva a la catástrofe, que cada vez es más evidente. Como lo es que el presidente Zapatero no dijo absolutamente nada en ese discurso inane y ofensivo a toda inteligencia al que nos ha acostumbrado. Y ante el que toda indignación es poca. Nada, nada y nada es el resumen de esa retórica vacía e inepta con que nos obsequió una vez más esta pesadilla de caudillo menor que ha destruido su partido, ha humillado a su país y lastrará la vida de nuestros hijos. Si económicamente nos ha hundido, moralmente supone un desastre tan mentiroso, tonto y cruel como nunca lo tuvimos desde la dictadura.
ABC - Opinión
Rajoy a Zapatero: “Déjese de comisiones y gobierne”. Por Federico Quevedo
Fue en octubre de 2008 cuando el presidente del Gobierno, haciendo gala de eso de lo que tanto ha presumido y de lo que tanto ha carecido, es decir, de talante, hizo un llamamiento al diálogo, al consenso, al acuerdo, y propuso al líder de la oposición la creación de mesas de trabajo sobre las reformas estructurales que necesita nuestro país para salir de la crisis. Y hasta hoy. No tiene palabra, nunca la ha tenido, por eso su sola presencia genera unos niveles de desconfianza difícilmente alcanzables por cualquier otra persona.
Ayer, Mariano Rajoy fue certero, contundente, implacable: el problema se llama José Luis Rodríguez Zapatero, y mientras él sea presidente del Gobierno este país difícilmente podrá salir de la crisis grave en la que se encuentra. La solución pasa por tres escenarios que Rajoy planteó con precisión: o rectifica, o convoca elecciones, o los que le apoyan le dejan caer. Probablemente no se cumpla ninguna de las tres, pero al menos el líder de la oposición hizo lo que el guión de esta tragicomedia exige: situar el problema, ofrecer la solución y plantear la alternativa. ¿Y qué hizo Rodríguez? Como toda solución a la crisis sólo se le ha ocurrido una idea brillante: una nueva comisión. Para echarse a llorar.
Ayer, Mariano Rajoy fue certero, contundente, implacable: el problema se llama José Luis Rodríguez Zapatero, y mientras él sea presidente del Gobierno este país difícilmente podrá salir de la crisis grave en la que se encuentra. La solución pasa por tres escenarios que Rajoy planteó con precisión: o rectifica, o convoca elecciones, o los que le apoyan le dejan caer. Probablemente no se cumpla ninguna de las tres, pero al menos el líder de la oposición hizo lo que el guión de esta tragicomedia exige: situar el problema, ofrecer la solución y plantear la alternativa. ¿Y qué hizo Rodríguez? Como toda solución a la crisis sólo se le ha ocurrido una idea brillante: una nueva comisión. Para echarse a llorar.
Rajoy, me consta, se ha guardado buena parte del catálogo de propuestas para más adelante. Quedan, por desgracia, todavía dos años de esta legislatura, dos años de agonía y calvario en manos de un presidente que ayer demostró una vez más que sigue instalado en la trampa y la mentira por sistema, y en ese tiempo Rajoy tendrá que jugar varias veces a esta especia de tú la llevas que se ha inventado Rodríguez para evitar asumir su responsabilidad.
Para nuestra desgracia, el debate de ayer no fue el último, por más que en los días previos se quisiera plantear como la madre de todos los debates… Veremos nuevas reediciones del mismo en los próximos meses, volveremos a escuchar a Rodríguez hablar de pactos y anunciar la salida inminente de una crisis en la que la economía española se ha instalado sin atisbo de recuperación a medio plazo, independientemente de que crezcamos al 0,1 o decrezcamos al -0,3: lo importante es que no hay expectativas, es que ha cundido el pesimismo en nuestra clase empresarial y en la ciudadanía, y eso va a ser difícil de cambiar en los próximos meses. Si a eso se une la amenaza cierta de una crisis de deuda y de una crisis financiera, el panorama puede resultar desolador.
Actitud complaciente de CiU
Por eso es importante que, aún habiéndose guardado en la cartera el conjunto de su alternativa, ayer Rajoy pusiera sobre la mesa al menos las bases de lo que debe ser el fundamento de una política económica acertada para buscar la salida de la crisis y la mejora de competitividad de nuestra economía: ajuste fiscal, recuperación de la Ley General de Estabilidad Presupuestaria, no aumentar los impuestos, reforma del mercado laboral, reforma del sistema financiero y otras reformas estructurales como la educación o la energía.
Ése es el único camino para empezar a enderezar las cosas y generar confianza en los mercados y en los sectores económicos, es decir, para empezar a invertir de nuevo en nuestro sistema productivo. Pero mientras siga Rodríguez al frente del Gobierno, esa confianza no llegará nunca. De ahí la importancia del mensaje de Rajoy a quienes ahora le apoyan. Es verdad que puede sonar a canto de sirena, pero ya veremos dentro de un año, cuando el PSOE haya perdido las elecciones en Cataluña y se haya llevado un buen correctivo en las municipales y autonómicas de 2011, si ese mensaje sigue pareciendo una boutade, o empieza a tener más sentido.
El debate de ayer no era un debate para examinar a Rajoy, sino para examinar a Rodríguez, para poner frente a su responsabilidad en esta crisis, y en ese sentido el discurso de Rajoy fue impecable. Fue un discurso de censura que, sin embargo, se vio atenuado por la actitud complaciente del portavoz de CiU, Duran i Lleida, y él sabrá porqué, y tendrá que dar explicaciones a su electorado de las razones que le han llevado a servir de salvavidas de Rodríguez y de la política que ha conducido a este país a la peor crisis de toda su historia, una crisis que está acabando con algo tan apreciado en Cataluña como es ese tejido industrial de pequeñas y medianas empresas que se están viendo obligadas a cerrar asfixiadas por las deudas, los impagos y la ausencia de crédito.
Sólo hay una salida a esta situación, las elecciones generales, y aunque es verdad, como ayer dijo Rajoy, que esa prerrogativa le corresponde al presidente del Gobierno –la de convocarlas- y no da muestras de querer hacerlo, también lo es que si la sociedad, si la opinión pública se lo exige con la suficiente contundencia, puede que sea posible doblegar su voluntad y acabar y poniendo la solución de este problema en manos de los ciudadanos a través de las urnas. Lo contrario significará nuevas frustraciones como el debate de ayer y el discurso vacío y hueco de Rodríguez Zapatero.
Para nuestra desgracia, el debate de ayer no fue el último, por más que en los días previos se quisiera plantear como la madre de todos los debates… Veremos nuevas reediciones del mismo en los próximos meses, volveremos a escuchar a Rodríguez hablar de pactos y anunciar la salida inminente de una crisis en la que la economía española se ha instalado sin atisbo de recuperación a medio plazo, independientemente de que crezcamos al 0,1 o decrezcamos al -0,3: lo importante es que no hay expectativas, es que ha cundido el pesimismo en nuestra clase empresarial y en la ciudadanía, y eso va a ser difícil de cambiar en los próximos meses. Si a eso se une la amenaza cierta de una crisis de deuda y de una crisis financiera, el panorama puede resultar desolador.
Actitud complaciente de CiU
Por eso es importante que, aún habiéndose guardado en la cartera el conjunto de su alternativa, ayer Rajoy pusiera sobre la mesa al menos las bases de lo que debe ser el fundamento de una política económica acertada para buscar la salida de la crisis y la mejora de competitividad de nuestra economía: ajuste fiscal, recuperación de la Ley General de Estabilidad Presupuestaria, no aumentar los impuestos, reforma del mercado laboral, reforma del sistema financiero y otras reformas estructurales como la educación o la energía.
Ése es el único camino para empezar a enderezar las cosas y generar confianza en los mercados y en los sectores económicos, es decir, para empezar a invertir de nuevo en nuestro sistema productivo. Pero mientras siga Rodríguez al frente del Gobierno, esa confianza no llegará nunca. De ahí la importancia del mensaje de Rajoy a quienes ahora le apoyan. Es verdad que puede sonar a canto de sirena, pero ya veremos dentro de un año, cuando el PSOE haya perdido las elecciones en Cataluña y se haya llevado un buen correctivo en las municipales y autonómicas de 2011, si ese mensaje sigue pareciendo una boutade, o empieza a tener más sentido.
El debate de ayer no era un debate para examinar a Rajoy, sino para examinar a Rodríguez, para poner frente a su responsabilidad en esta crisis, y en ese sentido el discurso de Rajoy fue impecable. Fue un discurso de censura que, sin embargo, se vio atenuado por la actitud complaciente del portavoz de CiU, Duran i Lleida, y él sabrá porqué, y tendrá que dar explicaciones a su electorado de las razones que le han llevado a servir de salvavidas de Rodríguez y de la política que ha conducido a este país a la peor crisis de toda su historia, una crisis que está acabando con algo tan apreciado en Cataluña como es ese tejido industrial de pequeñas y medianas empresas que se están viendo obligadas a cerrar asfixiadas por las deudas, los impagos y la ausencia de crédito.
Sólo hay una salida a esta situación, las elecciones generales, y aunque es verdad, como ayer dijo Rajoy, que esa prerrogativa le corresponde al presidente del Gobierno –la de convocarlas- y no da muestras de querer hacerlo, también lo es que si la sociedad, si la opinión pública se lo exige con la suficiente contundencia, puede que sea posible doblegar su voluntad y acabar y poniendo la solución de este problema en manos de los ciudadanos a través de las urnas. Lo contrario significará nuevas frustraciones como el debate de ayer y el discurso vacío y hueco de Rodríguez Zapatero.
Periodista Digital - Opinión
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