domingo, 10 de enero de 2010

¿Cerrará Zapatero Google, Yahoo o Elpais.com?

La disposición “antidescargas” de internet, incluida en el anteproyecto de ley de economía sostenible, es innecesaria, extemporánea y de más que dudosa constitucionalidad por cuanto afecta a un derecho fundamental como el de transmitir y recibir información libremente lo que, por su propia naturaleza, ha de ser regulado forzosamente mediante una Ley Orgánica aprobada en el parlamento por mayoría cualificada.

El Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero se dispone, una vez más, a menoscabar la libertad de los ciudadanos mediante una ley absolutamente disparatada. Salvo los grupos de presión de la izquierda española, no existe la menor “demanda social” que exija al Gobierno tomar cartas en este asunto. Zapatero utiliza el poder coactivo del Estado para beneficiar a aquellos que más se han significado en los ataques a su rival político y que, de esa forma, contribuyeron a llevarle a La Moncloa. No ha tenido ni el detalle siquiera de tener en cuenta la opinión de los expertos, basada en abundantísima jurisprudencia, según la cual no existe el menor delito en intercambiar archivos sin ánimo de lucro utilizando las nuevas tecnologías.

El Gobierno se retrata, además, utilizando una novedosa fórmula procesal para cerrar o cancelar páginas webs en el plazo récord de cuatro días, mientras que en asuntos que sí afectan realmente a los derechos de los ciudadanos la Justicia languidece convirtiendo en irreparables los daños provocados por delincuentes perfectamente identificados. Es fácil suponer la perplejidad que esta medida de Zapatero habrá causado, por ejemplo, en las familias que han visto sus viviendas asaltadas por ocupas y siguen tras largos meses impedidos de hacer uso de su propiedad sin que la administración de justicia sea capaz de restituirles en sus derechos legítimos. En la España de Zapatero se puede asaltar la propiedad ajena mediante la violencia y usarla al antojo durante meses, mientras que si se intercambia un fichero de mutuo acuerdo y sin que medie afán de lucro la Audiencia Nacional impondrá una dura sanción en menos de una semana.

La oposición, mientras tanto, se deja engatusar nuevamente en la vieja táctica socialista, consistente en poner sobre la mesa una barbaridad mayúscula, como la ocurrencia de la pobre ministra de Cultura de permitir a un órgano administrativo ordenar el cierre de una página de internet, para acto seguido atenuar el revuelo provocado suavizando los perfiles más escandalosos y dando una imagen de falsa moderación que el PP saluda como un triunfo de la sensatez. Lo que sucede, en última instancia, es que los aspectos sustantivos de la política de Zapatero permanecen inalterables, que es precisamente lo que un partido serio con aspiraciones de gobernar debiera impugnar por todos los medios a su alcance, en lugar de jugar a la abstención para intentar pasar desapercibido en la batalla.

Y como en la España actual cualquier coacción totalitaria tiene perfecto acomodo, es más que previsible que este ataque a los derechos fundamentales de los ciudadanos adquiera finalmente carta de naturaleza aunque para ello resulte necesario modificar la Ley Orgánica del Poder Judicial, de forma que el órgano encargado de perseguir el terrorismo y el narcotráfico tenga como competencia añadida la defensa de los intereses de Teddy Bautista y la banda de la ceja.

Por nuestra parte seguiremos muy atentos el desarrollo de esta normativa y los primeros casos de su aplicación práctica, entre otras cosas porque en los medios de comunicación distinguidos por su filiación de izquierdas se practica habitualmente la actividad que Zapatero y su recusada ministra de cultura se han propuesto prohibir. Es el caso de la web del diario El País, cobijo de un blog excelente que facilita los medios para localizar los sitios desde los que se pueden descargar las películas y series sobre las que sus autores realizan críticas cinematográficas.

Si es cierto que Zapatero quiere prohibir las descargas de internet de forma indiscriminada esperamos que comience por los medios más cercanos, pero no antes de ordenar el cierre inmediato de Google o Yahoo, a través de cuyos sistemas de búsqueda se pueden localizar con suma facilidad los enlaces para descargar todo tipo de archivos en la web.

A ver si el juez Garzón resuelve pronto los problemas judiciales en los que está inmerso por sus actividades privadas y nos brinda el espectáculo de ver a la justicia española intentando cancelar la página web más visitada del planeta. Será otro jalón excelente en las credenciales de Zapatero para presidir este semestre la Unión Europea


Libertad Digital - Editorial

De Potemkin a Zapatero. Por José María Carrascal

¡QUÉ oportunidad hemos perdido de dar una lección a los europeos, de demostrarles que no somos torpes ni ridículos, sino tan realistas como ellos, y reaccionamos mejor que ellos cuando las circunstancias aprietan!

¡Y con lo fácil que hubiera sido! Hubiese bastado que la ceremonia de trasmisión de poderes en la presidencia europea se hubiera limitado a un escueto protocolo de gestos y mensajes, acordes con la situación y prueba de que estamos de verdad dispuestos a liderar la salida de la crisis.

Pero no. Una vez más, nos ha salido el español arrogante y ostentoso, imprevisor y exagerado, más preocupado por la apariencia que por la substancia, capaz de gastarse el sueldo en deslumbrar al vecino, aunque no le quede para acabar el mes.


Los tiempos que corren aconsejan modestia y ahorro, sobriedad y comedimiento. Pero la forma como el Gobierno español está celebrando la presidencia europea -una presidencia efímera, además de compartida, que ni siquiera es la primera ni será la última- es todo menos austera. La recepción inaugural más parecía una feria gastronómica que un acto político: 1.500 invitados, todas las variedades de la cocina española, todos los quesos, embutidos, vinos, tartas y tortas de nuestra geografía, espectáculo final por todo lo alto. Algo que no encaja con el déficit galopante y con los cuatro millones de parados, para los que incluso puede ser una ofensa. A lo que seguirán 350 encuentros, entre ellos ocho «cumbres», lo que ya está levantando problemas de competencia con Van Rompuy, según el «New York Times»...

Aunque, se veía venir. Desde el primer día, Zapatero ha hecho de su presidencia de turno europea una gran plataforma de autobombo. Once millones de euros para la página web, cien mil en corbatas y pañuelos, recepciones multitudinarias y faustos por doquier. En Bruselas se va a comer más jamón en los próximos seis meses que en España y la Comunidad Europea no va a conocer presidencia más rumbosa que la nuestra. Todo, para demostrar a los europeos lo bien que está llevada España. Cuando demuestra justo lo contrario: que seguimos tirando la casa por la ventana.

Desde aquel Grigori Alexandrovich Potemkin, el favorito de Catalina de Rusia que hacía transportar las bambalinas de pueblos impecables por donde pasaba la zarina, para que los tomase por verdaderos, no se había conocido en Europa tramoya semejante. Puede incluso que en vez de los «poblados Potemkín» empiece a hablarse de «presidencias Zapatero», como sinónimo de política ficción.

¿Cree que podrá engañar a los europeos como a los españoles? Al parecer, sí. En otro caso, los hubiera despachado en su toma de posesión con un frugal: «Señores, en tiempo de crisis, recepciones de cuaresma». Una copa de vino español, y al despacho. Con lo que se hubiera acabado lo de Mr. Bean.


ABC - Opinión

El síndrome del Coronel Tapioca. Por Arturo Pérez Reverte

Hace treinta y dos años desaparecí en la frontera entre Sudán y Etiopía. En realidad fueron mi redactor jefe, Paco Cercadillo, y mis compañeros del diario Pueblo los que me dieron como tal; pues yo sabía perfectamente dónde estaba: con la guerrilla eritrea. Alguien contó que había habido un combate sangriento en Tessenei y que me habían picado el billete. Así que encargaron a Vicente Talón, entonces corresponsal en El Cairo, que fuese a buscar mi fiambre y a escribir la necrológica. No hizo falta, porque aparecí en Jartum, hecho cisco pero con seis rollos fotográficos en la mochila; y el redactor jefe, tras darme la bronca, publicó una de esas fotos en primera: dos guerrilleros posando como cazadores, un pie sobre la cabeza del etíope al que acababan de cargarse.

Lo interesante de aquello no es el episodio, sino cómo transcurrió mi búsqueda. La naturalidad profesional con que mis compañeros encararon el asunto. Conservo los télex cruzados entre Madrid y El Cairo, y en todos se asume mi desaparición como algo normal: un percance propio del oficio de reportero y del lugar peligroso donde me tocaba currar. En las tres semanas que fui presunto cadáver, nadie se echó las manos a la cabeza, ni fue a dar la brasa al ministerio de Asuntos Exteriores, ni salió en la tele reclamando la intervención del Gobierno, ni pidió que fuera la Legión a rescatar mis cachos. Ni compañeros, ni parientes. Ni siquiera se publicó la noticia. Mi situación, la que fuese, era propia del oficio y de la vida. Asunto de mi periódico y mío. Nadie me había obligado a ir allí.

Mucho ha cambiado el paisaje. Ahora, cuando a un reportero, turista o voluntario de algo se le hunde la canoa, lo secuestran, le arreglan los papeles o se lo zampan los cocodrilos, enseguida salen la familia, los amigos y los colegas en el telediario, asegurando que Fulano o Mengana no iban a eso y pidiendo que intervengan las autoridades de aquí y de allá –de sirios y troyanos, oí decir el otro día–. Eso tiene su puntito, la verdad. Nadie viaja a sitios raros para que lo hagan filetes o lo pongan cara a la Meca, pero allí es más fácil que salga tu número. Ahora y siempre. Si vas, sabes a dónde vas. Salvo que seas idiota. Pero en los últimos tiempos se olvida esa regla básica. Hemos adquirido un hábito peligroso: creer que el mundo es lo que dicen los folletos de viajes; que uno puede moverse seguro por él, que tiene derecho a ello, y que Gobiernos e instituciones deben garantizárselo, o resolver la peripecia cuando el coronel Tapioca se rompe los cuernos. Que suele ocurrir.

Esa irreal percepción del viaje, las emociones y la aventura, alcanza extremos ridículos. Si un turista se ahoga en el golfo de Tonkín porque el junco que alquiló por cinco dólares tenía carcoma, a la familia le falta tiempo para pedir responsabilidades a las autoridades de allí –imagínense cómo se agobian éstas– y exigir, de paso, que el Gobierno español mande una fragata de la Armada a rescatar el cadáver. Todo eso, claro, mientras en el mismo sitio se hunde, cada quince días, un ferry con mil quinientos chinos a bordo. Que busquen a mi Paco en la Amazonia, dicen los deudos. O que nos indemnicen los watusi. Lo mismo pasa con voluntarios, cooperantes y turistas solidarios o sin solidarizar, que a menudo circulan alegremente, pisando todos los charcos, por lugares donde la gente se frota los derechos humanos en la punta del cimbel y una vida vale menos que un paquete de Marlboro. Donde llamas presunto asesino a alguien y tapas la cara de un menor en una foto, y la gente que mata adúlteras a pedradas o frecuenta a prostitutas de doce años se rula de risa. Donde quien maneja el machete no es el indígena simpático que sale en el National Geographic, ni el pobrecillo de la patera, ni te reciben con bonitas danzas tribales. Donde lo que hay es hambre, fusiles AK-47 oxidados pero que disparan, y televisión por satélite que cría una enorme mala leche al mostrar el escaparate inalcanzable del estúpido Occidente. Atizando el rencor, justificadísimo, de quienes antes eran más ingenuos y ahora tienen la certeza desesperada de saberse lejos de todo esto.

Y claro. Cuando el pavo de la cámara de vídeo y la sonrisa bobalicona se deja caer por allí, a veces lo destripan, lo secuestran o le rompen el ojete. Lo normal de toda la vida, pero ahora con teléfono móvil e Internet. Y aquí la gente, indignada, dice qué falta de consideración y qué salvajes. Encima que mi Vanessa iba a ayudar, a conocer su cultura y a dejar divisas. Y sin comprender nada, invocando allí nuestro código occidental de absurdos derechos a la propiedad privada, la libertad y la vida, exigimos responsabilidades a Bin Laden y gestiones diplomáticas a Moratinos. Olvidando que el mundo es un lugar peligroso, lleno de hijos de puta casuales o deliberados. Donde, además, las guerras matan, los aviones se caen, los barcos se hunden, los volcanes revientan, los leones comen carne, y cada Titanic, por barato e insumergible que lo venda la agencia de viajes, tiene su iceberg particular esperando en la proa.


XL - Semanal

sábado, 9 de enero de 2010

Climategate en la TV finlandesa

Tres vídeos de un reportaje emitido por la televisión finesa y subtitulados en español por el grupo del blog Plaza Moyúa

La noche del Jueves, 19 de noviembre, aparecieron en un servidor de Internet en Rusia archivos de datos internos y copias de los correos electrónicos del centro de investigación climática británico C.R.U. La filtración puso en evidencia el funcionamiento interno de CRU, un bastión de científicos del IPCC, defensores del Global Warming, así como el cúmulo de errores, engaños y presiones efectuados por ellos sobre los científicos que no coincidían con ellos.





Mr. Bean entra en acción. Por Emilio J. González

Zapatero ha entrado en la presidencia de la UE como Mr. Bean, destrozando todo lo que encuentra a su paso. Lo malo es que mientras el personaje cómico británico al final sale siempre bien parado, a ZP no le va a pasar lo mismo.

Si alguien tenía alguna duda acerca de que la seriedad en la España de Zapatero brilla por su ausencia, el estreno de ZP como presidente de turno de la Unión Europea la ha despejado por completo. Vamos, a quién que no sea él se le ocurre decir que hay que sancionar a los países que incumplan sus planes de estabilidad cuando la primera nación que va a faltar a sus compromisos con la UE es, muy probablemente, la que preside él, por desgracia para nosotros, los sufridos españoles. Es como si un convicto de robo pidiera el endurecimiento de las penas por latrocinio, o sea, algo inimaginable. Pero con Zapatero –con él y de él– ya se puede esperar cualquier cosa, especialmente después de aquello de la Cumbre de Copenhague, a lo ‘Indio Lelo’ como decía César Vidal, de que la Tierra no es de nadie, sino del viento. Ahora, por lo visto, debe creerse que él es presidente de la Unión Europea porque ha ganado unas elecciones, o porque ha sido nombrado por aclamación popular dada su enorme talla de estadista internacional, cuando lo cierto es que desempeña en la UE ese papel porque es el presidente de un país al que, por el sistema de presidencias rotatorias a partir del listado alfabético de Estados miembros, le ha tocado estar al frente de los destinos comunitarios durante seis meses. Si el síndrome de La Moncloa alejó a González y Aznar de la realidad, en Zapatero ha hecho verdaderos estragos.


¿Alguno de los asesores monclovitas se ha enterado de la factura que tendría que pagar España si se aplicara lo que dice ZP? Pues permítanme que les instruya en un momento. Según el Pacto de Estabilidad y Crecimiento, la sanción a cada país que incumpla sus planes de estabilidad es del 0,2% del PIB más la décima parte de la diferencia entre el nivel de déficit del 3% del PIB y el desequilibrio de las cuentas públicas que experimente dicha nación. Si esta regla se le aplicara a España en estos momentos, tendríamos que aportar a las arcas comunitarias una cantidad equivalente al 1,2% de nuestro PIB, como si no tuviéramos ya bastante problemas con nuestro ‘agujero’ fiscal, que con este Gobierno no hay manera de reducirlo, con los largos años de depresión que tenemos por delante y con la debilidad de nuestras finanzas que nos puede llevar a la suspensión de pagos, según temen cada vez más y más analistas. Dice el refrán, muy sabiamente, que en boca cerrada no entran moscas. ¡Qué bien hubiera estado Zapatero quedándose calladito! Porque lo que acaba de decir, en el mejor de los casos, va a provocar hilaridad en toda la Unión Europea, en todo el mundo.

ZP se ha atrevido a criticar a una periodista española que ha puesto en cuestión su capacidad para liderar la UE, después de que toda la prensa internacional haya hecho lo mismo a lo largo de los últimos días. Con declaraciones como la que ha hecho desde luego deja bien claro que no está a la altura de las circunstancias ni del cargo institucional que, por ironías del destino, le toca desempeñar en esta primera mitad de 2010. Y encima sigue insistiendo en eso de que estamos a punto de salir de la recesión. Sí, estaremos a punto de ello, pero también estamos al borde de la suspensión de pagos y, en el mejor de los casos, de una larga y dura etapa de depresión. Ya lo dijo recientemente el secretario de Estado de Economía, el señor Campa, que hasta 2015 no bajará la tasa de paro al nivel del 8%, y eso suponiendo que nos coloquemos en el mejor de los escenarios posibles para la economía española.

En otras circunstancias, posiblemente todo esto nos movería a la risa. Ahora, en cambio, es para llorar de amargura porque en todo el mundo, y después de la que le ha caído a España en la prensa internacional, se va a mirar con lupa a nuestro país. Y ZP no ha hecho más que confirmar lo que los periódicos y revistas más importantes del planeta han venido diciendo acerca de su incapacidad para liderar nada. Eso nos va a pasar, con toda probabilidad, una factura muy alta en términos de dificultades aún mayores para financiar nuestra economía y nuestro déficit público porque, ¿qué inversor se arriesgaría a colocar su dinero en esta España? Como si ya no tuviéramos bastante con nuestros graves problemas económicos y los que además nos crea este Gobierno. Vamos, que gracias a EuroZP podemos estar uno o varios pasos más cerca de la bancarrota del país.

Zapatero ha entrado en la presidencia de la UE como Mr. Bean, destrozando todo lo que encuentra a su paso. Lo malo es que mientras el personaje cómico británico al final sale siempre bien parado, a ZP no le va a pasar lo mismo. Y los destrozos que ya empieza a ocasionar los vamos a tener que pagar todos los españoles a base de mucho paro y mucha pobreza.


Libertad Digital - Opinión

El maestro Ciruela abre en Europa una escuela. Por Pablo Molina

Zapatero es el gobernante que ha provocado en cualquier país la mayor devastación política, económica y social en el menor tiempo posible, lo que no le impide proponer una agenda al resto del continente por una década.

Zapatero es un personaje irrepetible al que algún día la psiquiatría clínica deberá analizar para provecho de las generaciones futuras de estudiosos de la mente humana. La realidad no tiene para él ningún valor, de hecho no existe en lo que a él respecta, y si en algún caso los hechos contravienen sus predicciones con tozudez, su respuesta es persistir en el error con mayor terquedad. Un tipo cojonudo nuestro presidente.

De joven tuvo que ser absorbido por un vórtice cuántico que le alejó definitivamente del espacio-tiempo en el que se desarrollan los fenómenos físicos, de ahí que a sus cincuenta años siga creyendo sinceramente que sus deseos transforman la realidad y la de los que le rodean. Un tipo así dedicado a la venta ambulante es peligroso; como presidente del Gobierno es letal.


Cuando el proceso rotatorio anunció la llegada de Zapatero a la presidencia de la UE, los medios de comunicación extranjeros soltaron la gran carcajada, mayormente porque La Secta no emite para el resto del continente y, aunque lo hiciera, su audiencia sería previsiblemente igual de lamentable, así que la imagen que el presidente tiene fuera de nuestras fronteras es, a diferencia de España, completamente fidedigna. Ahora bien, después de este primer anuncio de Zapatero sobre lo que pretende hacer con Europa la risa se habrá convertido en un rictus de estupor mezclado con miedo a partes iguales. Este tío va a dejar Europa que no la va a conocer ni la progenitora B que la alumbró (por no seguir las recomendaciones del Gabinete de salud reproductiva). Y si a los ciudadanos europeos les gusta su actual forma de vida peor para ellos.

El problema de Zapatero es que su capacidad destructiva en Europa va a ser mucho más limitada que dentro nuestras fronteras, donde actúa con una patente de corso que nadie le ha expedido, porque también en democracia existe un Estado de Derecho que vincula a los gobernantes; a ellos en primer lugar. Otra cosa es que las instituciones garantes de la legalidad y la leal oposición miren para otro lado a la espera de heredar el país a beneficio de inventario, en cuyo caso no convalidan el delito sino que, sencillamente, se convierten en sus cómplices.

Zapatero es el gobernante que ha provocado en cualquier país la mayor devastación política, económica y social en el menor tiempo posible, lo que no le impide proponer una agenda al resto del continente por una década con sanciones a los que se salgan de sus recetas: envilecimiento de la política, subida de impuestos, derroche presupuestario, legislación contra la propiedad privada y la familia, idiotización de la infancia y la juventud a través del sistema educativo y creación de una casta de pesebristas que agiten las masas a su favor. Si no fuera porque la Unión Europea tiene un presidente permanente desde el pasado uno de diciembre y algunos primeros ministros sensatos, la llegada de Zapatero a la presidencia europea sería un nuevo Lepanto con el resultado invertido. En todo caso, está bien que la izquierda europea conozca de primera mano cómo se las gasta su referente más radical. Hala, a disfrutar el momento, que un semestre pasa volando.


Libertad Digital - Opinión

Nada con sifón. Por M. Martín Ferrand

EN España, donde el olvido sienta sus reales y la desmemoria implanta la ingratitud, le ha dado a todo el mundo por hablar más del pasado que del futuro. También los picadores le tapan los ojos a sus caballerías para que no se espanten con lo que tienen delante, pero ese es un mal sistema. Es algo cívicamente penoso, culturalmente empobrecedor y políticamente perverso. Gracias a nuestro peculiar sistema educativo, tan igualitario como paupérrimo, los nuevos españoles no saben de dónde vienen y, gracias a nuestro pintoresco sistema representativo y diz que parlamentario, los ciudadanos no sabemos lo que nos espera. Esto es el limbo. Desde tan singular posición, lejana de los modos con que se enfrentan a la crisis las grandes potencias europeas y próxima a las prácticas de un campamento de boy scout, el PP ha presentado en el Congreso una Proposición no de Ley con la que pretende una estrategia económica válida para la recuperación del empleo.

Alfonso Sánchez, crítico de cine, cronista social, humorista fino y la carraspera más famosa de los sesenta y los setenta, mantuvo durante años en La Codorniz una sección -«Nada con sifón»- que firmaba como Chistera. La Proposición del PP podría incluirse bajo tan memorable y sonriente epígrafe. Llega con retraso en su exposición de motivos, describe lo obvio y conocido y, cuando llega a lo mollar, se limita a dibujar unas cuantas ideas mostrencas que, en buena medida, están en los planes del Gobierno aunque se hayan quedado en formulaciones platónicas, tímidos intentos y acometidas fallidas. Es la expresión de un PP sin brío, como de vacaciones perpetuas, y muy lejano del partido potente y eficaz, claro de ideas y enérgico en sus realizaciones, que en menos de ocho años fue capaz de transformar la realidad económica de España.

José Luis Rodríguez Zapatero no supo prevenir ninguna de las crisis que ahora nos sofocan, que no es sólo la financiera. Tampoco se enfrentó a ellas con el garbo debido y lo que termina de cerrar el perverso círculo de los temores es que Mariano Rajoy, a quien hipotéticamente podría corresponderle enfrentarse a la resaca de tan triste situación, no parece tener muchas ideas en el zurrón. Como gran rabadán de la derecha, se ha rodeado de pastorcillos inexpertos y fofos después de arrinconar y ningunear a los más sólidos valores de su formación. Él pone la nada y el sifón se da por añadidura.


ABC - Opinión

Paradoja de un charnego acomplejado. Por Federico Quevedo

Hará cosa de tres años, más o menos, algunos de los que diariamente hacemos El Confidencial nos reuníamos en un restaurante de Madrid –el Paradís, al lado del Congreso, para más señas- con el Conseller catalán de Economía, Toni Castells. Fue un encuentro interesante en el que yo al menos descubrí a un político sensato, bastante moderado, más cerca que lejos del liberalismo y, eso sí, profundamente convencido de la necesidad de una mayor asunción de competencias administrativas por parte de la Generalitat. En aquella ocasión Castells se refirió a la gestión de los puertos y los aeropuertos. No lo vimos mal. Al contrario, creo que todos los que participamos de aquel almuerzo coincidíamos en mayor o menor medida en la bondad de la descentralización administrativa como vía para la profundización en la democracia, y es en ese sentido en el que éste que suscribe, al menos, sigue a día de hoy creyendo en la necesidad de un Estado descentralizado o autonómico tal y como se planteó en la Constitución del 78.

Lo cierto, sin embargo, es que de aquel Toni Castells, sensato, moderado y abierto, al Toni Castells que esta semana aplaudía la iniciativa epistolar de su jefe de filas, José Montilla, abogaba por que Cataluña y España se sentaran a hablar sobre la peculiaridad de su relación -lo que de hecho supone negarle a Cataluña su ser como parte de la Nación española-, y responsabilizaba al PP de todos los males que le ocurren a aquella comunidad, como si ellos –el PSC, me refiero- no gobernaran la Generalitat junto a ERC e Iniciativa, entre ambos Castells, digo, media un insalvable foso plagado de cocodrilos y otras bestias producto del imaginario colectivo radical-nacionalista. Da la sensación, y perdonen que lo diga así de claro, de que se han vuelto todos locos. Y mucho, además. Una pérdida de juicio altamente peligrosa, extremadamente grave, porque de la misma surge un ataque sin contemplaciones a la estructura misma del Estado de Derecho, una vulneración de la ley y una violación del espíritu constitucional propios de quienes en otros tiempos se enfrentaron a la legitimidad democrática para imponer un cambio de rumbo, tan lejos y tan cerca como aquel 23-F de 1981.

Y lo que no deja de ser sorprendente es que este nuevo intento de enterrar la legitimidad democrática en beneficio de una idea soberanista del Estado Catalán lo lidere un charnego llamado José y apellidado Montilla, nacido en Iznájar, provincia de Córdoba, en 1955, que a la edad de 16 años se trasladó a vivir a Sant Joan Despí, y que habla catalán peor que Aznar en la intimidad. Con esto no quiero decir, Dios me libre, que de haber pertenecido a una cepa milenaria de parellada, eso le hubiera dado legitimidad para retar al Estado de Derecho, pero no deja de ser curioso como los ‘conversos’ se vuelven mucho más extremistas y radicales en la defensa de principios que no les son propios, una actitud en la que confluyen en la misma proporción los intereses electorales, los complejos y el totalitarismo propio de esa izquierda trasnochada y antidemocrática que aflora cuando siente el acorralamiento de la desafección popular.

Dicho de otro modo: da la sensación de que alarmados por el declive electoral al que les conduce su errática gestión autonómica y la aún más errática gestión socialista a nivel nacional, Montilla y los suyos, cual Rafael Casanova y los Regimientos de la Coronela, se han echado al monte sin encomendarse ni a Dios ni al diablo –o a éste último sí, a lo mejor- en una escalada de tensión con el Estado de Derecho que parece no tener vuelta a atrás, y que está empezando a alarmar a sus propios correligionarios. Ahí está el toque de atención de Alfonso Guerra, a quien por otra parte convendría recordar que todo este lío tiene un solo culpable, José Luis Rodríguez Zapatero, y muchos cómplices, tantos como diputados socialistas avalaron el Estatut en el Congreso, entre ellos el propio ex vicesecretario general socialista. Pero ahora empiezan a ser legión en las filas socialistas los que comprueban cómo los frutos que recogen de la gestión de Rodríguez tienen un sabor profundamente amargo.

De todo lo que está ocurriendo, sin duda, lo más grave no es la amenaza, el chantaje y la deriva totalitaria del nacional-socialismo catalán. Lo más grave es ver como Rodríguez ha conducido al Estado de Derecho a una posición de extrema debilidad hasta el punto de haber dado un paso atrás significativo en la defensa del interés general y de los derechos y libertades de la sociedad civil catalana. Iniciativas como la del charnego Montilla deberían tener una oportuna respuesta por parte de la Justicia en defensa de la legalidad constitucional. Mírenlo así: lo que está ocurriendo en Cataluña es de juzgado de guardia. En un país con un Estado de Derecho fuerte cualquiera esperaría ver actuar de oficio a la Fiscalía y a la Abogacía del Estado, pero esta España que encara entristecida, dolida y herida en lo más profundo de su alma la segunda década del tercer milenio, apura sin remisión la copa amarga de un infausto destino en manos de Rodríguez Zapatero.


El confidencial - Opinión

Burka. Por Alfonso Ussía

El burka no es sólo repugnante. Es humillante y delictivo. Y amenazador. Algunas naciones más libres y avanzadas que la nuestra se han apercibido de ello. En Francia, hay una firme decisión de prohibirlo. Su uso en la vía pública conllevará una sanción de setecientos euros. Otros países como Italia, Luxemburgo, Holanda y Bélgica han oficializado su veto. En España no. A Bibiana Aído le parece muy bonito que las mujeres de los musulmanes oculten su rostro en muestra de sumisión y obediencia a sus maridos. En una sociedad libre no se puede salir a la calle enmascarado. El juez Gómez Bermúdez supo imponerse en un juicio a una testigo que se negaba a enseñar su rostro. Si las autoridades permiten el uso del burka a estos fanáticos instalados en la Edad Media, tienen que permitir a los naturales de por aquí la máscara, el antifaz, el pasamontañas y el pañuelo vaquero anudado al cuello para moverse tranquilamente en los bancos, las tiendas, los grandes almacenes y las calles y jardines de cualquier ciudad de España. Todos enmascarados, y todos con el derecho de no enseñar nuestros rostros. Las Fuerzas de Seguridad del Estado lo tendrían crudo, pero aquí somos todos iguales, y no hay motivo para permitir a los que viven en la Edad Media el beneficio de un privilegio que se nos niega a los que lo hacemos en el siglo XXI. Mucho hay en esta permisión estúpida y buenista de laicismo barato. En Europa se permite la construcción de centenares de mezquitas, y en los países dominados por el fanatismo musulmán, están prohibidas las iglesias cristianas. Algún día, muy pronto, pagará Europa su tolerancia majadera. Detrás de estas benevolencias está la ciega irresponsabilidad, el esnobismo de aparentar más libertad que la libertad misma, siempre sujeta a unas leyes que ordenan su funcionamiento.

Y las feministas profesionales mudas. Para ellas, el burka es sinónimo de tolerancia y modernidad. Protestan por un par de tetas en un anuncio y callan ante la humillación de una norma que impide a la mujer mostrar su rostro. Le sobra razón al Cardenal Miroslav Vik, Arzobispo de Praga, cuando afirma que la renuncia a defender las raíces cristianas en Europa nos está llevando a una imparable islamización. A ellos no les importan nuestras tradiciones, y menos aún, nuestras leyes. Les importan las suyas y no esconden su objetivo de imposición. Un burka en una calle de Madrid es un insulto. Un insulto a la igualdad del hombre y la mujer, un insulto a nuestra Constitución, un insulto a nuestra educación y un insulto a nuestra cultura. Si quieren tapar a sus mujeres, que se queden en su tierra. Si quieren lapidar a sus mujeres, que lo hagan en sus pueblos. En unos años van a obligar a los cocheros de Sevilla a cambiar sus caballos por dromedarios. Modernidad y alianza de civilizaciones.

O Europa, y España en ella y con ella, reacciona ante el reto del Islam, o dejaremos a nuestros nietos una civilización marcada por la intransigencia, la violencia y el enfrentamiento. Dueños son los musulmanes de sus burkas, sus piedras y sus sogas. Pero en sus países. Aquí las leyes son las mismas para todos, y el que no las cumple, delinque. Admiremos a Francia más por su sentido común y su falta de complejos que por sus quesos.


La Razón - Opinión

Lo irritante no son las críticas, sino los datos

Zapatero considera 'insólito' que se cuestione su capacidad para liderar en Europa la salida de la crisis económica.

UNA ceremonia presidida por los Reyes sirvió ayer para inaugurar oficialmente el semestre de presidencia española de la UE. Antes, el triunvirato que dirigirá el timón comunitario en los próximos meses -el presidente del Consejo, Van Rompuy; el de la Comisión, Barroso; y el presidente de turno de los Veintisiete, Zapatero- compareció para definir los dos principales retos a abordar: el cambio climático y, sobre todo, la crisis económica.


El azar ha querido que sea nuestro Gobierno el que debe impulsar y coordinar las medidas para sacar a la Unión Europea de su atolladero. Sin embargo, ni en una pesadilla hubiera imaginado un escenario peor que el actual. Porque la credibilidad de las recetas que pueda ofrecer Moncloa es prácticamente nula en Bruselas, ya que, mientras los países locomotora de la Unión -como Alemania y Francia- empezaron a crecer en el último trimestre de 2009, España permanece en el furgón de cola de los Veintisiete. Ayer mismo, a Zapatero le debió de costar esfuerzo sonreír durante la gala en el Teatro Real, porque sólo horas antes se habían conocido los datos de Eurostat, y éstos no pueden ser más demoledores.

La oficina estadística europea confirma que somos uno de los pocos países de la Eurozona que siguen en recesión, sitúa nuestra tasa de paro en el 19,4% -a fecha de noviembre- y nos convierte en líderes absolutos de paro juvenil. Así las cosas, resulta chocante que Zapatero -visiblemente irritado por las críticas recibidas- tachara de «insólito» que se cuestione su capacidad para presidir la UE en plena crisis, e invocara los «30 años» de crecimiento sostenido en España. El presidente sabe bien que lo que está en cuestión no es nuestro país, sino la política errática de su Gobierno, responsable en buena medida de lo rápido que se ha evaporado el milagro español al que aludía.

Igual de chocante resulta que la primera propuesta de Zapatero para la Estrategia Económica 2020 -que Moncloa y Van Rompuy pretenden que aprueben los Veintisiete antes de junio, con las directrices para superar la crisis- haya sido la de fijar sanciones para los países que no cumplan con los objetivos comunitarios. Porque, sin entrar en el fondo de la idoneidad de las multas, la realidad es que el déficit de España va camino de triplicar lo permitido por el Pacto de Estabilidad de la UE. Vamos, que o Zapatero tiene algún conejo en la chistera, o ya puede ir abriendo la cartera de todos nosotros, los contribuyentes, para pagar el multazo.

Aunque la presidencia española no arrancó hasta ayer, es innegable que la torpeza del Gobierno, sumada a la crudeza de la realidad, han dejado un prólogo desastroso, en el que incluso lo anecdótico se le ha vuelto en contra. Porque la habilidad de los hackers, hasta conseguir insertar en la web oficial la foto de Mr. Bean, ha permitido hacer toda clase de chanzas y de comparaciones entre su impericia y la de nuestro presidente. Durísimas han sido también las críticas de medios como el Financial Times -«Una España torpe guiará a Europa»- o The Economist, que no ha dudado en burlarse de que Zapatero vaya a ser quien solucione la crisis del continente.

Tampoco ha sido alentadora su decisión de parapetarse tras ese consejo de sabios formado por Delors, Felipe González y Pedro Solbes. Si a ellos hay que encomendarse para volver a crear empleo, sólo cabe echarse a temblar. Igual que después de escuchar a Zapatero asegurar que «la UE debe ser exigente respecto a Cuba», cuando el régimen castrista nos acaba de humillar al no permitir la entrada del eurodiputado Luis Yáñez, sin que la tropelía haya tenido la mínima respuesta del ministro Moratinos. Con todo, por el bien de los europeos y por el de la imagen de nuestro país, cabe esperar que el Gobierno se afane en hacer un trabajo serio al frente de la presidencia. Y que tome buena nota de paso de las medidas adoptadas por nuestros vecinos para salir del terrible bache.


El Mundo - Editorial

Ni hemos salido de la crisis, ni es insólito hablar del paro


Habituado como está al coro de halagos que le dedican los medios adictos a la Moncloa, que en España son la práctica totalidad, no tolera que alguien le chafe su campaña electoral permanente.

La economía española agoniza y de buena parte de esa agonía el responsable directo es el Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero. No supo verla venir, la negó durante meses y, cuando aceptó a regañadientes su existencia, emprendió las medidas equivocadas que no han hecho sino agravar el estado del enfermo. Estas son las credenciales que Zapatero, convertido ahora por el azar en menguado presidente de turno de la Unión Europea, puede ofrecer a la opinión pública.


No hay un solo dato que invite a pensar que, en el corto, medio e incluso largo plazo la economía nacional vaya a recuperarse. Más bien todo lo contrario. El paro alcanza máximos históricos, la inversión privada, la única que puede reactivar la economía, está bajo mínimos y no da señal alguna de avivarse durante este año. En esto ha tenido mucho que ver el propio Zapatero, padrino de la última subida de impuestos y responsable de que el gasto público esté desbocado, hipotecando con él toda esperanza de pronta recuperación. En definitiva, no hemos salido de la crisis y no vamos a salir, en el mejor de los casos, en los próximos dos años.

Zapatero, pues, miente ahora y lleva mintiendo desvergonzadamente –él y todo su gabinete­– desde antes de las elecciones de marzo de 2008. Busca desesperadamente un titular que le permita sobrevivir un día más agarrándose a la ilusión de que, la verdad, es la que los políticos construyen en las portadas de los periódicos. Evidentemente no es así. Por encima de los deseos de un Gobierno de ingenieros sociales que cree que todo es posible mediante la regulación estatal, está la realidad, siempre tozuda y siempre insobornable.

Con estos mimbres el presidente del Gobierno aún se ofende que pongan en duda su capacidad para presidir la Unión Europea llenándose la boca de propaganda demagógica y triunfalista. Y no sólo carece de capacidad –extremo ampliamente demostrado en su gestión de la crisis doméstica–, tampoco tiene autoridad para presumir de nada con su currículo de auténtica calamidad en materia económica.

Habituado como está al coro de halagos que le dedican los medios adictos a la Moncloa, que en España son la práctica totalidad, no tolera que alguien le chafe su campaña electoral permanente. En Europa, sin embargo, las sonrisas, las vaguedades y el humo no son bien recibidos y surge lo que no tiene en casa: el escepticismo y la crítica. Para esto, ni él ni su Gobierno están preparados, por lo que, en los próximos meses, Zapatero bien podría convertirse en el hombre del gesto torcido. El único, en rigor, que cabe dentro del desastre que ha provocado y que cuidadosamente mantiene haciendo exactamente lo contrario de lo que debería hacer.


Libertad Digital - Editorial

Lágrimas de cocodrilo. Por Ignacio Camacho

ES una lástima que los políticos de amplio recorrido, como Alfonso Guerra, estén presos de su biografía, porque cuando tienen razón en un análisis suelen entrar en contradicción con su trayectoria de pasadas sinrazones. Este Guerra sensato y ponderado que acusa a los dirigentes catalanes de vivir en la estratosfera y de discutir una sentencia que aún no se ha producido es el mismo que como presidente de la Comisión Constitucional se tapó la nariz ante un Estatuto que repudiaba, y el que cuando gobernaba con poderes de valido propuso, ay, asesinar a Montesquieu sometiendo el espíritu de las leyes al soplo de la política. Con la mala fortuna de que en aquel entonces su palabra era de obligado cumplimiento y la separación de poderes quedó indefectiblemente averiada por mecanismos de sumisión diseñados en su propio despacho. Le faltan remordimientos a esta lucidez intelectual del Guerra contemporáneo que tiene la sabiduría senatorial del tribuno veterano curtido en el escepticismo de la perspectiva, pero sin cuya pretérita arrogancia de poderoso no habría hoy epígono capaz de desafiar al sistema judicial con la presión preventiva de quien se cree investido de legitimidad para sentirse dueño del arbitraje.

De aquella petulante maniobra para someter a los jueces al juego de las mayorías proviene esta fatal inclinación a arrogarse la potestad de influir en el criterio de las sentencias; de aquel avasallador blitzkrieg político sobre la independencia de la magistratura se deriva esta peligrosa costumbre intimidatoria que hoy pone al propio Guerra contra el espejo de su antigua doctrina. Otra cosa es que acaso en los tiempos de la dominancia felipista no habrían pasado de presidir una diputación estos montillas que ahora se consideran capacitados para encarnar presuntos liderazgos nacionales desde los que proyectarse en la Historia. Poco le habría durado al vicetodo -poco le duraron, de hecho, los que le tocaron en suerte- un rebelde virreinal encaramado sobre privilegios territoriales; en este jacobinismo de hierro no hay reproches que formular a los antiguos gerifaltes gonzalistas, salvo el de mostrarse en exceso contemplativos con el adanismo de unos herederos dispuestos a demoler lo más sólido de su obra.

Porque quizá ése sea el aspecto más triste de estas razonables críticas de hogaño: su fondo de puñaladitas de pícaro, de lágrimas de cocodrilo, de consuelo verbal inútil y algo tardío de la desolación por una frívola deriva ante la que ya no sólo no tienen influencia de mentores con autoridad moral, sino ni siquiera fuerzas o interés para moderar más allá de un leve desahogo. Este distanciamiento descreído y mordaz no es más que una débil esgrima de salón para aplacar la desazón ante la cosquilla nostálgica de una cierta impotencia; la de comprobar que un tiempo que no es mejor no sólo los alcanza sino que los desborda.


ABC - Opinión

viernes, 8 de enero de 2010

España torpe, pero una. Por M. Martín Ferrand

ES muy discutible, contra lo que afirma la ministra de Defensa, que «la condición de ciudadano no pueda detenerse a las puertas de los cuarteles». Por razones generacionales, Carme Chacón debe de haber visto Barrio Sésamo y, sólo por ello, estar en condiciones de distinguir entre «alto» y «bajo», «ancho» y «estrecho» e, incluso, entre «civil» y «militar». La grandeza de la profesión castrense se sustenta, precisamente, en la renuncia que exige a sus miembros para mejor defender los derechos civiles de los demás. Del mismo modo que no se puede conciliar el grado de coronel con la condición de alcalde, tampoco es posible, ni deseable, que un sargento ejerza como enlace sindical. Son territorios diferentes y la situación laboral de los militares exige un tratamiento distinto, adaptado a la funcionalidad y responsabilidad de su función, del que resulta válido para los trabajadores civiles. El progresismo entendido como formulación demagógica es lo que debe detenerse a las puertas de los cuarteles.

En lo que sí acierta Chacón es al afirmar que «no puede haber unas Fuerzas Armadas a la medida de cada Gobierno». Aquí, sin grandes diferencias entre los distintos colores políticos, cada Gobierno ha querido implantar «su» Educación, «su» Justicia, «su» Sanidad, «su» Política Exterior y, naturalmente, «su» Defensa. El resultado es espasmódico y, perfeccionado por las variables que aportan las distintas Autonomías, surge un puzle en el que no ajustan las piezas ni es único el dibujo que trata de componerse. La idea del Estado como prioridad y la Nación como prevalencia parece repugnar al caciquismo anacrónico a que nos ha llevado el desmedido desarrollo del Título VIII de la Constitución en el que ya pueden vislumbrarse diecisiete bilateralidades distintas entre España y cada una de sus Autonomías. Un disparate previsible, aunque no previsto, en el que se fundamentan las principales tensiones internas que padecemos. Si se le añade al caso una política socioeconómica disparatada, de inspiración sindical y obediencia gubernamental, tendremos el marco de un cuadro terrorífico. «Una torpe España», como dicen los colegas del Financial Times. En los grandes diseños de futuro, desde la Educación a la Defensa, es exigible el acuerdo previo de, al menos, los dos grandes partidos que todavía se dicen nacionales, aunque no lo sean tanto en sus prácticas periféricas.

ABC - Opinión

Cuando la culpa la tiene el denunciante. Por Guillermo Dupuy

Culpar al PP del hecho de que las medidas del Gobierno no han evitado que un creciente número de ciudadanos pasen a depender de la caridad, es una desfachatez sólo comparable a la de culparle de una eventual declaración de inconstitucionalidad del Estatut.

Aunque las pruebas de la ilimitada desfachatez de los socialistas sean muy numerosas y vengan de largo, permítanme que les ponga nuevos ejemplos con ocasión de la reciente visita de Rajoy a un comedor social y, más recientemente, con la nueva vuelta de tuerca que el presidente de la Generalidad catalana ha dado a la presión que viene ejerciendo sobre el Tribunal Constitucional en defensa del "estatuto" soberanista catalán.


En cuanto a lo primero, es evidente que el gesto de Rajoy al ejercer de cocinero voluntario en ese comedor social no sólo fue un acto de solidaridad sino, sobre todo, un oportuno ejercicio de denuncia política destinado a poner el foco de atención sobre la situación, extremadamente grave, que viven muchos conciudadanos.

Teniendo en cuenta que la asistencia a los comedores de Cáritas casi se ha duplicado en el último año, y que el número de parados que carecen de cualquier clase de ingresos ha aumentado al millón y medio de personas, ya sería bastante desfachatez por parte del Gobierno de Zapatero alegar, como en otras ocasiones ha hecho, que no hay que hacer un "análisis catastrofista" de la situación o bien que ésta pronto va a mejorar.

La reacción de los socialistas en esta ocasión, sin embargo, no fue ésta, sino una todavía más desvergonzada como es la de culpar de la situación al Partido Popular. Aunque parezca delirante, la airada nota de prensa de los socialistas culpaba al principal partido de la oposición con la cantinela de que no "había arrimado el hombro" para apoyar las medidas tomadas por el Gobierno. Por citarla textualmente, la representante socialista Marisol Pérez afirmó que "muchos de los que hoy han comido el cocido de Rajoy no tendrían que haberlo hecho si el líder del Partido Popular hubiese gastado un solo segundo en arrimar el hombro en favor de las iniciativas sociales del Ejecutivo".

La nota pone como ejemplos de la falta de apoyo del PP la financiación autonómica, el Fondo de Inversión Local e, incluso, los Presupuestos Generales del Estado, cuando lo cierto es que el PP, a pesar de su oposición, no ha podido impedir que el Gobierno las sacara adelante gracias a sus aliados parlamentarios. Algunas otras, como el plan de rescate bancario a cargo del contribuyente, que se aprobó también con la cantinela del apoyo a las familias, el Gobierno las sacó adelante con el apoyo incluso del partido de Rajoy.

Culpar al PP del innegable hecho de que las "medidas sociales" adoptadas por el Gobierno no han evitado que un creciente número de ciudadanos pasen a depender de la caridad para poder subsistir, es de una desfachatez sólo comparable a la de José Blanco al culpar de una eventual declaración de inconstitucionalidad del Estatut al Partido Popular; partido que, como es notorio, ni redactó ni apoyó dicho engendro soberanista.

Al pedir a los catalanes que "no olviden" que si el Estatuto "sufre algún recorte" es "porque un partido lo boicoteó", en referencia al recurso planteado por el PP ante el Tribunal Constitucional, Blanco no sólo culpa de la inconstitucionalidad del texto al partido que la denunció, sino que deja en evidencia que habría preferido que esa ilegalidad hubiera pasado desapercibida. Qué tropa.


Libertad Digital - Opinión

Cataluña, camino del régimen

EL empeño del tripartito catalán en coaccionar al Tribunal Constitucional ha protagonizado las primeras declaraciones políticas de sus máximos representantes en el año nuevo, certificando así que la estrategia preventiva de deslegitimación del orden constitucional es la prioridad de la coalición social-nacionalista catalana. El coste de esta contumaz y desleal actitud de desafío al Estado va a ser, a este paso, la implantación de un régimen en Cataluña, dominado por el dogmatismo nacionalista y la sacralización de un estatuto convertido en excusa para mantener el victimismo contra el resto de España. Así es como el presidente Montilla no ha tenido reparo en dirigirse por carta a dos centenares de instituciones catalanas para agradecerles el apoyo al editorial conjunto que publicaron varios medios de comunicación para presionar al TC. La imagen que transmite esta iniciativa de Montilla desvela un panorama de subordinación de la sociedad civil a los dictados políticos, anulando la autonomía que toda sociedad democrática debe tener para mantener su capacidad crítica y su propia identidad frente a los poderes públicos. La confusión entre ideología y sociedad es el primer paso para la instauración de un auténtico régimen monopolístico.

Por eso, el problema de fondo de Cataluña es consigo misma, no con el resto de España, porque la dominación que ejerce sobre ella la clase política es patológica. La defensa del estatuto frente al TC es la coartada de esta enfermedad, como ayer expuso crudamente, sin quererlo, el consejero de Economía y Finanzas, Antoni Castells, quien apostó por replantear las relaciones entre Cataluña y España, sea cual sea el fallo del TC, porque la Transición no ha funcionado. Esta descalificación del pacto constitucional es la base de la actitud desleal de la alianza que gobierna Cataluña, más allá de lo que, en efecto, diga el TC sobre el estatuto. Por tanto, con estatuto o sin él, el problema seguirá vivo, pero agravado porque en su origen inmediato se sitúa la irresponsable decisión de Rodríguez Zapatero de inocular en el ordenamiento jurídico el virus de la cosoberanía, la relativización de la Nación española y la deslegitimación del pacto constituyente. Pretendiendo impostadamente -porque lo buscado era un mero reparto de poder- que Cataluña se sintiera «cómoda» en España, Zapatero ha conseguido que la crisis territorial sea más aguda que nunca desde 1978.

ABC - Editorial

Qué raros somos los daneses. Por Cristina Losada

Ese rigor danés a la hora de aplicar la ley resulta sorprendente en la flexible y tierna España. Nunca trataríamos como a delincuentes a unos chicos que sólo querían llamar la atención sobre la futura catástrofe planetaria. ¡Aún habría que agradecérselo!

Los hay habituados a flotar en la estratosfera de la impunidad. El caso de los miembros de Greenpeace detenidos en Dinamarca se ha hecho digno de enmarcarse. Irrumpieron en una cena oficial para desplegar una pancarta y, por una vez, su acción no les salió gratis. De haber suscrito la broma un pirado carente de unas siglas buenas que le amparasen, no estaríamos escribiendo de ello. El individuo habría dado con sus huesos en la celda sin concitar ni un mísero ritual solidario. Los cargos de allanamiento de morada, suplantación de autoridad pública y falsificación de documentos le habrían caído encima y santas y carcelarias pascuas. La justicia danesa tiene la osadía de tomar la ley en serio y creer que ante ella todos son iguales. Con los militantes ecologistas no hizo excepciones.


Ese rigor danés a la hora de aplicar la ley resulta sorprendente, inaudito y cruel en la flexible y tierna España. Nunca trataríamos como a delincuentes a unos chicos que sólo querían llamar la atención sobre la futura catástrofe planetaria. ¡Aún habría que agradecérselo! Aquí la ley suele mirar a quién. Hay bula para estropicios perpetrados al abrigo de reclamaciones políticas o sindicales. Si unos huelguistas asaltan un edificio oficial y rompen lo que encuentran, que no se le ocurra a un juez condenarlos. Llámate activista y tienes el perdón o el clamor asegurados. Natural, pues, que el director de Greenpeace España mostrara su estupefacción: "En España hemos hecho protestas similares y ni siquiera nos han detenido". Lo extraño es que, en tales ocasiones, no les hicieran sitio en la mesa y les pusieran un cubierto. Ahí se ve cuán demócratas y tolerantes que somos. Un ejemplo para el mundo.

Como el Ministerio de Exteriores. No sólo se aplicó con inusual diligencia a rescatar a los ecolos de las garras judiciales de un Estado democrático. Pidió, además, que no mezclaran a los presos verdes con los presos comunes. Según el Gobierno, entonces, hubo en Dinamarca "presos políticos" durante tres semanas. Asombroso. Menos mal que aún quedan diplomáticos. El embajador considera que nada hay que objetar al trato dispensado al cuarteto climático intruso. Resulta que, en aquellas tierras, los jueces no se dejan intimidar, aplican la ley sin mirar a quién y no atienden a las intenciones de los autores de un delito. Sólo al delito. Mira que somos raros los daneses.


Libertad Digital - Opinión

La cuestión catalana. Por José María Carrascal

ESE señor que pide a todos los catalanes hacer frente común contra una posible devaluación del Estatut es el mismo que ha sido incapaz de poner de acuerdo a los tres partidos del gobierno que preside sobre algo tan elemental como las veguerías o administraciones supramunicipales catalanas. Como sobre casi todo menos sobre mantenerse en el poder a toda costa. Y si actúan así en el gobierno, no quiero decirles cómo actuarán en la oposición.

Es este un aspecto apenas estudiado de la «cuestión catalana», por gastarse toda la pólvora en el contencioso contra España, especie de niebla que oculta las debilidades catalanas, ya que las españolas han sido expuestas, analizadas, denunciadas y caricaturizadas mil veces. Pero ¿se imaginan la que se armaría al día siguiente de obtener la reclamada autodeterminación? ¿Se imaginan un Parlament con personajes como Carod Rovira, Mas, Puigcercós, Laporta, Carme Chacón, Toni Comín, Alfons Tena, ya sin una España a quien poder echar la culpa de todas las desgracias que caen sobre Cataluña? Porque España es la gran reserva del nacionalismo catalán, su frontón en el que estrellar todas las pelotas. En realidad, lo único que les une, al tiempo que su gran coartada para no presentar un programa como nación y como estado. En el momento que se quedaran solos, aquello iba a ser un gallinero alborotado.


Una personalidad de las letras catalanas, cuyo nombre no voy a dar para que no sea arrastrado por el fango, me decía en un momento de amargura: «Lo que siempre ha faltado a Cataluña han sido líderes. Hemos tenido muchos trovadores y muchos tartarines, pero líderes de verdad, enérgicos, decididos, dispuestos a cortar por lo sano y llegar hasta el final, ninguno». Sigue sin tenerlos. Tan escasos andan de líderes que han tenido que echar mano de Montilla, que tiene de líder lo que yo de obispo. Y sin líderes no se va en política a ninguna parte, se queda uno donde está, quejándose, gimiendo, reclamando... y mostrando la falta de proyecto conjunto, la ausencia de cohesión interna. Ni siquiera sobre esas jaleadas «consultas populares» se ponen de acuerdo los nacionalistas catalanes, con unos dispuestos a seguir con ellas y otros considerándolas prematuras, inútiles o incluso peligrosas.

El nacionalismo catalán se ha detenido en el «hecho diferencial» respecto a España. Pero no se ha atrevido a dar ni un solo paso hacia algo tan importante como son los hechos diferenciales dentro de Cataluña. Que son múltiples y tan «cainitas» -palabra usada más de una vez recientemente en «La Vanguardia»- que les impide ponerse de acuerdo incluso sobre las veguerías.

Lo que demuestra que son tan españoles como los demás. O ¿qué se creen, que los demás no somos también diferentes y no nos gusta poner verde a España? Sólo que no vivimos de ello.


ABC - Opinión

La parcialidad de Garzón y la negación de la Justicia. Por Jesús Santaella

No debió ser especialmente feliz para Baltasar Garzón el día de su santo. La Sentencia del TEDH en el caso Rafael Vera no sirve seguramente para enriquecer el currículum de nuestro Juez más internacional, a pesar de que concluya que no hubo violación de derecho fundamental alguno. Todos los miembros de la Sección Tercera del tribunal han coincidido en que Garzón debió haberse abstenido en 1994 a la hora de instruir el sumario de Segundo Marey, que concluiría finalmente con la condena junto a otros antiguos altos cargos de Interior del ex Secretario de Estado de la Seguridad por el secuestro de aquel anciano en el País Vasco francés. En otras palabras, fue parcial. Y la parcialidad es la negación misma de la Justicia. El Juez parcial es el ‘no Juez’ y eso lo han dicho de Baltasar Garzón, que ha buscado hasta la saciedad el reconocimiento mundial de esa irreprochable condición, nada menos que siete Jueces de Estrasburgo. Ésa es la esencia de la decisión. Otra cosa son los matices.

La defensa de Rafael Vera consiguió que dos de sus alegaciones –la ausencia de imparcialidad de Garzón como Instructor y la insuficiencia de pruebas para destruir la presunción de inocencia- fueran examinadas. Al final, por el ajustado resultado de 4 a 3 han sido rechazadas y los disidentes han formulado sendos votos particulares. Las posibilidades de que la Grande Chambre en vista pública reestudie el caso a instancia de la parte son altas a la luz de los precedentes y las características del debate.

Para la mayoría el Juez incurrió en falta de imparcialidad objetiva, porque pudo resultar contaminado como consecuencia de su paso previo por Interior al frente de la Delegación del Gobierno sobre el Plan contra la Droga. En este sentido, Estrasburgo recuerda cómo precisamente a finales de los 90 hubo de modificarse la Ley Orgánica reguladora del poder judicial para introducir un período de carencia de tres años antes de reincorporarse a la carrera judicial aquellos que hubiesen ostentado cargos políticos. Y debió haberse abstenido entonces de instruir el caso Marey contra ex altos cargos de Interior, pero también de cualquier otro que afectase a aquel departamento ante el riesgo de haber accedido a alguna suerte de información privilegiada en su etapa política. El Tribunal considera que ese deber afecta también al Juez Instructor, aunque no esté llamado a enjuiciar finalmente el asunto, de acuerdo con lo que fue el voto particular de García Manzano en el recurso de amparo previo a la demanda de Estrasburgo.

Sentado lo anterior, la mayoría considera sin embargo que las consecuencias de tal infracción fueron convalidadas por la renovada instrucción que hizo del caso en el Tribunal Supremo el Magistrado Moner. Todos los Jueces han descartado la existencia de enemistad subjetiva y manifiesta entre Garzón y Vera, sobre todo por la dificultad de su prueba. Y concluye la sentencia con que tampoco hubo violación del derecho a la presunción de inocencia porque hubo pruebas suficientes para justificar la condena, entre las que de manera esencial figuró el testimonio de varios coimputados –los de Julián Sancristobal, Francisco Alvarez y Miguel Planchuelo-.

La doctrina de los frutos del árbol envenenado

Frente a ello se alzan dos de los votos discrepantes, que recuerdan la tradicional doctrina del TEDH en estos casos. Lo radicalmente nulo, sostienen los discrepantes, no puede ser convalidado y la condena basada en las mismas diligencias practicadas por el Instructor contaminado, luego repetidas ante el válido, y no otras, infringe la doctrina de los frutos del árbol envenenado. No parece descaminado pensar que si fueron ésas –fundamentalmente el cambio de testimonio de algunos coimputados, luego de haber padecido prolongada prisión por decisión del Juez parcial quizá para ablandar actitudes-, las pruebas determinantes de la condena, por mucho que se hubieran repetido ante el nuevo Instructor, la defensa de Rafael Vera puede estar acertada. Ahí puede haber materia para una nueva decisión en la Grande Chambre.

Otra trascendencia tiene el disentimiento del Juez Zupancic que cuestiona con carácter general la imparcialidad objetiva de todo Juez de Instrucción al que califica desde esa perspectiva como una “contradictio in terminis”. Porque, por definición, el Juez de Instrucción trata de investigar cual policía togado el crimen cometido, de manera que es fácil que perfile una hipótesis previa a la que tratará que se acomode todo aquello que instruya. Es decir, el Juez de Instrucción es el candidato perfecto a tener pre-juicios, y esa es la mayor de las parcialidades. Así, llama la atención para que de una vez por todas la Grande Chambre se pronuncie y proscriba definitivamente lo que considera un arcaísmo procedente del viejo procedimiento inquisitorial.

Muy en la línea de las ideas del Ministro Caamaño y de su anunciado propósito de modificar en tal sentido nuestra decimonónica Ley de Enjuiciamiento Criminal, en defensa de la instrucción a cargo de los Fiscales y la creación de un Juez de garantías que actúe en materia de prisión, registros e intervención de comunicaciones.

Y, a todo esto –no podía ser de otra manera cuando de Garzón se trata-, dicen que la sorpresa en Estrasburgo fue mayúscula al comprobar la filtración de la Sentencia llamada a ser colgada en la web oficial el día 14. Sin esperar la tradicional “toilettage” a que se someten las decisiones del TEDH, hubo de anticiparse a toda prisa la difusión oficial a la tarde del 6 para evitar seguramente -¿ o como consecuencia de?- la protesta de la defensa de Rafael Vera. Cuando las sentencias de Batasuna también se madrugó el conocimiento. ¿Será que el indiscreto siempre es español?


El confidencial - Opinión

Espectro radioeléctrico socialista

Precisamente porque el espectro radioeléctrico es escaso debería existir un sistema más enfocado a la propiedad privada. Ésta tiene sentido cuando de bienes escasos se trata. Que sea el Estado quien los distribuya tiene un nombre: socialismo.

Todos sabemos cuáles son las costumbres del PSOE cuando pone las manos en el sector audiovisual. Todo para los amigos, nada para los demás. Entre otras hazañas está la legalización del antenicidio o la concesión de cadenas a sus amigos, en ocasiones incumpliendo las propias reglas que se había marcado. Así, es lógico y hasta obligado que la nueva ley audiovisual sea recibida con desconfianza, especialmente si las principales características de su aprobación en el Congreso han sido la falta de consenso y las prisas para tramitarlo.


En concreto, entre todas las medidas añadidas a última hora destaca la propuesta de Coalición Canaria, que promueve la elaboración de un mapa con todas las radios que emiten con licencia en frecuencia modulada para después poder cerrar por vía administrativa las que no estén incluidas en el mismo.

A primera vista, puede parecer razonable. Las licencias se dispensan para que no se sature el espectro radioeléctrico, que es un bien escaso, y evitar que unas radios ocupen la frecuencia de otras, impidiéndoles emitir. Para que este esquema funcione, aquellos que emitan sin licencia deben dejar de hacerlo.

Sin embargo, examinado más de cerca las contradicciones empiezan a florecer. Si hay más de 3.000 radios emitiendo ilegalmente es que el espectro está muy lejos de saturarse con las licencias que los políticos han tenido a bien conceder a lo largo de los años. Además, parece claro que hay proyectos radiofónicos de todo tipo que resultan rentables y no ocupan el espacio que ha sido otorgado legalmente a otros. ¿Por qué cerrarlos, entonces?

La respuesta que los distintos gobiernos, central y autonómico, y quienes los ocupan no están interesados en que el espacio radioeléctrico sea aprovechado al máximo en beneficio de los consumidores. La radio es un poderoso medio de comunicación, con una gran capacidad de influencia entre sus oyentes. Controlar y someter las voces que emiten en las ondas es una prioridad política de primera magnitud. De ahí que sólo se concedan licencias con cuentagotas y a amigos de los poderes políticos. Permitir el cierre administrativo de las miles de emisoras sin licencia no hará sino permitir a los gobiernos quitarse de encima a quienes los molesten, destruyendo empleos y proyectos empresariales en algunos casos muy sólidos, además de ahogar la libertad de expresión.

El sistema de licencias implantado en España permite que cadenas de radio con muy poca audiencia dispongan de numerosas licencias por toda la geografía mientras otras que el público está deseando escuchar no pueden emitir más que en unos pocos lugares. Y es que precisamente porque el espectro radioeléctrico es escaso es por lo que debería existir un sistema más enfocado a la propiedad privada para su aprovechamiento. La propiedad tiene sentido de hecho cuando de bienes escasos se trata. Que sea el Estado quien los distribuya tiene un nombre: socialismo.

¿Cómo podría estar organizado un sistema más libre y eficaz? Si no se quiere abandonar del todo el control administrativo, podrían concederse licencias de forma más automática y menos arbitraria simplemente con cumplir una serie de requisitos, como contar con un capital mínimo no muy alto y dependiente de la región sobre la que se emitiría, la creación de una serie de empleos, etc., disponiendo de mecanismos para retirar el permiso a quienes abandonen la emisión. Otra vía podría ser la privatización del espectro, concediendo títulos de propiedad a quienes ahora tienen licencias y otorgando las demás a quienes las soliciten, organizando subastas en caso de que haya más de un pretendiente.

Pero como en tantas otras cosas, resulta difícil tener esperanza en que se opte por un sistema más racional y menos controlado. El principal partido de la oposición, cuando llegó al poder, no cumplió la sentencia que declaraba ilegal el antenicidio. Ahora, ante esta ley que ha criticado duramente, ha decidido abstenerse. Haría mejor en proponer un sistema más libre, justo y acorde con lo que desean sus votantes.


Libertad Digital - Editorial

La amenaza de la igualdad. Por Hermann Tertsch

Esta reflexión podría llamarse también «el éxito y la justicia de la desigualdad», si me dejan proponerles otro título que a tantos parecerá aún más provocador. Se lo parece a casi todo el mundo, ya que, salvo una minoría de irredentos, todo el espectro político ha asumido casi por igual la sacralidad incuestionable de la igualdad entre los individuos y las culturas. A quienes discuten esta religión del igualitarismo -con todos sus muchos dogmas- lo convierten directamente en paria o enemigo del bien, nada menos. Y cualquier medio es bueno para combatirlo. El fin del igualitarismo es tan sagrado que todos los medios contra los herejes gozan automáticamente de justificación y eximente plena. Esto no es nuevo. La pérdida de la libertad a través de la dictadura de la igualdad preocupaba ya a Tocqueville. Pero ya sabemos que éste era un puñetero aristócrata francés que merece estar más olvidado aún que Montesquieu, aquel maniático defensor de la separación de poderes. ¡Cuántas veces se ha hecho ya a lo largo de la historia! Acabar con la libertad en nombre de la igualdad. Volvemos a las andadas. Es una lacra intelectual con hondas raíces en la cultura occidental. Pero mientras las sociedades más sólidas cuentan con resistencias claras a esta imposición forzosa del mínimo denominador común, otras más débiles -claramente la nuestra- se revelan inermes ante la ofensiva de este igualitarismo que quiere convertir nuestra sociedad en una inmensa granja de experimentación avícola. En la que recortar las alas a todas las aves de la fauna para que tengan el vuelo de las gallinas.

«Es una lacra intelectual con hondas raíces en la cultura occidental. Pero mientras las sociedades más sólidas cuentan con resistencias claras a esta imposición forzosa del mínimo denominador común, otras más débiles -claramente la nuestra- se revelan inermes ante la ofensiva de este igualitarismo que quiere convertir nuestra sociedad en una inmensa granja de experimentación avícola.»

Y después convencerlas de que todas son aves de corral. Pocos lo explican mejor que el filósofo alemán Norbert Bolz en su gran libro titulado «El discurso de la desigualdad» (edit. Wilhelm Fink, Munich) que ha pasado desapercibido a las editoriales españolas. Quizás alguna se haya despistado a propósito porque parece un tratado sobre el origen de la miseria moral, intelectual y política de la España de Zapatero. Tampoco se ha traducido el éxito de ventas del escritor judío-polaco-alemán-austriaco, Henryk M. Broder, con su explícito título «Hurra, nos rendimos». Ni su último libro «Crítica de la tolerancia pura» (edit. Panteon, Berlín). En este principio de siglo nos caracterizan paradójicamente la igualdad impuesta y la tolerancia total. Esa tolerancia que, como dice Broder, no hace sino aumentar la osadía y la falta de escrúpulos de los enemigos de nuestra sociedad. Esa tolerancia que parte de la equiparación de todos los sistemas de vida, buenos, peores y fatales. Y que siempre es una cesión unidireccional, hacia los peores, hacia delincuentes, fanáticos y terroristas. «Esa tolerancia, dice Broder, que pacta con los agresores contra las víctimas». ¿Les recuerda a los españoles algo todo esto? ¿Quizás al pacto del Gobierno del PSOE con ETA? ¿Al caso Faisán? ¿A la simpatía hacía el terrorismo islamista que siempre asoma la patita tras los comentarios y análisis del izquierdismo español? ¿A su antisemitismo patológico?

Todo parte del secuestro del principio de que todos los seres humanos nacemos iguales en derechos ante la ley -fundamento de la democracia y la sociedad libre que nadie discute-. Nacemos iguales ante la ley y lo somos. Pero eso es todo. Lo cierto es que todos nacemos distintos. Y que las diferencias entre los individuos no dejan de aumentar con el tiempo, según las circunstancias, el talento y la biografía. En este sentido, Bolz y Broder nos advierten ambos sobre la profunda injusticia y las terribles consecuencias que tiene esa imposición del pensamiento débil que considera que debemos ser forzados a la igualdad por el bien de una sociedad supuestamente homogénea y sentimentalmente satisfecha con los dogmas de la religión del igualitarismo. Y que todas las culturas -civilizaciones las llama Zapatero- son iguales y merecen igual trato. Del mismo modo que no pueden ser tratados de igual forma un niño que obedece a sus padres y otro que los pega, ni un delincuente habitual y un ciudadano honrado, ni un trabajador esmerado y cumplidor y otro haragán y traicionero. Ni un héroe y un traidor. Ni puede equipararse a la cultura democrática occidental, que surge de la idea cristiana de que toda vida humana es un valor supremo, con las culturas medievales en las que el individuo no vale nada. Y no busca la felicidad del mismo sino imponer por la fuerza y la muerte sus designios fanáticos. ¡Ay, la tolerancia esa! ¡Ay de esa idea de la igualdad! Es la misma hipocresía que subyace a la promesa zapateril de que «de la crisis saldremos todos juntos». Como si todos fuéramos o estuviéramos igual en la crisis.

Como la igualdad es imposible sólo se puede simular con la mentira. Después se sorprenden muchos bienpensantes que surjan movimientos y líderes que aprovechen la rabia popular ante la sangrante injusticia que es la imposición de la tolerancia ante lo intolerable. Y se sorprenderán cuando ese acatamiento del dogma haga volcarse al péndulo hacia posiciones radicales de otro tipo. Esa política del pensamiento débil y dócil conlleva tanto peligro en su aplicación como en la reacción que puede provocar. Ironía es que esta política de la tolerancia sólo se puede imponer mutilando la libertad. Amedrentando a quienes se rebelan contra el bombardeo ideológico y sentimental del poder y la mayoría de los medios de comunicación. Es el páramo de la docilidad. Por convicción, dependencia o miedo a la hegemonía cultural y política del «Gutmensch», del buenismo. Y por miedo a ser castigado por destacar. No recuerdo si fue Schiller, Goethe o Lenz -alguno del «Sturm und Drang»- quien exclamó que no hay mayor envidioso que el que se cree igual a todos. Y la envidia genera odio hacia quienes no quieren ser iguales. La igualdad se convierte así en la peor amenaza para la libertad. De los individuos y de las sociedades.

«No recuerdo si fue Schiller, Goethe o Lenz -alguno del «Sturm und Drang»- quien exclamó que no hay mayor envidioso que el que se cree igual a todos. Y la envidia genera odio hacia quienes no quieren ser iguales.»

La sociedad que obliga a sus miembros desde la infancia a adaptarse al nivel del peor es una sociedad abocada al fracaso. Porque estrangula la formación de elites y así la movilización de la sociedad en el progreso real. Que está en la creación de riqueza y mayores posibilidades para cada vez mayor número de individuos. No en la repartición de las existencias confiscadas por el Estado para comprar voluntades y obediencia. No hay mecanismo eficaz de progreso sino el reconocimiento de la justicia de la desigualdad y la voluntad de los individuos y colectivos de superarse y superar a los competidores. «El proceso de civilización depende de que cada uno pueda utilizar libremente las circunstancias que la vida le otorga» dice Bolz. El ser humano tiene el derecho inalienable a buscar la felicidad, dice la Constitución americana. Nadie tiene derecho a impedírselo igualándolo por la fuerza a quién fracasa en ello. Es la cultura de la excelencia y la competencia. De la emulación y ejemplaridad. La que hizo de las sociedades occidentales las más ricas, pacíficas, abiertas y compasivas de la historia.

Ahora volvemos a estar en manos de experimentadores sociales. Que necesitan que olvidemos principios y valores, nuestra identidad. Bolz y Broder hacen la llamada de atención más lúcida habida en años sobre las consecuencias de un pensamiento único que reprime el debate en todos los problemas reales. Con éste, la selección negativa -tan evidente en la clase política española- está asegurada. Los nuevos dogmas serán triste consuelo para una sociedad postrada moralmente. Es el fruto de esa corrección política que dicta que la verdad es relativa, la libertad un valor secundario y la palabra un instrumento al servicio de la política. Que combate implacablemente a sus enemigos. Por todos los medios a su alcance, las leyes, los aparatos del Estado, la intimidación y, por supuesto la mentira. Y llegado el caso, no lo dudo, por cualquier otro.


ABC - Opinión