lunes, 21 de diciembre de 2009

El fiasco danés del catastrofismo climático

Lejos de Copenhague ha quedado la pretensión ecologista de elevar las restricciones de gases de efecto invernadero para así poder influir directamente sobre la economía asignando cuotas de emisión a los distintos sectores empresariales.

La Cumbre de Copenhague se ha saldado con un rotundo fracaso para sus promotores y para todos aquellos que pretendían aprovechar las conclusiones más radicales y alarmistas sobre una controversia científica para sacar adelante su agenda política; una agenda liberticida que muy poco tenía que ver con salvar a la humanidad de sí misma y sí mucho, en cambio, con ponerle los grilletes que no pudieron acabar de colocarle durante todo el s. XX.


Apenas un compromiso muy genérico de que las temperaturas no aumenten más de dos grados con respecto al nivel de 1900 y, eso sí, un reguero de miles de millones para los países pobres con los que supuestamente mitigar los efectos de su adaptación a menores emisiones de CO2.

Lejos, por consiguiente, ha quedado la pretensión ecologista radical de elevar los objetivos de restricciones de gases de efecto invernadero para así poder influir directamente sobre la estructura productiva de una economía asignando cuotas de emisión a los distintos sectores empresariales. Los políticos no podrán racionar la creación de riqueza más de lo que ya lo están haciendo con Kioto. Al menos, hay que celebrar que no habrá en principio mayores recortes a la libertad.

Claro que tampoco conviene echar demasiado pronto las campanas al vuelo. Desde luego, los ecologistas están muy decepcionados porque no existirá ningún instrumento jurídico internacional que obligue a todos los países a reducir sus emisiones. Sin embargo, eso no significa que cada país, en su propósito de contribuir a que la temperatura global no aumente en dos grados, no vaya a adoptar unilateralmente cualquier paquete de medidas intervencionistas que les permita a sus políticos controlar porciones mayores de la economía.

En España no podemos sentirnos precisamente reconfortados. Además de estar insertos en la Unión Europea, una comunidad política que en los últimos lustros ha adoptado un perfil claramente antiliberal y calentófilo en la mayoría de sus decisiones, nuestra clase política parece entusiasmada con cualquier iniciativa legislativa, por absurda y suicida que sea, que apele al cambio climático.

Así, nuestro jefe de Gobierno proclama expropia en un delirante discurso la expropiación de todas las propiedades del planeta para entregárselas al viento; una abstracción que equivale a decir que los bienes materiales no son de nadie y que, por tanto, deben ser gestionados irrestrictamente por nuestros representantes colectivos: él mismo.

Y en competencia directa con nuestro socialista presidente, la secretaria general del principal partido de la oposición, María Dólares de Cospedal, se queja de que en Copenhague se hayan adoptado "pocos acuerdos" al tiempo que pide más "concienciación" sobre el cambio climático. Por lo visto, en Elche también se invitó a abandonar el PP al primo de Rajoy.

Puede, por tanto, que el acuerdo de mínimos de Copenhague le sirva de poco a España, asfixiada por una partitocracia intervencionista que se pelea por ser los pioneros en Europa a la hora de restringir libertades. Pero sin duda les será de gran ayuda a muchos otros países con unos políticos más prudentes.

Al final, pues, parece que de la capital danesa sólo ha salido una declaración de buenas intenciones que costará a los países occidentales alrededor de 100.000 millones de dólares en ayudas a los países del Tercer Mundo. Es decir, en volver a demostrar aquella máxima de Lord Bauer que calificaba las ayudas públicas para el desarrollo como la manera de redistribuir el dinero desde los pobres de los países ricos a los ricos de los países pobres. Elevada factura que sin embargo palidece ante otros posibles resultados de la cumbre como habrían sido un control aún mayor de las economías occidentales o la creación de un Gobierno mundial.


Libertad Digital - Editorial

Los toros y la resistencia. Por Ignacio Camacho

SI el argumento más tranquilizador de que dispone el Gobierno para pronunciarse sobre la polémica de los toros en Cataluña es el de que no le gusta prohibir nada -Fernández de la Vega dixit-, los partidarios de la amenazada Fiesta no tienen demasiados motivos para el sosiego. Más o menos como los fumadores, los conductores o los frioleros. Si por algo se caracteriza esta gobernanza líquida del zapaterismo es por su tendencia intervencionista, por su propensión a inmiscuirse en las decisiones individuales de los ciudadanos en nombre de vagos principios de bienestar colectivo. Este Gobierno prohíbe, y prohíbe bastante, y esa ductilidad moral de la que presume para relativizar los grandes principios se vuelve, a la hora de hacer leyes, una dogmática y poco dialogante firmeza interdictoria. De modo que si hay que esperar a que sea el Partido Socialista el que ponga pie en pared en la deriva antitaurina de los soberanistas catalanes es bastante probable que los aficionados barceloneses a la lidia tengan que ir pronto a Zaragoza o a Perpignan como quien peregrina en busca de un placer secreto.

De hecho, la posición del PSC en la ya célebre votación secreta del Parlament ha resultado de una ambigüedad cautelosa y vergonzante. Un pronunciamiento contundente de los socialistas catalanes cerraría casi por completo cualquier posibilidad de triunfo de la tesis prohibicionista del nacionalismo. Pero no se atreven por temor a ser tildados de reaccionarios españolistas, de rancios adalides de la bárbara tradición celtibérica. Y han dado libertad de voto como si se tratase de una insondable cuestión ética relacionada con las más íntimas convicciones de la moral individual y no de un asunto de identidad cultural, social y estética.

Es probable que a día de hoy haya más españoles indiferentes que aficionados a los toros -a mí tampoco me gustan; me aburren, lo siento-, pero la inmensa mayoría los reconoce como una seña de la cultura colectiva, presente en el acervo común del arte, las costumbres y el lenguaje, que es quizá el ámbito donde más profundamente ha arraigado la tradición taurina. Y la mayoría se limita a no ir a las corridas, o a ir muy de vez en cuando como quien se suma a un rito arcaico, incluso decadente, felizmente vivo a través del tiempo y de la Historia, que enriquece el patrimonio inmaterial de la nación con su despliegue ceremonial de ritos y su riqueza simbólica. Pero si los soberanistas catalanes los prohíben precisamente para abolir su carácter de lazo de identidad nacional, empezaremos a reconsiderar nuestra indiferencia como gesto de solidaridad con una libertad cuestionada. Y volveremos a empatizar con la lidia y a defenderla como una amenazada heredad. Quién iba a pensar, como dice el colega David Gistau, que ir a los toros podría convertirse, en pleno siglo XXI, en un acto de resistencia cívica.


ABC - Opinión

domingo, 20 de diciembre de 2009

Checas. Por Jon Juaristi

LE quedó muy fino a Monzón, alias Wyoming, el chistecillo del miércoles a costa, nuevamente, de Hermann Tertsch, lo de que éste trabaja más en la cama que Nacho Vidal. A ver si a Tertsch lo apiola alguien de una vez, como parece que se pretende, y Wyoming nos obsequia con la ocurrencia del siglo, y reventamos todos de risa, hasta los de derechas. Al parecer, todo lo que se haga con Tertsch es muy blandito, para lo que el chico se merece. Ni una costilla, ni dos ni tres ni pulmones encharcados. Ánimo, ¿no hay quién dé más? ¿El bazo roto? ¿Fractura craneal, dice el señor del fondo? Aplastamiento de médula a la una... qué blandengues los veo, compañeros. Vamos a tener que lanzar un concurso de ideas, o mover la parroquia con otro vídeo simpático: Hermann Tertsch prometiendo que se va a cargar una guardería en Vallecas, a pleno sol de invierno y ante las cámaras. O, mejor, cargándosela directamente en montaje de ordenador, con mucha casquería y biberón profanado. El caso, como diría Neil Postman, es divertirse hasta morir, y el filón Tertsch es explotable sin riesgo, porque su antiguo periódico, el más leído de España, lo acaba de declarar tótem máximo de la prensa de la caverna, o sea, que se la ha estado buscando desde que abandonó la cabecera correcta.


Pero, ya que de corrección se trata, veamos cómo se escribe la historia según la Sexta y el programa de Monzón-Wyoming, cuya aspiración no es, según los directivos de aquélla, exterminar a Tertsch, sino instruir deleitando a la audiencia con gracia y salero, enseñándonos, de paso, un poco de memoria nacional. Resulta que Hermann Tertsch, en un comentario desde el lecho del dolor, emitido por Telemadrid, se refirió a un tiempo de checas y paseos cuyo aroma está impregnando de nuevo la imaginación colectiva de la zurda. Pues bien, Wyoming comparece de ordinario junto a un artefacto conocido por Beatriz Montáñez, que pone las puntualizaciones eruditas. A lo de las checas, la tal Montáñez reaccionó explicándonos a los legos que se trataba de los terribles centros de detención que abrió en España el Ejército Soviético durante la última guerra civil. Como no es verosímil que a un producto de la LOGSE le suene el Ejército Soviético, creo razonable atribuir la especie a los guionistas de El Intermedio. Qué cucos. Endosar las checas a un difunto permitió a Wyoming sacarse de la manga otro chiste a propósito de las paranoias de Tertsch respecto a los socialistas.

Lo malo es que las checas tuvieron mucho más que ver con el Partido Socialista Obrero Español que con el Ejército Soviético, al que los españoles sólo conocieron a través de sus coros. Los socialistas sí que sabían de checas; es más, éstas florecieron en Madrid bajo el gobierno de Largo Caballero, que proporcionó al vecindario la única experiencia auténtica de terror soviético que se vivió en España (en Cataluña, el anarquismo propició un tipo de terror distinto, milenarista y caótico). La teoría de Montáñez es, por cierto, franquismo de lo más castizo (el terror en el bando franquista se justificaba argumentando que luchaban contra el Ejército Soviético).

En fin, no hacía falta llegar tan lejos. Hermann Tertsch no había afirmado que las checas actuales consisten, sobre todo, en ciertos programas de televisión donde se manipula la imagen ajena hasta hacerla odiosa a base de choteo supuestamente blando que ni siquiera compromete al paseo final, porque no faltará entre los espectadores algún psicópata justiciero, incapaz de captar la ironía, y dispuesto a encargarse de la tarea sucia.


ABC - Opinión

Los enemigos del toro. Por M. Martín Ferrand

BUENA parte de la grandeza de la fiesta de los toros se la debemos a sus detractores. De ahí que no convenga rasgarse las vestiduras ante la actitud de quienes, en Cataluña, pretenden erradicar un espectáculo que, bárbaro o ecológico, brutal o estético, forma parte de nuestras costumbres. A finales del XV, el cardenal Juan de Torquemada -no confundir con su sobrino, Tomás, el primer Gran Inquisidor- ya proclamaba la ilicitud del toreo por lo que tiene de falta contra el quinto mandamiento de la Ley de Dios y, antes y después, la nómina de personajes adversos a la lidia es larga y talentosa. Sin ellos los toros serían poco más que la petanca, un entretenimiento rústico y atlético.

La bula De salutis gregis dominici, de Pío V, que llegó a santo, prohibió a los fieles la asistencia a espectáculos taurinos bajo pena de excomunión; pero, si nos atenemos al testimonio de Dante Alighieri, no hay ningún lugar específico en el Infierno reservado a matadores, picadores, monosabios, banderilleros y público en general. Quevedo y Lope de Vega eran antitaurinos y no por ello negaremos su talento. Los jesuitas, salvo algún caso de fervor literario como el de Juan de Mariana, se manifestaron siempre contrarios a la fiesta y ello no les impidió forjar, durante siglos, las mejores cabezas de nuestras más válidas minorías.

Los toros gustan o desagradan y tanto valen lo uno como lo otro salvo que se llegue al ridículo en cualquiera de esas direcciones. Tal es el caso de la Ley de Descanso Dominical de 1903 que llegó a prohibir, «en beneficio de los profesionales», la celebración de corridas los domingos y otras fiestas de guardar. Algunos hicieron oficio de la postura, como Eugenio Noel, que encontró en la taurofobia un medio de vida y, en el primer tercio del XX, recorrió España con una prédica contra lo que llamaba «flamenquismo» e incluía a los toros en uno de sus epígrafes.

El peligro para los toros no está en quienes los aborrecen, sean cuales fueren sus razones, incluso las antiespañolas que cabe sospechar en Cataluña; sino en los taurófilos de oficio y beneficio, en los criadores de animales sin casta y bravura, en los toreros sin arte, en las transferencias autonómicas que disminuyen la condición nacional del espectáculo y, sobre todo, en el matonismo de la Administración y de los empresarios taurinos que, en feliz compaña, abusan de los taurófilos.


ABC - Opinión

El juez y su banquero. Por Jesús Cacho

“¿En qué momento se jodió el Perú?” Es la pregunta que, consternado, se formula de manera constante Santiago Zavala, el protagonista de Conversaciones en la Catedral, quizá la mejor de las novelas de Mario Vargas Llosa, de cuya publicación se acaban de cumplir 40 años. Entre cerveza y cerveza y el humo de decenas de pitillos baratos, Zavalita y Ambrosio se lamentan en un humilde bar limeño llamado La Catedral de la triste suerte del Perú, cuándo se fue a pique el Perú, en una suerte de búsqueda existencial que denodadamente intenta dar con la pregunta de futuro capaz de colmar las aspiraciones de ambos: ¿hasta cuándo seguirá jodido el Perú? Y bien, ¿cuándo se jodió España? El profesor Toribio, del IESE, opina que desde el punto de vista económico fue la famosa huelga general del 14 de diciembre de 1988 la que torció el rumbo de la ortodoxia económica hasta entonces seguida por los gobiernos de Felipe González para adentrarse, con Carlos Solchaga al volante, en la carrera de un gasto público desbocado que, por satisfacer a los sindicatos, culminaría con tres devaluaciones y un millón de parados en 1992/93. En lo político, sin embargo, muchos coinciden en que España se había jodido antes, justo en el 85, cuando el propio Felipe decidió acabar con la independencia del poder judicial, haciendo pasar a los jueces por las horcas caudinas del sometimiento a la clase política.

De lo jodida que está la práctica democrática española, de la degradación de sus instituciones, de la postración que sufre la Justicia, santo y seña de la calidad de una democracia digna de tal nombre, acabamos de tener esta semana una buena prueba con la revelación efectuada por María Peral en las páginas de El Mundo sobre la correspondencia mantenida por el intrépido juez de la Audiencia Nacional Baltasar Garzón y el presidente del Banco Santander, Emilio Botín, a propósito de 302.000 dólares de nada que el magistrado necesitaba para financiar unos coloquios por él mismo planteados en la Universidad de Nueva York, dinero que, naturalmente, obtuvo. Una idílica amistad entre el juez campeador y su banquero, que empieza con un “querido Emilio” y termina, pago, arrobo y éxtasis mediante, con “un gran abrazo”. Y varias veces un elocuente “te agradezco la financiación”. Justicia corrompida y banca corruptora y vamos amarraditos los dos, espumas y terciopelo, yo con un recrujir de almidón y tú serio y altanero…

Escándalo sin paliativos, con la prueba del delito expuesta a público escrutinio. Cinco meses después de volver de Nueva York y ya reincorporado a la Audiencia Nacional, el juzgado del inmarcesible juez recibió una querella del difunto Rafael Pérez Escolar –flecos de las “cesiones de crédito”- contra Botín. No se abstuvo de intervenir y no la admitió a trámite. Hizo más: declaró que no tenía ninguna relación con el banquero. Mintió. La Sala de lo Penal de la Audiencia confirmó la inadmisión. Las preguntas corren cual caballos desbocados. ¿Fue la dádiva del Santander una forma de desactivar al juez? La técnica fue puesta en práctica con cierta regularidad en el pasado por la gran banca española. Por casi toda. Con la excusa de que el estipendio que reciben los magistrados es demasiado bajo para sus altos merecimientos, las entidades ofrecían discretamente a togada gente principal la posibilidad de dictar alguna que otra conferencia, por la que recibían un dinero que, por razones de incompatibilidad, no era declarado oficialmente, no obstante lo cual el juez de turno era obligado a firmar un recibo por las cantidades percibidas al solo objeto de dejar “constancia administrativa”. Es fácil colegir que esos recibos en manos del pagador de turno auguraban un buen pasar en caso de tropiezo judicial de mayor cuantía. Se trataba, se trata en el caso que nos ocupa, de una especie de póliza de seguro que ha surtido una eficacia impresionante, pues ha funcionado apenas cinco meses después de producido el siniestro.

Parece obvio que una sociedad democrática dotada de cierto pulso moral no debería permitir ni un minuto más la presencia del juez campeador en la Audiencia Nacional ni su pertenencia a la carrera judicial. Por pura higiene democrática. Las querellas internas de una clase política enferma seguirán, no obstante, sosteniendo al personaje por la peana. PP y PSOE lo han defendido y/o denigrado de acuerdo con sus particulares intereses temporales. Cuando el sujeto, en su infinita ambición, pretendía meter en la cárcel al mismísimo González por el caso GAL, el PP lo alababa como prototipo de magistrado virtuoso. Ahora que el personaje se aplica activamente a la tarea de dinamitar el cuarteado edificio de la derecha española a golpes de Gürtel, el PSOE lo jalea como paradigma del juez ejemplar. Otro tanto ocurre, en mimética traslación, con los grupos mediáticos afines. Véase, si no, la pintoresca defensa del tipo realizada el viernes por El País, columnita escondida en página par mediante: “Garzón dice que no recibió dinero del Santander”. En realidad, Prisa viene oficiando como cuidador de la fortuna del magistrado desde el momento en que, echando de la carrera a Javier Gómez de Liaño, Garzón Real rescató al difunto Jesús Polanco de las tinieblas del caso Sogecable.

Zapatero deja chiquitos a González y Aznar

El texto de la providencia dictada por la Sala Segunda (de lo Penal) del Supremo de 15 de septiembre pasado, exigiendo al Santander la entrega de la documentación referida al caso, es un documento de obligada lectura que habla a las claras de las sospechas que el alto tribunal alienta en torno a la conducta del sujeto. El caso es que el campeador tiene ahora abiertas en el TS causas por los dineros recibidos en los cursos de Nueva York, por los “crímenes del franquismo”, y por la grabación de las conversaciones mantenidas por los imputados del caso Gürtel con sus abogados en la cárcel, asunto gravísimo desde el punto de vista de las garantías de un Estado de Derecho. ¿Servirá todo ello para que el Supremo, por fin, ponga al personaje en su sitio? Menos lobos, Caperucita. La reacción del viernes del CGPJ, último pleno del año, no pudo ser más descorazonadora: mirar hacia otro lado. Hay veces en que los jueces parecen empeñados en ganarse a pulso la consideración que hoy merecen de los ciudadanos. “Es la última de las vilezas consistir que en la Nación no haya Justicia”, dijo Antonio Maura en mayo de 1917, siendo presidente del Gobierno. ¿Aceptaremos noventa y tantos años después tan fatal veredicto?

Corrupción al por mayor. La misma que esta semana ha tocado de lleno a La Moncloa a cuenta de las fusiones televisivas. Rodríguez Zapatero ha dejado chiquito a González en materia mediática, relegando a José María Aznar a la condición de aprendiz. En junio de 2005, el Ejecutivo, violando letra y espíritu de la Ley, autorizó la conversión de un canal de pago (el Plus) en otro en abierto (Cuatro). Cinco meses después, otorgó un nuevo canal de televisión analógica (laSexta) a sus amigos de Mediapro, con el rojo Roures y sus brillantes escoltas (Contreras, García Ferreras y Cía) a la cabeza. Cansado de la arrogancia de Juan Luis Cebrián, el de León había decidido crear su propio grupo de comunicación. La explicación pública ofrecida por la vicepresidenta Fernández de la Vega fue que la iniciativa tenía por objeto “aumentar el pluralismo e incrementar la oferta” (sic). Tres años y pico después, con ambos en bancarrota, Zapatero decide intervenir y poner orden, también vía De la Vega, quien a toque de corneta “sugiere” a los distintos canales la vía de las fusiones.

Los peores augurios se han cumplido. La integración entre Cuatro y laSexta fracasó por la soberbia de Cebrián y las pretensiones de los Roures. Cuñas de la misma madera. Con ser escandalosa, la operación hubiera dejado intacta la posibilidad de que las dos cadenas privadas clásicas, Tele5 y Antena 3, rendidas también al encanto de la ceja, pudieran ejercer un cierto papel de equilibrio en aras de una teórica pluralidad. Ni hablar. A la espera del anuncio de fusión entre Antena 3 y laSexta, Zapatero, en una genial operación de poder personal, ha barrido de un plumazo tal posibilidad. A partir de ahora todas las grandes cadenas de televisión españolas, con sus múltiplos, serán de izquierdas. ¿Dónde ha quedado el pluralismo, señora De la Vega? ¿Tendrá usted la amabilidad de disculparse ante los españoles?

Todas las grandes cadenas serán “zapateristas”

El corolario que cabe extraer de semejante hazaña es que en tres años, más o menos, Zapatero ha metido en el bolsillo de sus amigos de laSexta 500 millones de euros (valoración del equity) y parecida cantidad a los Prisa. Más de mil millones de euros. Unos 185.000 millones de las antiguas pesetas. No está mal para tiempos de crisis. Con ser ello llamativo, es obvio que esto no va de ecuaciones de canje, sino de operación política de altos vuelos destinada a hacerse con el control total de la televisión en España. En efecto, además de salvar de la quiebra a los amigos, La Moncloa les otorga el control de la línea informativa, quiero decir ideológica, de las cadenas resultantes. Entre José Manuel Lara y Jaume Roures, ¿quién creen ustedes que controlará los telediarios del nuevo grupo? ¿Y entre Paolo Vasile y Juan Luis Cebrián? De modo que el mago Arriola puede seguir refocilándose en su cueva de Génova con las encuestas que dan al PP no sé cuántos puntos de ventaja sobre el PSOE, porque, a la hora de la verdad, las elecciones generales las volverá a ganar el de costumbre.

Mención especial merece Cebrián. El País vendía ayer de esta guisa la operación: “Telecinco y Cuatro crean el mayor grupo de televisión en abierto”. Con un par. Alguien dijo que quien es capaz de manipular el lenguaje –“el más peligroso de los bienes”, según Hölderlin- es también capaz de robarte la cartera. Dedicado al desguace y venta por piezas del antiguo imperio Polanco, las tropas de Cebrián han alcanzado sus últimos objetivos gerenciales. De victoria en victoria, hasta la derrota final. ¿Seguirá contándonos el grupo Prisa las orgías del Cavaliere –dueño de ocho canales de TDT en España a partir del próximo abril- con sus velinas en Villa Certosa? Seguro que sí, porque eso es libertad de expresión, ¿verdad, Juan Luis? Y estación término para los hijos del fundador, tan lejos todos del talento del padre.

Dos casos, el de Garzón y el de las televisiones, que enmarcan como ningún otro, como nunca, el grado de corrupción institucional y de la otra que sufre el país. Y bien, ¿cuándo se jodió España, Zavalita? ¿Hasta cuándo aguantará la balacera a que le tienen sometida los corruptos de cuello blanco? Es obligado reconocer que aquella lóbrega España de la primera mitad del XX ha dado paso a un país que, decidido a partir de los sesenta a superar su postración de siglos, ha experimentado una espectacular transformación en lo que infraestructuras y bienestar material –sanidad, educación, esperanza de vida, etc.- se refiere. Los síntomas de agotamiento de aquel impulso son, sin embargo, demasiado evidentes, culpa de la desidia de unos, la locura nacionalista de otros y la mediocridad de casi todos. “La mala suerte colectiva de España”, de que hablaba Caro Baroja. Y lo peor es que adivinan resortes morales capaces de invertir esta deriva. ¿Hasta cuándo se joderá España, Zavalita?


El confidencial - Opinión

¿San Isidro?. Por Alfonso Ussía

A Nuria Espert la ha enloquecido de felicidad el primer paso hacia la prohibición: «A ver si de una vez por todas se acaba con las corridas de toros».

El Parlamento de Cataluña ha aprobado la tramitación de la ley que prohibiría –mejor escrito, prohibirá–, la celebración de las corridas de toros en aquella autonomía. No se engañen los ingenuos. Ni ecologismo, ni defensa de los animales, ni progresismo legislativo. Una grieta más para separarse de España. Primera corrida de toros en Cataluña, a principios del siglo XIV. Barcelona, la única ciudad de España con tres plazas de toros en activo simultáneamente. ¿Cataluña y la cultura? La pintura, la escultura, la música, la literatura, la fotografía… todo eso está en los toros. Y el cine, con Orson Welles a la cabeza, enterradas sus cenizas en un pozo de San Cayetano, la casa rondeña de Antonio Ordóñez, tantas veces compartida con Hemingway y Jean Cocteau. Goya, Vicente López, Picasso, Regoyos, Gutiérrez Solana, decadentes pintores del españolismo trasnochado. La cultura, el progreso de ERC y los nacionalismos del siglo XIX.


Marcel Marceau –otro españolista–, en la definición de la Fiesta: «El único arte escénico que se alimenta a sí mismo es la tauromaquia. La corrida de toros no necesita ni director artístico, ni escenógrafo ni coreógrafo, ni texto, ni música complementaria, porque el toreo es música no compuesta y poesía no escrita». Y Lorca, Cossío, Alberti, Gerardo Diego, Pemán… pobres locos ajenos a la cultura. La cultura es ERC. Prohíbase todo lo que huele a España. No han olido bien. Los toros también huelen a Cataluña, con siete siglos de tradición taurina. Defensa de los animales, no de los niños. A matar sin arte a los indefensos, sangre también, en los vientres de sus madres. Eso es cultura. A poner en riesgo las vidas de los niños que son subidos hasta la cima insegura de una torre humana. Eso es cultura. Me preocupa el futuro de la Fiesta en Madrid. A Nuria Espert la ha enloquecido de felicidad el primer paso hacia la prohibición: «Para mí es una noticia maravillosa. A ver si de una vez por todas se acaba con las corridas de toros, que son una de las mayores vergüenzas que existen en Europa». En Madrid tenemos impuesta a la nena de doña Nuria, Alicia Moreno, mano derecha del Alcalde Ruiz-Gallardón. Cuidado con la nena, San Isidro, cuidado con la nena, que el Alcalde lleva muchos años sometido a sus contundentes bobadas. Años atrás, durante el franquismo, los catalanes cruzaban la frontera para ver tetas en Perpignan. Ahora lo harán para asistir a corridas de toros. A los totalitarios vestidos de demócratas nada les gusta más que prohibir. Queda terminantemente prohibido en Cataluña mirar ombligos que no sean el propio. Y todo revestido de decorados y falso progresismo. Cultureta de aldea. Lo ha dicho Vargas Llosa: «La primera vez que visité Barcelona me maravilló su cultura, su avance respecto al resto de España. Hoy parece un pueblo». Eso. Las ciudades no las definen los grandes edificios, las calles suntuosas y la riqueza de sus habitantes. Las ciudades lo son cuando el pueblo es superado por la inteligencia, y ésta se establece en su armonía, con naturalidad. Tengo ante mí un libro prodigioso. «El Siglo de Oro de la Poesía Taurina», de Salvador Arias Nieto. La identidad de los poetas apabulla. Eso sí es cultura y modernidad. Pobre gente. Pobre Nuria. Pobres de nosotros, los madrileños, con San Isidro a un paso de ser cuestionado.

La Razón - Opinión

La cumbre parió un ratón

El acuerdo de mínimos de Copenhague ni siquiera fija objetivos de reducción de emisiones.

La cumbre de Copenhague sobre el Cambio Climático terminó ayer con un resultado decepcionante, sobre todo a la vista de las expectativas abiertas por el principio de acuerdo previo entre Estados Unidos y China sobre las emisiones de gases de efecto invernadero que incluía una reducción efectiva -aunque insuficiente- por parte del primero, y una reducción ligada al crecimiento del PIB de la potencia asiática.

Pero ni siquiera se ha llegado a esto. El acuerdo final, cocinado por los líderes de unos pocos países y aceptado por el resto, con la oposición de cinco de ellos, sólo reconoce la necesidad de contener el aumento de la temperatura media del planeta en dos grados, un umbral por encima del cual los efectos podrían ser irreversibles, y que en algún momento se ha de llegar a un máximo en la cantidad global de gases emitidos. Un acuerdo con un grado de concreción menor que el del Protocolo de Kioto, a pesar de que la situación es ahora mucho más preocupante que hace una década.


Los líderes mundiales eran conscientes de que no bastaba con un compromiso concreto de reducción de las emisiones si no iba acompañado de una definición sobre los procedimientos para alcanzarlo, que implican necesariamente cambios profundos en nuestros hábitos de consumo energético y afectan a la vida ciudadana, a los usos domésticos, a la movilidad y la actividad industrial. Pero en Copenhague ni siquiera se ha logrado lo primero. El nivel total de emisiones no ha dejado de aumentar desde que se celebró la Cumbre de la Tierra de Río, en 1992, donde se sentaron las bases de los acuerdos que vendrían después. Y no parece, a la vista de la escasa voluntad mostrada por los países que más emiten, que esa tendencia vaya a cambiar en los próximos años. Malas noticias sin paliativos, para el planeta y para el conjunto de sus habitantes.

Todos tienen una parte de responsabilidad en este fracaso, pero no hay duda de que la mayor debe asignarse a Estados Unidos, que es, con diferencia, el primer país en emisiones per cápita, y a la par que China, con más de cuatro veces su población en emisiones globales, que no aceptó compartir esfuerzos con los demás países desarrollados en el Protocolo de Kioto, y que ha seguido incrementando sus emisiones poniendo su interés económico a corto plazo por delante de cualquier otra consideración.

Por supuesto que otros países también pueden entorpecer el progreso en este campo, pero una actitud decidida de los estadounidenses cambiaría radicalmente el panorama. Ahora seguimos esperando que el Senado y el Congreso de dicho país tengan a bien debatir y aprobar una ley sobre emisiones de CO2 para poder concretar una política global que mitigue los efectos de la dinámica de cambio climático en la que estamos envueltos. Esperemos que esto ocurra pronto y los líderes mundiales puedan volver a reunirse el año que viene y rubricar el acuerdo firme y eficaz que el planeta necesita.


El País - Editorial

Un acuerdo decepcionante, una concienciación esperanzadora

La cumbre de Copenhague se cierra con una declaración de intenciones y las expectativas puestas en México 2010

LAS DOS semanas de cumbre contra el cambio climático que se clausuraron ayer en Copenhague se han cerrado, en la práctica, sin ningún contenido. El «no hay tiempo para hablar, hay que actuar» que proclamó Obama en su discurso, no se ha cumplido. De entrada, cada país es libre de adoptar o no el acuerdo para la protección del clima.


Además, los objetivos fijados son inconcretos y poco ambiciosos: se aplaza a febrero de 2010 cuánto deben reducir los países ricos sus emisiones de gases de efecto invernadero; EEUU sólo admite rebajarlos un 4% respecto a lo que contaminaba en 1990; y se expresa el vago deseo de limitar la subida de las temperaturas en dos grados con respecto a las registradas en 1900, sin tener en cuenta que con los compromisos apalabrados se calcula que la temperatura rebasará en tres grados a la de hace un siglo. Por si todo esto fuera poco, China, el primer productor de gases contaminantes del planeta, ha conseguido que sus emisiones no las supervisen organismos internacionales, lo que impide una valoración objetiva. Por eso se entiende la indignación de los ecologistas, que hablan de «vergüenza climática», y el escepticismo de la propia ONU, que se limita a calificar la resolución final como «mera declaración de intenciones».

No sólo el contenido del acuerdo ha sido decepcionante, también la forma de lograrlo. Cinco países se han negado a firmarlo. Dado que las bases de este tipo de encuentros obligan a que lo pactado se suscriba de forma unánime, la organización se ha visto forzada a inventar una fórmula para sacar adelante el documento final, que consiste en constatar que todos tienen «conocimiento» de lo que en él se dice.

El revés de la cumbre es especialmente doloroso para Europa. Primero, porque la UE era la que llegaba a Copenhague con un planteamiento más ambicioso. Pero, sobre todo, porque el acuerdo final se cocinó en una reunión personal entre el presidente estadounidense y el jefe del Gobierno chino, lo cual pone de manifiesto el papel secundario al que ha quedado relegado nuestro continente tras el despegue de China.

Aunque para muchos el resultado de la conferencia ha supuesto una desilusión, ello no debe empañar los avances. El más importante, capital para el futuro, es la concienciación social y política mundial del problema del clima, que se comprueba sólo con comparar la repercusión que tuvo hace una década la cumbre de Kioto con ésta de Copenhague. Allí la autoridad más destacada fue el vicepresidente Al Gore; en la capital danesa ha participado más de un centenar de jefes de Estado y de Gobierno, incluidos los de las primeras potencias y los de los países más contaminantes. Lo mismo cabe decir en cuanto a la resonancia pública: el impacto mediático ha sido extraordinario. Se ha dado así un salto cualitativo fundamental que permite augurar que lo que no se ha firmado en Copenhague quizás pueda rubricarse en la cumbre de México de 2010.

Si hace dos semanas había 37 países comprometidos con el problema del calentamiento global, desde ayer son ya 187. Por eso no anda tan desencaminado el secretario general de la ONU, Ban Ki-moon, cuando apunta que aunque el resultado «no es lo que esperábamos», se trata de un «buen comienzo».


El Mundo - Editorial

Los toros, principal problema de Cataluña

Ajenos a los problemas reales de los ciudadanos, los políticos catalanes van a dedicar sus mejores esfuerzos legislativos en acabar con una tradición cultural que en ningún otro lugar supone un problema que el Estado deba regular de forma coactiva.

Los políticos de todos los partidos tienen una tendencia natural a intervenir en los asuntos privados de los ciudadanos, pero en el caso de la izquierda y los nacionalistas esta propensión se exacerba hasta llegar a extremos ridículos, como está ocurriendo con la polémica desatada en torno a las corridas de toros en Cataluña.

Si la iniciativa legislativa popular que esta semana fue admitida a trámite en el parlamento catalán sale adelante y es finalmente aprobada, las corridas de toros quedarán terminantemente prohibidas en el territorio de la comunidad autónoma catalana. La consecuencia inmediata será que proliferen los festejos en las ciudades que limitan con Cataluña y los beneficios que produce la Fiesta Nacional irán a otros bolsillos, porque la sociedad civil elude siempre de un modo u otro las prohibiciones estatales utilizando el sentido común y la capacidad empresarial innatos en todo ser humano. Los catalanes podrán seguir disfrutando de la fiesta taurina pero dejando los beneficios en otros bolsillos, algo que a la clase política catalana parece tenerle también sin cuidado.


Vaya por delante nuestro respeto hacia los que, por cuestiones de orden moral, se declaran contrarios a las corridas de toros, los cuales tienen perfecto derecho a expresar su rechazo por métodos pacíficos; pero, al tiempo, exigimos el mismo respeto a los varios millones de españoles que consideran la fiesta taurina una tradición nacional y disfrutan de ella en prácticamente todo el país.

Es quizás en esta última clave, su arraigo compartido en casi toda España, en la que hay que situar los esfuerzos legislativos de un parlamento autonómico dominado por la ideología nacionalista, para el que cualquier expresión cultural española resulta inadmisible en su tarea de “construcción nacional”. Lo acredita el hecho de que mientras que el sentimiento antitaurino está ampliamente repartido por nuestra geografía, sólo en Cataluña, junto a Canarias, donde la tauromaquia nunca ha tenido arraigo popular, los políticos se muestran decididos a suprimir las corridas de toros, que tanta afición concita entre muchos catalanes, incluidos algunos políticos que, hipócritamente, anteponen ahora otros intereses a la libertad de los ciudadanos para elegir libremente a qué tipo de espectáculo público quieren acudir.

Por otro lado, si se trata de evitar el sufrimiento de un animal para diversión del pueblo, no se entiende que la iniciativa antitaurina haya dejado al margen el espectáculo de los “correbous”, típico de muchas poblaciones catalanas, en el que el toro es atado a un poste para colocarle antorchas en los pitones, y más tarde verle correr despavorido por su temor natural al fuego mientras las brasas le caen en los ojos como tortura añadida. Un espectáculo, indudablemente, mucho más cruel con el animal que la lidia tradicional, sometida a un ritual perfectamente delimitado y de obligado cumplimiento para los matadores.

Ajenos a los problemas reales de los ciudadanos, los políticos catalanes van a dedicar sus mejores esfuerzos legislativos en acabar con una tradición cultural que en ningún otro lugar supone un problema que el Estado deba regular de forma coactiva. Los desempleados catalanes y los empresarios que se han visto obligados a cerrar sus negocios tienen de esta forma un motivo más para sentirse “orgullosos” de su clase política.


Libertad Digital - Editorial

Suspenso general al Gobierno

EL Gobierno de Rodríguez Zapatero va a cerrar el año con un balance negativo en la opinión pública sobre los asuntos de más relevantes de su gestión. Según la encuesta que hoy publica ABC, la situación económica, la dirección política y la resolución del «caso Haidar» merecen un claro suspenso por parte de los ciudadanos, aunque la necesidad de esperanzarse aparece en el mayor porcentaje de los que piensan que la economía mejorará en 2010, frente a los que temen lo contrario. Aun así, los encuestados prevén que el empleo y el poder adquisitivo de las familias seguirán cayendo, lo que demuestra que las causas de la incertidumbre y el temor por el futuro se mantienen. Con estas bases será muy difícil que se cumplan los pronósticos optimistas del Gobierno. Contra la desconfianza de la sociedad, las palabras no bastan. Además, si el Ejecutivo pretendía insuflar ánimos con un nuevo modelo productivo, el intento ha fracasado de antemano, porque los encuestados rechazan que los Presupuestos Generales de 2010 o la Ley de Economía Sostenible vayan a ser eficaces. No es extraño, entonces, que el 63 por ciento de los ciudadanos consultados considere que la situación económica es mala o muy mala. No es una opinión sólo de los votantes del PP. El 48 por ciento de los votantes socialistas piensa igual.

En el terreno político, la opinión de los españoles sobre la situación actual es mayoritariamente negativa (53 por ciento) y ha empeorado desde el sondeo de mayo pasado. No en vano, desconfían de la clase política y suspenden claramente tanto a Gobierno como oposición, dato éste que sigue lastrando al PP ante la opinión pública e incluso entre sus propios votantes, porque si los socialistas aprueban por poco al Gobierno (5,7 por ciento), por el contrario los del PP suspenden a este partido con un 4,7 por ciento.

En el plano internacional, los españoles confían en los buenos resultados de la Presidencia europea del próximo semestre, sentimiento abonado por el acuerdo de Estado con el PP. Pero el reverso es la resolución de la huelga de hambre de Aminatu Haidar, porque los encuestados coinciden con las críticas del PP en que España ha salido debilitada frente a Marruecos y en que el reino alauí ha sabido imponer sus intereses frente a España, opinión que comparte el 49 por ciento de los votantes socialistas. Mal cierre para Zapatero.


ABC - Editorial

Que TV3 se fusione con RTVE y colorín, colorado. Por Federico Jiménez Losantos

Las dos cadenas de TV creadas de la nada y contra el espíritu de la Ley por Zapatero –la Cuatro y la Sexta- han sido absorbidas simultáneamente por Tele 5 y Antena 3 mediante una operación entrañablemente navideña, con dos ricachos avarientos compadeciéndose de dos pobretones manirrotos, ahorrándoles así la quiebra, el concurso de acreedores y otros lances de la prestidigitación empresarial política, abocada casi siempre a la mendicidad. Es un placer malsano, si alguno no lo fuera, leer los elogios de la alianza, que en rigor es venta barata o sumisión comercial, de Prisa a Berlusconi, reciente huésped desvestido de sus portadas veraniegas. A mí es que con Cebrián me da la risa: ¡pues no culpa al Gobierno de haber creado la Sexta para sus amigos! ¿Y el regalo de cambiar la televisión de pago Canal + por la 4 en abierto? ¿No ha sido otra ruina no semejante sino todavía peor? Es tan fatuo el hombretón de Prisa que si estuvieran a punto de cocerlo los caníbales les impondría la cantidad de sal necesaria para condimentarlo de forma progresista. Por mandar, mandaría hasta que le cortaran la cabeza.

Pero lo cierto es que el regalo a Prisa y el regalo a Mediapro han acabado en manos de Berlusconi y Lara, con la diferencia de que los catalanes, que ya han mostrado su obediencia al Tripartito, han ganado un dinero que no tenían –Roures y demás- o van a ganarlo –Lara- vendiendo el fútbol a las colonias de la metrópoli cataláunica y editoúnica. Los progres de Barcelona se han forrado y le han traspasado el chollo al Grupo Planeta mientras que los progres de Madrid se han arruinado y se ha hecho con sus despojos Berlusconi. Diferencia notable: unos, de todo a nada; otros, de nada a todo.

¿Pero y las libertades? ¿Y el pluralismo al que se supone que debería servir el sistema de concesiones políticas de licencias de emisión de radio y TV? Pues si antes amenazaba ruina, ahora se ha venido abajo con estrépito. Zapatero presumía de que con él habíamos pasado de cuatro cadenas nacionales a seis. Y era verdad. Progres e ilegales, pero ahí estaban. ¿Y ahora? ¿Volvemos a las cuatro de Aznar? Sí. Y pueden quedarse en dos, pero con veintitantos canales de TDT de pago, que acabarían con cualquier pluralidad en el sector privado. En el público, Zapatero y Montilla podrían fusionar RTVE y TV3 con todos sus canales de TDT, gratuitos o de pago, que serán seiscientos mil, y por fin habríamos conseguido el eterno sueño totalitario de nuestra clase política: volver al Parte. Y, encima, pagando.

Lo menos sórdido entre tanta indecencia sería que si dos cadenas se fusionan, una licencia salga de nuevo al mercado. Y si son dos pares, dos licencias. Todo lo que no sea eso, supondrá una vuelta de tuerca más a este tornillo que nos falta, que es el de la libertad. Esperaremos sentados, no sea que nos cansemos esperando la tradicional lucha por el pluralismo de los partidos de la Oposición. Lo mismo piden una sola cadena. Para ahorrar.


El blog de Federico

sábado, 19 de diciembre de 2009

La oposición os sienta tan bien. Por Maite Nolla

Zapatero convoca a los presidentes de las comunidades autónomas para que le sirvan de coartada. Y los presidentes del PP se levantan, le dejan plantado y encima convocan una rueda de prensa para explicarlo. Vibrante: la oposición haciendo de oposición.

Me estoy poniendo al día en las cosas del fútbol porque mis jefes y compañeros de tertulia me están obligando. Uno de los conceptos que he incorporado a mi repertorio, para aparentar que sé algo, es que los ingleses celebran los córners como si fueran medio gol. Algo indescifrable para una servidora, pero que me han explicado con paciencia. Resulta que los votantes del PP o los que lo fueron, se comportan de igual modo y celebran ya cualquier signo de vida en la oposición. Y esta semana, la oposición ha decidido hacer de oposición y, oigan, hay que decirlo.


La conferencia de presidentes autonómicos convocada por Zapatero acabó de la mejor manera posible: con un fracaso absoluto y un vibrante boicot del PP. Reunir a todos los presidentes autonómicos como si fueran iguales es una pantomima, porque ni son iguales ni los que mandan en España, socialistas y nacionalistas, quieren que lo sean; y lo peor, Zapatero ha promovido todo tipo de normas y de iniciativas políticas para que los españoles no sean iguales por ser españoles, sino que sus derechos dependan de la comunidad autónoma en la que estén censados. La asimetría, que dijo Maragall. El estatuto de la Moncloa, la ley de financiación autonómica o la regulación de los impuestos en el País Vasco, demuestran que vivir en Burgos o en Zaidín, no es lo mismo que vivir en Santa Coloma de Gramenet.

Y como si eso no fuera así, Zapatero convoca a los presidentes de las comunidades autónomas para que le sirvan de coartada. Y los presidentes del PP se levantan, le dejan plantado y encima convocan una rueda de prensa para explicarlo. Vibrante: la oposición haciendo de oposición. Y haciendo de oposición de forma eficaz, tocándole la moral al señor presidente y que se note.

Es verdad que en caso contrario les estaríamos dando las suyas, porque, como han dicho los socialistas en pleno enfado, los presidentes del PP representan a sus ciudadanos y no a su partido. Exacto. Y porque representan a todos, incluso a los que no les han votado, no podían hacer otra cosa que irse. Precisamente por eso, han dejado a Zapatero y a Montilla hablando de sus cosas. Les hubiéramos reprochado, y mucho, pactar cualquier cosa con el que tiene de ministro de Trabajo a Celestino Corbacho y de secretaria de Estado a Maravillas Rojo; el nacionalismo sobrevenido e incompetente plantado en Madrid, y cargado de sinceridad, eso sí. Les recuerdo que el señor Corbacho, emocionado, dijo que él era el que tenía menos instrumentos para luchar contra el paro. Si dice eso el ministro de Trabajo, ¿quién tiene instrumentos para luchar contra el paro? ¿La ministra de Vivienda, que encima no tiene competencias ni sobre vivienda?

Ya ven, nos conformamos con poco y lo celebramos como celebran los ingleses los córners. Es de esperar que Rajoy y sus próximos sientan el vértigo y después de fiestas volvamos a la oposición en standby; pero de momento disfrútenlo.


Libertad Digital - Opinión

Viento de León. Por M. Martín Ferrand

A mitad de camino entre el pensamiento de Proudhon -«la propiedad es un robo»- y la estética expresiva de Ramoncín -«El rey del pollo frito»-, José Luis Rodríguez Zapatero ha dicho en Copenhague que «La Tierra no pertenece a nadie, sólo al viento». Los apologistas del líder socialista, quienes han convertido en oficio el ditirambo sobre el personaje, se han apresurado a subrayar el fondo poético que le anima, su delicada sensibilidad; pero sus hermeneutas, quienes tratan de vislumbrar la verdadera intención que anima la confusa conducta del presidente, sospechan que el brote poético no es otra cosa que un velado ataque a Mariano Rajoy. El líder del PP es, por vocación y por oposición, registrador de la Propiedad. En tal menester, más que en su larga y variada dedicación política, es donde el compostelano tiene acreditada su mayor valía y su mejor capacidad y, ¿cómo se inscribe el viento, que no tiene DNI ni NIF, en un Registro de la Propiedad? Zapatero no da nunca puntada sin hilo y lo que podría parecer un lirismo cursi y trasnochado es, en profundidad, una afilada daga que pretende quitarle a su principal oponente su mayor mérito en el pasado y su mejor oportunidad de futuro.

Cuando Zapatero se aleja del asfixiante ambiente monclovita, en el que la púrpura le abruma y donde le domina una rara pulsión por reescribir la Historia de España y desenterrar todos sus muertos, es como mejor se observa su prístina personalidad y se puede valorar con mayor precisión y justeza la verdadera dimensión ideológica del personaje. Alguien capaz, en tiempo de materialismo encendido y grosero, de apelar al valor del viento y, simultáneamente, sublimar la idea de la propiedad en la que se sustenta, no sin resquebrajamientos y confusiones, el orden establecido no es un personaje para pasarle por alto con una faena de alivio. Gracias a momentos, como la Cumbre del Clima de Copenhague, en donde le vemos lejos de los miembros del equipo gubernamental que tanto le empequeñecen, es cuando Zapatero brilla con luz propia. Hacen falta convicciones profundas y reciedumbre de carácter para, rodeado de dos centenares de líderes mundiales, escoger un abrazo a Hugo Chaves mejor que un apretón de manos a Barack Obama, Angela Merkel o Nicolas Sarkozy... despreciables gentes de derechas con un claro sentido de la tradición cristiana de Occidente e incapaces para el lirismo ventoso.

ABC - Opinión

Escenas de la Guerra Fría. Por José María Marco

La llamada confirma una intuición previa, y es que probablemente todo el asunto ha sido una puesta en escena, por no decir una farsa, y que el Gobierno de Rodríguez Zapatero y la activista iban de la mano, al menos en parte del episodio.

La llamada del Gobierno de Rodríguez Zapatero a la esposa de Saramago, amiga y al parecer representante de la activista saharaui, aclara bastante bien todo el episodio, incluida la petición de las Cortes para que se comprometieran en el asunto hasta las más altas instancias, lo que en lenguaje llano se ha interpretado como una invitación –inédita por su significado– a la intervención de la Corona.


La llamada confirma una intuición previa, y es que probablemente todo el asunto ha sido una puesta en escena, por no decir una farsa, y que el Gobierno de Rodríguez Zapatero y la activista iban de la mano, al menos en parte del episodio. El objetivo explícito era poner el asunto del Sahara en la agenda política internacional. Para eso se ha sacrificado durante unos días la activista, que consigue lo que se había propuesto. Esto incluye, además, la consolidación como representante del llamado "pueblo saharaui" de una minoría relacionada con lo que queda del Frente Polisario. En su origen, el Polisario fue un grupo terrorista antiespañol, hoy vestigio de la Guerra Fría, al igual que el amigo Saramago y como todo el episodio del aeropuerto, que despide un inconfundible aroma a escenificación de cuando estaba vigente la política de bloques.

Por su parte, el Gobierno español ha dado pasto a sus apoyos más izquierdistas y más artísticos, los mismos que viven y se divierten en Marrakech –como siguen yendo a Cuba y antes a Rumanía– pero apoyan al "pueblo saharaui". El mismo Gobierno se ha rehecho un look radical al enarbolar otra vez el slogan de la autodeterminación. También ha acabado por aceptar el statu quo impuesto por Marruecos y se aplaza cualquier posible aplicación de las resoluciones de la ONU al antiguo Sahara español.

¿Hasta qué punto la activista saharaui y sus amigos, entre ellos el Gobierno socialista español, habían previsto este resultado? El futuro lo dirá. Aun así, resulta poco realista suponer que aspiraran a algo más ambicioso. En otras palabras, es probable que la publicidad en pro de la autodeterminación se haya pagado con la consolidación del statu quo.

Si esto es así, el primero que sale ganando es el régimen marroquí. Gana además la elite saharaui, que ahora, en nombre del momentáneo sufrimiento de una activista, exigirá sacrificios sin cuento a "los suyos". Y sale ganando el Gobierno socialista, que ha demostrado estar dispuesto a llegar hasta la humillación –véase el viaje a Washington del ministro Moratinos– en pro de una causa humanitaria, habiendo actualizado además su imagen progresista.

Salen perdiendo, como no podía ser de otro modo, los saharauis. Se les ha sacrificado a los intereses de sus supuestos representantes y, en nuestro país, a la imagen de quienes no pueden dejar de recurrir al tic antiespañol, que es para lo que sirvieron en su día el Frente Polisario y la "causa del pueblo saharaui".


Libertad Digital - Opinión

Causa justa. Por Ignacio Camacho

HA ganado ella. Sólo ella. Marruecos, España y el Polisario han intercambiado concesiones, alivios, renuncias y éxitos parciales, según los casos, pero Aminatu Haidar ha ganado de una forma lineal, manifiesta, transparente y rotunda su terminal desafío de dignidad. Jugó al límite, a una dialéctica descarnada y casi suicida, a una apuesta intransigente sin términos medios por su causa. Victoria o muerte. Y ha sido victoria.

La causa primera de Haidar no era el Sáhara, ni el Polisario, ni la autodeterminación, ni la política. Esas cuestiones estaban sin duda al fondo del conflicto planteado por su huelga de hambre, por la intransigencia marroquí, por la torpeza y la ambigüedad española, pero Aminatu se dispuso a morir por algo mucho más simple y primordial que todo eso. Su causa era la de un derecho elemental y prístino, arrebatado de forma arbitraria por una decisión injusta, ilegal, caprichosa y despótica. El derecho de volver a su tierra sin tener que pedir perdón a un rey medieval por un pecado de desobediencia que ni siquiera había cometido.


Ese derecho es el que motivó la corriente solidaria de simpatía general, al margen de ideologías y sectarismos, por su lucha a cuerpo limpio contra la red de cruzados intereses políticos y de pasteleros juegos diplomáticos que la había dejado como una paria en tierra de nadie. Su reto testarudo era un grito de rebeldía frente al conformismo, un acto supremo de autoexigencia y de decoro que la convirtió en heroína de la resistencia moral. Y que ha terminado en un éxito rotundo. Sin pedir perdón, sin humillarse.

El resto, sí, es política. Una política en la que todos han tenido que ceder: Marruecos, envainándose su rabioso gesto prohibicionista; España, admitiendo la soberanía marroquí sobre el Sáhara tras exigir la autodeterminación y reconociendo su vergonzosa complicidad en la deportación de la activista. Incluso el Polisario, que ha visto reverdecer su causa olvidada, ha sufrido al final el revés de un acuerdo hispanomarroquí propiciado por Estados Unidos y Francia. El desafío solitario de Aminatu Haidar ha involucrado a ministros, embajadores, presidentes, secretarios de Estado y hasta un monarca absoluto. Y a todos los ha doblegado a base de paciencia, sacrificio y coraje, como una Gandhi con hiyab respaldada por el sentido común de la justicia.

A ver qué dicen ahora los pragmáticos, acomodados posibilistas de la izquierda que le pedían a Haidar que desistiera, que depusiese su dignidad, que volviese a comer. Que ya había obtenido una atención suficiente para la demanda saharaui, que no molestase más al progresista Gobierno que había aceptado su expatriación infame. Pero Aminatu continuó porque su lucha era otra más primaria y noble, más íntegra y transparente. La rebelión contra un atropello moral, contra una indecencia humanitaria y contra una arbitrariedad política. Contra una injusticia.


ABC - Opinión

El bumerán del Sáhara golpea a Zapatero en la cabeza. Por Juan Carlos Escudier

Ya fuera por los dictados de la geopolítica, que obliga a la buena vecindad si uno quiere mantener limpio el patio trasero, por afear la conducta de Aznar, que el único viento que bebía por ese país era el duro de Levante, o porque a Felipe González le gusta bajarse al moro y Mohamed VI le trata como a un pachá, las relaciones con Marruecos experimentaron un giro copernicano desde el retorno del PSOE al poder en 2004. Para que no cupieran dudas, Moratinos advirtió en abril de ese mismo año en una entrevista a Le Figaro de cuáles eran las intenciones del nuevo Gobierno: “Es lamentable que se haya dejado crecer una crisis permanente con Marruecos. Nuestra prioridad va a ser establecer una relación privilegiada. Más que nunca, es necesario que haya una complicidad entre España y Marruecos, entre Francia, España y Marruecos y entre Francia, España, Marruecos y el Magreb”. ¿Y los saharauis? Tendrían que conformarse con que algunos de sus niños nos visitaran en verano para que pudieran contar en los campos de refugiados los misterios del aire acondicionado.

Hasta que esa testaruda de Aminatu Haidar vino a recordar a Zapatero que una cosa son los intereses nacionales y otra muy distinta la idea que de la justicia y la dignidad tiene la opinión pública, todo se había desarrollado según lo previsto. Había habido tensiones, como el viaje del Rey a Ceuta y Melilla o las avalanchas de inmigrantes en las sirgas tridimensionales de la frontera, pero la mano izquierda y la billetera habían sido suficientes para aliviarlas. Con Argelia, Túnez o Mauritania se guardaban las formas, pero la decisión de dar preferencia Marruecos no podía ocultarse. Ni una causa perdida como se entendía que era la del Sáhara Occidental ni algo tan etéreo como las violaciones constantes de los derechos humanos debían poner en riesgo los beneficios de una colaboración provechosa en el control del integrismo, la inmigración o el tráfico de drogas. No íbamos a poner peros a los gendarmes marroquíes, a los que además les vendíamos la porra y el resto de abalorios.

Con buen criterio en este caso, el Gobierno entendió que un Marruecos próspero sólo podía favorecernos. Un especialista en el Magreb como el economista Iñigo Moré tenía el asunto bien estudiado: “Si tu vecino es pobre no puedes enriquecerte comerciando con él (…) El fracaso de un vecino pobre se refleja en la vida cotidiana del país rico por muchas vías: un comercio escaso, migraciones masivas o conflcitos bélicos”, afirmaba en un reportaje de El Periódico de octubre de 2004. El PIB español, que en 1970 cuadruplicaba al marroquí, en 2008 lo multiplicaba casi por 19. Algo tan simple como que Marruecos y Argelia abrieran sus fronteras al comercio recíproco, generaría riqueza suficiente en ambos países para aumentar considerablemente sus importaciones a España y elevar en varias décimas la nuestra.

Responsabilidad como ex potencia colonial

Nada que objetar, por tanto, a la estrategia de favorecer el crecimiento de Marruecos y a facilitar su estatuto avanzado con la UE, por mucho que los productores de tomate hayan montado en cólera. Pero la buena vecindad y el trato comercial privilegiado no tendrían que haber derivado en el abandono de la posición tradicional española respecto al asunto del Sáhara. La responsabilidad como ex potencia colonial aconsejaba, al menos, mantener una postura coincidente con las resoluciones de Naciones Unidas, y no utilizar el contencioso como un apéndice de las relaciones bilaterales, de forma que un día se defiende la autodeterminación y al siguiente se acepta que el Sahara sea la provincia marroquí del sur, en función de si estamos de uñas con Mohamed o a partir un piñón.

La dejación de responsabilidades que supuso el vergonzante abandono de la colonia fue la causa de un conflicto armado de varios años y de la tragedia de todo un pueblo que, en su éxodo hacia los campos de refugiados, conservó como recuerdo el DNI que acreditaba su pasada condición de ciudadanos españoles. A partir de ese momento, Rabat se ocupó de abortar cualquier posibilidad de solución al conflicto, desde el Plan de Arreglo al Plan Baker II, con la connivencia ocasional de Naciones Unidas, uno de cuyos secretarios generales, Javier Pérez de Cuéllar, llegó a ser recompensado con un cargo en ONA, el conglomerado de empresas más importante de Marruecos.

A los saharauis les ampara la legalidad establecida por la propia carta de la ONU, que consagra la autodeterminación para los casos de descolonización, como es el del Sáhara Occidental. Argumentar como hace Marruecos que la renuncia de su soberanía sobre la zona desestabilizaría el regimen con consecuencias imprevisibles desde el punto de vista de la seguridad no deja de ser una excusa de mal pagador. Las perspectivas de futuro tampoco son halagüeñas. Imaginar un Marruecos democrático, un Sáhara independiente y un Magreb unido por lazos económicos y políticos similares a los de la Unión Europea no deja de ser un brindis al abrasador sol del desierto.

Un conflicto olvidado

La huelga de hambre de Aminatu Haidar ha servido para recuperar la memoria sobre un conflicto olvidado y para demostrar que los pretendidos avances en democracia y modernidad del reino alauita son poco más que eslóganes propagandísticos. Si algo ha conseguido la dureza del regimen con la activista ha sido aumentar su descrédito y volver a colocar la cuestión del Sahara en la agenda internacional.

Para que su propuesta de amplia autonomía para la región bajo soberanía marroquí fuera creíble debería de ir acompañada de gestos que demostrasen inequívocamente su voluntad de entendimiento. Torturar y encarcelar a quienes defienden la independencia del Sahara o portan su bandera e impedir el regreso de los refugiados no dice mucho a favor de esas buenas intenciones. ¿Qué mensaje transmite quien, tras mantener cuatro rondas de conversaciones en Austria con el Polisario, detiene a ocho de sus militantes que habían visitado Argel y los campos de Tinduf y les acusa de colaboración con el enemigo?

Haidar ya está en El Aaiún. Pocas horas antes de que Marruecos aceptara su regreso, Moratinos reconocía haber sido informado de su expulsión, por lo que sólo cabe interpretar que, ya sea por omisión o por acción, es cómplice de la arbitrariedad. Del inicial desprecio a la actitud de la saharaui, sólo la presión de la opinión pública permitió al Gobierno ser consciente del embrollo en el que se había metido. Intentó todo, desde ofrecer a Haidar el estatus de refugiado o la nacionalidad hasta colarla en Marruecos por la puerta de servicio. Finalmente, a regañadientes, pidió la ayuda de Francia y Estados Unidos, cuya mediación ha sido imprescindible para resolver el caso.

Tenemos un vecino que no nos considera interlocutor suficiente, pese a que le doramos la píldora y le colmamos de atenciones. No es casualidad que bajo la presidencia española de la UE vaya a celebrarse la primera cumbre UE-Marruecos. Sin embargo, nada parece bastante. En lo único que podemos confiar es en la permanente desconfianza de Mohamed VI y de su reino. Y con esa certeza deberíamos mirar al otro lado del Estrecho.


El confidencial - Opinión

Haidar: efectos políticos

Rabat obtiene el reconocimiento de Francia y España, pero desacredita la salida autonómica.

La comunidad internacional ha acogido con satisfacción el desenlace de la crisis que mantenía en el aeropuerto de Lanzarote a la activista saharaui de derechos humanos Aminetu Haidar. El alto número de comunicados oficiales emitidos desde diversas capitales de todo el mundo demuestra que Marruecos cometió un grave error político, además de un atropello contra los derechos humanos, en los que el papel de España ha quedado en entredicho por la actuación, aún confusamente explicada, del ministro Moratinos. Rabat sólo pareció tomar conciencia en los últimos días de que su indiferencia hacia la suerte de Haidar, en huelga de hambre durante un mes, iba traduciéndose en un progresivo descrédito de su posición sobre el Sáhara, y de ahí que haya aceptado finalmente el retorno de la activista.


A juzgar por los comunicados emitidos por los Gobiernos más activos en la búsqueda de una solución (Francia y Estados Unidos, además de España), Rabat ha querido revertir los efectos políticos de la crisis cuando empezaban a alcanzar proporciones inasumibles para sus intereses. De ahí que, en aras de una solución que evitase el fallecimiento de Haidar, los comunicados de los Gobiernos español y francés hayan accedido a hacer el elogio de un régimen que no lo merece en lo que respecta a este caso, y puede que tampoco en la marcha general de la democratización y el respeto a los derechos humanos. Los proyectos modernizadores de Mohamed VI parecen pertenecer más a los buenos propósitos del pasado que a una voluntad política actual, como lo prueban los retrocesos en la libertad de prensa y el endurecimiento de la represión contra los saharauis y el conjunto de la población.

España y Francia también han coincidido en realizar un equívoco reconocimiento sobre la aplicación del derecho marroquí en el territorio del Sáhara. Es obvio que se trata de una concesión política a Rabat para que accediese al retorno de Haidar. Pero no es seguro, desde el punto de vista de la legalidad internacional, que Marruecos pueda extender sin más su ordenamiento al Sáhara, un territorio del que tomó posesión en 1975 y que tiene pendiente el ejercicio de la autodeterminación. Y tampoco es enteramente cierto que, pese a todo, esté aplicando su ley, si es así como se quieren interpretar los comunicados de España y Francia: en este momento siguen existiendo normas específicas que restringen los derechos de los saharauis con respecto a los de los marroquíes.

La secretaria de Estado norteamericana, Hillary Clinton, ha hecho pública, por su parte, una declaración menos comprometida que las de Madrid y París, insistiendo en la vía autonomista como solución al problema del Sáhara. El mayor coste para Rabat de esta crisis es el descrédito de esa salida: para que resultara creíble serían necesarios avances inequívocos en la democratización del régimen. Exactamente lo contrario de cuanto estos días ha quedado al descubierto.


El País - Opinión

No son los toros, es la escalada de antiespañolismo

La propuesta para prohibir las corridas en Cataluña, pulso político más que debate social.

LA PROPUESTA de prohibir las corridas de toros que ha llegado al Parlamento catalán es una iniciativa con trampa. Por eso, cuando la Cámara aceptó ayer debatir en próximas sesiones sobre este punto y votar la posible supresión, cometió un grave error. Nada cabe objetar a quienes consideran que los espectáculos taurinos implican maltrato animal y, en consecuencia, solicitan su erradicación. Pero hasta los promotores de la iniciativa legal para que los toros sean proscritos, así como los diputados que la han apoyado por convencimiento, convendrán que defensores de los derechos de los animales los hay en toda España y en ningún otro lugar se ha llegado tan lejos. La explicación es clara: la legítima aspiración de los antitaurinos ha contado en Cataluña con un aliado de conveniencia que ha visto la ocasión para seguir marcando distancias con el resto de España. Seamos rigurosos; sin el decidido apoyo de los nacionalistas, el envite nunca hubiera prosperado. Eso quiere decir que no estamos tanto ante un debate social -que lo hay, y no hay que temer abordar-, como ante un nuevo pulso político que contamina de raíz la polémica. Si de verdad el interés de los nacionalistas fuera la defensa de los animales, bien podrían plantear una modificación de las corridas para preservar el festejo evitando que muriera el toro, como sucede por ejemplo en Portugal. O añadirían en su empeño otras actividades como la caza, la pesca, el embuchamiento de ocas... Su objetivo es otro. No es casualidad que en las manifestaciones antitaurinas en Cataluña predominen las banderas independentistas, como no lo son tampoco las agresiones que el símbolo del toro, en tanto que emblema de lo español, ha sufrido reiteradamente en esa comunidad.


Resulta muy elocuente que las direcciones del PSC y de CiU dieran ayer libertad de voto a sus diputados, la que no se les ha concedido cuando se ha abordado en el Congreso un asunto infinitamente más sensible y personal como el de la regulación del aborto. Ver ayer a los parlamentarios escondiendo el signo de su voto en los escaños dice muy poco a favor de su compromiso con los ciudadanos que les han votado. No se escondieron los de ERC e Iniciativa, empeñados en extirpar cualquier lazo cultural compartido con España y que lanzan un guiño a sus votantes al poner contra las cuerdas a la fiesta nacional.

En su discurso, los nacionalistas arremeten contra los toros con dos argumentos básicos: dicen que es un signo de barbarie e incultura y que se trata de un espectáculo ajeno a la civilizada Cataluña. Sobre lo primero, baste decir que sociedades más cultas y con mayor tradición democrática como la francesa no se plantean la supresión de los toros. Sin ir más lejos, esta misma semana Luis Francisco Esplá hablaba a los estudiantes en la Universidad de la Sorbona. Es imposible resumir aquí todo lo que de manifestación cultural tiene el mundo de los toros, todo lo que ha contribuido a otras artes y la miríada de intelectuales que a él se ha adherido históricamente. Sobre lo segundo, por mucho que se quiera retorcer la realidad, nadie puede negar que sólo la ciudad de Barcelona ha llegado a tener tres plazas abiertas para satisfacción de los miles de aficionados de Cataluña.

Pero el debate va incluso más allá, porque estamos también, y sobre todo, ante una cuestión de libertad. El problema en Cataluña es que, cuando hay un conflicto de derechos, para la clase política pesa más lo identitario. Surge entonces el espíritu censor, el mismo que ha inspirado otras prohibiciones escandalosas, como la de que el castellano pueda ser lengua vehicular en la enseñanza, que los niños puedan hablarlo en el recreo o que los comerciantes lo usen en sus rótulos. Cataluña está a un paso de prohibir los toros arrastrada por un nacionalismo que mantiene firme su escalada de antiespañolismo, en buena medida por culpa de un PSC acomplejado que ha atizado un fuego que no deja de arder. Ojalá no llegue tarde la advertencia de su diputado David Pérez en el Parlament, que ayer dijo que se está imponiendo la tesis según la cual si te gustan los toros, te gusta Loquillo y no eres del Barça, «no eres catalán».


El Mundo - Editorial

Zapatero, con Marruecos y contra Haidar

Lo más grave del asunto no es que el Gobierno de España haya mostrado una pavorosa debilidad ante una dictadura, sino que haya sido el cooperador necesario de esa dictadura. No estuvimos en el lado de las democracias, sino en el de las autocracias.

Después de más de un mes secuestrada en suelo español y tras una huelga de hambre que la obligó a ser hospitalizada, la activista saharaui Aminatu Haidar regresó ayer a el Aaiún en un avión militar.


Por supuesto, el Gobierno incluso ha pretendido apuntarse el tanto con una de las gestiones más desastrosas que pueda exhibir en su política internacional (que ya es decir). Primero, como incluso el propio Moratinos ha reconocido, colaboraron con las autoridades marroquíes en cometer un acto ilegal, ilegítimo e inmoral como es deportar a Haidar de su país y negarle la entrada. Más tarde, Zapatero, haciendo de su capa pacifista un sayo promarroquí, colocó el "interés general" de sus relaciones como la monarquía alauí por encima del respeto a los derechos humanos de Haidar. Y por último, el Gobierno incluso se dejó vilipendiar y amenazar por la autocracia marroquí para el caso de que pretendiera simplemente cumplir con la ilegalidad internacional.


Zapatero y todo su equipo han demostrado durante esta crisis muy poca firmeza en su defensa de las libertades individuales de Haidar en particular y de los saharauis en general. El desconcierto con el que se gestionaba el asunto y el trato muchas veces despreciativo que se ofreció a Haidar muestran a las claras una absoluta incapacidad, una preocupante falta de influencia de nuestra política exterior –nada de que sorprendernos con Moratinos como jefe de la Diplomacia– y un nulo compromiso con los derechos humanos; nulo compromiso que de nuevo intentó enmascarar De la Vega con su clamoroso silencio durante la rueda de prensa posterior al Consejo de Ministros ante la pregunta de si se respetaban las libertades más básicas en el régimen marroquí.

De hecho, ha tenido que ser el presidente francés Nicolás Sarkozy el que una vez más le haya sacado a Zapatero las castañas del fuego y haya conseguido que Haidar pueda regresar junto a su familia a el Aaiún. Al presidente galo le ha bastado con ofrecerle un acuerdo en materia agraria como contraprestación para que Marruecos transigiera a sus pretensiones.

Ante la inacción y la torpeza de la diplomacia española, la europea ha recurrido a esa táctica política tan poco recomendable como es la de comprar el respeto a los derechos humanos de las dictaduras mediante todo tipo de concesiones económicas. Dicho de otra manera, se premia a las autocracias para que utilicen la represión como baza negociadora con las supuestamente sensibles democracias occidentales.

Sin embargo, como decimos, este obsceno cambalache no habría sucedido si desde un comienzo el Gobierno español se hubiese negado a participar con Marruecos en el secuestro de Haidar, esto es, si hubiese antepuesto la defensa de los derechos humanos a sus genuflexiones ante Mohamed VI.

Lo más grave del asunto no es que el Gobierno de España haya mostrado una pavorosa debilidad ante una dictadura, sino que haya sido el cooperador necesario de esa dictadura. No estuvimos en el lado de las democracias, sino en el de las autocracias. Todo lo que vino después del secuestro de Haidar fue, no un sincero pero torpe intento de rectificación, sino un ejercicio de improvisación ante la indignación que este hecho generó entre la opinión pública.

Desde luego, si Haidar ha vuelto a su casa ha sido no gracias, sino a pesar de nuestro Gobierno. Y la propia Haidar lo sabe. Mala perspectiva para los ciudadanos españoles que seguimos sometidos a la iniciativa legislativa de un Ejecutivo tan descreído en los derechos individuales.


Libertad Digital - Editorial

Torre-cumbre de Babel en Copenhague. Por José Javaloyes

Al recalentado aire de esta Cumbre del Clima, orlada con banderas de una nueva revolución, se ha podido avizorar el riesgo, por no decir el peligro, de que se construyera en Copenhague otra Torre de Babel. No es para menos, al establecerse la previsión de un diluvio de calor planetario del que resucitara aquella Groenlandia, genuinamente verde; con los hielos fundidos, como la del Siglo XII. En la que floreció la vid y, por poco, no lo hizo también el limonero.

Los descendientes de los mismos europeos del Norte que colonizaron dominios del oso blanco (al socaire de aquel calentón multisecular, con fusión de los hielos, que elevó el nivel de los mares y permitió a los otros vikingos remontar los ríos de la Europa del Sur), encontrarían después la muerte por el hambre y por el frío, centurias después, al sobrevenir la llamada Pequeña Glaciación. Un disparado enfriamiento que mediado el XVII cerró el Atlántico Norte a las navegaciones.


Nada tuvieron que ver aquellos procesos, de calentamiento y enfriamiento de las temperaturas en nuestro planeta, en el cómo trataron el medio natural las gentes de entonces. Desde Europa hasta China - dice F. Braudel- (Civilización material, economía y capitalismo, Alianza Editorial, 1984) se compartieron los rendimientos al alza y a la baja, respectivamente, de la agricultura y la ganadería. Traduciéndose en crecimientos y retrocesos de la población.

Los cambios climáticos aquellos fueron ajenos a la actividad del hombre. Ninguna combustión masiva de carbón o petróleo causó el ascenso de las temperaturas en la Edad Media. Tampoco cupo atribuir al hombre el posterior rebote polar de los fríos, bien adentrado el XVII. Tiempo en que la plata de América no llega a su tiempo por los endurecidos temporales atlánticos. Los Tercios no cobran su soldada y se pierde la batalla de Rocroy.

Desde esa punta mayor del frío en los tiempos modernos se inicia una lenta y constante recuperación de las temperaturas. Siguió el ascenso hasta la pasada centuria y continúa ahora, según progresiones que se discuten. Visto el juego de los precedentes históricos, atribuir el calentamiento al proceso de industrialización, al hombre, cabría admitirlo como hipótesis; pero habrá que rechazarlo como tesis irrefutable.

Imputar al hombre la causa del cambio climático no es cuestión académica por los miles de millones que se ventilan. Será lo razonable apuntarse a la idea de que el riesgo de ese cambio existe, y asegurarse frente a ese riesgo tiene un coste; aunque no medie la evidencia de si la mutación, el cambio, será a más calor como al comienzo de la Edad Media; o a más frío, igual que en el siglo XVII. Pero si razonable es asegurarse, necesario es también que el precio de la prima no supere el valor de la cosa asegurada.

Quienes no están por la hipótesis de que sean los gases emitidos a la atmósfera -no sólo el CO2, también la combinación de éste con otros, especialmente el metano- la causa del cambio climático, sino en la prueba -por las sondas espaciales- de que el ascenso térmico afecta al entero sistema solar, acaso por la dinámica de las manchas solares, en la que se incluye la probabilidad de que en unos 20 años tengamos nuevo ciclo frío; quienes por eso son tildados sin más de «negacionistas», forman una minoría de científicos silenciados y un conjunto de minorías resistentes a las trapisondas y las manipulaciones de las muchas tribus adversas a la libertad económica y reticentes a la libertad política, de las cuales no son las relevantes esas que alborotan por la capital de Dinamarca.

La doctrina al uso - cuyos dogmas se ofician en la Cumbre de Copenhague, como antes en Kyoto- expresa el clima de la Tierra como una gráfica que resulta, en lo principal, de lo que los humanos hacemos con nuestro planeta, yendo mucho más allá en sus conclusiones «antropogénicas», de lo que corresponde al daño ambiental en su conjunto. Pero el clima, como resulta históricamente documentado, depende de variables cuya existencia parece como si se quisiera eludir y ocultar. Aparte de la acción del hombre, modificando con su actividad el equilibrio ambiental hasta límites críticos, y de la función determinante de nuestra estrella a través de la actividad de las manchas solares, la Tierra tiene también su propio discurso sobre la realidad de los cambios climáticos.

Para el ecologismo militante y la estructura del negocio, no parece existir tampoco la actividad volcánica. Hay sin embargo ejemplos ilustradores, como los que reúne la «Historia mundial de los desastres» de John Withington (Editorial Turner, primera edición en español, mayo de 2009). Acaso el más elocuente de todos, el del volcán que engendró en Sumatra el lago Toba, hace unos 74.000 años. Una erupción de diez días, eyectó a la atmósfera mil cien kilómetros cúbicos de piedras y cenizas que cegaron la luz del sol durante seis años y provocó un diluvio de precipitaciones ácidas causante de la muerte de plantas y animales, y reduciendo a 10.000 individuos el millón de humanos que poblaban entonces la Tierra. La temperatura cayó a los cinco grados y se entró en el umbral de la última glaciación. Paradójicamente, el fuego volcánico engendró el frío. Pero si aquel volcán estuvo a punto de borrar la Humanidad, otro volcán isleño, el de Laki, en Islandia, a últimos del siglo XVIII, en 1783, con sus emanaciones de 120 millones de toneladas de dióxido de azufre, causó la muerte a unos 250.000 europeos y dejó sin verano la costa Este de América del Norte. Sólo 32 años después, en 1815, otra vez en Indonesia, el volcán Tambora afectó también a la climatología mundial, tras una explosión cuatro veces superior a la del Krakatoa, eyectando a la atmósfera 1,7 millones de toneladas de cenizas y piedras de fuego y rebajando tres grados la temperatura media del planeta. En 1967 el Tambora volvió a pulsar, aunque levemente; sólo como recordatorio de que está vivo. Como el referido Krakatoa: estalló en 1883 con una explosión equivalente a la de 1.000 bombas atómicas. Desapareció el propio volcán, aunque reapareció en 1928; y en 2000, ya se había levantado 400 metros sobre el nivel del mar.

Además de la evidencia de que las manchas solares también aportan en sus ciclos caídas de las temperaturas dentro de nuestro sistema planetario, ¿qué margen de probabilidad se reserva a los volcanes como agentes de enfriamiento atmosférico por la emisión de cenizas más allá de la atmósfera? ¿No hay fórmulas mejores, por más económicas, de preservar el medio ambiente que los ingentes dispendios, perturbadores del crecimiento económico, destinados a combatir la emisión de CO2, mientras al mismo tiempo se hacen ascos a la energía nuclear, o simplemente se la prohíbe? La Cumbre de Copenhague, como la Torre de Babel, viene siendo un monumento a la confusión de las lenguas, las evidencias y los propósitos.


ABC - Opinión