martes, 5 de abril de 2011

Fritanga estadística. Por Ignacio Ruiz Quintano

Compadezcámonos, por ejemplo, de Rubalcaba, cuya «bio» parece una montaña rusa.

Madrid apesta a fritanga de estadística. ¡Odia a la estadística y compadece al estadístico! Compadezcámonos, por ejemplo, de Rubalcaba, cuya «bio» parece una montaña rusa: Fouché comprado en los chinos, Cromwell de Solares, Putin de bolsillo, y ahora, Tamarit de la estadística, con los comisarios de mandaderos electorales. ¿Y qué va a hacer, el hombre? Se está jugando sus habichuelas contra el marido de María del Carmen Chacón Piqueras, que también aspira a hacerse con el Consejo de Administración de España para el próximo quinquenio. ¡Ah, los planes quinquenales de la izquierda! Es natural que Rubalcaba los defienda con uñas, y María del Carmen Chacón Piqueras, con dientes. Como dice Tyson, el ex campeón de los pesados, que es colombófilo, dos palomas pueden ser pareja durante quince años, pero les pones de comer y se matan por un grano de maíz. Yo a Rubalcaba nunca le he visto comer maíz: si acaso, algún sapito en «Sazadón», con su amigo Lissavetzky, al que presentan para alcalde de Madrid porque en el Mundial de Suráfrica tuvo el ojo de extraerle a Villa la camiseta para regalársela a las chiquillas góticas de Zapatero, del que ahora huirán todos los empresarios gordos para que no les caiga de consejero figurón. ¿Se puede aspirar a La Moncloa cenando sapitos en «Sazadón»? En la democracia española se puede aspirar a La Moncloa incluso desde la modesta caja de unos grandes almacenes en la Plaza de Cataluña. Si, además de meterse sapitos entre pecho y espalda, Rubalcaba consiguiera meter en la cabeza de los españoles una estadística policial bien faisanada, tumbar a Rajoy sería un juego de niños. Tiene a los policías de uniforme, para que parezca que hay más policías, y aplica la magia a los números, para que parezca que hay menos delitos. Sólo le falta saber hacer lo mismo con los euros y con los parados. Y España estará en sus manos. ¿Han visto, cuando habla, qué forma más inquietante tiene de cogerse las manos?

ABC - Opinión

Aznar se fue porque quiso, a Zapatero lo han echado. Por Federico Quevedo

Entre el 25 y el 27 de enero de 2002 el Partido Popular celebró su XIV Congreso Nacional. Lo hacía, es verdad, en una situación política envidiable: el PP gobernaba con mayoría absoluta, se encontraba a una cómoda distancia del PSOE en las encuestas, la situación económica del país era la mejor que ningún Gobierno podría esperar y el partido ofrecía una imagen de tranquilidad y cohesión interna como nunca antes se había dado en la derecha española. Con ese escenario, Aznar se presentaba por quinta vez a la reelección como presidente del Partido Popular, pero lo hizo con un anuncio definitivo: “Es la última. No habrá otra vez. Yo no creo en la prolongación personalista de los liderazgos políticos. No he creído nunca, y os soy totalmente sincero si os digo que no estoy dispuesto a ejercerla”.

Dos años antes, Aznar había llevado a las elecciones como parte de su programa político la promesa de no estar más de ocho años en el poder, aunque fue en 1996 la primera vez que apuntó a esa posibilidad. Aznar quiso dejarlo, por iniciativa propia, y eso sentaba un precedente en la política española como reconocería el propio José Luis Rodríguez Zapatero poco tiempo después, en un Comité Federal del PSOE, cuando el PP eligió a Mariano Rajoy como sucesor de Aznar en una Junta Directiva Nacional celebrada en el verano de 2003.


Aquel mes de enero de 2002 Aznar se las prometía felices, y el PP también, y despidió a su líder como se merecía quien les había llevado a las mieles de poder, en una loa constante a su persona. Nada hacía presagiar lo que pasaría poco tiempo más tarde: el Prestige, la boda de El Escorial y, finalmente, la Guerra de Iraq empañarían una gestión hasta ese momento alabada por casi todos. Cuando Rajoy es elegido candidato, que no líder del partido -eso ocurriría después de las elecciones, en un Congreso-, las encuestas ya empezaban a hacer mella en la intención de voto del PP hasta el punto de pronosticar la pérdida de la mayoría absoluta, es decir, que la bicefalia, lejos de funcionar, le estaba pasando factura al candidato, que sufría en sus carnes electorales el castigo a la gestión del entonces presidente.

Eso culminó con los atentados de Atocha, la mala gestión que hizo el Gobierno de los mismos y la desleal manipulación y vulneración de las reglas del juego que llevó a cabo la izquierda. Resultado, Rajoy perdió y sufrió un castigo que no iba dirigido a él, sino a Aznar. Ganó Rodríguez y, fíjense qué curioso, siete años después empiezan a darse circunstancias parecidas, aunque con evidentes diferencias al menos en lo que se refiere a las circunstancias y las razones que a ambos políticos les han llevado a hacer el mismo anuncio.
«Es bastante probable que el impacto del anuncio de Rodríguez se disuelva inmediatamente, y lo que seguirá quedando como poso en la ciudadanía son los desastres de su gestión.»
Es verdad que Rodríguez tenía en su cabeza la idea de no estar más de ocho años en el poder, pero también lo es que esa decisión estaba estrechamente vinculada al hecho de que su salida del Gobierno se produjera por la puerta grande. La crisis económica y una gestión absolutamente ineficaz de la misma, unida a la evidente enmienda a la totalidad que Rodríguez ha hecho a casi toda su política, y no solo la económica -unas veces por imposición externa y otras por necesidad interna-, le han llevado a ser el presidente peor valorado de toda la democracia en las encuestas, y probablemente esa circunstancia le hizo plantearse en un momento dado no cumplir con una promesa que, por otra parte, solo había hecho en privado y nunca de manera oficial luego no estaba obligado a cumplirla.

El problema es que esa decisión chocaba frontalmente con los deseos de la inmensa mayoría de su partido, que ha visto cómo durante este tiempo la gestión de Rodríguez les hundía más y más en las encuestas y amenazaba seriamente su permanencia en el poder, ya no solo nacional, sino también territorial. El escenario al que se enfrentaba -y se enfrenta- el Partido Socialista era y es el peor de toda su historia reciente, por lo que algunos -muchos- consideraron necesario que Rodríguez anunciara su marcha para relajar esa tensión. Unos se contentaban simplemente con el anuncio, otros -principalmente la vieja guardia que apoya a Rubalcaba- hubieran preferido lo que se llamó la operación Calvo Sotelo, es decir, que dimitiera y dejara el Gobierno en manos del vicepresidente y ministro del Interior y, de hecho, esa fue la intención del cambio de Gobierno del pasado mes de octubre.

Lo cierto, sin embargo, es que Rodríguez se resistió y se aferró a lo único que le quedaba: la Presidencia del Gobierno. Sin embargo, presionado por unos y por otros, Rodríguez no ha tenido más remedio que ceder y optar por la primera solución, es decir, no dejar el poder pero anunciar que no será candidato. En el PSOE están contentos, aparentemente claro, pero lo cierto es que no hay muchos motivos para ese alborozo, y es que parece que no han aprendido de las lecciones anteriores. Nadie sabe lo que va a pasar en mayo, pero es un hecho que la información tiene una vida tan efímera -como han puesto de manifiesto los acontecimientos de los últimos meses- que es bastante probable que el impacto del anuncio de Rodríguez se disuelva inmediatamente, y lo que seguirá quedando como poso en la ciudadanía son los desastres de su gestión. Una gestión que, además, sigue en sus manos, y que va a comprometer seriamente a su sucesor/a, como ya le ocurrió a Rajoy con Aznar en 2004.

Cuanto más tiempo permanezca Rodríguez en el poder, más daño va a hacer a las aspiraciones del próximo candidato socialista a La Moncloa porque, por mucho que Rodríguez se empeñe en hacernos creer lo contrario, lo cierto es que los datos del paro de ayer y la fuerte caída del consumo en el primer trimestre ponen de manifiesto que, lejos de estar saliendo de la crisis, seguimos instalados en ella y de manera muy profunda. Y es la crisis, no se equivoquen, y su mala gestión, lo que le va a pasar factura a Rodríguez en la persona de su sucesor, igual que fue otra crisis –Iraq/11-M- y su mala gestión, lo que le pasó factura a Aznar en la persona de Rajoy.


El Confidencial - Opinión

El sumo sectario. Por Hermann Tertsch

Los socialistas le han echado. La sociedad española parece dispuesta a dejarse hacer daño hasta el final.

SE irá cuando se vaya igual que ha gobernado, con sus trampas e imposturas. Pero lo habido no es más que un amago. Es decir, un engaño a partir de la necesidad, perpetrado con habilidad. Con el aplauso hipócrita hasta la náusea del merengue de la adulación que, una vez adornado con solemnidad, consigue en este país crear espectáculos gloriosamente esperpénticos. Sin ningún pudor andaban mostrando el ojo lacrimoso todos los dirigentes socialistas que ya están plenamente inmersos en ese nuevo fenómeno social que es la fobia a Zapatero. Sin recato hablaban maravillas de la generosidad del presidente todos los que saben lo que han conspirado e intrigado para que se produjera de una vez el placaje y el eterno adolescente dejara de marear la perdiz. Al fin y al cabo se trataba de dejar de jugar con las cosas de comer. Y en medio del barullo pringoso, como reina de ceremonias, por supuesto, quién si no, don José Bono, en momento estelar, disfrutando como un niño. Pero más allá de este circo de escaso gusto ha pasado más bien poco. Y todo indica que el presidente, que supuestamente va a gobernar en todos los meses que aguante esta agonía, dedicará gran parte de su tiempo y mala idea a ajustar cuentas con muchos de los que le han acosado en estos meses hacia esta posición indigna, patética y muy probablemente insostenible a corto plazo. Al final de este gran baile de imposturas, los daños probablemente estén muy repartidos.

Hablamos de los daños dentro del partido. Los daños fuera, los que se infligen a una España en situación de emergencia y colapso interno y marginación e irrelevancia externas, son incalculables. Aunque muchos los tienen descontados en el coste inmenso de la hecatombe que para España ha supuesto la segunda legislatura del Gran Timonel naufragado. Al presidente le han reventado el mutis glorioso. Pero no se dará por vencido. El narciso no entiende que no le entiendan y aprecien sus eximias intenciones. No querrá aceptar el hecho de que su nombre se ha convertido en maldición para millones de españoles. Y querrá dirigir hasta el final una orquesta en desbandada. Y fabricarse un legado que no sea la escombrera de pobreza y discordia que ya le adjudican como única herencia una mayoría de los españoles. Entre los ministros ha comenzado el navajeo. Que se nos instala en el Consejo de Ministros. Y para el que por supuesto se recurrirá a la masiva utilización de los recursos del Estado. Veremos hasta donde son capaces de llegar quienes tiene todos los recursos para la manipulación informativa, la intoxicación, los servicios de información, la policía y la vigilancia de la ciudadanía.

En realidad, esta magnífica reyerta a partir del hundimiento del proyecto del zapaterismo del régimen socialista de los mil años, no debería afectarnos al resto de los españoles. No nos afectaría si Zapatero pudiera elevarse hasta la decencia necesaria para decidir su marcha de verdad. Si fuera capaz de encontrar el coraje y la dignidad de asumir que nada puede hacer ya sino arrastrarse hasta el final por el mero capricho de llegar. Eso sí, sin dejar de dañar a España, comprando sus últimas mayorías a unos nacionalismos jubilosos en sus apetitos carroñeros. Su resentimiento hacia media España le impide una vez más decidirse por el bien común. El final de una legislatura que ha sido un tormento, promete convertirse en pesadilla. Los españoles todos, seremos rehenes, del sumo sectario. Aunque no todos inocentes. Los socialistas le han echado de allí donde más daño les hace. La sociedad española, pasmosamente indolente, parece dispuesta a dejarse hacer daño, gratuitamente, hasta el final.


ABC - Opinión

Desde el escaño. Merecemos un Gobierno que no mienta. Por Ana Torme

La historia se repite. Todos los gobiernos socialistas, y el de Zapatero no es una excepción, en la lucha antiterrorista han actuado buscando atajos, al margen de la ley.

En esta columna que amablemente me cede este diario no había dedicado ningún artículo específicamente al caso Faisán. Me parecía, y me sigue pareciendo, gravísimo que desde el Gobierno se hubiera avisado a unos terroristas de la operación policial que se cernía sobre ellos para no poner en peligro la estrategia de Zapatero en su mal llamado proceso de paz.

Pero los últimos datos que hemos conocido cuando la juez antiterrorista francesa ha remitido los papeles incautados a ETA superan todos los límites éticos, morales y legales. La historia se repite. Todos los gobiernos socialistas, y el de Zapatero no es una excepción, han actuado en la lucha antiterrorista buscando atajos, al margen de la ley.

Existió una época negra en España con el Gobierno de Felipe González. Desde el Estado, como si el fin justificase los medios, se malversaron fondos reservados, se secuestró y se asesinó. Se buscó un atajo para acabar con ETA pero se consiguió todo lo contrario y la banda terrorista salió reforzada. Se vulneró el Estado de Derecho. Mientras tanto, desde el PSOE se decía a la oposición que no incluyera la lucha antiterrorista en el debate político, que denunciar la actuación de los GAL suponía proteger a ETA. Nada más lejos de la realidad. A ETA como a cualquier banda criminal, se le vence desde y con toda la fuerza del Estado de Derecho, sin falsos atajos, sin cloacas.


Luego vinieron los ocho años del Gobierno de Aznar. Se luchó contra ETA utilizando todos los instrumentos del Estado de Derecho. Se buscó su exclusión de la vida política, social y económica. Se aprobó una ley de solidaridad con las víctimas del terrorismo, como homenaje y reconocimiento de la sociedad española a quienes tanto habían sufrido. Se aprobó una ley de partidos para que los terroristas no pudieran estar en las instituciones, ni recibir dinero público o acceder a información sensible. No se claudicó ante los más viles y crueles chantajes y asesinatos de la banda. Gracias a la labor de las fuerzas y cuerpos de seguridad, a la movilización de la sociedad al grito de "basta ya", a las medidas legislativas y a la cooperación internacional, ETA se encontraba más débil y aislada que nunca.

La llegada de Zapatero al poder en 2004 supuso un cambio en la política antiterrorista. Creyó que, a base de buenismo, talante y cesiones, arreglaría los problemas de España, el terrorismo de ETA e incluso el terrorismo mundial. Dentro de esa dinámica, puso en marcha una estrategia de negociación política con ETA. El gobierno no se limitó a sentarse con los terroristas para que entregaran las armas sino que estableció negociaciones de contenido político dispuesto a "pagar" por la entrega de las armas. Se trataba de una rendición del Estado ante ETA. La sociedad se levantó frente a una actuación inaceptable. Se celebró en Madrid la mayor manifestación de la democracia, en rechazo de la negociación. Sin embargo, el Gobierno despreció el clamor de la sociedad española y siguió negociando con ETA. Tras el atentado de la T4 en enero de 2007, Zapatero afirmó que rompía la negociación con ETA. Pero no fue así. El propio presidente de los socialistas vascos, Eguiguren, lo ha reconocido.

Hemos sabido que, para preservar la negociación, el gobierno socialista actuó vulnerando el marco legal. Una vez más se buscaron atajos. Durante el mal llamado proceso de paz, se cedió al chantaje de De Juana Chaos; se permitió que ETA, a través de distintas marcas, volviera a las Instituciones; desde la fiscalía se rebajaron las penas exigidas a los terroristas; se humilló a las víctimas; tuvo lugar el chivatazo del Faisán... Mientras tanto ETA seguía rearmándose, construyendo zulos y extorsionando.

Por las actas incautadas a los terroristas hemos sabido que "para blindar el proceso" se hicieron cambios en el gobierno, se sustituyó al fiscal jefe de la Audiencia, se dieron órdenes de no hacer detenciones, se pidieron disculpas por las que no se pudieron evitar. Se rebasaron todos los límites éticos, morales y legales, llegándose a que desde el propio Ministerio del Interior se desmantelara una operación policial contra la trama de extorsión de la banda.

El Gobierno mintió al inicio y durante la negociación. Siguió mintiendo cuando afirmó que la rompía. Ha mentido en el Parlamento. Ha mentido y sigue mintiéndonos a todos los españoles. No ha dado explicaciones ni ha respondido políticamente por sus mentiras, por sus infamias, por el delito de colaboración con banda armada, por su actuación al margen de la ley. Vuelve a las viejas afirmaciones de los tiempos del GAL y, curiosamente, por boca de la misma persona que entonces las hacía: Rubalcaba.

Pero el demagogo acaba siempre siendo víctima de su propia propaganda. Rubalcaba el 13 de marzo de 2004 dijo que "los españoles se merecen un Gobierno que no les mienta". Pues eso.


Libertad Digital - Opinión

Renuncia al KO. Por M. Martín Ferrand

La mayor victoria parlamentaria de Zapatero es superar dos legislaturas sin una sola moción de censura.

DURANTE siete años, desde que el 11-M le arrebatara la cantada sucesión presidencial de José María Aznar, Mariano Rajoy ha tratado de emular la gloria de san Jorge contra el dragón enfrentándose a José Luis Rodríguez Zapatero; pero, mira por dónde, el de León se le ha escapado vivo al de Santiago de Compostela. Así suele suceder, especialmente en política, cuando se despilfarran las oportunidades. El señor de la gaviota confía siempre en que el tiempo acudirá en su ayuda y eso, materia suficiente para elaborar brillantes teorías —todas ellas fatalistas—, no suele funcionar en la práctica. En su currículum, más largo que brillante, Rajoy no podrá incluir un renglón fundamental para un líder en la oposición, la derrota del instalado en el poder. Nada es menor frente a una opinión pública que, por ayuna en ideologías y programas, tiene que limitarse a interpretar gestos y circunstancias de los líderes que pretenden llevársela al huerto electoral. Un abandono del contrario no equivale, salvo en sus efectos, a una victoria.

A toro pasado, como acostumbra, Rajoy se les apareció ayer a los oyentes de la SER para afearle a Zapatero la cortedad de su anuncio y reclamar elecciones anticipadas. Su flauta es como la de Bartolo y, con su agujero solo, repite hasta el aburrimiento la misma cantinela. ¿Tiene autoridad moral para solicitar un adelanto electoral quien está en posesión de la herramienta que puede generar, de inmediato, los mismos efectos que unos comicios? La mayor victoria parlamentaria de Zapatero —¿la gran derrota de Rajoy?— es superar las dos legislaturas de su mandato sin una sola moción de censura que subraye sus muchos y graves errores y proponga las grandes líneas de su alternativa.

Las circunstancias han cambiado, según su propia voluntad para el líder socialista. No para el aspirante popular que, tras el anuncio presidencial, sigue donde estaba. A la espera de unos comicios. Insistió ayer en que, en las actuales circunstancias y a estas alturas de la legislatura, la moción solo contribuiría a «generar más confusión». Es una manera, la menos garbosa, de valorar una coyuntura; pero un líder con pretensión de futuro no debiera dejar correr el «escalafón» presidencial sin acelerarlo o, cuando menos, dejar testimonio rotundo de los males que denuncia y los bienes que propone. Seguramente esas son las emanaciones de sabiduría que Rajoy obtiene del genio de su lámpara mágica. La frota y se le aparece Pedro Arriola que, después de haber creado para Aznar el «¡váyase señor González!», entiende ahora la urgencia de la espera. Y no es lo mismo ganar por KO que a los puntos.


ABC - Opinión

Zapatero. La nota de suicidio más fulera. Por Cristina Losada

La tentación de diluir todavía más las impopulares reformas será irresistible. Un zombie que ha perdido la confianza de su partido y su electorado, no tiene, aunque quisiera, fuerzas para oponerse al apremiante interés de los suyos.

En 1983, los laboristas concurrieron a las elecciones con un programa que era fruto del matrimonio, nada inusual, entre la mayor democracia interna y el puro delirio político. Setecientas páginas, ahí es , en las que prometían renacionalizaciones, el desarme nuclear unilateral y otras delicias izquierdistas. Un diputado del partido consagró aquella hoja de ruta para la derrota como "la nota de suicidio más larga de la historia". Pues bien, si aquella era la más larga, la que Zapatero ha presentado ante el sanedrín de su partido tiene méritos para alzarse con el título de la más fulera. Y no sólo por el detalle de hacer pasar su retirada como una decisión tomada en el mismo instante en que arribó a la Moncloa. Aunque así fuera, un político de talla o lo dice entonces, en su cénit, o se calla.

La gran sensación, y el sensacionalismo político es uno de sus rasgos, ha sido el anuncio de primarias, que unido a la seudo-retirada, ha conducido a un ejercicio de ostentación. Cuán generoso ha sido, qué orgullosos estamos, qué demócratas somos, qué magníficos. Es la oronda hinchazón de los autosatisfechos. El brillo de grasa sentimentaloide propio de las exhibiciones de superioridad moral. Pero la gran sensación contiene el fraude. No convoca un Congreso, el foro donde se podría, acaso, debatir de política en tiempo y forma, y se mantiene como secretario general: en la cúspide del aparato, en el puesto de control. Jugar limpio no consiste en hacer votos de neutralidad, sino en garantizarla con su renuncia a ese cargo.

Pero es su permanencia como presidente el aspecto más discutido y discutible de este harakiri a plazos. En teoría, la condición de "pato cojo" no obliga a dimitir a nadie. La condición de España, sin embargo, no está para incertidumbres sobre el destino de las reformas. Ya puede proclamar Zapatero que morirá en el empeño de llevarlas a término, que la presión del partido y el nuevo candidato pujarán por inclinar la balanza en el sentido contrario. Eso, de dar crédito a sus buenas intenciones. Aunque si el presidente quisiera ofrendarse en sacrificio por el bien del país, hubiera continuado hasta el final: presentándose a las elecciones, hechos los deberes. Ahora, la tentación de diluir todavía más las impopulares reformas será irresistible. Un zombie que ha perdido la confianza de su partido y su electorado, no tiene, aunque quisiera, fuerzas para oponerse al apremiante interés de los suyos.


Libertad Digital - Opinión

Candidatos a perder. Por Ignacio Camacho

En las primarias españolas suele faltar un debate de ideas que supere la simple confrontación fulanista.

ANTES de que comience la habitual demonización de las primarias, sobre todo por parte de quienes no las celebran, conviene anotar que con todos sus defectos son el procedimiento más legítimo y abierto para elegir candidatos en un sistema de partidos muy cerrado a la participación democrática. O, por decirlo con la célebre paradoja churchilliana, tal vez sean el peor procedimiento… con la excepción de todos los demás. Refrescan una atmósfera política viciada y devuelven a los militantes una parte de la soberanía que les enajena la burocracia de los aparatos. Los adversarios de este método electivo —incluso en el Partido Socialista, al que hay que elogiarle, junto a UPyD, el coraje de haberlo incorporado a sus reglamentos— le reprochan el desgaste que supone ante los ciudadanos una lucha de correligionarios, pero ése es un problema que se solucionará por la fuerza de la costumbre cuando dejen de ser una novedad y acaben adquiriendo carta de naturaleza extensiva. Y en cuanto a la posibilidad de que alumbren dirigentes ineficaces aupados por una coyuntura oportunista, la experiencia ya enseña que los designados por cooptación o dedazotampoco suelen ser grandes dechados de virtudes y de competencia.

Lo que falta en las primarias españolas es un impulso intelectual que supere el simple nominalismo mediante un debate ideológico. Ésa es la oportunidad que probablemente se dispone a desperdiciar el PSOE, abocado a una mera confrontación de caras o, todo lo más, de estilos, en la que nadie se atreva a formular la renovación que requiere la socialdemocracia tras el fracaso del trivial proyecto zapaterista. Con el lastre que van a heredar de la gestión del presidente los eventuales aspirantes a la sucesión tienen muchas posibilidades de no ser otra cosa que candidatos a perder en 2012, y ante esa perspectiva les convendría trazar desde la autonomía personal planteamientos y modelos nuevos para una etapa distinta, que si no sea de refundación se puede parecer bastante. Si lo que busca el socialismo es sólo un rostro que enfrentar al de Rajoy en el póster electoral, tal vez ocurra que al cabo de diez meses se trate de cartelería inservible. El hundimiento de Zapatero demuestra que la telegenia no basta sin fundamentos estratégicos ni ideas capaces de sostenerse en condiciones adversas.

Lo que los españoles en general, y los socialistas en particular, tienen que saber es en qué se diferencian políticamente —entre sí y respecto a Zapatero— Rubalcaba y Chacón, o quien sea: cuál es su modelo de sociedad, de país y de gobierno, y cómo piensan combatir la crisis socioeconómica. Si no aclaran eso el candidato lo podría elegir mejor una consultoría de casting. Los debates fulanistas son muy apasionantes, pero en el paro hay cinco millones de fulanos que esperan algo parecido a soluciones.


ABC - Opinión

Rajoy o la abulia

Quién sabe, acaso lo serio, responsable y hasta patriótico consista en propiciar que un testaferro interino, como los reyes y los locos exonerado ya de cualquier responsabilidad por sus actos, dirija el país bajo la batuta del tapado del PSOE.

"Frivolidades las justas", parece ser que ha replicado el jefe de la muy leal oposición al oír la expresión moción de censura en boca de un periodista. Por lo visto, el imperativo categórico de alojar cuanto antes a un adulto en La Moncloa se le antoja jocosa fruslería a Don Mariano, apenas fútil chanza jaranera. Quién sabe, acaso lo serio, responsable y hasta patriótico consista en propiciar que un testaferro interino, como los reyes y los locos exonerado ya de cualquier responsabilidad por sus actos, dirija el país bajo la batuta del tapado del PSOE, genuino valido en la sombra.

Augurio más que cierto, ése, del retorno a las andadas de la demagogia populista con cargo a la rebaba del erario, algo que quizá el Partido Popular se pueda permitir pero España no. Que la tal moción habría de constituir "un brindis al sol", dicen que igual dijo el de Pontevedra. Sea como fuere, convite o ronda pagada a escote, la censura es la única vía al alcance de Rajoy para librar al país de un paréntesis errático como el que el Adolescente ha querido forzar. La única. Lo otro, andar con la cantinela de las elecciones anticipadas por redacciones y telediarios, toreo de salón siempre tan caro a Génova, eso sí es un homenaje a la luna de Valencia.

"La perdería", aseguran ha sido la última palabra, que no argumento, del aspirante a ese propósito. Craso error, si error fuera, que lo dudo. Y es que, llegado el momento, catalanistas, nacionalistas vascos y otras hierbas centrífugas, no se resistirían a abundar en un gran clásico español de todos los tiempos, a saber, el aserto que ordena: "al moro muerto, gran lanzada". Así las cosas, subordinada a la inmediata disolución de las Cortes, la enmienda a la totalidad contra el zapaterismo habría de disponer de sobradas papeletas para salir adelante. Es lástima, pues, que el gallego ansíe que el poder les sea donado en bandeja de plata, sin otra molestia ni mayor trámite por su parte que la preceptiva visita a Palacio. En fin, obedezca su quietud a medroso tacticismo, al pánico escénico o a la pura abulia, de aquí a doce meses nadie podrá hurtarle su particular cuota de responsabilidad en el siniestro.


Libertad Digital - Opinión

Moción de censura. Rajoy o la abulia. Por José García Domínguez

Quién sabe, acaso lo serio, responsable y hasta patriótico consista en propiciar que un testaferro interino, como los reyes y los locos exonerado ya de cualquier responsabilidad por sus actos, dirija el país bajo la batuta del tapado del PSOE.

"Frivolidades las justas", parece ser que ha replicado el jefe de la muy leal oposición al oír la expresión moción de censura en boca de un periodista. Por lo visto, el imperativo categórico de alojar cuanto antes a un adulto en La Moncloa se le antoja jocosa fruslería a Don Mariano, apenas fútil chanza jaranera. Quién sabe, acaso lo serio, responsable y hasta patriótico consista en propiciar que un testaferro interino, como los reyes y los locos exonerado ya de cualquier responsabilidad por sus actos, dirija el país bajo la batuta del tapado del PSOE, genuino valido en la sombra.

Augurio más que cierto, ése, del retorno a las andadas de la demagogia populista con cargo a la rebaba del erario, algo que quizá el Partido Popular se pueda permitir pero España no. Que la tal moción habría de constituir "un brindis al sol", dicen que igual dijo el de Pontevedra. Sea como fuere, convite o ronda pagada a escote, la censura es la única vía al alcance de Rajoy para librar al país de un paréntesis errático como el que el Adolescente ha querido forzar. La única. Lo otro, andar con la cantinela de las elecciones anticipadas por redacciones y telediarios, toreo de salón siempre tan caro a Génova, eso sí es un homenaje a la luna de Valencia.

"La perdería", aseguran ha sido la última palabra, que no argumento, del aspirante a ese propósito. Craso error, si error fuera, que lo dudo. Y es que, llegado el momento, catalanistas, nacionalistas vascos y otras hierbas centrífugas, no se resistirían a abundar en un gran clásico español de todos los tiempos, a saber, el aserto que ordena: "al moro muerto, gran lanzada". Así las cosas, subordinada a la inmediata disolución de las Cortes, la enmienda a la totalidad contra el zapaterismo habría de disponer de sobradas papeletas para salir adelante. Es lástima, pues, que el gallego ansíe que el poder les sea donado en bandeja de plata, sin otra molestia ni mayor trámite por su parte que la preceptiva visita a Palacio. En fin, obedezca su quietud a medroso tacticismo, al pánico escénico o a la pura abulia, de aquí a doce meses nadie podrá hurtarle su particular cuota de responsabilidad en el siniestro.




Libertad Digital - Opinión

Zapatero, gaseoso. Por José María Carrascal

«Se ha convertido en un ente gaseoso, ya sin forma, que irá dispersándose en los próximos meses hasta desaparecer por completo. Zapaterismo puro, todo magia, ilusionismo, prestidigitación, nigromancia. No está mintiendo. Está en su papel, metido en una realidad que nada tiene que ver con la auténtica»

NO sé si Miguel Ángel Aguilar, licenciado en Física, estará de acuerdo conmigo en que la crisis económica cambió el estado sólido de Zapatero en líquido, y que su anuncio de retirada lo ha convertido en gaseoso. Pero si no lo está, no vamos a reñir por eso, entre otras cosas porque sabe bastante más Física que yo, que sólo estudié un curso de ella, en segundo de Náutica.

La solidez casi roqueña de Zapatero en su primer mandato provenía del desconcierto de la oposición tras la abultada derrota y de su sintonía con el electorado, al que le caía muy bien. Improvisación, labia, superficialidad, énfasis de los derechos, olvido de los deberes, leña al mono y cierta arrogancia han tenido siempre buena acogida por estos lares, y José Luís Rodríguez Zapatero poseía abundancia de todo ello. Junto con un aire izquierdista, que se da mucho incluso en la extrema derecha española sin saberlo. Si se le une una ignorancia casi universal y el presumir de saberlo todo mejor que nadie, se comprende lo bien que caía entre nosotros, montados, además, en el boom económico universal, que nos hizo creer que se ataban los perros con longanizas o poco menos. La crisis, sin embargo, le obligó a licuarse, tras un periodo nada corto en el que se empeñó en negar su existencia. Los líquidos conservan su masa de los sólidos de donde proceden, pero deben adoptar la forma del recipiente que los contiene. En el caso Zapatero, tuvo que adoptar la que le impusieron desde Bruselas, que era no ya distinta, sino opuesta a la que había tenido hasta entonces. Para alguien con principios, hubiese representado un enorme problema. No, sin embargo, para un espíritu tan leve como el suyo, que se desliza sobre la realidad sin penetrar nunca en ella. El más social de los presidentes de gobierno en democracia adoptó sin pestañear los mayores recortes sociales e incluso empezó a presumir de ellos, invocando lo que nunca había invocado: el patriotismo. No fue una caída de caballo, fue un cambio de caballo sin recato y sin aviso, como solo personas que desprecian las formas son capaces de hacer.


Y ha vuelto a hacerlo tras hundirse en las encuestas y anunciar ante los suyos su renuncia a presentarse a las próximas elecciones. Convirtiéndose en un ente gaseoso, ya sin forma, que irá dispersándose en los próximos meses hasta desaparecer por completo. Zapaterismo puro, nada en esta mano, nada en la otra, todo magia, ilusionismo, prestidigitación, nigromancia. No está mintiendo. Está en su papel, metido en otra realidad que nada tiene que ver con la auténtica. No deberá extrañarnos, por tanto, si en esta nueva etapa Zapatero es más él mismo que nunca. La inconsistencia y la movilidad que caracterizan a los gases se adaptan perfectamente a su temperamento, y del mismo modo que las moléculas de los gases se mueven libremente por todas partes, lo veremos aparecer en los lugares más insospechados, rebotando contra lo que encuentre a su paso. Habrá, pues, que tener cuidado con él, pues que terminará la legislatura debe darse por hecho, al contar con el apoyo de los nacionalistas, que querrán exprimirlo al máximo, antes de que se les acabe el chollo que ha representado para ellos. A no ser, naturalmente, que les suceda lo que a su propio partido: que metido en un mundo que nada tiene que ver con la realidad, termine siendo una amenaza para ellos.

Pues a la realidad no se la convence con juegos malabares. Los norteamericanos tienen el conocido proverbio «puedes engañar a uno una vez, pero no a todos siempre». Se quedan cortos. Hay individuos, y nuestro presidente es uno de ellos, capaces de engañar a todos, bueno, a casi todos, siempre. Pero a quien no pueden engañar es a la realidad. La realidad es terca, obstinada, cabezota, y no hay quien consiga apartarla de su camino. Si alguien lo intenta, el bofetón que se lleva lo envía a la cuneta. Ha sido el gran error de Zapatero: despreciar la realidad. Creer que era tan manipulable como las ideas, las palabras o las personas. Pensar que basta desear algo para que acontezca. Suele ocurrir a gentes como él, que nunca han tenido problemas mayores, que se lo han encontrado todo hecho, que ni siquiera han tenido que esforzarse para alcanzar las mayores cimas. En su caso, incluso la presidencia del Gobierno. Si tan fácil le había sido llegar a La Moncloa, ¿cómo no iba a pensar que podía llegar a un acuerdo con ETA, a rehacer la estructura territorial de España, a encerrar en un lazareto a la derecha y a empalmar con la Segunda República, saltando por encima de la odiosa dictadura de Franco y la errada Transición? ¿Qué significaba ante tan grandiosos planes una crisis económica, sobre todo para alguien como él, que nunca había tenido esa clase de problemas?

Es aún hoy cuando todavía no acaba de creérselo, aunque esa crisis le haya obligado a anunciar su retirada. Ante media docena de redactores de las publicaciones más famosas de Europa se ha atrevido a decir que se dispone a «explicar en esta campaña (electoral) por qué hemos salido de la crisis». Ese «hemos salido» es impagable. Nos demuestra que Zapatero cree que ya hemos salido de ella. Me imagino a los periodistas de «Der Spiegel» o «Le Monde» abriendo los ojos al oír al presidente de un país con más del 20 por ciento de parados, con las cajas de ahorro sin sanear y las reformas exigidas aún sin hacer, asegurar que ya ha salido de la crisis. Tan fuera de la realidad se encuentra, tal es el mundo feliz en que se mueve.

«Un mundo feliz» era el título de la novela que Aldous Huxley situó en «Utopía», un lugar donde se programaba a los niños para ser felices y disfrutar de la vida. No existía en él arte, ni religión ni amor siquiera, pero sí abundante sexo y diversión. Esa era la España que Zapatero buscaba. Examinen ustedes su labor legislativa y se darán cuenta de que no hay en ella nada serio, sólido, duradero. Ni siquiera aquello de lo que más presume, lo social, y no digamos ya lo económico, en lo que se limitó a seguir la senda que ya existía, sin molestarse siquiera en controlarla. Todo ha sido leve, superficial, efectivista. Todo ha ido orientado hacia la satisfacción del individuo, nada a la sociedad en su conjunto. En este sentido, ha sido el menos socialista, el más conservador de los presidentes que hemos tenido en democracia.

Y el más equivocado, ya que esa agenda no podía conducir más que al desastre. Presiento que la historia va a ser mucho más dura con él que sus contemporáneos, ya que los años de holganza y dispendio de que hemos gozado reblandecen nuestro juicio. Pero la historia no va a perdonarle que cogiese un país que había alcanzado cierto rango en Europa y lo deje en el furgón de cola, más de dividido que nunca. Ese ha sido su mayor error. El primer deber de un gobernante es mantener unido el país, pero una de sus principales ocupaciones ha sido abrir viejas heridas.

Aunque la culpa no es solo suya. Es también nuestra. Todavía en 2004 no lo conocíamos, y el aura de novedad en que venía envuelto pudo engañarnos. Pero en 2008 sabíamos perfectamente quién era. Sabíamos de su adanismo, sectarismo, indigencia intelectual e incapacidad de reconocer errores. Todo un currículum para el desastre en un dirigente. Sin embargo, lo reelegimos en medio de una crisis que ya mordía nuestros bolsillos y trasero. Pero preferimos creerle cuando nos aseguraba que no nos afectaría.

Tampoco los españoles quisimos admitir la realidad.


ABC - Opinión

El paro no da respiro

Tras un fin de semana en el que Rodríguez Zapatero anunció oficialmente que no será el candidato socialista a las elecciones generales –con lo que, aún sin admitirlo, empieza, aunque sea soterradamente, una carrera para su sucesión– llegan una vez más las decepcionantes y calamitosas cifras del paro, que siguen batiendo récords. En marzo, 34.036 personas más engrosaron la lista de desempleo, en la que ya hay 4.333.669 hombres y mujeres, un aumento porcentual de 0,8% respecto a febrero. El volumen total de parados en el tercer mes del año es el nivel más alto en toda la serie histórica comparable, que arranca en 1996 y, por lo tanto, el más elevado desde el inicio de la crisis. Ni siquiera que la Seguridad Social, después de siete meses consecutivos en retroceso, haya ganado una media de 45.660 afiliados en marzo, un 0,26% más respecto al mes anterior, consigue enjugar el sombrío panorama laboral que invita a los análisis más pesimistas. Trabajo intenta consolarse con el pobre argumento de que casi un tercio del incremento de personas en situación de desempleo corresponde al colectivo sin trabajo anterior. Es una intentona vana porque el análisis pormenorizado es la constatación de las deficiencias de una reforma laboral manifiestamente mejorable. Varios ejemplos: una de las medidas estrella de la citada reforma, el Contrato de Fomento de la Contratación Indefinida no termina de despegar, ya que sólo ha supuesto el 6,4% de todos los contratos firmados en marzo y la contratación a tiempo parcial subió un 7% desde la puesta en marcha del plan de choque, de nuevo otra cifra muy poco significativa.

Estos números echan por tierra las previsiones del ministro de Trabajo e Inmigración, Valeriano Gómez, quien anticipaba que en el mes de marzo «se ha creado empleo», al ser un mes de transición en el que el desempleo evoluciona de forma variable en función de la fecha en la que caiga la Semana Santa. Sin embargo, el desempleo en nuestro país es lo bastante contundente para no tener que fiar las bonanzas de las cifras a un buen o mal calendario. Parece claro que la reforma laboral no es suficiente para frenar el paro, que afecta con especial virulencia a los jóvenes menores de 25 años, y que se incrementó en 12.830 personas. No parece que el Gobierno esté dando con la fórmula más adecuada para revitalizar el mercado de trabajo con una buena reforma laboral.

Sin embargo, todos los esfuerzos serán baldíos si no insiste en el pilar de toda recuperación económica y en la creación de puestos de trabajo: el Ejecutivo tiene que dar más confianza al tejido empresarial. Para ello tiene que impulsar las medidas destinadas a aumentar la inversión y el crédito a las empresas, además de brindar un apoyo decidido al emprendedor que está en la primera línea de la creación o la destrucción del empleo, no sin promover también reformas en materia energética, tributarias y de la Administración pública. Porque da la sensación –la cual se puede acrecentar con el nuevo escenario político– de que el paro va a una velocidad y las medidas del Gobierno a su rebufo sin que pueda ni quisiera alcanzarlos.


La Razón - Editorial

¿Quién gobierna España?

El desempleo alcanza ya a cinco millones de trabajadores, cuyas esperanzas de futuro no pasan precisamente por el resultado de las primarias en el PSOE, ni por las elecciones municipales y autonómicas.

La sensación de alivio por el anuncio de Zapatero de no volverse a presentar en 2012 ha sido efímera. En menos de 48 horas, los elogios fúnebres y los sentidos epitafios por el zapaterismo, tal vez apresurados, han dejado paso a la cruda realidad. Los datos oficiales del paro son incontestables. Cuando el presidente llegó al poder, hace siete años, el número de parados en España era de dos millones doscientas mil personas. Siete años después, Zapatero ha doblado esa cifra y la sangría de empleos no tiene visos de parar por el momento. Y si se atiende a las cifras reales, el desempleo alcanza ya a cinco millones de trabajadores, cuyas esperanzas de futuro no pasan precisamente por el resultado de las primarias en el PSOE, ni por las elecciones municipales y autonómicas.

Para quienes forman cola frente a las oficinas del paro, los juegos florales en torno a Zapatero y las quinielas sucesorias son una auténtica ofensa, además de la evidencia más clara de que los sindicatos y el PSOE los han abandonado a su suerte, carne de cañón de su imprevisión, de las falsedades, de la ceguera con la que Zapatero afrontó la crisis, de la ineficacia de todos y cada uno de los ministros del área económica. Sólo apreciar los índices de empleo de algunos de los países de nuestro entorno, incluso de los que atraviesan serias dificultades financieras, basta para comprender el destrozo perpetrado en la economía española por el Gobierno, el efecto brutal de la demagogia como receta frente a los graves problemas del país.

Pero no sólo es la economía. Puede que ese sea el factor principal de la severa derrota que predicen las encuestas, pero, en estos siete años de talante, Zapatero no ha contribuido precisamente a la consolidación de la democracia y sus instituciones. Episodios como el del Estatuto de Cataluña ponen de manifiesto el tono y el tipo de Gobierno llevado a cabo, la subasta de la soberanía nacional a cambio de puntuales apoyos para mantener el poder. El cierre en falso del 11-M, con la inestimable colaboración de un PP convencido de que la verdad es improcedente para sus objetivos; el chivatazo de Estado y la negociación con ETA después del asesinato de los ciudadanos ecuatorianos Palate y Estacio en la T-4 –asunto del que Rajoy dice haberse enterado ahora; nunca es tarde– forman un cuadro moral inasumible en un sistema democrático. Zapatero dice que se va y una alfombra de flores se abre a su paso. Y entre tanto, ¿quién manda aquí y qué ha cambiado?


Libertad Digital - Editorial

Quiebra en el PSOE

En el contexto actual de crisis del socialismo andaluz, también se hace indispensable que allí se convoquen elecciones anticipadas.

LA dimisión del consejero de Gobernación y Justicia es fiel reflejo de la crisis imparable del Ejecutivo andaluz. Luis Pizarro, hombre fuerte del PSOE en una comunidad gobernada con mano férrea por los socialistas, deja su cargo como consecuencia del cese del delegado de su Consejería en Cádiz, otra muestra de los conflictos internos de un «régimen» que se resquebraja. Pizarro ha sido nada menos que durante dieciséis años una pieza clave de Chaves en cargos orgánicos de máxima relevancia en el partido. Ahora pintan bastos para el PSOE andaluz y cada uno hace la guerra por su cuenta, mientras las encuestas anuncian resultados positivos para el PP en las próximas elecciones locales y ofrecen amplias expectativas para Javier Arenas en las autonómicas del año que viene. El tropezón del secretario de Estado Gaspar Zarrías en su visita a la provincia de Cádiz no tuvo —por fortuna— ninguna consecuencia para la salud del político andaluz, pero es la expresión simbólica de que la era del socialismo en Andalucía está llegando a su fin.

El escándalo de los ERE fraudulentos conoció ayer un nuevo episodio con la revelación de que la intervención advirtió cuatro veces a la Junta sobre el abuso de los contratos a «dedo» y que el órgano gestor del «fondo de reptiles» de esos ERE no hizo publicidad ni convocó plazas. Todo ello se inscribe en el marco de la lucha interna que enfrenta a Chaves con su sucesor en la presidencia de la Junta, tal vez porque José Antonio Griñán no está dispuesto a asumir determinadas responsabilidades anteriores a su nombramiento. Lo cierto es que el PSOE andaluz hace aguas por todas partes con una fuerte confrontación territorial que ahora afecta a Cádiz, pero que puede estallar en otras provincias. En el contexto actual, la sucesión de Zapatero al frente del partido hace que se abra la caja de los truenos, demostrando el fracaso de una forma de hacer política que debería conducir a la convocatoria de elecciones anticipadas, también en Andalucía. La necesidad de cambio político en la Junta es ya un caso de higiene democrática, porque la permanencia indefinida de las mismas personas favorece prácticas intolerables para el pluralismo imprescindible en una sociedad abierta. La salida traumática de Luis Pizarro demuestra la quiebra de un partido que arrastra consigo a todo el Ejecutivo andaluz.

ABC - Editorial

lunes, 4 de abril de 2011

Zapatero. Lo previsto y lo imprevisto. Por Agapito Maestre

Salga, señor Rajoy, y diga algo que nos invite a quererlo. Imite un poco la actividad que tuvo Zapatero el pasado domingo. No desaprovechó el tiempo.

Zapatero tenía previsto apostar. Y jugó fuerte a la comedia de la inocencia: Zapatero es un perverso, pero el PSOE es la salvación. Rajoy a juzgar por su silencio no tenía otra cosa prevista que disfrutar de un fin de semana. Zapatero se va, pero se lo ha puesto difícil al PP y muy fácil a su partido. Zapatero es el presidente del Gobierno peor valorado de la historia de la democracia, pero eso no debe hacernos olvidar que Rajoy está aún mucho peor valorado que el funesto presidente saliente. Las espadas están en lo alto. Los ganadores y los perdedores aún no están decididos. Por otro lado, resulta inquietante que una decisión tan importante como la anunciada el sábado por Zapatero, nada más y nada menos que su retirada de la competición política, aún no haya sido comentada por el jefe de la Oposición. Raro.

Quizá los socialistas no digan la verdad de lo que están pensando, pero tengo la sensación de que el PSOE salió reforzado, después de ver las imágenes y las opiniones de los que asistieron a la reunión de la Ejecutiva Federal socialista. Contrastaba la opinión unánime de esa gente con el silencio de Rajoy y, sobre todo, con los titubeos de los dirigentes del PP. Porque no deja de ser un titubeo absurdo, casi infantil, enfatizar que Zapatero ha sido expulsado por su propio partido, cuando todos esperábamos que lo echara la Oposición. Zapatero, el hombre-partido por antonomasia de la política del último siglo, puede ser criticado por muchas cosas excepto por ser un hombre ajeno, o peor, enfrentado al Partido. Quien dice eso, en mi opinión, no tiene una sola idea sobre política socialista.


En fin, ahora empieza lo bueno. La política. Política mala y sucia o política para crear bienes en común. Política, en cualquier caso, para acabar definitivamente con España o, por el contrario, relanzar a este país como una nación más del mundo libre. ¿Conseguirá Rajoy ilusionar a los españoles con un proyecto político para sacarnos del atolladero socialista? ¿Conseguirá Rajoy hacer que los españoles se sientan libres dentro de la fatalidad socialista? ¿Conseguirá Rajoy ganar por mayoría absoluta? Está por ver; de momento, da qué pensar el silencio de Rajoy. ¿Acaso el líder del PP no tenía aún formado un juicio de situación sobre la dimisión de Zapatero? Es un horror que este hombre no haya dicho todavía esta boca es mía. La política también es visibilidad, amenidad y hacerse querer, o sea, lo contrario de un Rajoy invisible, anodino y vulgar.

Salga, señor Rajoy, y diga algo que nos invite a quererlo. Imite un poco la actividad que tuvo Zapatero el pasado domingo. No desaprovechó el tiempo. La explicación de su decisión fue atrevida, chulesca e, incluso, soberbia, pero puede que sea decisiva para su partido y para él. Fue pedagógico y dijo: "Rajoy ya no podrá meterse conmigo, porque me he marchado; ahora tiene que presentar su proyecto político". Tiene razón el de León. Los españoles queremos un designio político serio y razonado, un líder capaz de explicarlo y, por supuesto, un partido que lo haga creíble, pero, hasta ahora, no lo vemos por ninguna parte.


Libertad Digital - Opinión

Madrid, cazuela hirviendo. Por Félix Madero

Se va para demostrar que es y era una falacia aquella sandez de que cualquier español puede ser presidente del Gobierno.

QUE Zapatero no se ha ido lo demuestra que no hay columna de opinión que no hable de él. ¿Podremos vivir sin él?, pregunta una afligida amiga de Aguilar de Campoo. Sí, le contesto. Otra cosa son los efectos colaterales del Zapaterismo ultramontano —¡pero es que hay otro!—, que como la radiactividad en el agua y el campo dura años. Quitar esa plasta viscosa que nos ha hecho más escasos llevará tiempo. Pero Zapatero sigue, como decía en la televisión en blanco y negro Joe Rígoli. ¿Se acuerdan? Yo sigo. El actor argentino fue persona de mucho arte, pues sólo con arte se puede uno llamar actor y ganarse la vida con dos palabras. Más o menos lo mismo que Zapatero, que para saltar a la arena política lo hizo, no con dos palabras, pero sí con un acrónimo: Zp. Y poco más.

En este momento, las consideraciones personales no importan. Por eso, a la hora de decir a los suyos que no optará a un tercer mandato mete de matute a su familia. No la nombra, pero se refiere a eso que llaman «el factor Sonsoles». Conste que en lo personal y familiar le deseo a Zapatero lo mismo que deseo para mi y los míos, que no haya dudas. Pero justificar el desastre y la poquedad política apelando a la familia ante un Comité Federal que te está echando es un improperio. Se va porque ha fracasado y se ha equivocado. Porque cuando no se ha equivocado nos ha mentido; porque cuando no ha mentido ha negado; porque cuando ha negado no sabía qué pasaba, y, entonces, afirmaba; porque cuando afirmaba desconocía, y cuando desconocía, desbarraba. Se va para demostrar que es y era una falacia aquella sandez de que cualquier español puede ser presidente del Gobierno. No señor. Igual que no todos los futbolistas pueden ser el 7 del Madrid, la presidencia del Gobierno exige preparación, trabajo, esmero, cualificación, audacia e inteligencia. Y ya puestos, idiomas. Dicen que su mujer se queja de que Madrid es una ciudad en la que no se puede vivir, que es una sartén hirviendo. No es verdad, yo vivo aquí hace muchos años y no la cambio. Hierve en primavera de desencanto, de gente mustia, de parados apostados a la fachada de Caritas, de febriles ciudadanos que no se atreven a pronunciar el nombre del que se va pero se queda: éste hombre, le llaman.

Pero he hablado de efectos colaterales del zapaterismo que nos atrofia y paraliza. ¿Hay algo peor que el escándalo? Sí, la indiferencia ante él. Pedro Solbes, el probo funcionario de lápiz, goma y manguitos, y parte activa como ministro a la hora de que Enel se hiciera con Endesa va a ser fichado y retribuido por los italianos sin que nadie pida explicaciones. Le han puesto una silla en el Consejo de Administración. Como suena, oiga. ¡Eh, en el PP! ¿Hay alguien ahí? Despierten, hombre. Despierten.


ABC - Opinión

El día después. Por José María Carrascal

Puede haber socialistas que quieran borrar la era Zapatero: como si no hubiera existido. Pero existió, ¡vaya si existió!

Fiel a su modo de ser, tras prometernos que «se dejaría la piel contra la crisis», lo primero que ha hecho tras anunciar que no se presentaría a la reelección, fue engolfarse en la campaña electoral, arremetiendo contra el PP. Este es nuestro hombre, capaz de desdecirse sin inmutarse y de hacer lo contrario de lo que acaba de decir. Claro que ya no engaña a nadie, ni siquiera en su partido.

Hablando de su partido, ha sido el PSOE, no el PP, quien le ha obligado a irse. Los llamamientos del PP incluso le animaban a quedarse. Pero los gritos angustiosos socialistas —«¡Nos ahogamos!»—, le han obligado a tirar la toalla. La toalla, pero no los hábitos. El primero, la deslealtad. No ya con España, esa nación «discutida y discutible» que le importa bien poco como demostró al negociar con nacionalistas y terroristas, sino con su propio partido. Bastaba ver las caras atribuladas de su Comité Federal para darse cuenta del miedo que no les cabía en el cuerpo. Incluso los que le habían pedido que se fuera tragaban saliva, sin atreverse a mostrar satisfacción. Y es que el anuncio no podía haber sido hecho en peor momento ni de peor manera. Cuando se inicia una campaña electoral dificilísima y con el añadido del suspense venenoso de unas primarias que auguran, quieran que no, una lucha fratricida. Como si Zapatero haya querido vengarse de los suyos por haberle obligado a irse, poniéndoles en una situación aún más difícil de la que ya se encuentran.


No lo tienen mejor sus potenciales sucesores. Empezando por los que figuran en cabeza. Tanto Rubalcaba como Chacón están contaminados por Zapatero. Han sido sus leales colaboradores y les toca la parte alícuota de responsabilidad en los errores cometidos por el gobierno, que han sido muchos y graves. Algo que no les perdonará un electorado que sufre en sus carnes las consecuencias de esos errores, cuya vigencia se alargará más allá de las elecciones generales, según todos los indicadores. Tanto es así que me atrevo a vaticinar que de aparecer un rostro nuevo, fresco, no infectado por el zapaterismo, se le saludaría con entusiasmo por parte de un partido cuyas esperanzas se cifran hoy alcanzar una «derrota decente» y evitar la catástrofe.

Lo malo es que no sé si habrá un o una valiente que se atreva a lanzarse al ruedo en las circunstancias actuales. Claro que, para estos casos, siempre está Bono, aliño de todas las salsas y zurcidor de todos los rotos. No se sonrían. La ruleta ha empezado a dar vueltas y la bola puede caer en cualquier número. Incluso en el de quien, hace siete años, vio como un chico de León al que nadie conocía, le birlaba la candidatura. Puede haber socialistas que quieran borrar la era Zapatero de esta forma: como si no hubiera existido. Pero existió, ¡vaya si existió! Basta comprobar el lastimoso estado de nuestra nación para comprobarlo.


ABC - Opinión

Zapatero. ¿Rehúso debido?. Por Emilio Campmany

Huele a pacto de alternancia. ¿Por qué Aznar, que incumplió promesas como las de entregar los papeles del Cesid o reformar la Justicia, se atuvo estrictamente a la que hizo de ser presidente sólo ocho años?

Son muchos los analistas que nunca creyeron que Zapatero llegaría a hacer lo que ha hecho, rehusar un tercer intento. Había buenas razones para desconfiar. Son muchos los inútiles, que nada serían de no ser por el castellano-leonés, que insistirían en ese tercer intento por ver si podían seguir cuatro años más en el machito. Y por otra parte, a qué podría dedicar Zapatero mejor su tiempo que no fuera a ser presidente de Gobierno. Y, sin embargo, lo hizo. Tiró la toalla. Podía haberlo hecho de muchas maneras. Podía haber dimitido de la presidencia de Gobierno para dejar que otro socialista intentara mejorar su marca, que no le habría costado mucho. Podía haber convocado elecciones generales anticipadas para acabar de una vez con la agonía que está siendo esta legislatura desde al menos el mayo pasado. Pero ha preferido hacer lo mismo que Aznar, aguantar dos legislaturas completas y entregar el poder a quien gane al final de la segunda. ¿Es una mera casualidad?

Los que están en la pomada cuentan que José Bono ya sabía desde finales de 2007 que Zapatero no se presentaría a un tercer mandato. ¿Y cómo podía saberlo, digo yo? O Bono había escuchado lo que no era más que un desahogo durante una pájara del ánimo, sin valor alguno en cuanto éste se hubiera repuesto, o lo que conocía era la existencia de un compromiso, el de no presentarse una tercera vez. Puede que el compromiso fuera con el mismo Bono, a cambio de que no le enredara el partido, que es lo que estuvo haciendo durante toda la primera legislatura hasta que en el verano de 2007 se supo que sería presidente del Congreso si el PSOE ganaba las elecciones siguientes. Puede que Zapatero tomara, para sí y ante la Historia, la decisión de no concurrir a un tercer mandato tras convencerse de que ocho años son suficientes. Pero ni Bono parece tan fuerte como para que su apaciguamiento exija tan alto sacrificio, ni Zapatero alguien tan preocupado por el buen funcionamiento de nuestros usos constitucionales como para renunciar sólo por eso a La Moncloa.

Huele a pacto de alternancia. ¿Por qué Aznar, que incumplió promesas como las de entregar los papeles del Cesid o reformar la Justicia, se atuvo estrictamente a la que hizo de ser presidente sólo ocho años? ¿Por qué ahora Zapatero va hacer exactamente lo mismo? ¿Por qué a ninguno de los dos se le ha ocurrido entregar la presidencia al candidato de su partido unos meses antes de las elecciones y mejorar así las probabilidades de éxito? ¿Por qué Rajoy está tan seguro de que en 2012 será presidente? Tanto lo está que, a pesar de la relevancia del anuncio que Zapatero hizo el sábado, esta es la hora en la que escribo que no ha dicho ni mu a la prensa. Aquí hay gato encerrado.


Libertad Digital - Opinión

Iznogoud por triplicado. Por Gabriel Albiac

Pero estos no son políticos; son comensales de la sopa boba.

LOS admiradores de René Goscinny, entre los cuales me encuentro, saben que su obra maestra no es la serie del encantador miniguerrero Astérix. Lo es la que se articula alrededor del Visir, de maldad siempre frustrada, Iznogoud: ese que repite encabritado su empeño por ser «Califa en lugar del Califa». Verlo estrellarse, una vez detrás de otra, pone en el lector la risa avinagrada que trasluce lo demasiado humano.

Chacón es un Zapatero que habla catalán: quienes juzgaban imposible dar con alguien del nivel intelectual y moral del Presidente, no tienen más que dirigir los ojos a ella. Rubalcaba, un viejo zorro herido, con serias oportunidades de que el Faisán lo lleve allá adonde llevara el GAL a su colega Barrionuevo, a poco que los jueces se le pongan bordes. ¿Bono? A juzgar por lo florido de su oratoria, está que pega brincos de contento: mala cosa para un político, poner tan al descubierto sus cartas y tan antes de tiempo. A decir verdad, el espectáculo, entre los aspirantes a ser Zapatero en el lugar de Zapatero, augura tiempos mayormente sombríos para el PSOE. Y para los aspirantes, sobre todo.


Iznogoud Chacón, no lo ocultaré, es de todo el enjambre de Iznogouds que van a merendarse el ya putrefacto cadáver del Califa, quien a mí me genera más ternura. Por la continuidad, sobre todo. Las cosas que le hemos oído decir a Zapatero sólo son comparables a aquellas que salieron de la de quien largó lo de «yo soy la niña de González» (Felipe), o eso otro de que además era no sé quién que acababa de «cagarse en la puta España». La mar de astuto por parte de alguien con pretensiones de presidir a la defecada, por supuesto.

Iznogoud Rubalcaba lo tiene todo en contra. Porque todo parece tenerlo a favor. Lo cual, en política, es el modo más seguro de que te aticen hasta en el carné de identidad. Desde que al Jefe le dio la depre en diciembre, aquí el único que ha gobernado es el señor de la faisanería. Tanto lo ha hecho y tan feliz, que no queda ya un solo poderoso en su partido que no afile navaja para cortarle el pescuezo a la que se descuide. Lévi Strauss narra el hábito de los sabios pobladores de cierta tribu amazónica que, cuando ven nacer al anhelado hijo varón, salen a la plaza pública gritando y sollozando: «¡Ah, Dios mío, pero qué feo que es, pero qué raquítico…! ¡Cómo ha podido caer sobre mí una desdicha tan grande!». Ritualizada manera de eludir la envidia de vecinos y dioses. Y Maquiavelo aconsejó siempre al político hablar poco y actuar deprisa. Pero estos no son políticos; son comensales de la sopa boba.

Y queda, de momento, Iznogoud Bono. Que anda aún más contento de lo ya en él habitual por haberse conocido. Y que puede que tenga razón en lo de verse cada día más irresistible ante el espejo. De no ser por la cosa equina. Y por la cosa inmobiliaria. Y por los mil misterios que en la vida de un hombre rigen el tránsito de escasez a opulencia. Y otra vez Maquiavelo: cuídese el político, sobre todo, en materia de dinero; los hombres olvidan de buen grado el asesinato de su padre, pero lo otro…; lo otro es otra cosa, como su propio nombre indica.

El gafe de Iznogoud se multiplica en un laberinto de espejos. Y la cosa comienza a ponerse divertida.


ABC - Opinión

Zapatero. Tras la espantá. Por José García Domínguez

En la cúspide de una iglesia de estricta obediencia leninista, cual siempre ha sido el PSOE, solo cabe una cabeza –aun de chorlito–, jamás dos.

Tras la espantá del Curro Romero de la socialdemocracia flácida, ese espectro feminista que arrastra su pesar por los pasillos de La Moncloa, está por ver que se haya abierto el proceso sucesorio. El genuino quiero decir, asunto bien distinto del macguffin de circunstancias que, según parece, se aprestan a escenificar la niña de Felipe y el señor de González. Y es que en la cúspide de una iglesia de estricta obediencia leninista, cual siempre ha sido el PSOE, solo cabe una cabeza –aun de chorlito–, jamás dos. Recuerde al respecto la defenestración sumaria de aquel audaz intruso leridano, Josep Borrell, a cargo de la banda de la porra mediática.

Inimaginable en Ferraz la estampa de un ministro del Movimiento, otro Pepe Solís Ruiz impelido a manifestar su más inquebrantable adhesión al caudillo de turno emanado de las primarias. A ese particular respecto, tanto por tradición como por principios, en el Partido Socialista el único llamado a ocupar el sillón del Gran Inquisidor es el secretario general. El único. Él y solo él. Nunca ha ocurrido de otro modo. Y nunca ocurrirá. Así las cosas, la cara que se ofrezca para ser partida en las urnas dentro de un año, sea cual fuere, no tiene por qué coincidir con la del nuevo líder. Ni mucho menos. No sucedió con la de Almunia, que sabiéndose seguro perdedor dio en inmolarse de grado a cambio de una canonjía en Bruselas. Y no hay razón alguna para que ahora haya de acontecer cosa distinta.

He ahí, por cierto, la causa última de que el Adolescente rehúse ceder el control del aparato a una comisión gestora. Adherencias del oficio, también él ansía que todo quede atado y bien atado. Eso sí, en el terreno que sabe suyo, la trastienda siempre opaca de un congreso, lejos del circo periodístico que, inevitable, habrá de rodear la elección del cartel electoral. Lo malo, ¡ay!, es que con los concilios partidarios ocurre lo mismo que con las pistolas: también los carga el diablo. Que se lo pregunten, si no, al propio difunto, aquel ignoto culiparlante de León que cuando entonces se impusiera a José Bono. ¿Y si en medio de tanto ruido asistiéramos a las vísperas de nada?


Libertad Digital - Opinión

Ezquizofrenia. Por Ignacio Camacho

Con la retirada a plazos, el zapaterismo culmina en un proceso disociativo de esquizofrenia política.

EN el inevitable proceso psicológico que va a vivir como presidente interino, esa etapa terminal que los americanos llaman con poca caridad «síndrome del pato cojo», existe una alta probabilidad de que Zapatero acabe hablando de sí mismo como si olvidase que lleva siete años en el poder. Ayer ya exhibió en Murcia el preocupante síntoma del desdoblamiento disociativo, al considerarse en condiciones de exigir cuentas por anticipado a la oposición sin tener que rendirlas de su propio mandato. Da la sensación de considerar que su renuncia a plazos lo exime de someterse al juicio político de una legislatura que además se empeña en prolongar contra todo atisbo de lógica razonable.

Acostumbrado a hacer de los gestos un embeleco político, a gobernar mediante artificios simbólicos, Zapatero pretende esquivar su responsabilidad con un amago de expiación ficticia. Quiere aliviar la presión que ha cargado sobre los suyos mediante una dimisión diferida con la que parece considerarse liberado. Sin embargo, al atornillarse al sillón y negarse a convocar elecciones lo único que va a lograr es la creación de un escenario institucional complejo, inestable y deslavazado, que se enredará aún más con la irrevocable bicefalia que sobrevenga cuando el PSOE elija nuevo candidato, con gran probabilidad procedente del actual Gabinete. Los dos, el saliente y el entrante, el viejo y el nuevo —que puede ser aún más viejo—, tendrán que afrontar la rendición de cuentas de un período de poder errático que ha dejado al país al borde de la quiebra, y que además va a culminar en un embrollo de jerarquías difusas y discursos superpuestos. Y el presidente, que al continuar siéndolo traslada al país el problema que había creado en su partido, no podrá eludir, —como no lo eludió Aznar cuando señaló a Rajoy como fallido heredero—, el veredicto que merezca su mandato.


La pretensión de Zapatero es metafísicamente inviable: irse sin irse. Como en el fandango: «Aunque me voy no me voy, que aunque me voy no me ausento». Quiere estar para tomar decisiones y ausentarse a la hora de responder de ellas. Va a ocurrir justo lo contrario: con su anuncio de-sactiva su autoridad y con su permanencia queda obligado a afrontar las responsabilidades. En medio de una zona de turbulencias ha soltado el cuadro de mandos sin entregar el relevo. Lejos de redimirse está a punto de provocar otro desaguisado.

Ayer, en distintos puntos de España, mientras Zapatero se autodesligaba de su propia condición, los militantes socialistas aclamaron a Rubalcaba y Chacón —por separado— con gritos de «presidente» y «presidenta». Ése es el resultado de la última obra maestra del zapaterismo: una fenomenal confusión de esquizofrenia política. El problema es que España no sólo no tiene ahora mismo tres presidentes, sino que tal vez en realidad no tenga ya ninguno.


ABC - Opinión

Un año en campaña

El día después de que el presidente del Gobierno anunciara que no sería el candidato socialista fue testigo de una auténtica fiebre electoral de los dirigentes del PSOE, que se lanzaron en tromba con múltiples actos de precampaña electoral con el propósito de aprovechar una especie de efecto posZapatero y de trasladar al electorado un mensaje de unidad y compromiso con un proyecto. El discurso de la cohesión y de la ilusión por un nuevo liderazgo que está por definir, de apuesta común por la hoja de ruta diseñada por Zapatero en el Comité Federal tendrá la vigencia que los propios de dirigentes quieran otorgarle. Los estrategas socialistas saben que el electorado castiga con severidad a los partidos que aparecen fracturados, pero también deben ser conscientes de que la imagen de consistencia interna que ofrecieron será difícil de mantener. De hecho, ayer mismo, menos de 24 horas después de que Zapatero se despidiera, los dos favoritos en el debate sucesorio, Alfredo Pérez Rubalcaba y Carme Chacón, fueron recibidos en sus respectivos actos políticos al grito de «¡Presidente, presidente!» La escena simboliza lo que se le viene encima a un partido con una historia de luchas internas que no sugiere que el proceso pueda ser incruento. La jornada sirvió también para calibrar a un PSOE sin un liderazgo político definido. La imagen de una tricefalia socialista –Zapatero, Rubalcaba y Chacón– aporta más confusión que decisión, más alboroto que sosiego, cuando se demanda otra cosa.

Los socialistas marchan contrarreloj. El adiós de Zapatero no ha logrado frenar la caída en la intención de voto, que adquiere dimensiones dramáticas. La primera encuesta tras el anuncio del presidente, que hoy publica LA RAZÓN, refleja una pérdida significativa de apoyos para el PSOE respecto al último sondeo de febrero, que ya era crítico. Un retroceso de otro medio millón de votos para dejar a los socialistas en la representación que tenían durante las legislaturas de finales de los años setenta. El partido en el Gobierno obtendría hoy entre 123 y 124 escaños. Su electorado se ha reducido desde 2008 en 3,9 millones de votantes. El panorama es aún más límite si se le compara con los resultados del PP. Según el estudio de NC Report, los populares aventajan al PSOE en 15,24 puntos, con una holgada mayoría absoluta de entre 185 y 187 diputados. La ventaja de hasta 64 parlamentarios es una brecha que recoge el enorme reproche a la gestión del presidente y de sus ministros y la recompensa a una oposición responsable y centrada en los problemas reales del país. La distancia con el PP se ha ampliado en la era posZapatero porque el fracaso socialista ha tenido muchos padres y no sólo uno como quieren vender algunos.

La fiebre socialista dominical fue un avance de lo que le espera al país. Cuando un partido antepone su estrategia al interés general sucede que ya sólo existe la campaña electoral. Un año de mítines y de refriega no es lo que España necesita y era un escenario del que Zapatero nos debería haber librado. Afrontar ajustes, reformas y sacrificios como los que España necesita con el ruido y las estridencias partidistas de por medio creará más dificultades y desconfianza.


La Razón - Editorial

Zapatero y Rajoy, inseparables hasta 2012

El uno no quiere dejar de gobernar todavía y el otro aún no desea hacerlo. Y, mientras todos realizan sus cálculos electorales, el desafío nacionalista, la mascarada etarra o la crisis económica continuarán engordando.

Parece claro que, desde el momento en que Zapatero anunció el pasado sábado que no repetiría como candidato socialista a las generales de 2012, su Gobierno ha entrado en funciones. Que el líder socialista haya firmado su propia acta de defunción es suficiente como para finiquitar una legislatura que ha venido marcada por la improvisación permanente ante las omnipresentes mentiras.

A partir de este domingo, Rubalcaba, Chacón, tal vez Bono y, en definitiva, todos los socialistas deseosos de ocupar la poltrona que ha dejado vacía el todavía presidente del Gobierno, ya han comenzado con su particular campaña electoral. Una que se antoja particularmente larga, teniendo en cuenta que se prolongará como mínimo hasta 2012. Más de un año en el que la acción de Gobierno quedará o bien suspendida o bien supeditada a la propaganda de los distintos aspirantes.


España es de temer que no vaya a soportar tanta provisionalidad. Por si no fuera poco que Zapatero se haya aferrado a un poder para cuyo ejercicio se sabe deslegitimado –que no por otro motivo ha decidido no presentarse a los próximos comicios–, ahora los ministros y el resto de cargos públicos socialistas comenzarán a desatender sus tareas o, peor aún, a colocarlas de manera incluso más descarada que en la actualidad al servicio de sus ambiciones personales. Se acabó, pues, cualquier agenda reformista, en tanto en cuanto lo que haga o deshaga Zapatero a partir de hoy les resultará irrelevante a los mercados y todos sus sucesores se cuidarán mucho de manchar su candidatura con el apoyo a un programa político tan imprescindible como impopular.

Precisamente por lo anterior, resulta del todo incomprensible que, en este contexto de sectaria frivolidad, el PP de Rajoy se niega a presentar una moción de censura contra el Ejecutivo. Al cabo, la misma crítica que puede hacérsele a la decisión de Zapatero de no dimitir puede dirigírsele a la de Rajoy de no forzarlo a dimitir: los cálculos electorales deberían quedar en un segundo o tercer plano, pues de lo que se trata es de prestarle un servicio a España desalojando del poder a uno de los peores Gabinetes de su historia.

Mas ni Zapatero ni Rajoy tienen la más mínima intención de servir a su patria. El primero porque difícilmente puede servir a un concepto discutido y discutible; el segundo porque ha optado por esperar a que la fruta se vaya pudriendo y caiga, aun cuando con su caída arrastre a todos los españoles. Los dos están sedientos de poder hasta el punto de olvidar por completo que la legitimidad de origen de ese poder procede de encontrarse subyugado a los intereses de todos los españoles, no a los suyos particulares.

El uno no quiere dejar de gobernar todavía y el otro aún no desea hacerlo. Y, mientras todos realizan sus cálculos electorales, el desafío nacionalista, la mascarada etarra o la crisis económica continuarán engordando ante un Ejecutivo que se mueve entre la activa complicidad y la pasiva indiferencia.


Libertad Digital - Editorial

El PSOE busca líder

Todos los nombres que se barajan para la sucesión son referencia de los gobiernos de Zapatero y corresponsables de la grave situación de España.

EN menos de un día se ha comprobado que el PSOE está ya en la espiral de elegir candidato para 2012. Si la intención de Rodríguez Zapatero con su anuncio de no repetir candidatura y el deseo de los dirigentes socialistas que se la juegan el 22 de mayo era dejar expedito el camino para la campaña electoral de las municipales y autonómicas, salta a la vista que los acontecimientos van por otro lado. El PSOE ya está en primarias, mientras Zapatero empezaba ayer en Murcia su gira de despedida, recibiendo más apoyos ahora que ha dicho que se va que cuando jugaba con sus silencios. Los socialistas van a tener muy difícil sobreponer su discurso electoral a su crisis interna, y, en todo caso, les será imposible evitar que el foco de la opinión pública y de la oposición no se detenga en dos de los precandidatos conocidos, Alfredo Pérez Rubalcaba y Carme Chacón. Uno y otra están desde el sábado expuestos directamente a la política de desgaste del Partido Popular. Ambos son referencias de los gobiernos de Zapatero, han apoyado todas sus decisiones y tienen responsabilidad colegiada por la gestión de la crisis. Ninguno representa renovación al zapaterismo, sino dos de sus más fracasados proyectos, la alianza con el nacionalismo catalán y la negociación con ETA. Por eso, una vez que el PSOE termine la travesía del desierto a la que lo ha condenado Zapatero, lo mejor que le puede suceder a su candidato es que el presidente del Gobierno convoque elecciones anticipadas. Si no, desde septiembre hasta marzo de 2012, al candidato socialista, si es miembro del Gobierno, le espera pechar, más aún, con la continuidad de la crisis, la herencia de Zapatero y su identificación por los electores como más de lo mismo. La crisis empaña el futuro de cualquier candidato socialista.

La incógnita actual es si los planes de Zapatero son también los del PSOE. Para que lo fueran, Zapatero debería tener autoridad y control sobre el partido, lo que evidentemente no tiene. Por eso es posible, y aun probable, que, tras una derrota severa el 22 de mayo —no tanto por diferencia de votos como por pérdida de poder— lo que pueda empezar con unas primarias acabe con un congreso extraordinario, en el que, además de elegir candidato, se dé al PSOE una nueva estrategia, con un nuevo secretario general.


ABC - Editorial