martes, 9 de febrero de 2010

Presidencia providencial. Por Hermann Tertsch

ERA absolutamente necesaria esta presidencia de la Unión Europea para que nuestros socios supieran con quién se la juegan. Por eso ha sido absolutamente providencial que nos tocara el turno de algo que, ya sin ningún valor de mando, pusiera en evidencia a la tropa que gobierna España desde hace seis años. Cierto que es tropa taimada. Y que tiene recursos. La vergüenza total para cualquier librepensador, periodista o intelectual que haya visto seguir a todos los máximos responsables de la prensa escrita, hablada y vista, al Gran Timonel en su paletada de Washington no tiene parangón. Los cursis supremos que sacan y predican buena impresión, ellos los invitados, de esa estafa que fue la tontiloca y falsa alocución de Rodríguez Zapatero en Washington habrán de digerirla por sí solos. Lo malo es que con estos chicos se ha acabado realmente el pudor. ¡Qué vergüenza! Todos, lo que se dice todos los responsables de la libertad de prensa en este país haciendo corte humillante de un presidente acabado que ha hundido a su país en seis años. Hay que buscar a algún enemigo en tiempos de guerra para encontrar a alguien que haya hecho más daño a este país.

Y eso en tiempos de paz. Pero todos fueron allí como perritos falderos del peor presidente de nuestra historia democrática a rendir pleitesía al inane para acercarse mínimamente al presidente de Estados Unidos que probablemente sea -por inteligencia democrática norteamericana- un jefe de Estado fugaz -a onetermpresident- como fueron el padre Bush y el chico de los cacahuetes que era Carter, aquel demócrata que decía que todos somos buenos y acaba haciendo payasadas con los helicópteros en Irán.Los buenos tienen mucho peligro. El nuestro desde luego. España está probablemente en la peor situación desde el final de la guerra civil gracias a nuestros comandantes socialistas y al ideario primitivo y obtuso de nuestro líder de la revancha y necio sideral. ¿Quién lo va a defender? Sus peores. Toda esa selección negativa que ha llevado a gente insólita a puestos de responsabilidad, véase Bibiana Aido o Leire Pajín. Junto a ellas, eso es cierto, Pepiño Blanco parece Metternich. Se lava el pelo y se ha acostumbrado, eso es fácil, a los trajes a medida. Aunque ha de cuidar un poco más su calzado. Los zapatos dicen mucho de uno mismo. Pero supongo que irá aprendiendo. Porque nuestro socialista gallego es un superviviente listo y no me cabe duda de que acabará haciéndose los zapatos en Nagy en Viena o Budapest.

Lo dicho, esta presidencia ha sido providencial porque en pocas semanas nuestros socios y aliados se han enterado de lo que vale un peine. Y su espanto sólo es comparable al que llevamos sintiendo desde hace años algunos compatriotas del Gran Timonel que estamos aterrorizados ante la idea, convertida en realidad en este desgraciado país, de que un niño japonés iletrado se ponga al mando de un submarino atómico. Ya no sabe nadie qué botones, teclas o dispositivos toca, pero todos sabemos que no va a acertar nunca en su opción. La presidencia española, Dios la tenga en su gloria, ha hecho visible para todos los europeos, para todo el mundo, la tropa de insensatos, irresponsables e ineptos que nos gobiernan. Y si nosotros hemos demostrado la capacidad que tenemos de ser embaucados, los europeos y el mundo en general no parecen querer imitarnos. Por eso creo que es un momento feliz aunque trágico que nuestros problemas estén claros y a la vista de todos. No facilitará en nada nuestra recuperación. Pero añadirá honestidad en su valoración. Ya va a ser imposible para la prensa nacional escribir todos juntos un editorial único en defensa del Timonel, que podría haberse producido después de este indigno peregrinaje a Washington. Como el habido en Cataluña bajo el régimen de Iznogud de Iznagar, alias Montilla. En fin, una suerte de presidencia que revela y da luz a la tragedia idiota que nos oprime.


ABc - Opinión

Blanco y la conspiración: recurso de perdedores . Por Antonio Casado

El ministro de Fomento y vicesecretario general del PSOE, José Blanco, abanderó ayer la defensa del Gobierno ante la granizada política y económica que le está cayendo encima. Dejémoslo en defensa, que no es poco, aunque la idea era pasar al contraataque. Por eso no se le ha ocurrido otra cosa que denunciar una conspiración contra España.

Mal asunto. Como síntoma no puede ser peor para la causa política de Zapatero. La teoría de la conspiración siempre fue el asidero natural de los perdedores. O de los fracasados. Y si el más versátil de los ministros de Zapatero echa mano del viejo recurso (de la conjura judeo-masónica a los autores intelectuales del 11-M, que habitan entre nosotros), es que ya se está interiorizando el hundimiento como algo irreversible.


La teoría de la conspiración, como la manía persecutoria, el caldo de cerebro o los delirios de grandeza, produce monstruos. Blanco nos dejó ayer una de esas criaturas. Dice que España está siendo víctima de los especuladores, verdaderos causantes de la crisis de 2008, cuyas turbias maniobras se desatan en venganza por las tesis reguladoras de Zapatero. No perdonan que, al igual que Obama, quiera poner orden en los mercados y regular el funcionamiento de sus agentes para impedir que sigan haciendo de las suyas.

Según Blanco, toda esta actividad cortoplacista que demoniza a Zapatero y ataca la marca España, se ha agudizado ahora precisamente porque ven que “estamos saliendo de la crisis” y no pueden soportarlo. O sea, que nos tienen envidia. Un andaluz de los de Machado (Manuel) diría que eso es salirse por peteneras. Nunca mejor traída esta muletilla castiza. Castiza y terminal, si tenemos en cuenta el mal fario que acompaña a la petenera. Y por eso digo que recurrir a la teoría de la conspiración equivale a reforzar los argumentos de quienes cantan el principio del fin del segundo reinado socialista.

De los especuladores que huelen la carnaza española se puede deducir que son unos carroñeros. O magos del corto plazo, como han dicho Elena Salgado y José Manuel Campa, que ayer estuvieron haciendo bolos en Londres, a los inversores y analistas de la City. Se puede teorizar incluso sobre la posibilidad de que, efectivamente, ciertos poderes financieros quieran darle patadas al euro en el trasero de España. Pero nadie medianamente serio podrá endosar a los tiburones de la Bolsa ni a los analistas del Financial Times el masivo desembalse de dinero público que nos ha dejado a merced de los pescadores en río revuelto. O los resultados, más bien pobres, de las distintas medidas que ha ido tomando el Gobierno para reanimar la economía y fomentar el empleo sin desbordar demasiado la disciplina fiscal de la Unión Europea, cuando seguimos en recesión con insoportables tasas de paro y un alarmante déficit público.

En toda conspiración que se precie habita el enemigo exterior, cuyo perímetro siempre es incierto. Difícil de identificar y, por tanto, fácil de inventar. Luego está el enemigo interior, el PP, en su condición de recambio. Puede hacer una de estas tres cosas: presentar una moción de censura, cooperar con el Gobierno en la saluda de la crisis o seguir recreándose en la diaria descripción de nuestros males. Parece que ha optado por lo tercero, más cerca de la soflama que del razonamiento, como base del discurso político y mediático de su parroquia. O sea, que andamos entre Málaga y Malagón


El Confidencial

El tigre de papel. Por Cristina Losada

El notorio antifranquista retrospectivo no piensa aflojar el rígido corsé laboral heredado de la dictadura. Y ahí vienen bien Toxo y Méndez como perros guardianes. El Gobierno quiere, pero los sindicatos no le dejan. Echen otro hueso.

Lenin tenía muy claro qué esperaba de los sindicatos en las democracias a destruir. Cuando vio en un periódico la foto de unos huelguistas ingleses jugando al fútbol con agentes policiales, ordenó la supresión de los fondos que el Komintern destinaba a los sindicatos británicos. Pensó, y pensó bien, que no harían jamás la revolución. Las trade unions no eran revolucionarias, pero acumularon un poder capaz de derribar gobiernos, si bien a fuerza de usarlo, terminaron por derribarse ellas. Recibieron la puntilla en los ochenta, cuando el líder minero Scargill topó con la determinación de la Dama de Hierro. Durante una generación, no volvieron a levantar cabeza.


Nada indica que en España las dos centrales hegemónicas dispongan de la capacidad para vertebrar algo parecido al "invierno del descontento" que, en 1979, sentenció al último Gobierno laborista y abrió la puerta a la victoria de Thatcher. Pero se dice que el fantasma de las huelgas generales contra Felipe González atemoriza al pobre Zapatero y que ése es el motivo de que diera dos pasos atrás, después de dar medio adelante. Paparruchas. Desde luego, no van a encabezar Méndez y Toxo manifestaciones por el abaratamiento del despido. Como no convocaron la huelga contra el Gobierno que les reclamaban algunos ilusos. Pero de ahí a que sean los obstáculos insalvables va un buen trecho. Ni aquel paro contra el "decretazo", que era, en realidad, contra el PP, fue para tanto.

La naturaleza del escollo se refleja en encuestas recientes. Hay acuerdo general en que el País de las Maravillas se desmorona, pero también en que nada ha de cambiar. Lo queremos todo, ¡qué noticia! Y Zapatero, que alimentó la creencia en la fiesta infinita, como otras fantasías adolescentes, no tiene hechuras de Churchill para descorrer la cortina, mostrar la fea estampa de la realidad y pedir sacrificios. Al contrario. Hasta inventa contubernios contra España con tal de no afrontar la evidencia. Entre la espada y la pared, prefiere la parálisis. El notorio antifranquista retrospectivo no piensa aflojar el rígido corsé laboral heredado de la dictadura. Y ahí vienen bien Toxo y Méndez como perros guardianes. El Gobierno quiere, pero los sindicatos no le dejan. Echen otro hueso. Los sindicatos son tigres de papel. El zapaterismo no quiere jugarse la suerte electoral a la ruleta de las reformas impopulares y lo demás son pretextos.


RLibertad Digital - Opinión

España necesita un Estado. Por Tomás Cuesta

ESPAÑA necesita un gobernante con cerebro (o con «celebro», yendo a rebufo de Cervantes) en lugar de un experto en concelebrar gansadas que desconoce, incluso, que los gansos son ánsares. (¿Un «ánsar»? ¿Igual que Aznar? ¡Lagarto, lagarto!). Necesita un Gobierno que quiera gobernar y no le siga, le siga la corriente a los que han cortocircuitado el porvenir en aras de un hoy falaz y de un ayer falsario. Vamos, que lo que necesita España, además de un Gobierno, es un Estado. De otro modo, no hay caso. El que tome el relevo tendrá que seguir a régimen aunque pretenda ser más listo que el fantasma del hambre. Con suerte, quizá logre salvar los muebles, pero la carcoma se zampará la casa. Diecisiete estadillos comen mucho, sobre todo si el diminutivo ofende, tal cual ocurre en ciertos casos. Añádanse a la suma dos ministerios sindicales que tragan de lo lindo -y de lo repugnante- y el sinfín de voraces tragaldabas de libérrima disposición para lo que haga falta. Y que no farte de na, por descontado. Tarjetas dignas de crédito cuando las del común son verosímiles, y gracias. Coches «con conductor», que es un término medio entre el «chofer» vulgar y el aristócrata «mecánico». Puestos de asesoría a mayor gloria de la casta por el módico coste de ciento cincuenta mil del ala. Y sin que haya que haber pasado por el BOE -un paso pesado- para pasar por caja. ¿El BOE? Menuda patochada. Después de dar boleta a la Administración central -o sea, centralista; o sea, reaccionaria- el Boletín, austeridad obliga, podría amortizarse.

Rodríguez Zapatero, con certera ignorancia, ha puesto de relieve que lo de la Transición es un espíritu iletrado, que el libreto es un evanescente lalalá para salir del paso. En su idea de España -áteme usted ese idealismo por el rabo- lo mismo encaja un Estatuto inconstitucional, un traición podrida («faisandée») o una de veguerías para el Priorato, los Altos Pirineos o la planicie amontillada. De travestir los desafueros ya se ocupa Caamaño que es un especialista en componendas y, por no desentonar con su apellido, siempre encuentra un apaño que avale lo inaudito y justifique lo injustificable. Desde que en España se persiga el español y no exista siquiera la libertad bajo palabra hasta la última ocurrencia que tenga el señorito: «A mandar señorito, pa eso estamos».

Dejar atrás la crisis sin meter en cintura a los sultanes autonómicos que pastan en el erario con una impunidad insultante es un objetivo inalcanzable. Y el que lo niegue incurre en el oportunismo ingenuo o en la patraña interesada. Las taifas incrementan sus recursos gracias a que el presunto árbitro no vacila en quedarse con el culo al aire. Zapatero, entre tanto, se tienta los bolsillos y, al percibir las telarañas, acude a la deuda pública y al imaginario publicado. Ora toca la foto con banqueros, ora con los que ordeñan el destajo, ora con un primo de América, ora con un ex de Gran Hermano. Ora rezando a Dios, ora al diablo. Lo que convenga a condición de que camufle el panorama de un país exhausto en el que los privilegiados sestean a sus anchas y los náufragos sufren una vigilia interminable. Hasta que la resignación se agote o hasta que el cuerpo aguante.

Lo que necesita España es un Estado. Y mejor pronto que tarde.


ABC - Opinión

¿Lealtad o cobardía?. Por Andrés Aberasturi

Casi todos los grandes conceptos tienen dobles lecturas y no hace mucho citaba aquí mismo los versos del poema Brtech titulado "General" que fue traducido y cantado creo que por Adolfo Celdrán: "Otra vez se oye hablar de grandeza / (Ana, no llores, el tendero nos fiará)./ Otra vez se oye hablar del honor / (Ana, no llores no podemos comer ya) etc. Pues bien, ahora anda en juego entre los puristas de la cosa la lealtad del presidente de Castilla-La Mancha que ayer mismo daba una de cal y otra de arena: mientras insistía en la necesidad de pensar más en las generaciones que en la elecciones, más en resolver los problemas que en ganar votos, reconocía que tal vez su consejo de remodelar el Gobierno de la nación después del semestre y hacerlo más ajustado a las necesidades, no fue muy "oportuno". Y la pregunta es ¿por qué no? ¿Acaso porque unos cuantos hayan salido en defensa de lo que todos vemos desde fuera como un error? ¿Es que acaso la lealtad, la verdadera lealtad es decir amén incluso cuando el líder se equivoca?

Y lo malo -lo peor- son los argumentos que desde dentro del PSOE se contraponen al comentario de Barreda: que si no conviene meterse en las facultades del presidente del Gobierno, que si lo dicho ha sido echar más leña al fuego, que si la lealtad* siempre la lealtad para encubrir tantas y tantas cobardías.

La única lealtad de Barreda y, naturalmente, de muchos de los que le critican, incide directamente en los electores en primer lugar. En nombre de esos electores no sólo pueden sino que deben decir lo que piensan. La segunda lealtad -muy lejos ya de esa primera- la deben tener con su propio partido y, una vez más, volvemos a la falta de debate en el seno del PSOE. No es mejor socialista el que dice que sí a todo y aplaude incluso lo que no cree; ver cómo se hunden poco a poco una siglas y no decir nada, eso sí es desleal porque el PSOE, gracias a Dios o al Deuteronomio, no es Rodríguez Zapatero sino once millones de votantes y más de un siglo de historia. Ahí está su fuerza y al final ZP no será sino una anécdota moderadamente calamitosa en ese largo devenir. Y por eso no sólo es bueno discrepar, aconsejar, criticar y debatir: es absolutamente necesario.

Lo único que acepto de los críticos con Barreda es que le echen en cara que las cosas que pueda decir en los medios no las argumente en Ferraz. Pero a eso ya estamos acostumbrados. Había que oír lo que decían los Ibarra, Bono y demás familia en el portal de la sede y el silencio que luego mantenían en las reuniones del Comité Federal. No está mal que el antecesor de Barreda, el señor Bono, opine que hay que cambiar el sistema electoral y que los diputados deberían estar más pendientes de quienes les eligen que de quienes les ponen en las listas. Pues adelante, a plantearlo en la próxima reunión y a ver qué pasa. Pero esto no lo veremos. Ningún partido está por la labor no ya de ser realmente democrático, es que les da igual parecerlo. Al final tendremos que ser los ciudadanos lo que cambiemos un panorama que hoy por hoy es desolador. El problema es cómo hacerlo porque han sido los propios partidos, y muy especialmente la izquierda, la que se ha encargado de laminar lo que ella misma había creado antes de pisar poder: un asociacionismo que hoy es pura utopía.


Periodista Digital - Opinión

¿Y qué?. Por Alfonso Ussía

Cuando Israel anda de por medio, cualquier bobada o insignificancia adquiere la dimensión de una gran noticia. Una gran noticia contra Israel, está claro. La única nación democrática de los Orientes próximo y medio está acostumbrada a digerir el odio del retroprogresismo europeo. Le sobraba razón a José María Aznar cuando afirmó, pocos días atrás, que Israel es Europa. Mucho más que Turquía, escrito sea sin intención de molestar a nadie. ¿Qué barbaridad ha cometido el Gobierno de Israel para merecer la protesta y repulsa de nuestro Ministerio de Asuntos Exteriores? Cuando nuestro Ministerio exterior se enfada, el mundo tiembla. De risa, pero tiembla. Todavía se está esperando que muestre su protesta y repulsa por la situación de los presos políticos y de opinión en Cuba, pero no ha tenido tiempo. Con Israel, su reacción es fulminante. Solicitud de explicaciones al embajador hebreo en España y demás tonterías diplomáticas. El asunto es gravísimo. Una activista, no precisamente intelectual, del movimiento palestino, la señorita catalana Ariadna Jové Martí, con su visado de turista caducado, fue detenida junto a otra coleguis australiana para ser entregadas a la Policía de Inmigración y expulsadas del territorio israelí. A la activista pro-palestina se le ha retirado el pasaporte que le será devuelto momentos antes de su embarque en un avión, con destino España, y cuyo pasaje pagará con toda probabilidad el Gobierno de Israel. Un nuevo abuso hebreo que ha escandalizado a nuestra peculiar diplomacia.

La señorita Jové Martí no se puede quejar del trato recibido. Está muy bien –la libertad en Israel lo permite– que viaje a Israel odiando su realidad. No queda tan educado que forme parte de grupos lejanos al pacifismo para protestar contra quienes le han concedido permiso de entrada y residencia durante tres meses. Eso está feo, señorita Jové. En Israel no se combaten las ideas ni las militancias. En las naciones árabes sí. De haber sucedido al revés, es decir, que la señorita Jové fuera una activista pro-israelí detenida en cualquier nación islámica y acusada de espionaje o conspiración contra el pueblo de Alá, de la señorita Jové no quedaría ni el moño. Y el victimismo de siempre. Ha dicho la señorita Jové que resistirá, y que su detención es consecuencia de la «represión israelí a la resistencia popular». De acuerdo, vale, si ella lo cree así, nada que objetar. Pero la señorita Jové sabe que va a volver a España en perfecto estado de salud y en las próximas horas. Que no va a recibir cincuenta latigazos en una plaza pública, ni va a ser apedreada hasta morir, ni se va a ver obligada a pasear detrás de su novio, si es que lo tiene, con el rostro oculto y tapada hasta los pies como una esclava perteneciente al sexo humillado por el Islam, eso tan progresista. La señorita Jové puede seguir en España defendiendo desde su libertad a los palestinos, y nadie se lo va a impedir. Otra cosa es que el Gobierno de Israel estime conveniente devolver a su nación natal a quien no ha renovado su permiso de residencia. En España se han fletado aviones negreros de vuelta a centenares, y aquí paz y después gloria.

Israel es una nación seria formada por el pueblo que más ha sufrido en el siglo XX. Rodeada de Estados enemigos y sometida a un acoso constante. Ha convertido el desierto en un vergel y los israelíes trabajan. Sus excesos en la defensa han podido ser durísimos en ocasiones. Están en guerra. Excesivos problemas para que se convierta en uno más la pesada de la señorita Jové. A casa. ¿Y qué?


La Razón - Opinión

De la impotencia del poder. Por José García Domínguez

Unos y otros, todos, quieren creer en los escapularios macroeconómicos de Lord Keynes con la misma entrega que sus bisabuelos pusieran en las bulas de cuaresma de Pío XII. Por eso, el unánime desprecio a los políticos que ahora se predica.

Julio Camba, que caló como pocos al paisanaje patrio, puso por escrito lo que sigue a propósito de esa eterna grey celtíbera que sienta cátedra en las barras de los bares, arregla el país con un carajillo en la mano, y se arranca la palabra a berridos en las tertulias: "Todo el mundo sabe que, en el fondo, el español es un pobre hombre y que su cólera es la cólera de la impotencia, de la falta de fuerza y de confianza en sí mismo para tomar una determinación y seguirla serenamente".


De ahí, sin duda, la ferviente entrega con que aquí se rinde culto al Estado. Una superstición pagana que se manifiesta en toda su irracionalidad con la fe en la capacidad del Gobierno para conducir la economía BOE a través; indigesto brebaje ideológico con el que comulga el grueso de la afición. Y es que se trata de una sopa boba transversal tan cara a los devotos de la izquierda como a sus pares de la derecha. Nada extraño, por lo demás, si se repara en su receta: ese caldo espeso que surge de mezclar los prejuicios antiliberales del conservadurismo de Atapuerca con las rémoras de aquel marxismo tosco que cultivó una izquierda tan poco dada a sutilezas intelectuales como la nuestra.

Razón última, ésa, de que el pueblo soberano exija al Solbes o la Salgado de turno que obren milagros idénticos al del can de San Roque lamiendo las llagas purulentas del PIB. Así, unos y otros, todos, quieren creer en los escapularios macroeconómicos de Lord Keynes con la misma entrega que sus bisabuelos pusieran en las bulas de cuaresma de Pío XII. Por eso, el unánime desprecio a los políticos que ahora se predica; un repudio que no surge del lúcido escepticismo del individuo, sino de la frustración airada de una feligresía que confía en la omnipotencia del Leviatán.

Ésa ignorante de que a la "ciencia" económica le sucede igual que a aquel Papa renacentista, el que espetó a un cardenal de la Curia: "¿Usted cree o está en la idea?".Y es que hace décadas que ninguna de las tendencias importantes que surgen en la realidad se compadece con lo que la teoría prevé. ¿Zapatero o Rajoy? No, gracias. Steve Jobs, por favor.


Libertad Digital - Opinión

El Congreso al rescate. Por Ignacio Camacho

ESTAMOS salvados. Las tribulaciones y pesadumbres que agostan el yermo ibérico tocan a su fin. Conmovidos por la aflicción de los ciudadanos ante el colapso socioeconómico y la incertidumbre laboral, preocupados con hondura y abatimiento por la falta de rumbo político de la patria, los diputados (y diputadas, por supuesto) del Congreso vuelven hoy de sus merecidas vacaciones de invierno con el brío renovado por un inconmensurable afán de servicio público. Desde la fecha de la Lotería de Navidad sólo han descansado 48 días, ni siquiera dos meses completos, y ya se dejaba sentir el vacío de su ausencia. Pero al fin están de regreso, al rescate de una nación melancólica.

Algún día habrá que hacer un homenaje a la clase política, a su sufrimiento y entrega. Y de forma muy significada a los parlamentarios que son capaces de afrontar el estresante desgaste de un ritmo de dos o tres sesiones a la semana. Sin más descanso que un par de meses en Navidad y otros tantos en verano. Con unos salarios indignos de entre cuatro a seis mil euros mensuales y unas pensiones que necesitan nada menos que siete años para consolidar el máximo importe legal. Sometidos a la intensa responsabilidad de atender durante las votaciones a la mano del portavoz de grupo para ver si levanta uno, dos o tres dedos y decidir en pocos segundos si votar sí, no o abstenerse. Semejante estado de tensión provoca fenómenos naturales de agotamiento físico y emocional superiores a los de cualquier burnout directivo; de ahí que requiera de períodos laxos de descompresión entre jueves y lunes para mantener la frescura. Y todo ello bajo la ingratitud de una ciudadanía impaciente que desea ver aprobadas leyes y más leyes sin atenerse a la complejidad de su discusión y estudio, y que presiona con reivindicaciones continuas a los representantes de cada circunscripción. Por no hablar de un Gobierno cuya intensa iniciativa legislativa constituye una carga adicional insoportable para quien carezca del temple profesional que otorga la actividad política. Se trata de una responsabilidad acuciante por su carácter de apremio taxativo. ¿Cómo puede, por ejemplo, este Ejecutivo afrontar la recesión si no se aprueba pronto la Ley de Economía Sostenible?

Y sin embargo, ahí están. De nuevo en el tajo, dispuestos a levantar el país, regenerar el optimismo y revitalizar la vida pública tras un bimestre de desoladora orfandad en que el pueblo clamaba por la pronta reanudación del período de sesiones. Sin el reconocimiento necesario a su entrega y a veces bajo el injusto y demagógico estigma de una galbana permanente. Por fortuna la mayoría, plenamente consciente de su compromiso histórico, resulta inmune a la carga de la crítica popular y afronta su tarea con desprendimiento y nobleza. El esfuerzo se recompensa por sí mismo, y al fin y al cabo los dos meses de verano están a la vuelta de la esquina.


ABC - Opinión

Tejer y destejer

Los bandazos del Gobierno sobre las pensiones aumentan la desconfianza de los inversores

El Gobierno ha decidido poner en sordina el debate sobre el futuro de las pensiones que con tanta determinación había abierto dos semanas atrás. Después de comprobar la ausencia de consenso en el propio gabinete y el rechazo radical de los sindicatos, hostiles a ampliar el periodo de cómputo para calcular la pensión de cada jubilado, se ha acogido al pretexto de que no es el momento más adecuado para plantear el debate sobre la viabilidad del sistema y que queda mucho tiempo antes de que aparezcan síntomas de crisis en el balance de la Seguridad Social. Con este razonamiento, que encubre el temor de que una reforma de las pensiones costaría votos y quizás una huelga general, ha organizado una notable confusión sobre una de las medidas más convincentes que la vicepresidenta Salgado podía esgrimir ante los inversores para defender la solvencia a medio y largo plazo de la economía española. Queda en firme sobre la mesa, sin embargo, la prolongación de la vida laboral hasta los 67 años.


El momento elegido para plantear el debate sobre los problemas financieros que tiene el sistema de pensiones a partir de 2020 era tan bueno como otro. De esa fecha en adelante, el sistema corre el riesgo de caer en déficit estructural, que no se podrá corregir sin cambios en un plazo razonable. Si entre los miembros del Ejecutivo no existía suficiente acuerdo como para un debate de estas características, lo adecuado hubiera sido no suscitarlo el último viernes de enero; de esa forma no se hubieran frustrado ahora las expectativas de un cambio financiero en el sistema. Lo que en España, sea por razones de calendario o por falta de acuerdo en el Consejo de Ministros, casi siempre se abandona.

El peor daño que causa este tejer y destejer no es de consumo interno, sino por la incertidumbre y la desconfianza que provoca entre los inversores. El presidente del Gobierno mencionó ayer una supuesta conjura de los mercados contra el euro o contra la economía española. No necesita ir tan lejos ni recurrir a complots de guardarropía. La deuda española pierde credibilidad cada vez que un responsable político se desdice de lo que dijo antes con rotundidad (caso de las pensiones); y se resiente cuando se presentan planes de austeridad en los que se fía parte de la recuperación de ingresos a tasas de crecimiento del 3% en 2012 o se dan como razonables recortes de gastos de 50.000 millones sin eliminar una sola dirección general en la tupida maraña administrativa.

La responsabilidad no queda circunscrita en el Gobierno. El Partido Popular también es corresponsable de la desconfianza de los mercados hacia la economía española. "El problema no es la economía española, sino Zapatero", clama Rajoy sin caer en la cuenta de quién es el rostro y representación del país. Los mercados perciben la destructiva política de la oposición como un factor más de inestabilidad económica; y también que Rajoy no dispone de una política económica articulada, sino tan sólo de cuatro lugares comunes e ideas genéricas.


El País - Opinión

La esquizofrenia de los mensajes del Gobierno

Mientras la vicepresidenta Espinosa pedía confianza en Londres, el ministro Blanco hablaba de campaña de la prensa extranjera contra el Gobierno

ZAPATERO se esforzó ayer en transmitir a la Ejecutiva del PSOE que controla la situación y que todos los pasos que ha dado en las últimas semanas están cuidadosamente meditados. Resulta bastante difícil de creer este mensaje a la luz de los planteamientos de Elena Salgado y José Blanco, que ejemplifican la esquizofrenia en la que está sumido el Gobierno.

Mientras la vicepresidenta y el secretario de Estado de Economía pedían confianza y aseguraban en la City londinense a los inversores internacionales que España hará «los ajustes necesarios» para reducir el déficit del actual 11,4% a tan sólo el 3%, el ministro de Fomento subrayaba que nuestro país es víctima de «turbias maniobras» de los especuladores «que se resisten a que se regulen los mercados».


Blanco afirmó que «nada de lo que ocurre es casual», apuntando a una campaña de la prensa extranjera. Casi al mismo tiempo que pronunciaba estas palabras, Elena Salgado visitaba la sede de The Financial Times, el periódico más crítico de Europa con la política económica de Zapatero.

Leire Pajín se apuntaba a esta teoría de la conspiración contra España, de la que también sería víctima Obama, y en la que estaría implicado el PP, ya que, según sus palabras, Rajoy es cómplice por «su silencio» con todos estos ataques.

Es evidente que muy poco se puede esperar de un Gobierno que se presenta fuera de nuestras fronteras como una institución seria y responsable, dispuesta a realizar las reformas que necesita la economía, y que lanza al mismo tiempo el mensaje zafio y populista para el consumo interno de que España es víctima de una campaña urdida por el capitalismo especulativo internacional, que se ha cebado en nuestro país por su liderazgo en la reforma del sistema financiero.

Esta contradicción no pasó ayer desapercibida en los grandes medios económicos, que recibieron con absoluta frialdad los compromisos de Elena Salgado, contrapuestos a las palabras de Blanco. Desgraciadamente para Zapatero, no es la mano invisible de los malvados mercados la que ha provocado este desastre, sino su errónea política económica, que ha llevado a España a un endeudamiento público y privado sin precedentes. Los analistas destacaban ayer que el Gobierno va a tener que emitir deuda por importe de 76.000 millones para financiar el déficit de este año, una cifra superior a la prevista y que elevará el total de la deuda del Estado a 553.000 millones al acabar 2010 (un 55% del PIB). Ello motivó que siguiera creciendo el diferencial con el bono alemán, que alcanza ya un 1% por prima de riesgo.

España es el país de la UE en el que el porcentaje de deuda sobre el PIB ha crecido más rápidamente en los dos pasados ejercicios. Pero además, es el único país de la UE que lleva siete trimestres consecutivos en recesión y dobla la media de parados de la zona euro. Todo esto no se ha producido por la perfidia de los mismos inversores y medios de comunicación que hace dos años hablaban todavía del «milagro español».

El PP exigió ayer en el Congreso la comparecencia urgente del presidente del Gobierno para que explique cómo va a recortar el déficit, cómo va a reformar las pensiones y cómo va a crear empleo. CiU, ERC y PNV se sumaron a la petición. Forzado por esta iniciativa, Zapatero solicitó horas después acudir a la Cámara. Será muy interesante escucharle el próximo día 17 para comprobar si es capaz de pasar a la acción o sigue instalado en una autocomplacencia que lleva a este país al desastre.


El Mundo - Editorial

Zapatero, entre la espada del descrédito y la pared de la ruina

Quedan dos caminos. Proseguir esta alocada carrera hacia la ruina, o replantearse de cero su política económica, cerrar el grifo del gasto y emprender reformas de calado que hagan nuestra economía más productiva y competitiva.

Uno de los rasgos definitorios de un régimen es que, llegados los problemas, la culpa de los mismos siempre recaen en oscuras conspiraciones extranjeras. Pasó durante el franquismo, cuando los lumbreras del régimen se inventaron una conjura judeo-masónica que sólo existía en su imaginación. Pasa constantemente en la Cuba de los Castro, reino del disparate político donde el causante oficial de toda la miseria y opresión que sufren los cubanos es el vecino del norte; lugar al que, paradójicamente, todo cubano quiere emigrar. Y está empezando a pasar en la España de Zapatero, que, conforme avanza su ya segunda legislatura, va tomando tintes de república sudamericana a caballo entre el México del PRI y la Argentina de los Kirchner.


Hace poco más de un año Zapatero clamaba con el aplauso unánime de los medios que la crisis era una cuestión exógena, provocada por los tiburones de Wall Street. Una crisis importada que, por desgracia, terminaría tocando a España, pero sólo tangencialmente. Hoy vemos que nos ha dado de lleno y que las causas de nuestra depresión no son únicamente financieras sino que hunden sus raíces en nuestra misma estructura económica. Como era de prever, a pesar de la gravedad de los hechos, Zapatero no ha rectificado, simplemente ha modificado ligeramente el discurso, minimizando lo malo y amplificando una inexistente conjura exterior contra su Gobierno.

Evidentemente, no hay conjura alguna. Si el parqué madrileño se ha derrumbado y la deuda española se ha puesto por las nubes se debe exclusivamente a razones de orden mercantil, pura cuestión de riesgos que gestiona todo comprador de títulos de deuda. La imagen del Estado español está muy desprestigiada en el extranjero y hay dudas razonables entre los acreedores de que nuestro Gobierno no pueda atender sus deudas en el futuro. Algo tan elemental ha hecho huir a los inversores, encareciendo los préstamos y tirando abajo la Bolsa de Madrid, que es el principal mercado de valores del país.

Esto es así porque la política económica de Zapatero desde que empezó la crisis no ha podido ser más errática. Pensó en un principio, partiendo de una pésima idea que no ha funcionado jamás, que estimulando la demanda se recuperaría la economía. El dinero necesario para ese estímulo lo pidió en el extranjero convencido de que, una vez pasada la crisis, podría devolverlo cómodamente con la renovada recaudación del ciclo expansivo. Todo, naturalmente, sin necesidad de hacer reforma alguna. La realidad, sin embargo, es muy distinta. El dinero invertido en estímulos se ha tirado por el desagüe en proyectos absurdos y la crisis está lejos de terminar.

A día de hoy el Gobierno se encuentra entre la espada y la pared. No puede seguir estimulando la economía con fondos públicos porque su base fiscal se ha desplomado, y la financiación mediante deuda pública es cada vez más difícil de obtener porque fuera no se fían de un Gobierno manirroto e irresponsable. Le quedan, pues, dos caminos. Proseguir esta alocada carrera hacia la ruina, lo que desembocaría en una quiebra estatal como la de Argentina; o replantearse de cero su política económica, cerrar el grifo del gasto y emprender reformas de calado que hagan nuestra economía más productiva y competitiva. En rigor, el único camino válido es el segundo, ahora sólo hace falta saber si Zapatero tendrá el valor suficiente para tomarlo con todas las consecuencias, incluida la de perder las elecciones de 2012.


Libertad Digital - Editorial

De penitencia por Europa

LA peregrinación europea de la vicepresidenta segunda del Gobierno, Elena Salgado, y de su secretario de Estado, José Manuel Campa, para convencer a los inversores extranjeros de la solvencia económica de España arrancó ayer envuelta por dos nuevo malos datos. Según la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Europeo (OCDE), la tasa de paro en España llegó en 2009 al 19,5 por ciento. La segunda mala noticia fue el incremento dramático respecto a 2008 de los concursos de acreedores -lo que antes se denominaba suspensión de pagos- entre familias (un 132,2 por ciento) y empresas (79,6 por ciento). Estas cifras reflejan las consecuencias del desempleo, la caída del consumo y, sobre todo, las dificultades de acceso al crédito. Por eso, no estará de más que el presidente del Gobierno exponga en el Parlamento a los ciudadanos españoles, en un debate con la oposición, las razones que Salgado y Campa sí están dando a los inversores extranjeros para confiar en su política económica. El problema del Gobierno, a estas alturas, es que las palabras no bastan y que sus interlocutores, nacionales o europeos, ya están escarmentados de las explicaciones del Ejecutivo socialista presidido por Rodríguez Zapatero. Los analistas financieros, los medios especializados y los organismos internacionales pueden incurrir en errores de apreciación, incluso en exageraciones injustas sobre la situación de nuestro país, pero, al margen de estos excesos, no hablan de oídas. Conocen los graves problemas de paro, déficit y financiación que tiene España y, también, la falta de respuestas del Gobierno. Una ronda de buenas palabras de la vicepresidenta Salgado no va a cambiar las cosas. En dos años sólo se ha tomado una medida concreta: subir impuestos, pero no hay decisiones publicadas en el BOE de reducción del gasto público y de reforma laboral.

La solución no es buscar otro chivo expiatorio para esta temporada 2010. Bien está que el Gobierno se emplee a fondo para proteger la marca España y replique las descalificaciones que están lanzando contra nuestro país. Pero de ahí a denunciar una conspiración contra España media un trecho tan amplio que saltarlo es una temeridad y, además, empeora la imagen de nuestro país en el exterior. El ministro de Fomento, José Blanco, apuntó ayer esa tesis conspirativa y denunció una campaña para «demonizar a Zapatero». No hay tal cosa, sino la responsabilidad democrática que le incumbe por una muy mala gestión de la crisis.

ABC - Editorial

lunes, 8 de febrero de 2010

Sindicalistas. Por Carlos Rodríguez Braun

Yerra don Cándido al suponer que como en Alemania tienen sueldos altos y relativamente poco desempleo, entonces cualquier intervención política en el llamado mercado de trabajo, y concretamente en los salarios, será neutral en términos de paro.

Dado el poder de los sindicatos, conviene prestar atención a la forma de pensar de sus líderes. Así, Cándido Méndez aseguró: "Si los salarios fueran los culpables del aumento del desempleo, Alemania tendría récord por sus altos sueldos". Por su parte, Ignacio Fernández Toxo aportó este diagnóstico: "La elevada destrucción de empleo se debe al excesivo abuso de la temporalidad".


La vinculación entre salarios y paro es evidentemente más compleja de lo que piensa el señor Méndez. Unos salarios sumamente elevados son compatibles con un paro muy reducido. En condiciones de mercado, los salarios dependen de la productividad, y si ésta aumenta aquéllos harán lo propio sin contratiempos, como sucede en Alemania.

Pero yerra don Cándido al suponer que como en Alemania tienen sueldos altos y relativamente poco desempleo, entonces cualquier intervención política y legislativa en el llamado mercado de trabajo, y concretamente en los salarios, será neutral en términos de paro.

Sin entrar en complejidades teóricas sobre las diferencias de salario entre empresas y sectores económicos, y sus consecuencias, don Cándido admitirá que la imposición legal y generalizada de costes laborales, salariales y no salariales, puede quebrantar la relación entre salarios y productividad, en cuyo caso puede suceder que esa intervención en los costes laborales desemboque en un paro muy apreciable.

Lo del señor Fernández Toxo es fruto también de un razonamiento equivocado. Como la mayor parte del empleo destruido se ha concentrado en los trabajadores temporales, don Ignacio cae en la falacia post hoc ergo propter hoc y concluye que el paro ha sido causado por la temporalidad. Pero es absurdo suponer que si no hubiera temporalidad entonces, como lógicamente no podría haber abuso de la misma, no habría paro. Al contrario, la ineficiencia que impondría al mercado de trabajo la supresión de la temporalidad llevaría probablemente a un paro aún mayor.


Libertad Digital - Opinión

Reformas de power point. Por Ignacio Camacho

«No os equivoquéis: no es que Zapatero esté dando tumbos por pura desorientación. Es que es su estilo de gobernar». El antiguo alto cargo felipista viene en el Ave leyendo unos periódicos cargados de metralla contra el Gobierno. Un zarandeo unánime, demoledor; le atizan sin misericordia hasta los blogueros de izquierdas, los editorialistas socialdemócratas, los columnistas más afines. El ex sonríe con sarcasmo -«mucho han tardado algunos en descubrirlo»- y afina el análisis cargado de una cierta amargura. «Pero no atináis ninguno con la clave de todo este jaleo. Os dejáis llevar por el ruido. El problema no consiste en que no sepa qué hacer ante la crisis, sino en que lo que está haciendo es precisamente lo único que sabe hacer. Una política de gestos. Fintas, quiebros, improvisaciones. ¿Qué no son coherentes? Claro, nunca lo han sido. Lo que pasa es que antes le funcionaban y ahora ya se le ve el cartón y la gente ha entrado en estado de pánico».

«Pero no te engañes: no cree ni por asomo en reformas laborales, ni en ajustes estructurales, ni de ningún tipo. Estos amagos son meros muñecos que saca del baúl porque se los están pidiendo los mercados para respaldar la deuda. Se siente incómodo en política económica, no la entiende. Ni siquiera sabía que le podían bombardear la Bolsa mientras estaba en Washington disfrutando de su minuto de gloria. Después del numerito de Davos con Letonia y Grecia él mismo puso la solvencia del país en una barraca de tiro. En realidad no tiene ni idea de cómo funciona esto, pero tampoco le interesa. Va a lo que va. Está convencido de que la tormenta va a pasar y de que lo único que tiene que hacer es mantener a los sindicatos de su lado y aguantar hasta que nos arrastre el crecimiento externo. Funciona a tirones, a inputs, como siempre. ¿O es que alguna vez le has visto otra cosa que no sea gestualidad? Sólo que esta vez los gestos han provocado el desconcierto en nuestro propio electorado porque iban destinados a otra clase de galería. Sin dejar de ser gestos».

«Este ajuste es tan ambiguo porque se trata de puro papeleo. Carnaza urgente para tranquilizar a los que le han sacado los colores en Davos. Argumentos para que Elena Salgado y Campa hagan un power point y lo enseñen por ahí a los inversores en un road show, para convencerlos de que sigan apoquinando la deuda con la que financiar el gasto social disparado. Eso es lo que les importa, aguantar hasta que puedan exhibir un 0,2 ó un 0,4 de crecimiento y decir que se acabó la crisis en vísperas de las elecciones y que viene la derecha con el despido libre. ¿Que si va a funcionar? Pues hombre, me temo que ya no. No con este paro, mira las encuestas. Se nos están escapando los votos a millones. Aunque, sinceramente, será porque ya no estoy en política pero creo que ahora mismo habría que pensar más en el país que en el poder... ¿Qué utopía, ¿no?».


ABC - Opinión

Ofensiva de un Gobierno sin credibilidad

El contraataque del Gobierno no está basado en un diagnóstico acertado de la situación. Se parece más bien al cuento de la lechera que a un plan serio.

AGOBIADO Y ATURDIDO por el duro castigo que los mercados internacionales están infligiendo a nuestro país debido a la falta de credibilidad de la política económica, el Gobierno busca desesperadamente fórmulas para recuperar el crédito y, sobre todo, para evitar que la semana que hoy comienza sea tan negra como la anterior. Aunque, como veremos en el análisis de las iniciativas del Ejecutivo, sus planes tienen bastante de cuento de la lechera, lo cual tratándose de Zapatero tampoco es ninguna novedad. La vicepresidenta Salgado y su número dos, José Manuel Campa, inician hoy lo que en lenguaje financiero se conoce como road show, una gira en la que los directivos de una empresa presentan sus resultados, planes y perspectivas a analistas e inversores. La responsable de Economía empezará a «vender la marca España» en la City de Londres y posteriormente Campa lo hará en otras capitales europeas. El problema que va a tener Elena Salgado es que los mercados no se suelen contentar con palabras y en la mano lleva muy pocos compromisos concretos acerca de las reformas -profundas y no cosméticas- que se están esperando para volver a confiar en los títulos de deuda que emite España.


En efecto, a día de hoy desconocemos si el Gobierno aplicará con todas las de la ley el retraso de la jubilación a los 67 años, que por cierto sí es una medida acertada para recuperar credibilidad. Mientras su secretario de Estado decía ayer que el Ejecutivo revisará su propuesta en la mesa del Pacto de Toledo, el ministro de Trabajo alega hoy que la mantendrá, aunque los sindicatos se movilicen. Si el Gobierno hubiera mantenido esta posición con claridad y firmeza desde el primer día, quizá la situación sería otra. También el cambio en el mercado laboral aparece en la nebulosa tras el documento light aprobado en el último Consejo de Ministros. En cuanto al plan de reducción del gasto público en 50.000 millones, está pendiente de negociación con las comunidades y ayuntamientos.

Todo indica que la ofensiva del Gobierno, además, no está basada en un diagnóstico acertado de la situación, ya que Zapatero atribuye lo que está pasando a un ataque concertado de los especuladores contra nuestro país. Es por ello que, según publicamos hoy, considera que en septiembre su Gobierno estará en «otra dimensión» si logra aprobar un acuerdo de pensiones, poner en marcha el plan de austeridad con las comunidades y reorganizar las cajas de ahorro, cuyo endeudamiento inmobiliario no aflorado está contaminando la credibilidad del sistema bancario español.

Lo que ocurre, por eso hablamos de cuento de la lechera, es que para conseguir todo lo que se propone tiene que cambiar completamente su forma de gobernar, o lo que es lo mismo, renunciar al absurdo de pretender hacer tortilla sin romper huevos. ¿Será capaz Zapatero de poner firmes a los sindicatos y a las comunidades para reducir el déficit y solventar la crisis de las cajas de ahorro? La gestión del presidente en los últimos seis años no invita desde luego a responder afirmativamente a la pregunta, sino todo lo contrario. Tal y como ayer dijo Rajoy en un mitin celebrado en Atarfe (Granada), «Zapatero se instaló en la autocomplacencia y no hizo reformas, y ahora, cuando ya no puede gastar más, da palos de ciego porque es incapaz de tomar decisiones». La encuesta que hoy publicamos es abrumadora en cuanto al desacuerdo de los españoles con la política económica del Gobierno -un 82% en contra- pero sólo un 37% cree que el PP lo haría mejor. Rajoy, que se declara «listo para gobernar ya», tiene también motivos para la reflexión.


El Mundo - Editorial

Bilingüismo integrador o la deriva nacionalista del PP. Por Jorge Campos

El PP de Rajoy se ha quitado la careta de una vez y ha demostrado lo que es: un partido que no le hace ascos a los pactos con los nacionalistas excluyentes. Porque en el fondo, al menos en las regiones con dos lenguas oficiales, eso es lo que son.

Comprobado lo que sucede en Galicia con el PP de Feijóo y las declaraciones del Sr. Rajoy sobre cual debe ser el modelo a seguir en las comunidades autónomas con dos lenguas oficiales, parece que el PP de mi región, Baleares, ha creado "escuela". Les voy avisando de lo que puede suceder si esto sigue así.

El Partido Popular en Baleares políticamente no es gran cosa, ni sus dirigentes tampoco, para qué nos vamos a engañar, pero a nivel lingüístico es de lo más innovador.

Deberían darles al menos una sillita en la Real Academia de la Lengua, con la "e" de "eufemismo". Porque es increíble la colección de los mismos que han usado en estos más de veinte años para no llamar a las cosas por su nombre. Han inventado "sinónimos falsarios", "antonimias vacilantes", "semántica creativa", "elegir entre nada", "primarias infantiles", "mínimos máximos", "trilingüismo monolingüe", y ahora la última creación: "bilingüismo integrador".


Empezaron hace tiempo, en 1983, con el Estatuto de Autonomía de Baleares, definiendo como "catalán" a lo que ancestralmente venía siendo mallorquín, menorquín, e ibicenco. La lengua balear. Por supuesto, sin consultar al pueblo. Completando la fechoría con la designación de "lengua propia". Esto, de hecho, ha dado supremacía a una lengua sobre la otra, pasando la castellana, la española, a una especie de "lengua impropia" excluida de la enseñanza y de la administración.

Siguiendo con la creatividad lingüística "popular", en 1997, el Gobierno de Jaime Matas aprobó el llamado decreto de "mínimos", que fue de máximos. Éste establecía en su artículo 17 que en la Educación Primaria el uso de la lengua catalana: "Será como mínimo igual al de la lengua castellana".

Esta norma venía a establecer, en otras palabras, que los centros debían impartir por lo menos la mitad de las asignaturas en catalán. Dado que no se interesaba por el español, éste se podía relegar únicamente a la asignatura de Lengua Española (perdón, castellana), y tal ley, tal malabar lingüístico, produjo que las clases se dieran íntegramente en catalán, pues la ley sólo señalaba un mínimo y no un máximo de lengua catalana, mientras que a la lengua castellana no le señalaba mínimo alguno.

En la Ley de Normalización Lingüística de las Islas Baleares de 1986, se dieron dos novedades en la semiótica patrocinada por el PP balear, la primera fue la "sinonimia conveniente" entre educación primaria y primera enseñanza:
Artículo 18

1. Los alumnos tienen derecho a recibir la primera enseñanza en su lengua, sea la catalana o la castellana.


2. A tal efecto, el Govern ha de arbitrar las medidas pertinentes para hacer efectivo este derecho. En todo caso, los padres o los tutores pueden ejercer, en nombre de sus hijos, este derecho, instando a las autoridades competentes para que sea aplicado adecuadamente.
Según el PP balear, con "primera enseñanza" se refería a la educación infantil, nada más. Con lo que no se llevó a cabo medida alguna para enseñar también en español en la educación primaria. Y, por supuesto, jamás se articuló medida alguna para que los padres pudieran elegir otra cosa que no fuera el catalán, porque el PP balear también cambió el sentido de "elegir" por el de "asumir".

Más tarde, también inventó en esta ley la "antonimia vacilante". Así, se recogían dos conceptos contradictorios en su articulado, ya que mientras un artículo contenía la libertad de elegir la lengua, el anterior expresaba justo lo contrario:
Artículo 17

El catalán, como lengua propia de las Islas Baleares, es oficial en todos los niveles educativos.
Aquí el PP balear, en la última legislatura de Matas, además de los lingüísticos, introdujo también términos teológicos, reavivando aquella discusión de si Dios es trino o uno en el terreno de la lengua: inventó un "trilingüismo" que haría de los alumnos de Baleares algo así como guías turísticos juveniles, ¡aprendiendo en tres lenguas a la vez!

El famoso trilingüismo se convirtió en nada, pues ni se aplicó masivamente, ni era obligatorio, ni podía contravenir el monolingüismo en catalán. Eso sí, quedó muy bonito en los programas electorales, y tranquilizó las conciencias de sus votantes. Ay, Feijóo, Feijóo...

El bilingüismo integrador es la última creación de los laboratorios lingüísticos del PP balear y nacional. Tras el planteamiento de una parte del partido, abanderada por Carlos Delgado, que exigía que se cumpliera la ley y se pudiera elegir lengua "vehicular" de la enseñanza, el "aparato político-lingüístico" se opone al alcalde de Calvià y sus tesis y propone el "bilingüismo integrador". Es decir, que los mismos que tras veinte años en el poder no han sido capaces, no han tenido la voluntad, no han querido dar la oportunidad de elegir, los mismos que han consentido una enseñanza monolingüe y obligatoria en catalán, ahora proponen una enseñanza "bilingüe" e "integradora".

No queremos ni saber en qué consiste, ni pensar qué supondrá tal nueva medida si se llega a aplicar, visto lo visto en el nuevo borrador del decreto gallego.

Tras el Congreso Nacional en Valencia, el PP liderado por Rajoy se ha quitado la careta de una vez y ha demostrado lo que es, imitando a los "neologistas" del PP balear: un partido que no le hace ascos a los pactos con los nacionalistas excluyentes. Porque en el fondo, al menos en las regiones con dos lenguas oficiales, eso es lo que son.

El PP balear ha sido catalanista siempre, a pesar de los muchos ropajes verbales, semánticos y lingüísticos que han utilizado para engañar al electorado. El PP balear ha hecho una apuesta clara por el catalanismo político y educativo, y se ha divorciado de su electorado.

Y lo escribo en pasado porque la historia puede cambiar. Se puede recuperar el sentido común, la libertad, el reencuentro con la mayoría social de Baleares tras los resultados del próximo Congreso Regional del 6 de marzo. Puede crear un precedente al ser abierto a los afiliados, y puede cambiar la política acomplejada. De lo contrario, de no haber cambio alguno, ya se le puede aplicar aquello que dijo García Márquez sobre la letra "hache". Que eran "heraldos de la nada".


Libertad Digital - Opinión

El falso Saulo. Por José María Carrascal

LOS periódicos vienen llenos de expresiones como «giro», «cambio de rumbo», «volantazo», «caída del caballo» de Zapatero, como la sufrida por Saulo camino de Damasco. No me lo creo. La caída convirtió al Saulo perseguidor de cristianos en Pablo, apóstol del cristianismo. Nada de eso se aprecia en Zapatero. Ha hecho gestos, ha rezado incluso o fingió que rezaba. Pero medidas concretas, decisiones firmes, instrucciones tajantes, ni una sola. Todo se ha quedado en directrices genéricas, vagos propósitos, amagos de reforma. Cuando lo que necesita la economía española es que alguien empuñe el timón, cambie el rumbo y asuma responsabilidades. Eso se lo deja Zapatero a sindicatos y empresarios, que mantienen posiciones opuestas prácticamente en todo. ¿Cómo van a ponerse de acuerdo? ¿Por inspiración del Espíritu Santo? Ese papel corresponde al presidente del gobierno.

Llega la hora de tomar decisiones impopulares, de decir claramente cuáles son, de acabar la salmodia de que «la agenda social no se tocará», de reprochar a la oposición que «no tira del carro», de insinuar que estamos ante una confabulación extranjera, de repetir que la recuperación está en puertas. En una palabra: hay que gobernar de verdad, porque si seguimos con la improvisación, el engaño y la agenda política en vez de económica, vamos a encontrarnos no igual, sino peor que Grecia, pues la griega, a fin de cuentas, es una economía pequeña, que puede reflotarse sin mayores daños. Pero en la economía española hay muchos intereses e inversiones extranjeras, que pueden sufrir, lo que significa que el batacazo será mayor.

Es lo que aterra a Zapatero: que esos intereses e inversiones empiecen a actuar contra España, es decir, contra él. Lo teme más que al descalabro socialista en las próximas elecciones catalanas y andaluzas. Lo teme más incluso que a los sindicatos, a cuyos líderes tiene cogido por las subvenciones. Hoy, su mayor peligro viene de fuera. ¡Y él que creía que la presidencia europea iba a ser su escudo! Cosas de provinciano, que no sabe cómo las gastan fuera. La presidencia europea está resultando su Waterloo, al dejar al descubierto su desnudez, su levedad, su vaciedad. En España, colaba. Fuera, le calaron a la primera. Aunque da un poco de vergüenza que hayan tenido que ser Bruselas, Davos, Washington, quienes nos lo descubrieran.

Desnudo, como el rey de la fábula, sigue presumiendo de ropajes. Antes que le creamos, tendrá que reconocer sus muchos errores y enumerar los sacrificios que tenemos que hacer para salir del agujero. Mi apuesta es que no lo hará. Que seguirá trampeando, convencido de que todavía puede engañar a todos. Otro error. Como todos los mentirosos compulsivos, al único que ya engaña es a sí mismo, tragado por las arenas movedizas de su mentira.


ABC - Opinión

La encrucijada de Rajoy: el difícil equilibrio entre patriotismo y oportunidad . Por Federico Quevedo

Solo hacía falta asomarse a las portadas de los periódicos del viernes, El Confidencial incluido, para que cualquier observador mínimamente imparcial se diera cuenta, fuera consciente, de que la situación política española ha entrado en lo que en lenguaje aeronáutico se llama en barrena, en una deriva imparable hacia el desastre. A lo largo de estos ya casi treinta y cinco años de libertad nuestro país no ha vivido una situación semejante a la actual, en la que confluyen una crisis económica muy profunda, una crisis institucional sin precedentes, una crisis territorial grave y una crisis política de mucho calado en la medida en que el Gobierno se muestra incapaz de ofrecer el más mínimo resquicio a la esperanza y, al contrario, aparece como en estado de shock absolutamente superado por los acontecimientos. Una sola semana ha bastado para poner de manifiesto el alcance de esta situación y hasta qué extremo su gravedad afecta no solo dentro de nuestras fronteras sino, también, más allá de ellas, así como la medida en que el Gobierno se muestra desnortado y desconcertado, incapaz de reaccionar. Ni siquiera cabe recurrir a la nota de humor de la presencia de Rodríguez en el Desayuno de la Oración, porque la realidad es tan dolorosamente grave que la hilaridad se puede incluso volver en contra, pero su imagen y su discurso al otro lado del Atlántico son un fiel reflejo de hasta qué punto el presidente vive muy lejos, extremadamente lejos, de esa realidad.

Lo que hemos vivido en estos siete días no tiene precedentes, y ni siquiera la confirmación de los peores augurios de quienes desde hace tiempo venimos advirtiendo de esta deriva imparable puede servir de satisfacción: la cruda realidad es que el proyecto político de José Luis Rodríguez Zapatero se ha venido abajo como un castillo de naipes, llevándose por delante los elementos básicos para una convivencia en paz, libertad y progreso sobre los que se construyó la Transición. Lo ocurrido en unos pocos días, casi desde que España estrenara la Presidencia Europea, pero sobre todo desde la asistencia de Rodríguez al Foro de Davos, no es otra cosa que la recolección de la siembra de estos años atrás: inacción política, división forzada de los españoles y ruptura de los consensos constitucionales. España ha perdido por completo el crédito que tenía en el exterior, y esto que es algo sobre lo que unos pocos llamábamos la atención desde tiempo atrás, se ha manifestado con una crudeza casi cruel en las dos últimas semanas. Y para que un país pierda su crédito exterior, es necesario que en el interior todo vaya mal, muy mal, y que el Gobierno se muestre incapaz de reconducir la situación. Ese es, exactamente, el análisis limpio y frío que cabe hacer en este momento de la realidad de nuestro país, les guste o no a algunos que se empeñan en mantener viva la llama de la confianza en un presidente que ha cimentado toda su estrategia política en una farsa.

Todos pendientes de Rajoy

¿Qué hacemos ahora? Inevitablemente, los ojos de los ciudadanos se vuelven hacia el líder del principal partido de la oposición, el único que en una democracia como la nuestra puede coger en sus manos el testigo de la alternativa. Da igual lo que digan las encuestas sobre su popularidad, puesto que en una situación así las respuestas de los encuestados se radicalizan mucho y mientras los votantes de centro-derecha mantienen una actitud más moderada, los de centro-izquierda abusan de su animadversión hacia el líder que saben que puede arrebatarles el poder. Lo cierto es que todo el mundo, en este momento, está pendiente de Rajoy y son ya pocos en el país los que todavía no creen que vaya a ser el próximo presidente del Gobierno de España. Pero, hasta que eso ocurra, se va a mirar con lupa todos y cada uno de los movimientos que lleve a cabo el líder del PP, cuya responsabilidad es, en estos momentos, si cabe mayor incluso que la que puede tener Rodríguez Zapatero, en la medida en que éste último se ha demostrado incapaz de dar respuestas a los problemas del país, que son muchos y muy graves. Consciente de su papel, el líder del PP está obligado a guardar un escrupuloso equilibrio entre el sentido de Estado que debe llevarle a evitar cualquier movimiento que pueda agravar, aunque solo sea un poco más, la actual situación, y el deber con su partido y con sus votantes de no perder la oportunidad de volver al poder para llevar a cabo su proyecto político.

Viéndose con la soga al cuello, es más que probable que Rodríguez intente, por todos los medios a su alcance, no caer en el abismo sujetándose in extremis de un pacto con el Partido Popular. Pero ese pacto, necesario para poner en orden todo lo que Rodríguez ha torcido durante estos años, solo es posible llevarlo a cabo previa consulta de los ciudadanos en las urnas, y esa y solo esa puede ser la respuesta del PP a una oferta tramposa que llegará de la mano de quien comenzó a gobernar asentando su estrategia en el Pacto del Tinell y la política del cordón sanitario, es decir, buscando en todo momento la exclusión, cuando no el aniquilamiento, del centro-derecha. Rajoy esta obligado, por tanto, a actuar con un componente extra de serenidad para evitar sucumbir a la tentación de echarse al monte, sugerida por el ala más a la derecha de su partido y el entorno mediático que la sustenta, y tampoco dejarse seducir por los cantos de sirena de quienes, desde la izquierda supuestamente moderada, le van a reclamar que arrime el hombro junto al Gobierno por el bien del país al tiempo que le adulan como próximo presidente del Ejecutivo. En ambos casos la trampa tiene un único ganador, Rodríguez Zapatero, y sólo desde una exquisita claridad de ideas y una templada firmeza podrá el líder del PP evitar que la balanza se incline a un lado o al otro. La salida de la crisis, de la profunda crisis política, económica e institucional que atraviesa nuestro país, solo tiene una dirección: elecciones generales, y cuanto antes, mejor.


El confidencial - Opinión

La conjura de los necios. Por José García Domínguez

La muy prosaica verdad de la globalización es que nadie está al mando: ni George Soros, ni la CIA, ni los rosacruces, ni el FMI, ni la Pepsi-Cola, ni Fu Manchu. Que el control es como las hadas del bosque y la nación catalana: simplemente, no existe.

Armado con la enternecedora seriedad de un niño, el estadista que confundía el Euribor con el Orfeón Donostiarra anda insinuando que hay en marcha una arcana intriga judeo-masónica contra su, por lo demás ignota, política económica; algo así como el contubernio de Múnich de los mercados internacionales; la conjura –financiera– de los necios, vaya. Al punto de que El País se ha visto obligado a cocinar en el microondas de las trolas urgentes unos Protocolos de los sabios de la deuda pública, ingeniosa fantasía conspiranoica con la que intentarán salvarlo del ridículo por enésima vez.


Lástima que Jordi Sevilla, esa víctima de su propio talento, ya no pueda explicarle que el rebaño electrónico –Friedman dixit – es muy joven, apenas un adolescente. Que nació al final de la Guerra Fría, con la supresión generalizada de los controles a los movimientos de capitales y la simultánea eclosión de internet. Que lo integra una muchedumbre invisible de individuos particulares, fondos de pensiones, bancos, agencias de inversión y compañías de seguros del entero mundo, todos conectados con todos a través de las pantallas de sus ordenadores. Que esa manada bulímica pasta en una pradera global cuyas lindes se extienden a lo largo de más de 190 países. Que su dieta se basa en un estricto régimen integrado en parejas proporciones por bonos, deuda pública, acciones y divisas.

Que resulta ser terriblemente desconfiado: sus mil ojos otean sin cesar a los depredadores que acechan ocultos tras la maleza. Que con sólo intuir la cercanía de alguno de ellos, se produce una gran estampida. Que así, despavorido, huyó del yen tras descubrir que la cotización del terreno que ocupa el Palacio Imperial de Tokio equivalía al precio de la superficie completa de California. Que igual ocurrió, por ejemplo, tras olfatear, inquieto, que Tailandia pretendía engañarlo, al vincular su moneda al dólar sin poseer las preceptivas reservas. Que, en fin, la muy prosaica verdad de la globalización es que nadie está al mando: ni George Soros, ni la CIA, ni los rosacruces, ni el FMI, ni la Pepsi-Cola, ni Ignatius Reilly, ni Fu Manchu. Que el control es como las hadas del bosque y la nación catalana: simplemente, no existe. Que nos han dormido con todos los cuentos. Y que ya nos sabemos todos los cuentos, presidente.


Libertad Digital - Opinión

¿Por qué cobran los políticos?. Por Gabriel Albiac

ESCUCHO, súbitamente, lo impensado. En la voz de un alcalde de pueblo que se enfrenta a su partido. La cosa iba de residuos nucleares, pero eso es lo de menos. Lo importante es la verdad elemental que dice: «¿Por qué habría de preocuparme que el partido me sancione? Yo no vivo de esto». Por las mismas fechas, Regina Otaola decidía abandonar su cargo. Tampoco a ella la tentaba el sueldo. Ni los privilegios. Pocos son tan decentes. Casi ninguno. Así es de triste.

Seamos justos. La corrupción política no es una particularidad española. Es una determinación interna de las democracias. Y como tal la afrontaron los primeros constructores del Estado constitucional moderno. No era un exabrupto la fórmula célebre de Robespierre que fijaba dos únicos caminos para el tránsito del Viejo al Nuevo Régimen: «la corrupción o el terror»; modelo inglés o bien modelo jacobino. Se destruye un régimen periclitado, o bien aniquilando sus supervivencias -y a sus supervivientes (a eso se llama en 1794 «terror»)-, o bien comprándoselos, que es lo que hace la burguesía inglesa. No hay opción intermedia.


Y, una vez asentada, la democracia debe acotar sus propias tentaciones: la corrupción, la primera. Para eso se inventa la división y autonomía de los poderes. Para que nadie de quienes regulan los engranajes políticos quede a salvo de la amenaza punitiva de la ley. Claro que «el hombre es un lobo para el hombre», conforme a la fórmula de la Asinaria de Plauto sobre la cual fundamenta Hobbes la teoría política moderna. Pero el lobo del lobo político se llama juez. Sólo hay sociedad libre cuando el político se sabe tan amenazado por los jueces cuanto se sabe el ciudadano amenazado por el político. E igual de vulnerable. Eso aquí no existe. Desde que los políticos son, por ley orgánica, jueces de los jueces.

El abuso es la norma. Y el abuso es absoluto cuando logra hacerse invisible. Entonces, aun plantear lo más elemental suena estrafalario. Vale la pena romper ese diabólico «sentido común» que impone como evidencias las más duras arbitrariedades. El sueldo de los políticos -de los representantes políticos, para ser exactos- es el ejemplo extremo. No hablo ya del abuso monstruoso de ciertos complementos de ese sueldo. No hablo ya del insulto al precario pensionista que supone que un parlamentario adquiera derecho a jubilación máxima con siete años -siete- de ejercicio. Hablo de algo más elemental y, por ello, más silenciado. ¿Por qué debe cobrar un parlamentario, en tanto que parlamentario, sueldo alguno?

Representar no es un oficio; es un deber moral entre hombres libres. Al que cualquier sujeto digno debiera aspirar. Del cual ningún sujeto libre debiera extraer un céntimo. Tampoco perderlo. Sea. De otro modo, cortaríamos en seco la aspiración de los perjudicados. Pero eso no plantea problema técnico: el Estado debiera garantizar a los representantes electos la continuidad de la media de ingresos percibidos en su privado oficio, conforme a su declaración de la renta de los últimos años; y cargar, además, con las dietas y gastos extraordinarios -religiosamente justificados- que el ejercicio del cargo genere. Y ni un céntimo más. Ni uno menos. Todo el beneficio que el representante debe obtener de su cargo es el honor de haber portado la voz de sus conciudadanos. Cualquier mejora patrimonial de un electo durante sus años públicos debería ser tratada como el delito más vergonzoso en una democracia.

Vengo de una generación que ha visto naufragar todos sus sueños. Las más de las veces, trocados en ásperas pesadillas. El político profesional es la peor de todas ellas.


ABC - Opinión

El catastrofismo del PP es una forma de resignación. Por Antonio Casado

De nuevo el síndrome del piloto borracho, tantas veces glosado por el abajo firmante, como miedo insuperable del pasajero al ver el careto de quienes entran y salen de la cabina. Los pasajeros son los ciudadanos. Aunque el piloto no esté está borracho, ellos se lo malician y, por tanto, acaban proyectando el miedo en sus comportamientos. Así lo confiesan. Las últimas encuestas recogen el desplome de Zapatero, en tanto que la mirada ajena nos devuelve desde el exterior la imagen de una España zarandeada por la crisis económica y en estado de emergencia nacional. Así las cosas, se empieza a hablar de una salida política para enderezar el rumbo de la nave.

En la lucha por el poder solo hay dos formas de revisar el dictamen de las urnas antes del agotamiento ordinario de la Legislatura. Una, la moción de censura, cuya iniciativa está reservada al líder de la oposición. Y otra, la convocatoria anticipada de elecciones generales, cuya exclusiva competencia corresponde al presidente del Gobierno. Lo aberrante, aunque nos orienta sobre sus intenciones, es que el PP, como principal partido de la oposición, renuncie a utilizar la herramienta que le ofrece la Constitución (moción de censura). Sería el corolario lógico de su despiadado discurso contra Zapatero y su dramático diagnóstico sobre la situación de España.

Pero Mariano Rajoy no quiere jugar esa carta, aunque el país avance minuto a minuto hacia el abismo. Y eso no es coherente. Prefiere seguir alimentando con las malas noticias el discurso de la ruina nacional inminente y el tiro al blanco contra Zapatero. Sin actuar en consecuencia y sin presentar propuestas alternativas a las del Gobierno. Ayer, más de lo mismo en el mitin que le organizó Javier Arenas en territorio comanche (Atarfe, Granada, enclave clásico de voto socialista), con 10.000 gargantas gritando “Zapatero, dimisión” y “Rajoy, presidente”.

Pero silencio de la estrella invitada sobre iniciativas propias para que el ciudadano busque, mire y compare, por si las encuentra mejores que las del Gobierno. Silencio también sobre el modo de acelerar la caída de un Gobierno a la deriva ¿Y por qué no da un paso adelante? “Porque no estoy dispuesto a responder a las ocurrencias del Gobierno con otras ocurrencias”. Esa fue su respuesta a las voces que dentro de su partido le reclaman la presentación de una moción de censura o más ímpetu en la exigencia de elecciones generales anticipadas.

Entretanto el Gobierno, desbordado por los acontecimientos durante su horrible semana, ha puesto en circulación propuestas en materia de pensiones, mercado laboral y austeridad de gasto público. Pueden ser ruinosas, equivocadas, tardías o poco creíbles. O todo eso a la vez. Pero, ya que no cuentan con la cooperación del PP, exigen una posición razonada por parte del partido que representa la alternativa de poder. Hasta ahora, no existe, más allá de la consiguiente y enésima aplicación de la doctrina Rajoy: “Este Gobierno no hace nada contra la crisis y cuando lo hace se equivoca”.

Ojo con ese discurso, porque se le puede volver en contra a Rajoy si los ciudadanos acaban viéndole como el pregonero mayor de la ruina nacional y no como el legítimo recambio de un presidente seriamente averiado. Los sondeos nos están diciendo que Rajoy no capitaliza el hundimiento de Zapatero. O echa una mano o se queda sólo anunciando la bancarrota mientras otros hacen lo que pueden para evitarla. Al fin y al cabo, la deriva populista que ha tomado es una forma de resignación frente a lo que, según el propio PP, se nos viene encima a todos. A todos, atención. No sólo a Zapatero y a su Gobierno.


El confidencial - Opinión

Rajoy, el jefe de la oposición que no quería gobernar

La mejor manera de que Zapatero responda ante España y la Historia es que Rajoy plantee o una moción de censura o una de confianza o que pida elecciones anticipadas para que los españoles opinen, sin necesidad de que nuestra situación siga deteriorándose.

La mayoría de medios de comunicación coinciden en tildar los últimos siete días como "la semana negra de Zapatero". En apenas unas jornadas, hemos visto cómo el Gobierno proclamaba la necesidad de dar marcha atrás en toda la política económica que había seguido desde el inicio de la crisis –reducción del gasto público, flexibilización del mercado laboral y reforma de las pensiones–, cómo padecía el mayor de los descréditos internacionales al haber sido colocado en Davos al lado de Grecia y Letonia y al ser plantado por Obama y cómo los inversores entraban en pánico, huyendo de todos los valores que estuvieran asociados a la marca España.


No cabe duda de que Zapatero es una de las mayores catástrofes que ha sufrido nuestro país en mucho tiempo. Recibió en 2004 una economía que, si bien ya comenzaba a exhibir algunos de los desequilibrios que en 2007 terminarían estallando, se encontraba en una buena posición para emprender las reformas que requería. Seis años después, legislatura y media de Zapatero más tarde, el país resulta irreconocible y no son pocos los que ya perciben incluso un riesgo de quiebra soberana.

En este contexto, la sociedad española y los inversores internacionales no sólo necesitan saber que es posible desplazar al PSOE del poder, sino que puede ser sustituido por una alternativa política capaz de enderezar el rumbo del país. Una de las claves de la gravedad de la situación actual reside precisamente en que el posible reemplazo al desastre político de Zapatero, el nuevo PP de Mariano Rajoy, no está articulado ni, mucho menos, ansioso de tomar hoy las riendas del país.

Al margen de la imagen de descoordinación interna que transmita que presidente y secretaria general transmitan estrategias electorales contrapuestas, parece que Rajoy insiste en su estrategia de ayudar al Gobierno en los momentos de dificultad con tal de heredar el caergo allá por 2012. Poco importa que esa ayuda suponga el espaldarazo implícito a una política económica desorientada y contraproducente; Rajoy insiste en que Zapatero sólo debe acudir al Parlamento a exponer cuáles son las líneas maestras de su plan de recuperación y que ante quien debe responder es ante España y la Historia.

Lo cierto, sin embargo, es que la mejor manera, la más rápida y conveniente de que Zapatero responda ante España y ante la Historia es que Rajoy plantee o una moción de censura para sustituir al Gobierno, o una moción de confianza para que se expongan claramente cuáles son sus apoyos o que, directamente, pida elecciones anticipadas para que los españoles juzguen, sin necesidad de que nuestra situación siga deteriorándose durante dos años más, si mantienen su apoyo al presidente de los cuatro millones de parados.

Puede que el problema sea que Rajoy no se atreva a tomar las riendas de la nación hasta que, según esperan algunos, la crisis haya empezado a escampar en 2012, o que carezca de un proyecto nacional articulado que haga su política distinguible del cúmulo de improvisaciones y ocurrencias en lo que se han convertido las legislaturas de Zapatero o que considere que los españoles todavía no confían lo suficiente en él y en su nuevo partido como para depositarles su confianza, incluso al lado de una calamidad como Zapatero.

Pero en cualquier caso, semejante indefinición, cobardía y falta de liderazgo sólo demuestra que Rajoy tiene una mentalidad de funcionario o incluso de ministro, pero no de líder de la oposición o de presidente del Gobierno. Si en la desastrosa situación en la que se encuentra España no sólo es incapaz de despegar en las encuestas, sino que prefiere que el país siga en manos de quien lo ha hundido en la miseria, es que sólo piensa en sus privilegios de político y no en mejorar la vida de los ciudadanos. Un mal credencial para ilusionar y enderezar el rumbo de nuestro país. Y es que el problema de negarse a gobernar cuando más falta hace un recambio es que los españoles pueden convencerse de que la supuesta alternativa o es incapaz de gobernar, o no le preocupan sus problemas, o ambas cosas a la vez.


Libertad Digital - Editorial

Los jóvenes huyen de Zapatero

ABC publica hoy una encuesta cuyo protagonista es el presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero. Sin intención de voto, ni juicios comparativos con otros líderes ni valoraciones de gestión: Zapatero frente a los encuestados. Y el resultado no necesita interpretaciones ni «lecturas». Una clara mayoría de los encuestados -el 55,4 por ciento, frente al 29,4 por ciento- son partidarios de que Rodríguez Zapatero no se presente por tercera vez a las elecciones generales. Esta respuesta negativa gana en todos las categorías de los encuestados: por edad, por situación social, por medio urbano (grande o pequeño) y por zona geográfica. La opinión dominante es que Zapatero no debe repetir como candidato a La Moncloa.
La encuesta se realizó entre el 20 de enero y el 1 de febrero, por lo que las respuestas incluyen en parte el deterioro acelerado del Gobierno tras los espectáculos lamentables de descoordinación sobre las pensiones y la edad de jubilación y la constatación del fracaso de España en los foros internacionales y organismos económicos. Ahora bien, de todas las opciones que ofrece la encuesta al PSOE para medir su estado actual de declive, la más grave es el rechazo abrumador que expresa la juventud hacia Rodríguez Zapatero, que se sitúa en el 61 por ciento de los jóvenes entre 16 y 25 años (los primeros votarían en 2012) y en el 62 por ciento entre 26 y 35 años. Este es el problema más letal que se le puede plantear a un partido de esa izquierda que aún se cree la dueña de los valores y las ilusiones de los jóvenes. Por ahora, el PSOE es dueño del 40 por ciento de paro que está abrumando a los jóvenes.


Es razonable que la juventud española se pregunte qué ha hecho el PSOE por su futuro, cuando cuatro de cada diez jóvenes están en el paro y, en su mayoría, temen que la prolongación de la jubilación taponará aún más su complicada incorporación al mercado de trabajo. Se les ha ofrecido adulación con la cultura de la mediocridad y del subdisio, aprobar sin esfuerzo, liberarse de sus responsabilidades personales con píldoras y abortos indiscriminados, enfrentarse a sus padres en aras de su «autonomía». Ahora es la familia la que los está sosteniendo en medio de la crisis, mientras sufren el desengaño ante un Gobierno que les prometió todo y ahora les ha quitado buena parte de sus ilusiones.

ABC - Editorial