lunes, 8 de febrero de 2010

Bilingüismo integrador o la deriva nacionalista del PP. Por Jorge Campos

El PP de Rajoy se ha quitado la careta de una vez y ha demostrado lo que es: un partido que no le hace ascos a los pactos con los nacionalistas excluyentes. Porque en el fondo, al menos en las regiones con dos lenguas oficiales, eso es lo que son.

Comprobado lo que sucede en Galicia con el PP de Feijóo y las declaraciones del Sr. Rajoy sobre cual debe ser el modelo a seguir en las comunidades autónomas con dos lenguas oficiales, parece que el PP de mi región, Baleares, ha creado "escuela". Les voy avisando de lo que puede suceder si esto sigue así.

El Partido Popular en Baleares políticamente no es gran cosa, ni sus dirigentes tampoco, para qué nos vamos a engañar, pero a nivel lingüístico es de lo más innovador.

Deberían darles al menos una sillita en la Real Academia de la Lengua, con la "e" de "eufemismo". Porque es increíble la colección de los mismos que han usado en estos más de veinte años para no llamar a las cosas por su nombre. Han inventado "sinónimos falsarios", "antonimias vacilantes", "semántica creativa", "elegir entre nada", "primarias infantiles", "mínimos máximos", "trilingüismo monolingüe", y ahora la última creación: "bilingüismo integrador".


Empezaron hace tiempo, en 1983, con el Estatuto de Autonomía de Baleares, definiendo como "catalán" a lo que ancestralmente venía siendo mallorquín, menorquín, e ibicenco. La lengua balear. Por supuesto, sin consultar al pueblo. Completando la fechoría con la designación de "lengua propia". Esto, de hecho, ha dado supremacía a una lengua sobre la otra, pasando la castellana, la española, a una especie de "lengua impropia" excluida de la enseñanza y de la administración.

Siguiendo con la creatividad lingüística "popular", en 1997, el Gobierno de Jaime Matas aprobó el llamado decreto de "mínimos", que fue de máximos. Éste establecía en su artículo 17 que en la Educación Primaria el uso de la lengua catalana: "Será como mínimo igual al de la lengua castellana".

Esta norma venía a establecer, en otras palabras, que los centros debían impartir por lo menos la mitad de las asignaturas en catalán. Dado que no se interesaba por el español, éste se podía relegar únicamente a la asignatura de Lengua Española (perdón, castellana), y tal ley, tal malabar lingüístico, produjo que las clases se dieran íntegramente en catalán, pues la ley sólo señalaba un mínimo y no un máximo de lengua catalana, mientras que a la lengua castellana no le señalaba mínimo alguno.

En la Ley de Normalización Lingüística de las Islas Baleares de 1986, se dieron dos novedades en la semiótica patrocinada por el PP balear, la primera fue la "sinonimia conveniente" entre educación primaria y primera enseñanza:
Artículo 18

1. Los alumnos tienen derecho a recibir la primera enseñanza en su lengua, sea la catalana o la castellana.


2. A tal efecto, el Govern ha de arbitrar las medidas pertinentes para hacer efectivo este derecho. En todo caso, los padres o los tutores pueden ejercer, en nombre de sus hijos, este derecho, instando a las autoridades competentes para que sea aplicado adecuadamente.
Según el PP balear, con "primera enseñanza" se refería a la educación infantil, nada más. Con lo que no se llevó a cabo medida alguna para enseñar también en español en la educación primaria. Y, por supuesto, jamás se articuló medida alguna para que los padres pudieran elegir otra cosa que no fuera el catalán, porque el PP balear también cambió el sentido de "elegir" por el de "asumir".

Más tarde, también inventó en esta ley la "antonimia vacilante". Así, se recogían dos conceptos contradictorios en su articulado, ya que mientras un artículo contenía la libertad de elegir la lengua, el anterior expresaba justo lo contrario:
Artículo 17

El catalán, como lengua propia de las Islas Baleares, es oficial en todos los niveles educativos.
Aquí el PP balear, en la última legislatura de Matas, además de los lingüísticos, introdujo también términos teológicos, reavivando aquella discusión de si Dios es trino o uno en el terreno de la lengua: inventó un "trilingüismo" que haría de los alumnos de Baleares algo así como guías turísticos juveniles, ¡aprendiendo en tres lenguas a la vez!

El famoso trilingüismo se convirtió en nada, pues ni se aplicó masivamente, ni era obligatorio, ni podía contravenir el monolingüismo en catalán. Eso sí, quedó muy bonito en los programas electorales, y tranquilizó las conciencias de sus votantes. Ay, Feijóo, Feijóo...

El bilingüismo integrador es la última creación de los laboratorios lingüísticos del PP balear y nacional. Tras el planteamiento de una parte del partido, abanderada por Carlos Delgado, que exigía que se cumpliera la ley y se pudiera elegir lengua "vehicular" de la enseñanza, el "aparato político-lingüístico" se opone al alcalde de Calvià y sus tesis y propone el "bilingüismo integrador". Es decir, que los mismos que tras veinte años en el poder no han sido capaces, no han tenido la voluntad, no han querido dar la oportunidad de elegir, los mismos que han consentido una enseñanza monolingüe y obligatoria en catalán, ahora proponen una enseñanza "bilingüe" e "integradora".

No queremos ni saber en qué consiste, ni pensar qué supondrá tal nueva medida si se llega a aplicar, visto lo visto en el nuevo borrador del decreto gallego.

Tras el Congreso Nacional en Valencia, el PP liderado por Rajoy se ha quitado la careta de una vez y ha demostrado lo que es, imitando a los "neologistas" del PP balear: un partido que no le hace ascos a los pactos con los nacionalistas excluyentes. Porque en el fondo, al menos en las regiones con dos lenguas oficiales, eso es lo que son.

El PP balear ha sido catalanista siempre, a pesar de los muchos ropajes verbales, semánticos y lingüísticos que han utilizado para engañar al electorado. El PP balear ha hecho una apuesta clara por el catalanismo político y educativo, y se ha divorciado de su electorado.

Y lo escribo en pasado porque la historia puede cambiar. Se puede recuperar el sentido común, la libertad, el reencuentro con la mayoría social de Baleares tras los resultados del próximo Congreso Regional del 6 de marzo. Puede crear un precedente al ser abierto a los afiliados, y puede cambiar la política acomplejada. De lo contrario, de no haber cambio alguno, ya se le puede aplicar aquello que dijo García Márquez sobre la letra "hache". Que eran "heraldos de la nada".


Libertad Digital - Opinión

El falso Saulo. Por José María Carrascal

LOS periódicos vienen llenos de expresiones como «giro», «cambio de rumbo», «volantazo», «caída del caballo» de Zapatero, como la sufrida por Saulo camino de Damasco. No me lo creo. La caída convirtió al Saulo perseguidor de cristianos en Pablo, apóstol del cristianismo. Nada de eso se aprecia en Zapatero. Ha hecho gestos, ha rezado incluso o fingió que rezaba. Pero medidas concretas, decisiones firmes, instrucciones tajantes, ni una sola. Todo se ha quedado en directrices genéricas, vagos propósitos, amagos de reforma. Cuando lo que necesita la economía española es que alguien empuñe el timón, cambie el rumbo y asuma responsabilidades. Eso se lo deja Zapatero a sindicatos y empresarios, que mantienen posiciones opuestas prácticamente en todo. ¿Cómo van a ponerse de acuerdo? ¿Por inspiración del Espíritu Santo? Ese papel corresponde al presidente del gobierno.

Llega la hora de tomar decisiones impopulares, de decir claramente cuáles son, de acabar la salmodia de que «la agenda social no se tocará», de reprochar a la oposición que «no tira del carro», de insinuar que estamos ante una confabulación extranjera, de repetir que la recuperación está en puertas. En una palabra: hay que gobernar de verdad, porque si seguimos con la improvisación, el engaño y la agenda política en vez de económica, vamos a encontrarnos no igual, sino peor que Grecia, pues la griega, a fin de cuentas, es una economía pequeña, que puede reflotarse sin mayores daños. Pero en la economía española hay muchos intereses e inversiones extranjeras, que pueden sufrir, lo que significa que el batacazo será mayor.

Es lo que aterra a Zapatero: que esos intereses e inversiones empiecen a actuar contra España, es decir, contra él. Lo teme más que al descalabro socialista en las próximas elecciones catalanas y andaluzas. Lo teme más incluso que a los sindicatos, a cuyos líderes tiene cogido por las subvenciones. Hoy, su mayor peligro viene de fuera. ¡Y él que creía que la presidencia europea iba a ser su escudo! Cosas de provinciano, que no sabe cómo las gastan fuera. La presidencia europea está resultando su Waterloo, al dejar al descubierto su desnudez, su levedad, su vaciedad. En España, colaba. Fuera, le calaron a la primera. Aunque da un poco de vergüenza que hayan tenido que ser Bruselas, Davos, Washington, quienes nos lo descubrieran.

Desnudo, como el rey de la fábula, sigue presumiendo de ropajes. Antes que le creamos, tendrá que reconocer sus muchos errores y enumerar los sacrificios que tenemos que hacer para salir del agujero. Mi apuesta es que no lo hará. Que seguirá trampeando, convencido de que todavía puede engañar a todos. Otro error. Como todos los mentirosos compulsivos, al único que ya engaña es a sí mismo, tragado por las arenas movedizas de su mentira.


ABC - Opinión

La encrucijada de Rajoy: el difícil equilibrio entre patriotismo y oportunidad . Por Federico Quevedo

Solo hacía falta asomarse a las portadas de los periódicos del viernes, El Confidencial incluido, para que cualquier observador mínimamente imparcial se diera cuenta, fuera consciente, de que la situación política española ha entrado en lo que en lenguaje aeronáutico se llama en barrena, en una deriva imparable hacia el desastre. A lo largo de estos ya casi treinta y cinco años de libertad nuestro país no ha vivido una situación semejante a la actual, en la que confluyen una crisis económica muy profunda, una crisis institucional sin precedentes, una crisis territorial grave y una crisis política de mucho calado en la medida en que el Gobierno se muestra incapaz de ofrecer el más mínimo resquicio a la esperanza y, al contrario, aparece como en estado de shock absolutamente superado por los acontecimientos. Una sola semana ha bastado para poner de manifiesto el alcance de esta situación y hasta qué extremo su gravedad afecta no solo dentro de nuestras fronteras sino, también, más allá de ellas, así como la medida en que el Gobierno se muestra desnortado y desconcertado, incapaz de reaccionar. Ni siquiera cabe recurrir a la nota de humor de la presencia de Rodríguez en el Desayuno de la Oración, porque la realidad es tan dolorosamente grave que la hilaridad se puede incluso volver en contra, pero su imagen y su discurso al otro lado del Atlántico son un fiel reflejo de hasta qué punto el presidente vive muy lejos, extremadamente lejos, de esa realidad.

Lo que hemos vivido en estos siete días no tiene precedentes, y ni siquiera la confirmación de los peores augurios de quienes desde hace tiempo venimos advirtiendo de esta deriva imparable puede servir de satisfacción: la cruda realidad es que el proyecto político de José Luis Rodríguez Zapatero se ha venido abajo como un castillo de naipes, llevándose por delante los elementos básicos para una convivencia en paz, libertad y progreso sobre los que se construyó la Transición. Lo ocurrido en unos pocos días, casi desde que España estrenara la Presidencia Europea, pero sobre todo desde la asistencia de Rodríguez al Foro de Davos, no es otra cosa que la recolección de la siembra de estos años atrás: inacción política, división forzada de los españoles y ruptura de los consensos constitucionales. España ha perdido por completo el crédito que tenía en el exterior, y esto que es algo sobre lo que unos pocos llamábamos la atención desde tiempo atrás, se ha manifestado con una crudeza casi cruel en las dos últimas semanas. Y para que un país pierda su crédito exterior, es necesario que en el interior todo vaya mal, muy mal, y que el Gobierno se muestre incapaz de reconducir la situación. Ese es, exactamente, el análisis limpio y frío que cabe hacer en este momento de la realidad de nuestro país, les guste o no a algunos que se empeñan en mantener viva la llama de la confianza en un presidente que ha cimentado toda su estrategia política en una farsa.

Todos pendientes de Rajoy

¿Qué hacemos ahora? Inevitablemente, los ojos de los ciudadanos se vuelven hacia el líder del principal partido de la oposición, el único que en una democracia como la nuestra puede coger en sus manos el testigo de la alternativa. Da igual lo que digan las encuestas sobre su popularidad, puesto que en una situación así las respuestas de los encuestados se radicalizan mucho y mientras los votantes de centro-derecha mantienen una actitud más moderada, los de centro-izquierda abusan de su animadversión hacia el líder que saben que puede arrebatarles el poder. Lo cierto es que todo el mundo, en este momento, está pendiente de Rajoy y son ya pocos en el país los que todavía no creen que vaya a ser el próximo presidente del Gobierno de España. Pero, hasta que eso ocurra, se va a mirar con lupa todos y cada uno de los movimientos que lleve a cabo el líder del PP, cuya responsabilidad es, en estos momentos, si cabe mayor incluso que la que puede tener Rodríguez Zapatero, en la medida en que éste último se ha demostrado incapaz de dar respuestas a los problemas del país, que son muchos y muy graves. Consciente de su papel, el líder del PP está obligado a guardar un escrupuloso equilibrio entre el sentido de Estado que debe llevarle a evitar cualquier movimiento que pueda agravar, aunque solo sea un poco más, la actual situación, y el deber con su partido y con sus votantes de no perder la oportunidad de volver al poder para llevar a cabo su proyecto político.

Viéndose con la soga al cuello, es más que probable que Rodríguez intente, por todos los medios a su alcance, no caer en el abismo sujetándose in extremis de un pacto con el Partido Popular. Pero ese pacto, necesario para poner en orden todo lo que Rodríguez ha torcido durante estos años, solo es posible llevarlo a cabo previa consulta de los ciudadanos en las urnas, y esa y solo esa puede ser la respuesta del PP a una oferta tramposa que llegará de la mano de quien comenzó a gobernar asentando su estrategia en el Pacto del Tinell y la política del cordón sanitario, es decir, buscando en todo momento la exclusión, cuando no el aniquilamiento, del centro-derecha. Rajoy esta obligado, por tanto, a actuar con un componente extra de serenidad para evitar sucumbir a la tentación de echarse al monte, sugerida por el ala más a la derecha de su partido y el entorno mediático que la sustenta, y tampoco dejarse seducir por los cantos de sirena de quienes, desde la izquierda supuestamente moderada, le van a reclamar que arrime el hombro junto al Gobierno por el bien del país al tiempo que le adulan como próximo presidente del Ejecutivo. En ambos casos la trampa tiene un único ganador, Rodríguez Zapatero, y sólo desde una exquisita claridad de ideas y una templada firmeza podrá el líder del PP evitar que la balanza se incline a un lado o al otro. La salida de la crisis, de la profunda crisis política, económica e institucional que atraviesa nuestro país, solo tiene una dirección: elecciones generales, y cuanto antes, mejor.


El confidencial - Opinión

La conjura de los necios. Por José García Domínguez

La muy prosaica verdad de la globalización es que nadie está al mando: ni George Soros, ni la CIA, ni los rosacruces, ni el FMI, ni la Pepsi-Cola, ni Fu Manchu. Que el control es como las hadas del bosque y la nación catalana: simplemente, no existe.

Armado con la enternecedora seriedad de un niño, el estadista que confundía el Euribor con el Orfeón Donostiarra anda insinuando que hay en marcha una arcana intriga judeo-masónica contra su, por lo demás ignota, política económica; algo así como el contubernio de Múnich de los mercados internacionales; la conjura –financiera– de los necios, vaya. Al punto de que El País se ha visto obligado a cocinar en el microondas de las trolas urgentes unos Protocolos de los sabios de la deuda pública, ingeniosa fantasía conspiranoica con la que intentarán salvarlo del ridículo por enésima vez.


Lástima que Jordi Sevilla, esa víctima de su propio talento, ya no pueda explicarle que el rebaño electrónico –Friedman dixit – es muy joven, apenas un adolescente. Que nació al final de la Guerra Fría, con la supresión generalizada de los controles a los movimientos de capitales y la simultánea eclosión de internet. Que lo integra una muchedumbre invisible de individuos particulares, fondos de pensiones, bancos, agencias de inversión y compañías de seguros del entero mundo, todos conectados con todos a través de las pantallas de sus ordenadores. Que esa manada bulímica pasta en una pradera global cuyas lindes se extienden a lo largo de más de 190 países. Que su dieta se basa en un estricto régimen integrado en parejas proporciones por bonos, deuda pública, acciones y divisas.

Que resulta ser terriblemente desconfiado: sus mil ojos otean sin cesar a los depredadores que acechan ocultos tras la maleza. Que con sólo intuir la cercanía de alguno de ellos, se produce una gran estampida. Que así, despavorido, huyó del yen tras descubrir que la cotización del terreno que ocupa el Palacio Imperial de Tokio equivalía al precio de la superficie completa de California. Que igual ocurrió, por ejemplo, tras olfatear, inquieto, que Tailandia pretendía engañarlo, al vincular su moneda al dólar sin poseer las preceptivas reservas. Que, en fin, la muy prosaica verdad de la globalización es que nadie está al mando: ni George Soros, ni la CIA, ni los rosacruces, ni el FMI, ni la Pepsi-Cola, ni Ignatius Reilly, ni Fu Manchu. Que el control es como las hadas del bosque y la nación catalana: simplemente, no existe. Que nos han dormido con todos los cuentos. Y que ya nos sabemos todos los cuentos, presidente.


Libertad Digital - Opinión

¿Por qué cobran los políticos?. Por Gabriel Albiac

ESCUCHO, súbitamente, lo impensado. En la voz de un alcalde de pueblo que se enfrenta a su partido. La cosa iba de residuos nucleares, pero eso es lo de menos. Lo importante es la verdad elemental que dice: «¿Por qué habría de preocuparme que el partido me sancione? Yo no vivo de esto». Por las mismas fechas, Regina Otaola decidía abandonar su cargo. Tampoco a ella la tentaba el sueldo. Ni los privilegios. Pocos son tan decentes. Casi ninguno. Así es de triste.

Seamos justos. La corrupción política no es una particularidad española. Es una determinación interna de las democracias. Y como tal la afrontaron los primeros constructores del Estado constitucional moderno. No era un exabrupto la fórmula célebre de Robespierre que fijaba dos únicos caminos para el tránsito del Viejo al Nuevo Régimen: «la corrupción o el terror»; modelo inglés o bien modelo jacobino. Se destruye un régimen periclitado, o bien aniquilando sus supervivencias -y a sus supervivientes (a eso se llama en 1794 «terror»)-, o bien comprándoselos, que es lo que hace la burguesía inglesa. No hay opción intermedia.


Y, una vez asentada, la democracia debe acotar sus propias tentaciones: la corrupción, la primera. Para eso se inventa la división y autonomía de los poderes. Para que nadie de quienes regulan los engranajes políticos quede a salvo de la amenaza punitiva de la ley. Claro que «el hombre es un lobo para el hombre», conforme a la fórmula de la Asinaria de Plauto sobre la cual fundamenta Hobbes la teoría política moderna. Pero el lobo del lobo político se llama juez. Sólo hay sociedad libre cuando el político se sabe tan amenazado por los jueces cuanto se sabe el ciudadano amenazado por el político. E igual de vulnerable. Eso aquí no existe. Desde que los políticos son, por ley orgánica, jueces de los jueces.

El abuso es la norma. Y el abuso es absoluto cuando logra hacerse invisible. Entonces, aun plantear lo más elemental suena estrafalario. Vale la pena romper ese diabólico «sentido común» que impone como evidencias las más duras arbitrariedades. El sueldo de los políticos -de los representantes políticos, para ser exactos- es el ejemplo extremo. No hablo ya del abuso monstruoso de ciertos complementos de ese sueldo. No hablo ya del insulto al precario pensionista que supone que un parlamentario adquiera derecho a jubilación máxima con siete años -siete- de ejercicio. Hablo de algo más elemental y, por ello, más silenciado. ¿Por qué debe cobrar un parlamentario, en tanto que parlamentario, sueldo alguno?

Representar no es un oficio; es un deber moral entre hombres libres. Al que cualquier sujeto digno debiera aspirar. Del cual ningún sujeto libre debiera extraer un céntimo. Tampoco perderlo. Sea. De otro modo, cortaríamos en seco la aspiración de los perjudicados. Pero eso no plantea problema técnico: el Estado debiera garantizar a los representantes electos la continuidad de la media de ingresos percibidos en su privado oficio, conforme a su declaración de la renta de los últimos años; y cargar, además, con las dietas y gastos extraordinarios -religiosamente justificados- que el ejercicio del cargo genere. Y ni un céntimo más. Ni uno menos. Todo el beneficio que el representante debe obtener de su cargo es el honor de haber portado la voz de sus conciudadanos. Cualquier mejora patrimonial de un electo durante sus años públicos debería ser tratada como el delito más vergonzoso en una democracia.

Vengo de una generación que ha visto naufragar todos sus sueños. Las más de las veces, trocados en ásperas pesadillas. El político profesional es la peor de todas ellas.


ABC - Opinión

El catastrofismo del PP es una forma de resignación. Por Antonio Casado

De nuevo el síndrome del piloto borracho, tantas veces glosado por el abajo firmante, como miedo insuperable del pasajero al ver el careto de quienes entran y salen de la cabina. Los pasajeros son los ciudadanos. Aunque el piloto no esté está borracho, ellos se lo malician y, por tanto, acaban proyectando el miedo en sus comportamientos. Así lo confiesan. Las últimas encuestas recogen el desplome de Zapatero, en tanto que la mirada ajena nos devuelve desde el exterior la imagen de una España zarandeada por la crisis económica y en estado de emergencia nacional. Así las cosas, se empieza a hablar de una salida política para enderezar el rumbo de la nave.

En la lucha por el poder solo hay dos formas de revisar el dictamen de las urnas antes del agotamiento ordinario de la Legislatura. Una, la moción de censura, cuya iniciativa está reservada al líder de la oposición. Y otra, la convocatoria anticipada de elecciones generales, cuya exclusiva competencia corresponde al presidente del Gobierno. Lo aberrante, aunque nos orienta sobre sus intenciones, es que el PP, como principal partido de la oposición, renuncie a utilizar la herramienta que le ofrece la Constitución (moción de censura). Sería el corolario lógico de su despiadado discurso contra Zapatero y su dramático diagnóstico sobre la situación de España.

Pero Mariano Rajoy no quiere jugar esa carta, aunque el país avance minuto a minuto hacia el abismo. Y eso no es coherente. Prefiere seguir alimentando con las malas noticias el discurso de la ruina nacional inminente y el tiro al blanco contra Zapatero. Sin actuar en consecuencia y sin presentar propuestas alternativas a las del Gobierno. Ayer, más de lo mismo en el mitin que le organizó Javier Arenas en territorio comanche (Atarfe, Granada, enclave clásico de voto socialista), con 10.000 gargantas gritando “Zapatero, dimisión” y “Rajoy, presidente”.

Pero silencio de la estrella invitada sobre iniciativas propias para que el ciudadano busque, mire y compare, por si las encuentra mejores que las del Gobierno. Silencio también sobre el modo de acelerar la caída de un Gobierno a la deriva ¿Y por qué no da un paso adelante? “Porque no estoy dispuesto a responder a las ocurrencias del Gobierno con otras ocurrencias”. Esa fue su respuesta a las voces que dentro de su partido le reclaman la presentación de una moción de censura o más ímpetu en la exigencia de elecciones generales anticipadas.

Entretanto el Gobierno, desbordado por los acontecimientos durante su horrible semana, ha puesto en circulación propuestas en materia de pensiones, mercado laboral y austeridad de gasto público. Pueden ser ruinosas, equivocadas, tardías o poco creíbles. O todo eso a la vez. Pero, ya que no cuentan con la cooperación del PP, exigen una posición razonada por parte del partido que representa la alternativa de poder. Hasta ahora, no existe, más allá de la consiguiente y enésima aplicación de la doctrina Rajoy: “Este Gobierno no hace nada contra la crisis y cuando lo hace se equivoca”.

Ojo con ese discurso, porque se le puede volver en contra a Rajoy si los ciudadanos acaban viéndole como el pregonero mayor de la ruina nacional y no como el legítimo recambio de un presidente seriamente averiado. Los sondeos nos están diciendo que Rajoy no capitaliza el hundimiento de Zapatero. O echa una mano o se queda sólo anunciando la bancarrota mientras otros hacen lo que pueden para evitarla. Al fin y al cabo, la deriva populista que ha tomado es una forma de resignación frente a lo que, según el propio PP, se nos viene encima a todos. A todos, atención. No sólo a Zapatero y a su Gobierno.


El confidencial - Opinión

Rajoy, el jefe de la oposición que no quería gobernar

La mejor manera de que Zapatero responda ante España y la Historia es que Rajoy plantee o una moción de censura o una de confianza o que pida elecciones anticipadas para que los españoles opinen, sin necesidad de que nuestra situación siga deteriorándose.

La mayoría de medios de comunicación coinciden en tildar los últimos siete días como "la semana negra de Zapatero". En apenas unas jornadas, hemos visto cómo el Gobierno proclamaba la necesidad de dar marcha atrás en toda la política económica que había seguido desde el inicio de la crisis –reducción del gasto público, flexibilización del mercado laboral y reforma de las pensiones–, cómo padecía el mayor de los descréditos internacionales al haber sido colocado en Davos al lado de Grecia y Letonia y al ser plantado por Obama y cómo los inversores entraban en pánico, huyendo de todos los valores que estuvieran asociados a la marca España.


No cabe duda de que Zapatero es una de las mayores catástrofes que ha sufrido nuestro país en mucho tiempo. Recibió en 2004 una economía que, si bien ya comenzaba a exhibir algunos de los desequilibrios que en 2007 terminarían estallando, se encontraba en una buena posición para emprender las reformas que requería. Seis años después, legislatura y media de Zapatero más tarde, el país resulta irreconocible y no son pocos los que ya perciben incluso un riesgo de quiebra soberana.

En este contexto, la sociedad española y los inversores internacionales no sólo necesitan saber que es posible desplazar al PSOE del poder, sino que puede ser sustituido por una alternativa política capaz de enderezar el rumbo del país. Una de las claves de la gravedad de la situación actual reside precisamente en que el posible reemplazo al desastre político de Zapatero, el nuevo PP de Mariano Rajoy, no está articulado ni, mucho menos, ansioso de tomar hoy las riendas del país.

Al margen de la imagen de descoordinación interna que transmita que presidente y secretaria general transmitan estrategias electorales contrapuestas, parece que Rajoy insiste en su estrategia de ayudar al Gobierno en los momentos de dificultad con tal de heredar el caergo allá por 2012. Poco importa que esa ayuda suponga el espaldarazo implícito a una política económica desorientada y contraproducente; Rajoy insiste en que Zapatero sólo debe acudir al Parlamento a exponer cuáles son las líneas maestras de su plan de recuperación y que ante quien debe responder es ante España y la Historia.

Lo cierto, sin embargo, es que la mejor manera, la más rápida y conveniente de que Zapatero responda ante España y ante la Historia es que Rajoy plantee o una moción de censura para sustituir al Gobierno, o una moción de confianza para que se expongan claramente cuáles son sus apoyos o que, directamente, pida elecciones anticipadas para que los españoles juzguen, sin necesidad de que nuestra situación siga deteriorándose durante dos años más, si mantienen su apoyo al presidente de los cuatro millones de parados.

Puede que el problema sea que Rajoy no se atreva a tomar las riendas de la nación hasta que, según esperan algunos, la crisis haya empezado a escampar en 2012, o que carezca de un proyecto nacional articulado que haga su política distinguible del cúmulo de improvisaciones y ocurrencias en lo que se han convertido las legislaturas de Zapatero o que considere que los españoles todavía no confían lo suficiente en él y en su nuevo partido como para depositarles su confianza, incluso al lado de una calamidad como Zapatero.

Pero en cualquier caso, semejante indefinición, cobardía y falta de liderazgo sólo demuestra que Rajoy tiene una mentalidad de funcionario o incluso de ministro, pero no de líder de la oposición o de presidente del Gobierno. Si en la desastrosa situación en la que se encuentra España no sólo es incapaz de despegar en las encuestas, sino que prefiere que el país siga en manos de quien lo ha hundido en la miseria, es que sólo piensa en sus privilegios de político y no en mejorar la vida de los ciudadanos. Un mal credencial para ilusionar y enderezar el rumbo de nuestro país. Y es que el problema de negarse a gobernar cuando más falta hace un recambio es que los españoles pueden convencerse de que la supuesta alternativa o es incapaz de gobernar, o no le preocupan sus problemas, o ambas cosas a la vez.


Libertad Digital - Editorial

Los jóvenes huyen de Zapatero

ABC publica hoy una encuesta cuyo protagonista es el presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero. Sin intención de voto, ni juicios comparativos con otros líderes ni valoraciones de gestión: Zapatero frente a los encuestados. Y el resultado no necesita interpretaciones ni «lecturas». Una clara mayoría de los encuestados -el 55,4 por ciento, frente al 29,4 por ciento- son partidarios de que Rodríguez Zapatero no se presente por tercera vez a las elecciones generales. Esta respuesta negativa gana en todos las categorías de los encuestados: por edad, por situación social, por medio urbano (grande o pequeño) y por zona geográfica. La opinión dominante es que Zapatero no debe repetir como candidato a La Moncloa.
La encuesta se realizó entre el 20 de enero y el 1 de febrero, por lo que las respuestas incluyen en parte el deterioro acelerado del Gobierno tras los espectáculos lamentables de descoordinación sobre las pensiones y la edad de jubilación y la constatación del fracaso de España en los foros internacionales y organismos económicos. Ahora bien, de todas las opciones que ofrece la encuesta al PSOE para medir su estado actual de declive, la más grave es el rechazo abrumador que expresa la juventud hacia Rodríguez Zapatero, que se sitúa en el 61 por ciento de los jóvenes entre 16 y 25 años (los primeros votarían en 2012) y en el 62 por ciento entre 26 y 35 años. Este es el problema más letal que se le puede plantear a un partido de esa izquierda que aún se cree la dueña de los valores y las ilusiones de los jóvenes. Por ahora, el PSOE es dueño del 40 por ciento de paro que está abrumando a los jóvenes.


Es razonable que la juventud española se pregunte qué ha hecho el PSOE por su futuro, cuando cuatro de cada diez jóvenes están en el paro y, en su mayoría, temen que la prolongación de la jubilación taponará aún más su complicada incorporación al mercado de trabajo. Se les ha ofrecido adulación con la cultura de la mediocridad y del subdisio, aprobar sin esfuerzo, liberarse de sus responsabilidades personales con píldoras y abortos indiscriminados, enfrentarse a sus padres en aras de su «autonomía». Ahora es la familia la que los está sosteniendo en medio de la crisis, mientras sufren el desengaño ante un Gobierno que les prometió todo y ahora les ha quitado buena parte de sus ilusiones.

ABC - Editorial

domingo, 7 de febrero de 2010

Remedio ZP para la crisis: negarla. Por José María Carrascal

¿Es posible la cuadratura del círculo, convertir la noche en día o que dos y dos sean cinco? Pues sí, para Zapatero es posible, según nos muestra su último plan contra la crisis, presentado con toda fanfarria a los agentes sociales, que lo han acogido con complacencia. Un plan, coinciden todos, generalista, inconcreto, ambiguo, equívoco incluso. Los detalles se los deja a sindicatos y empresarios. Ese es, precisamente, su punto flaco. Porque el demonio se esconde en los detalles y los equívocos llevan derecho a las equivocaciones. Sindicalistas y empresarios han leído en las propuestas del presidente sólo lo que les conviene. Unos leen que no habrá rebaja en las indemnizaciones por despido; otros, que podrá haberlas. Unos deducen que se aumentará la contratación indefinida; otros, que habrá más flexibilidad en la contratación.

Unos, que los trabajadores no perderán ningún derecho adquirido; otros, que se recortarán. Estos, que el gobierno no tomará medidas drásticas; aquellos, que las tomará. Todo ello incluye el vagaroso, amorfo, suculento informe presentado por el presidente, pródigo en párrafos que empiezan «Debería ser posible examinar si...» o «No debiéramos desechar el debate sobre...», un amagar y no dar que se pierde en el alambicado mundo de la especulación y la fantasía, en el que todos ganan y nadie pierde, tan grato a Zapatero. Cuando la única forma de gobernar es que todos pierdan algo para que todos puedan ganar algo. Pero ese no es el mundo de Zapatero, nunca lo ha sido. Estamos ante una de esas afortunadas criaturas que nada de cuanto ha conseguido le ha costado el menor esfuerzo, incluida la presidencia del gobierno. Le ha caído del cielo regalada, y piensa que todo tiene que funcionar así, sea acabar con ETA, vertebrar España, aliar civilizaciones y, ahora, salir de la crisis. No es un optimista antropológico, como viene diciéndose. Es un producto de su privilegiada experiencia vital, que le ha conformado, como a cada cual la suya. Para él, es posible, como apunta en su documento, extender la contratación a tiempo parcial y, al mismo tiempo, penalizar la temporalidad, reducir la jornada laboral y fomentar la contratación de jóvenes, mantener los derechos adquiridos y crear otros nuevos, contentar a los críticos de fuera y satisfacer a los de dentro. Por creer, incluso cree que es posible importar modelos laborales de Alemania, como si los españoles fuéramos alemanes y nuestros sindicatos y empresarios fueran empresarios y sindicatos alemanes.

La realidad que le espera fuera de la sala donde se reunió con los agentes sociales va a decirle que lo que no puede ser, no puede ser y, además, es imposible, como decía el torero. Claro que él es antitaurino. Y anticrisis. Es su forma de vencerla: negándola. «Estamos en el umbral de la recuperación», dijo al salir de la reunión. ¿No les suena?


ABC - Opinión

El hundimiento. Por Jesús Cacho

Lo cuenta la impresionante película Hirschbiegel, y lo han contado infinidad de autores que han rastreado los últimos días del gran dictador en su búnker berlinés: Iracundo y tembloroso, el dictador aun esperaba, apenas 24 horas de pegarse un tiro en la sien, la llegada milagrosa de inexistentes ejércitos dispuestos a salvarle del asedio de los soldados soviéticos que, al mando del mariscal Zhukov, ya se encontraban en los arrabales de Berlín. “Pero, ¿dónde está Steiner? ¿Por qué no ataca? ¿Y qué pasa con el 9º Ejército de Wenck…?” Rodríguez Zapatero también reclama ahora la presencia de tropas celestiales dispuestas a hacer realidad el milagro de sacarle de esta pesadilla. Nuestro insensato general creyó primero que la burbuja española era eterna; luego negó a pies juntillas que hubiera crisis; más tarde acusó de la misma a los norteamericanos; después imaginó haber hallado el bálsamo de Fierabrás inyectando dinero público a mansalva (“¡no me digas, Pedro, que no hay dinero para hacer política…!”), y finalmente, con la soga al cuello, pensó que del lío nos iban a sacar alemanes y franceses creciendo a ritmo bastante para tirar de nuestras exportaciones.

Como al monstruo austriaco, también a ZP se le han ido derrumbando sus ejércitos de arena. Escena contemplada el jueves en Washington tras el Desayuno Nacional de Oración, ese templo del cristianismo USA más conservador en el que el ateo Zapatero trató de poner el huevo de su relativismo moral como Erasmo puso el de la Reforma. Ante un grupo de empresarios hispanos que obedientemente le ha acompañado al acto (“es que no hemos podido decir que no; Bernardino León ha llamado personalmente uno por uno”), ZP muestra su extrañeza por lo que, según le cuentan, está ocurriendo en la Bolsa de Madrid.

- Pero no entiendo por qué le están dando al Santander de esta forma, si ha presentado unos resultados cojonudos…

- Presidente, el problema no es el Santander, sino el riesgo España.

- ¿Ah, sí…?

Y con gesto perplejo y sin mediar explicación se da la vuelta para preguntar no sé qué cuestión a sus aides de chambre, dejando a los empresarios con la palabra en la boca. A pesar de la tormenta que se estaba gestando sobre las cuentas públicas españolas, todo iba casi bien para ZP hasta que, a cuenta de esa presidencia de la UE de la que pensaba sacar pecho y provecho, fue necesario exponerse al general escrutinio de la opinión pública europea, mercados financieros incluidos. Han sobrado unas semanas, desde Copenhague a esta parte, para que Europa se diera cuenta del paño que guardaba el arca presidencial española. El ridículo alcanzó su máxima cota en Davos, donde el muy osado no tuvo ocurrencia mejor que aparecer en un panel al lado del griego Papandreou y del letón Zatlers, dos campeones de la ortodoxia fiscal. En el escenario alpino donde a primeros del XX iban a curar la tuberculosis los ricos del viejo continente, Zapatero terminó por meter a España en el club de los tísicos de Europa, poniéndole en la lupa de mercados financieros y analistas como firme candidato a entrar en una situación de insostenibilidad de sus finanzas públicas.

Tan asustado volvió el genio de Davos que por sorpresa anunció un recorte de 50.000 millones de gasto público, alrededor del 5% del PIB, reconociendo así el fracaso de su política (?) fiscal y presupuestaria para salir de la crisis. Y es que si Grecia, al borde de la suspensión de pagos, va a la quiebra, el riesgo de contagio será muy alto para las economías con escenarios macroeconómicos similares, léase Portugal, Italia e Irlanda. Con la diferencia de que los irlandeses se han embarcado en un drástico proceso de austeridad y los italianos tienen una tasa de ahorro doméstica descomunal. España, por contra, encabeza hoy el Indice de Miseria de Moody´s, esto es, la combinación de déficit y paro más alta de toda la OCDE.

-“Es que fíjate”, decía una asustada Trini Jiménez al abandonar el Consejo de Ministros del viernes 29, “lo que hemos tenido que hacer para ganar credibilidad en los mercados…” De eso va el plan de consolidación presupuestaria anunciado por Zapatero. De movimiento desesperado dirigido a calmar la
ansiedad de mercados y gobiernos europeos ante el agudo y creciente deterioro del binomio déficit/deuda español. Como con la famosa Ley de Economía Sostenible, el Ejecutivo ha fabricado un titular sin nada detrás, porque nadie sabe qué partidas presupuestarias se recortarán ni cómo ni cuándo; nadie sabe que contribución, si alguna, harán CC.AA. y corporaciones locales –responsables de 2/3 del gasto público total- a ese esfuerzo de contención, y nadie se cree, por irreal, el cuadro macroeconómico en que se sustenta ese pretendido recorte del déficit, con proyecciones de crecimiento del PIB en 2012 y 2013 francamente increíbles.

Sacrificios radicales

Con un déficit del sector público situado a finales del 2009 en el 11,4% del PIB (que al final resultará del 12%, como poco), el plan contempla un recorte del mismo, tras descontar los efectos cíclicos, del 5,7%, con el objetivo final puesto en un déficit del 3%, lo cual significa que el déficit estructural es del 8,7% del PIB, guarismo que viene a poner de manifiesto una estructura presupuestaria tan gigantesca como insostenible, desde luego incompatible con la estabilidad de las finanzas públicas. En otras palabras: España SA tiene unos costes fijos que no puede permitirse, lo que hace inevitable acometer reformas de calado en las grandes partidas del gasto, tal que los programas del Estado del Bienestar, número y remuneración de los funcionarios, etc.. No vale un mero maquillaje contable para salir del aprieto. Hacen falta sacrificios radicales en un país que ha vivido por encima de sus posibilidades. ¿Puede un Gobierno sin crédito acometer estas reformas? La respuesta es no.

La última prueba la tuvimos el viernes. Camino de los cinco millones de parados y con el empleo cayendo más que la propia actividad económica, el Ejecutivo fue incapaz de adoptar una sola medida concreta de reforma laboral, a pesar de haberlo anunciado. No se atrevió. No se atreve con los sindicatos (la “ideología”, como él mismo reconoció), de forma que no habrá reforma laboral, al menos inmediata. El Gobierno, en efecto, se limitó a entregar a sindicatos y empresarios un documento que no es más que una exposición de motivos sobre la necesidad de la reforma: “Líneas de actuación en el mercado de trabajo para su discusión con los interlocutores sociales en el marco del diálogo social”. ¡Tócate las narices, Ruperta! ¿Puede un país con el agua al cuello, necesitado de medidas de choque radicales e inmediatas, perder otro año en discusiones bizantinas sobre si el despido de los trabajadores fijos, los que quedan, debe costar 20, 33 o 45 días por año? No es eso, señores, no es eso. Se trata de empezar a crear empleo cuanto antes, algo que nunca van a hacer Toxo y Méndez, el llamado “cuarto vicepresidente” del Gobierno Zapatero.

No hay más salida que la política

Esto tiene muy mala pinta. España necesita el dinero exterior para seguir funcionando (emisiones brutas en 2010 por importe de 211.500 millones de euros), apelando a unos mercados que cada día recelan más de la solvencia de un cuadro macroeconómico que muchos juzgan insostenible, con la consecuencia inmediata del encarecimiento de esa financiación. Se trata de un problema de credibilidad y confianza en España, cualidades que Zapatero ha contribuido a arruinar en el exterior con su sola presencia. El riesgo país no es un resfriado: es un cáncer, una enfermedad para la que ya no hay más salida que la política, es decir, la convocatoria urgente de elecciones generales, a menos que Emilio Botín (“La crisis española es como la fiebre de un niño; pasará pronto”, junio de 2008) mande otra cosa, claro está.

Poco o nada que esperar del PSOE. Aunque el desconcierto es total en sus filas (“Es raro el día que no recibo de anteriores colaboradores míos o bien el currículum o bien el lamento de no haberse ido cuando yo me fui”), quienes se quejan y protestan, generalmente en privado, ya no tienen mando en plaza. Los que, por contra, mantienen poltrona, siguen firmes alrededor del jefe y con él caminarán por el viacrucis por el que transita España hasta ese Gólgota donde, todo perdido, serán ellos mismos quienes le apliquen, tu quoque, Brute?, mortal puñalada. En el PSOE sucede con ZP algo parecido a lo ocurrido en el pasado con algunos apóstoles del progresismo, caso de Rousseau: cuanto más resentimiento generan, más sumisión reciben.

Y dos notas de esperanza en plena tormenta de pesimismo. Por un lado, el valor personal y político que ha demostrado Don José Blanco, ministro de Fomento, al poner a los controladores aéreos en su sitio vía Decreto Ley. Pepiño For President. Por otro, el mismo valor cívico demostrado por el magistrado Luciano Varela, del Tribunal Supremo, poniendo a Baltasar Garzón, arquetipo de casi todos los males que aquejan a la Justicia española, con pie y medio en el banquillo de los acusados, para desespero de Cebrianes y Rubalcabas. Hay vida más allá de Zapatero.


El confidencial - Opinión

El indeciso patológico. Por M. Martín Ferrand

José Luis Rodríguez Zapatero se ha instalado en la indecisión. La duda es una semilla desde la que pueden germinar los aciertos más rotundos o los fracasos más dañinos; pero, llegado el caso, quien no es capaz de tomar ninguno de los caminos que se le ofrecen está renunciando al éxito posible para enfrentarse a la frustración segura. Un error puede enmendarse con otra decisión más oportuna y cabal; pero el irresoluto se instala en la perplejidad y difícilmente podrá escapar de ella. José Blanco acaba de darnos un ejemplo de eficacia resolutiva: ha zanjado con un decreto ley los excesos y la provocación de los controladores aéreos. Asume el riesgo de que el Congreso no le respalde, como permite el procedimiento elegido, e, incluso, que los controladores se encastillen en la defensa de su abusiva posición; pero, de momento, los 2.300 controladores de AENA ya saben que ha cambiado la dirección del viento y, en el peor de los casos, le habrán visto las orejas al lobo y actuarán con mayor prudencia y menor altanería.

Zapatero no ha sido capaz de decidir. Los «agentes sociales» le tienen comida la moral y quieren fundamentar la esperanza del futuro en la perpetuación de los malos hábitos del pasado, todo un imposible. Caben tres hipótesis para tratar de entender los paños calientes con los que el presidente trata de enfrentarse a la gravísima situación social y económica -la política va por otros derroteros- que padecemos: a) Está tan poseído por su anacrónica fe socialdemócrata que, inmerso en el fanatismo, se niega al raciocinio y a los modos que se llevan en la eurozona; b) Es un insensato convencido de que el tiempo lo arregla todo y prefiere ser querido por su debilidad que admirado por sus aciertos; y c) Los sindicatos, convertidos en el cuarto poder del Estado, le tienen esclavizado con sus amenazas movilizadoras. Cualquiera de esos supuestos resulta demoledor y, más todavía, si los consideramos en su conjunto o en sus posibles combinaciones de dos en dos. Así no nos redimiremos del paro que asfixia nuestra realidad, ni el Estado aliviará su déficit demoledor, ni se incrementará la competitividad en los mercados internacionales, ni -mucho menos- aumentará la productividad nacional; pero, quizá, Zapatero pueda seguir instalado en el machito. Así debe tenerlo calculado porque ese es el método y el consuelo de los irresolutos patológicos.

ABC - Opinión

Cuestión de liderazgo

El fin de la presidencia europea puede ser la última ocasión de Zapatero para variar el rumbo.

El liderazgo del presidente del Gobierno se encuentra en su punto más bajo desde que llegó al poder hace seis años. La crisis económica que Zapatero se negó a reconocer durante meses, y que ahora trata de gestionar con anuncios que se atropellan unos a otros, amenaza con convertir lo que resta de legislatura en un calvario para el Partido Socialista, que parece estar interiorizando un resignado horizonte de derrota. Entretanto, el Partido Popular duda entre mantenerse a la espera o forzar los acontecimientos reclamando un adelanto electoral. Lo que ha descartado es hacer aquello que lo convertiría en una alternativa de Gobierno y no en un apático recambio por incomparecencia del adversario: definir el proyecto político que representa, más allá del oportunismo de agitar espantajos demagógicos y populistas cada vez que Zapatero y sus ministros se libran a una nueva comedia de enredo con motivo de los subsidios, los impuestos o las pensiones.


Los desalentadores datos sobre la situación política que arrojan las encuestas, incluida la que publica hoy este diario, no son argumento suficiente para reclamar el fin anticipado de la legislatura. No son los estados de opinión, sino el juego de las mayorías parlamentarias, lo que debe tomar en consideración el jefe del Ejecutivo para adoptar una decisión que le corresponde en exclusiva. Pero, además, jalear la idea del adelanto electoral en este caso sólo significa reclamar a cara descubierta el poder por el poder, puesto que los ciudadanos muestran hacia la oposición superior desconfianza que hacia el Gobierno. No es una desconfianza sin motivo: éste es el momento en que el país supera los cuatro millones de parados, y en que sus cuentas públicas comienzan a bordear todas las zonas de alarma, sin que el PP haya avanzado una sola propuesta, dando a entender que sólo cifra su éxito electoral en la calamidad colectiva.

La esperanza que representó para el Gobierno socialista la presidencia de turno de la Unión Europea se ha convertido en una rémora para intentar cualquier salida política, que deberá esperar, cuando menos, a que termine el semestre. Esta inoportuna e inevitable parálisis es el resultado de haber superpuesto una política económica errática a una sostenida política exterior hacia ninguna parte, que ha dilapidado los meses previos soñando con obtener de la presidencia europea lo que ésta nunca podría dar; en particular, después de la entrada en vigor del Tratado de Lisboa. Zapatero cometió el error de imaginar que un semestre de protagonismo infundiría fuerza a su Gobierno, en vez de componer un Ejecutivo fuerte con el que hacer frente al más importante desafío diplomático de esta legislatura; que, por la situación de crisis internacional, era además un desafío económico. Los resultados de esta estrategia para los intereses generales del país saltan a la vista.

Puede que el final de la presidencia europea sea una de las últimas oportunidades de las que dispondrá Zapatero para corregir el rumbo político. A partir de ese momento no bastará con azuzar al peor PP con una mano mientras que, con la otra, se convoca a los ciudadanos al voto del miedo. Ése es el camino seguido por el jefe del Gobierno cuando el viento soplaba a favor y podía sacar a escena asuntos legítimos y hasta necesarios, pero utilizados de manera que pusieran en evidencia las reminiscencias ultramontanas del Partido Popular. Pues bien, hoy ese PP es el que adelanta a los socialistas en las encuestas, sin haber hecho otra cosa que dejar que el Gobierno aparezca bajo los focos realizando contorsiones. Sin restablecer la credibilidad del liderazgo político, las dificultades para que España salga de la crisis serán aún mayores. El de Zapatero se deshilacha, pero el de Rajoy, según la misma encuesta, es inexistente.


El País - Opinión

Veloz desgaste del Gobierno y petición de elecciones generales

Si hoy se celebrarán elecciones generales, el PP ganaría con 5,8 puntos más que el PSOE.

HAY POCAS DUDAS de que Zapatero atraviesa por su peor momento político desde que llegó a La Moncloa, a pesar de que la legislatura que comenzó el 9-M de 2008 aún no ha llegado a su ecuador. Así lo certifica la encuesta que publicamos de Sigma Dos-EL MUNDO. Si hoy se celebraran elecciones generales, el PP ganaría al PSOE con una ventaja de 5,8 puntos en intención de voto. El sondeo ofrece muchas vertientes para el análisis. Es verdad que tras unas semanas en las que el Gobierno no ha dado ni una, cabría suponer que la intención de voto de los socialistas descendiera en más de siete décimas en relación con nuestra anterior encuesta. Y también cabría deducir que el avance del PP tendría que situarse por encima de esas tres décimas que sube, puesto que es la única alternativa de gobierno.


Sin embargo, lo más significativo -a la vez que lo más preocupante para el Gobierno- no son los aspectos cuantitativos de la encuesta, sino los cualitativos. El espectáculo de errores, contradicciones, improvisaciones y falta de coraje por miedo a los sindicatos que ha protagonizado el Ejecutivo sólo en la última semana empieza a pasarle factura. No son los mercados internacionales los únicos que no creen en la solvencia del Gobierno español. El sondeo refleja un desgaste galopante del Gobierno -el 52% cree que su gestión es mala o muy mala-, un deterioro de la imagen de Zapatero sin precedentes -por primera vez Mariano Rajoy le saca ventaja, aunque sea poca- y una sensación creciente de que el Gobierno carece de credibilidad y de capacidad para encarar una crisis económica tan profunda como la que atravesamos. Hasta el punto de que el 65,8% de los ciudadanos reclama una remodelación -opinión compartida por el 46,9% de los votantes socialistas- a pesar de que no hace ni un año que Zapatero cambió a sus ministros.

Como consecuencia del hartazgo ante la falta de solvencia del Gobierno, muchos españoles empiezan a pensar que la única solución a la doble crisis, económica y política, es la convocatoria de elecciones generales. El 51,1% así lo considera y aunque esta opinión es abrumadora entre los votantes del PP -un 92,3%-, también es significativo que el 19,3% de los electores de Zapatero quiera poner ya punto y final a la legislatura.

A pesar de que es difícil que se puedan encender más luces de alarma -incluso dentro de sus propias filas reina el más absoluto desconcierto-, Zapatero parece empeñado en restar importancia al descrédito de nuestro país en los mercados o atribuirlo a una conspiración, y no al resultado de sus políticas, más erráticas cada día que pasa. La mejor prueba de que este Gobierno da muestras de haber entrado en barrena son las declaraciones que hace hoy a este periódico el secretario de Estado de la Seguridad Social. Octavio Granado confía en que el Gobierno -o sea, él- cambie «el planteamiento de partida» de la propuesta de alargar la edad de jubilación hasta los 67 años. Puesto que la medida fue aprobada por el Consejo de Ministros, cabe preguntarse si el Gobierno ha resignado el poder ejecutivo que le atribuye la Constitución para convertirse en una instancia que elabora documentos -pensiones, reforma del mercado laboral- con el fin de negociarlos con los sindicatos, que son quienes tienen la última decisión.


El Mundo - Editorial

La semana negra. Por Ignacio Camacho

Esta semana convulsa, trastornada, peligrosa, tremenda, ha recordado a los peores momentos del peor Suárez. Aquellos días de hace treinta años en el que país sin timón parecía irse por el sumidero de la zozobra. Con clamor de elecciones anticipadas, voces de gobierno de concentración y rumor de mociones de censura. Con una prensa unánime en el vapuleo de un Gobierno desaparecido, titubeante, colapsado. Con el pánico desatado a un crack económico , con el paro rampante, la deuda en el aire y los especuladores jugando al pim-pam-pum con la Bolsa. Y con un presidente atónito, bloqueado, ausente, enrocado sobre sí mismo y dando palos de ciego. Una sensación general de deriva, de caos inminente, de rumbo perdido. Esa clase de atmósferas espasmódicas que agitan Madrid -«el pequeño Madrid del poder»-, que dice Javier Cercas- hasta ponerlo en estado de shock.

Comparado algunas veces con Suárez por su audaz desparpajo, nunca Zapatero se le había parecido tanto. No al Adolfo intrépido que salía indemne de los escollos más arriscados de la política, sino al que acabó hundido en el descrédito y la desconfianza. Al que provocaba la conspiración de los suyos y generaba un clima de errático desasosiego. Sí, hay tres diferencias esenciales con aquellos días trémulos: ni ETA, ni los militares ni la inflación constituyen una amenaza desestabilizadora. Pero lo que aproxima estos días críticos a aquel enero del 80 es la figura de un presidente aislado, desorientado, aturdido, falto de pulso y de criterio, incapaz de hacerse con el timón del Estado. Un dirigente cuestionado por propios y extraños en su capacidad fundamental de ejercer el liderazgo.

No por casualidad han sido los guerristas quienes, apegados aún al mecanismo mental de la Transición, han desempolvado la idea de un Gobierno transversal para estabilizar un país desnortado. Aunque el zapaterismo ha tratado siempre de impugnar la Transición como marco de referencia democrática, también en eso ha fracasado: los esquemas de aquella época continúan funcionando de manera eficaz en el subconsciente colectivo de los españoles. Y la idea de unos pactos de Estado al estilo de los de la Moncloa flota en la melancolía del imaginario nacional como idealizada solución para una emergencia.

No habrá tal. Es demasiado tarde. Se han roto en estos años demasiados consensos para reconstruir puentes. Zapatero está solo, sostenido apenas por la cada vez más dubitativa guardia pretoriana de los sindicatos, a expensas de su propia inconsistencia sin recursos. Esta semana atroz lo ha retratado: enfrascado en la frivolidad de una falsa plegaria ante los cristianos de Washington mientras el país se despeñaba por un barranco de quiebra. Y aún preguntaba perplejo -a González, el del BBVA- cómo es posible. Es posible porque cuando no se sabe gobernar hasta las soluciones se convierten en problemas.


ABC - Opinión

El doble plantón de Obama

El doble plantón de Obama no es una anécdota puntual, sino el fiel reflejo de la opinión que Zapatero despierta en los países que aún sienten cierto respeto por la libertad.

La decisión del presidente norteamericano de no acudir a la cumbre de la Unión Europea y los Estados Unidos es la respuesta lógica a la irrelevancia internacional del Gobierno anfitrión, en este caso el de España, presidido por un Zapatero que preside la Unión durante su turno de seis meses. Hasta para el socialista más partidario de Zapatero debe ser evidente que la decisión de Obama hubiera sido distinta si la cumbre tuviera lugar en Alemania, Francia o Gran Bretaña, tanto por el peso específico de sus economías, como por el nivel de influencia de sus gobiernos actuales en la escena internacional.


Sin embargo, Zapatero apostó desde el principio por convertirse en adulador de personajes totalitarios, sometió nuestra política internacional al dictado de su sectarismo ideológico y, como colofón, alumbró como propuesta estrella en materia exterior una absurda alianza de civilizaciones que, nadie salvo él, toma en serio. No cabe extrañarse, por tanto, que la diplomacia española, con Zapatero a la cabeza, reciba una afrenta tras otra cada vez que intenta situarse en un papel al que él mismo ha renunciado con su alocada política desde que llegó al poder.

Pero no es sólo que el presidente norteamericano haya prescindido de visitar España dada la escasa significación de su actual Gobierno, sino que, para que quede clara la importancia que Obama concede a un voluntarioso Zapatero empeñado en sacarse fotos a su lado, ni siquiera acudió a tiempo a los prolegómenos del Desayuno Nacional de Oración para charlar unos minutos con su invitado. “Bye”, es prácticamente la única palabra que Obama dedicó a Zapatero en su estancia en Washington, un bochorno institucional sin paliativos por más que las terminales socialistas y algunos medios de comunicación coincidan, con entusiasmo digno de mejor causa, en el éxito de la visita de Zapatero al Distrito de Columbia.

El papelón desempeñado por la mayoría de periodistas y medios que acudieron invitados (por Zapatero) al acto religioso presidido por Obama, es también digno de análisis por la sumisión mostrada al personaje tras su vuelta a España. Dejando aparte lo inoportuno de la cita bíblica seleccionada por los asesores de Zapatero –en una congregación de evangelistas lo correcto hubiera sido citar el Nuevo Testamento, en lugar del libro más reaccionario del Antiguo-, cabe destacar la extraordinaria hipocresía mostrada por el presidente español en su discurso, aspecto que ha pasado desapercibido en la mayoría de medios nacionales, groseramente obsequiosos a despecho de la realidad.

Su apelación encomiástica a la libertad y a los Estados Unidos como nación garante de su disfrute por todos los ciudadanos hubiera sido admisible si en España pudiera ejercerse esa misma libertad, aunque fuera en menor medida. Sin embargo, la política de José Luis Rodríguez Zapatero ha tenido como objetivo desde el principio socavar los reductos de libertad individual que aún quedaban en nuestro país tras medio siglo de franquismo y socialdemocracia rampante.

En la España gobernada por Zapatero hay regiones en que los padres no pueden educar a sus hijos en la lengua materna y en las que el uso de la lengua común de todos los españoles está proscrito. Hay niños que le escriben suplicándole que sus colegios les permitan examinarse en la lengua oficial sin castigarles con un suspenso inmerecido y ciudadanos que se ven obligados a requerir el amparo de los tribunales para rotular los negocios en la lengua propia, por cierto, la misma que utilizó Cervantes en el fragmento que nuestro desnortado presidente incluyó en su discurso. En la España de Zapatero, en fin, se niega el derecho a la vida de los más desamparados, con una legislación que permite acabar con seres humanos sin la menor traba jurídica dejando la decisión a criterio de menores de edad.

José Luis Rodríguez Zapatero ha hecho del sectarismo ideológico el eje fundamental de su política, tanto de puertas para adentro como en materia exterior. Eligió libremente dar rienda suelta a su radicalismo, propio de adolescentes atolondrados, y ahora le toca recoger los frutos de su labor, tan metódica como destructiva. Si en España hay todavía quién le aplaude por su osadía, fuera de nuestras fronteras ha quedado caracterizado como un político extremista del que no conviene fiarse ni frecuentar demasiado. El doble plantón de Obama no es por tanto una anécdota puntual, sino el fiel reflejo de la opinión que Zapatero despierta en los países que aún sienten cierto respeto por la libertad.


Libertad Digital - Editorial

España necesita un Gobierno

La imagen del Gobierno español esta última semana ha sido nefasta; sus decisiones, lamentables. No ha entendido nada. El problema se llama «riesgo España», pero matar a los mensajeros resulta inútil. En el exterior circula la sensación de que el nuestro es un país insolvente, y el Ejecutivo tiene buena culpa de ello. La imagen de desconcierto, improvisación, incapacidad política, cesiones sindicales —electoralismo, en resumen— es justo lo que los mercados necesitan para seguir desconfiando de España.

Los inversores internacionales han volcado su atención en los inmensos niveles de deuda pública acumulados como consecuencia de la estrategia fiscal de «barra libre» con que se respondió a la crisis financiera, y han concluido que algunos países, y singularmente España, tendrán serias dificultades para hacer frente a sus obligaciones si no cambian radicalmente sus políticas. La presión no va a ceder. Los mercados financieros actúan como una jauría de lobos y, a la más mínima señal de debilidad, se abalanzan sobre su presa. El Gobierno ha dado repetidas muestras de incapacidad: sabe lo que tiene que hacer e incluso lo pone por escrito, pero su presidente es un rehén ideológico y ha decidido inmolarse, y con él a todos los españoles, en el altar de los sindicatos. Por evitar una posible huelga general que sólo entenderían sus convocantes nos arriesga a todos a una crisis de la deuda, a la quiebra fiscal del Estado y a una larga recesión.

Tres son las líneas de acción urgentes que habría que acometer: resolver el problema financiero, hacer sostenibles las cuentas públicas y modificar el funcionamiento del mercado de trabajo. En las tres, el Ejecutivo ha presentado propuestas tan insuficientes que ha sido peor el remedio que la enfermedad, ya que ha evidenciado internacionalmente sus limitaciones. Por eso España sigue siendo comparada con Grecia. Recuperar el funcionamiento normal del sistema bancario español exige acabar con los problemas que afectan a su balance y reducir el exceso de capacidad instalada en la industria.

El Gobierno ha optado por una estrategia gradualista y políticamente correcta que mantiene la presencia dominante del sector público autonómico en las entidades financieras. Lo menos que se puede decir del FROB es que no ha funcionado, que no ha servido para provocar la reestructuración ordenada de las Cajas de Ahorros. Se ha acabado el tiempo del voluntarismo. El Banco de España ha de actuar con energía y sin dilación, utilizando los mecanismos disponibles de regulación, supervisión e intervención. Supondrá un coste fiscal, bien lo saben nuestros acreedores, y por eso nos exigen un recorte de gasto adicional.

El problema del déficit público es estructural. Surge de considerar ingresos ordinarios lo que no eran sino fruto extraordinario de la burbuja inmobiliaria, y de embarcarse en una política de más gasto público, como si la restricción presupuestaria no existiese para un Gobierno con voluntad social. Hoy tenemos un déficit público que se estabilizará en el entorno del 10 por ciento del PIB y una dinámica explosiva de la deuda, más aún si incluimos los gastos derivados del saneamiento financiero y del envejecimiento de la población. No es posible rebajarlo sin reducir el tamaño de las Administraciones públicas, sin abandonar la filosofía de derechos ilimitados y gratuitos. Sin reflexionar seriamente sobre mecanismos de copago en sanidad, educación y servicios sociales, y sin repensar la estructura de competencias y de toma de decisiones de gasto en el Estado de las Autonomías.

Nuestros acreedores saben que con cuatro millones y medio de parados el país no es viable a medio plazo. Por eso nos exigen una reforma del mercado de trabajo, ya que nuestro Gobierno parece complacido en limitarse a subsidiar parados indefinidamente. Lo aprobado el pasado viernes estaría bien hace seis años; hoy urge legislar para acabar con la dualidad del mercado de trabajo mediante un contrato único, reformar la negociación colectiva para incentivar los convenios de empresa y modificar el sistema de prestaciones por desempleo para que sirva de estímulo a la búsqueda de trabajo y desincentive el paro de largo plazo. Ello supone reconocer que el Estatuto del Trabajador de 1980 está obsoleto y hay que cambiarlo.

En definitiva, recuperar la confianza internacional va a requerir bastante más que una campaña de imagen. El Gobierno está perdiendo el partido fuera: basta ver los diferenciales de deuda y, en casa, la encuesta del CIS. Ha generado una emergencia económica y parece creer que puede responder con vagas declaraciones de intenciones y vacuas apelaciones al diálogo social. Es demasiado tarde. Hacen falta decisiones valientes, aunque puedan resultar impopulares. Es a este Ejecutivo a quien compete liderar el país, señalar la dirección adecuada y comprometer su menguado capital político. Si no se considera dispuesto, que asuma su incapacidad y actúe responsablemente, adelantando elecciones. España es una gran nación con un futuro esperanzador, pero si no se adoptan medidas urgentes, lo peor puede estar por venir.


ABC - Editorial

sábado, 6 de febrero de 2010

Rezar lo que sabe y donde no debe. Por Tomás Cuesta

Que Zapatero haya querido interpretar la Biblia como si fuera un manual de relaciones laborales es una grosería tragicómica y un ejercicio de ligereza irresponsable. Que haya tomado en vano el nombre de Cervantes para reivindicar el español allende el charco mientras fomenta la tiranía deslenguada en un lugar de Europa de cuyo nombre no quiere acordarse supone rizar el rizo del descaro. Que haya quien considere que se ha ganado a pulso figurar en el Éxodo como undécima plaga es una triste gracia y un chiste barato, pero tampoco merece más el personaje. A fin de cuentas, el desayuno de oración ha sido un tentempié irrisorio que ni nos sacará de pobres ni nos redimirá de la insignificancia. Lo que no tiene perdón de Dios -ni de los hombres, a nada que se sigan respetando- es que alguien se haga pasar por piadoso después de cometer un sacrilegio infame. O por civilizado, tras incurrir en la barbarie.

No parece probable que al señor presidente -pese a los arrebatos quijotescos que sufre de cuando en cuando- le ocurra igual que al desventurado hidalgo «que se le pasaban las noches leyendo de claro en claro, y los días de turbio en turbio; y así, del poco dormir y el mucho leer, se le secó el celebro, de manera que vino a perder el juicio». De lo cual se deduce que, aunque no sea muy leído, Rodríguez Zapatero, «ora et labora», tampoco es un orate: no hay mal que por bien no venga. Queda, pues, excusado de zambullirse en L_vy-Strauss, o en cualquier antropólogo que le quede cerca, a fin de averiguar por qué al irse a Washington y desertar de las exequias del último caído en la no-guerra ha puesto a la virtud a barato y la moral en almoneda. Una comunidad que deshonra a los muertos está herida de muerte, se agosta en la tisis ética. ¿Acaso la soldada ensucia y el jornal ennoblece? ¿Acaso le amedrenta el pacifismo que reina en los cementerios?

Metidos a alternar la sopa boba con la sopa de letras, la receta de Homero es inefable, es olímpica, es... ¡Homérica, en efecto! «¡Congratulations, Chapatero!» La cosa va de que Odiseo y sus compinches consiguen escapar de las garras de Circe (una bruja perversa que seducía a los incautos y luego los transformaba en cerdos. Tal cual Fidel Castro, que diría Cabrera) abandonando los despojos del desdichado Elpénor que tornará, en espíritu, a reclamar lo que le adeudan: «Sé que, partiendo de acá, la morada de Hades, fondearás tu nave en la isla de Eea. Yo te ruego, ¡oh rey!, que al llegar me recuerdes. No partas sin llorar mi cadáver, no ofendas a los dioses con la impiedad de los que no recuerdan. Quema mi cuerpo junto a las armas que me pertenecieron y erígeme un túmulo en la ribera del espumoso mar de modo que la memoria de este hombre se perpetúe en los venideros. Hazlo así y clava en el túmulo aquel remo que pulieron los años y el esfuerzo».

Zapatero, por contra, ni siente, ni padece. Encarna el arquetipo cínico que Oscar Wilde acuñó en una paradoja espléndida: «Conocer el precio de todo y el valor de nada», ésa es la ecuación de la miseria. Rezar lo que no se sabe allí dónde no se debe, formulado en cristiano adusto y evangélico.


ABC - Opinión

El Gobierno vuelve a eludir sus responsabilidades

La reunión entre Zapatero y los agentes sociales no sirvió para discutir ningún plan de reforma concreto, como se esperaba.

EL GOBIERNO había creado la expectativa a lo largo de las últimas semanas de que ayer iba a presentar una serie de medidas concretas para reformar el mercado laboral. Al término del Consejo de Ministros, la propia vicepresidenta De la Vega afirmó que el Ejecutivo «tiene un plan» y que el presidente explicaría por la tarde su contenido tras informar a la patronal y a los sindicatos.

Pero la montaña parió un ratón. No hubo tales medidas, ni siquiera propuestas dignas de tal nombre, porque el Gobierno se limitó a presentar a los agentes sociales un documento genérico e inconcreto, cuyo título ya lo dice todo: «Líneas de actuación en el mercado de trabajo para su discusión con los interlocutores sociales en el marco del diálogo social».


En realidad, lo que el Gobierno hizo ayer es plantear una especie de guión para la discusión entre la patronal y los sindicatos, que coincidieron en valorarlo como una buena base de partida para negociar.

En el documento, lo más concreto que propone el Gobierno es «examinar la posibilidad de ampliar la utilización del contrato de fomento de la contratación indefinida», algo abierto al debate como el propio Zapatero reconoció expresamente. O sea que ni siquiera está claro que se vaya a ampliar a los jóvenes algo tan tímido como el contrato con 33 días de despido por año.

Esta ambigüedad del texto es lo que permitió a los líderes de UGT y CCOO subrayar que en el citado documento «no hay referencia a nuevas modalidades de contratación ni abaratamiento del coste del despido», mientras que el presidente de CEOE afirmaba que «va en la buena dirección». Sorprende la complacencia de Gerardo Díaz Ferrán ante un simple borrador que no contempla ninguna de las medidas que ha venido proponiendo la patronal si bien tampoco las descarta. ¿Habría reaccionado de la misma forma si sus circunstancias personales fueran distintas?

El hecho es que el Gobierno no sólo no se ha atrevido a tomar medidas concretas, como era su obligación, sino que vuelve a situarse como una especie de intermediario entre los agentes sociales, a los que ayer el presidente pidió un rápido acuerdo. Una cosa es que se intente gobernar con consenso y otra que se supedite al consenso el ejercicio de la responsabilidad.

Dadas las profundas diferencias de partida, mucho nos tememos que no va a haber ningún pacto, como ya sucedió este verano. ¿Qué ha cambiado desde entonces? Lo único distinto es que la situación se ha deteriorado mucho más y que el número de parados supera ya los cuatro millones. Pero ni la CEOE ni los sindicatos han flexibilizado sus posiciones.

A Zapatero se le escapó ayer algo muy significativo: que no gobierna «para los mercados», como si éstos fueran un poder fáctico que intenta doblegar al Ejecutivo. No, los mercados no son un monstruo malvado sino que reaccionan en función de los datos objetivos que reciben. Y esos datos de la economía española son desastrosos. Según el Banco de España, nuestra economía cerró el año pasado con un crecimiento negativo del 3,6%. Son ya siete trimestres consecutivos de descensos de la riqueza nacional. Ningún país de la zona euro tiene un récord tan dañino.

Sigue dando la impresión de que Zapatero no es consciente de la magnitud de la crisis. Los ciudadanos esperaban de él ayer una serie de decisiones concretas y efectivas para flexibilizar el mercado de trabajo y lo que hizo fue arrojar la pelota al tejado del diálogo social.

No son los sindicatos ni la CEOE quienes tienen que sacar a España de esta crisis. Quien tiene que tomar medidas y asumir responsabilidades es el Gobierno, cuyo comportamiento sigue siendo muy decepcionante en una situación que requiere una determinación que no se vislumbra.


El Mundo - Editorial

Sinceridad rural. Por Maite Nolla

El presidente de la diputación de Lérida, de ERC, han descubierto que las provincias son un elemento español, pero que el sueldo de presidente no está nada mal. Y, claro, de suprimir la diputación, nada de nada.

No es cierto que las veguerías sean un capricho. Las veguerías son un símbolo nacionalista que pretende hacer desaparecer a las provincias porque son un elemento extraño a Cataluña. Así se decía, más o menos, en una ley que aprobó Pujol en los años ochenta. Y tampoco tengo muy claro que sean una forma de resucitar a la conurbación de Barcelona. En realidad, creo que más bien lo que pretenden es castigar el voto urbano. Las veguerías, entre otras cosas, se crean con una finalidad electoral que es servir de circunscripción. En la medida en que la ley obliga a asignar un mínimo a cada circunscripción, un diputado por la veguería del Alto Pirineo será mucho más barato que un diputado por Barcelona. Y eso favorece a CiU y a ERC y perjudica a los demás.


Les pido disculpas por la pesadez, pero que se haya presentado un proyecto de ley relativo a las veguerías es culpa del Tribunal Constitucional que lleva casi cuatro años tocando el violón. Efectivamente, el Estatuto de Cataluña regula las veguerías y prevé que éstas sustituyan a las provincias y, por ende, a las diputaciones, cosa que hoy en día sólo se puede hacer por ley del Congreso. Además, sabemos que el Ministerio de Justicia ha elaborado un informe que dice que las veguerías son poco menos que inconstitucionales y, como mínimo, inviables. Mientras el Estado utilice la provincia como referente para organizar juzgados, audiencias, la Agencia Tributaria o la Seguridad Social, las dichosas veguerías no tienen más sentido que el que les anunciaba unas letras más arriba. Sí, sí, yo también me pregunto por qué si el Gobierno tiene este informe el estatuto se aprobó con las veguerías en su seno.

El caso es que el proyecto de las veguerías ha desatado las disidencias como en La Vida de Brian o en Asterix y los Godos. En el PSC, algunos alcaldes, como el de Lérida, consideran esto una inutilidad si no va acompañada de la supresión de otros entes y la disminución de funcionarios y de cargos. Lo cual está muy bien y es muy sensato, si no fuera porque estaban más que avisados de su inviabilidad y porque, como parte de la comedia del editorial conjunto, firmaron un manifiesto de alcaldes a favor del estatuto en fechas recientes.

Otros, como el presidente de la diputación de Lérida, de ERC, han descubierto que las provincias son un elemento español, pero que el sueldo de presidente no está nada mal, sobre todo si tenemos en cuenta que gobierna porque los socialistas, que son mayoría, le han entregado el poder. Y, claro, de suprimir la diputación, nada de nada.

Otros han abierto interesantes debates de alto nivel político: ¿la veguería de Tarragona debe llamarse "Tarragona" o "Camp de Tarragona"? O, ¿dónde está la veguería del Penedés?
Pero a mí el que más ternura me despierta es el alcalde del bonito pueblo de Sort, famoso por la lotería y porque mi marido es natural de allí, por más que diga que es de Valladolid. Pese a ser nacionalista, el alcalde se ha caído del caballo y ha dicho que lo que necesita el Pirineo no es una veguería sino una carretera. Sinceridad rural.


Libertad Digital - Opinión

Heroísmo político. Por M. Martín Ferrand

Sospecho que, llegado el momento de las grandes decisiones, una gran duda debe asaltar la conciencia de un líder político solvente y responsable: actuar según los intereses prioritarios de la Nación, obrar conforme a los supuestos del partido a que pertenece, considerar sus propios intereses personales y de perpetuación en el cargo o, como nos demuestra la experiencia del aquí y el ahora, pastelear entre las diversas opciones para, independientemente de los objetivos que se pretenden, disgustar al menor número posible de personas y tratar de contentarnos a todos. José Luis Rodríguez Zapatero es un maestro del género. Se resiste a ser antipático y ello le descalifica como líder para un momento de gran tribulación. Sabe Zapatero, y no lo ignoran ni sus ministros -incluido el de Trabajo-, que el momento exige una drástica reforma laboral que corte privilegios absurdos e, incluso, que atente contra legítimos derechos adquiridos; pero eso cuesta votos e irrita a los «agentes sociales» con poderes desproporcionados a su realidad representativa.

Cabe entender también que la tribulación decisoria alcanza a los líderes de la oposición. ¿Qué hacer desde la responsabilidad sin agrandar el tamaño y gravedad de los problemas que nos afligen? En lo que afecta a Mariano Rajoy, si no incurrimos en el pecado de la política utilitaria y carente de intención moral y didáctica, entiendo que cabría exigirle la presentación de una moción de censura que traslade al Parlamento, tan vacío de presencias como de funciones, el debate descarnado que exigen las circunstancias. Del mismo modo que Zapatero no acometerá los recortes presupuestarios y las reformas laborales que España precisa, pero que podrían costarle la reelección, Rajoy no presentará -salvo que fuese con la difícil garantía de su prosperidad- una moción de censura. Ninguno de los dos está por el heroísmo, una virtud que alumbra la grandeza de los líderes capaces de trascender la anécdota de su momento, y que no necesita espada ni pistola. El heroísmo político consiste en hacer lo que se debe, lo que conviene a la Nación y pueda fortalecer al Estado, al margen de banderías partidistas e intereses personales y electoreras. El sacrificio que requiere la ya desesperada situación presente, y nos afecta a todos, ha de comenzar por quienes resumen en sus nombres -¡todavía!- más del ochenta por ciento de los votos ciudadanos.

ABC - Opinión