viernes, 22 de enero de 2010

El cóctel. Por Alfonso Ussía

Joaquín Leguina fue un buen presidente socialista de la Comunidad de Madrid. Es un hombre ilustrado, un magnífico escritor, y, por ello, alejado de los dogmas partidistas. Siente tanto respeto por la libertad que el primero en ejercerla y disfrutarla es él. Tiene para mí otra cualidad de gran importancia, pero se me puede acusar de parcialidad. Que es cántabro, montañés. Nació en Villanueva de Villaescusa y creció en Guarnizo, cuna de Francisco Gento, y ese dato no carece de singularidad. Por lo demás, Joaquín Leguina representa lo que tanto se echa de menos en España. El socialismo culto y evolucionado, la cortesía y la reconciliación. Gobernó para todos, y cuando fue derrotado por Alberto Ruiz Gallardón, abandonó con suma elegancia el escenario del protagonismo y fue despedido con cariño y gratitud por la ciudadanía del Foro y aledaños, eso que se ha terminado por llamarse Comunidad de Madrid. Hasta sus patinazos, –todos los gobernantes resbalan–, fueron divertidos y benéficos. Aquel Himno de Madrid que se sacó de la manga, con música del maestro Sorozábal y letra de García Calvo –himno, por otra parte, todavía vigente aunque nadie lo conozca–, superó las cumbres del surrealismo. Si una Comunidad autónoma precisa de un himno, le brindo la idea a Esperanza Aguirre. Aquí tenemos a Bocherini y su Música Nocturna de Madrid, y la adaptación no sería complicada. El himno nacional de Austria es de Mozart, y a mí esa chulería me descompone. Madrid reclama a Bocherini. Y si Madrid no lo reclama, lo hago yo, con muchísimo gusto.

Leguina ha escrito un libro de «Memorias». La literatura memorialista en España no tiene prestigio. Los políticos escriben y cuentan lo que les da la gana. Las estupendas –literariamente– «Memorias» de Azaña son un ejercicio de cinismo prolongado y de medias verdades con un sólo objetivo. Que el autor siempre quede bien. Leguina escribe con mucha más libertad y, de cuando en cuando, arrea sopapos valientes. Intuyo que intelectualmente no aprecia ni a Zapatero, ni al zapaterismo ni al socialismo que hoy impera en España. Cuidado con los montañeses, que guardan en sus rincones un sentido del humor cáustico y borrascoso, muy molesto para quienes lo padecen. Porque en España, el sentido del humor de los demás no se disfruta. Se padece y sufre, y así nos va.

Unas pocas líneas para mostrar el sentido del humor de Joaquín Leguina. El humor, que en otras sociedades vuela muy alto, en España está condenado al silencio por culpa del analfabetismo de la cultureta en el poder. Cultureta de la Izquierda antigua y nada desarrollada, anclada en el dogma del tostón trascendental. Leguina, en la agonía de su último libro, nos regala la fórmula de un nuevo cóctel. Se hace «barman» el de Guarnizo, y como un revivido Pedro Chicote, nos regala el acierto de su hallazgo. El cóctel «Zapatero» o «zapaterista», de cuyos ingredientes nos informa: «Se prepara metiendo en el recipiente un toque progre, cuarto y mitad de feminismo radical y otro tanto de retórica ecologista. Añádanse unas rodajas de buenismo, un vaso de anticlericalismo y unas esencias de memoria histórica para darle el aroma adecuado. Mézclese todo con cuchara larga, pero no debe agitarse, no vaya a ser que explote».

No lo probaré a tu salud, don Joaquín.


La Razón - Opinión

Toca volver a cambiar la Ley de Extranjería

El caso de Vic o una legislación disparatada que obliga a facilitar el arraigo a quien al mismo tiempo ordena expulsar.

LA DECISIÓN del Ayuntamiento de Vic de acatar las normas y volver a empadronar a todos los inmigrantes, sin atender a si están legalmente o no en España, resuelve la polémica inmediata planteada por el consistorio barcelonés, pero no acaba con el problema de fondo, que es la vigencia de una legislación disparatada que obliga a facilitar el arraigo a quien al mismo tiempo ordena expulsar. Si el miércoles era el número dos del PSOE, José Blanco, quien asumía que existe esa «incongruencia» en la normativa, ayer era el lehendakari y líder de los socialistas vascos Patxi López quien reconocía la «contradicción». El propio ministro de Trabajo e Inmigración, Celestino Corbacho, admitía estar abierto a debatir «lo antes posible» sobre la materia. Las manifestaciones de los tres desmienten la versión oficial de su partido de que no existe ninguna incoherencia en la ley, versión miope que sólo responde al interés por intentar que no se abra una controversia en la que el PSOE da por supuesto que quien más tiene que ganar es el PP. Eso explica que Blanco intentara ayer dar marcha atrás en sus declaraciones. Sin embargo, el absurdo en el que incurre la legislación es tan patente que los socialistas se ponen en evidencia cuando pretenden hacer comulgar a los ciudadanos con ruedas de molino.


En ese sentido, el ministro de Justicia, Caamaño, hace trampa cuando asegura que el informe del abogado del Estado que declara improcedente no empadronar a extranjeros sin visado es la prueba de que no existe «disparidad» en la normativa, cuando lo único que ese informe revela es algo obvio: que la ley que rige para el padrón municipal no es la de Extranjería, sino la de Régimen Local. Por eso hemos mantenido desde el principio que el Ayuntamiento de Vic tenía razón en el fondo, pero no en la forma, ya que no tenía en sus manos resolver la contradicción y estaba obligado a empadronar.

Es comprensible que Zapatero trate de echar tierra sobre este asunto, porque admitir ahora que la Ley de Extranjería hace agua supone, en primer lugar, reconocer la incompetencia del Gobierno y de toda la clase política, que no advirtieron el problema cuando aprobaron -aún no hace ni dos meses- la última reforma de la norma. Pero además, volver sobre la legislación, empujaría de nuevo al PSOE a enfrentarse a sus evidentes contradicciones en esta materia, y es que empezó con la alegría del papeles para todos de Jesús Caldera, siguió con el endurecimiento progresivo de la legislación a raíz de las críticas de la Unión Europea y ha acabado, de momento, con la teoría del empadronamiento universal, que es una forma de regularización encubierta permanente.

Sin embargo, un país serio no puede amparar un sistema que estimula la ilegalidad y permite a las mafias del tráfico de personas seguir prometiendo a sus víctimas que tienen una vía para obtener papeles. Esa situación contribuye a mantener vivo el efecto llamada.

Por todo ello, el Gobierno haría bien en impulsar el debate que Corbacho dice estar dispuesto a abrir y que la secretaria general del PP, María Dolores de Cospedal, también reivindicaba ayer. El Ejecutivo debería explicar cómo piensa corregir la actual contradicción normativa y presentar un plan que contemple qué hacer con los inmigrantes no empadronados y qué hacer con los que, estándolo, no han obtenido aún el permiso de residencia porque entraron ilegalmente. Sólo con una ley clara y pactada por los grandes partidos se evitará la inseguridad jurídica que ha llevado a un sindicato policial a reclamar, con toda lógica, que los agentes tengan acceso a los datos de empadronamiento para cumplir así de manera más eficaz con su obligación de perseguir a quien está de forma ilegal en el país.


El Mundo - Editorial

La mentira térmica de Gallardón

El problema de Ruiz Gallardón no es tanto el confundir a un humorista con un periodista, sino a los madrileños con un bolsillo sin fondo y a la política con un cortijo de su propiedad.

La reacción de Alberto Ruiz Gallardón ante las preguntas de esRadio y la confesión ante los micrófonos de la Sexta sobre su pasión irrefrenable por el Gran Wyoming da la medida justa del concepto de verdad, y de periodismo, que posee el alcalde de Madrid. Para el fracasado promotor de la capital de España como sede de los Juegos Olímpicos, el humorista de izquierdas es "muy buen periodista" –según confesó a la propia cadena de Roures en un estado francamente mejorable–; sin embargo, los periodistas que le preguntan por un asunto que preocupa a los madrileños no son más que "humoristas".


La gracieta sobre la central nuclear en la Asamblea de Madrid y la base de submarinos en el proyecto de Madrid Río, sin embargo, no han provocado en el auditorio las risas que parecía esperar el alcalde. Quizá sea porque resulta difícil reírse cuando se piensa que cualquiera de esos ridículos proyectos hubiera resultado menos oneroso para los madrileños que los faraónicos gastos en que ha incurrido Gallardón en sus años de alcalde, en los que ha multiplicado la deuda por cinco y ha convertido Madrid en la ciudad que acumula un cuarto de toda la deuda municipal y la mitad de la deuda de todas las capitales de provincia.

El coordinador general de Vivienda del Ayuntamiento de Madrid, Juan José de Gracia, reconocía poco después de esta escena que en Puente de Vallecas se está construyendo una central térmica. Hace bien, pues en el proyecto oficial de la construcción que se está llevando a cabo en ese barrio se menciona la central térmica al menos en 40 ocasiones, y lo de mentir con tanto descaro es más propio de políticos como Zapatero, Rubalcaba o su propio jefe.

Cabe preguntarse qué ha llevado, entonces, a Gallardón a mentir, parece que con el único objeto de burlarse de una periodista de esRadio y LDTV. No se puede dudar de que si hubiera trabajado para el Grupo Prisa, el alcalde se hubiera desvivido por contestar adecuadamente a sus preguntas. Al fin y al cabo, ya ha defendido públicamente la "libertad de expresión" de unos periodistas de la cadena SER condenados por publicar los nombres, apellidos y domicilios privados de una serie de afiliados al partido al que, teóricamente, pertenece Gallardón, mientras que ha demandado a otros periodistas por limitarse a expresar su opinión.

Quizá Gallardón no ha hecho otra cosa que hacerle pagar a una periodista su frustración. Al fin y al cabo, sus miles de asesores, los miles de millones de deuda que dejará como herencia y sus continuos fracasos olímpicos se han llevado por delante, para siempre, su antigua fama de buen gestor, que para muchos era suficiente como para perdonarle su afición por halagar a la izquierda y huir de la derecha que le vota. Además, su continua obsesión por ser califa en lugar del califa ha sido frustrada incluso por un líder tan débil como Mariano Rajoy, y parece ya difícil que pueda optar de nuevo al puesto, especialmente cuando sus únicos padrinos están en la ruina.

Y es que el problema de Ruiz Gallardón no es tanto el confundir a un humorista con un periodista, sino a los madrileños con un bolsillo sin fondo y a la política con un cortijo de su propiedad.


Libertad Digital - Editorial

Diagnóstico de la salud presidencial. Por Ramón Pérez-Maura

«Boston Tea Party» es el nombre que recibe la más celebre revuelta popular que hubo en las Trece Colonias antes del estallido de la Guerra de la Independencia contra el gobierno del Rey Jorge III en 1775. Tuvo lugar el 16 de diciembre de 1773. Los colonos arrojaron al mar sacas de té como forma de manifestar su negativa a pagar impuestos a nadie más que a gobernantes elegidos. El pasado martes, en el Estado del que Boston es la capital, se produjo una nueva revuelta que puede haber pillado tan desprevenidas a las autoridades como aquella de hace 237 años, que encontró al primer ministro de Su Majestad, lord North, cazando lagunejas.

Ya hemos visto los primeros y pobres argumentos en defensa del presidente Obama y de su nula responsabilidad en el cataclismo electoral de Massachusetts. «La culpa es sólo de la candidata derrotada, Martha Coakley». La única ventaja de engañarse a uno mismo es que, a corto plazo, suele ser gratis y puede, incluso, consolar mucho. Porque lo que vimos en el primer aniversario de la llegada de Barack Obama a la Casa Blanca fue una derrota del mensaje, no del mensajero. Obama asumió el poder en loor de multitudes planetarias y abstraído por ellas ha dejado que su proyecto de reforma sanitaria pasara de estar inspirado por el sector del partido afín a él mismo o a Bill Clinton, a quedar bajo la batuta de los herederos más radicales de George McGovern -el hombre al que Richard Nixon humilló en las presidenciales de 1972 derrotándolo por 520 votos electorales contra 17- o de Howard Dean, la izquierda de la izquierda del Partido Demócrata actual.


Que no haya lugar a dudas. La reforma sanitaria de Obama, en su actual redacción, está más muerta que viva. La mayoría vigente hasta el pasado martes era de 60-40 -contando en la mayoría el alma de difunto senador Kennedy. Con los 40 votos que el jefe de la minoría republicana ha logrado mantener compactos como una roca de mármol -algo poco usual- el Partido Republicano no podía bloquear la reforma en el Senado. El problema es que el ganador en Massachusetts el pasado martes, Scott Brown, hizo campaña diciendo que su voto sería el número 41. El que bloqueará la reforma. Y ese lema hizo que los votantes que se declaran independientes en Massachusetts, que son la mayoría, votaran abrumadoramente por Brown. Esos independientes huyen de las políticas radicales de uno u otro partido. Y en el caso que nos ocupa han visto cómo, con tal de sacar adelante la reforma, Obama cedía ante unos sectores de su partido que no estaban dispuestos al compromiso. Unos maximalistas que quieren tener patente de corso ideológica y que prefieren no lograr una reforma antes que lograr una reforma consensuada con la oposición -en la que, obviamente, habría que hacer concesiones. Brown nunca hubiera derrotado a Coakley si la votación del pasado martes no llega a ser sobre cuestiones de ámbito nacional de tanta trascendencia.

Hay políticos que escuchan la voz del pueblo cuando va a las urnas. Hay otros que antes de reflexionar un minuto ya han concluido que el pueblo se ha equivocado. Y hay otro tercer grupo que se anticipa al error que va a cometer el pueblo y estudia cómo ignorar su voz. En ese grupo está el Partido Demócrata del presente. El pasado fin de semana, horas antes de la votación que ha desatado la crisis, los jefes de la mayoría en Capitol Hill estudiaban planes de contingencia para poder ignorar la voz de las urnas de Massachusetts. La presidenta de la Cámara de Representantes, Nancy Pelosi, ya advirtió que al margen de cualquier voluntad popular, «tendremos reforma sanitaria por una vía o por otra». Como muy bien ha sentenciado editorialmente The Wall Street Journal «Verdaderamente, algunos políticos son tan obtusos como lo parecen».

Pelosi y sus colaboradores tienen tres planes para capear el temporal. Uno es convertir a Scott Brown en Leire Pajín y al Senado de Estados Unidos en las Cortes Valencianas. Y demorar la recepción de sus credenciales hasta que se haya votado la reforma sin que los republicanos tengan 41 senadores. Hasta los más radicales en el partido saben que ese desprecio a la voluntad popular crearía problemas a medio plazo. Obama ya se ha manifestado en contra, pero Harry Reid, jefe de la mayoría demócrata, sigue en ello. Otra alternativa es recurrir al proceso de conciliación de los textos y dar la batalla ahí, pero eso prolongaría esta cuestión durante meses. Y esta alternativa, ética y políticamente impecable, es de alto riesgo para Obama. Hay muchos demócratas que votaron por la reforma sabiendo de su impopularidad. Y ellos son los que en noviembre tienen que ser reelegidos en distritos en los que tienen ventaja marginal. Y esos demócratas sí que prestaran atención al pueblo de Massachusetts por muy lejos que esté de su circunscripción electoral. Hay también una tercera opción, aún más complicada: que la Cámara de Representantes ratifique el texto aprobado por el Senado en Nochebuena sin alterarle una coma. Así, se tragarían todas las enmiendas que ellos negociaron, pero el Senado no podría volver a votarla. Las posibilidades de que eso ocurra parecen escasas.

Massachussetts ha puesto de manifiesto una crisis de gran calado. Las elecciones de mitad de mandato suelen ser el termómetro político que diagnostica la salud del presidente. Pero este año ha habido toma de temperatura diez meses antes de lo habitual y el resultado es que al presidente con la mayor votación de la historia de los Estados Unidos le urge internamiento en la unidad de cuidados intensivos. El sentido común indica que los demócratas debieran reconocer qué mal entendieron la victoria de 2008. El mandato entonces fue el de sacar la economía de la crisis. Y en lugar de eso, lo que estamos viendo es cómo se resucitan las utopías izquierdistas de la década de 1960.

Utopías que son tan caras a la dinastía Kennedy, pertenenciente a la clase más elitista, de la ciudad más cosmopolita, del Estado de factura más europea de toda la Unión. El pasado miércoles el conductor de un importante espacio de la radio pública española afirmaba que Obama había perdido el «escaño del pueblo». Los Kennedy... ¿el pueblo? Después de su batalla contra la reforma sanitaria, la frase de mayor éxito en la campaña de Brown fue la que espetó a Coakley en un debate televisivo. Ante la disputa por el escaño que había sido del clan Kennedy desde que John se lo ganó a Henry Cabot Lodge en 1952 Brown sentenció: «Este escaño no es de los Kennedy. Este escaño pertenece al pueblo de Massachusetts».

Quince años después del «Boston Tea Party», Thomas Jefferson estaba en Europa como enviado del Congreso de los Estados Unidos. El 8 de enero de 1789 escribía a Richard Price, el célebre moralista, economista y pastor calvinista galés. «Para mí es una nueva prueba de consuelo que allí donde el pueblo está bien informado, se le puede confiar su propio gobierno; y que cuando quiera que las cosas se hagan tan mal como para llamar su atención, se puede estar seguro de que [el pueblo] las corregirá». Un mes después, el 4 de febrero, George Washington era elegido el primer presidente de los Estados Unidos. Y en 1800 Jefferson sería el tercer presidente de la gran república norteamericana, que sigue fiel a la visión de aquel redactor de la Declaración de Independencia de 1776.


ABC - Opinión

jueves, 21 de enero de 2010

Inanidad o Veuve Cliquot. Por Hermann Tertsch

ENTRE las muchas tristezas y humillaciones, privaciones y depravaciones que los seis años triunfales de nuestro Gran Timonel nos han granjeado está el hacer el auténtico payaso en el Parlamento Europeo. No podía ser de otra forma. Existen hoy en día pocas personas medianamente educadas y estructuradas política y culturalmente que puedan soportar un discurso de nuestro chico yeyé de León/Valladolid diciendo las sinsorgadas con las que nos suele torturar en el Congreso de los Diputados o en la Moncloa. Quien no sabe decir nada no puede esperar que nadie le escuche. Lo peor, lo más humillante eran los aplausos aburridos de su secretario de Estado para Europa, al que le costaba ayer realmente hacer unas palmas. Como si estuviera en una plaza de toros de tercera viendo al peor de los más torpes matarifes. Y eso que nuestro Zapatero estaba en un auditorio medianamente agradecido que está repleto de personajes que tienen poco más o menos su mismo perfil, es decir, ninguno. No es ninguna novedad el hecho de que el presidente español, presidente colateral de la Unión Europea durante sus seis meses de felicidad, no dijera absolutamente nada. Nada tiene que decir.

Y a nadie le importa si quiere decir algo en alguna ocasión. A nadie le importaba la retahíla del palabrerío inane de un dirigente español que no significa nada. Y la inmensa mayoría del Parlamento se nos fue al bar o en las tabernas circundantes. Gracias a Dios, en los últimos veinte años hemos visto como el mundo en torno a las instituciones europeas han generado toda una cultura de gastronomía y bebida. Yo estaba como un idiota viendo a nuestro presidente hablar de solidaridad, generosidad, entusiasmo y quién sabe si también de longevidad, mientras suponía a los representantes europeos tomándose un Chardonay o un Veuve Cliquot, bien fríos y rodeados de gente divertida. Está claro que aquí sólo hacemos el idiota los que cada vez viajamos menos. Aunque tengamos asegurada la ventaja de que nuestro presidente, que intenta quitarse el pelo de la dehesa a base de palabras conmovedoras en sede europea -solidaridazzzz, pazzzzz, unidazzzz y muchas mazzzz-, por lo menos viaja un poquito y, aunque no se entere de nada de lo que sucede en su entorno, por lo menos ve un poco de mundo. Y además está un poquito lejos. Lo que siempre aumenta nuestra seguridad y salubridad.

Les ha dicho nuestro Gran Timonel a los pocos europarlamentarios que han tenido la santa paciencia de aguantar todo su discurso sobre la nada que, visto todo con buena voluntad, vamos como Dios. Y nos va a ir de miedo si le hacemos caso en no sabemos nadie qué. Obviamente, los parlamentarios más inteligentes estaban de degustación vinícola. Las tabernas circundantes bullían. Los tristes que se quedaron aplaudían como se hacía en su día a Rafael de Paula cuando, ante un morlaco serio y con buen talante de torero gitano, se había decidido a dejar que el toro muriera de hastío. A pocos días de irse a rezar con el Cardenal Segura redivivo en ese país avieso que son los Estados Unidos -hay que ver la coña que tiene la obsesión por una foto con Obama que Sonsoles quizá no permita difundir- nuestro presidente ha sido tan bueno, tan bueno, en su discurso que al final nadie ha sabido si decía algo. Por eso le ha aplaudido Diego López Garrido, nuestro especialista en la Unión Europea. Aunque también él tan aburrido como todos los demás. Como el Gran Timonel vea las imágenes televisivas de los aplausos tibios de su secretario de Estado nos manda a López Garrido de vuelta a Izquierda Unida para disputarse el peluquín del FBI con Llamazares, que ya es casi un hombre al verse perseguido por las fuerzas del mal. En fin, señores, me da un poco de vergüenza haberles escrito una columna sobre algo que carece de la menor importancia. Pero siempre debe haber días para frivolidades.


ABC - Opinión

Llorar en Haití. Por Ignacio Camacho

CUANDO te asalten las dudas y te preguntes si vale la pena ayudar a Haití; cuando te cabrees porque los bancos aplican comisiones a tus donativos y temas que tu contribución se pierda entre el pillaje y el marasmo del desastre; cuando te desaliente ver a los políticos disputando el protagonismo o la hegemonía de la reconstrucción; cuando te golpee en el alma el silencio de Dios ante el dolor y la tragedia, escucha a los voluntarios que vuelven y atiende su relato de humanidad de inconformismo y de esperanza. Escúchalos y piensa un momento qué ocurrirá cuando decaiga el interés de las audiencias, cuando las televisiones y periódicos den a sus enviados especiales la orden de recoger los bártulos y regresar del horror.

Escucha a los médicos del Samur que rescataron a los seis días a una niña viva bajo los escombros; al misionero redentorista que acababa de inaugurar una escuela cuyo flamante techo se derrumbó sobre trescientos alumnos; a la cooperante que se quedó sin agua que repartir frente a una cola infinita de familias sedientas; al enfermero sin consuelo para el desamparo de un joven de piernas recién amputadas. Y si conoces a alguno pregúntale por lo que no te cuentan los telediarios: por el sonido de los gritos que brotaban de los cascotes, por el olor a muerte que impregnaba las calles, por la resignación hundida de unos seres acostumbrados a conformarse con la miseria.

Te darás cuenta de que todos quieren irse otra vez. A levantar otra escuela, a consolar a otro herido, a repartir más botellas, a curar a otro enfermo. Incluso a seguir, como el padre Ángel, buscando entre la escombrera a ese Dios que a veces no contesta cuando el hombre necesita una respuesta. Ellos saben que no sólo hacen falta soldados en Haití. Los militares son imprescindibles porque saben poner orden, organizar campamentos, levantar infraestructuras de urgencia, pero detrás de ellos tendrán que ir sanitarios, maestros, ingenieros que los Gobiernos no van a enviar o lo harán tarde, despacio y mal. Y tendrán que ir con tu aliento, con tu impulso, con tu dinero...y con su esperanza.

Mira, te contaré una cosa. El padre Ángel, el de los Mensajeros de la Paz, traía la tirilla aún desabrochada del viaje. Ha estado en Irak, en las hambrunas africanas, en los ciclones del Caribe, y cuenta que este siglo no ha visto nada igual que Haití. Se le han muerto niños entre los brazos y se ha quedado sin víveres que repartir entre multitudes ansiosas. Hasta allá lejos, en la ciudad devastada, le llegó algo que había dicho un obispo sobre los males espirituales del mundo y se acordó de Teresa de Calcuta: «Yo voy a darles de comer y beber, y ustedes que son tan listos les enseñarán a pensar». Él también volverá, entiéndelo. Porque no renuncia a dejar de llorar ni de sufrir mientras haya alguien que sufra o llore a su lado.


ABC - Opinión

Serio aviso para Obama

LOS caprichos del calendario han hecho coincidir el primer aniversario del mandato presidencial de Barack Obama con una derrota tan significativa como la sufrida por los demócratas en el Estado de Massachusetts, una circunscripción que dominaban desde hace medio siglo. La pérdida del escaño que dejó vacante el fallecido Ted Kennedy deja además a Obama sin la mayoría cualificada en el Senado. Sin duda, una pésima señal para las elecciones legislativas del próximo noviembre, a las que el presidente demócrata llega muy debilitado.

No es posible explicar cómo ha sido posible esta vertiginosa pérdida de simpatías por parte de Obama sin mencionar los grandes estandartes de su política: su opción por un mensaje apaciguador en política exterior y su empeño en llevar a cabo la reforma sanitaria. Muchos de los votantes independientes que le dieron su apoyo en noviembre de 2008 han empezado a abandonarle, asustados por un programa que para los estándares norteamericanos roza el radicalismo de izquierda. Ni la mano tendida a aquéllos que la tienen manchada de sangre ha servido para eliminar la amenaza que afrontan las sociedades libres, ni el proyecto de una Seguridad Social al estilo europeo es tan popular en Estados Unidos como imaginamos desde este lado del Atlántico. Muchos dirigentes como Obama -y Zapatero lo ha comprobado muchas veces- creen que sus buenas intenciones bastan para cambiar la realidad, cuando lo que sucede casi siempre es lo contrario.

Aunque haya perdido un escaño, Barack Obama mantiene la mayoría en el Senado, pero deberá pactar con los republicanos los cambios previstos en su programa. El sistema norteamericano está lleno de resortes para impedir que nadie monopolice el poder, aunque tenga mayorías claras en el Congreso. Para algunos, este reparto significa que el sistema está bloqueado; para otros, simplemente que existen mecanismos que lo protegen de aventuras que no cuenten con un apoyo indiscutible. Hasta ahora, Obama ha podido trabajar sólo con apoyos accesorios por parte de los republicanos. Si no quiere ser derrotado en noviembre, deberá empezar a pactar de verdad.


ABC - Editorial

Todos somos hermanos. Por Cristina Losada

Cómo es y cómo debería ser una política de inmigración, pasa a segundo plano. La prioridad socialista es fabricar un universo maniqueo, único entorno en el que respira a sus anchas y puede superar el vértigo de sus contradicciones.

Aseguran, desde hace días, que hay un debate sobre la inmigración espoleado por la propuesta (ilegal) del Ayuntamiento de Vic de no empadronar a los ilegales. ¡Ojalá lo hubiera! Asistimos, en realidad, a un espectáculo harto frecuente, diría que permanente, en nuestro teatro político. La troupe socialista ha decidido encarnar al buen samaritano que se guía, día y noche, por la biblia de los derechos humanos. Como sentenció Zapatero, gran maestro de obviedades, los inmigrantes son seres humanos, luego tienen derechos humanos. Menos mal que no salió una Aído a matizar que son, con seguridad, seres vivos. Y lástima que el PSC de Vic desconociera su papel en la comedia y respaldara sin fisuras la idea de retirar el derecho humano a empadronarse, hasta que recibió órdenes de arriba.


El personaje humanitario que el PSOE representa ante sus huestes y los inmigrantes que votan nace para la escena con el designio de crear su opuesto: la derecha "más dura" de Europa, en palabras del portavoz Alonso. Traducidas al román paladino, la derecha "racista y xenófoba". Cómo es y cómo debería ser una política de inmigración, pasa así a segundo plano. La prioridad socialista es fabricar un universo maniqueo, único entorno en el que respira a sus anchas y puede superar el vértigo de sus contradicciones. El Gobierno mutó del "papeles para todos" a los cupos para la detención de ilegales. Y Zapatero se jactaba, días atrás de que había expulsado a "la inmensa mayoría" de los sin papeles. Pero, ¿hay que echarlos o hay que acogerlos? Mientras se aclaran, póngase ZP de acuerdo con su ministro del Interior. Quiere "darles una educación" a los hijos de inmigrantes que, según su jefe, ya han sido repatriados.

Por la cuenta que les trae, que es la de resultados, no despejarán los socialistas las incógnitas. La ambigüedad es condición necesaria para hacer verosímil la retórica sentimental de "todos somos hermanos" que gastan con tenaz hipocresía. Si un ilegal usa la escuela, la sanidad y otros servicios, denle los papeles y basta. Pero no lo hacen. Aunque falta, para completar el esperpento, la figura de la otra parte contratante. Pues no se le ocurre al PP eslogan más ofensivo y falaz que el de "aquí no cabemos todos", que no se inventó Sánchez Camacho, sino Rajoy en la campaña de las generales. ¿O lo dijo pensando en otra cosa?


Libertad Digital - Opinión

Una presidencia gris

LA intervención ayer del presidente del Gobierno ante el Parlamento Europeo -con un tercio de «público»- para presentar los objetivos de la presidencia española fue mediocre y rutinaria. Sus propuestas principales oscilaron entre la vaguedad y la facilidad. Entre éstas incluyó una orden europea de protección a mujeres maltratadas, asunto en el que Zapatero se siente cómodo y con el que sabe de antemano que no recibirá críticas ni oposición. Fue el único pasaje de su intervención en el que recibió aplausos. En lo demás, se trató de un discurso superficial con escaso contenido institucional y sin compromisos efectivos. Para ser la primera presidencia de turno tras la entrada en vigor del Tratado de Lisboa, los objetivos expuestos por Zapatero tienen muy bajo nivel. La presidencia permanente que ostenta Van Rompuy ha ensombrecido la española de este semestre, pero entre intentar competir con el belga y estrenarse en el Parlamento Europeo con un exposición de ideas vagas media una diferencia que Zapatero debió haber valorado con más acierto.

Como ocasión para ganar brillo exterior y recuperar imagen interior, la de ayer se perdió, sobre todo porque Rodríguez Zapatero sigue manejando unos recursos retóricos y políticos desgastados e insuficientes para las responsabilidades que tiene encomendadas. Pedirle a estas alturas a Europa que «apuesta por sí misma» y defender que en el comercio hay que «levantar barreras, no ponerlas» es ocupar el tiempo de un discurso con ideas mil veces oídas, y que son banales si no van acompañadas de calendarios, proyectos y compromisos. No mejoró con las referencias al «coche eléctrico», lo único en que se mostró concreto, o a la culminación del Plan Bolonia para conseguir «una universidad más europea», sin concretar en qué consiste este objetivo -¿no lo son ya Oxford y Cambridge, Salamanca y Sorbona?- y desconociendo la actitud crítica que hay en muchos países europeos hacia este programa de enseñanzas superiores. Estos son sólo rasgos de un mal de mayor envergadura: la falta de entidad política del Gobierno español ante los grandes países europeos para aspirar al liderazgo de la Unión Europea durante seis meses muy complicados por culpa de la crisis económica. Bien pudo aprovechar este escenario de dificultades para concretar sus referencias al mercado energético europeo y al pacto social, pero Zapatero sólo amagó en ambas cuestiones, eludiendo desarrollos -y así le fue reprochado en la Eurocámara- que revelaran contradicciones con su posición antinuclear y con el fracaso del diálogo social en España.

ABC - Opinión

Obama: más luces que sombras en el primer año

Sólo el 57% de los estadounidenses aprueba la gestión del presidente, penalizado por su gestión económica, su excesivo liberalismo y su retórica.

MIRANDO hacia atrás, parece incluso lejana aquella radiante mañana de enero en la que dos millones de personas soportaban un frío polar para asisitir a la jura del cargo de Barack Obama. Se cumple ahora un año de mandato del presidente que, tal vez, había suscitado mayores expectativas a lo largo de la historia de EEUU.

Obama ha afrontado la crisis económica, ha acabado con la tortura y se ha comprometido a cerrar Guantánamo, va a enviar 30.000 soldados más a Afganistán, ha mostrado determinación en la lucha contra el terrorismo y ha mejorado notablemente la imagen de EEUU en el mundo. Cualquier otro presidente habría obtenido con estos logros niveles de refrendo masivos entre los ciudadanos, pero se da la circunstancia de que solamente el 57% de los estadounidenses aprueba la gestión de Obama, alrededor de 20 puntos menos que en las primeras semanas de su presidencia. George Bush hijo contaba con un 68% de apoyo al cumplir sus doce primeros meses.


Parece evidente que se habían forjado demasiadas expectativas sobre el nuevo presidente, pero también es cierto que ha cometido errores, entre ellos, el de intentar complacer a todo el mundo y abusar de una retórica que a veces no ha ido acompañada de realidades.

Obama ha tenido la mala suerte de que su primer año ha venido a coincidir con la derrota de la demócrata Martha Coakley en Massachusetts, donde competía por un escaño en el Senado con el mediocre Scott Brown, que ha ganado con una campaña basada en explotar el antiobamismo republicano.

La derrota tiene dos componentes muy negativos. El primero es de naturaleza simbólica, ya que es la primera vez que los demócratas pierden en el Senado en Massachussets desde 1952. Parece un muy mal augurio para las elecciones legislativas de noviembre. El segundo aspecto comporta consecuencias prácticas: los demócratas pasan de 60 a 59 senadores, con lo que dejan de tener la mayoría cualificada para sacar adelante iniciativas del Gobierno como la reforma sanitaria, pendiente de ser revalidada por la Cámara Alta.

Obama se juega mucho con su promesa estrella, que cuenta con una oposición de la mayoría de la sociedad americana, lo que ha obligado al presidente a moderar un proyecto inicialmente mucho más ambicioso.

Las críticas de los republicanos y los sectores más conservadores se centran en su gestión de la economía. Le acusan de no haber cumplido su promesa de recortar el déficit presupuestario y de haber gravado los bonus de los altos ejecutivos, desincentivando la innovación y el espíritu emprendedor. También le reprochan su liberalismo excesivo en materia de derechos civiles y ser demasiado blando con Rusia y con China.

Algunas de estas críticas son puramente ideológicas y reflejan el resentimiento que todavía existe en las filas republicanas por la aplastante victoria de Obama, porque lo cierto es que ha logrado parar el desplome de la economía y ha devuelto una cierta confianza a los mercados.

Obama se ha comprometido a retirarse de Irak antes de 2012 y ha reforzado la tropas en Afganistán, en una clara apuesta por derrotar al terrorismo islámico. Nadie podrá reprocharle que está actuando con debilidad, aunque un sector de la sociedad le considera demasiado intelectual. Habrá que esperar todavía un año más para valorar su trabajo con mayor perspectiva, pero nos parece que en estos 12 meses se ha merecido el aprobado.


El Mundo - Editorial

Histórica derrota demócrata en el primer año de Obama

Precisamente contra ese proyecto de estatalizar la sanidad, que tanto impulso recibió del fallecido Edward Kennedy, se ha centrado el creciente malestar de los norteamericanos debido al excesivo e ineficaz gasto público propuesto por el Gobierno de Obama.

Los perores augurios para el partido demócrata y para Barack Obama se han confirmado al cumplirse el primer año de su investidura como presidente de los Estados Unidos: la candidata al Senado por Massachusetts, Martha Coakley, que hace apenas tres semanas superaba a su contrincante republicano Scott Brown por 30 puntos en las encuestas, ha sido finalmente derrotada por este con cinco puntos porcentuales de diferencia.


Al margen de su coincidencia con el primer aniversario de la investidura de Obama, la derrota demócrata es histórica por diversas razones. En primer lugar, la victoria republicana se produce en Massachussetts, un estado tradicionalmente demócrata. De hecho, el escaño que ahora va a ocupar Brown es el que habían ocupado John y Edward Kennedy sucesivamente desde 1954 hasta 2009. Por otra parte, Brown ha ganado con un discurso netamente liberal –en el sentido europeo del término–, defendiendo las posiciones tradicionales del Partido Republicano en ámbitos como la economía, la seguridad nacional y, sobre todo, la reforma sanitaria, uno de los ejes de su campaña.

Precisamente contra ese proyecto de estatalizar la sanidad, que tanto impulso recibió del fallecido Edward Kennedy, se ha centrado el creciente malestar de los norteamericanos debido al excesivo e ineficaz gasto público propuesto por el Gobierno de Obama. De hecho, estos resultados electorales suponen la pérdida de esa supermayoría de 60 senadores que los demócratas necesitarían para sacar adelante esa reforma sanitaria, que ya ha sufrido diversas modificaciones para encontrar apoyo entre las propias filas demócratas y que ahora tendría que volver a modificarse o quedar definitivamente aparcada si no encuentra apoyos entre algunos legisladores republicanos.

En cualquier caso parece innegable que el apoyo público que Obama ha dado a la candidata demócrata ha perjudicado a esta más de lo que la ha beneficiado. Y es que, tal y como reflejan las encuestas de Gallup, en tan sólo un año el presidente estadounidense ha pasado de tener un indice de aprobación inicial cercano al 80 por ciento, uno de los más altos de la historia reciente, a tener uno del 57 por ciento, en una de las caídas más acusadas de las que se tienen constancia.

Así las cosas, esta derrota electoral y esta espectacular caída de popularidad van a hacer mucho más difícil que Obama siga adelante con una agenda de la que pueden empezar a distanciarse hasta muchos congresistas demócratas. La posibilidad incluso de que los demócratas pierdan su mayoría en el congreso en las elecciones del próximo noviembre se abre cada día más paso. Poco, pues, tiene que celebrar Obama tras su primer año de Gobierno.


Libertad Digital - Opinión

Obama, año II. Por José María de Areilza Carvajal

La caída a lo largo de este año de la inmensa popularidad inicial del presidente está ligada por supuesto a la situación económica de EEUU, todavía difícil aunque claramente en vías de recuperación. Sin embargo, dicha pérdida de confianza ciudadana también está relacionada con la manera de hacer política del presidente y no tanto con el contenido de sus decisiones.

Barack Obama empieza en estos días su segundo año en la Casa Blanca. Deja atrás doce meses muy difíciles, en los que ha tenido que enfrentarse a una crisis económica de magnitud pavorosa y a unas expectativas desmedidas sobre su capacidad de liderazgo, que en algunos casos rozaban la idolatría. Hoy la posguerra de Irak ya no es uno de los problemas principales de EEUU, algo que casi nadie predecía en la inauguración de su mandato. A cambio, en Afganistán todos los occidentales estamos cerca de poder describir el conflicto usando la palabra fiasco con la que los británicos se refieren a su fallida intervención colonial en este territorio. ¿Es justo hacer balance a estas alturas de la presidencia Obama, cuando al menos quedan otros tres años? ¿Tiene sentido plantear ahora el importante debate de si será un presidente de una única legislatura? Como sabe cualquier aficionado a la aguda serie de televisión «El Ala Oeste», el primer mandato de un presidente en EEUU dura, en términos políticos, sólo dieciocho meses desde la inauguración. Esta es la ventana para lograr actuar como agente del cambio e invertir de modo inteligente el capital político acumulado, porque al año y medio llegan las elecciones legislativas y poco tiempo después comienza la campaña de reelección presidencial.


En el caso de Obama, el balance debe tener como punto de partida el contraste impresionante entre la esperanza despertada y las dificultades para gobernar un país en crisis. Nadie debería restar valor simbólico a la figura del primer presidente de color, que ha reinventado el sueño americano y ha sido capaz de inyectar optimismo e ilusión en el proceso político y de lograr la participación en las elecciones de muchos marginados de la cosa pública. Pero gobernar en serio y con la economía en cuidados intensivos desgasta, y más desde cotas de popularidad tan exageradas como las que obtenía hace un año.

En el haber de Barack Obama debería estar a estas alturas la reforma de la sanidad. Sin embargo, la reciente victoria del republicano Scott Brown en Massachusetts, sustituto del fallecido Ted Kennedy, ha complicado la aprobación del texto final. El loable objetivo de Obama es extender la posibilidad de cobertura sanitaria a casi treinta millones de norteamericanos, que sufren en el país más próspero del mundo y entre los que más gasta en sanidad. La Casa Blanca estimaba que en las elecciones legislativas de noviembre de 2010 habría probablemente un avance republicano, con fama de mejores gestores económicos, y que debía aprovechar cuanto antes la mayoría demócrata en las cámaras para sacar adelante el nuevo modelo de sanidad. Pero no ha pilotado a fondo este proceso legislativo. La llegada a Washington del senador Brown ha roto finalmente todos los cálculos de estrategia política de los obamitas, que sólo aspiran ahora a lograr una versión más modesta de esta reforma.

La política exterior y de seguridad de Obama no es muy distinta en sus contenidos del enfoque realista de George W. Bush en sus dos últimos años de mandato, cuando trató de corregir el rumbo. La reciente disertación de Obama en Oslo sobre la guerra y la paz es una buena muestra de esta continuidad, un discurso sin eslóganes ni simplificaciones, en el que aceptaba con sofisticación intelectual la gran complejidad de esta cuestión y defendía la guerra justa a partir de la necesidad y la moralidad. En su alocución afirmaba con clarividencia hobbesiana que los conflictos seguirían acaeciendo durante toda nuestra existencia.

No obstante, hay una diferencia fundamental entre ambos presidentes en su labor internacional: el mayor respeto de la Administración Obama a los principios del Estado de Derecho y a la protección de los Derechos Fundamentales recogidos en la Constitución americana. Desde este predicar con el ejemplo, Barack Obama ha sido capaz de desplegar en tiempo récord una fantástica campaña de relaciones públicas que ha hecho desaparecer parte del antiamericanismo en los cinco continentes. A pesar de su inexperiencia en política exterior, cuida mucho las formas, se esfuerza por escuchar y explicarse y ha aprendido mucho. Un ejemplo de esta habilidad política ha sido su participación en la fallida cumbre de Copenhague sobre cambio climático, donde al ver el panorama fue al grano, logró los acuerdos mínimos posibles y pasó página. En este terreno y en la gestión compartida de los asuntos económicos y financieros cada vez es más patente que faltan instituciones globales con mandatos claros y medios para afrontar estos retos. Finalmente, en la relación con los países europeos y la Unión, Barack Obama carece de una experiencia vital que le incline hacia nuestro continente y le haga más paciente con la dificultad de los europeos de llegar a acuerdos. Ha optado por el pragmatismo y por pedir sobre todo cooperación en la guerra contra el terrorismo.

La caída a lo largo de este año de la inmensa popularidad inicial del presidente está ligada por supuesto a la situación económica de EEUU, todavía difícil aunque claramente en vías de recuperación. Sin embargo, dicha pérdida de confianza ciudadana también está relacionada con la manera de hacer política del presidente y no tanto con el contenido de sus decisiones. Hace tiempo que Obama se ha movido al centro desde la izquierda demócrata, al ser muy consciente de que la población de EEUU se sitúa de forma mayoritaria en el centro-derecha y de que el partido demócrata debe moderarse para gobernar «it's not easy bein' blue», en frase de John Meacham. El modo de actuar de Obama es el propio de un político puro, volcado en el control del proceso, sin encasillamientos ideológicos, un actor consumado que representa su papel con naturalidad, mientras tiene muy presente las reglas del juego y los contextos y audiencias de cada momento. Pero su liderazgo se basa a estas alturas en un exceso de carisma individual, a pesar de que se ha rodeado de profesionales muy destacados y ha fomentado la meritocracia en el poder ejecutivo. Es decir, sigue siendo un líder algo enigmático y demasiado solitario, como corresponde a su condición de jugador o «risk taker», bien probada a lo largo de su interesante trayectoria vital. De este modo, tras graduarse en Harvard Law School, eligió integrarse en la comunidad afro americana de Chicago y dedicarse a la política desde lo más abajo, sin otros apoyos que los que iba consiguiendo con su capacidad de tejer redes de modo instrumental y sistemático y de seducir voluntades con cálida autenticidad.

Es cierto que Barack Obama entiende como pocos la conexión inseparable en nuestros días entre la política y el espectáculo. Por eso pone el acento en el estilo, hace de «orador en jefe» y domina con virtuosismo la táctica del contador de historias o «storytelling», la narración de ejemplos que inspiran y crean autoestima entre los ciudadanos y sustituyen a las propuestas racionales demasiado frías y detalladas. Esta extraordinaria capacidad puede ser la que hasta ahora le haya impedido «rutinizar su carisma», en expresión de Max Weber, es decir, la evolución desde un ejercicio carismático del poder a un ejercicio despersonalizado, basado en la objetivación de una serie de cualidades del líder. Por eso, durante su segundo año en la Casa Blanca el presidente Obama debe plasmar más su convicción personal en valores de gobierno, normas generales y en conductas institucionales si quiere tener opción a ser reelegido en 2012.


RABC - Opinión

miércoles, 20 de enero de 2010

Haití, ese infierno. Por José María Carrascal

LO único que le falta a Haití es que norteamericanos y europeos se líen a tiros por la distribución de la ayuda, con los «cascos azules» como espectadores, que es lo que vienen haciendo. No ocurrirá, desde luego, porque los norteamericanos dominan los puertos y los aeropuertos, las pocas comunicaciones y la escasa energía que hay en el país. ¿Está dispuesta Europa a enviar 13.500 soldados, un portaviones, un barco-hospital, dos aviones hospitalizados, 250 médicos, 150.000 raciones diarias de comida y una larga lista de ayuda de emergencia? Europa se limita a enviar dinero, víveres, medicinas y voluntarios, que muchas veces no pueden realizar su meritoria labor por impedírselo el caos reinante, a los que se ha unido nuestra vicepresidenta, para lucir otro modelito en cada aparición. Nada de extraño que tanto el gobierno como el pueblo haitiano se pregunten: ¿cuándo llegan los norteamericanos?

La realidad haitiana no es la de una zona devastada por unas inundaciones, ni se resuelve con más ayuda, por grande que sea. Es la de un Estado, como decía el lunes Gabriel Albiac en estas páginas, que no existe porque en realidad no existió nunca como tal, es decir, como garante de la seguridad, la ley y el orden en su territorio. Le ocurre lo que a tantos otros países del Cuarto Mundo, en África especialmente, sin instituciones, recursos ni garantías, en manos de señores feudales, plutócratas, bandas o mafias que se dedican al pillaje, la extorsión, el narcotráfico o la piratería, con riesgo continuo para todos.

Naturalmente que necesitan ayuda. Pero la ayuda no es su principal problema, No sé si saben -yo no lo sabía- que Haití es el país con más ONG per cápita del planeta. El que tiene también más presencia de la ONU en funcionarios y servicios. Pero todas esas ONG, servicios y funcionarios han servido únicamente para mantenerlo en un nivel ínfimo de subsistencia a lo largo de las últimas décadas. Haití sigue siendo el país más pobre de América y uno de los más pobres del mundo. Es decir, que todas esas ayudas no han cambiado lo más mínimo su trágica realidad. E incluso en estos momentos, cuando más la necesita, esa ayuda ni siquiera llega a quienes dependen de ella para subsistir, al no existir los canales necesarios para distribuirla. Mientras los donantes discuten sobre quién se lleva la medalla de benefactor.

Haití, el Estado que nunca fue, nos descubre brutalmente uno de los mayores fracasos de nuestro tiempo: la ayuda a los países en desarrollo, que tampoco lo es. Mañana les hablaré de ello con la debida amplitud.


ABC - Opinión

La invasión de los marines, única alternativa al caos en Haití . Por Antonio Casado

Me parecen inoportunas, injustas y mezquinas las objeciones francesas a la irrupción de los marines en ese camposanto a cielo abierto. En las actuales circunstancias de caos y desolación, sin que ni la ONU ni la UE hayan mostrado la menor eficacia en la gestión de la tragedia, la intervención del Ejército norteamericano para gestionar la distribución de la ayuda internacional y garantizar el orden público es la mejor alternativa. Por razones de vecindad y de preeminencia.

Se sigue tratando del patio trasero, pero esta vez la invasión sólo puede ser pacífica y constructiva. Es un insulto a la inteligencia compararlo con el intervencionismo norteamericano descrito en los manuales. El de cercanías (Panamá, Chile…) y el de lejanías (Somalia, Iraq…). Ya no sólo se trata del clásico derecho de injerencia humanitaria, que contempla el derecho internacional en relación con la asistencia primaria a las víctimas de conflictos armados (Convenio de Ginebra). Ahora estamos hablando del deber de injerencia humanitaria, aunque el supuesto no sea un conflicto armado sino una catástrofe natural.

Veámoslo en el terreno práctico. La comunidad internacional tiene un problema urgente en Haití y debe resolverlo con eficacia. El sufrimiento de los haitianos no puede esperar a que otros decidan si los marines van para resolver un problema humanitario o para fundar una colonia. Discutir sobre si hay violación de soberanía es un lujo que no se pueden permitir. Sería como no agarrar el salvavidas porque te cae mal el socorrista. Ni los haitianos ni la comunidad internacional se pueden permitir este estúpido debate.

Es indecente perder el tiempo en discutir si los motivos del Ejército norteamericano son de ayuda o invasión, solidaridad o injerencia, mientras los haitianos piden a gritos cosas tan primarias como compasión y solidaridad; es decir, comida y medicinas. Y capacidad organizativa para hacerlas llegar. ¿Quién está en condiciones de hacer eso y de hacerlo rápida y eficazmente? Sólo EEUU, sin perjuicio de que a posteriori la intervención de sus soldados tenga el inmediato respaldo de la ONU y la cooperación internacional.

No tengamos miedo a las palabras cuando van descargadas. A saber: la invasión militar norteamericana de Haití es el único remedio al caos, la desorganización y la inexistencia de poderes públicos. Si ya era incierta la presencia de un Estado antes del terremoto, después de él es evidente que hasta la mera apariencia de Estado ha desaparecido en esta castigada parte de la isla bautizada por Colón como La Española.

El pillaje, la descomposición de los cuerpos, los desajustes en el reparto de la ayuda, la violencia en las calles, la ruina de los edificios, etc… son retos de orden y disciplina. Imposible encontrar esa capacidad de gestión en Haití. Ha de venir de EEUU, la potencia regional, por las razones de cercanía y preeminencia antes mencionadas. Aparte de apostar por esta solución, poco más puede hacerse, amén de reiterar los llamamientos a la solidaridad con los haitianos o describir de nuevo el horror.

Haití es ya uno de los países del mundo con mayor dependencia de la ayuda internacional. Con terremoto y sin terremoto. Esa dependencia va camino de institucionalizarse. Antes o después, tendrá que convertirse en un protectorado de la ONU, refundarse en Senegal o resignarse a ser neocolonizada por EEUU. No sería mala solución para un país absolutamente destruido y sin resortes propios para remontar.


El confidencial

La presencia militar en Haití

LA gravísima situación que se vive en Haití hace necesario un cierto grado de orden público, no sólo para proteger a los encargados de socorrer a la población, sino para evitar que las cosas empeoren para las víctimas y los supervivientes. Enfermas de corrupción crónica, las estructuras del Estado haitiano no habían demostrado hasta ahora suficiente capacidad para hacerse cargo de la estabilidad interior, y en estos momentos, cuando literalmente ha desaparecido todo rastro de administración pública, resulta imposible que el Gobierno se encargue de gestionar la crisis de manera mínimamente razonable. Estados Unidos ha hecho lo correcto al enviar tropas para ayudar a los haitianos a mantener la calma en una situación extremadamente delicada, sin que por ello se pueda hablar de ocupación o de ambiciones puramente militares. La cuestión es tan evidente que las Naciones Unidas -que desde hace una década tienen una misión de estabilización en Haití cuya eficacia es discutible y que, además, ha perdido gran parte de sus funcionarios en el terremoto- han pedido a otras potencias una contribución para apuntalar la seguridad en las zonas devastadas por el seísmo.

El problema es que, aparte de Estados Unidos, no hay ningún otro país dispuesto a correr el riesgo de implicar a sus militares. Nicolas Sarkozy ha abandonado ya las críticas con que de forma apresurada saludó el desembarco en Haití de las tropas norteamericanas, quizá tras reconocer que, para desgracia de los haitianos, nadie ha sido capaz de reaccionar con los reflejos manifestados por Obama. A este lado del Atlántico, la Unión Europea podría expresar mejor su voluntad de influencia global si, además del trabajo que han hecho los equipos de Protección Civil sobre el terreno, hubiera enviado ya una sólida fuerza de Policía que impida el desorden y el pillaje y garantice que el esfuerzo y el dinero que la generosidad de los ciudadanos europeos y sus instituciones ha enviado a Haití no se pierda en el caos en el que Puerto Príncipe está sumiéndose.

Hace unos días se pedía desde estas páginas un futuro para Haití. Pues bien, ese futuro, que sobre todo tiene que ver con lo que ha de construirse después de la tragedia, debería empezar a cimentarse hoy sobre el orden. Sin poner en duda el principio de soberanía de Haití, los soldados estadounidenses son necesarios. De otro modo, todo lo que se se ha hecho hasta ahora y lo que se intente hacer en adelante no servirá para nada.


ABC - Editorial

La obsesión antiamericana

Visto lo visto, no nos extrañaría que en los próximos días la obsesión antiamericana aúne esfuerzos y haya quien diga que la marina estadounidense causó el terremoto creyendo que en esos momentos Llamazares se encontraba en Haití.

Que el antiamericanismo ha llegado a ser una seña de identidad de la izquierda a la que no es ajena cierta derecha antiliberal en Europa es algo de sobras conocido y de lo que hemos tenido nuevas muestras en los últimos días a propósito tanto de los innegables errores cometidos por el FBI que afectan a Gaspar Llamazares como respecto al despliegue de marines en Haiti.


En relación con lo primero, es evidente que el FBI ha cometido un error garrafal al utilizar los rasgos del portavoz de IU para llevar a cabo un actualizado retrato-robot de Ben Laden, y que el diputado español tiene todo el derecho a protestar y a recibir disculpas como las que de hecho ya ha recibido por parte de la Embajada norteamericana en España. Ahora bien, dejando al margen que el Gobierno de los Estados Unidos es el primer interesado en que no se produzcan estos errores que también afectan a su seguridad, es evidente que Llamazares en sus protestas ha dado rienda suelta a un visceral antiamericanismo no exento de patéticos delirios de grandeza. No otra cosa es atribuir el error al "sectarismo" o cuestionarse si la policía federal estadounidense le tiene fichado como a otros "izquierdistas" europeos o americanos, tal y como ha sostenido Llamazares en rueda de prensa. Y es que presentar a la democracia estadounidense como si de un régimen dictatorial se tratara, y presentarse a sí mismo como alguien de tanta importancia como para estar fichado por el FBI, es algo que no concuerda ni con la realidad política de los Estados Unidos ni con la escasa relevancia que como político tiene Llamazares incluso en la escena política española.

Es evidente que Llamazares confunde la democracia estadounidense con los regimenes comunistas que –ellos sí– no sólo fichan sino que también encarcelan a pacíficos ciudadanos, a los que criminalizan sólo por razón de sus ideas políticas; regímenes como los de Cuba o el que se ha impuesto en Venezuela, hacia los que Llamazares no oculta sus simpatías.

Precisamente desde Venezuela, y también desde el no menos criticable Gobierno sandinista de Nicaragua, han llegado otras delirantes muestras de antiamericanismo, en este caso motivado por el encomiable y rápido despliegue de marines que Estados Unidos ha hecho en Haiti para garantizar la seguridad y facilitar la ayuda humanitaria a ese país devastado por el terremoto.

Aseverar, tal y como han hecho Hugo Chávez o Daniel Ortega, que Estados Unidos se está valiendo de la tragedia del seísmo en Haití para ocuparla militarmente es de una mezquindad que sólo se explica por esa incorregible obsesión antiamericana capaz de denigrar hasta lo más encomiable. Si Haití era un país sacudido por la violencia antes del terremoto, los saqueos, el pillaje y, en general, la falta de seguridad y orden, tras el seísmo todos estos males se han convertido en los principales enemigos para la distribución de ayuda y las tareas de reconstrucción. Téngase en cuenta que a la ya explosiva situación de centenares de miles de personas sin hogar y sin alimento se le unen los miles de delincuentes que han podido escapar tras el derrumbe de cárceles como ha sucedido en Puerto Príncipe.

Ya decíamos que cierta derecha en Europa no está inmunizada contra esa obsesión antiamericana, algo especialmente detectable en Francia, donde su secretario de Estado de Cooperación, Alain Joyandet, lanzaba hace unos días criticas a los Estados Unidos por tratar de "monopolizar" la ayuda. Aunque más le valdría al Gobierno francés criticar la parálisis de Naciones Unidas que la rápida y solidaria respuesta de los Estados Unidos, también es cierto que la oficina de Sarkocy ha emitido en las ultimas horas un comunicado en el que corrige las anteriores declaraciones y en el que "celebra la excepcional movilización de Estados Unidos en Haiti y el papel esencial que está llevando a cabo sobre el terreno".

Por el contrario, dirigentes como Hugo Chávez no sólo no han corregido sus obsesiones, sino que las han llevado al surrealista extremo de acusar a los Estados Unidos, nada más y nada menos, de ser el causante del terremoto a través de unas pruebas llevadas a cabo por la marina.

Visto lo visto, no nos extrañaría que en los próximos días la obsesión antiamericana aúne esfuerzos y haya quien diga que la marina estadounidense causó el terremoto creyendo que en esos momentos Llamazares se encontraba en Haití.


Libertad Digital - Editorial

Un año en la vida de Barack Obama. Por Javier Rupérez

Llegó Obama a la presidencia con un poderoso aroma: su esperada capacidad para cambiar el mundo circundante. Un año después de aquel glorioso 20 de enero, bajo en las encuestas, mordido por la realidad, enfrentado con otras parcelas de poder, el presidente americano corre el riego de ser percibido como un dios menor, uno más en la lista de los que todo lo quisieron antes de aprender el amargo trago del pactismo posibilista.

Era larga y compleja la lista de la herencia: una de las peores situaciones económicas desde la gran depresión de los 30, dos guerras, Guantánamo, un reducido prestigio internacional, una urgente necesidad de aplacar enemigos y renovar las alianzas con los amigos. Como larga y compleja era la agenda propia, nunca suficientemente explicitada a lo largo de la campaña electoral pero que se adivinaba en la inspiración tradicional de la izquierda americana: la extensión de los beneficios de la cobertura sanitaria, la protección y defensa del medio ambiente, la subida de impuestos para financiar los programas federales, la revisión de las leyes inmigratorias, actitudes comprensivas frente al aborto y al matrimonio de los homosexuales, por ejemplo. Incluyendo además la promesa de unificar en torno a su persona las voluntades de los contrarios -promesa que no deja de hacer ninguno de los candidatos exitosos a la Casa Blanca- y contando con la postración evidente del Partido Republicano y de sus representantes. Con las dos Cámaras sólidamente ancladas en mayorías demócratas nada parecía poder oponerse a las voluntades de renovación del primer presidente negro en la historia de los Estados Unidos.


Su gran pieza doméstica, la reforma sanitaria, que quiere cumplir dos loables objetivos -ampliar la cobertura a todos aquellos de los que de ella ahora carecen y reducir los gastos de todo el sistema- ha visto sus impulsos maximalistas recortados en el Senado y seguramente lo será todavía más en el compromiso inevitable con el texto de la Cámara de Representantes. Pero, salvo descarrilamiento de última hora, habrá texto. Esta Casa Blanca opina que el peor texto es el que no existe o, dicho de otra manera, mejor un mal texto que ninguno. Es tanto el esfuerzo personal y el capital político invertidos en el empeño que cualquier otra salida sería contraproducente cuando el tema ha sido deliberadamente ofrecido -y su calado así lo justifica- como uno de los grandes cambios para la sociedad americana, sólo comparable a los programas sociales de la época Roosevelt. Con todo, son muchos los americanos que no comprenden el alcance de la compleja reforma -más de dos mil páginas de texto-, otros muchos que temen perder lo que ya tienen y no pocas las empresas sanitarias que, por multitud de opuestas razones, no están en la onda Obama. Y no queda mucho tiempo para finalizar el trabajo: es 2010 año electoral en las dos Cámaras, ya no hay lugar para experimentos, varios conspicuos demócratas-senadores y algún gobernador han decidido retirase ante la incertidumbre de los resultados y aquellos que salen a reelección temen que el coste de la reforma sanitaria acabe con sus esperanzas políticas.

Desde el mismo momento de su toma de posesión Barack Obama ha querido distanciarse, y hacerlo ostensiblemente, de una política exterior que él y los suyos consideran marcada por la confrontación, fuente de descrédito, y elemento de querella entre propios y extraños. De esa convicción provenían las correspondientes líneas programáticas: mano tendida, diálogo incluso con los enemigos, reevaluación de las guerras en Irak y en Afganistán, cierre de Guantánamo, reivindicación de la tradición humanista de los Estados Unidos, reconsideración de la «guerra contra el terror» de los tiempos de su antecesor.(El mismo término «terrorismo» parecía haber desaparecido del vocabulario de los representantes de la administración algunos de los cuales le dedicaban piruetas conceptuales: según Janet Napolitano, la secretaria de Seguridad Doméstica, debía ser denominado «desastre causado por mano del hombre»). Un programa que, apenas esbozado, recibía de manera sorprendente el respaldo del premio Nobel de la Paz.

Pero transcurrido un año, cuando las deficiencias ya no pueden cargarse a la herencia recibida, la realidad impone rebajas a las buenas intenciones: los mejores deseos no han movido un ápice a los iraníes en sus proyectos nuclearizadores ni a los coreanos del norte en sus obligaciones desnuclearizadoras; Guantánamo no se puede cerrar porque el neo-terrorismo tiene ahora,después del susto de la Navidad, firma yemení y de ese origen son la mayoría de los todavía enclaustrados en la base cubana; la mala guerra de Irak parece ir teniendo un final casi feliz y la buena guerra de Afganistán, que ya está recibiendo un importante aumento de tropas americanas, sigue costando sangre sudor y lágrimas; Cuba, Venezuela, Nicaragua y otros de parecido o similar pelaje dicen seguir abominando de la opresión imperialista, utilizando para con Obama epítetos que la decencia impide reproducir; Rusia recibe trato de favor a costa de las incertidumbres de los antiguos satélites pero juega con el viejo dictum soviético: lo mío es mío y lo tuyo negociable; Copenhague, sede de una dudosa victoria medio ambiental, fue el lugar donde el presidente chino jugó al ratón y al gato con el presidente americano; y el Dalai Lama no ha sido todavía invitado a visitar la Casa Blanca.

El mejor Obama es de Oslo, el del discurso de aceptación del Nobel, el que defiende al país que ha dotado de seguridad al resto del mundo desde hace sesenta años, el que reconoce que su trayectoria no merece el premio, el que reivindica la historia constitucional, política y popular de su nación. Es esa la esquina de la realidad que parece definitivamente doblar quien llegó a Washington tan cargado de imaginaciones. Y el mejor Obama será, se lo dicen sus propios compatriotas, el que consiga que el diez por ciento de sus conciudadanos que en este momento se encuentran en paro encuentren de nuevo trabajo. Esa es la urgencia de las cosas. Porque como hace poco escribía en el New York Times Ross Douthat, «si la presidencia de Obama tiene éxito, constituirá la prueba de lo que puede conseguir una ideología templada por el institucionalismo. Pero su aproximación política le sitúa en el constante peligro de alienar al centro y a la izquierda, considerado por los independientes como un partidario de los impuestos y del gasto y despreciado por los liberales como un traidor».

Seguro que el propio Obama considera este su primer año, siguiendo sus propias expresiones, un «teachable moment», una instructiva experiencia. Que acierte, dicen todos. Aunque sea como dios menor.


ABC - Opinión

martes, 19 de enero de 2010

Haití y el perfecto idiota. Por Cristina Losada

Ortega, el notorio abusador sexual de su hijastra, sabe a ciencia cierta que Estados Unidos codicia Haití y quiere ocuparlo. ¡Será por sus riquezas aún ignotas!

En medio de la tragedia, apareció la estupidez. Los presidentes de Nicaragua y Venezuela acusan a Estados Unidos de aprovechar la catástrofe de Haití para ocupar militarmente el país. No es una necedad inocente. Daniel Ortega fue el primero en pronunciarse en tal sentido o sinsentido y en perfecta sintonía con pautas que Montaner, Mendoza y Vargas Llosa describieron con ácido humor en el Manual del perfecto idiota latinoamericano. Enseguida le secundó Hugo Chávez. Y como no hay dos sin tres, un ministro francés se ha quejado del rol dominante de los americanos. La antigua potencia colonial aspira a sus quince minutos de fama. La política humanitaria es más política que nunca. No compiten ya las ONG sino los G. Incluido el de España, que envió a De la Vega so pretexto de la presidencia rotatoria. Hacer espectáculo del horror suele traer horrendos espectáculos.


El nicaragüense proclamó que "no tiene ninguna lógica" que Washington envíe tropas cuando Haití necesita ayuda. Que esa ayuda no se pueda distribuir, que los saqueos proliferen, que el precario Estado haitiano colapsara, que sea urgente restablecer el orden, nada interesa a quienes viven de atizar un primitivo antiamericanismo. Ortega, el notorio abusador sexual de su hijastra, sabe a ciencia cierta que Estados Unidos codicia Haití y quiere ocuparlo. ¡Será por sus riquezas aún ignotas! Será que la Alianza Bolivariana proyecta sus propios designios. Querría utilizar la solidaridad para extender su influencia en el Caribe, pero no puede competir con los USA. A los que, por cierto, no salva del azote del odio ni el seráfico Obama.

Mucho me temo que el disparate de Ortega y Chávez está destinado a extenderse entre aquellos que, como señaló Revel, cifran su certeza de ser de izquierdas en el criterio de "ser, en todas las circunstancias, de oficio, pase lo que pase y se trate de lo que se trate, antiamericanos". Ya gozó de amplio crédito en su día la fantástica idea de que Bush derrocó a Sadam para apropiarse del petróleo. Tesis que prendió en la imaginación popular unida a la que presagiaba una Tercera Guerra Mundial si se invadía Irak. Se escribe estos días sobre las supersticiones haitianas. Resultan inofensivas al lado de las supersticiones políticas que arraigan en el Occidente rico e ilustrado. Raro que todavía no se haya culpado a la CIA y al FBI, siempre tontos peligrosos, del terremoto.


Libertad Digital - Opinión

Chuletas. Por José García Domínguez

La eventual sanción académica competerá a una muy democrática comisión paritaria formada por tres profesores y tres alumnos, a ser posible, colegas de botellón del encausado, supongo.

Sin pizca de asombro, acuso recibo de que la Universidad de Sevilla ha acordado proclamar algo así como la Declaración Universal de los Derechos del Asno. Trátase, por lo visto, de un exhaustivo protocolo de garantías procesales creado a fin de amparar los sagrados fueros de aquellos alumnos que sean sorprendidos copiando con chuletas en los exámenes.

En consecuencia, según manda el nuevo código hispalense, ante los niños pescados in fraganti al cátedro-puericultor le cabrá incautarse de los "objetos" que usasen para ese fin. Pero la eventual sanción académica competerá a una muy democrática comisión paritaria formada por tres profesores y tres alumnos, a ser posible, colegas de botellón del encausado, supongo. De tal guisa, el Califato de Griñán, siempre a la vanguardia de la ciencia y el desarrollo, se propone liderar el célebre modelo productivo basado en el saber y el conocimiento que promueve Zapatero.


Mas de nada debiéramos escandalizarnos, en realidad. Al cabo la mejor forma de terminar con el fracaso universitario es acabar de una vez por todas con la propia Universidad, igual que sucediera en su día con el Bachillerato y los institutos. Un empeño que, cabe reconocerlo, se resolvió con éxito contrastado. De ahí, entre otros hitos docentes, la radical proscripción en las aulas del esfuerzo, la competitividad, la memoria o cualquier selección merecedora de tal nombre, sórdidas rémoras todas de un pasado a olvidar.

Bienvenida sea entonces la cultura de la plastilina a facultades y escuelas técnicas superiores, firmemente asentados ya sus reales en Primaria y Secundaria. Pues, como es fama, en tales tramos docentes los viejos contenidos curriculares hace ya lustros que fueron subordinados a un interés superior. A saber, que Peter Pan desarrolle su personalidad en un entorno tan lúdico, festivo y gozoso como exento de traumas y frustraciones, al modo de la pauta canónica en guarderías, parvularios, jardines de infancia y los congresos nacionales del PP.

Como para que sigamos repitiendo el sobado chiste de la generación mejor formada de Historia de España. Una hazaña pedagógica colectiva que cualquiera puede constatar a la luz de la exquisita gramática parda que rige en los foros de Internet. O reparando en la prodigiosa riqueza de vocabulario que exhiben los inquilinos de Gran Hermano y sucedáneos. En fin, apaga y vámonos.


Libertad Digital - Opinión

La resaca colonial. Por M. Martín Ferrand

HAITÍ es, en una perspectiva meramente histórica, uno de esos despropósitos que se fraguan, en los territorios que no le interesan a nadie, en los intervalos en que se relevan los imperios. Primero tuvo la desgracia de convertirse en refugio y cuartel de bucaneros y filibusteros franceses, menos constructivos que los aventureros, hijosdalgos y misioneros que España y Portugal enviaron al Nuevo Mundo y, después, lo mejor que puede decirse de la parte occidental de La Española es que el general Toussaint-Lovertise, precursor de la independencia y gran apóstol de la abolición de la esclavitud, poseía y explotaba una plantación de café atendida por esclavos procedentes del mismo lugar africano de donde era su abuelo, lo que hoy conocemos por Benín.

Francia fue, especialmente en América, una mala potencia colonial. Su huella en Haití no es la de una siembra positiva y paciente, sino la de un precipitado coge todo lo que puedas y sal corriendo. Si España no hubiera preferido en el Tratado de Rijswijk, al final de la guerra de Francia y la Santa Alianza, la porción de Cataluña invadida por los franceses que una parte de Santo Domingo, las cosas hubieran sido de otro modo. Como se ve, en contraste con las repúblicas iberoamericanas, mejores para Haití, el segundo país del Continente en obtener la independencia y el más desafortunado de todos ellos. Un escenario dominado por la corrupción, el ron y el vudú.

Ahora, ante la luctuosa circunstancia que marca la actualidad haitiana, el Gobierno de Washington, consciente de su «responsabilidad imperial», se ha sentido obligado a encabezar las ayudas que reclaman Puerto Príncipe y su catastrófico entorno. Barack Obama, en persona, ha liderado el socorro de un territorio desamparado tras dos siglos de independencia inane y de líderes depredadores. Francia, la metrópoli germinal de la situación, se siente ofendida y acusa a los EE.UU. por protagonizar, y encauzar, la ayuda mundial. Brasil y otros grandes estados de la región tampoco aplauden el ímpetu norteamericano y así, como suele suceder, lo fundamental -la ayuda a unos cuantos millones de desventurados- pasa a segundo plano. Salvo Francia, que no hizo lo debido en tiempos de Luis XIV, a todos les sobran razones para esos absurdos celos de protagonismo; pero un «imperio» que no ejerce como tal deja de serlo y a eso, afortunadamente, no parece que Obama quiera renunciar.


ABC - Opinión

La enésima traición de Rajoy a su electorado

Aparentemente, Educación para la Ciudadanía desaparece en la enseñanza primaria y secundaria, pero no es así. El proyecto de Rajoy consiste en camuflarla transversalmente bajo el pomposo nombre de "valores constitucionales" en todas las asignaturas.

Hace sólo dos años, coincidiendo con la campaña electoral de las legislativas, Mariano Rajoy prometió durante un mitin que, si se alzaba con la victoria en la urnas, suprimiría en el acto "Educación para la Ciudadanía" (EpC), una asignatura que Zapatero se sacó de la chistera nada más ocupar la Moncloa y que está concebida para adoctrinar política y moralmente a niños y jóvenes. Contra ella llevan ya luchando varios años ciertas comunidades autónomas gobernadas por el PP y un amplio movimiento cívico que rechaza de plano cualquier intromisión del poder político en las cuestiones educativas que tocan con la moral.


El partido de Rajoy había hecho, con muy buen tino, de la oposición a esta controvertida asignatura una de sus banderas. En este campo, los populares tienen mucho que ganar y muy poco que perder. La educación en España está, literalmente, arrasada. Nuestros estudiantes figuran entre los peor cualificados de Europa y la disciplina académica, el mérito y el esfuerzo pasan por horas bajas. Dado que nadie desconoce que la educación necesita de reformas de gran calado, las quejas de Rajoy tenían un público muy agradecido dispuesto a entregarle el voto o, cuando menos, a tomar sus palabras como sensatas en el océano de necedad progresista en el que España se ha extraviado.

Ante un panorama educativo tan doliente, lo menos que necesitan nuestras escuelas es una dosis adicional de ideología. Hasta la fecha el Partido Popular parece que lo ha entendido así, porque ha sido el único que se ha opuesto frontalmente a este tipo de experimentos ideológico-morales dentro de los colegios. Ha tenido que pelear contra todo el arco parlamentario y contra una extraordinaria campaña mediática desatada por los satélites del Gobierno desde hace cuatro años. Por eso choca que, después de tan trabajosa lucha, se rinda ahora y acepte la mayor.

Porque, inútil sería engañarse, el programa educativo que ha presentado Rajoy en Toledo no es ni de lejos la liquidación de EpC, sino la misma EpC maquillada bajo otro nombre y aligerada de peso en los años infantiles, los mismos en los que el proyecto de Zapatero no apretaba demasiado el pistón. Aparentemente, en la enseñanza primaria y secundaria desaparece, pero no es así. El proyecto de Rajoy pasa por camuflarla transversalmente bajo el pomposo nombre de "valores constitucionales" en todas las asignaturas. En bachillerato la propuesta es recuperar la asignatura de Filosofía, inexplicablemente retirada de los planes de estudio, enriqueciéndola con más contenidos de valor constitucional.

Las dosis es prácticamente la misma pero distribuida de un modo más disimulado. El mal, por lo tanto, permanece intacto. Los estudiantes, ya sean de primaria, secundaria o bachillerato no deben recibir formación política en las aulas, materia que es de curso obligatorio en las dictaduras pero que no tiene cabida en un país libre donde todas las opiniones políticas, incluso las anticonstitucionales, son legítimas. Lo mismo puede decirse de las cuestiones de orden moral. El Estado no puede establecer una moral oficial que colisione con la moral privada de los individuos, la única válida. Hacer lo contrario, es decir, adoctrinar a los estudiantes en un paradigma político y moral concreto, es volver a la Formación del Espíritu Nacional que se estudiaba durante el franquismo.

En definitiva: libertad, que es lo que Rajoy pedía en 2008 y que ahora, creyéndose heredero inmediato de la ruina que está dejando Zapatero, parece haber olvidado para auparse sobre una ola de pactismo y traición a sus bases con la que cree que podrá ganar las elecciones dentro de dos años.


Libertad Digital - Editorial

El régimen cuarteado. Por Ignacio Camacho

EN sus días más optimistas, Javier Arenas contempla con orgullo unos imaginarios titulares postelectorales: «Histórico triunfo del PP en Andalucía después de 30 años». Y en los subtítulos, la amarga realidad del mercado negro de la política: «El PSOE negociará un gobierno de coalición con Izquierda Unida». Tendría que ocurrir un milagro para que este político de raza cumpla el sueño de ser presidente de la Junta, un desafío que le obsesiona desde hace dos décadas muy por encima de los puestos relevantes que ha ocupado en el Gobierno de España, y es probable que ese empeño muera en el mejor de los casos en la orilla de la mayoría insuficiente; pero ya es casi milagroso que hoy por hoy la hipótesis de que el PSOE pierda en su patio trasero resulte una seria posibilidad demoscópica. Eso era impensable hace bien poco, y si ahora no lo es se debe sobre todo al desgaste de Zapatero y en menor medida a las consecuencias de un relevo de poder que propicia una penosa paradoja: el presidente Griñán, un político mucho más sólido y preparado que Chaves, tiene bastante menos tirón electoral que el veterano virrey elevado a la vicenadería del Estado.

Quizás el propio Griñán haya mandado publicar la ya célebre encuesta que le convierte en probable perdedor para reclamar manos libres y sacudirse la tutela del tardochavismo, pero hace tiempo que los sondeos revelan en Andalucía un anhelo de cambio que los socialistas no van a poder encarnar después de tres décadas de hegemonía cansina. Aunque nadie puede predecir hasta dónde llegará ese estado de opinión, favorecido por la evidencia de que el PP absorbe la mayoría del evaporado voto andalucista, su propia existencia es ya de por sí un signo de enorme relevancia que muestra la profundidad de la decepción ante el zapaterismo, instalada incluso en su más profundo granero de votos. Ese desencanto constatable preocupa al actual presidente andaluz al punto de que tal vez pretenda, al hacerlo público, cargarse de argumentos para anticipar las elecciones y acudir a las urnas sin la compañía de un líder al que en este momento considera una tara política.

Para Javier Arenas, incombustible y tenaz perdedor en su tierra, la victoria supondría el éxito de una misión a la que ha dedicado un esfuerzo poco imaginable en quien ya ha sido casi todo en la vida pública. Al margen de que la Presidencia andaluza le quede al otro lado de una inalcanzable mayoría absoluta, si el PP es capaz de derrotar en su feudo a los socialistas tendrá prácticamente asegurado el retorno a La Moncloa. Ese objetivo, al alcance incluso de un empate técnico, es mucho más factible que el de sentarse en el Palacio de San Telmo y constituye el verdadero encargo que Rajoy le comisionó al enviarle de nuevo al despeñadero andaluz. Por cuarteado que esté, el régimen clientelar de tres décadas todavía no es para nadie una tierra prometida.


ABC - Opinión