martes, 5 de enero de 2010

Empezar con mal pie

LA presidencia española de la Unión Europea empieza con mal pie. El entusiasmo procubano de Miguel Ángel Moratinos suscita lógicos recelos en algunos países, haciendo imposible la unanimidad comunitaria para suprimir la «posición común» ante el régimen de los Castro. Incluso desde la Moncloa han tenido que frenar el ímpetu de Exteriores, porque Rodríguez Zapatero no parece dispuesto a que las maniobras del ministro dificulten las relaciones con Alemania o los apoyos necesarios en otros asuntos. Cuba es una dictadura implacable sustentada por una ideología totalitaria y es absurdo mantener hacia ese régimen una actitud débil y comprensiva, que sólo sirve para reforzar la represión contra los disidentes y para alejar la inevitable transición hacia la democracia en la isla. Muestra de ello es también la nueva bofetada que el régimen castrista ha propinado al Gobierno y al PSOE al impedir la entrada en Cuba del eurodiputado socialista Luis Yáñez. De poco o nada sirve mantener una actitud condescendiente, y hasta humillada, con un régimen como el cubano. Pero el Ejecutivo continúa sin aprender la lección y, lo que es peor, quedando en evidencia ante toda la UE.

A mayor abundamiento, se anuncia para hoy una reunión de «sabios» -más bien veteranos, como Felipe González, Jaques Delors e incluso Pedro Solbes- con el presidente de turno de la Unión. El pretexto es la puesta en marcha de un grupo que aporte ideas para el presente y el futuro, lo cual -si fuera necesario- tendría que haberse planteado hace tiempo para que pudieran servir de algo a la presidencia española. Por tanto, una vez más la única pretensión es reforzar la deteriorada imagen del líder del PSOE, que pretende contrarrestar las malas encuestas a base de fotos y maquillaje. Y para completar un mal día en el terreno de la imagen europeísta que se intenta cultivar desde la Moncloa -por ahora con enorme torpeza, por cierto-, ayer se produjo también un boicot a la página web oficial cuando unos «piratas» informáticos crearon una página similar con la imagen de un famoso actor cómico en sustitución de Zapatero, alentando así en internet mofas contra el presidente del Gobierno. Si el Ejecutivo quiere que esta presidencia sea realmente útil para España y para los 27, tiene que trabajar a fondo, con objetivos concretos y acciones eficaces. De lo contrario, nadie se tomará en serio las sonrisas y los abrazos que el presidente está dispuesto a prodigar, vengan o no vengan a cuento.

ABC - Editorial

Zapatero, principal obstáculo para la recuperación

Zapatero y sus hordas de pródigos ministros, por haberse gastado 230.000 euros por minuto durante el ejercicio pasado, no sólo han lastrado la riqueza de las generaciones futuras, sino que han apuntalado la crisis y retrasado la recuperación.

Suele decirse que las crisis son épocas de oportunidades para aquellos ciudadanos y sociedades que se adapten a los nuevos tiempos. En realidad, la expresión no es del todo exacta. La crisis son períodos en los que las economías deben ajustar sus excesos pasados derivados de la inflación crediticia que impulsaron los bancos centrales. No representan oportunidades, sino una imprescindible catarsis que hay que realizar para volver a crecer de manera sostenible.


El ajuste que necesita una economía que ha entrado en crisis abarca múltiples facetas, pero pueden resumirse en dos: reequilibrio de los precios relativos de los factores de producción y reequilibrio de las diferencias entre ahorro e inversión. Al fin y al cabo, el sistema bancario provocó durante la época del boom que el crédito barato empujara la inversión muy por encima del volumen de ahorros reales y que algunos precios (por ejemplo los de la vivienda) se incrementaran desproporcionadamente y falsearan la rentabilidad de sectores enteros (como el de la construcción). Mientras esos dos ajustes no se lleven a cabo, la economía se encontrará prostrada y paralizada esperando que llegue la requerida liquidación.

Los agentes privados –las familias, las empresas y los bancos– tienen poderosos incentivos para realizar todos estos cambios, esto es, para incrementar sus ahorros hasta niveles compatibles con la inversión y para reducir los precios inflados hasta cifras compatibles con la realidad.

El problema es que los Estados intervencionistas tienen incentivos precisamente para lo contrario: sólo es necesario ver cómo Zapatero está retrasando la reforma laboral para no reducir los costes laborales ("derechos sociales", lo llama) y cómo ayuda a bancos, a los promotores y a las constructoras para contener la caída de los precios de la vivienda.

Claro que para lograr sostener todo este entramado de precios artificialmente altos, las Administraciones Públicas tienen que incurrir en un gasto y en un endeudamiento de tal calibre que en la práctica hacen imposible también corregir el otro desajuste: el fuerte desequilibrio entre el ahorro y la inversión.

Basta con observar las preocupantes cifras que conocimos ayer sobre la contabilidad de nuestras familias, empresas, entidades de crédito y administraciones públicas para darnos cuenta del precipicio por el que el Gobierno está arrojando a la sociedad española. Mientras el sector privado ha realizado un fortísimo ajuste en los últimos años que prácticamente viene a eliminar toda la enorme diferencia que existía entre nuestro ahorro y nuestra inversión interna, un manirroto sector público ha venido a emponzoñar la situación.

Las familias incrementaron su ahorro neto hasta los casi 9.500 millones de euros en el tercer trimestre de 2009 frente al desahorro de 4.550 en 2008 o de 15.600 de 2007. Por su parte, las empresas redujeron sus necesidades de financiación desde los 21.800 millones de euros en 2008 a apenas 5.200. Y, finalmente, las entidades financieras como los bancos o las cajas mantuvieron un aceptable ahorro neto de casi 4.500 millones de euros. Sólo las Administraciones Públicas optaron por no apretarse el cinturón y comenzar a despilfarrar el escaso ahorro que tras varios años los españoles han comenzado a acumular.

Así, entre julio y septiembre la deuda del sector público aumentó en casi 18.000 millones de euros frente al déficit de 3.000 millones que exhibieron en el mismo período de 2008 o al superávit de 20.000 millones de 2007.

En otras palabras, es esencialmente por culpa del Gobierno por lo que el conjunto de la sociedad española ha incrementad su endeudamiento en más de 9.000 millones durante el tercer trimestre de 2009 en lugar de haberlo reducido en 9.000, tal y como habría sucedido si el Ejecutivo se hubiese mantenido en el muy sano equilibrio presupuestario.

El resultado, pues, es que Zapatero y sus hordas de pródigos ministros, por haberse gastado 230.000 euros por minuto durante el ejercicio pasado, no sólo han lastrado la riqueza de las generaciones futuras, sino que han apuntalado la crisis y retrasado la recuperación. Sin los pertinentes ajustes, España nunca saldrá de la crisis y hoy el principal obstáculo para que esos ajustes se produzcan es sin lugar a dudas Rodríguez Zapatero.


Libertad Digital - Editorial

¡Qué década!. Por José María Carrascal

PARECE que fue ayer cuando brindábamos por la llegada del nuevo siglo, y ya hemos dejado atrás su primera década. Una década de infarto, con sorpresa tras sorpresa, la mayoría desagradables. Como en esos cuentos de Chejov en los que todo sale al revés de lo previsto por los personajes, llegamos a 2010 con un mundo totalmente distinto al que nos habíamos imaginado. Un mundo más pobre, más dividido, más peligroso. Nada de extraño que la idea latente en los balances obligatorios de estos días venga a decir: «Contra la Unión Soviética vivíamos mejor».

Terminó el siglo XX en el clima de euforia creado por la victoria del Oeste en la Guerra Fría. Llegó incluso a proclamarse «el fin de la historia», eslogan tan atractivo como falso, con el que un norteamericano de origen japonés proclamaba a todos los vientos que los dos grandes problemas de la humanidad -el político y el económico- se habían resuelto para siempre con la aceptación universal de la democracia y del mercado. La una nos garantizaba la paz eterna. El otro, el crecimiento ininterrumpido. Con lo que se acababan las guerras y la miseria. La historia iba a hacerse tan aburrida que ni siquiera merecería la pena reseñarse.

Pronto nos despertaron de ese sueño, ¡y de qué forma! El atentado contra las Torres Gemelas de Nueva York, el 11 de septiembre de 2001, nos advirtió que habíamos hecho las cuentas de la lechera a escala universal. Podíamos haber derrotado al comunismo y ganado el pulso al gigante soviético. Pero surgía un enemigo mucho más amplio, granítico y peligroso, pues usaba nuestros aviones como misiles, haciendo inútiles nuestros sistemas defensivos. El fundamentalismo islámico nos había declarado la guerra e inflingido la primera derrota en casa.

Posiblemente el primer error fue considerar el fundamentalismo islámico como un enemigo a batir militarmente. Confundir a Saddam Hussein con Osama Bin Laden, cuando eran muy distintos. Bin Laden personifica el islamismo antioccidental. Sadam era un dictador brutal, interesado sólo en el poder, que metía en la cárcel a quien se lo disputase, clérigos incluidos. Podía derrotársele, y de hecho se hizo. Pero al precio de convertir Irak en una olla de extremistas y en un rompecabezas aún no resuelto, por lo que conviene dejar que se la rompan entre sí, antes de que nos rompan la nuestra.

Lo de Afganistán fue aún peor. Es verdad que Bin Laden lo tomó como refugio. Pero no es menos cierto que aquel país ha resistido todo tipo de invasiones. Puede ocupársele, pueden ensayarse todas las estrategias políticas y militares, pueden gastarse allí miles de millones de dólares, pero lo único cierto tras ocho años de combatir aquella guerra, es que el Oeste no la está ganando, sino más bien perdiendo.

Todo, como les decía, por confundir el fundamentalismo islámico con el comunismo y por querer aplicar al nuevo desafío la estrategia de la Guerra Fría. El comunismo, a fin de cuentas, es una invención occidental, una utopía de la filosofía idealista alemana, un producto del capitalismo inglés, al que quiere librar de sus lacras. Sus fundadores, Marx y Engels, no hicieron más que recoger la tradición platónico-judeo-cristiana, empeñada en hacer a todos los hombres iguales y establecer la República perfecta. Quiero decir que, por conocernos y coincidir en ciertas normas, la batalla era menos cruenta, y la victoria, más fácil.

El fundamentalismo islámico es completamente distinto. De entrada, como ala radical de una religión, rechaza cualquier pacto. Pero es que incluso con el islamismo en general, es muy difícil pactar. Se trata de otra civilización, no ya distinta, sino opuesta a la nuestra. Sólo a un hombre con tan poca cultura como nuestro presidente podía ocurrírsele lo de la «Alianza de Civilizaciones». Las civilizaciones son formas de vida y escalas de valores, que cuando entran en contacto chocan como galaxias, imponiéndose la más fuerte a la más débil. Ha ocurrido y ocurrirá siempre. Pueden convivir, pero siempre con una superior a la otra. Aliarse, en cambio, nunca, al ser enemigas naturales.

Hoy, el islamismo se siente amenazado donde nunca se había sentido desde las Cruzadas: en su propio terreno. El intento de Bush de «llevar la democracia a Irak» y, luego, a Afganistán, era un jaque mate al islamismo, al atentar nuestra democracia contra una serie de principios suyos, tanto en el terreno estatal, como en el familiar, como en el individual. De pasarse ambos países al «bando occidental», el islamismo empezaría a resquebrajarse. Únanse los millones de musulmanes que viven hoy en Europa y Estados Unidos, expuestos a las tentaciones que ofrece el estilo de vida occidental, y se tendrá la furiosa respuesta de sus fundamentalistas. Una respuesta en la que usan el arma de los débiles en toda confrontación con los más fuertes: el terrorismo. Contra el que Occidente no ha encontrado aún la forma eficaz de defenderse.

Por si ello fuera poco, el segundo de los pilares en que se basaban nuestras optimistas previsiones también se ha desplomado. El mercado, en vez de ser la fórmula para el enriquecimiento ininterrumpido de naciones e individuos, se convirtió en promotor de su ruina, al dejársele sin freno ni control. La crisis económica, el crash de 2008, fue producto de un mercado desbocado, que convirtió la bolsa en un casino, las entidades financieras, en vendedoras de décimos falsos de lotería, las agencias de calificación, en cómplices del engaño y los gobiernos, en espectadores de una estafa a escala global. Movido todo por la codicia humana, que no tiene límites y ciega mentes. Todo el mundo quería hacerse rico en poco tiempo, y aunque algunos lo consiguieron, la inmensa mayoría perdió proporcionalmente a su avidez. Ha sido una tremenda lección para todos, gobiernos, instituciones financieras, ciudadanos en general, que nos ha recordado algo tan viejo como que en este mundo no se atan los perros con longanizas.

¿Hemos aprendido la lección? Aunque parezca mentira, no del todo. La primera consecuencia de lo ocurrido debería de ser que el mercado necesita controles más estrictos de los que tenía. Pero incluso después del batacazo hay quien se resiste a ellos. Siendo como son imprescindibles para su buen funcionamiento.

Pues la alternativa, pasar a una economía dirigida por el Estado, es aún peor, vista la casi total ineficacia de tales experimentos. Las últimas elecciones europeas muestran que los pueblos siguen confiando más en la derecha que en la izquierda para salir de la crisis, pese a ser aquélla la culpable de la misma. Y es que si la democracia es la menos mala de los sistemas políticos, el mercado es el menos malo de los sistemas económicos. Ahora bien, que nadie se engañe: para salir del foso en que hemos caído, para absorber las enormes pérdidas acumuladas, para recuperar los niveles en que vivíamos antes del tsumani financiero, van a necesitarse bastantes años, y aún así, nada volverá a ser lo que era. Los países que hayan hecho sus deberes subirán, y los que no los han hecho retrocederán. Mucho me temo que el nuestro esté entre los segundos. Pero éste es un análisis global de la situación y de analizar sus distintas partes, perderíamos la perspectiva. Tiempo tendremos de hablar de España.

La primera y casi única conclusión que sacamos de él es que el siglo que empieza está resultando muy distinto al que habíamos imaginado. No sólo hay nuevos actores en escena. También los problemas son distintos, lo que nos obliga a buscar nuevas soluciones. Si las hay. Así que mi único deseo es que el siglo XXI no haga bueno al XX.

Para lo que tampoco debería de necesitarse demasiado.


ABC - Opinión

Mr. Bean se cuela en la web oficial de la presidencia española

Una imagen del mismísimo Mr. Bean se asomó ayer a la página oficial de la presidencia española de la UE («www.eu2010.es») para saludar con un coloquial «Hi there!» que lo mismo puede significar «hola a todos» o «¿qué tal?». Pero no se trataba de un «fichaje» de última hora de Moncloa para dar más lustre a la presidencia española de la Unión Europea, ni siquiera de eso tan sano como es reírse de uno mismo y bromear con el parecido que el cómico británico Rowan Atkinson tiene con José Luis Rodríguez Zapatero, sobre todo cuando arquea mucho las cejas y desorbita los ojos. Era lo que en principio parecía el ataque de un «hacker» que había puesto de manifiesto la vulnerabilidad de una página que va a costar casi 12 millones de euros en mantenimiento y seguridad a lo largo de los seis meses de presidencia.

Anoche, sin embargo, Moncloa informaba de que «el supuesto ataque ha consistido en que se ha empleado una captura de una página de búsqueda del sitio para hacer un fotomontaje al que se ha asignado una dirección (url o enlace) que luego se ha distribuido en Internet, a través de redes sociales y blogs».

Para Moncloa, el revoltoso ha aprovechado «una vulnerabilidad del código fuente denominada XSS (cross site scripting) dirigida a los usuarios de la web y no a la web en sí misma. Este tipo de ataques, para resultar efectivos, deben combinarse con alguna técnica adicional que engañe al usuario de la web para que pinche en un enlace modificado malintencionadamente, por ejemplo, con ingeniería social». Pues eso. Todo está ya clarísimo. O no...


ABC

lunes, 4 de enero de 2010

Zapatero dobla el gasto en misiones en el exterior, que en 2010 llegará a 800 millones

El Gobierno lleva invertidos en la guerra de Afganistán 1.550 millones y multiplica por tres el número de soldados en la zona.

El año que empieza marcará un hito en la política exterior del Gobierno de Zapatero. Después de llegar al poder como adalid del pacifismo en 2004 y estrenarse en el cargo con la orden inmediata, y sin consultar a los aliados, de retirar las tropas españolas de la guerra de Irak, el jefe del Ejecutivo alcanzará el ecuador de su segundo mandato multiplicando por tres la presencia de nuestras Fuerzas Armadas en la guerra de Afganistán y duplicando el gasto en el conjunto de misiones en el exterior que desempeñaba España el último año del gobierno de Aznar. De los 380 millones invertidos hace seis años, pasamos en 2009 a 713 y para este ejercicio la cifra alcanzará o puede superar los 800, según evolucionen los conflictos.


Las variables fijas que amenazan con disparar el gasto son: el aumento comprometido ya, a requerimiento de Barack Obama, de un 50 por ciento de las fuerzas desplegadas en Afganistán; el incremento de otro 20 o 25 por ciento de los militares destinados en El Líbano -donde Zapatero aspira a adquirir más protagonismo con el contingente de la ONU mandado por un general español en frontera árabe-israelí-, y el coste añadido de la «Operación Atalanta» contra la piratería en aguas del Océano Indico que supondrá la decisión del Gobierno de enviar unidades militares y de la Guardia Civil a formar fuerzas de seguridad en Somalia, aunque sea un «Estado fallido».

En ese panorama de escalada de gastos, el único alivio económico con respecto al último ejercicio viene dado por el fin de la misión en Kosovo, de donde salieron este otoño los últimos militares españoles. En 2009 la operación todavía costó 65 millones de euros y, después de 10 años de presencia, el Estado se dejó en la hoy autoproclamada república independiente un total de 852 millones.

Pero donde el Gobierno hace el mayor esfuerzo militar y económico es en Afganistán. A partir de julio de 2004, Zapatero tuvo que compensar la salida de Irak con el envío a Afganistán de continuos refuerzos, el último hace dos meses. La factura total se eleva hasta los 1.550 millones de euros en los 8 años de presencia española en el país asiático. La misión de nuestras Fuerzas Armadas en Irak después de la guerra había costado 94 millones.

El objetivo en Afganistán sigue siendo combatir a los talibanes en sus bases y poner en pie un Estado que se haga cargo de la seguridad de la población y, al tiempo, evite que en su territorio se preparen los ataques del terrorismo islamista sobre occidente.

Sólo en el último año, el gasto en Afganistán fue de 365 millones, según los datos aportados por la ministra de Defensa, Carme Chacón, en la Comisión de Defensa del Congreso al hacer balance en diciembre pasado. Es la mitad de la suma total invertida en las distintas misiones en el exterior y a esa cifra se añaden los 210 millones de euros aportados para la Conferencia de Donantes como aportación civil para el sostenimiento y estabilización del Estado que gobierna Karzai.

La misión favorita

La misión favorita de Zapatero es la de ONU en El Líbano, a la que se presentó de los primeros y a la que contribuyó hace tres años como primera potencia: 1.100 militares. Es una clara misión de interposición de la paz entre bandos y se corresponde con su imagen más pacifista. De hecho, el jefe del Ejecutivo visita al contingente español sin problemas una vez al año -la última en octubre pasado-, mientras que por el Afganistán en guerra no pisa desde diciembre de 2005, cuando estuvo acompañado por su primer ministro de Defensa, José Bono.
La contribución española a la Fuerza Interina de la ONU en El Líbano suma ya un gasto para las arcas públicas de 618 millones de euros.

La Operación Atalanta de lucha contra la piratería en aguas del Índico ha costado ya 57 millones de euros en menos de un año de vigencia y para el ejercicio que empieza el Gobierno español propone entrenar a unos dos mil soldados somalíes para que puedan trabajar desde tierra en la prevención de la delincuencia, e incluso «sirvan para crear un embrión de seguridad naval somalí». Bosnia, con un gasto de 40 millones, es ya una misión menor pero que lleva acumulados unos gastos de 1.860 millones en sus 18 años de existencia.


ABC - Nacional

Zapatero no se juega nada. Por Agapito Maestre

Si España fuera, pues, un país más o menos normal, o sea, con un sistema político asentado sobre valores democráticos, quizá tendría alguna lógica pensar que la crisis económica le pasará factura a Zapatero.

Es opinión generalizada que este año 2010 será decisivo para el futuro político de España. Zapatero, mantienen la mayoría de los medios de comunicación, puede hundirse definitivamente. Las últimas encuestas de intención de voto, las críticas con las que ha sido recibido en Europa la presidencia de Zapatero y, en fin, el escepticismo creciente que Zapatero produce en los sectores más avanzados de la sociedad española, vendrían a reforzar los riesgos que corren los socialistas en el nuevo año. Zapatero se la juega, dicen los optimistas, cuando estamos en el ecuador de la legislatura.


Yo, sin embargo, no comparto ese optimista parecer. En verdad, quien se la está jugando es la oposición. Cinco o seis puntos de diferencia entre el PP y el PSOE, como vienen resaltando las encuestas, no son apenas nada cuando hablamos de España, que tiene la sociedad civil más débil de Europa o, lo que es lo mismo, cuenta con un electorado fanatizado y dependiente de la propagada "pararreligiosa" de Zapatero. La izquierda más reaccionaria de Europa está entre los votantes socialistas. Si España fuera, pues, un país más o menos normal, o sea, con un sistema político asentado sobre valores democráticos, quizá tendría alguna lógica pensar que la crisis económica le pasará factura a Zapatero.

No es el caso. Nadie se engañe. Para Zapatero el año 2010, especialmente este semestre, será una forma de tomar aire; de hecho, y a pesar del general cachondeo que este hombre provoca en toda Europa, la presidencia de la UE ya está siendo utilizado para sacar pecho. Sin duda alguna, en cualquier país de Europa, la acentuación de la recesión económica, el aumento del paro y la ineptitud de un Gobierno cualquiera para adoptar medidas que frenen el deterioro de la economía, podrían ser causas suficientes para prever un cambio de Gobierno. Pero, por desgracia, España es diferente. Zapatero ha hecho de la crisis un asunto electoral. Populista.

De momento, Zapatero cuenta con un aparato de agitación y propaganda a su favor del que carecen el resto de gobiernos de Europa. Ningún político europeo ostenta tanto poder sobre los medios de comunicación como el de Zapatero. Cadenas de radio y televisiones, periódicos y mil órganos de agitación y propaganda laboran día y noche para tapar su mediocridad como gobernante y su maldad como político. Tanto poder de propaganda acumula este individuo que incluso muchos de los medios de comunicación, que predicen su batacazo, son incapaces de plantearse tres sencillas preguntas: ¿Por qué en las encuestas de estimación de voto baja tan poco quien nos está engañando desde que comenzó la crisis económica? ¿Por qué es tan lento el descenso de alguien que ha roto el consenso básico de la nación, a saber, la Constitución, con el Estatuto de Cataluña? ¿Por qué no se ha producido aún movimiento cívico contra alguien que ha puesto en cuestión las bases de convivencia nacional?

No seamos estúpidos con los cuentos de la lechera de los sondeos electorales. Los próximos seis meses son enteramente de Zapatero. Hará y dispondrá a su antojo. La oposición bastante hará con aguantar a rebufo. Zapatero no se juega nada. Son todo ganancias. La plebe lo seguirá aplaudiendo con fruición. Su base electoral sigue siendo inmensa. Un desatino.


Libertad Digital - Opinión

¿Qué tiene que pasar?. Por Pedro González Trevijano

¿Qué tiene que pasar? Esta es la pregunta que se hacen muchos ciudadanos que asisten diariamente, unos atónitos, otros disgustados, y los más decepcionados, a una desafortunada concepción cainita de la Política, a una hipertrofiada partitocracia que ha asaltado las instituciones, a un insensato desprecio a los principios y valores sobre los que se erigió la Transición Política, a la frívola puesta en entredicho de nuestros intangibles principios político-constitucionales -destacando la Carta Magna de 1978- y al absurdo revisionismo histórico de casi todo sin importar su coste. Por más que los mismos ciudadanos atónitos, disgustados y decepcionados, no estén exentos también, ni muchísimo menos, de una correlativa responsabilidad. Una ciudadanía antes tan admirable en tantas cosas a lo largo de estos treinta años de régimen constitucional: unos españoles capaces de cerrar las heridas de una cruenta Guerra Civil, auspiciar el firme desmantelamiento de las estructuras franquistas, impulsar una ejemplar Transición Política, sancionar entusiásticamente una Constitución democrática e incorporarse activamente al proceso de construcción europea. Pero ahora, mala tempora currunt, malos tiempos corren. Las cosas son tristemente bien distintas.

El diletantismo, la indiferencia, el acomodamiento, la ausencia de compromiso y la falta de coraje son hoy, para nuestro infortunio, los perfiles de una desvertebrada, débil y acobardada, cuando no inexistente, sociedad civil. Me preguntaba un alumno de la Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales de la Universidad Rey Juan Carlos, quien controlaba a los poderes públicos en el amplio periodo que comprende el tiempo entre elecciones. Lamentablemente le tuve que responder que, salvo lo que resta de control parlamentario, nadie o casi nadie ejerce tal supervisión en una sociedad inane y perezosa, que prefiere mirar para otra parte. Por no hablar de la clamorosa falta de compromiso de tantos intelectuales que parecen, hoy llamativamente silentes, haberse perdido, cuando no desaparecer definitivamente. Así las cosas, y tras dicha contestación, no puede sino hacerme otra interrogación: ¿tendría razón Roussseau, al señalar que los ingleses -referencia que extenderíamos ahora al pueblo español-, se transforman, tras el puntual momento de ejercer el voto, en esclavos?
El diagnóstico, no me negarán, es preocupante. Los círculos abismales y oscuros de nuestro nacional infierno dantiano son explícitos en nuestro último devenir político y constitucional. Desvelemos sus tres personajes más frustrantes.

Primero: La puesta en entredicho de la mismísima existencia de España. Una palabra maldita de pronunciar y de escribir en demasiadas partes del territorio nacional. Es ridículo, cuando no patético, asistir a toda clase de esfuerzos lingüísticos -con expresiones eufemísticas como Estado, país, administración...-, con tal de evitar su simple mención. A toda esa intolerante clase política, que hace de su desprecio su principal estandarte, habría que recordarle las palabras de Don Juan Carlos en el discurso de Navidad: España es «una gran nación europea de larga historia e inmenso patrimonio.» Un nacionalismo excluyente y trasnochado que salmodia cansinamente imposibles derechos de independencia y de autodeterminación secesionistas. De aquí la necesidad de fortalecer nuestra cohesión interna, aminorar las tensiones centrífugas y avanzar en la solidaridad interterritorial. Y es que detrás de tanta perorata victimista, no se esconde, tras la perenne invocación de anacrónicos derechos históricos, sino la indisimulada apetencia por el privilegio, el anhelado tratamiento desigual y el reconocimiento preferencial. No está de más recordar el inicio del artículo 2 de la Constitución de 1978: «La Constitución se fundamenta en la indisoluble unidad de la Nación española». España es, por tanto, un prius a la Constitución, que no crea la Carta Magna, sino que la reconoce. De aquí la trascendencia del juego interdependiente de nuestros tres grandes principios constitucionales en materia de ordenación territorial: unidad, autonomía y solidaridad. Una autonomía que no es soberanía y que sólo se entiende desde el fundamento de la unidad y con la mirada puesta en la satisfacción de la solidaridad.

Segundo: Una interpretación schmittiana de la Política, asentada en la inacabable bronca y en la agria gresca, que no perdona a nadie, que no transige en nada, que ha olvidado el sentido del diálogo fructífero. Una acción política construida sobre la marginación, el menosprecio y la persecución de los otros. Los tiempos de consenso, de acuerdo, de compromiso, en aras a forjar un aggiornamento común, no se recuerdan. En este estado de cosas, algunos habrían resuelto además, de manera frívola, desmantelar los logros arduamente alcanzados entre todos: los de aquí y los de allí, los de acá y los de allá. Los demás no son nunca, ¡faltaría más!, los suyos. Nos quieren transformar en sartrianos. Como Sartre, parte de la clase política, y me preocupa que el virus pueda propagarse irresponsablemente a la ciudadanía, entiende que «no es necesaria la Parrilla; el infierno, son los Otros.» (Huis Clos V). ¿Será cierto -¡espero que no!- que los dioses modernos, como antes los griegos, hayan resuelto cegar a los habitantes y dirigentes de este viejo y gran país?

En este contexto, somos muchos, sino la práctica mayoría de ciudadanos, los más allegados a los de aquí, como los más próximos a los de allá, incluyendo los que de forma natural no se sienten de acá, ni de ninguna parte, los decididos a conservar lo conquistado, a fortalecer la integración, a incidir -desde el respeto a la singularidad- en los elementos comunes, a que se gobierne para todos y cada uno de los españoles en cualquier parte del territorio nacional, a finalizar con tanta división y antagonismo, a mitigar la crispación, a poner término al enfrentamiento de todos contra y frente a todos. ¿Es tan difícil actuar y accionar para con todos, para los unos y para los otros, sin sectarismos, banderías, grupos, partidismos y facciones? ¿No se puede hacer Política desde la generosidad, con altura moral y grandeza de miras? De nuevo Don Juan Carlos, haciendo seguramente más hincapié que en ocasiones anteriores, ha solicitado una política participada entre las diferentes fuerzas políticas: «No nos podemos permitir que las legítimas diferencias ideológicas resten energías al logro de los consensos que piden nuestros ciudadanos.» Los españoles pedimos así a la clase política, al Gobierno y a la Oposición, un inequívoco respaldo a nuestro régimen constitucional de 1978, y un acuerdo en las grandes políticas de Estado -modelo territorial, educación, inmigración, sanidad, política, exterior...- Unas políticas que no pueden venir definidas por el cortoplacismo, el egoísmo y la improvisación. Que han de ser, por el contrario, codecididas, firmes y perdurables. La coparticipación en tan esenciales menesteres es sinónima también de eficiencia política y de modernidad constitucional.

Tercero: El inexcusable sometimiento a la Constitución y la obediencia a la ley. Una Constitución y una ley que en una España constitucional no son, de nuevo el ginebrino, sino la expresión de la voluntad popular manifestada a través de unos representantes democráticamente elegidos. Una sumisión a la que no pueden escapar los propios actores políticos. Las leyes, esgrimía Montesquieu, «son relaciones necesarias que derivan de la naturaleza de las cosas... el hombre tiene leyes.» (De l ´esprit de lois, i, 1). Y, de manera paralela asimismo, el reclamable cuidado que exigen nuestras instituciones; unas instituciones demasiado criticadas, ninguneadas y vapuleadas. Un respeto, en todo caso, al que estas han de saber hacerse recíprocamente acreedoras.

¡Qué quieren que les diga! Como ciudadano me resisto en dar la razón a Rousseau sobre la situación de esclavitud en que caen los pueblos una vez celebrados sus comicios. Deseo abrazar otra visión diferente: la optimista opinión del filósofo ginebrino sobre las bondades del mantenimiento de nuestro Pacto social, que de esto hablamos: «cada uno de nosotros pone en común su persona y todo su poder bajo la suprema dirección de la voluntad general; y nosotros recibimos corporativamente a cada miembro como parte indivisible del todo» (Du contract social, I, 6). Ni tampoco creo, como el referido Jean Paul Sartre, que «la historia de una vida cualquiera que sea, es la historia de un fracaso» (L´ Étre et le Néant). No al menos en esta España mía y nuestra; una España de todos. Una España de ciudadanos libres e iguales, que impele urgentemente a su clase política, y a su ciudadanía, a un brusco cambio de hoja de ruta. ¿Qué más ha de pasar para ello?

Pedro González-Trevijano, Rector de la Universidad Rey Juan Carlos


ABC - Opinión

De curas y banqueros. Por Carlos Rodríguez Braun

Los sindicatos no intentan proteger a los trabajadores de la voracidad fiscal sino castigar fiscalmente a aquellos grupos que no les gustan. No quieren limitar el poder del Estado sino utilizarlo sólo contra algunos.

En la notable galería de fotos de Fernando Díaz Villanueva en Libertad Digital sobre la reciente manifestación sindical podían verse las siguientes pancartas: "A curas y banqueros, de mis impuestos, cero"; "A banqueros y clero, de mis impuestos, cero"; "Cada Papa o Califa se pague sus visitas".

Esto tiene mucho interés porque se trata de consignas liberales. Sospecho que es más que probable que un número significativo de quienes amablemente hayan leído esta columna en la última década compartan la idea de que las iglesias deben autofinanciarse, y muchos seguramente piensen que el mejor sistema bancario es uno que no descargue el pago de sus contratiempos sobre los contribuyentes. ¿Qué está pasando aquí? ¿Es que nuestros sindicalistas han pasado de ser liberados a ser liberales?


Por desgracia, tal mutación no ha tenido lugar. Si así fuera, los sindicatos deberían empezar por reclamar su propia autofinanciación y a continuación extender ese criterio protector de los ciudadanos al ilimitado campo de la financiación pública. No lo hacen, ni lo harán, claro, con lo cual debemos concluir que no intentan proteger a los trabajadores de la voracidad fiscal sino castigar fiscalmente a aquellos grupos que no les gustan. No quieren limitar el poder del Estado sino utilizarlo sólo contra algunos.

Por si hubiera alguna duda, Fernando Díaz Villanueva fotografió una pancarta abandonada en el Paseo del Prado donde se leía: "Liberal el robar". Está claro que quien cree que dejar al prójimo en paz equivale a asaltarlo es capaz de creer cualquier cosa, y así lo demostraron los líderes de UGT y CCOO al reprocharles a los empresarios por "dirigir sus miradas sólo al beneficio y no a las personas", al reclamar al Gobierno "anteponer la protección social a combatir el déficit público", y al fantasear con que quien ha prevalecido en el mundo es "el capitalismo neoliberal".


Libertad Digital - Opinión

Moratinos y las alucinaciones. Por José María Carrascal

«El Gobierno no negocia con terroristas ni paga rescates» Miguel Ángel Moratinos, Ministro de Asuntos Exteriores español, dixit. Primera mentira: que no negocian con terroristas. ¿Qué hubo entonces con ETA? ¿O no son terroristas? Son capaces de decirlo. Segunda mentira: que no pagan rescates. ¿quién pagó entonces el del Alakrana? ¿Quién se dispone a pagar el de los cooperantes apresados en Mauritania? ¿No dicen que han movilizado todos los recursos para liberarles? ¿O también eso es mentira? Tampoco nos extrañaría. Aunque Moratinos dejó la traca para el final: «Este Ministerio ha demostrado que tiene instrumentos, capacidad e influencia que ofrecen resultados».

Lo que ha demostrado ese Ministerio es que no tiene instrumentos, ni capacidad ni influencia para resolver los problemas que se plantean a España y a los españoles en tierra, mar y aire, en África, Asia, Europa, América y no digo Oceanía porque, afortunadamente, no se nos plantean allí, pues de planteársenos, los perderíamos. Resolver los problemas no es pagar el rescate a los piratas, ni aceptar los expulsados de otros países, ni firmar las declaraciones que nos exigen otros gobiernos, ni permitir que detengan a nuestros barcos, ni disculparnos porque nuestras patrulleras persiguen a contrabandistas, como ha hecho nuestro Gobierno en los casos de los piratas somalíes, del petrolero en Guinea Bissau, de la señora Haidar y de Gibraltar. Por no hablar ya de los infinitos desplantes que se han hecho a nuestro ciudadanos y empresas en países «hermanos», como Argentina, Bolivia o Venezuela, donde el Gobierno español lo único que sabe es ofrecer un pañuelo a los damnificados para que se sequen las lágrimas.

La única realidad es que el peso de España en la escena internacional no ha hecho más que disminuir desde que Moratinos se hizo cargo de su política exterior. Sus colegas europeos desconfían de él por considerarle antiisraelí y procastrista. Mientras en Gaza, la Habana y Caracas, le desdeñan por considerar que la política exterior española está sometida, hoy más que nunca, a la de Washington. Por si ello fuera poco, acaba de sufrir dos señaladas derrotas. En Honduras, su apoyo incondicional al ex presidente Zelaya nos deja sin representante en aquel país y con un nuevo presidente resentido con España. Mientras en Chile, la más que probable llegada al poder de un conservador que pone fin a la era post Pinochet, deja al Gobierno español, como vulgarmente se dice, colgado de la brocha.

En resumen, que la España democrática alcanza con Moratinos su nivel más vulnerable y menos influyente en la arena internacional, situación por cierto que coincide con la de su escena interior.

Y no les digo nada cuando conozcan de cerca a Zapatero en Bruselas.


ABC - Opinión

La paz de Rodríguez y Gobierno ilegítimo Por Pio Moa

LA PAZ DE RODRÍGUEZ.

Dije en otra ocasión que el "rojo" presidente del gobierno actual tiene bastantes cosas en común con Hitler. Por los años 20 y 30, los rojos trataban de asaltar las democracias "burguesas" para instaurar dictaduras de izquierda.



Lo intentaron en muchos países, entre ellos España, en 1934. Los nacionalsocialistas o nazis, al contrario, utilizaron el sistema de libertades para alcanzar el poder y, una vez en él, demoler la democracia. En 1934, el PSOE combinó el asalto armado a la república con algunas tácticas nazis, y lo hizo deliberadamente, como sabrá quien haya leído Los orígenes de la guerra civil. Pero es evidente que el ensayo más completo ha sido el actual. Desde el poder, Rodríguez y los suyos se han aplicado a liquidar la legalidad, vaciando de toda sustancia las instituciones, hundiendo el espíritu de reconciliación que caracterizó el comienzo de la actual democracia y poniendo en riesgo creciente la unidad de España. Proceso cuyos frutos envenenados percibe cada día todo aquel que no quiera cerrar los ojos y sobre el que he hablado abundantemente, por lo que no voy a extenderme ahora. Esta forma de ejercer el poder ilegitima tanto a Hitler como a Rodríguez, pese a haber llegado al gobierno de modo formalmente legal.

Otra semejanza entre los dos personajes es su afición a llenarse la boca con la palabra "paz". Pues las agresiones de Hitler se perpetraron bajo el lema y cobertura de la paz, la autodeterminación y similares, y los desmanes del actual presidente siguen la misma tónica.

Hay una tendencia inconsciente a creer que las palabras invocadas por los políticos reflejan la verdad de sus creencias y prácticas, pero en muchos casos la verdad es la contraria. Ya en la oposición patrocinó Rodríguez el Rojo la toma, a menudo violenta, de la calle, con destrozos de mobiliario urbano, asalto a supermercados y a sedes del PP, etc. Su llegada al poder vino inmediatamente precedida de una explotación indecente, violenta, embustera y golpista de la matanza del 11-m. Y seguida de la recompensa a los presuntos autores de la masacre mediante la retirada de tropas que en Irak ayudaban a los irakíes contra asesinos parecidos a los de Madrid, fueran estos islamistas o no.

Con motivo de los chanchullos del gobierno en el caso del Alakrana, Rodríguez ha acusado a sus críticos de querer resolver los conflictos por medio de la fuerza y no de la negociación. Pero hay formas legítimas e ilegítimas de emplear la fuerza, y negociaciones legítimas y otras que pueden ser criminales. Así, por ejemplo, la negociación con los asesinos de la ETA a costa de la legalidad, de las víctimas, de la unidad de España, es solo una criminal colaboración con el terrorismo que justifica y premia el asesinato como forma de hacer política. ¿Dónde está ahí el carácter pacífico de la política del Rojo? Y sin embargo, en el colmo de la infamia, ha bautizado esa colaboración como "proceso de paz".

Así, la política de subvencionar generosamente el desenterramiento de viejos odios a base de falsificar la historia, ¿qué tiene que ver con la paz? Tanto como el propio gobierno con la honestidad o la libertad. Nada de pacífica tiene, asimismo, su "alianza de civilizaciones", como bautiza su apoyo a tiranías como la de Castro y muchas otras de izquierdas. Y nada de pacífica, sino de muy alarmante para el futuro, tiene su apoyo tácito a las infracciones legales de los nacionalistas catalanes, que, como en verano de 1934, se han situado ya al margen de la ley, o del residuo de ella.

Una sociedad, compuesta de tendencias, intereses e ideas contradictorias, se mantiene en pie gracias a la ley. En 1934 y 1936, las izquierdas destruyeron la legalidad de la república y ello ocasionó la guerra civil. Hoy asistimos a un proceso similar, cuyo desenlace ignoramos, pero que solo puede ser desastroso. Si no es detenido a tiempo, algo que el PP ha renunciado a hacer.

ANTE UN GOBIERNO ILEGÍTIMO

Recordaré los puntos que hacen ilegítimo al gobierno español actual. Para empezar, su origen está estrechamente ligado a la mayor matanza terrorista perpetrada en Europa. Y no porque ella aumentase la votación a su favor (Rajoy había perdido gran parte de la ventaja con que había emprendido la campaña electoral), sino por la explotación violenta, calumniosa y demagógica que hizo el PSOE de la matanza y el premio que a continuación dio al terrorismo islámico, supuesto perpetrador de la misma. Pero en el ejercicio del gobierno, Rodríguez y los suyos han ido mucho más allá. Su llamado "diálogo" con los asesinos etarras ya era de por sí ilegal, y aumentaba su ilegalidad al convertirse en franca colaboración con la ETA, a la cual entregó reconocimiento nacional e internacional, dinero, sabotaje a la persecución judicial, reducción drástica de la persecución policial, silenciamiento de las víctimas y, sobre todo, el estatuto catalán, clamorosamente contrario a la Constitución.

Solo estas fechorías –coherentes con el nefasto historial del PSOE, causante principal de la Guerra Civil– muestran la clase de partido que está en el poder, y lo deslegitiman. Pero ha ido aún más allá con su ley llamada de memoria histórica, en realidad de exaltación de la cheka. Dicha ley tiene un doble objeto: por una parte, legitima a los asesinos del terror izquierdista antes y durante la guerra civil, y también, cómo no, a los etarras, presentando a unos y otros como "víctimas", igualándolos a los inocentes que también cayeron en la represión de derechas. Es difícil imaginar una ley más infame, amparadora del crimen, una ley contra el más elemental sentido de la justicia, que califica plenamente a sus promotores.

El segundo objetivo de la ley es la deslegitimación radical del franquismo, y por ello de cuanto procede de él, es decir, la democracia y la monarquía. Esa ley anula el espíritu y la letra de la transición, así como la reconciliación alcanzada bajo aquel régimen, que permitió, precisamente, la evolución relativamente tranquila a una relativa democracia. Esa ley pesa como la mayor amenaza involutiva sobre nuestra convivencia en libertad, unida a la corrosión de la independencia judicial y al arruinamiento de la Constitución por medio de hechos consumados. Ruina en la que colabora el PP de Rajoy.

Durante años, la mayor parte de la gente ha preferido cerrar los ojos ante estos desmanes o buscarles atenuantes. Pero admitirlos es admitir la bananización de la democracia alcanzada en la transición, democracia defectuosa pero en vías de enmendarse por el Pacto por las Libertades y contra el Terrorismo. Es admitir que la política se convierta en una especie de patio de Monipodio, en el que la ley solo sirva como motivo de irrisión.

¿Qué puede hacer el ciudadano? Un gobierno ilegítimo, en vías de transformarse en régimen gracias a una seudo oposición, puede y debe ser resistido por aquellos para quienes la libertad política significa algo. José Alcaraz, presidente de la AVT antes de que el PP de Rajoy la redujera a la impotencia, habla a menudo de "rebelión cívica". Esbozos de tal rebelión fueron las masivas manifestaciones de hace unos años, que Rajoy, una vez más, se encargó de anular. Los ciudadanos tienen dos vías: o someterse quejumbrosamente u organizarse a distintos niveles y con objetivos parciales. Pero además es preciso pasar de la mera crítica y elaborar un programa de regeneración democrática que oponga a la demagogia y confusionismo hoy reinantes un análisis preciso de la situación y unas medidas claras y sencillas para corregir las derivas de estos años. Como dije, el mayor delito del actual gobierno fue transformar el Pacto por las Libertades y contra el Terrorismo en pacto con el terrorismo y los separatismos contra las libertades y la integridad nacional. Aquel Pacto marca la orientación general, y debe desarrollarse.


Libertad Digital

domingo, 3 de enero de 2010

Temblor en Europa. Por Alfonso Ussía

Tiembla Europa, nieve aparte. El turno semestral ha llegado a La Moncloa. Lo intuí cuando veía el Concierto de la Filarmónica de Viena. Aparente alegría pero hondas miradas de preocupación en los miembros de la orquesta. Los del oboe tenían la mirada perdida. No es fácil ser austriaco, alemán o luxemburgués y amanecer de golpe presididos por Zapatero. Menos mal que le han puesto dos ejecutivos, presumiblemente competentes, y que la presidencia de España nace devaluada. Dicen que lo más divertido que puede suceder en un dormitorio noruego es que se caiga el edredón.

Todos cayeron en la noche de entreaños, pero no de diversión, sino de susto. Y nadie sabía aún de las intenciones del desajustado español. Hoy las ha confirmado: «Acepto el reto de sacar a Europa de la crisis». No es capaz de sacar a España y acepta el reto de sacar a Europa, que es reto sencillo, por cuanto la mayoría de las naciones ya están en plena recuperación. Europa es muy suya, pero de ahí a maltratarla, resta un largo trecho. He pensado en lo que habrán experimentado al leer las manifestaciones de Zapatero las familias de la potente clase media europea.


Los Williams en Londres, los Mc Intosh en Edimburgo, los Lambert en París, los Moronesi en Roma, los Rodrigues en Lisboa y los Braun en Berlín, por no seguir con todos. Estupor. «Zapatero nos quiere sacar de la crisis. Que Dios nos ampare». Hasta los Braun de Berlín, nada religiosos, se han amparado en Dios al leer las palabras de Zapatero.

Para mí, que nada entiendo de política europea y menos si la economía anda de por medio, que el principal objetivo de Zapatero tendría que ser sacar a España de la crisis. Imposible consecución mientras se dedique a despilfarrar el dinero público y endeudar a España hasta las orejas. Zapatero, por lo que está demostrando, no está dotado ni para presidir una comunidad de propietarios. Y no lo escribo con desprecio, porque quien firma este artículo, de presidir una comunidad de propietarios acabaría con todo, con la comunidad y los propietarios. Zapatero es una calamidad pública, y sólo cuando la calamidad ha invadido los hogares de millones de españoles, sus votantes se han apercibido del error de sus votos. Zapatero y una mayoría abrumadora de los miembros de su Gobierno, no son una broma. Ni una mala broma. Constituyen una tragedia, un despropósito y un sonriente camino hacia la quiebra total, no sólo la económica, sino la moral, la ética y la social. Zapatero no puede sacar a Europa de crisis alguna, porque ha metido a España en un áspero pozo de desesperanza y resentimiento. Zapatero no puede representar internacionalmente a Europa, porque Zapatero es partidario de sostener tiranías y dictaduras insoportables para cualquier amante de la libertad. Zapatero no puede moverse por Europa porque para decir «yes» necesita tres intérpretes. Zapatero es un desconsuelo encadenado, una ristra de improvisaciones y frivolidades, un barco a la deriva siempre a babor. Aquí estamos obligados por respeto democrático a soportarlo. Europa no se merece esta amenaza. Menos mal que le han puesto dos ejecutivos para restarle poder. De no ser así, ay de la vieja y puta Europa, pobrecita ella.


La Razón - Opinión

Cada uno en su sitio. Por Maite Nolla

Tarradellas pasará a la historia por haber dicho que los que vivimos en Cataluña somos ciudadanos de Cataluña, seamos o no catalanes, y Prenafeta será recordado por haber tenido que pagar un millón de euros de fianza para salir de la cárcel.

Este año se celebran elecciones autonómicas en Cataluña para que nada cambie. Les ahorraré un análisis pormenorizado, pero vayan haciéndose a la idea de que se va a tripitir el tripartit. CiU y PP no van a sumar sesenta y ocho, y aunque el PP pierda votos, ganará algún escaño si Rosa Díez o Ciudadanos no suman lo suficiente para repetir lo de 2006 y si los votos que pierda el PP van directamente a la abstención y no a estos partidos, que es posible, aunque parezca una contradicción. Tengo casi acabado un estudio en el que concluyo que lo mejor para el PP de Cataluña es no presentarse a estas elecciones y que les iré exponiendo en próximas entregas, como hace Recarte. Sólo un avance, ahora que aún están a tiempo de rectificar: nadie va a pactar con el PP ni que pueda. Únicamente una nanominoría en CiU estaría dispuesta a ello, eso sí, a cambio de nada; y cuando digo nada, digo ni un jefe de servicio en el Alt Pirineu. Pero como hacer pronósticos no se me da muy bien y ustedes ya saben que en Cataluña no se mueve una hoja, les hablaré de otra cosa.


La sociovergencia bajo fianza ha hecho que algunos periódicos remuevan en la biografía de los imputados. Yo lo he leído en e-notícies, y esque hace unos años se publicaron las memorias de Prenafeta, en las que se arrojaba sobre Josep Tarradellas una cantidad de odio similar a la que ha tenido que pagar en euros para salir de la cárcel. Le acusaba, entre otras cosas, de vendedor de azafrán, de manipulador, de enfrentar a las personas y de hacer todo lo posible para que no se aprobara el estatuto de 1979.

El pujolismo se encargó de hacer de Tarradellas una figura decorativa, a la que sólo se recordaba por su frase en el balcón de la plaza de Sant Jaume, desprovista de cualquier contenido político. Tarradellas no existe en el sistema educativo catalán. Ni en el periodismo ni para los historiadores. Yo no tengo autoridad para hablar de Tarradellas, así que para los que aún no lo tengan, les recomiendo el libro de Federico La ciudad que fue; un libro que explica lo que pudo ser y acabó siendo Cataluña, y el significado y la importancia de la expresión "ciudadanos de Cataluña".

El pujolismo no tuvo bastante con ignorar a Tarradellas, sino que se le tenía que difamar y humillar, y es que también se ha recordado estos días el sórdido episodio de la expulsión de Tarradellas de la residencia oficial, ejecutada por el pretoriano Prenafeta. El caso es que CiU arrasó con lo poco moderado del catalanismo que podía existir y el PSC asumió encantado esa herencia. Por ello, se quejaba igualmente el hijo de Jordi Solé Tura de que el nacionalismo –PSC incluido– no había tenido con su padre un reconocimiento público antes de su enfermedad; también recordaba que su padre intentó hacer ver a todos que sin la Constitución, Cataluña no sería ni una comunidad autónoma. El problema es que en su partido y en su propia familia –la consejera Tura es su sobrina– no han recibido esa herencia constitucional, sino que son profundamente anticonstitucionales. Y para ejemplo, el último ridículo discurso de Montilla.

Por extraño que parezca, el liberalismo español reivindica a Tarradellas y el nacionalismo catalán crea grupos de apoyo a Prenafeta en Facebook. Pero como el tiempo pone a cada uno en su sitio, Tarradellas pasará a la historia por haber dicho que los que vivimos en Cataluña somos ciudadanos de Cataluña, seamos o no catalanes, y Prenafeta será recordado por haber tenido que pagar un millón de euros de fianza para salir de la cárcel imputado por corrupción y por asociación para delinquir con un dirigente del PSC. Mejor vender azafrán.


Libertad Digital - Opinión

Zapatero se va a Bruselas. Por José María Carrascal

EL año empieza con dos buenas noticias. Zapatero asume la presidencia europea «decidido a impulsar la salida de la crisis» y el PSOE abandona el color rojo por el azul, mucho más europeo. Lo malo es que ninguna de las dos son del todo ciertas.

El azulado es publicidad televisiva, la presidencia, espejismo político. El verdadero presidente es el belga Herman Van Rompuy, nombrado al frente del Consejo Europeo, con la británica Catherine Asthon, como Alta Representante en política exterior. Zapatero es sólo el presidente de turno, cargo rotativo y provisional. Pero es que ni siquiera lo ejercerá en solitario. Debe compartirlo con sus dos sucesores, los jefes de gobierno de Bélgica y Hungría, a fin de coordinar sus políticas. Y por si ello fuera poco, todos sabemos que la política europea es cosa de dos, Francia y Alemania, con los ingleses a su aire y el resto a obedecer órdenes, que para eso reciben dinero. Incluso los italianos, siempre tan individualistas e imaginativos, no osan interpretar el papel de «prima donna» por saber que harían el ridículo. Algo que nunca ha asustado a nuestro presidente. Un buen ejemplo es que «va a impulsar la salida de la crisis». Si no ha sacado a España de la crisis, ya me dirán ustedes cómo va a sacar a Europa. Menos mal que hay allí mecanismos más estrictos que los nuestros, pues a la que se descuiden, se carga la Comunidad. Con que sonría, abra los brazos y afirme con la cabeza, como suele hacer por esos mundos, basta. Y para España, cuanto más tiempo esté fuera, mejor.

Ha debido costarle bastante hacerlo, dada su alergia al exterior, que le llevó a renunciar a una visita programada a Polonia «por estar cansado». Pero algún sacrificio tiene que hacer por nosotros. Y por él. La política exterior es el clavo ardiendo que le queda, tras fallarle cuanto ha hecho hasta ahora: la negociación con ETA, los nuevos estatutos de autonomía, lograr el pleno empleo -una de sus promesas electorales-, por no hablar ya de una crisis económica que empezó negando y ha manejado de forma tan desastrosa que nos ha precipitado al último lugar en todas las listas de recuperación, con algunos países del Este de Europa incluso superándonos. Pero con la visita de Obama, la presidencia europea y los parches que vayan poniendo Salgado y Sebastíán, planea resistir el primer semestre. ¿Luego? Luego, tras haber salvado Europa, espera que Europa nos salve a nosotros.

Hace justo un siglo, Ortega y Gasset decía en una conferencia pronunciada en la sociedad bilbaína El Sitio «España es el problema. Europa, la solución». Ese megalómano político, resentido histórico y mentiroso compulsivo que nos gobierna se atreve a decir hoy: Europa es el problema. Yo, la solución.

El primer chiste del año. Aprovéchenlo para reírse. Puede ser también el último.


ABC - Opinión

viernes, 1 de enero de 2010

jueves, 31 de diciembre de 2009

Algunos hombres buenos. Por Luis del Pino


En el juicio contra los oficiales del ejército que intentaron asesinar a Hitler el 20 de julio de 1944, el juez que presidía el tribunal dominó todo el proceso de principio a fin. El fue el único en realizar preguntas, en responderlas y en juzgar cada aspecto del caso. Fue requiriendo a los acusados, uno por uno, que confirmaran las acusaciones, porque, como el propio juez explicó, el juicio no se celebraba para determinar la culpabilidad de nadie ("Eso ya lo sabemos"), sino para que el crimen quedara patente delante de la opinión pública.


(The Holocaust's ghost: writings on art, politics, law, and education
F.C. DeCoste y Bernard Schwartz)


En 1948 se celebró en Nuremberg el juicio contra diversos miembros de la administración de Justicia alemana durante la época nazi. Si los nacional-socialistas ocuparon todos los resortes de poder en Alemania fue, en parte, con la activa complicidad de los jueces, cuyo comportamiento entre 1933 y 1945 fue, en general, execrable. Muchos jueces alemanes abrazaron con entusiasmo, bien por afinidad ideológica, bien por interés, la causa de Adolf Hitler. Otros, se unieron al partido nazi con resignación, por miedo a que sus carreras quedaran truncadas. Casi todos los restantes, se limitaron a aplicar leyes inicuas sin hacerse demasiadas preguntas y sin cuestionar demasiado su propia responsabilidad moral.

En aquel juicio de Nuremberg sólo se sentó en el banquillo un pequeño número de jueces alemanes. Tan sólo se procesó a algunos de los que más activamente habían colaborado con el régimen nazi, por ideología o por interés, en asesinatos revestidos de una falsa apariencia de legalidad.

Un ejemplo paradigmático de aquéllos que participaron de forma activa y entusiasta en la persecución contra polacos o judíos es el de Oswald Rothaug, presidente de la Corte de Distrito de Nuremberg. En una sentencia particularmente siniestra (una entre muchas), Rothaug condenó a muerte a Leo Katzemberger, jefe de la comunidad judía de Nuremberg, en aplicación de las leyes raciales que prohibían las relaciones sexuales entre judíos y arios. Como prueba de que Katzemberger había violado esas leyes, se aportó el testimonio de una persona que dijo haber visto a una chica alemana de 19 años... ¡sentada en las rodillas del judío! Aún así, la condena que correspondía por violar ese precepto concreto de las leyes raciales era la cadena perpetua, pero el juez Rothaug argumentó que Katzemberger y su amante alemana aprovechaban para sus encuentros amorosos los apagones que se llevaban a cabo durante los ataques aéreos, y condenó a muerte a Katzemberger aplicando un agravante que preveía la muerte para aquéllos que "sacaran partido de los esfuerzos de guerra".

Un ejemplo del segundo tipo de jueces, los que abrazaron la causa nazi por interés y no por identificación ideológica plena, es el de Franz Schlegelberger, que llegó a desempeñar diversos cargos en el Ministerio de Justicia alemán entre 1931 y 1942. Schlegelberger fue un extraordinario jurista y era un hombre enormemente respetado dentro de su profesión. Alegó en su defensa, durante el juicio de Nuremberg, que estaba obligado, como juez, a aplicar las leyes emanadas de los órganos correspondientes; que sólo se afilió al Partido Nacional Socialista en 1938 porque le obligaron a ello y que intentó mitigar en la medida de lo posible los efectos de las leyes nazis. Y para explicar por qué no renunció antes a sus cargos, adujo que, si lo hubiera hecho, otro peor habría ocupado su lugar (cosa que efectivamente sucedió cuando finalmente renunció a su cargo en 1942).

Pero el tribunal le condenó a cadena perpetua (posteriormente sería liberado en 1951) argumentando que nadie puede aplicar leyes que son manifiestamente injustas. El tribunal consideró que el hecho de que Schlegelberger aceptara ocupar un alto cargo en el Ministerio de Justicia alemán contribuyó a legitimar a un régimen sanguinario. Y, si bien reconoció que el acusado hizo intentos por suavizar la aplicación de las leyes nazis, le condenó porque no tuvo reparo en estampar su firma en sentencias aberrantes cuando el gobierno nazi le presionó para que lo hiciera; por ejemplo, en la sentencia donde se condenaba a muerte a un judío por "acaparar huevos" o en la sentencia en la que se absolvía a un policía de agredir a un judío "porque la condena hubiera sido perjudicial para la moral de la Policía".

Pero al lado de los Rothaug y de los Schlegelberger, y a pesar de la sumisión casi total de la judicatura al régimen nacional-socialista, también hubo jueces (muy pocos, es verdad) que abandonaron su profesión para no ser cómplices de los crímenes nazis. E incluso hubo algunos (poquísimos) que se atrevieron a continuar actuando como verdaderos jueces y a seguir los dictados de su conciencia. Mientras les dejaron.

Uno de esos héroes poco conocidos es Lothar Kreyssig, que ocupaba el cargo de juez en la ciudad de Brandemburgo. Profundamente cristiano, Kreyssig se atrevió a desafiar en público al régimen nazi en diversas ocasiones, abandonando por ejemplo una ceremonia judicial en la que se iba a descubrir un busto de Hitler; o protestando por las sanciones contra tres magistrados que no aplicaban con suficiente contundencia las leyes raciales, o criticando en voz alta esas mismas leyes aberrantes.

Al enterarse de que los enfermos del hospital mental de la ciudad estaban siendo sacados en secreto de la institución para ser eliminados, o para ser enviados a campos de concentración, Kreyssig dictó un auto ordenando la inmediata interrupción de aquellas prácticas y abrió una investigación. Las autoridades nazis le presionaron para que cerrara aquel sumario, pero Kreyssig se negó. Presentó contra los nazis una acusación formal de asesinato de personas mental o físicamente discapacitadas, ordenó que se paralizaran los programas de aplicación de las leyes de eutanasia nacional-socialistas y amenazó con abrir proceso al propio Heinrich Himmler, impulsor de esas medidas.

La consecuencia, evidentemente, fue que el Ministro de Justicia (que por aquel entonces era Franz Gurtner) apartó a Kreyssig de la carrera judicial, jubilándole anticipadamente. Sin embargo, los nazis no se atrevieron a adoptar contra Kreyssig medidas más contundentes, para no provocar una reacción en el estamento judicial que, aunque mayoritariamente pronazi, seguía siendo enormemente corporativista.

Los ejemplos de Rothaug, Schlegelberger y Krayssig ilustran que en todas las épocas hay gente de todo tipo. Hay gente abiertamente perversa. Hay mucha gente que es simplemente ruin o egoísta. Hay muchísima gente que simplemente es acomodaticia o se deja vencer por el miedo. Pero siempre hay también, incluso en las más difíciles de las circunstancias, algunos hombres buenos, capaces de jugárselo todo por defender lo que es justo.

P.D.: Feliz Año 2010 para todos los lectores.


Libertad Digital

lunes, 28 de diciembre de 2009

Chivatos ejemplares. Por Arturo Pérez Reverte

Tendemos, porque nos tranquiliza la conciencia, a echarle la culpa de todo a la clase política, a los empresarios, a los sindicatos, al clima, a la mala suerte y al lucero del alba. Cogido aparte, cada uno de nosotros resulta inocente como un cervatillo. Nadie es nunca responsable de nada. Asombra la facilidad con que el ser humano se justifica, absolviéndose a sí mismo de todo: las matanzas de armenios, los campos de exterminio nazis, la Lubianka y los gulags soviéticos, Paracuellos, los años del franquismo, el terrorismo de ETA, las fosas comunes de Camboya, los burdeles de prisioneras en Bosnia. Lo que se tercie. Luego resulta que nadie sabía nada, que los ciudadanos honrados miraban hacia otro sitio. Y todo acaban comiéndoselo los de siempre: el dictador, el psicópata, el miliciano incontrolado, el falangista rencoroso, el malvado Carabel que actuaba por su cuenta. Cuatro gatos, en suma. Los demás estaban todos al margen. Estábamos. Y cuando pasa la racha, todo cristo saca del bolsillo y exhibe en público el certificado de buena conducta correspondiente, y luego sale a la puerta de la oficina y de la tienda, muy serio, a guardar el correspondiente minuto de silencio. Parece mentira, decimos, mirándonos unos a otros con la limpia mirada de la solidaridad fraterna a toro pasado, que siempre sale barata. Qué malos eran.

Pensaba hoy en eso, recordando una historieta de hace cosa de un mes, que apareció fugazmente en la prensa y de la que nadie ha vuelto a ocuparse después: la del muchacho que asistía a una escuela de idiomas de Palma de Mallorca, y que tomando café con sus compañeros, fuera de clase, mostró su desacuerdo con la obligatoriedad de hablar catalán para trabajar en la sanidad balear. Al terminar el intercambio de opiniones, y tras dedicar al chico el inevitable epíteto multiuso de fascista, varios de sus compañeros fueron a denunciarlo a la profesora. Que era francesa, pero estaba aclimatada de maravilla; muy hecha, ya, al sitio donde se gana el jornal. Y ésta, claro, lo expulsó del centro. Con el respaldo de la dirección, por supuesto. «Se ha creado un mal ambiente en el grupo», fue el punto final. Y hasta luego, Lucas.

Ahora díganme que no es lo mismo. Que esos prometedores jóvenes que fueron a chivarse a la profesora eran, o son, diferentes a los que, con carnet de Falange Española Tradicionalista y de las JONS –obligatorio para todos, refresquen esa memoria histórica–, denunciaban hace setenta años al rojo de mierda que, contumaz, se mostraba en desacuerdo con la obligatoriedad de hablar español en vez de farfullar dialectos separatistas financiados por Moscú. Díganme también, de paso, si la mayor responsabilidad de que a ese chico lo expulsaran la tienen la profesora y la dirección del centro –esbirros, a fin de cuentas, de un sistema que les da de comer–, o la tienen los jóvenes compañeros que, a los veinte años, ya son capaces de actuar como ciudadanos ejemplares, dispuestos a limpiar la patria y el idioma de indeseables. Dirían algunos de ustedes, quizás, que no podemos elevar esto a otras categorías, comparando la actitud de esos muchachos con la de los ciudadanos alemanes que, en sus buenos tiempos del cuplé, denunciaban al vecino comunista o judío; o con la de los millones de delatores vocacionales o circunstanciales que, durante siglos, en España y fuera de ella, abastecieron las hogueras inquisitoriales, los paredones y cunetas de carretera, las cárceles y los innumerables caminos del exilio. Pero en mi opinión se trata del mismo reflejo infame: fundirse con el entorno que permite sobrevivir marcando el paso que toca. Eso, aplicando el beneficio de la duda. Porque hay otra lectura menos piadosa: ciertos gobiernos, determinadas convenciones sociales, tal o cual político o empresario, la profesora de la escuela de idiomas y los alumnos mismos, allí como en otros lugares, no son sino manifestaciones concretas, cristalizaciones perversas de lo que deseamos tener y lo que, en consecuencia, tenemos. Con nuestro voto y aplauso, y también con el silencio de los borregos, que no siempre es imbécil o cobarde, sino también cómplice. Ellos encarnan nuestros deseos. Nuestra turbia alma. Dicen lo que queremos escuchar y permiten hacer lo que anhelamos. Nos comen la oreja, y por eso están ahí. Por eso triunfan. Por eso duran tanto. Son nuestro infame retrato. Después, cuando la Historia pasa factura, tomamos distancia y negamos ser los que están en la foto, saludando alborozados puño alzado o brazo en alto, según la época, cantando a coro lo que toque. Llorando emocionados cuando pasa Fernando VII, llenándole a Franco la plaza de Oriente, pagándole el chiquito y la tapa a Iñaki de Juana Chaos, aplaudiendo al sinvergüenza del Cachuli en un plató de televisión, o lo que sea. Hay que ver, decimos, qué malos eran los malos, y qué tontos eran los tontos. Palabra oportuna, ésa: eran. Bálsamo de Fierabrás. Cómo nos gusta conjugar la cochina tercera persona del plural.


XL Semanal

Ni libertad ni seguridad en los aeropuertos

Si nuestros gobernantes se aferran tanto al poder como para no permitir que sea cada aeropuerto y cada compañía aérea quienes ofrezcan diferentes tipos de control, al menos deberían fijarse en un ejemplo que sí ha funcionado: el modelo israelí.

El eterno conflicto entre seguridad y libertad puede que sea el tópico más recurrente dentro de la filosofía política: cómo lograr un equilibrio que nos permita disfrutar con tranquilidad de una libertad que siga mereciendo tal nombre.


El atentado del 11-S y la necesaria guerra contra el terrorismo que le siguió se tradujeron alrededor del mundo en una mayor ponderación de la seguridad dentro de la acción política que llevó en muchos casos a inaceptables recortes en nuestra autonomía personal en beneficio de la del Estado (fenómeno que también se está reproduciendo hoy con la crisis y la búsqueda de una ficticia pero reconfortante "seguridad económica").

Uno de los escenarios donde ese recorte de libertades en aras de una mayor seguridad ha resultado más evidente fue aquel en el que se preparó el atentado: los aviones y los aeropuertos. Supuestamente, la falta de suficientes controles en los aeropuertos sirvió de coladero para los terroristas, que lograron acceder a los aviones con los instrumentos necesarios para reducir a la tripulación y dominar las naves.

La conclusión no fue que se volvía necesario que las propias compañías aéreas se adaptaran a las nuevas circunstancias y establecieran por sí mismas distintos protocolos de seguridad que, en competencias unos con otros, ofrecieran a sus clientes distintas combinaciones de seguridad-comodidad para ver cuál (o cuáles) resultaba preferible. Más bien, los gobiernos aprovecharon el pánico para expandir sus poderes imponiendo una única solución universal a un problema enormemente complejo y que acarreaba numerosas molestias –muchas veces de dudosa utilidad– para los pasajeros.

En realidad, el objetivo de ese protocolo universal nunca fue lograr resultados reales, sino aparentar que nuestros políticos habían aprendido la lección y habían puesto toda la carne en el asador para evitar errores pasados. Fue una puesta en escena para hacer creer a los ciudadanos que estaban seguros más que un protocolo de probada eficacia.

El atentado fallido de Al Qaeda en Detroit ha puesto de manifiesto que todo el recorte de libertades experimentado durante los últimos años ha sido en balde. El terrorista, ese niño rico occidentalizado llamado Umar Farouk Abdulmutallab –lo que de nuevo echa por tierra la demagógica interpretación zapateril de que el terrorismo es una consecuencia del subdesarrollo–, atravesó los controles de Ámsterdam sin levantar la más mínima sospecha y tuvo que ser su falta de pericia, unida a la rápida y acertada respuesta de la tripulación del vuelo 253, lo que terminó frustrando el atentado.

La respuesta de las autoridades ha sido la que cabía esperar de ellas: reforzar unos controles en buena medida absurdos y fallidos con tal de aparentar que tienen la situación bajo su dominio. Pero con tales medidas sólo han logrado lo que cabe esperar de estas hipertrofias desorientadas del Estado: que a quienes se termine apresando sean, no a unos terroristas que probablemente ya hayan aprendido como burlar este ineficiente protocolo universal, sino a ciudadanos inocentes. De hecho, no sería de extrañar que en las próximas semanas las autoridades pretendan dar una vuelta de tuerca a la seguridad aeroportuaria añadiendo nuevas restricciones todavía más absurdas que sólo causarán molestias adicionales a los pasajeros sin mejorar en nada su seguridad.

En realidad, es necesario someter este asunto a un replanteamiento de raíz. Si nuestros gobernantes se aferran tanto al poder como para no permitir que sea cada aeropuerto y cada compañía aérea quienes a distintos niveles ofrezcan diferentes tipos de control, al menos deberían fijarse en un ejemplo de gestión pública que sí ha funcionado: el modelo israelí.

En Israel los controles se orientan no tanto a desarmar a los terroristas cuanto a detectar y detener a los terroristas. El objetivo no es despojar a todos los pasajeros de todo "objeto peligroso", sino impedir el acceso a las naves de quienes pretenden cometer atentados. Para ello se implementan controles mucho más personalizados por parte de un personal experto en detectar rasgos y conductas que denotan una finalidad criminal. Es cierto que Israel sólo tiene un aeropuerto internacional y que existen dificultades prácticas para exportar su modelo a decenas de aeropuertos en el resto del mundo, pero el objetivo debería ser el de llegar ahí y no el de quedarse en la táctica cosmética de las medidas muy restrictivas e inútiles.

Claro que en Israel los gobernantes están verdaderamente preocupados por evitar los atentados y no por vender una falsa sensación de seguridad entre la ciudadanía que les permita justificar su sueldo y privilegios. En el resto de Occidente, también en eso estamos retrasados.


RLibertad Digital - Editorial

¿Adónde vamos?. Por Eduardo Serra

La Monarquía parlamentaria del Rey Juan Carlos y la Constitución de 1978 abrieron, aunque ya sea casi un tópico decirlo, el período de mayor prosperidad en paz y libertad de nuestra historia. En efecto, parece que España entró con mal pie en la Modernidad: después de haber sido un imperio, aunque corto, hemos tenido una larguísima decadencia con continuadas pérdidas territoriales que llega casi hasta nuestros días; Ortega lo dijo con una cita bellísima aunque cargada de nostalgia y pesimismo: «Hoy (España) ya es, más bien que un pueblo, la polvareda que queda cuando por la gran ruta histórica ha pasado galopando un gran pueblo...». Ese interminable declive nos hizo tanta mella que llegamos a perder la moral colectiva, el espíritu de superar las dificultades, llegamos incluso, y eso sí que ha llegado hasta hoy, a tener complejo de inferioridad respecto a los países de nuestro entorno, o al menos con algunos de ellos.

Estos últimos años de prosperidad han servido, por el contrario, para ir perdiendo progresivamente ese complejo, como se ha ido demostrando en los más diversos campos, desde la Cultura en sus más diversas manifestaciones al Deporte; en Economía ese proceso ha sido particularmente visible, citaré tan sólo dos ejemplos.

El primero es el de las inversiones; aunque parezca una obviedad, no es ocioso repetir que el que invierte es aquél que cree en el futuro, el que espera sacar provecho en él y por eso apuesta por él sacrificando el presente e invirtiendo. Por ello no es extraño que una vez superadas las secuelas más evidentes de la Guerra Civil, los primeros que empezaron a invertir en España fueran los extranjeros. Si se me permite el símil futbolístico pasábamos, en la frontera de los años 60 del siglo pasado, de la Tercera a la Segunda División: de ser un país en el que nadie invertía a ser un país en el que invertían siquiera fueran los extranjeros; ellos sí que tenían fe en el futuro de España mientras que aquí seguíamos pensando en el «¿y después de Franco, qué?». Esta corriente de inversiones extranjeras directas fue un factor fundamental junto con las remesas de los emigrantes y los ingresos del turismo para la creación de la riqueza colectiva. Con el tiempo, no sólo los españoles empezamos a invertir sino que nos atrevimos (eran los años posteriores a la entrada de España en la Unión Europea) a hacerlo fuera de nuestras fronteras, muy especialmente en Hispanoamérica donde los lazos culturales y la comunidad de lengua nos facilitaban la operación. El año 1997 es el primero en el que, continuando una gran corriente de inversión extranjera en España, superamos su montante con nuestras inversiones en el exterior convirtiéndonos así en un país de la Primera División económica. Incluso hemos llegado a ser algún año recientemente el 4º inversor económico mundial (por detrás tan sólo de Estados Unidos, Alemania y Francia), por tanto estamos en Primera División y además en los lugares punteros de la tabla, y ya no solo en Iberoamérica, en dos años hemos invertido en el Reino Unido (la cuna del capitalismo) más dinero que en diez años en América Latina.

El segundo ejemplo es nuestro proceso de convergencia en renta per cápita con la Unión Europea. Aunque las estadísticas difieran debido a la pluralidad de factores que puedan afectarlas (no es lo mismo la Unión Europea de seis que la Unión Europea de 27 o la existencia y montante de la economía sumergida), lo cierto es que en la segunda mitad del siglo XX España pasa de tener una renta per cápita aproximadamente igual a la mitad de la renta europea a alcanzarla e incluso a superarla ligeramente en los últimos años del siglo.

En conclusión, podemos constatar que la vida nacional de los últimos treinta años no sólo nos ha devuelto a lo que nunca debimos dejar de ser: una de las cuatro o cinco grandes naciones europeas, sino que nos ha pertrechado para hacer frente a los importantísimos retos que nos plantea el futuro, desde el cambio climático a la globalización y desde el papel o la posición de Europa en el mundo al requerimiento de un nuevo sistema de gobernanza mundial.

Sin embargo, en los últimos tiempos me preocupa observar en la sociedad española no ya un cierto cansancio, lo que sería lógico después de una carrera tan larga, sino también lo que es aún más preocupante: una cierta desmoralización y desesperanza colectivas.

Vuelven a aparecer los fantasmas del pasado y se empieza a pensar que esta última etapa puede no ser la de la superación definitiva de nuestras deficiencias históricas, sino una etapa más de las mismas. Surge así la comparación con otro período de progreso y prosperidad como fue la Restauración de Alfonso XII, con la alternancia en el poder de los partidos de Cánovas y Sagasta que, después de haber durado casi cincuenta años, se vino al traste y tras un golpe de estado y una efímera Segunda República, caímos en la peor de las guerras civiles de nuestra Historia.

Y en este momento de incipiente pesimismo y desmoralización es necesario, como siempre, volver los ojos a nuestra clase dirigente donde parece observarse una asimetría fundamental: nuestra clase dirigente económica, protagonista de las inversiones que antes hablábamos, ha sorprendido al mundo, a nosotros y quizás también a ella misma si contemplamos sus singulares logros: tenemos multinacionales españolas en distintos sectores económicos, bien sea tradicionales como el turismo, bien novedosos como las energías renovables, en los que somos un país puntero a escala mundial.

Por el contrario, en la esfera política nuestras actuaciones en el exterior no suelen estar por desgracia acompañadas por el éxito y en el interior la situación no es mejor; desde la conducción de la crisis económica al exacerbamiento de las tensiones disgregadoras. Puede que ello sea consecuencia de un fenómeno que empieza a llamar la atención de los observadores: de un modo cada día más acusado nuestros políticos, salvo honrosas excepciones, se enzarzan en discusiones que más que reflejar conflictos sociales los generan, ¿a cuánta gente le importaba la revisión que implica e impone la Ley de la Memoria Histórica?, ¿para cuántos catalanes era una prioridad la reforma de su Estatuto de Autonomía? Quizás este proceder sea consecuencia de que la sociedad española, como la del resto de Europa Occidental, se ha ido uniformizando como resultado de la ingente generación de riqueza, de las políticas redistributivas y de la existencia del Estado de Bienestar, y por tanto los partidos políticos ya no son trasunto o lo son cada vez menos, de verdaderos conflictos sociales; si ya no representan a clases sociales determinadas, tienen que generar mensajes de identificación-confrontación.

El espectáculo de unos actores políticos discutiendo estridentemente y sin resultados especialmente positivos en el escenario político y mediático mientras el patio de butacas (la sociedad) asiste atónito y angustiado al ver que no sólo no se resuelven sino que ni siquiera se ocupan suficientemente de los graves problemas a los que nos enfrentamos, es descorazonador y así lo reflejan las encuestas de opinión; por su parte, los medios de comunicación social, excesivamente alineados en un paralelismo con los partidos políticos claramente pernicioso, difunden y proyectan la imagen de división hasta tal punto que ésta puede llegar a calar -por enésima y desdichada vez- en el propio seno de la sociedad.

En definitiva y como conclusión, creo que teniendo tan frescos y recientes los espléndidos resultados de una acción unitaria o al menos concordada, la sociedad española no se merece este estéril espectáculo de nueva división y enfrentamiento. Es hora, pues, de retomar el camino en el que predomina el mirar al futuro y no al pasado y en el que el acento se pone en la unidad y no en la división.


ABC - Opinión

domingo, 27 de diciembre de 2009

La lealtad es cosa de dos. Por José María Carrascal

LA última cantinela del Gobierno es la «deslealtad del PP con las instituciones». «El PP no arrima el hombro», «el PP no hace más que criticar», repiten como muñecos de ventrílocuo desde el presidente a Leire Pajín. Lo que indica dos cosas: que su cinismo ha llegado a la desfachatez y que saben tan poco de democracia como de economía.

¿Cómo se atreve a tachar de desleal al PP alguien que se ha pasado cinco años tratando de echarle de la escena política, de establecer un «cordón sanitario» en su entorno, de firmar pactos con los demás partidos para no llegar a ningún acuerdo con él? Y ahora, cuando las cosas vienen mal dadas, pide su ayuda y le llama desleal por no prestársela. Según tal teoría, la lealtad consiste en machacar al otro cuando las cosas me van bien y reclamar su apoyo cuando me van mal. Algo que no funciona en la política ni en la vida. Pero es que, además, lealtad, en democracia, significa que cada uno cumpla con su papel. El del Gobierno, es gobernar. El de la oposición, criticar lo que el Gobierno hace mal. Que es lo que el PP ha venido haciendo. ¿Acaso tenía que haber aplaudido cuando el presidente prometió a los catalanes darles el Estatuto que quisieran? ¿O cuando se lanzó a unas negociaciones con una ETA maximalista? ¿O cuando dijo que no había crisis económica? ¿Tenía que respaldarlo entonces, como tiene que hacerlo ahora, cuando sus medidas no surten efecto? No, su deber es advertir de sus errores.

Pero este Gobierno, cuya malicia sólo es superada por su ignorancia, pretende, sin ni siquiera disculparse, que el PP se corresponsabilice de sus fracasos y le llama desleal por no hacerlo. Cuando nadie ha sido más desleal que él. «Ha engañado a todo el mundo», dice Pujol de Zapatero. Por eso no le cree ya nadie. ¿O acaso hay que considerar leal al PNV por apoyar unos presupuestos que antes había criticado? Eso no es lealtad. Eso es vender sus votos a cambio de pingües beneficios, que pagaremos a escote el resto de los españoles. Eso sí que es deslealtad con España.

En su alocución navideña, el Rey pidió la unidad de las fuerzas políticas para resolver los enormes problemas con que se enfrenta el país. Era su deber. Pero la lealtad es un camino de doble dirección y, hasta ahora, Zapatero sólo ha circulado en la suya. Si quiere demostrar que es de verdad leal a las instituciones, lo primero que tiene que hacer es dejarse de alianzas con quienes intentan romper España y formar gobierno con el principal partido de la oposición, como hicieron los alemanes ante la emergencia nacional que suponía absorber los 17 millones de compatriotas del Este. Hoy, en España, se trata de absorber los 4, camino de 5, millones de parados. Mientras no haga eso, pensaremos que estamos ante otra de sus triquiñuelas. O deslealtades.


ABC - Opinión