jueves, 25 de noviembre de 2010

Hagan sitio, señores. Por Fernando Fernández

Si el Gobierno no se atreve a aplicar un plan de estabilización como el de 1958, que se quite de en medio.

LA economía española se tambalea castigada por la crisis de la deuda europea y no se trata de insistir en lo que no somos, sino en hacer realidad lo que decimos querer ser. El gobierno de coalición irlandés se resquebraja y la bomba de relojería que supone una imperfecta Unión Monetaria puede saltar por donde nadie lo esperaba. El guión oficial apuntaba a España o Italia como escenarios de la partida definitiva. Por tamaño, historial y también, por qué no, por su carácter pasional, se temía que un gobierno mediterráneo fuera incapaz de asumir los exigentes compromisos que supone el euro y cayera víctima de la tentación populista. Pero la inestabilidad política irlandesa, la obcecación europea y el crónico sectarismo de nuestro Gobierno, más preocupado en culpar al PP que en responder a la realidad de unos mercados financieros que se han secado para España, amenazan con precipitar los acontecimientos.

La Unión Europea es una construcción llena de matices, con un indudable éxito político y económico, pero escasa presencia internacional y cero sentimientos. La hemos convertido voluntariamente en el tío de Alemania, el pariente rico que pagaba las facturas sin preguntar ni pedir explicaciones. A veces nos rebelábamos contra ella, hasta los pobres tienen dignidad, pero nunca llegaba la sangre al río porque los generosos fondos estructurales y de cohesión saciaban nuestras ansias de justicia. Además siempre se podía jugar con las normas y aplicar las directivas a nuestro ritmo y con exquisito respeto a los intereses políticos de los gobiernos de turno. Pero la Unión Monetaria es otra cosa. O hacemos como los chinos, aislamos la balanza de pagos y declaramos el euro moneda no convertible, o nos sometemos cada día al juicio de los mercados. La crisis nos pilló con la casa europea a medias, sin reglas fiscales, sin armonización bancaria y sin margen para hacer política europea de estabilización. Y con un Gobierno español instalado en la arrogancia del que no quiere ver la realidad. El resultado fue barra libre al gasto público en la vana esperanza de que el crecimiento económico retornara pronto. No ha sido así, como era perfectamente previsible. La crisis ha acentuado los desequilibrios y contradicciones internas de la Unión. Ésta se ha convertido para muchos ciudadanos europeos en el cobrador del frac, en el avaro sin conciencia ni compasión que nos exprime hasta la médula. Y ha expuesto las vergüenzas de una economía española que presumía de jugar en la Champions con dinero prestado.

Una gran parte de la clase dirigente europea ha sucumbido a la tentación de endosar a la Unión la responsabilidad del ajuste. Cuántas veces hemos oído a nuestro presidente decir «yo no quería pero me lo exige Europa». Esa Europa que lleva el neoliberalismo en su ADN. No nos sorprendamos ahora farisaicamente de que los irlandeses, como los portugueses y quién sabe si los españoles, puedan volverle la espalda a Europa. La crisis era real, la hemos gestionado fatal y tenemos un problema mayor. El Gobierno pensaba que tenía un par de fusibles en Irlanda y Portugal para llegar a las elecciones municipales y con un poco de suerte para entonces ya habría cambiado el decorado y la recuperación habría tomado cuerpo. Pero la descarga ha sido fulminante y ha cortocircuitado los mercados de crédito de tal manera que esto se parece cada vez más a una crisis de economía emergente. Si el Gobierno no se atreve a aplicar un plan de estabilización como el de 1958, un programa de ajuste típico del FMI, que se quite de en medio. Porque acabarán imponiéndonoslo.


ABC - Opinión

Crisis. El filo de la navaja. Por Emilio J. González

¿Qué va a dar de sí, entonces, la reunión? Pues nada de nada. Todo quedará en un mero ejercicio de marketing de cara a una galería cada vez más despoblada mientras el presidente vuelve a demostrar que la economía española está en manos de un irresponsable.

El presidente del Gobierno ha convocado una reunión este sábado con las treinta mayores empresas y entidades crediticias de nuestro país. Evidentemente, la cita es la respuesta que Zapatero quiere dar al informe sobre las reformas que necesita España que algunos grandes empresarios presentaron recientemente al Rey. Pero mucho me temo que el encuentro no sea más que una nueva estrategia de cara a la galería, como es habitual con ZP, para tratar de dar la impresión de que las críticas que le dirigen desde el ámbito empresarial y las peticiones que realiza carecen de justificación. Con la economía al borde del abismo, el actual inquilino de La Moncloa, por tanto, sigue sin reaccionar y todo lo fía a su estrategia permanente de marear la perdiz y no hacer nada, como si con la que nos está cayendo en los mercados eso todavía sirviera tan siquiera para ganar tiempo.

Zapatero, de entrada, establece que el objetivo del encuentro será movilizar la economía y la inversión españolas mediante la apertura de nuevos mercados y la consecución de pedidos en el exterior a través del Gobierno. Y esto lo plantea un presidente que se ha caracterizado en todos los años que lleva en el poder por dar la espalda a los intereses económicos españoles en el exterior y dejar vendidas, en todo momento, a nuestras empresas, guardando silencio cuando tipos como Chávez, Morales o Corredor han abusado y abusan de las compañías con pasaporte español que operan en Venezuela, Bolivia o Ecuador. Este es el presidente que ahora pretende abrir o ampliar mercados para ellas, cuando siempre ha renegado de que la diplomacia española tenga que defender los intereses económicos de nuestro país. Además, para poder lograrlo hace falta prestigio internacional, que es algo de lo que Zapatero está huérfano a todas luces.


Lo que le preocupa a las empresas, sin embargo, es algo muy distinto. Actualmente, nuestras multinacionales, pese a ser compañías globales para cuya cuenta de resultados España no es más que una región –lo mismo que para las multinacionales que operan en nuestro territorio–, los mercados financieros se han cerrado porque las consideran cien por cien españolas y, por tanto, afectadas por los mismos problemas que están provocando el nuevo castigo de los mercados. Esa es una de sus principales inquietudes, pero ¿qué les puede decir un Zapatero sin credibilidad alguna e incapaz de tomar una sola decisión? Porque lo que tiene que hacer el Gobierno es anunciar este mismo viernes un amplio tijeretazo al gasto público, concretado por ministerios, programas y administraciones, autonomías y ayuntamientos incluidos; cuantificado en cifras y con entrada en vigor este mismo fin de semana, con el objeto de empezar de verdad a enviar a los mercados mensajes de calma y de seriedad. ¿Lo va a hacer? Ni lo sueñen.

Con lo de la reforma laboral ocurre tres cuartos de lo mismo. Las empresas piden a gritos, sobre todo las pymes, tanto el abaratamiento del despido como la reforma de la negociación colectiva, con el fin de crear las condiciones necesarias para que pueda volver a generarse empleo y, de esta forma, reducir el paro, estimular el crecimiento y recortar el abultado déficit público por la vía de los ingresos. Sin embargo, conviene recordar en este punto que, en las pasadas negociaciones sobre la reforma laboral, el Gobierno trazó sendas líneas rojas en lo relativo a esas demandas y se negó a actuar en consecuencia influido por esos sindicatos cuya reforma también piden los empresarios. Dudo mucho de que el Ejecutivo vaya a cambiar ahora de postura justo cuando trata de recomponer sus relaciones con UGT y CCOO y menos aún con unas elecciones municipales y autonómicas a la vuelta de la esquina. El mismo argumento es válido para la reforma de las pensiones.

¿Y la reforma del sistema electoral para que en España puedan surgir mayorías parlamentarias que no tengan que depender de los nacionalistas, con todo lo que ello implica? Pues teniendo en cuenta que Zapatero se mantiene en el poder gracias al PNV y a Coalición Canaria y que pretende acercarse a CiU para aislar al PP, aquí tampoco va a hacer nada, porque lo que Zapatero tiene claro es que va a hacer todo lo posible por seguir en la poltrona presidencial hasta el final de la legislatura, le cueste lo que le cueste. Acceder a esa petición supondría muy probablemente la caída inmediata de su Gobierno, provocada por quienes hoy le sostienen, y eso ZP jamás lo va a permitir. Como tampoco va a permitir un sistema de listas abiertas en el que cada diputado tenga de verdad que dar cuenta de su gestión ante los electores de su circunscripción porque entonces serían los propios socialistas los que inmolarían a Zapatero para tratar de salvarse ellos in extremis.

¿Qué va a dar de sí, entonces, la reunión? Pues nada de nada. Todo quedará en un mero ejercicio de marketing de cara a una galería cada vez más despoblada mientras el presidente vuelve a demostrar a los mercados que la economía española está en manos de un irresponsable y un incapaz, político y psicológico, que, ante la que está cayendo en los mercados prefiere seguir caminando por el filo de la navaja.


Libertad Digital - Opinión

Lo peor del Gobierno. Por M. Martín Ferrand

Ante una crisis tan económicamente profunda y socialmente dañina no se puede andar con paños calientes.

MIGUEL Ángel Fernández Ordóñez, MAFO, gobernador del Banco de España, tiene tanto talento como tuvo su ya desaparecido hermano Francisco, el creador, con UCD, de la reforma fiscal que, con la Constitución, significó la mayor de las transformaciones experimentadas en aras de la Transición. En el franquismo solo pagaban impuestos, y pocos, cuatro panolis. Era un sistema político «gratuito» para los ciudadanos y de ahí buena parte de sus éxitos y la razón primera de su perdurabilidad. Lo que le pasa a MAFO es que tiene menos habilidad escénica, representativa, que su hermano. Durante los últimos tres años, los de la llegada y aterrizaje de la crisis que nos empobrece y anonada, debió hablar continuamente y señalar la desmesura de las Cajas, la alegría de los Bancos y la ligereza de los planteamientos económicos del Gobierno. Guardó silencio. Ahora, ignoro si arrepentido, empujado por los acontecimientos o aterrorizado ante la que se nos viene encima, le ha dado por hablar. Más vale tarde que nunca, dicen los conformistas.

Está claro que lo peor del actual Gobierno de España, incluso por encima de su falta de rumbo y proyecto, reside en su falta de credibilidad internacional. José Luis Rodríguez Zapatero ha cambiado tanto de planes, ha dicho y se ha desdicho tantas veces, que en el ámbito de la UE no es el hazmerreír en jefe porque hay mucha competencia para el cargo; pero son pocos quienes le toman en serio y le valoran como debiera serlo el primer ejecutivo de una Nación como España. Por eso resulta oportuno que MAFO, recuperado de sus muchos silencios —unos culpables y otros cómplices—, pida, por doloroso que resulte, que se acelere la reforma de las pensiones. Ello serviría, dice, «para reafirmar el compromiso del Gobierno con la disciplina presupuestaria y con su capacidad para efectuar reformas de calado».

Ante una crisis tan económicamente profunda y socialmente dañina no se puede andar con paños calientes ni aplazamientos interesados o sentimentales, desde los que inspira el calendario electoral a los que marca la Navidad. Hay que obrar con energía. La demora nunca tuvo virtud terapéutica alguna, todo lo contrario. Los pactos de estabilidad y semejante tipo de zarandajas no sanarán la enfermedad. Hay que actuar. La credibilidad será el primer fruto y la rebeldía social que, sin duda, provocarán los recortes que exige el sistema, entran en el sueldo de quienes lucen la púrpura del poder. Cualquiera puede resultar simpático, pero muy pocos resultan eficaces. ¿Se trata de que cada uno se lleve a Zapatero a su propia casa o de considerar su relevo en los próximos comicios?


ABC - Opinión

Izquierda. El pueblo como basura. Por Cristina Losada

Es argumento reiterado por los partidos de izquierda que las propuestas restrictivas con la inmigración son "electoralistas"; gustan a la gente. Vaya opinión que tienen del pueblo. Están convencidos de que alberga repulsivos instintos y sentimientos.

En sus años de diputado en Madrid, Joan Herrera ha conocido a gente –es lo que tiene esa ciudad– y ahora sus nuevos amigos le han sacado un manifiesto favorable, que es lo que tienen por costumbre los artistas que todos conocemos. Para qué nombrarlos. Ayer firmaban y refirmaban por Zapatero y hoy firman por Herrera, el "ecosocialista", para no entendernos. Aunque, precisemos, desde la distancia: si vivieran en Cataluña, este domingo votarían por él. La deslocalización del "mundo de la cultura" también es un problema.

Me ha gustado el argumento de un veterano en el oficio de compañero de viaje, Juan Diego, quien declara: "Si perdemos la dignidad de ser de izquierdas nos convierten en basura, y Herrera no pierde esa dignidad". Con qué cuidado ha evitado decir "nos convertimos en basura". De qué manera se elude responsabilidad por haber apoyado a Zapatero. La suprema dignidad de ser de izquierdas tiene una virtud envidiable: uno nunca sale enfangado de los tratos con la realidad. La basura está en otra parte.


El candidato Herrera daba una pista al respecto. En el debate de los seis candidatos, al reprocharle al PP sus propuestas sobre inmigración, afirmó que la "política del odio" saca votos en los barrios. De hacer caso a nuestro "ecosocialista", los barrios catalanes están poblados por personas predispuestas a odiar a los inmigrantes y a votar a quien prometa mano dura contra ellos. Cree, entonces, que muchos de sus conciudadanos son racistas declarados o en potencia a los que habrá que reeducar, naturalmente. Cierto que podía haber sido un desliz, pero no. Es argumento reiterado por los partidos de izquierda que las propuestas restrictivas con la inmigración son "electoralistas", esto es, gustan a la gente. Vaya opinión que tienen del pueblo. Están convencidos de que alberga repulsivos instintos y sentimientos.

La cuestión trasciende la anécdota y nos asoma a uno de los rasgos más desagradables de la izquierda. Téngase en cuenta que la mala voluntad del hombre siempre se ha interpuesto en la realización de las buenas intenciones de la elite iluminada. Por algo los regímenes comunistas trataban a la gente –y tratan los que aún perviven– como basura. Allí la mandaban directa al gulag. El ecosocialismo la envía al reciclaje. Todo está en la "dignidad de ser de izquierdas". La superioridad moral implica la inferioridad de los demás. La basura está en casa.


Libertad Digital - Opinión

¡Que vienen los separatistas!. Por Edurne Uriarte

José Montilla ha hecho de la alerta sobre el independentismo de CIU su mensaje de los últimos días.

El grito de alarma no es de los nacionalistas españoles, como alguien pudiera pensar, sino de José Montilla que ha hecho de la alerta sobre el independentismo de CIU su mensaje de los últimos días. Cuidado con CIU que es más independentista que autonomista y vigilen ustedes al PP que parece dispuesto, vaya escándalo, a investir un presidente independentista que «sí quiere romper España» (sic, en entrevista en este periódico).

Y lo dice el hombre que ha gobernado con el ala más radical del nacionalismo catalán, el genuino, ERC, y el adosado, ICV. El hombre que ha amenazado con rebeliones institucionales porque el Constitucional no les ha aprobado un Estatuto separatista. El que impulsa, junto a Zapatero, un proyecto de reforma del poder judicial para trampear la sentencia del Estatuto. Y el que explica que él es español, pero no españolista, eso es cosa de la derecha, sino federalista.
Es el mensaje a la desesperada de un partido que no sabe cómo contener el abandono de sus votantes. Que no sólo castigan al PSC por la gestión de la crisis, en Cataluña y en toda España, sino por su gobierno tan o más nacionalista que los del independentista CIU. Y que dejan a los líderes del PSC en una situación de imposible ideológico creado por ellos mismos.

Puestos a optar por gobiernos nacionalistas e independentistas, los catalanes tienen mucho dónde elegir. Pero, puestos a escoger entre otras alternativas, el propio PSC se ha encargado de demonizarlas como anticatalanas o catalanófobas. De sacar fuera de la buena y aceptable sociedad catalana a los populares y a Ciutadans.
Y lo del federalismo es otra trampa, conceptual, en este caso, para enmascarar un mensaje puramente nacionalista. Para ser lo mismo que el independentista CIU. Y para que los electores tengan solo dos opciones, la nacionalista, con Montilla incluido, y la de los disidentes del PP y de C´s.


ABC - Opinión

El Tripartito se despide con una decisión de cercanías. Por Antonio Casado

Ayer se celebró en Barcelona la última reunión ejecutiva del Gobierno Montilla, antes de entrar “en funciones” y antes de que el próximo domingo se oficie el funeral por el "Tripartito". No consta que ninguno de los consejeros asistentes padeciese el síndrome de la cámara oculta. Una prueba más de que el “Tripartito” ha entrado en coma y ya no siente ni padece. Porque nadie en su sano juicio hubiera dejado de preguntarse ¿Dónde está la cámara?, si por un azar del destino hubiera tenido ocasión de asistir al debate y aprobación del nuevo decreto de la Generalitat sobre alojamientos turísticos catalanes.

El decreto dispone que ningún establecimiento hotelero podrá obtener la máxima calificación oficial si no incluye en los desayunos “productos de cercanías”, como el pan con tomate o los típicos embutidos catalanes. Ustedes sí que son de cercanías, señores consejeros. Todos. El de Innovación, Universidad y Empresa, Joseph Huguet (ERC), que ha tenido la ocurrencia, y quienes le han dado luz verde para llevarla al boletín oficial de la Generalitat, sin haber considerado la posibilidad de estar siendo víctimas en el juego de la cámara oculta.


Y no lo eran, oiga. La cosa iba en serio. Ahí estuvo el propio Montilla explicando la aportación del nuevo reglamento hotelero a la seguridad jurídica de usuarios y operadores. A lo mejor tiene razón, vaya usted a saber, porque uno no conoce la textualidad del decreto, pero es inevitable desviar la atención hacia semejante extravagancia. Ya lo saben ustedes: si un hotel quiere superar la calificación de las cuatro estrellas y alcanzar las nuevas categorías de “Cuatro estrellas superior” y “Gran Lujo”, tiene que incluir en el desayuno los platos de la tierra. Pan con tomate y embutidos típicos, entre otras cosas.
Es como un chiste surrealista relacionar la modernidad de Cataluña, como destino turístico, con la imposición por decreto del “pá amb tumaca” en los desayunos de sus mejores hoteles
Y para colmo nos lo venden como una decisión orientada a actualizar una normativa hasta ahora dispersa (de hecho deroga ocho decretos y cinco órdenes) y, atención, “obsoleta”. Es como un chiste surrealista relacionar la modernidad de Cataluña, como destino turístico, con la imposición por decreto del “pá amb tumaca” en los desayunos de sus mejores hoteles. Ni esa delicia, dicho sea de paso, ni ninguna otra, por supuesto, puede ser condición impuesta para determinar la calificación de un establecimiento hotelero en competencia con los secadores de pelo en los baños, los metros cuadrados de la habitación o la suavidad de los cojines.

Desde que se formó en diciembre de 2003 el “Tripartito” ha sufrido continuos sobresaltos (la excursión de Carod a Perpignan, la crisis del Carmel, el “3 por 100”, la corona de espinas, caso del Liceo, el impuesto revolucionario de Vendrell, las genialidades de Maragall, el gatillazo del Estatut, etc...), pero nunca la política catalana se había vuelto tan barata como en este final de trayecto, con una campaña electoral marcada por la vulgarización del sexo y otras estupideces como forma de atraer a las urnas a los catalanes que, por supuesto, son bastante más lúcidos y tienen bastante más sentido común que sus políticos.


El Confidencial - Opinión

ERC. Collonades. Por José García Domínguez

Los establecimientos que se quieran de cinco estrellas deberán ofrendar a sus clientes, amén de las hogazas mancilladas con esa verdura infame, un vasto –y basto– surtido de "embutidos de proximidad".

Hasta ahora, solo en las cárceles, las guarderías infantiles, los hospitales y los reformatorios, instituciones todas ellas donde los inquilinos permanecen recluidos contra su voluntad, era la autoridad quien decidía el menú de los internos sometidos a custodia. Pero, a partir de hoy, a ese inventario del totalitarismo gastronómico habrá que añadir el circo. Y no el Price, el Ruso o el de Manolita Chen, sino el catalán, tan justamente célebre en el mundo entero por la gracia sin igual de sus payasos. Así, los hermanos Tonetti del Tripartito han decidido clausurar la temporada artística local obligando a los hoteles de lujo a servir pan con tomate al prójimo.

En patriótica consecuencia, los establecimientos que se quieran de cinco estrellas deberán ofrendar a sus clientes, amén de las hogazas mancilladas con esa verdura infame, un vasto –y basto– surtido de "embutidos de proximidad". Requisito que quizá apele un régimen de almuerzos a base de butifarra de payés para los turistas árabes en tránsito por Barcelona. Aunque igual la norma se refiere al preceptivo desfile de chorizos catalanes a través de salones y comedores, con Prenafeta, Millet y Macià Alavedra encabezando la comitiva. En fin, habrá que esperar a la publicación del reglamento con tal de salir de dudas.

Tal es el alto cometido con que cierto Josep Huguet, el aún consejero de Industria, ahuyenta el ocio tras haber consumado otra gesta estratégica. Como bien habrá adivinado el lector, me refiero la cruzada liderada por el Gobierno de la Generalidad contra el comercio impune de muñecas flamencas y figuritas de toreros en las tiendas de souvenirs de las Ramblas de Canaletas. Gloriosa contienda en la que los mercaderes de la zona acabarían capitulando sin condiciones ante el ardor guerrero de ese Huguet, sujeto también conocido por alias de El Lenin de Manresa a raíz de otras mil hazañas de parejo calado cosmopolita. Por algo, cuando la República escribió el maestro Pla: "De vez en cuando, la gente pregunta: ¿en qué consiste la política de Esquerra? ¿En qué va a consistir? Pues muy sencillo: va a consistir en tres años de anarquía sindical, de predominio de las ideas de la Asociación de Viajantes y el correspondiente caviar". Mas las "collonades", le faltó añadir.


Libertad Digital - Opinión

El bombardeo. Por Ignacio Camacho

Con el riesgo-país en estado crítico la catástrofe puede ocurrir en horas; una situación así requiere gestos de liderazgo.

ESPAÑA está bajo un intenso bombardeo financiero y el presidente no sale del bunker. Las madrugadas son largas porque los mercados bursátiles no duermen y son capaces de arruinar a un país mientras está en la cama. El Estado se acuesta una noche con déficit y tal vez se levante al día siguiente en quiebra. Con el riesgo-país en estado crítico y la deuda pública en precios casi de estraperlo la catástrofe puede ocurrir en unas horas; los días parecen siglos bajo el cañoneo sin piedad de los acreedores. La banca española ha tenido que quedarse con los nuevos bonos porque no había manera de colocarlos en el extranjero; para ella puede ser un negocio pero el dinero invertido lo va a detraer de los ya muy escasos créditos. El Gobierno pretende aguantar el chaparrón sin moverse porque tiene la mirada puesta en el horizonte electoral de mayo y no se quiere jugar sus pocas bazas con más medidas de ajustes; esperar hasta la primavera podría parecer una actitud cándida si no fuese una dilación irresponsable. No nos van a dar tiempo; si no actuamos nosotros lo hará la Unión Europea, y en ningún caso va a resultar agradable.

Una situación tan grave requeriría gestos de liderazgo. Hablar claro al país, convocar a la oposición, negociar a cara de perro con los sindicatos. Brío, determinación, coraje. Zapatero permanece encerrado sin dar la cara y cuando lo haga será para tronar contra la voracidad de los especuladores y contra la falta de colaboración del PP. De nuevo está por detrás de los acontecimientos, que es lo peor que le puede ocurrir a un gobernante. La vicepresidenta apenas asoma la melena y ha delegado las explicaciones en su tríada de secretarios de Estado, que se multiplican pidiendo calma, acaso lo único que ahora mismo no tienen los mercados. El escueto mensaje oficial repite los argumentos de nuestra supuesta solvencia como una jaculatoria. Sólo el gobernador del Banco de España dice en voz alta lo que convendría hacer, pero a él no le corresponde tomar las decisiones. Mientras la cúpula del poder sigue bloqueada, Europa ha hecho los cálculos del rescate: 350.000 millones de euros, cuatro veces más que Irlanda, que nos van a cobrar en sangre. Sangre social, sangre de bienestar, sangre de estancamiento.

En realidad, el hieratismo del Gobierno ante esta crisis descomunal responde a un análisis de costes políticos, que son la prioridad del zapaterismo. Prefiere asumir el riesgo de otro ajuste impuesto desde fuera que tomar la iniciativa de nuevas reformas, porque si al final las dictan los socios de la unión monetaria el presidente siempre podrá victimarse y culpar al perverso mecanismo financiero internacional. Quizá podría bastar con un acelerón en las fusiones de las cajas y el replanteamiento real, sin maniobras dilatorias, del sistema de pensiones, pero eso destrozaría el calendario electoral. Puro voluntarismo; a día de hoy lo que debería calibrar el presidente es si bajo este turbión va a llegar incólume a las elecciones.


ABC - Opinión

Otra foto de propaganda

La reunión que el presidente del Gobierno ha convocado para el sábado con 30 grandes empresarios resulta muy sospechosa en la medida en que no se ve su utilidad real, más allá del efecto publicitario que pueda tener. A juzgar por encuentros anteriores con banqueros y constructores, no conviene crearse grandes expectativas. De entrada, el día elegido es inoportuno porque coincide con la jornada de reflexión de Cataluña, lo que supone una interferencia clara en la campaña al protagonizar los telediarios del día. Podrá argumentarse desde las filas socialistas que una foto de esa naturaleza, de Zapatero rodeado del núcleo del poder económico, tendrá un efecto sedante sobre unos mercados recalentados y mostrará al mundo que en España el Gobierno y las empresas hacen un frente común para salir de la crisis y volver al crecimiento. Pero es muy dudoso que los inversores sean receptivos a una foto de estudio, otra más, en la que, además, faltará inexplicablemente el ministro de Industria, departamento imprescindible cuando se habla de competitividad. En Europa prefieren la imagen real del día a día, que muestra una política económica titubeante, unas reformas que no acaban de concretarse y unos volúmenes de gasto público que se resisten al recorte. En el ámbito estrictamente nacional, tampoco resulta convincente la cumbre de Zapatero. Después de dos años largos de crisis y deterioro del empleo, el hecho de convocar a la flor y nata empresarial cuando la confianza en la economía española alcanza mínimos históricos sugiere que el presidente quiere diluir responsabilidades y parapetarse detrás del prestigo ajeno. Porque, veamos, ¿cuál es el objeto de la reunión?: Escuchar las inquietudes de las grandes empresas e implicarlas en la recuperación con más inversión, competitividad y creación de empleo, según dijo ayer el ministro de la Presidencia. Si ya resulta sorprendente que se convoque a unos empresarios para que expongan en privado lo que vienen pidiendo en público desde hace muchos meses, es todavía más asombroso que se les aconseje cómo hacer su trabajo. Si todos ellos son dirigentes de grandes multinacionales, respetadas y admiradas en el exterior, es porque han realizado y realizan una gestión sobresaliente. Por tanto, no es el presidente del Gobierno quien debe «implicar» a los empresarios, sino los empresarios los que deben convencer a Zapatero para que siga sus consejos. Claro que para eso no era necesario improvisar una cumbre: bastaba con releer las propuestas que viene realizando la CEOE desde el verano pasado, que son suscritas no sólo por el Ibex 35, sino por todos los medianos y pequeños empresarios. O también era suficiente con prestar atención a los análisis del Instituto de la Empresa Familiar, de Fomento del Trabajo y de los trabajadores autónomos, que conforman el tejido fundamental de nuestra economía y son los llamados a revitalizarla. En suma, al presidente del Gobierno le habría resultado mucho más util escuchar al PP, cuyas propuestas económicas coinciden con las empresariales, que organizar desayunos sociales en La Moncloa. España necesita que sus dirigentes hagan política con mayúscula, no efectos especiales.

La Razón - Editorial

Cerca de Irlanda

La debilidad de la deuda española y la vacilante gestión política suponen un riesgo para el euro.

La gravedad de la crisis irlandesa queda reflejada en toda su crudeza por la invocación del ministro alemán de Economía, Wolfgang Schäuble: "El euro está en juego". Sin caer en histerias, parece urgente que las autoridades económicas europeas dispongan de un plan para reconducir los ataques de pánico de los mercados, que ayer llevaron la prima de riesgo española a los 250 puntos básicos; un coste de financiación tan excesivo infunde temor sobre la solvencia de España. El euro está en juego porque la estabilidad de la deuda española lo está. La medida que calibrará el riesgo real del euro es la respuesta que den las bolsas y la deuda al ajuste de Irlanda, conocido ayer. Por el momento, Europa arde, desde Lisboa a Dublín.

El plan de austeridad irlandés se ciñe al protocolo de ajustes para tiempos de crisis. El esfuerzo es muy elevado (ahorro del gasto en 15.000 millones hasta 2014), recortes sociales, un tijeretazo importante en la burocracia (se desprenderá de casi 25.000 funcionarios) y una subida de impuestos cuyo mascarón de proa es el aumento del IVA. Más la puesta en almoneda de los bancos, causantes de la crisis. Los mercados concederán al plan la credibilidad que tenga la subida de ingresos (el recorte del gasto se puede simular) y la capacidad de gestión del nuevo Gobierno.


El miedo de Schäuble y del Gobierno español procede de una hipótesis endemoniada: si el plan irlandés y Angela Merkel no calman los mercados, la crisis de la deuda avanzará contra Portugal y España; y entonces ya no podrá atajarse. Merkel tiene el poder de pronunciar las palabras mágicas, con el permiso del Tribunal Constitucional alemán, que apaciguarían (de momento) el vendaval: los 85.000 millones de rescate no dependerán de una quita de los acreedores privados. Merkel desveló antes de tiempo su intención de hacer pagar (con quitas en la deuda) parte del coste de la crisis a quienes la crearon (fondos privados, especuladores, bancos de inversión); pero el análisis es correcto. Por supuesto, sería deseable que el BCE resucite y siga con las compras de deuda.

Pero el drama está en España, debido al abismo que media entre la amenaza que se cierne sobre su deuda pública y privada y la aparente impasibilidad del Gobierno. A pesar de la letanía oficial de que España no es Irlanda (una obviedad, aunque no sea más que por la excelente solvencia de los dos grandes bancos españoles), lo cierto es que ambos países tienen algún punto en común. Por ejemplo, la dependencia del ahorro externo. En contra de España juegan su déficit exterior, la elevada tasa de paro y la escasísima proyección de crecimiento. Hay dos factores que ensombrecen todavía más la confianza de los inversores sobre España. Uno es la débil estructura fiscal, que se hunde en periodos de recesión; el otro, la mediocre gestión del Gobierno, capaz de anunciar en falso una reforma de las pensiones, aplazarla después y condicionarla a un acuerdo con los agentes sociales, o de demorar las reformas financiera y laboral. Un lastre añadido es la pobre calidad política que perciben los inversores en el PP. El supuesto recambio no ofrece garantía alguna a los agentes de la inversión mundial.

La crisis irlandesa, se quiera o no, ya es asunto de España. Las finanzas públicas y privadas pueden salvarse de la quema (el margen de maniobra es escaso) si se anuncia ya una reforma de las pensiones; la ejecución inminente de las fusiones de cajas, propuestas para recortar los costes sanitarios a partir de 2011; y un compromiso político para rebajar deuda y gastos autonómicos. Las promesas hay que cumplirlas, y el Gobierno ha trasteado torpemente con las que hizo sobre pensiones, mercado de trabajo y reforma financiera, hasta perder mucho de su crédito.


El País - Editorial

Corea del Norte y la paz del mundo libre

Lo peor es que la dictadura comunista norcoreana no se limita a cercenar las libertades y a tener a su población en la miseria, sino que periódicamente muestra su hostilidad a sus vecinos y antiguos compatriotas, como evidencia el brutal ataque del martes.

Kennedy utilizó el ejemplo de las dos Alemanias para mostrar cuan distinto destino le esperaba a la gente, por mucho que tuvieran un mismo punto de partida, dependiendo de si disfrutaban de una democracia y una economía de mercado o padecían un régimen comunista, ajeno como tal a toda noción de libertad política y económica. Aun es más elocuente ejemplo de ello el caso de Corea, que continúa separada y enfrentada desde finales de la Segunda Guerra Mundial: mientras la democrática y capitalista Corea del Sur es uno de los países más prósperos y desarrollados del mundo, Corea del Norte es una de las dictaduras más férreas y totalitarias del planeta que somete a su población a recurrentes hambrunas.

Lo peor es que el dictador comunista Kim Jon-Il y su hijo y heredero Kim Jong-un no se limitan a cercenar las libertades y a tener a su población en la miseria, sino que periódicamente muestran su hostilidad a sus antiguos compatriotas, como evidencia el brutal ataque del martes contra la base militar que los surcoreanos tienen en la isla de Yeonpyeong y sus alrededores, que ha causado cuatro muertos, entre ellos dos civiles, decenas de heridos y numerosos edificios destruidos a causa de los incendios provocados por los más de cincuenta proyectiles lanzados.


Recordemos que el pasado marzo, un submarino norcorano ya torpedeó un buque militar de Corea del Sur, provocando la muerte de los 46 tripulantes que llevaba a bordo. La excusa que dio entonces el régimen comunista para justificar el ataque fue una inexistente violación de sus aguas territoriales; la de ahora consiste en considerar "provocativas" las maniobras militares en la isla surcoreana.

A pesar de que entonces no hubo la menor respuesta militar por parte de Seúl y de que la de ahora se ha limitado a responder con fuego de artillería a los ataques que estaba padeciendo, Pyongyang ha proseguido sus amenaza advirtiendo que lanzará sus misiles "sin piedad" contra sus vecinos si no se someten a sus dictados.

Aunque tanto Washington como Seúl vinculan estas provocaciones con los cambios en la cúpula militar norcoreana y con la sucesión del liderazgo a favor de Kim Jong-un, "un tipo muy peligroso e impredecible", raro será que este lo sea más que lo que lo ha sido su sanguinario y enloquecido padre y, sobre todo, no hay que perder de vista el programa nuclear que el régimen comunista no oculta y está apunto de completar. De hecho, el Gobierno de Pyongyang ya ha conseguido desarrollar bombas atómicas en las modernas instalaciones de Yongbyon, aunque aun carece de la tecnología necesaria para ensamblarlas en cohetes de largo alcance.

Bien está que la Casa Blanca trate de que China use la gran influencia que tiene sobre Corea del Norte para enviarle un claro mensaje de que tiene que cesar sus provocaciones. Bien está también que EEUU y Corea del Sur hayan acordado celebrar maniobras militares conjuntas en el Mar Amarillo, para lo cual se desplazarán a la zona cuatro buques de guerra estadounidenses, entre ellos el muy disuasivo portaaviones nuclear estadounidense George Washington. Con todo es mucho más lo que se ha de hacer para impedir que un régimen como el de Pyongyang se dote de armamento nuclear operativo. Ya es triste que seamos condescendientes con la diferencia señalada por Kennedy entre un país comunista y otro libre, pero lo que no podemos tolerar es que la diferencia radique en que uno sabe atacar y el otro no se sabe defender.


Libertad Digital - Opinión

El gran responsable

«No somos Grecia o Irlanda». «No necesitamos ayuda». «No somos insolventes». El discurso del Gobierno se limita a un simple «nosotros no».

NO hace falta profundizar mucho entre los análisis que circulan en medios económicos de reconocido rigor para descubrir que España ha entrado ya en el baile de números y de fechas. Números, en relación con el importe de un hipotético rescate financiero internacional. Fechas, en relación a cuándo cabe esperar que tal hipótesis sea verosímil. ¿Podemos preguntar acerca de la probabilidad del momento? ¿Podemos preguntar sobre sus consecuencias? ¿Podemos preguntar acerca de lo que es exigible al Gobierno para alejar semejante tragedia? ¿Podemos, por último, preguntar si ya hemos llegado tarde para que esté en nuestras manos evitar las consecuencias de semejante humillación? Podemos y debemos.

No tenemos todas las respuestas, pero se hace cada vez más evidente que podemos dibujar algunas. Basta comprobar el nivel alcanzado por los indicadores de alarma. Es suficiente escuchar los llamamientos a la calma y a la confianza que se lanzan desde el Gobierno. Los argumentos comienzan a estar plagados de negaciones. «No somos Grecia, Irlanda o Portugal». «No necesitamos asistencia». «No somos insolventes». Resulta que los argumentos de los que nos provee el Gobierno para poner frente al mensaje que lanzan los mercados y que recogen en sus informes los analistas se resumen en un simple «nosotros no». Más que suficiente para poder responder que sí, que hemos llegado tarde, y que ya no está en nuestras manos conducir el destino inmediato.

Cala, cada vez más profundo, un sentido de urgencia, de intentar acelerar reformas, de demanda de más ambición. Y no viene ya de oscuros y avariciosos especuladores, sino desde el propio gobernador del Banco de España, que ha exigido que se acelere la reforma del sistema financiero y que el Gobierno instrumente «las medidas adecuadas», porque «la Banca española está igual que hace tres meses». El problema es que son demasiadas las cosas que están igual que hace tres meses. La reciente crisis de Gobierno es ya un manifiesto fracaso. Una gran oportunidad perdida. Una más. Las oportunidades se están desgraciadamente agotando y el coste del fracaso está cerca de tener que ser repartido. Y hay un gran responsable: Rodríguez Zapatero.


ABC - Editorial

miércoles, 24 de noviembre de 2010

El patriota en el abismo. Por Edurne Uriarte

Quienes toman el patriotismo como Zapatero, los nacionalistas vascos y los regionalistas canarios, deciden sostener al piloto incapaz.

En términos militares, los usados por las FF.AA. estadounidenses para medir el estado de la defensa en función del nivel de riesgo, España ha alcanzado en las últimas horas el DEFCON 2. Alarma total. Con el récord histórico de la prima de riesgo y una desconfianza generalizada de los mercados sobre las capacidades de nuestro país para afrontar la situación.

El problema de los DEFCON aplicados a los sistemas políticos es que el Ejército encargado de activar y coordinar los recursos para responder a la alarma es el Gobierno. Y ese Gobierno se centraba aún hace unos días, estallada la crisis de Irlanda, en publicitar su «nueva agenda social» y en criticar planes de recortes como el de Cameron. Que es como si el Ejército americano se dedicara a unas jornadas intelectuales sobre el pacifismo en plena crisis nuclear con su peor enemigo. A lo que ha seguido la pertinaz negación de la gravedad de la situación, el eterno DEFCON 5 en el que vive el presidente. Y se ha rematado este lunes, sólo unas horas antes del record de nuestra prima de riesgo, con una acusación de antipatriotismo para los críticos del Gobierno.

En medio del derrumbe, queda así el patriotismo español definido por uno de sus más furibundos detractores, Zapatero, como la pasividad y la aquiescencia con el Gobierno que dirige la nave hacia la colisión final. Y el patriota en el borde del abismo, que es en esta crisis lo mismo que el ciudadano ante la supervivencia, tiene poco que hacer. Pues aquellos que piensan del patriotismo algo parecido a Zapatero, los nacionalistas vascos y los regionalistas canarios, han decidido sostener al piloto incapaz, en la falaz creencia de que el desastre no les afectará.

No está claro que otro Gobierno pueda evitar la colisión, piensan algunos. Entre el patriota Zapatero y los patriotas PNV y CC, ni siquiera habrá ocasión de comprobarlo. A tiempo, quiero decir.




ABC - Opinión

Desastre nacional. ¡Por qué aguanta Zapatero!. Por Agapito Maestre

Si la UE no interviene España, y hago votos para que así sea, este desastroso gobernante podría finalizar la legislatura.

Zapatero es el gran problema de España. O se va o hunde definitivamente lo poco que queda de Estado-nación. Cada minuto más de este hombre en el poder es un riesgo para todos los españoles; naturalmente, están incluidos en esa deriva hacia la nada sus votantes y clientes. Esto es algo que saben los mercados, los Estados e incluso sus correligionarios. También es la tesis de la Oposición. Excepto los obtusos, nadie duda de que Zapatero es un político incapaz de gobernar España, entre otras muchas razones, porque es incapaz de generar confianza en su entorno. Nadie parece creer en él. Todos consideran que está muerto.

Pero, y esto es lo extraordinario, este hombre podría permanecer en el poder hasta el final de la legislatura. Más aún, y es una sencilla profecía, si la UE no interviene España, y hago votos para que así sea, este desastroso gobernante podría finalizar la legislatura. Es algo curioso y sin parangón en los países desarrollados de Occidente. Es como si España estuviera tocada por una rara excepcionalidad, que nos aleja, desgraciadamente, cada vez más de los procedimientos clásicos de legitimación democrática del poder. A Zapatero le bastan unos cuantos votos de unos separatistas, los del PNV, a cambio, naturalmente, de unos cuantos cientos de miles euros, para seguir en el poder. La cosa tiene mérito, sobre todo, si contemplamos como se hunde todo a nuestro alrededor.


¿Por qué un Gobierno como el de Zapatero, que ha llevado a la ruina a todas las instituciones económicas y políticas, se resiste a convocar elecciones generales? He ahí el enigma. Es evidente que la Oposición tendrá alguna culpa en el éxito de Zapatero. Obvio. Más aún, la casta política en su conjunto resulta aún más ridícula que el propio Zapatero, porque es incapaz de frenar a este individuo y su partido. ¿O es que acaso esa casta no siente vergüenza de sí misma al contemplar a un Zapatero ufano y sobrado allí dónde va? Sí, sí, Zapatero se muestra fuerte, aunque mantiene lo contrario de lo que dijo ayer; se muestra arrogante con la Oposición, a pesar de que Rajoy podría echarlo mañana del poder si pusiera un poco más de empeño en el asunto. Zapatero está consiguiendo la cuadratura del círculo: mientras que la Oposición es incapaz de expulsarlo del poder, y sobre todo no consigue forzar ya unas elecciones generales, él aparece todos los días haciendo "supuestas" propuestas que deberían corresponder a los de Rajoy.

En el ámbito internacional no crean que la cosa es mejor; pues que este individuo que sacó a las tropas de Irak sin avisar a sus aliados, que sigue negando la existencia de una guerra en Afganistán, que ha roto varias veces la disciplina de la OTAN, e incluso cuestionó la cultura Occidental de la OTAN –esa que estableció un tribunal de valores humanos, de derechos del hombre y de criterios de racionalidad ante el que deben comparecer todas las civilizaciones en pie de igualdad–, por la defensa de una extraña "Alianza de Civilizaciones" de raíz islamista, se le ha permitido fotografiarse, bien que en un sitio alejado de los protagonistas, en la última Cumbre de Lisboa de la OTAN. Cumbre, por cierto, que aprobó exactamente lo contrario de lo que este hombre ha defendido siempre, a saber, que las civilizaciones son equivalentes.

En fin, a pesar de la estulticia y maldad de este hombre en los ámbitos nacionales e internacionales, la pregunta es evidente: ¿Por qué aguanta tanto Zapatero? Quizá porque sea, reitero, una excepcionalidad que se permite el sistema. Quizá. O por que los que están en la oposición son aún más incapaces que él. ¡Quién sabe!


Libertad Digital - Opinión

Volvemos al paralelo 38. Por M. Martín Ferrand

Sin verlas venir, el Gobierno de Zapatero continúa sin actuar con la energía y decisión que las circunstancias exigen.

ÉRAMOS pocos y parió la abuela, como expresa el viejo dicho popular español en el que, podría parecerlo, se inspiró el famoso Murphy, el de la «ley» que convierte en risueño el pesimismo. Las bombas vuelven a saltar sobre el paralelo 38, entre las dos Coreas, y así, angustiados por los problemas nuevos, hijos de la globalización y de la torpeza política, reverdecemos los viejos, los de hace sesenta años. Mi generación descubrió la existencia del mundo y sus tensiones viendo en el NO-DO al general Douglas Mac-Arthur y ahora, ya creciditos, descubrimos que vuelve la guerra caliente. Los disparos de la artillería de Corea del Norte, la feroz y bien armada dictadura —la única que tiene en su constitución la figura de un «presidente eterno»—, han caído, en la del Sur, en la isla de Yeonpieong y han producido víctimas mortales: la chispa esperada y necesaria para que la tensión fría suba su temperatura. Barack Obama tiene ante sí el primer caso práctico de conflicto nuevo, aunque venga de viejo, y de lucir su proclamada, y todavía no confirmada, condición de gran gobernante y fino estratega en la política exterior.

En el marco mundial del conflicto naciente luce con especial brillo la crisis europea y, tras de la nueva situación creada por Irlanda, fruto inevitable del desparpajo creador de su actual primer ministro Brian Cowen y su predecesor y dimisionario Bertie Ahern, los españoles, aunque sin alarmismo, debiéramos poner las barbas a remojo, como marcan los cánones de la prudencia. Rodríguez Zapatero, si fueran posibles las comparaciones en tiempos y espacios diferentes, se creyó tan listo como Ahern y, de momento le/nos está salvando la dimensión. España es más grande y su problema mucho más perturbador en la familia del euro.

Sin verlas venir, el Gobierno de Zapatero, continúa sin actuar con la energía y decisión, aunque ello tuviera coste electoral, que las circunstancias exigen. La mitad de nuestro sistema financiero es una calamidad y la otra mitad no incurre en el delito de usura porque la usura ha dejado de ser delito; los beneficios de las compañías eléctricas son virtuales y seguimos jugando con el «déficit de tarifa» para proteger un carbón que no calienta y unas fuentes tan verdes como inútiles; los constructores pierden dinero ajeno porque el vigilante nunca les obligó a jugarse el propio... y, lejos de enmendar esos y otros asuntos tan conflictivos como posibles de resolver, incluso con un puñetazo en la mesa, las circunstancias nos obligan a volver al Paralelo 38. Habrá que cantar de nuevo «El cordón de mi corpiño» y eso que acaba de morir el Maestro Guerrero.


ABC - Opinión

Crisis. ¿Y si quiebra España?. Por Manuel Llamas

España se enfrenta a un punto de inflexión que bien podría determinar el futuro de toda una generación de españoles. Zapatero está cada vez más cerca de ver cumplida su gran aspiración política: la de pasar a los anales de la historia.

"España es demasiado grande para ser rescatada". Esta advertencia recorre el mercado desde hace meses. En el trasfondo del debate subyace la supervivencia misma del actual euro. La visión de la mayoría de analistas se resume del siguiente modo: el Fondo de rescate de 750.000 millones de euros, aprobado por Bruselas y el Fondo Monetario Internacional (FMI), puede soportar la caída de Grecia, Irlanda y Portugal, pero si la crisis de deuda aterriza en España no habrá suficiente dinero para salvarla, entre otros motivos, porque el Fondo tan sólo puede asistir a tres países al mismo tiempo para mantener su máximo rating (calidad crediticia).

Así pues, llegado el caso, se abriría un escenario completamente nuevo y desconocido dentro de la zona euro, cuyos efectos podrían ser dramáticos: ¿préstamos bilaterales?; ¿intervención directa del FMI?; ¿quitas y reestructuración de deuda dentro del euro?; ¿abandono o expulsión del euro?; ¿desintegración de la Eurozona en dos o más áreas? En esencia, incertidumbre y riesgo, términos que arengan la ya elevada desconfianza, por no decir pánico, de los inversores, tal y como se está observando en los últimos días.


Lo único cierto es que, tal y como advertimos hace tiempo, los Estados también quiebran. Y, aunque resulta imposible predecir con exactitud la sucesión de los hechos en una situación de tal calibre, existen ejemplos cercanos sobre los efectos devastadores que implica un default (suspensión de pagos) soberano. ¿Se acuerdan de Islandia? Fue el primer país en quebrar oficialmente tras el estallido de la crisis financiera internacional.

Sus problemas fueron similares a los que padece hoy Irlanda: sus tres grandes bancos –que representaban el 85% de sus sistema financiero– quebraron como resultado de un brutal descalce de plazos (origen de la crisis), ya que se endeudaron a muy corto plazo en el exterior (euros) e invirtieron a largo plazo (hipotecas); el Gobierno nacionalizó la banca para evitar su caída, pero su enorme peso (casi 10 veces el PIB nacional) acabó tumbando al propio Estado islandés, declarándose oficialmente en quiebra y solicitando asistencia al FMI.

Desde entonces, finales de 2008, la economía islandesa sigue en cuidados intensivos: su PIB se hundió casi un 7% en 2009 y un 3% en 2010; el PIB per capita (riqueza media de cada habitante) ha pasado de 53.100 dólares en 2008 a apenas 39.500 en 2010, un 25% menos, según datos oficiales del FMI; su tasa de paro ha escalado desde un inexistente 1,6% en 2008 hasta el 8,6% actual; su deuda pública desde el 71% del PIB hasta el 115% en los dos últimos años; la inflación acumula un aumento próximo al 40% desde enero de 2007; la renta disponible se desplomó un 20,3% sólo en 2009; el salario medio real (descontada la inflación) ha caído un 10,1% desde 2007; el 63% de los hipotecados poseen una vivienda cuyo valor de mercado es inferior a la deuda contraída con el banco; el 40% de los propietarios del país son "técnicamente insolventes" y, por tanto, no podrán devolver la hipoteca; su moneda (la corona) se ha devaluado un 60% desde julio de 2006...

¿Seguimos? Y eso, teniendo en cuenta que ha recibido ayuda exterior y su Gobierno sigue monotorizado por el FMI. De hecho, el pasado 14 de noviembre, una delegación de dicho organismo visitó la isla para supervisar la situación económica de Islandia. Según el comunicado oficial, el país aún tiene que acelerar la reestructuración de su abultada deuda (pública y privada) para salir de la crisis, con lo que aún queda recorrido para proclamar la ansiada recuperación.

Así pues, Islandia, uno de los países más ricos y con uno de los mayores niveles de calidad de vida del mundo hace apenas tres años, está aún inmersa en una profunda agonía económica y un acelerado empobrecimiento de su población, que apenas supera los 300.000 habitantes. Imagínense por un momento este mismo proceso en un país de más de 40 millones de personas. Otro ejemplo reciente sería, cómo no, el de Argentina, de todos conocido. La cuestión es que, independientemente de los derroteros que podría suponer la quiebra o rescate de España, así como su permanencia o no en el euro, escenarios todos ellos trágicos, la clave del asunto es que el Gobierno aún puede evitar la catástrofe si asume su responsabilidad haciendo las profundas reformas de liberalización económica que precisa el país, así como un histórico plan de recortes de gasto público e, incluso, impuestos, para reducir el déficit y evitar el precipicio. España se enfrenta a un punto de inflexión que bien podría determinar el futuro de toda una generación de españoles. Zapatero está cada vez más cerca de ver cumplida su gran aspiración política: la de pasar a los anales de la historia.


Libertad Digital - Opinión

España no es Irlanda, pero.... Por José María Carrascal

Sí, hay diferencias entre España e Irlanda, y la mayor de ellas, que los irlandeses han asumido la magnitud de su problema.

PUES sí, España no es Irlanda. El Gobierno irlandés convocará elecciones en cuanto concrete las medidas de ajuste. Mientras el Gobierno español está dispuesto a aguantar hasta el fin de su mandato. Los irlandeses se han echado a la calle a protestar contra la incapacidad de su gobierno. Mientras los españoles nos hemos limitado a una manifestación oficial, sin consecuencias. Irlanda es un país pequeño que se sanea con 80.000 millones de euros. Mientras España necesitaría 800.000. Sí, hay diferencias entre España e Irlanda, y la mayor de ellas puede ser que los irlandeses han asumido la magnitud de su problema, mientras los españoles aún no lo hemos hecho. Basta oír al presidente, a la vicepresidenta económica, a los quince portavoces, para darse cuenta de que siguen mareando la perdiz y posponiendo las medidas de ajuste, como la regulación de las cajas de ahorro o el modelo laboral, lo que aumenta la desconfianza de los mercados y el precio de nuestra deuda, algo que no va a crear empleo ni a sacarnos del pozo.

Se nos dijo que con el rescate de Grecia la tormenta quedaba atrás. Ahora resulta que hay que rescatar a Irlanda. ¿Y si no es bastante? Las miradas están fijas en Portugal, con España como siguiente. Y nuestro gobierno, con estos pelos, sin acabar de hacer los deberes y asegurando, como hizo el presidente en su última entrevista, que no serán necesarias nuevas medidas de ajuste. Cuando incluso los legos sabemos que se necesitarán más, puede que muchas más.


Zapatero no ha hecho más que perder el tren desde que negó la existencia de la crisis, que convirtió luego en «desaceleración» y hoy ha convertido en simple «debate». Ha perdido el tren de llegar a un gran pacto con el PP, al estilo del que llegaron socialdemócratas y la cristianodemócratas alemanes para hacer frente a la crisis, que ha valido a su país ser uno de los primeros en empezar a salir de ella. Ha perdido el tren de un gran pacto de Estado que abarcase a todos los partidos y a todos los problemas pendientes en España, que son muchos e importantes, pero prefirió un pacto con el PNV y CC, que sólo nos ha traído un aumento del déficit. Y está perdiendo el tren con su propio partido por su viraje económico y en el Sahara, como se verá el domingo en Cataluña y cada vez más en el resto de España.

A estas alturas, sólo le quedan dos opciones: convocar elecciones o anunciar que no se presentará a las próximas, para dedicar todo su tiempo y energía a combatir la crisis. Conociéndole como le conocemos, nos imaginamos que no hará una cosa ni la otra. Seguirá tratando de engañar tanto a la crisis como a los españoles. A los españoles, es posible. A la crisis, nunca.


ABC - Opinión

Cuestión de sentido común, no de patriotismo . Por Antonio Casado

Durante la reunión de la Ejecutiva del PSOE, el presidente del Gobierno, Rodríguez Zapatero, apeló este lunes al patriotismo del principal partido de la oposición. Para no complicar las cosas más de lo que ya están -jornada negra, la de ayer- en la lucha contra la crisis económica. Así se encargó de transmitirlo luego el secretario de Organización, Marcelino Iglesias. Exactamente en estos términos: “Le pedimos al PP que, en estos momentos de dificultad, en Europa y en España, evite hacer declaraciones y tener actitudes que perjudiquen a nuestro país. Le pedimos un poco de patriotismo”.

No es cuestión de patriotismo sino de sentido común. No hacía falta ponerse estupendo para airear la sospecha de que al PP le importa más la aniquilación política de Zapatero que sacar a España del agujero. Véanse los sondeos electorales. La enorme ventaja del PP no se debe al tirón de sus propuestas sino al desencanto del electorado socialista. Además, siempre habrá alguien dispuesto a parafrasear a Samuel Johnson (La Patria, “último refugio de los canallas”) y escurrir el bulto. Si se trata de persuadir a los dirigentes del PP, basta con la vieja metáfora del barco que se puede hundir con todos dentro. Los de la derecha y los de la izquierda. Y si se hunde, consuelo de tontos va a ser el mal de todos.


Mientras los especuladores volvían a atacar los flancos débiles de la Europa monetaria, con especial dedicación a España, se producía la respuesta oficial del PP al enésimo requerimiento del Gobierno. “El problema de España se llama José Luis Rodríguez Zapatero”, dice Dolores de Cospedal. Otros dirigentes de su partido se entregaban a la morbosa especulación sobre una eventual operación de rescate de la economía nacional, alentando así la desconfianza de los mercados.
«Al PP le saldría políticamente más rentable situarse en el punto medio entre no decir amén a todas las decisiones del Gobierno, y ser el incansable pregonero del desastre.»
Una forma de sugerir que llevamos el mismo camino de Grecia. O de Irlanda. No por desatender los deberes en materia de disciplina fiscal. No porque hayamos sido tan mentirosos como los griegos o tan derrochadores como los irlandeses. No porque arrastremos los pies a la hora de hacer las reformas pendientes. No porque tengamos el tamaño suficiente para satisfacer la voracidad de los especuladores en los mercados de la deuda. Nada de eso. Si vamos por el camino griego o el camino irlandés hacia la bancarrota es culpa de Zapatero.

Ergo, todo empezaría a enderezarse si este hombre se va a su casa y deja el sitio a Mariano Rajoy, que tiene muy elaborado un plan de recuperación. Y ya libres de Zapatero, desactivaría a nuestros acreedores y los mercados lo celebrarían con champán. De cómo sería ese plan tenemos algunas pistas por los elogios de Rajoy a las recetas neoliberales que venía aplicando Irlanda, cuya marcha atrás está a la vista. Básicamente, gastos a la baja e impuestos al alza. No muy diferentes de las anunciadas por Cameron en el Reino Unido.

En fin, austeridad, recortes, lucha contra el déficit público, capitalización del sistema financiero, etc. En línea con las que se han venido tomando en España para tranquilizar a los mercados. Pero, según el PP, lo que es bueno en otros países es malo en España porque aquí está la mano tonta de Zapatero. No me parece muy riguroso, la verdad. Sin tener por qué decir amén a todas las decisiones del Gobierno, el PP debería ser más solidario. Cuidaría el interés general y estaría trabajando a favor de su propia causa política. Ni cómplice del Gobierno ni pregonero incansable del desastre. Hallar el punto medio le saldría políticamente más rentable. Pero no parece tener la menor intención de buscarlo.


El Confidencial - Opinión

Quiebra. Se acabó. Por Juan Ramón Rallo

El problema esencial es que Zapatero ya no tiene ninguna credibilidad. Seis años mintiendo a los españoles, pasen. Seis meses mintiendo a los europeos serán nuestra tumba... o la suya.

El proceso es muy simple: España está tremendamente endeudada en todos los ámbitos y no puede pagar. El Estado –incluyamos a las autonomías– tiene un déficit monstruoso y los activos de la banca están inflados y para más inri vencen a muy largo plazo. Nuestros acreedores, por consiguiente, han de refinanciarnos día a día miles de millones de euros con la esperanza, cada vez más ingenua, de que algún día les paguemos. Si nos cortan el chorro, y ya lo han hecho en alguna ocasión este año, sólo tenemos tres opciones: o suspender pagos, o lanzarnos a los brazos de Alemania o esperar que el Banco Central Europeo cree más euros para refinanciarnos.

Sea como fuere, el euro se debilita y los alemanes pierden. Ahora la cuestión –su cuestión– es cómo minimizar daños. Al cabo, diferir el momento del pago tiene sentido para los acreedores si piensan que de este modo verán incrementar sus opciones de recuperar su capital; en caso contrario se acabó lo que se daba. El problema de España es que su endeudamiento sigue creciendo, sus fundamentos económicos continúan empeorando y que, por tanto, a sus acreedores les toca cada vez una porción más diminuta de un pastel que se está encogiendo.


Sólo nos faltaba que la suspensión de pagos de Portugal –un país con una economía esclerotizada que sólo ha cerrado con un nimio superávit público del 0,04% uno de los últimos 25 años– se descuenta cada día como más segura por su incapacidad para reconducir su enorme déficit y, por tanto, de que sus bancos o empresas, que nos deben cerca de 90.000 millones, sobrevivan una vez los fríana impuestos y les impaguen sus tenencias de deuda pública.

En estas condiciones lo normal es que, por un lado, los de fuera dejen de destinar su capital a refinanciarnos nuestras deudas y, por otro, que los de dentro tratan de blindarse frente a la catástrofe sacando su capital fuera. ¿Qué nos queda? A estas alturas tal vez no mucho. El crédito, lo que necesitamos para no suspender pagos, se basa en la confianza (crédito viene del latín credere, creer) y Zapatero ha dilapidado cualquier confianza que pudiéramos merecer como país.

A mediados de año, los inversores nos dieron una segunda o tercera oportunidad para que contuviéramos nuestros gastos y mejoráramos nuestras perspectivas de crecimiento futuro y Zapatero se mofó en su cara. Pergeñó un recorte de gastos que enmendó según el diferencial con el bono alemán variaba y aprobó una reforma laboral que no modificaba nada y a la que los sindicatos se opusieron sólo para aparentar que era algo que realmente no era.

Ahora tocaría hacer bien lo que prometimos realizar en mayo. Pero Zapatero es preso de su propia ideología sectaria y de su descrédito internacional. Por el lado del gasto habría que meter mano a las autonomías (que en medio año se han endeudado más que en todo 2009 y que amenazan con convertirse en el gran lastre del déficit público durante este ejercicio) y a las pensiones, pero, aun con inminente riesgo de quiebra, tal propósito es imposible antes de las elecciones catalanas del domingo y muy improbable a partir de entonces. Por otro, con tal de tener esperanzas de volver a generar riqueza durante esta década, habría que liberalizar de verdad los mercados, especialmente el laboral –poner fin a la negociación colectiva, al salario mínimo, a los privilegios sindicales...–, mas, de nuevo, ya manifestó Zapatero que la salida de la crisis sería social o no sería.

Sin embargo, el problema esencial es que, como digo, todo esto sería un programa político para alguien que tuviera alguna credibilidad a la hora de aplicarlo. Zapatero ya no la tiene. Seis años mintiendo a los españoles, pasen. Seis meses mintiendo a los europeos serán nuestra tumba... o la suya.


Libertad Digital - Opinión

España no es Irlanda… ¡Ya quisiera!. Por Gabriel Albiac

Irlanda tiene un Estado. España, diecisiete. Con la demencial multiplicación de gasto público que eso arrastra.

HERMANN TerTsch los retrata como secta, en un desgarrado libelo que llama a combatir la humillada servidumbre bajo la cual nos domeñan. Sin demasiada esperanza, porque en España la secta de los políticos se ha dotado ya de tal blindaje que haría falta ser bastante más que ingenuo para soñar con ganarle alguna batalla, aunque fuera mínima. Pero es igual. De las pocas cosas que el paso del maldito tiempo va dejándole a uno, la más importante en lo moral puede que sea ésta: tan sólo es divertido dar las batallas perdidas.

No albergo la menor esperanza de ver ya otro horizonte político español que no sea éste. Me declaro derrotado, pero me niego a dejar de combatir, a llamar necios a los necios, ladrones a los ladrones… Y a expresarles a todos ellos mi rencorosa admiración por habérselas apañado para tomarme tan sabiamente el pelo —y, de paso, quedarse con más o menos la mitad de mis ingresos de estos años—, antes de, definitivamente, hundirme a mí, como a todos los que hemos tenido la dudosa fortuna de sufrir la España contemporánea, en la rigurosa ruina.


«España no es Irlanda», es la última memez con que la casta —o la secta, que dice Tertsch— ha dado para que todos nos quedemos tan contentos de chapotear en la miseria, mientras nuestros políticos practican el noble deporte de derrochar sin ton ni son el dinero que a otros tanto esfuerzo nos costó ir ganando. No tiene ni pajolera gracia. Uno hace un catálogo de titulaciones académicas de los ministros del Gobierno español y se le cae el alma al último círculo infernal del Dante. Estamos gobernados por gentes que, en la mayor parte de los países europeos, no serían admitidos como bedeles en un ministerio. Gentes sin titulación superior de ningún tipo. Gentes —es lo peor— que jamás tributaron a Hacienda por algo que no fuera su sueldo político. Inválidos intelectuales y anímicos.

«España no es Irlanda». Todo un hallazgo. Digno de cabezas tan ilustradas como las de Blanco, Pajín o Zapatero. Un hallazgo que envidiaría el Platón al cual le dio por inventar esa rareza a la cual los griegos —o sea, nosotros— llamaron filosofía: «que lo igual sólo se dice de lo distinto». No, claro que no somos iguales. ¡Ya quisiéramos! Hay una pequeñísima diferencia: lo de aquí es infinitamente más difícil de arreglar. Porque, bien que mal, Irlanda tiene un Estado. Uno. España, diecisiete. Con la demencial multiplicación de gasto público que eso arrastra. Cada uno de esos mini-estados que son las Autonomías posee su banco nacional, que administran los partidos políticos a su antojo: las Cajas de Ahorros. El resultado es un lastre de endeudamiento demencial. Que va incomparablemente más lejos del normal desastre que es, a escala mundial, la crisis.

No, en España salir de la crisis no es un problema económico. Lo es político. Exige cambiar de Constitución. Borrar la pesadilla autonómica. Tener un Estado. Normal. Un Estado que no exija triplicar los gastos funcionariales y atender a clientelas locales cuyos votos se compran a altísimo precio. Un Estado como el de todo el mundo; al menos, como el de todo el mundo que se dice civilizado. ¿Alguien cree de verdad que eso tan elemental, tan sencillo va a ser autorizado por la casta?


ABC - Opinión