martes, 9 de noviembre de 2010

El puritano que se iba de putas. Por Guillermo Dupuy

En el fondo lo que evidencia el GAL es un profundo nihilismo, una falta de respeto al imperio de la ley y una desconfianza hacia sus enormes posibilidades.

No les falta razón a quienes, a raíz de las declaraciones de Felipe González en El País, señalan que "él mismo se está poniendo en situación de decir que la famosa X de los GAL era él". Sin embargo, no les voy a hablar de algo que, como la responsabilidad del ex presidente del Gobierno socialista en la guerra sucia contra ETA, doy por descontado, sino del enorme ejercicio de hipocresía que siempre me pareció su práctica por parte de quienes, de forma paralela, se rasgaban las vestiduras ante cualquier requerimiento de endurecimiento legítimo del Estado de Derecho en la persecución de ETA y de su entorno.

Aquella orgía criminal, en la que se malversaron fondos públicos y en la que se asesinó, torturó y secuestró a miembros de ETA y a otras personas que nada tenían que ver con la organización terrorista, fue autorizada por quienes, al mismo tiempo y de cara a la galería, denigraban como una rémora franquista o una muestra de fascismo, no ya la aplicación con todas las garantías jurídicas de la pena de muerte, sino la mera exigencia de la aplicación íntegra de las penas de reclusión a los terroristas con delitos de sangre. Eran los mismos que también ponían a caldo a Manuel Fraga por atreverse a pedir algo como la ilegalización de la entonces Herri Batasuna. Con complejo de "nuevo demócrata", González y los suyos mantenían al Estado de Derecho al ralentí y daban una imagen papanata e impotente de la democracia que la presentaba como incompatible con el aumento de la represión del delito, en general, y del terrorismo en particular.


González ha recordado ahora la nula colaboración antiterrorista que efectivamente en aquella época cabía esperar del Gobierno francés. Pero, al margen de las nulas iniciativas legislativas de su propio Ejecutivo para endurecer la lucha legal contra ETA y su entorno, ¿cuántos reproches, quejas o protestas, dentro o fuera de nuestras fronteras, hizo públicamente el Ejecutivo de González contra el Gobierno socialista de François Mitterrand por su nula colaboración? Ninguna. Y es que entonces lo "progre" era despotricar contra un Reagan o contra una Thatcher pero no contra un Ejecutivo socialista.

A este respecto recuerdo también que, en una operación antiterrorista, los servicios secretos británicos abatieron a tres miembros del IRA en Gibraltar, y que la primera ministra zanjó el asunto diciendo en el Parlamento su célebre "he sido yo". Claro que esa operación antiterrorista nada tiene que ver con el latrocinio y la orgía criminal que se montaron aquí nuestros fariseos.

El caso es que aquel papanatismo estúpido, aquellas erradas y suicidas constricciones de quienes se negaban a poner la ley a pleno rendimiento contra ETA detonaron aquellos estallidos criminales. A mí siempre me evocó la imagen de un puritano fanático que, tras censurar el sexo, incluso en el seno del matrimonio, si no es con el objetivo exclusivo de engendrar un hijo, lo hubieran pillado en un burdel.

En el fondo lo que evidencia el GAL es un profundo nihilismo, una falta de respeto al imperio de la ley y una desconfianza hacia sus enormes posibilidades. No nos extrañe que González autorizara aquella guerra sucia contra ETA tanto como ahora ha avalado la "paz sucia" de ZP.


Libertad Digital - Opinión

La herencia de Felipe. Por Hermann Tertsch

Olvidamos la calamitosa situación en que se hallaba este país cuando González dejó el Gobierno en 1996.

«ALGUIEN llegará que bueno le hará». Viejo dicho. Eso es probablemente lo que muchos españoles creen que se hizo realidad para Felipe González con la llegada al poder, ocho años después de su partida, de Zapatero. El absoluto disparate en que éste ha embarcado a España desde el primer momento tiene tales dimensiones que es comprensible que muchos recuerden hoy a González como un político de talla, estadista, culto y versado en el escenario internacional. Ante la ramplonería torpe y zafia de la tropa sectaria que asumió el poder en el PSOE en aquel congreso trampeado del año 2000, la generación de Felipe se antoja ya una especie de sanedrín socialdemócrata de lujo, repleto de gente con brillante historial académico, extensas lecturas y mundano saber estar. No deja de ser cierta en gran parte esta apreciación, como siempre nos demuestran miembros de esa generación cuando se manifiestan. Salvo Rubalcaba, el incombustible político, comodín para cualquier gobierno que requiera insidia, trifulca y guerra sucia, se han acomodado en su mayoría en la empresa pública y privada y no hacen mucho ruido. Casi todos demuestran que no sólo el tiempo y la experiencia los ha hecho razonables y menos sectarios. Que, incluso en bruto, tenían más categoría profesional, solvencia intelectual e incluso calidad personal que todos esos jenízaros y jenízaras que pululan en torno al Gran Timonel, todos aproximadamente de la categoría, solvencia y calidad de su líder.

Porque el daño que los actuales gobernantes han hecho a España es tan inmenso y general, olvidamos la calamitosa situación en que se hallaba este país cuando González dejó el Gobierno en 1996 tras catorce años en su dirección. El paro venía a ser el que tenemos y nuestro desenganche de las economías de la Comunidad Europea parecía irreversible. Las tropelías contra el estado de Derecho, que comenzaron con la nacionalización y el saqueo de Rumasa, se habían extendido por doquier, desde la arrogancia del despotismo ilustrado que —vuelve a verse en la entrevista de marras— es la forma de gobierno en la que González cree. Mucho del lodazal actual es herencia suya. Sus chicos para todo en el aparato del Estado —esos que le preguntaron si volaban o no a la cúpula de ETA— siguieron allí más o menos tapados hasta el 11-M. Pringaron cuatro. Quedaron bien colocados mil. González gozó de impunidad hasta su final en las urnas, en una derrota ante José María Aznar que le infligió aquella humillación que siempre aflora tras su cinismo y su desprecio. Tuvo inmunidad gracias a la cobertura intelectual y moral de un aparato mediático que llegó a ser práctico monopolio de la verdad revelada del felipismo. Ahora, en ese mismo medio que le proporcionó coartadas para todo lo bueno y lo malo, González ha decidido confesarse un poquitín. Y para decepción de quienes aún le guarden cierto respeto, dice más de lo que cree. Si le quedaba algún ápice de grandeza a este hombre inteligente, se basaba en su silencio. Lo ha tirado por la borda. Debió hacer como su alma gemela francesa, Mitterrand, que se llevó a la tumba a sus cadáveres. A veces no es la opción ante un dilema moral la que define al hombre. Sino el dilema mismo. ¿Cuántas veces lo tuvo? Ordenó no matar en una ocasión. ¿Y en otras? Arrogancia incombustible es lo que refleja la entrevista. Y tristeza lo que infunde. Está claro. Fue él quien rompió aquí la brújula moral. Definitivamente, el despotismo ilustrado y cínico del «estadista» fue el nido envenenado para las camadas del despotismo encanallado que nos gobiernan.

ABC - Opinión

Apellidos. Maternal o paternal. Por Cristina Losada

El socialismo tiene la necesidad perentoria de mostrar que las mujeres son víctimas, a fin de presentarse como el único dispuesto a compensarlas y hacerles justicia. De modo que una estupidez desde el punto de vista racional resulta una astucia política.

Tras siete años en el Gobierno, los socialistas se han percatado de la existencia de una violación flagrante del mandato constitucional... en el orden de los apellidos. Respetuosos como son con todos los preceptos de la Carta Magna –sin olvidar las sentencias de su intérprete– se han puesto seriamente al trabajo para liquidar los restos de una intolerable prevalencia: la del apellido paterno. Tan grave discriminación de la mujer se le había pasado desapercibida al PSOE durante la larga era del locuaz González y hubo de ser el conservador Aznar quien permitiera elegir a los padres entre el apellido materno y el paterno al registrar a sus hijos. Sin embargo, cuando los progenitores disentían, los niños tenían que apechugar con el del padre, por decreto. Era ése un suceso infrecuente, pero no por ello menos ofensivo. Así que se ha pergeñado un proyecto en el que, en caso de discordia, el orden lo decidirá el alfabeto.

El asunto parecerá baladí a algunas mentes retrógradas, ignorantes de que en materia de apellidos el orden de los factores sí altera el producto. Tras la primacía del paterno se encuentra el horror de una sociedad machista y patriarcal. En cambio, el alfabeto y la moneda al aire –otra idea en estudio– abren la puerta al paraíso de la igualdad de hombres y mujeres. ¿Cómo no habíamos caído antes? Dirán los recalcitrantes que la igualdad ante la ley ya existe, que era posible relegar el apellido paterno al segundo puesto y que la propuesta es tan innecesaria como necia. Pero se equivocarían. El socialismo tiene la necesidad perentoria de mostrar que las mujeres son víctimas, a fin de presentarse como el único dispuesto a compensarlas y hacerles justicia. De modo que una estupidez desde el punto de vista racional resulta una astucia política.

Más allá, no obstante, de ese oportunismo de manual, visible en la espectacularidad de que han rodeado la propuesta, estamos ante la conducta típica de una izquierda que ha pasado a nutrir su ideario de políticas identitarias. El sexo, la orientación sexual y la raza se erigen en elementos definitorios de la persona y sirven para delimitar grupos de víctimas que precisan de un trato preferente. Y, por supuesto, nunca deja de aumentar el catálogo de agravios que deben de corregirse. Todos requerirán atención y soluciones políticas y, en suma, la intervención taumatúrgica del Gobierno, llámese paternal o maternal.


Libertad Digital - Opinión

Obsesión retrospectiva. Por M. Martín Ferrand

Esa costumbre retrovisora que niega la ilusión del mañana nos tiene anclados a un periodo no siempre edificante.

ESPAÑA es, desde siempre, víctima de una obsesión retrospectiva que nos dificulta enfrentarnos al futuro y mirar el mañana como esperanza mejor que como castigo. Desde que Jorge Manrique acuñó como expresión virtuosa que «cualquier tiempo pasado fue mejor», vivimos una nefasta tortícolis colectiva que nos impide mirar de frente. De ahí esa costumbre retrovisora que niega la ilusión del mañana, dificulta el gozo del presente y nos tiene anclados a un periodo no siempre edificante y habitualmente cainita y áspero, incapaz de valorar lo propio de tanto ambicionar lo ajeno.

Un acontecimiento tan sencillo y espiritual como la visita del Papa Benedicto XVI a Santiago de Compostela y Barcelona, da pie a todo un debate comparativo entre el laicismo radical con el que el Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero interpreta la no confesionalidad Estado que marca la Constitución con el anticlericalismo que, en el fragor de la República, especialmente desde la Revolución de Asturias hasta el final de la contienda civil, llegó al paroxismo asesino. ¿No nos basta con el presente? ¿No sería más fecunda la ensoñación de los venideros años santos compostelanos y de los días en que se concluya la construcción de la Basílica de la Sagrada Familia? La comparación, además de estéril, carece de sentido. ¿Se puede imaginar un viaje a España, en cualquiera de los años treinta del siglo pasado, del entonces Papa Pío XI?

Esa obsesión por el pasado, por su recuerdo o su invención, no parece tener límites. Felipe González, que no suele dar puntada sin hilo, le ha confesado a El País, en la persona de Juan José Millás, que en un momento dado de sus años al frente del Gobierno de España, «tuve que decidir si volaba la cúpula de ETA». ¿Puede aceptarse como mejor un tiempo pasado en el que el jefe del Ejecutivo sometía a reflexión en la intimidad de su despacho la conveniencia de autorizar un acto terrorista, un asesinato, aún teniendo la justificación (!) de la eficacia antiterrorista para tan repugnante crimen de Estado? No. El tiempo pasado nunca fue mejor y alguna razón debe haber, aunque sea de naturaleza geriátrica, para que el siempre astuto y distante González reverdezca unos recuerdos que no mejoran su imagen, debilitan la posición ética del Gobierno socialista y en los que se acredita que el entonces ministro del Interior, José Barrionuevo, tenía «detenida» a una víctima, Segundo Marey, a quien todos creíamos «secuestrado». González, por mirar hacia atrás, puede quedarse como la mujer de Lot y, ya convertido en estatua de sal, servir de monumento celebrador de la bondad del mañana.


ABC - Opinión

PP. Contra los cínicos. Por José García Domínguez

Ocurre que el empecinamiento demagógico del PP con ese asunto augura lo peor: la muy definitiva incapacidad de Rajoy con tal de sustraerse a la tentación populista.

Por ventura, el único partido de derechas que queda en España es el PSOE, azar que, amén de la gozosa tranquilidad de los poderes fácticos, empezando por los mandarines de la banca, garantiza algún rigor en el manejo institucional de las cosas de comer; al menos, desde el atribulado mes de mayo, cuando Peter Pan dio el estirón al súbito modo. De ahí, por cierto, que ya tengamos a todos los peronistas domésticos, con los descamisados del Partido de los Trabajadores en cabeza, prestos a plantarle un contencioso administrativo al Gobierno por lo de las pensiones. Pues, digan lo que digan la Comisión Europea, el FMI, la OCDE o el lucero del alba, se impone arreglarle la paga al señor padre de González Pons. Que entre Hayek y Girón de Velasco, aquí nunca ha de haber disputa.

Ocurre, en fin, que el empecinamiento demagógico del PP con ese asunto augura lo peor: la muy definitiva incapacidad de Rajoy con tal de sustraerse a la tentación populista. Un rasgo de debilidad de carácter que dejaría entrever cuando él, todo un presunto hombre de Estado, ordenó votar contra el plan de ajuste con la alegre irresponsabilidad de cualquier tertuliano de barra de bar. Por lo demás, quizá resulte cierto que ahora le place el programa de Cameron, o sea la drástica subida del IVA y los impuestos sobre el capital, tal como confesó en El País a un Moreno algo justo de reflejos.

Quien no le debe gustar ni un ápice es Cameron propiamente dicho. Esa ostentórea coherencia entre lo que piensa, lo que dice y lo que hace, flor siempre tan exótica por estos lares, supone, sin duda, un agravio comparativo a ojos del de Pontevedra. Es la política, nos dirán sus propios. Procede congraciarse –insistirán– con los sectores más acéfalos del censo electoral, los primarios entre los primarios. Que después, una vez en el poder y olvidada al punto la palabra dada, se obrará según proceda. Así piensan los cínicos que hay que pensar. Olvidan, sin embargo, el rasgo común a los de su condición: la pusilanimidad. Y es que quien cede una vez frente a la multitud, sucumbe ante ella el resto de sus días. Y si no, al tiempo.


Libertad Digital - Opinión

Perdonavidas. Por Ignacio Camacho

Encapsulado en no se sabe qué remordimientos, González tiene cicatrices en el alma.

EL debate sobre los GAL está superado por la sociedad española, está políticamente depurado en las urnas, pero no está prescrito en el Código Penal. Felipe González debería recordarlo cuando hace escabrosas confesiones implícitas que sugieren su responsabilidad en la autorización de la guerra sucia, y más ahora que ya no conserva inmunidad parlamentaria. Pero el veterano «jarrón chino» continúa sin encontrar su sitio en las estanterías de su propia posteridad. González tiene cicatrices en el alma y guarda una amarga melancolía del poder. Le puede la tentación de concederse protagonismo, aunque sea a base de miradas retroactivas sobre la bruma de un pasado que ya sólo le puede importar a algún juez deseoso de abrir los armarios polvorientos donde se almacenan —literalmente— los cadáveres de la razón de Estado.

Ese Felipe perdonavidas encapsulado en no se sabe qué remordimientos —¿le duele de veras no haber mandado asesinar a la cúpula terrorista? ¿Puede un gobernante democrático confundir un secuestro con una detención?— se ha colado con sus rencores tardíos en una escena pública obligada a trascender los resquemores de un exdirigente amortizado. Sus reflexiones tienen interés histórico y morbo político, pero el debate nacional no puede enrocarse en esos viejos demonios que forman parte de páginas pasadas. Por sugestivo que resulte ese material para el memorialismo de una época, de nada sirve convertirlo ahora en el centro de una polémica política y mediática que distorsiona el enfoque de otros problemas mucho más aflictivos y urgentes. Ninguna nación ha solventado su futuro a base de ajustes de cuentas —dudosos, por otra parte— con estatuas de sal momificadas en el retrovisor de la Historia.

No es probable que González, en sus displicentes incursiones por la memoria borrosa de episodios que no le convendría resucitar, estuviese pensando en levantar cortinas de humo sobre la actualidad incierta de un país atribulado por el estancamiento económico y la quiebra social. Es demasiado soberbio para esa estrategia; más bien parece dominado por un ensimismamiento de arrogancia, embalsamado en la historicidad que se confiere a sí mismo. Por eso es inconveniente concederle a su nostalgia la capacidad de determinar una agenda que necesita de otras prioridades. Incluso para hacerle justicia objetiva; el fracaso del zapaterismo ha engrandecido por contraste el recuerdo de aquella etapa de gobernanza, pero las luces que prevalecen del felipatoson las de su inicial impulso de modernización estructural y las del pragmatismo con que supo arrinconar la adolescencia ideológica, no las de la turbia degradación de abusos de poder, corrupción institucional y terrorismo de Estado. Si hubiese que escoger entre esa ciénaga final y esta amenazadora ineptitud, al menos los de ahora siempre podrán presumir de tener las manos limpias.


ABC - Opinión

Rabat pierde los nervios

Lo que hace tres semanas empezó siendo una simple reivindicación de mejores infraestructuras urbanas y de igualdad de trato laboral ha degenerado en un conflicto sangriento a favor de la independencia del Sáhara. A falta de confirmarse con exactitud el número de víctimas mortales, de los heridos y de los detenidos, todo apunta a que el desmantelamiento policial del campamento de protesta instalado en las cercanías de El Aaiún por varios miles de saharauis ha escapado al control del Gobierno de Rabat para convertirse en un trágico episodio de repercusión internacional. Algo se barruntaba ya días atrás, cuando la Policía marroquí acribilló a balazos a un adolescente en lo que el propio régimen alauita calificó de «trágico accidente», no sin antes tratar de ocultarlo. La tensión que desde entonces se fue acumulando en la acampada saharaui hacía temer un estallido violento. La chispa, sin embargo, no saltó allí, sino en el palacio real y la prendió con muy poca prudencia el propio Mohamed VI el pasado sábado, cuando dirigió a la nación un discurso beligerante con motivo del 35 aniversario de la Marcha Verde. En vez de llamar a la calma y de contribuir a la distensión en una zona donde los saharauis se sienten perseguidos y discriminados, el monarca alauita cometió el error de exacerbar los ánimos. Se diría que preparaba ya una intervención manu militari para cortar de raíz un movimiento de protesta cada vez más nutrido y más internacionalizado. Y se explican así la agresión y veto a varios periodistas españoles y por qué Rabat decretó días atrás un riguroso apagón informativo. Tampoco era ajena a esta operación la reciente visita a Madrid del ministro de Exteriores, Taieb Fassi-Fihri, que se permitió el desahogo de arremeter contra la Prensa española, lo que los retrató a él y al Gobierno al que pertenece. Finalmente, no es casual que la operación represora se haya ejecutado el mismo día en que las delegaciones de Marruecos y el Polisario debían reunirse a instancias de la ONU. Todos los indicios sugieren que Rabat ha optado por la vía del enfrentamiento puro y duro y que no reparará en medios para imponerse por la fuerza en este conflicto. Lo cual nos remite al papel de España y a su incómoda equidistancia entre un país vecino que es amigo y un movimiento independentista que cuenta con el apoyo de un sector relevante de la sociedad española, sobre todo de la izquierda. En este contencioso, como en otros, la política exterior del Gobierno socialista ha sido errática y carente de personalidad, y no parece que la nueva ministra sea capaz de aportar lucidez a la mediocre penumbra de su predecesor. No tuvo buen debut Trinidad Jiménez con su homólogo marroquí, pues permaneció con su habitual sonrisa congelada ante el ataque desmesurado a la Prensa, como si censurar la libertad de expresión fuera una mera cuestión administrativa. Hay que reconocer, sin embargo, que la posición de España no es sencilla ni fácil, pues debe armonizar intereses y principios contradictorios, a veces irreconciliables. Cabe esperar del Gobierno, en todo caso, que no renuncie a un papel activo de moderador y que defienda sin equívocos los derechos humanos.

La Razón - Editorial

El Sáhara se encona

El asalto al campamento saharaui es una nueva torpeza marroquí en el manejo de la crisis.

Si el Gobierno marroquí pretendía poner fin a las protestas con el asalto al campamento de Agdaym Izik, lo único que ha conseguido ha sido dar carta de naturaleza a un nuevo liderazgo saharaui e iniciar una espiral de violencia de inquietante desenlace, como lo muestran los graves disturbios que han estallado en El Aaiún, con un todavía incierto número de víctimas.

La imposibilidad de alcanzar una solución tras la precipitada descolonización española se ha traducido en un grave deterioro de las condiciones de vida en la ex colonia, por las que también ha empezado a pagar un coste el Polisario. El liderazgo alternativo que ha ido surgiendo de este malestar ha antepuesto la reivindicación de mejoras sociales a la de la independencia. Se trata seguramente de una opción táctica, como teme Marruecos. Pero, en cualquier caso, coloca al Gobierno de Rabat ante una difícil alternativa: cuanto más reprima las actuales protestas, y las de ayer en El Aaiún alcanzan un peligroso nivel de gravedad, más estimulará el independentismo, puesto que ya no estará solo vinculado a la aspiración nacional abstracta que encarna el Polisario, sino también a un concreto deseo de mejorar las condiciones de vida de los saharauis.


El asalto al campamento ha sido el último error de Marruecos, pero no el único desde que se iniciaron las protestas. La muerte de un adolescente saharaui en los primeros días no puede quedar sin respuesta por parte de Rabat, que está obligado, cuando menos, a abrir una investigación con garantías y a depurar las responsabilidades que correspondan. En lugar de ello, ha atacado a la prensa y propagado bulos sobre la supuesta muerte de un manifestante en enfrentamientos con la policía española en Melilla. Con estas iniciativas, el Ejecutivo marroquí demuestra algo más grave que simple torpeza; demuestra que no ha comprendido el giro que las protestas en el campamento de Agdaym Izik podrían suponer en el desarrollo del contencioso del Sáhara.

La comunidad internacional, y también la UE y el Gobierno español, se están manteniendo en un más que discreto segundo plano para evitar cualquier roce con Marruecos en una materia de especial sensibilidad. No es una posición que favorezca la estabilidad en la zona, porque lo que está en juego es la capacidad internacional para mantener un único criterio en materia de derechos humanos o ceder, por el contrario, a la tentación de los dobles raseros. Por el momento, esta última parece ser la opción que se va abriendo paso. Marruecos es un país decisivo en el Magreb; precisamente por ello no puede actuar de manera que sus amigos y aliados deban poner en entredicho los principios que defienden.

El contencioso del Sáhara podría estar entrando en un nuevo ciclo, al estar configurándose un nuevo liderazgo con reivindicaciones inéditas. Ni Rabat ni la comunidad internacional, ni tampoco el Polisario, deberían entrar en él desde actitudes cuestionables.


El País - Editorial

Inoperancia y sumisión ante Marruecos en el Sáhara

No cabe esperar firmeza en el Sáhara por parte del equipo que gobierna Exteriores, más interesado en estar a buenas con Marruecos a cualquier coste, que en exigir que se repare una injusticia histórica como la del Sáhara Occidental.

La violencia desatada en El Aaiún por el ejército marroquí a lo largo del día de ayer con el resultado de varias víctimas mortales vuelve a traer al primer plano de la actualidad un problema internacional totalmente enquistado –el del Sáhara Occidental –, que seguirá empeorando hasta que no se alcance un acuerdo final entre las partes interesadas. Y entre éstas figura, aunque pueda parecernos sorprendente habida cuenta de la actitud de su Gobierno, la propia España.

El territorio del Sáhara Occidental fue abandonado unilateralmente por el primer Ejecutivo de la monarquía hace casi 35 años, tras el éxito de la marcha verde convocada por Hassan II. Desde entonces la ex provincia española vive en estado de guerra permanente, ocupada de un modo ilegal por Marruecos y con parte de su población exiliada forzosamente en campos de refugiados repartidos por el desierto. La comunidad internacional, con España a su cabeza, ha decidido mirar hacia otro lado dejando que el asunto fuese pudriéndose hasta llegar al bloqueo actual.


El hecho es que, mientras no se dirima la soberanía del Sáhara Occidental, España es la administradora oficial de este territorio y la responsable última de todo lo que ha sucedido allí desde que la última unidad de nuestro ejército abandonó El Aaiún en 1976. Otra cosa es que los sucesivos Gobiernos lleven más de tres décadas haciendo dejación de sus funciones, y hoy nos encontremos frente a un problema acrecentado y con Marruecos haciendo de su capa un sayo en un país que tiene por propio y cuya anexión se ha tomado muy en serio.

Si la política española en el Sáhara ha sido, cuando menos, desconcertante por su inacción, la de los Gobiernos socialistas –tanto del de González como del de Zapatero– puede calificarse de vergonzosa. Traicionándose a sí mismos y a sus bases, los socialistas españoles han sido los mejores agentes internacionales que Rabat jamás soñó tener. Con Moratinos el asunto del Sáhara simplemente se abandonó. El ex ministro, entregado a Marruecos como nunca antes lo había estado un titular de Exteriores, dejó hacer a Mohamed VI y su política adoptó en todo momento un sesgo abiertamente promarroquí. Lo cierto es que de Moratinos poco más se podía esperar. Este de Marruecos fue uno de los muchos manchones que dejó en su historial de servicio.

Con Trinidad Jiménez, más inteligente que su predecesor, cabría haber esperado que, como mínimo, recuperase parte de la dignidad perdida por la diplomacia española en el norte de África durante los últimos seis años. Pero parece que no va a ser así. Agasajar a los que mandan en Marruecos va escrito en el código genético del zapaterismo. No cabe, pues, esperar firmeza en el Sáhara por parte del equipo que gobierna Exteriores, más interesado en estar a buenas con la autocracia marroquí a cualquier coste, que en exigir que se repare una injusticia histórica como la del Sáhara Occidental.

Pero por mucho que traten Zapatero y sus ministros de esconder la cabeza, el problema va a persistir y se envenena conforme pasan los años. Más tarde o más temprano este u otro Gobierno tendrá que fijar entre sus prioridades acabar con la descolonización del que fuese Sáhara español. Es algo más que un asunto de preferencias políticas o de intereses coyunturales, es una cuestión de Estado.


Libertad Digital - Opinión

Otro grave error de Mohamed VI

Rabat solo ha conseguido larvar el conflicto con el Sahara y demostrar que los saharauis al menos merecen ser escuchados, y no aplastados.

MOHAMED VI ha cometido un grave error al ordenar el desalojo violento del campamento de protesta levantado en los alrededores de El Aaiún. En su último discurso había puesto muy difícil cualquier salida negociada al conflicto, pero al utilizar la fuerza contra la población saharaui ha demostrado con los hechos dónde se encuentra el verdadero obstáculo, que no es otro que la intransigencia ciega de su régimen. Las víctimas de este asalto, tanto los policías que cumplían órdenes como los civiles saharauis, deben ser atribuidas a la falta de visión de los responsables marroquíes, incapaces de calcular las dimensiones del malestar de la población saharaui que vive en la antigua colonia española. Con esta decisión errónea en vísperas de una ronda de negociaciones organizada por la ONU, Mohamed VI ha dañado gravemente la reputación de su país en este proceso, que espera desde hace 35 años una solución razonable. En estas tres décadas, ningún país ha reconocido la ocupación por parte de Marruecos de un territorio que jurídicamente no le pertenece, y después de que se hayan producido estos graves incidentes en El Aaiún, lo único que ha conseguido Rabat es recordar al mundo que esa disputa existe y demostrar que los saharauis merecen ser escuchados, o al menos no ser aplastados por el Ejército marroquí. El Gobierno socialista, que dio un bandazo en la posición española para pasar a apoyar sin disimulos a Rabat, debería reflexionar a la vista de su fracaso.

La disputa entre Marruecos y el Frente Polisario es de muy difícil solución, y no hace falta recordar las razones de unos y otros para comprenderlo. La opción con la que las dos partes podrían haber salido ganando era una cierta autonomía flexible, encajada de forma específica con Marruecos. Para ello, Mohamed VI debía haberse centrado en la edificación de un Marruecos democrático y abierto que hubiera hecho creíble esa oferta, y sin embargo se ha empeñado en perpetuar las viejas estructuras heredadas de su padre, adaptándolas a los tiempos en lo externo, pero manteniendo las bases de una sociedad sometida a la que se exige fidelidad ciega. Con esta política no logrará jamás atraerse la simpatía de los saharauis, ni tampoco el desarrollo de sus súbditos marroquíes.


ABC - Editorial

lunes, 8 de noviembre de 2010

La crisis que viene. Por José maría Carrascal

De todas las advertencias del ex presidente, la más inquietante es la que alude a «la siguiente crisis que se está incubando».

EXCELENTE entrevista la que Juan José Millás ha hecho a Felipe González para El País. Las preguntas van al grano y las respuestas no las esquivan. ¿Quién puede discrepar de que «la democracia se ha convertido en una mediocracia, en los dos sentidos: mediático y mediocre»? ¿O con «falta la cultura emprendedora, ligada al riesgo»? El único brindis a la galería es el «tuve que decidir si se volaba la cúpula de ETA. Dije que no», que suena a exculpación, aparte de que a ETA se le ha contado muchas veces la cabeza, y ahí sigue. El resto es de un realismo y claridad impresionantes. «En Occidente, con excepciones, estamos endeudados hasta los ojos, mientras Oriente ha ahorrado hasta las cachas». «Empezamos a discutir sobre un futuro que ya pasó». «Estamos encubando la siguiente crisis financiera y la diferencia con ésta es que los ciudadanos no tolerarán que se rescate a los bancos». Si a ello se une que en toda la entrevista no hay un solo ataque a la oposición, comprenderán mi adjetivo de «excelente». Algún lector puede echar de menos una crítica al Gobierno. Pero ¿no está implícita a lo largo de toda la entrevista?

Es la diferencia entre un político y un estadista. El político sólo piensa en las elecciones. El estadista tiene en cuenta el pasado y el futuro, para sortear los escollos del presente. En España tenemos demasiados políticos y demasiados pocos estadistas. Todo gira en torno a las próximas elecciones —Rajoy no hace más que pedirlas y el último reajuste gubernamental se ha hecho pensando en ellas—, por lo que no es extraño que vayamos de mal en peor. Cuanto se hace es demasiado frágil, demasiado contingente, demasiado poco para una crisis como la que tenemos encima y no somos capaces de sacudirnos. Pues de todas las advertencias del ex presidente del Gobierno, la más inquietante es la que alude a «la siguiente crisis que se está encubando». Que es lo que muchos expertos temen y de lo que casi nadie habla como los niños que cierran los ojos ante un peligro. Pues está visto que, con excepciones, lo único que hemos conseguido hasta ahora en evitar lo peor, pero no superarlo. Lo que de continuar, nos condenaría a un largo periodo de postración económica. ¿Por qué? Tal vez porque no hay líderes con la imaginación y coraje suficientes para afrontar la crisis en sus verdaderas proporciones y tomar las medidas apropiadas. O porque los occidentales ya no tenemos estómago para ellas. Felipe Gonzalez lo dice de otra forma: «No se premia el mérito». Podía incluso haber ido más lejos: en nuestra llamada cultura, el mérito se castiga. Puede que ahí esté la clave de nuestras miserias.

ABC - Opinión

6-N. Miseria política. Por Agapito Maestre

La convocatoria de Francisco J. Alcaraz deslegitima, una vez más, la negociación emprendida por el Gobierno con ETA.

Aunque indirecta y casualmente puedan caer extranjeros, ETA atenta sólo y exclusivamente contra españoles. ETA sólo tiene un objetivo: matar españoles. No importa que el crimen sea selectivo o al azar. Lo decisivo para esa banda criminal es que mueran españoles. Detrás de cada víctima del terrorismo de ETA está, pues, España. Los españoles. Por eso, precisamente, cuando las víctimas convocan una manifestación contra ETA, y por supuesto contra los negocios sucios que el Gobierno de Zapatero se trae con ETA, nos dan la oportunidad a todos los españoles de ejercer, en primer lugar, nuestra ciudadanía en el sentido más inmediato y judicial, o sea, por ser de un territorio tenemos ya el derecho de defenderlo y de que nadie intente robárnoslo.

Pero, además, con la organización de este tipo de actos, manifestaciones, protestas, luchas por que se les reconozca a los muertos su "memoria, dignidad y justicia", las víctimas del terrorismo nos crean el marco adecuado para ejercer la ciudadanía como un asunto moral, o sea, un esfuerzo por dignificar nuestra vida ciudadana. Ser ciudadano es algo más que un asunto jurídico. Es una lucha moral y política.


Por todo eso, porque las víctimas nos dan generosamente la oportunidad de ser mejores ciudadanos, mi pregunta es: ¿si alguien no se manifiesta contra quienes quieren sustraerle su más inmediata identidad, ser español, entonces cuál será la causa que los saque a la calle? Sospecho que no existe tal causa, o peor, ese tipo de gente forma parte de un gentío, pero nunca podrá disfrutar del gozo de ser ciudadano. Han renunciado de antemano a la posibilidad y capacidad que tienen todos los seres humanos de dignificar su vida.

En pocas palabras, quien no participara con su asistencia real o presencia espiritual de la oportunidad que el sábado nos ofrecieron las víctimas del terrorismo, de ser genuinos ciudadanos, es parte del rebaño de Zapatero y Rajoy y, por supuesto, del rebaño que le precede hacia el matadero, o sea, todos los partidos y medios de comunicación que prefieren antes una sociedad lanar que una sociedad abierta y democrática.

He ahí lo que puso de manifiesto el éxito de la manifestación de Colón contra la política antiterrorista del Gobierno: la miseria política de quienes no quieren ver lo evidente. Miseria es, en efecto, crear un sistema ideológico de mentiras y discursos "moralizantes" que ocultan lo real: las victimas del terrorismo son la fuerza más importante para desarrollar la democracia. El resto es filfa. Basura imposible de reciclar que nos lanza la casta política para abonar una "sociedad" sin patria y sin bandera. Una "comunidad" primitiva al servicio de políticos impresentables.

Zapatero, el principal irresponsable de toda esta miseria política, no hará comentario alguno del éxito del acontecimiento de la Plaza de Colón, o peor, dirá cualquier barbaridad contra las víctimas del terrorismo para exhibir músculo "político". Pero lo cierto es que la convocatoria de Francisco J. Alcaraz deslegitima, una vez más, la negociación emprendida por el Gobierno con ETA. La sociedad española en general, y la más desarrollada civil y políticamente en particular, no sólo defienden las justas reivindicaciones de las víctimas del terrorismo, sino que sencillamente defiende la democracia. Por eso, precisamente, por defender la democracia, podrían multar al bueno de Alcaraz hasta con 350.000 euros. Naturalmente, serán 350.000 razones que yo tendré para llamarles a los políticos, si llegara el caso, por su verdadero nombre: ¡Hijos de puta!


Libertad Digital - Opinión

La duda de FG. Por Félix Madero

Cuando la sinceridad es sólo un añadido de la vacilación, la que pervive es esta última.

FELIPE González es el hombre de las preguntas y las respuestas. Su sobreactuación es tan descomunal que hace que sea el dueño de la entrevista. Ahora sabemos que pudo acabar con la cúpula de ETA, volarla más bien, pero dijo que no, y no sabe si hizo lo correcto. ¿Pretende que se lo digan ahora los españoles? Que alguien que no se quita la «X» de su espalda salga un domingo diciendo a los que llevan escolta, a los familiares que tienen víctimas, a las víctimas, a los asustados, a los que no han vuelto a encontrar la paz, que tuvo la oportunidad de acabar con ETA, pero que se echó atrás, es algo que retrata al personaje. Sorprende que nos traslade sus dudas tantos años después. Los votamos para que no duden, para que resuelvan. Dudó en acabar con los jefes de ETA, pero a continuación le torturó la idea de saber cuántos asesinatos de inocentes podría haber ahorrado. Pregunta y respuesta.

La confesión del ex presidente tantos años después parece haberle acompañado con la pesadez y la angustia de un dolor de cabeza que no tiene fin. Sólo le alivia la confesión, y sobre todo le relaja trasladar a los demás lo que pudo hacer y no hizo. Esa duda estaría resuelta si alguien le pasara la lista de los asesinados a partir del día en que pudo hacer lo que no hizo. Podría despejarla imaginando, por ejemplo, a una madre con un hijo asesinado por ETA y leyendo la entrevista de ayer en El País. El ex presidente podría haber callado, irse con su secreto; es más, podría haber evitado plantear un problema que sólo él pudo resolver. Él, que dijo aquello de «gato blanco o gato negro, lo que importa es que cace ratones». Él, que nos aseguró que a la democracia también se la defiende en las alcantarillas. Él, que aún no ha despejado los interrogantes que le señalan como el Señor X de los GAL, nos cuenta lo que pudo ser y no fue.

La sinceridad te hace más completo, pero no más grande como político. Sobre todo porque cuando la sinceridad es sólo un añadido de la vacilación la que pervive es esta última. Y la vacilación muchas veces sólo te lleva a la cobardía, un territorio en el que un político de la talla de González no debería transitar. Hubiera preferido leerlo así: pude matarlos pero no lo hice porque eso no se hace. Pero nos traslada su incertidumbre. Nos invita a probar sus recelos. A favor de González sólo encuentro que tenía los datos, el lugar y el momento en que pudo acabar con los etarras. Siempre supo lo que hacían y dónde estaban. Nunca anunció tiempos mejores que luego fueron peores. A su lado, los políticos que anuncian buenos tiempos en la lucha contra ETA y al día siguiente les destrozan la T4 son estatuas. Anécdotas de la política. Y en eso estamos peor.


ABC - Opinión

Adiós, Obama. Por José Carlos Rodríguez

Se acabó el Obama que conocíamos. No creo que él acabe de entender lo que ha pasado. Y no creo que un hombre brillante, pero que no ha cumplido ni una legislatura en el Senado, tenga la capacidad de manejarse políticamente en este contexto complicado.

Cada cita electoral en Estados Unidos viene con su catálogo de viejas y nuevas enseñanzas. De ellas, una no debiera pasarnos por alto, y es que los estadounidenses han rechazado la política de Obama. El resultado tiene algo de profecía autocumplida, pues Obama, con Harry Reid y Nancy Pelosi en el Senado y la Cámara de Representantes, impulsó un cambio político acelerado en un sistema político poco proclive a los golpes de timón. Todo porque temía que lo que no consiguiese en los dos primeros años le sería complicado colocárselo al Congreso en los dos siguientes. Pero esa prisa ha precipitado, precisamente, esa derrota.

Han cambiado de signo 60 escaños de Representantes. ¿Son muchos o pocos? La media de los trasvases está en la veintena. Afinando un poco más, un politólogo ha creado un modelo para apreciar qué trasvase de escaños es previsible, en función del tipo de elección que sea (en este caso unas elecciones de mitad de mandato de primera legislatura), la ventaja del partido mayoritario (ya que cuanto mayor sea, más fácil es que pierda escaños) y la evolución económica (medida con la marcha de los ingresos semanales). Con esos datos en la mano, lo previsible es que los demócratas perdiesen 45 representantes, que pasarían a manos republicanas. Sí, ha sido una victoria histórica del Grand Old Party.


Nada más tomar posesión llegué a la convicción de que Obama no iba a ganar en 2012, y sigo aferrado a esa idea, ahora más que nunca. Y eso que en los últimos 100 años, siempre que un presidente ha perdido el Congreso a los dos años de estrenarse ha salido reelegido. El último, por cierto, Bill Clinton, después del vuelco electoral liderado por Newt Gingrich con el "Contrato con América" de 1994 y que quedó en nada dos años más tarde, lo que debe hacer pensar a los republicanos sobre qué errores cometieron entonces y no deben repetir. Según el propio Gingrich se resumen en prometer mucho y cumplir poco. Así funciona la democracia estadounidense.

Las perspectivas para los demócratas son francamente malas. En estos dos años, Obama no va a poder sacar adelante su programa, con una Casa en su contra y con el Senado con una mayoría tan exigua. Es más, los votantes han hablado contra el gasto y el déficit excesivo, y 23 senadores demócratas que se juegan su puesto en 2012 lo habrán de tener en cuenta si quieren seguir. Más a largo plazo, los republicanos han ganado 9 estados y controlan 29. El año que viene los estados tendrán que rehacer los distritos electorales, cuando tengan los datos del censo, que se renueva decenalmente. Y cada estado lo hace a mayor beneficio de su propio partido.

Hay cambios más profundos y preocupantes para los demócratas, como que las mujeres, los independientes, los católicos y los suburbios se están decantando por el partido rojo. Obama, con ese gusto de la izquierda por crear nuevas Pyongyang, ha fomentado la concentración en grandes urbes sometidas al diseño de planificadores urbanos. Pero los estadounidenses prefieren vivir en los suburbios, en casas con jardín antes de en pisos en grandes urbes. Ahí es donde está el sustrato social del Tea Party, donde se tiene más apego a los valores tradicionales, junto con quienes viven en el campo.

Pero aquí hay lecciones para todos. También para el Tea Party, que ha obtenido un resonante éxito en estas elecciones, pero que también se ha llevado unos cuantos reveses. Su discurso le ha permitido llevar al Partido Republicano a muchos votantes que se habrían quedado en casa. Pero las ideas no son suficientes; tienen que defenderlas candidatos solventes. Y toda la frescura y la espontaneidad del movimiento Tea Party ha llevado al apoyo a candidatos francamente malos, como Christine O'Donnell, Sharron Angle o Ken Buck.

Bien es cierto que no es fácil encontrar nuevos Ronald Reagan. Pero estas elecciones han llevado al Senado a Rand Paul, hijo del congresista Ron Paul, el más identificado con el Tea Party (se siente más parte del movimiento que del aparato republicano) de los nuevos senadores del GOP. No tiene la capacidad de comunicar del ex presidente, pero al menos sí tiene buenas ideas que compartir. Va a proponer una enmienda a la Constitución que obligaría a que el presupuesto no incurriese en déficit. Y propondrá que se les dé a los legisladores un día por cada 20 páginas que tengan las nuevas leyes propuestas. No es una tontería. La mayoría de las leyes que se votan, incluso las más importantes, no las leen por falta material de tiempo.

Se acabó el Obama que conocíamos. No creo que él acabe de entender lo que ha pasado. Y no creo que un hombre brillante, pero que no ha cumplido ni una legislatura en el Senado, tenga la capacidad de manejarse políticamente en un contexto complicado, como es el que le espera en los dos próximos años. Ya tiene título para su próximo libro, publicado en 2013: Yes, we could.


Libertad Digital - Opinión

La herida del felipismo. Por Gabriel Albiac

Felipe González corrompió el alma de este país. No conozco nada igual en el siglo que fue el mío.

EL tiempo, dice Ovidio que con su paso todo lo amansa y todo lo hace estéril. Leo la larga entrevista en la cual Felipe González confiesa cosas que cualquier ex gobernante europeo juzgaría demasiado horripilantes para ni siquiera pensarlas, no digo ya para pronunciarlas en voz alta. Y no me irrita siquiera. Pobre diablo, que no es más que un muerto en vida. No muy distinto de cualquiera de los de nuestra edad. «Todo lo puede mitigar el tiempo que escapa con paso silencioso».

Felipe González corrompió el alma de este país. No conozco nada igual en el siglo que fue el mío. Pero eso sucedió cuando aún no era este viejo penoso, al cual leo enunciar necedades como puños, pero que es ya inofensivo. Me da pena. Tal vez solo porque tampoco tengo yo muchos menos años que él, y porque puede ser que dentro de muy poco mis neuronas anden tan reblandecidas como las suyas.


Cuando corrompió el país, debía de andar por la segunda mitad de la treintena. Nada había tenido que ver con la resistencia clandestina contra el franquismo, que fue cosa que hicimos cuatro gatos comunistas condenados a estrellarnos contra todos los muros: yo me acuerdo, sin embargo, de aquellas gentes con invulnerable cariño. Los del PSOE, reinventado por la banda de González, vinieron a embolsarse cuanto los servicios de inteligencia americanos y alemanes les iban colocando amablemente en el bolsillo a cambio de evitar una segunda revolución portuguesa en la Península. Les salió bien. Enhorabuena. No estaban obligados a haber secuestrado, asesinado, ni robado luego. No era necesario que se enfangaran en el GAL ni en Filesa. Si le hicieron, sería porque les gustaba. Así es la condición de los hombres.

Ayer, el provecto Presidente se despachó de un modo asombroso. La edad, bien es cierto, nos hace desbarrar a todos. Pero, contar delitos de tal envergadura, que un ex presidente los cuente con tal cinismo, al calor solo de la certeza de que han prescrito, es algo que hiela el alma. Si es que algo de alma nos queda todavía, que lo dudo.

Porque es delito eso que cuenta con deleite vanidoso: haber desplegado en Francia un operativo de policía española con la misión de volar mediante bomba a la dirección de ETA, ya que Francia no la detenía. Se puede consumar eso, claro está. Si uno está dispuesto a declarar la guerra a Francia. No se hizo, lamenta hoy el anciano González. No parece, sin embargo, dar mayor atención al hecho de que el despliegue mismo, sin autorización francesa, del operativo fuese ya delictivo.

Porque llamar «detención de Segundo Marey» a lo que hizo el ministerio del Interior es mucho más que un insulto, cuando se habla de un hecho juzgado, condenado y con sentencia firme ratificada en Estrasburgo: el secuestro de un ciudadano por orden de un ministro de Interior del Gobierno socialista presidido por Don Felipe González.

Hablé demasiado de él en otro tiempo. Ahora preferiría soñar que ni él ni lo que él hizo de nosotros existió nunca. Este país había salido de la dictadura cargado de esperanzas. No fueron los involucionistas del franquismo quienes le quebraron el espinazo. Se lo quebraron aquellos de quienes se esperaba todo. Y que sólo supieron delinquir en beneficio propio.


ABC - Opinión

Felipe González. Más tontiastuto que nunca. Por Emilio Campmany

Esto lo dice el tío bajo cuyo mandato se torturó y asesinó a Lasa y Zabala, se secuestró, perdón, se detuvo a Segundo Marey, se montó una organización terrorista y se saquearon los fondos reservados. Y la culpa será de quienes le precedieron.

Desde que, a finales de la primavera pasada, Zapatero entró en barrena, saltan a los medios, como pop-ups en la pantalla del ordenador, miembros de la vieja guardia socialista. Uno trata de encontrar las mejores fotos de la última modelo puesta de moda y zas, le aparece a uno el careto de Javier Solana mal afeitado contando sus batallitas de antiguo míster PESC. Que uno anda buscando información del mejor hotel de Florencia mientras fantasea con un idílico viaje a la Toscana y pumba, se te aparece la sonrisa gatuna de Felipe González que te mira sonriente como si fueras un ratón debatiéndote entre sus garras un instante antes de ser engullido. Y los dos se te presentan con sendos libros recién impresos atiborrando las mesas de novedades de las pocas librerías que van quedando. Dos libros, por lo demás, escritos para explicarnos, por si todavía no nos habíamos enterado, lo listos que son, lo grandes estadistas que fueron y lo mucho que todavía pueden dar de sí.

Mientras, otro socialista viejo (capullo viejo podríamos llamarlo aludiendo al símbolo del PSOE), maese Rubalcaba, se hace con todo el poder sin que terminemos de saber si es Zapatero quien se lo ha dado o ha sido él quien lo ha tomado.


Todo eso sin contar con Eduardo Sotillos, que vuelve a sentar sus reales en el PSM, que pronto volverá a llamarse Federación Socialista Madrileña, ni con Txiki Bengas, que apareció en un acto, que lo estoy escribiendo y no acabo de creérmelo, en el que a Aznar le dieron un premio por su lucha contra el terrorismo. Y además está lo de Ramón Jáuregui, nombrado por alguien ministro de la Presidencia.

Pero lo mejor es lo de González. El publirreportaje que le hace El País no tiene desperdicio y es de lectura obligada para todos, especialmente para los adictos a la ficción. Yo me voy a fijar sólo (me niego a escribirlo sin acento cuando es adverbio) en la recriminación que le hace a Bush por haber combatido el terrorismo con medios ilegales. Así habló el gran hombre: "Ponte en la piel de Obama, con el aparato de seguridad que recibió de Bush... Ese hombre creía que podía resolver Guantánamo en 10 meses. Desde fuera diríamos que no ha cumplido. El asunto es que le va a costar toda la legislatura recuperar el control de los servicios de seguridad como él los querría. Ha habido demasiados vuelos clandestinos, demasiadas cárceles secretas y muchas de las personas que estuvieron en eso forman parte ahora de sus servicios de inteligencia. Incluso en las democracias más consolidadas ha habido siempre una lucha subterránea entre el poder civil y el militar, o el de los servicios". Esto lo dice el tío bajo cuyo mandato se torturó y asesinó a Lasa y Zabala, se secuestró, perdón, se detuvo a Segundo Marey, se montó una organización terrorista y se saquearon los fondos reservados. Y la culpa será de quienes le precedieron. Granítica.

Sólo hay una cosa que hizo bien y que no hicieron sus sucesores: dejar a los ministros ser ellos quienes nombraran a sus secretarios de Estado. Algo bueno tenía que tener.

Quienes a la vista de la incompetencia de Zapatero, añoren a Felipe, que lean la entrevista y luego me digan qué prefieren, si la sartén o las brasas.

En cualquier caso, algo querrá decir tanto felipista en el candelero. Ya nos lo explicará Pedro J. cuando se le pase el cabreo.


Libertad Digital - Opinión

Chaleco anti-Papa. Por Ignacio Camacho

El presidente pacifista prefirió largarse a un escenario de guerra antes que recibir al mensajero universal de la paz.

LA última metáfora del sedicente progresismo zapaterista se llama kevlar y es un polímero resistente de fibra sintética. En vez de taparse los oídos para no oír las admoniciones del Papa contra el aborto, la laicidad y el relativismo, Zapatero se ha puesto un chaleco de kevlar para que le reboten en la pechera las palabras del Santo Padre. El presidente pacifista prefirió largarse a un escenario de guerra antes que recibir al mensajero universal de la paz; acaso porque sus paces son conceptos distintos. Benedicto XVI pronuncia passsssss con muchas eses, en vez de las zetas —la Academia obliga ahora a escribir «cetas», pero paso— con que nuestro líder posmoderno adorna su prosodia leonesa. La passsssss del Pontífice alude a un estado del espíritu, a la armonía ideal de un mundo iluminado por la bondad, y la pazzzzzzz del zapaterismo es una máscara retórica con la que disimular la misión bélica de nuestras tropas en el infierno desértico de Afganistán, tan beatífica que por si acaso es menester protegerse el torso con varias capas de material blindado.

Zapatero ha inventado el chaleco antiPapa. Una coraza simbólica con la que parapetarse del peligrosísimo mensaje del Vaticano, un escudo contra los sermones de destrucción masiva de largo alcance, tan largo que hay que irse hasta el Transcáucaso para quedar fuera de su radio de acción. El presidente del Gobierno español considera más leve el riesgo de un balazo perdido de los talibanes que la exposición directa a la homilía de una misa pontifical. Puede que en el fondo tenga razón: no hay arma de convicción más poderosa que la palabra de la gente de corazón limpio. Con su sola prédica y su ejemplo moral el antecesor de Ratzinger derribó el Telón de Acero, pese a que le pegaron dos tiros por no llevar el oportuno chaleco bajo la sotana.

El nuevo atuendo presidencial, este estilo war wear, puede marcar tendencia y volverse susceptible de propiedades multiusos en una política sobrecargada de conflictos. Tal vez podría servir en los desfiles del 12 de Octubre para refractar los abucheos, o en los mítines de Rodiezmo como defensa de la cólera desencantada de los sindicalistas mineros. Zapatero se ha convertido en un político impopular obligado a vestir de kevlar simbólico para resguardarse del descontento social que ha provocado en la calle. Rubalcaba es su chaleco viviente, la adarga que intenta protegerlo del desgaste electoral. El copresidente sí estuvo con el Papa en Santiago, habló con él a corta distancia y no parece que haya vuelto contaminado de radiactividad. Por si acaso, Zapatero sólo saludó durante cinco minutos al Pontífice en el aeropuerto de Barcelona, donde acudió a despedirlo como si pretendiera asegurarse de que se iba de verdad. Igual para tan embarazoso contacto conservaba puesto el blindaje bajo la americana.


ABC - Opinión

La familia es lo primero

El Papa se despidió ayer de España con un canto a la vida, a la dignidad de la persona y a la defensa de los más débiles. Una reivindicación, en suma, de la familia natural como el núcleo de la sociedad que es necesario cuidar y fortalecer. No se trata de un mensaje novedoso o excepcional, pues forma parte de la doctrina y del magisterio central de la Iglesia. Lo que lo hace oportuno y relevante es tanto el marco en el que lo lanza Benedicto XVI como a quién va dirigido: a los gobernantes y dirigentes políticos de una nación que en los últimos años ha aprobado varias leyes que fragmentan la familia y elevan el aborto libre a simple método anticonceptivo. Entre el auditorio que llenaba la espléndida basílica de Gaudí había parlamentarios que en su día no dudaron en votar a favor de esas leyes, tanto estatales como autonómicas. A ellos iba destinada de modo especial la interpelación para que las políticas sociales de los gobiernos apoyen a la familia, su desarrollo y su estabilidad. En contra de los ideólogos que preteden equiparar la institución familiar natural a otros modelos de convivencia asimétricos, la salud y la estabilidad de la sociedad se resienten cuando se cuartea la familia. Detrás de cada aborto, divorcio, maltrato o discriminación se encierra un grave fracaso no sólo personal, sino también social. Por el contrario, la familia que acoge en su seno el milagro de la vida, que vela por la formación de las nuevas generaciones y que afronta cohesionada los embates cotidianos es la base de las sociedades más libres, prósperas y justas. No sin razón, todos los sondeos sociológicos coinciden en que para los españoles la familia es lo más importante. De ahí que los poderes públicos tengan la obligación de legislar pensando en los beneficios que conlleva una realidad familiar robusta. Del mismo modo que se subvenciona con dinero público y se protege legalmente instituciones que se consideran últiles para la convivencia democrática, como los sindicatos, los partidos o las asociaciones de vecinos, con mayor motivo se debe cuidar a la primera institución de todas: la familia. A esto se ha referido Benedicto XVI en su homilía en la Sagrada Familia, mensaje que es inseparable del que horas después transmitió en el centro Nen Deu para niños y adultos discapacitados. En medio de estos «renglones torcidos de Dios», el Papa se erigió en su abogado defensor al advertir de que los avances tecnológicos en el campo médico no puede ir en detrimento de la vida y la dignidad humana, y que quienes padecen enfermedades o minusvalías deben ser tratados como personas. A decir todo esto ha venido Benedicto XVI a España por segunda vez. Volverá una tercera el año próximo para presidir la Jornada Mundial de la Juventud. El cariño y la simpatía de los miles de españoles han reconfortado al Papa, expresión cabal de una sociedad mucho más sensata, afectuosa y hospitalaria que esos inapreciables grupúsculos empeñados en hacer el ridículo para salir en la foto. Tampoco han tenido mayor fortuna los que suelen exacerbar la lectura política. La ausencia del presidente del Gobierno en algunos actos, decidida por su nuevo equipo, puede gustar más o menos, pero no resta eficacia a una visita que ha sido preparada y realizada con excepcional acierto.

La Razón - Editorial

El "laicismo agresivo" de la izquierda

Lo que el laicismo agresivo propone no es que cada cual ejerza su libertad para formar parte de una confesión religiosa o para no hacerlo, sino que se margine y se "reeduque" a quienes eligen la "inconveniente" opción de ser católicos.

Que el Gobierno de Zapatero es el más sectario y frentista de cuantos hayamos padecido en nuestra reciente historia es algo que nadie niega, ni siquiera sus más radicales seguidores que precisamente siguen otorgándole su apoyo en virtud de ese sectarismo en el fondo y en las formas. Tampoco debería de haber demasiadas dudas sobre el hecho de que uno de los grupos sociales a los que este Gobierno socialista ha tratado de perseguir, despreciar y marginar con más saña han sido los católicos. No por casualidad, a Zapatero le agrada definirse como laicista, que en su lenguaje no equivale a demandar la muy liberal –y muy cristiana– separación entre la Iglesia y el Estado, sino a erradicar cualquier manifestación pública de la fe católica.

A buen seguro, en todo esto estaría pensando Benedicto XVI cuando en su visita a España ha alertado contra el "laicismo agresivo" que se vive en nuestro país; laicismo agresivo que habrá podido comprobar en su propia piel con las muestras de odio de los grupúsculos y lobbies afines al socialismo radical y con el desprecio del mismo Zapatero, quien sólo se ha dignado a dedicarle diez minutos en una visita que ha durado dos días.


Por supuesto Zapatero es muy libre de sentir a título particular cualquier tipo de alergia hacia la Iglesia Católica, pero no convendría olvidar que como presidente del Gobierno de España es el representante de todos los españoles y está sometido a nuestra Carta Magna. Teniendo en cuenta que una mayoría de españoles se sigue calificando como católica y que nuestra Constitución, en su artículo 16.3, les exige a las autoridades que tengan en cuenta "las creencias mayoritarias" de los españoles (con especial mención a la Iglesia Católica), el desplante de Zapatero al líder religioso de esa gran mayoría de españoles tiene escasa justificación más allá de su genética predisposición a gobernar contra la mitad del país.

Todo lo cual, huelga decirlo, no tiene nada que ver con concederle a la Iglesia un papel legislativo que efectivamente no le corresponde. Una cosa es que el Estado no deba otorgarle privilegios a ninguna confesión y otra que el Estado emplee sus recursos para combatir activamente toda manifestación religiosa. Quienes conozcan mínimamente la producción intelectual de Joseph Ratzinger tendrán bien clara esta distinción y serán conscientes de que el actual Papa ha sido desde siempre uno de los principales defensores de que el Estado deba estar completamente separado de la Iglesia –tanto en beneficio del Estado como, sobre todo, en beneficio de la Iglesia–, sin que ello signifique que los políticos deban dedicarse a perseguir o a asfixiar la inviolable libertad religiosa de los individuos y de sus asociaciones, o que se le daba imponer a la Iglesia una mordaza a la hora de opinar sobre cuestiones políticas.


Libertad Digital - Editorial

Certero diagnóstico papal

Es la izquierda la que siente nostalgia republicana y utiliza la legislación para darle cauce. ¿No es Zapatero el primer nostálgico republicano?

EL Gobierno dice haberse sorprendido por los mensajes de Benedicto XVI sobre la tensión entre laicismo y fe que se vive en España y la comparación que hizo entre la situación actual y la de los años treinta. Lo que sorprende es que sea este Gobierno el que se sorprenda por las palabras del Papa, cuando su presidente, José Luis Rodríguez Zapatero, ha dedicado al Santo Padre el mínimo tiempo imprescindible en este viaje, pero sin embargo le faltó tiempo para ir a rezar con Barack Obama o a celebrar el final del Ramadán con el Gobierno turco. La hostilidad laicista y la obsesión contra la Iglesia Católica están presentes como señas de identidad de la política del Gobierno socialista, que siempre ha hecho ostentación de estos prejuicios para legitimar su sedicente «agenda social», en la que se incluyen el matrimonio homosexual, el aborto libre, la educación para la ciudadanía y la expulsión del hecho religioso en los ámbitos públicos. Ahí está el proyecto de ley de libertad religiosa, con el que el Gobierno juega al escondite caprichosamente y con irresponsabilidad. El Papa ha retratado fielmente la situación de enfrentamiento que Zapatero ha buscado con el catolicismo como un apartado más de esa estrategia de tensión que, según confesión propia, le viene bien. Nada hay en las palabras de Benedicto XVI que no se ajuste a la realidad política que ha configurado escrupulosamente el Gobierno socialista, especialmente activo en responder a las críticas de la Iglesia hacia determinadas leyes con amenazas a su financiación o con imposiciones de silencio.

Si el Gobierno está sorprendido y molesto con los mensajes papales se debe a que ignora lo que Benedicto XVI representa universalmente. Su legitimación es histórica y espiritual para cientos de millones de hombres y mujeres en todo el mundo; y, precisamente, esa historia es la que permite al Santo Padre recordar la agresividad laicista de los años treinta en España. Pero tampoco debería sentirse molesto el Gobierno por esta referencia histórica. Es la izquierda la que siente nostalgia republicana y utiliza la legislación para darle cauce. ¿No es Zapatero el primer nostálgico republicano? Tanto lo es que ha sido el promotor de las grandes quiebras del espíritu de la Transición y de los consensos constitucionales de 1978. En todo caso, el recuerdo de los años 30 debería mover a la izquierda a la humildad, porque para la Iglesia Católica representó en España la persecución más cruel de su historia.


ABC - Editorial