jueves, 6 de mayo de 2010

Cómo el socialismo destruye Europa. Por Guy Sorman

Hoy en día, no es la crisis griega lo que convendría explicar, sino el camino que condujo hasta ella. No se trata de reabsorber la deuda griega o española: se trata de poner un plazo o no a la estrategia del declive europeo.

La tragedia del euro sobrepasa con mucho el único caso de Grecia y esta tragedia sólo es financiera en apariencia. El mal es más profundo: alcanza a todos los países miembros o acabará por alcanzarlos a todos. No bastará con poner un poco de orden en las cuentas públicas, salvar a Grecia de la quiebra y tranquilizar a los acreedores de España y Portugal. Estos remiendos financieros no evitarán el contagio general de todos los países miembros de la Unión ya que a todos les aqueja el mismo mal. Algunos querrían quitar importancia a este mal. En el FMI, en el Banco Central Europeo, en los ministerios nos dicen: es financiero, es técnico, sabemos actuar, ya pasará, basta con algunos créditos, con persuadir a los alemanes, con reducir un poco el gasto público. ¿Y todo volverá a empezar como si no hubiese habido crisis en absoluto? ¡Qué ilusión, qué ceguera y sobre todo que negación de la realidad! ¿La realidad? Los fundamentos de la Unión Europea son incompatibles con la manera en que se gestionan los Estados europeos. Es decir, la Unión Europea es de origen liberal, concebida como tal en filosofía política y en economía y sólo es posible gestionarla de manera liberal, mientras que todos los gobiernos nacionales, aunque fueran de derechas, crearon, de hecho, unos gigantescos Estados del Bienestar de inspiración socialista.

Expliquémonos: en los comienzos de Europa, un empresario (no un diplomático, sino un comerciante de coñac familiar de Estados Unidos), Jean Monnet, tras la Segunda Guerra Mundial, reparó en que los gobiernos europeos nunca habían logrado, y no lograrían nunca, hacer de Europa una zona de paz y de prosperidad. Sustituyó el motor diplomático por el motor económico; consideraba que el libre cambio y el espíritu emprendedor deberían generar unas «solidaridades concretas» que eliminarían la guerra y la miseria. Esta institución liberal de Jean Monnet fue ratificada el 9 de mayo de 1950 por los principales artífices de la primera Comunidad Económica Europea, tres demócratacristianos: Konrad Adenauer, Alcide De Gasperi y Robert Schuman. Estos hombres compartían una misma concepción moral de la política y un mismo análisis económico, y se mostraban recelosos con el estadismo que entonces se identificaba, con razón, con los totalitarismos guerreros. La Comisión de Bruselas, y más tarde el Banco Central Europeo, no han dejado de ser fieles a ese espíritu liberal original. El libre cambio, gracias al apoyo constante de la Comisión de Bruselas, atizó el espíritu de empresa frente a los proteccionismos y los monopolios nacionales. Y se creó el euro para obligar a los Estados a equilibrar su presupuesto, siguiendo la línea de la teoría monetaria liberal.

Desgraciadamente, los gobiernos nacionales creyeron que sería posible acumular los beneficios de la Europa liberal, a la vez que se superponían las delicias electorales del socialismo. Aquí se llama «socialismo» al crecimiento infinito del Estado del Bienestar, a la acumulación de seguros sociales y de empleos protegidos por el Estado.

Ese socialismo de hecho, sedimentación de promesas electorales y de derechos adquiridos, se desarrolló en Europa infinitamente más rápido que la economía y que el número de habitantes. Por tanto, este socialismo de hecho sólo podía financiarse a crédito, se creía que sin riesgos, ya que el euro parecía «fuerte». Este euro fuerte enloqueció a sus poseedores: de repente todo parecía asequible con el crédito. Ello tuvo como consecuencia un endeudamiento notablemente homogéneo, en todos los países europeos, del orden del 100% de la riqueza nacional: entre el 91% en Alemania y el 133% en Grecia, una diferencia bastante modesta entre los dos extremos, reflejo de una misma trayectoria socio-estatal. Hoy en día, la diferencia entre Alemania, Grecia, España o Francia, depende menos del endeudamiento y de la manera de gestionar los Estados -más bien similares- que de la capacidad de reembolso variable dependiendo de los deudores. Todos los Estados europeos han sido gestionados «a la socialista», en contradicción con los principios liberales de la Unión Europea: algunos serán capaces de hacer frente a los vencimientos mejor que otros, pero todos han seguido juntos la misma trayectoria.

¿Explicarán esta trayectoria fatal? Las ideologías son su verdadera causa. El socialismo domina los espíritus en Europa, mientras que el mundo universitario, mediático e intelectual acosa al liberalismo. Apoyar al mercado frente al Estado y preconizar el Estado modesto se considera en Europa una perversión «estadounidense». Y la ideología socialista está lo suficientemente arraigada como para que a un político le sea casi imposible resultar elegido sin prometer aún más solidaridad pública y aún menos riesgo público. Estos Estados del Bienestar, debido a su coste financiero y a la falta de responsabilización ética que legitiman, han asfixiado el crecimiento económico en Europa: somos el continente del declive, pero del declive solidario.

Y ahora nos presentan la factura griega: no será la primera de esa clase. ¿Qué hacemos con ella? Sería lícito que no la pagáramos: en el fondo, ¿por qué un modesto contribuyente francés o alemán debería pagar los impuestos que evadió un griego rico, todo ello para financiar a los sindicatos o a los militares griegos? Pero las finanzas europeas son tan enrevesadas que el euro que debe Grecia se lo debe en realidad a un banco alemán o francés. Por consiguiente, que los no griegos corran o no a socorrer a Grecia no cambiará nada: nuestra quiebra será colectiva. Nos creíamos ciudadanos de un país, pero somos deudores para todos. Si los europeos no pagan la factura griega, las facturas de Portugal, España e Italia llegarán rápidamente a continuación ya que la bancarrota de Grecia repercutiría sobre el valor de todos nuestros euros.

¿Cómo se sale de una tragedia? Ganando tiempo, negándola, suicidándose o diciendo la verdad. En este momento de la historia que vivimos, no es posible prever cuál de estos supuestos prevalecerá. En los comienzos de Europa, Jean Monnet dijo la verdad y los hombres de Estado se la explicaron a los pueblos: éstos la entendieron. Hoy en día, no es la crisis griega lo que convendría explicar, sino el camino que condujo hasta ella. No se trata de reabsorber la deuda griega o española: se trata de poner un plazo o no a la estrategia del declive europeo. A fin de cuentas, deberíamos darles las gracias a los griegos quienes por imprudencia, eso sí, han interrumpido la siesta europea.


ABC - Opinión

miércoles, 5 de mayo de 2010

El Titanic se hunde. Por Manuel LLamas

El tiempo se acaba, el iceberg asoma ya por el horizonte y el capitán del barco (Zapatero y sus secuaces) siguen en el salón de fiestas brindando con champán al ritmo de los violines mientras el Titanic se dirige de cabeza hacia el hundimiento.

Todo está contado. La UE se enfrenta, finalmente, a su particular dilema: rescates, expulsión de países o colapso del euro. Y a la vista de las últimas declaraciones oficiales del Gobierno alemán, todo indica que, llegado el caso, Berlín no está dispuesto a extender el plan de salvamento griego a otros países de la zona euro. Lo cual, no sólo es lógico sino razonable, deseable y sano para el bolsillo de los contribuyentes germanos.

Esta negativa, sumada al riesgo real de que la tragedia griega se contagie a las economías más débiles de la Unión Monetaria –Portugal, Italia, Irlanda y España–, está provocando la huida de capitales de sus respectivos mercados de deuda pública. La cuestión es muy simple, pese a ser trágica. Tal y como señaló el ex economista del Fondo Monetario Internacional (FMI) Simon Johnson:
La pesadilla para Europa no es Grecia o Portugal sino el rendimiento de los bonos italianos y españoles. El rendimiento –tipos de interés que paga el Tesoro– de la deuda española está subiendo porque los inversores, que hasta ahora pensaban que dichos bonos eran casi tan seguros como el dinero en efectivo, están empezando a darse cuenta de que existe un riesgo razonable de que pierdan un valor considerable e, incluso, puedan llegar a una situación de default (suspensión de pagos).
España cuenta con uno de los déficits públicos y exteriores más elevados de los países ricos y las peores perspectivas económicas de la OCDE. Y ello, en un contexto en el que asistimos a una burbuja de deuda pública internacional de grandes dimensiones, ya que todos los gobiernos se han lanzado a una emisión récord de bonos para salvar a sus respectivos sistemas financieros e intentar salir, ilusoriamente, de la recesión.

El mercado está empezando a discriminar entre países solventes y menos solventes y, puesto que el Gobierno de Zapatero no ha hecho absolutamente nada para reducir la brecha fiscal y ganar competitividad liberalizando al máximo la economía, España tiene todas las papeletas para convertirse en la nueva Grecia si la política económica no registra un drástico cambio de rumbo.

La situación es de emergencia nacional. El tiempo se acaba, el iceberg asoma ya por el horizonte y el capitán del barco (Zapatero y sus secuaces) siguen en el salón de fiestas brindando con champán al ritmo de los violines mientras el Titanic se dirige de cabeza hacia el hundimiento. Y no será porque no nos lo hayan advertido. El primer toque de atención de los inversores a Moncloa se produjo el pasado febrero, que pasará a la historia como la primera semana negra de 2010 en bolsa. El segundo resonar de trompetas no será tan tibio.

Tan sólo un dato: el mercado detectó el pasado enero que Atenas estaba en quiebra técnica cuando descubrió con horror el ocultamiento de su deuda y déficit público, y en apenas tres meses su Gobierno se ha visto obligado a implorar un rescate ante la negativa del mercado internacional a seguir financiando su elefantiásica estructura pública. Veremos cuánto margen conceden a Zapatero. Lo triste, sin embargo, es que la situación podría resolverse en 24 horas. Basta con que el Ejecutivo apruebe un recorte inmediato de entre 40.000 y 50.000 millones de euros y liberalice todos los sectores productivos del país para que esos malvados especuladores que ahora venden España comiencen a comprar de nuevo bonos de Tesoro para felicidad y tranquilidad de nuestros políticos.

Y es que, tal y como me ha explicado hoy mismo un buen amigo que trabaja en el mercado de valores internacional:
lo más razonable para explicar las últimas caídas de la Bolsa en España sería la del efecto huida de los inversores extranjeros, que se viene produciendo de un modo creciente desde 2008. Parece lógico que esta huida se siga agravando, ya que España no es ni de lejos un país atractivo donde invertir teniendo en cuenta que hay economías mucho más saneadas y con perspectivas de crecimiento mucho más positivas. Esto unido a la gran incertidumbre que existe respecto al rescate de Grecia, la limitada capacidad de maniobra de la UE y la contrastada inutilidad del Gobierno de Zapatero provoca que la Bolsa española se tambalee día sí y día también.
Se puede decir más alto, pero no más claro.


Libertad Digital - Opinión

Zapatero y Rajoy. Por José María Carrascal

MIENTRAS los titulares del New York Times anuncian que «España se mueve demasiado lenta en reformas cruciales», con un análisis muy crítico a las medidas del Gobierno, «arriesgando caer en la misma trampa que Grecia», Zapatero cita a Rajoy para hablar, no del paro, no de esas reformas estructurales, no de la rebelión que se anuncia en Cataluña por la sentencia del Constitucional, sino de la ayuda a Grecia y de las Cajas de Ahorro. Pocas veces habrá quedado más en evidencia el horror que produce a Zapatero la realidad. No quiere verla, como Lorca, la sangre de Sánchez Mejías.

¿Qué puede esperarse de este encuentro? Pues lo de los anteriores: fotos. El saludo protocolario, los dos sentaditos en la sala, la despedida, Zapatero esbozando una sonrisa, Rajoy muy serio, y hasta la próxima. ¡Así se quiere salir de la crisis! A no ser que el presidente lo dé ya todo por perdido e, incapaz de tomar las medidas oportunas, espere que sea la Comunidad Europea quien se las dicte, como a Grecia, a cambio de su ayuda. De él puede esperarse cualquier cosa menos que rectifique y nos diga la verdad. Mientras a Rajoy no se le puede pedir más que acuda, escuche, le pida que rectifique y se deje fotografiar. En otro caso, le cargarían con el sambenito del desaguisado.

Y voy a aprovechar la falta de noticia en esta noticia para impugnar una especie muy extendida: la que equipara a Rajoy con Zapatero. Incluso en comentarios fuera de la órbita gubernamental se ha impuesto acompañar la crítica al presidente con unos zurriagazos al líder del PP, situándolos poco menos que al mismo nivel. Lo que, aparte de injusto, es falso.

Rajoy tiene muchas carencias y puede no ser el líder de la oposición que España necesita en momentos tan críticos como estos. Pero tanto humana como políticamente está en las antípodas de Zapatero, un hombre al que sobran habilidades y prejuicios, y faltan cualidades tan necesarias para dirigir una nación como son los principios, la visión histórica y el valor para tomar decisiones impopulares.

El principal reproche que se hace a Rajoy es que sólo sabe criticar al Gobierno. Pero aparte de que ese es el papel del líder de la oposición, está el hecho más que constatado de que, en vista de la deriva estrafalaria y en algunas ocasiones suicida del Gobierno, era su deber hacerlo. ¿Qué querían, que aplaudiese la negociación con ETA mientras se rearmaba para seguir matando, que apoyase un nuevo Estatuto catalán claramente anticonstitucional, que se uniera a Zapatero al negar la existencia de la crisis y a unas medidas que no servían de nada contra ella? ¿Era eso lo que querían? Pues íbamos aviados. Rajoy ha hecho y dicho lo que tenía que hacer y decir. Posiblemente lo hizo y lo dijo mal, pero esa es otra cuestión. Pero sostener que ha estado poniendo palos a las ruedas del carro es una bellaquería. Aquí, el único que ha puesto palos a las ruedas del carro es José Luis Rodríguez Zapatero.


ABC - Opinión

Sólo los especuladores pueden salvarnos de Zapatero. Por Juan Ramón Rallo

Sólo cabe esperar que varias sesiones de batacazos en los mercados acaben por mostrar tanto a los españoles como al resto de europeos que la catástrofe es Zapatero y que si bien España no quebrará mañana, bajo su batuta no parece haber otro horizonte.

Basta una sucinta afirmación de Zapatero para comprobar toda la bajeza moral de la izquierda y de toda la comparsa mediática dispuesta a disculpar los destrozos que este Gobierno está causando al conjunto de los españoles acusando de los mismos a unos ignotos "especuladores". Critica Zapatero, el de las dos tardes, que los especuladores estén actuando basándose en "pronósticos e hipótesis" y no en "datos y hechos".

Al margen de que los datos y los hechos de la economía española ya son argumento suficiente para horrorizarse –20% de paro, déficit público de 12% del PIB y sistema bancario al borde de la quiebra–, los especuladores, todo especulador, actúan siempre basándose en pronósticos, pues su cometido precisamente es el de tratar de anticipar un futuro que es incierto. Si la especulación consistiera en actuar conforme a datos objetivos que todos interpretáramos del mismo modo, simplemente no habría lugar a la especulación, pues todos tendríamos unas expectativas homogéneas sobre un futuro cierto.

Y es aquí precisamente donde los pronósticos que cabe deducir de las actuaciones de los especuladores deberían preocuparnos. Ha bastado con que el jefe parlamentario de Merkel, Volker Kauder, se mostrara favorable a dejar quebrar a los PIGS, a España, para que los especuladores rápidamente huyeran de nuestro país. Del mismo modo, a lo largo de las últimas semanas la previsión de que los alemanes aceptaran un rescate de España como lo estaban haciendo con Grecia impulsaba al alza el mercado de valores español sin que en aquel entonces nadie alzara la voz contra los pérfidos especuladores. En otras palabras, la mayoría de agentes del mercado descuenta una suspensión de pagos del Estado español en el futuro, por mucho que Zapatero lo tache de "absoluta locura"; los socialistas que ahora niegan todo riesgo son los mismos perros (con idénticos collares) sin credibilidad alguna que a comienzos de 2008 nos situaban en la Champions League de la economía mundial, se vanagloriaban de contar con el sistema bancario más sólido del mundo y nos prometían el pleno empleo antes de 2012.

Pero al cabo sólo nos queda confiar nuestra suerte a esos antipatriotas especuladores cuyo comportamiento refleja la calamidad que se nos avecina si Zapatero continúa en el poder y sigue bloqueando cualquier reforma conducente a consolidar el presupuesto y liberalizar nuestros mercados. Sólo cabe esperar que varias sesiones de batacazos en los mercados acaben por mostrar tanto a los españoles como al resto de europeos que la catástrofe es Zapatero y que si bien España no quebrará mañana, bajo su batuta no parece haber otro horizonte posible.

Si bien Rajoy ha renunciado a hacer oposición, los especuladores no parecen estar dispuestos a que Zapatero los arruine. El mayor servicio que podrían prestar a la patria, es decir, a todos y cada uno de los españoles que no abrevan en los aledaños de La Moncloa, es que terminaran forzando la renuncia del presidente del Gobierno. Porque precisamente ese es el lado fuerte de los especuladores: no necesitan que la bomba les estalle delante de sus narices para saber que va a haber una explosión; les sobra y les basta con ver la mecha encendida.

Ahora vayan y lean a los muy patriotas diarios nacionales culpar a la especulación de todos nuestros males. Los mismos que le ríen las gracias a uno de los políticos más nefastos de nuestra historia, los mismos que disculpan todas y cada uno de los atropellos, tropelías y agravios que Zapatero ha infligido y sigue infligiendo día a día a los españoles, se rasgan las vestiduras porque los inversores huyan en desbandada de nuestro país. Eso sí, no se extrañe que los dueños de esos rotativos hayan sido los primeros en expatriar los capitales. Por lo visto, son el resto de mortales los que han de sufrir estoicamente cómo el socialismo los expolia.


Libertad Digital - Opinión

Hacer la visita. Por M. Martín Ferrand

ZAPATERO y Rajoy se desprecian mutuamente. Ambos tienden a olvidar que «el otro» también cuenta con el respaldo de diez millones de votantes y que, entre los dos, acumulan un poder inmenso, excesivo, que nunca tuvo nadie en una democracia.

Nuestra degeneración partitocrática, contraria al espíritu de la Transición y a la letra de la Constitución, ha determinado que los líderes del PSOE y del PP puedan, por ellos mismos, determinar quien será alcalde en la mayor parte de nuestras ciudades: uno de los dos que encabecen las listas municipales con el emblema de la rosa o el de la gaviota. Controlan, por supuesto, el Legislativo que, en correlación con los votos que acumulan, ha de plegarse a su voluntad conjunta y, por ello mismo, extienden su poder al Judicial y, en otro plano, mandan en el Constitucional. Dado nuestro sistema electoral, que defienden con uñas y dientes, así es y así seguirá siendo.

El poder moderador de tan inquietante y potencial concentración de poder debiera residir, principalmente, en los partidos que les respaldan a ambos; pero, también degenerando, más que las ideas y la representatividad la fuerza dominante en ellos es el empleo. La militancia tiende a renunciar a su espíritu crítico y a los nobles ideales en bien del confort. De ahí su obediencia, su adhesión inquebrantable, idéntica a la de otros tiempos que ya parecían superados. ¿Dos mejor que uno?
Hoy José Luis Rodríguez Zapatero recibe a Mariano Rajoy. Es un acto litúrgico que conviene al presidente del Gobierno y que, en una democracia retransmitida, no puede evitar el aspirante; pero bien podría hacerse, por anticipado, la crónica del encuentro. Es tal el repelús que les anima al uno contra el otro que ambos, maestros los dos del inmovilismo, cumplirán con los informadores gráficos para perpetuarse en el Olimpo de los telediarios. Si fueran capaces de entenderse, de anteponer los intereses de la Nación a los suyos propios y a los de sus partidos, podría salir del encuentro alguna solución salutífera para las Cajas, esa rémora en que ha devenido la mitad del sistema financiero; pero nadie puede dar lo que no tiene ni saltar hasta donde no puede. Llevan año y medio sin verse a solas y, cumplido el trámite, volverán por donde solían. Zapatero ya tiene demostrado lo que cabe sospechar en Rajoy y, hecha la visita, cada cual puede volver a contemplar su propio ombligo.


ABC - Opinión

Quebrando en fila de a uno. Por Pablo Molina

Una quiebra "ordenada" no es lo peor que podría pasarle a España. Con un cambio de Gobierno y un plan de ajuste serio que incluya la reforma del sistema autonómico saldríamos de la crisis tras muchos sacrificios.

Volker Kauder, a la sazón jefe parlamentario del partido de Angela Merkel, ha tenido la virtud de decir públicamente lo que piensa la inmensa mayoría de alemanes, pidiendo que se deje a los países que constituyen una rémora para la locomotora europea disfrutar en solitario de los éxitos económicos de sus gobernantes. Y como tienen esa mentalidad tan prusiana, ha añadido que, por favor, esa quiebra inminente se haga de forma ordenada. El único problema es que resulta difícil que Zapatero haga algo de forma organizada, ni siquiera hundirnos en la sima más profunda y persistente de la depresión económica, pero por pedir que no quede.

La bolsa española se ha pegado el consiguiente batacazo, porque una cosa es que una agencia privada de calificación advierta del riesgo de nuestra deuda, y otra muy distinta que los responsables de salvarnos del desastre económico comiencen a mirar para otro lado. Si el leñazo bursátil del pasado mes de febrero encaneció súbitamente a Zapatero, obligándolo a enviar a Salgado a aquella famosa gira europea, con el de hoy puede que las ojeras, todavía incipientes, se le agudicen de forma notable en cuestión de unas horas.


Zapatero es el típico estudiante vago que deja pasar el tiempo sin hacer caso de las advertencias de los profesores de suspenderle en caso de que no haga los trabajos que tiene encomendados. Sabe que tiene que poner en marcha un plan de reformas brutal para que los mercados nos sigan prestando dinero y el resto de países vuelva a tomarnos en serio, pero como eso supondría un coste electoral, está dispuesto a seguir vegetando a la espera de que el día del examen se decrete un aprobado general que sin duda no merece.

Una quiebra "ordenada" no es lo peor que podría pasarle a España. Con un cambio de Gobierno y un plan de ajuste serio que incluya la reforma del sistema autonómico saldríamos de la crisis tras muchos sacrificios. Con un Zapatero uncido a las exigencias de sus socios autonómicos, sumado a la voracidad presupuestaria de los grupos de presión que agitan a las masas en su nombre, nuestro destino es irremediable: quebraremos y, gracias a Zapatero, el proceso será más lento, pero las víctimas mucho más numerosas.


Libertad Digital - Opinión

Abrazo en las cuerdas. Por Ignacio Camacho

ESTÁ bloqueado, catatónico, impotente. En estado de shock. La imagen del presidente ayer en Bruselas, demacrado, ojeroso, apesadumbrado, casi lívido, era el retrato de un hombre desbordado.

Su impermeable actitud sonriente se ha trocado en un rictus de agobio, en una gestualidad problemática. No puede con una crisis que ha superado el ámbito económico y financiero para convertirse en una convulsión completa en la que los mecanismos sociales y políticos del país amenazan colapso. No le creen los inversores, lo desautorizan los expertos, el pueblo desconfía, la oposición lo cerca y los suyos le desobedecen; hasta su propio partido -Cataluña, Madrid, Valencia- ha entrado en la barrena de querellas internas propias de una inquietud crítica. Se le ve impotente ante la deriva de unos acontecimientos que sobrepasan su única fortaleza, que es la de la escenografía política. Sin brújula ni competencia para tomar decisiones relevantes zozobra en un bloqueo desnortado. Su liderazgo está más comprometido que nunca porque ahora no se trata de avatares políticos coyunturales sino de la posibilidad seria de una quiebra nacional, de una ruina colectiva.

Como sólo sabe interpretar la realidad en clave de consecuencias políticas, lo único que se le ha ocurrido es tratar de abrazarse a Rajoy como un boxeador en las cuerdas, para compartir responsabilidades, que no responsabilidad. En las últimas semanas se ha reunido en secreto o en privado con dirigentes sindicales, líderes nacionalistas y directivos bancarios, pero al jefe de la oposición lo ha convocado ante las cámaras para sacarse una foto. En el último año y medio no ha encontrado hueco en su agenda para una reunión que en cualquier sociedad democrática constituye una suerte de rutina periódica; estaba ocupado llamando antipatriota al primero con el que tendría que haber tendido puentes. Todavía el domingo, el vicepresidente Chaves se dedicó a regalarle los oídos en un mitin al presidente del PP, al que acusó de agarrarse a la crisis como a la Virgen María para sacar partido del derrotismo. No debía de estar al tanto; el lunes, el presunto desleal fue llamado a Moncloa. Quizá le quieran hacer un favor dándole la oportunidad de colaborar. De meter el hombro, como dice la retórica socialista. Pero Rajoy tiene poca pinta de costalero; es un hombre que hace gimnasia fumándose un puro. Y no es metáfora.

Con todo, tendrá que sumarse al rito escénico. La gente espera gestos de unidad que apuntalen el desplome socioeconómico. Es mal momento para actitudes montaraces. Hoy van a representar ambos, Zapatero y Rajoy, un ejercicio de cinismo resignado. Luego todo seguirá igual. El país desangrándose por el sumidero, la oposición a la espera de su oportunidad y el Gobierno, exangüe, vacío y rebasado, midiendo encuestas y tramando gestos de apariencia afanosa. A la Virgen nos vamos a tener que agarrar los ciudadanos en busca de lo que Machado llamaba un milagro de la primavera.

Libertad Digital - Opinión

Los "austracistas" de Rajoy. Por José García Domínguez

España concebida no como una nación de individuos libres e iguales, sino como mero agregado de territorios y "culturas", apenas unidos por una testa coronada con la que comparten, irrenunciable, su soberanía originaria.

Gracias a José María Marco, descubro que el diputado Lassalle ha recurrido al escribidor del célebre editorial conjunto contra el PP con tal de confesarle su devota fe "austracista". Un asunto, ése de la nostalgia por el orden atávico que regía en la Península durante el Antiguo Régimen, que no merecería mayor aspaviento si viniese de algún octogenario del Requeté o de la Comunión Tradicionalista. Sin embargo, que sufra de tales fiebres el ideólogo de cabecera de un partido que aún se dice liberal en el papel mojado de sus estatutos, llama a algo más que asombro.

Y ello, aunque no haya tenido que viajar muy lejos ese santanderino para descubrir su particular sopa de ajo, el "modelo" de los Habsburgo. A fin de cuentas, es la misma que en su día cocinó don Marcelino Menéndez Pelayo, ilustre mentor de toda la carcundia integrista, antiilustrada y medievalizante que daría en vindicar el foralismo –y la Inquisición– de los Austrias frente al muy afrancesado sesgo modernizador de Borbones.


Tal que así, al joven y sobradamente progresista Lassalle ya sólo le restan cinco minutos antes de aterrizar en la partida del cura Santa Cruz. Y es que, aunque él aún no lo sepa, lo suyo es el carlismo. De hecho, la tan manida España plural no supone nada más que la variante secularizada del Estado que siempre soñó la reacción teocrática y carpetovetónica desde las Cortes de Cádiz hasta la instauración misma del franquismo.

España concebida no como una nación de individuos libres e iguales, sino como mero agregado de territorios y "culturas", apenas unidos por una testa coronada con la que comparten, irrenunciable, su soberanía originaria. Mucho más un Conde de Barcelona, Señor de Vizcaya y Rey de Castilla y Navarra, por cierto, que genuino monarca nacional. He ahí el súmmum del austracismo militante que Lassalle igual propalará entusiasmado si algún día lee a Vázquez de Mella, el renombrado capitoste de aquella extrema derecha asilvestrada y montaraz de tiempos de la Restauración. En fin, cuando, ya casi perdida toda esperanza, en el Constitucional emerge la sombra más digna de Manuel Azaña, en Génova 13, sin duda para compensar, rebrota el peor oscurantismo. Y encima, travestido de engolada modernidad. Aviados vamos con esos cráneos privilegiados de Rajoy.


Libertad Digital - Opinión

Patético boicot «abertzale»

LA última aportación del Partido Nacionalista Vasco a la convivencia en el País Vasco ha corrido de la cuenta de Joseba Egibar, muy apagado en los últimos tiempos, quizá porque aún sienta el dolor de haber perdido un poder que, como el resto de sus compañeros de partido, creía que le pertenecía por derecho natural.

Egibar ha pedido a las empresas vascas que no inviertan en España, porque es un «lastre» para el desarrollo económico del País Vasco. Replicar a Egibar con argumentos económicos y estadísticos sería dar altura intelectual a su exabrupto, pero bastaría con recordarle que el tiempo actual no es el más acorde para aldeanismos empresariales como el que propone este ocurrente portavoz nacionalista. Acaso pensará Egibar que el bienestar económico de la sociedad vasca -que se mantiene incluso cuando está arreciando la crisis en el resto de España- le ha caído del cielo y no de la generosidad constitucional con el concierto económico vasco o de la expansión por España y el resto del mundo de grandes entidades, de la banca o la energía, con sede en el País Vasco.

Este boicot de pacotilla al que incita Egibar es el síntoma de que aún hay sectores del PNV enfermos de victimismo y más preocupados por mantener vivos la discordia y el enfrentamiento que por propiciar la definitiva consolidación de la paz social y política en la comunidad vasca. Afortunadamente, los ciudadanos vascos y sus empresas saben que su futuro, en todos los órdenes, está vinculado a España y, en lo económico, además a los mercados internacionales. Mejor que hacer caso a Egibar es que el País Vasco, de la mano del nuevo Gobierno autonomista y constitucionalista, ponga a esta comunidad en el camino del progreso y las libertades y derechos fundamentales, desarrollando políticas ambiciosas de educación -sin más sectarismos-, de innovación tecnológica, de excelencia cultural, de calidad de vida democrática. Claro que estos objetivos son incomprensibles para mentes afectadas por una oclusión nacionalista, que no dejar pasar más que mensajes negativos y destructivos. Egibar ha confirmado una por una todas las razones por las que era muy necesario que el PNV acabara en la oposición.

ABC - Opinión

Zapatero y sus chivos expiatorios

El persistente e irresponsable inmovilismo de Zapatero es el auténtico "despropósito descomunal", la "absoluta locura" y en lo que se están fijando, no ya los inversores, sino los medios de comunicación internacionales y los alarmados socios de la UE.

Un rasgo característico de los gobernantes populistas es culpar a unos demonizados y supuestamente irracionales "especuladores" del fracaso de su política económica y de la pérdida de confianza en el futuro de sus países. Eso es precisamente lo que ha hecho Zapatero este martes para justificar tanto el nuevo y monumental desplome que ha sufrido la bolsa española como la cada vez más generalizada convicción, entre medios de comunicación y analistas internacionales, de que España corre el riesgo de acabar como Grecia. Así, el presidente del Gobierno ha considerado que estas especulaciones son "una absoluta locura, un despropósito descomunal". "No podemos hacer caso a los pronósticos, a las especulaciones, a las hipótesis, a lo que pueda pasar. Tenemos que ir a los hechos y a los datos", ha insistido Zapatero.

Al margen de que Zapatero ignora dolosamente el hecho de que la confianza o desconfianza de los inversores en la solvencia económica de un país radica precisamente en una hipótesis, en un pronóstico, en un anticipo de lo que puede pasar en un porvenir siempre incierto, son precisamente los hechos del presente económico español los que de forma más sólida respaldan esos malos augurios de futuro. Un hecho como el de que el paro en España supera el umbral del 20 por ciento; como el hecho de que uno de cada cinco españoles que conservan su trabajo es funcionario. Hechos como el de que nuestro país es uno de los que más rápidamente se están endeudando en el mundo, con un déficit público que ya alcanza el 12 por ciento; como el hecho de que tenemos una necesidad tan urgente como aplazada de reestructurar nuestro sistema financiero, con unas cajas politizadas y atrapadas en el sector inmobiliario. Y junto a estos y muchos otros deprimentes hechos, está el más grave y decisivo de todos: el hecho de que España tiene un Gobierno que se resiste a liberalizar los mercados, a reducir nuestro galopante gasto público, a emprender, en definitiva, los cambios que se necesitan para que los hechos del presente no nos aboquen a un futuro más sombrío todavía.

Es precisamente ese persistente e irresponsable inmovilismo de Zapatero el auténtico "despropósito descomunal", la "absoluta locura" y en lo que se están fijando, no ya los inversores, sino todos los medios de comunicación internacionales, así como dirigentes europeos como el jefe parlamentario de Angela Merkel, cuando alertan sobre la falta de solvencia de la economía española.

La huida de los inversores y las crecientes dudas sobre la solvencia española no son causas de nada, sino consecuencias totalmente previsibles y lógicas del desastre al que nos conduce la política de Zapatero. En febrero la bolsa ya le dio al Gobierno español una seria advertencia que su presidente ha desoído, como ha hecho con todas las que, desde muy distintos ámbitos, se le vienen haciendo en los últimos dos años.

Es por ello por lo que no cabe albergar tampoco muchas esperanzas ante lo que pueda suponer la reunión que hoy tendrán en Moncloa Zapatero y Rajoy. Este tipo de reuniones, así como los eventuales pactos, tienen sentido si, como ha ocurrido en Portugal, Gobierno y oposición acuerdan tomar reformas drásticas que, aun siendo impopulares, sean imprescindibles para reflotar nuestra economía. Pero, ¿qué cabe esperar de esa reunión, excepto la foto propagandística de rigor, cuando veinticuatro horas antes de celebrarla, el presidente del Gobierno, lejos de mostrar disposición a acometer las reformas a las que se ha venido oponiendo, arremete contra los especuladores como chivo expiatorio de su ruinoso inmovilismo?


Libertad Digital - Editorial

Crédito agotado

LA irresponsabilidad del Gobierno socialista, derivada de su pasividad ante la alarma generada por el déficit y la deuda, llevó a ayer a la Bolsa -cuyo Ibex cayó un 5,41 por ciento y perdió el suelo de los 10.000 puntos- a reflejar el miedo de los inversores a un contagio griego.

La incapacidad del Ejecutivo para reaccionar ante las adversidades se ha convertido ya en el principal factor de riesgo para nuestra economía, necesitada desde hace demasiados meses de unas reformas que lancen al exterior un mensaje de rigor, imprescindible para restaurar la confianza en la viabilidad de las cuentas públicas. El Gobierno está en tiempo de descuento para aplicar una política, cruda y sin concesiones, de recorte del gasto, pero documentada en una hoja de ruta que necesariamente ha de partir del reconocimiento expreso de la gravedad de la situación, todo lo contrario de lo que ayer mismo hizo Rodríguez Zapatero en Bruselas mientras la Bolsa se hundía. Ha pasado la hora del desfile de Zurbano, de las fotos en La Moncloa y de unas estrategias, puramente cosméticas, con las que fingir una actividad inexistente. Si es cierto que se van a ahorrar 50.000 millones de euros hasta 2013, como anunció el Gobierno el pasado enero, hay que decir de forma muy clara y detallada cómo y dónde se va a producir el recorte. Si existen programas de reforma del mercado laboral y de la Seguridad Social, como prometió el secretario de Estado de Hacienda, es la hora de ponerlos sobre la mesa y someterlos al escrutinio público. La credibilidad de España es cada vez menor como consecuencia de la complacencia de un Ejecutivo incapaz de reconocer las dimensiones de la emergencia nacional y de aplicar unas medidas correctoras severas que contribuyan a atajar el déficit y, sobre todo, a tranquilizar a un mercado que no se fía de su solvencia.

Las palabras del ministro de Economía alemán sobre la conveniencia de proceder a la «insolvencia controlada» de los países europeos con un elevado déficit público ponen de manifiesto la profundidad de una herida que no termina en Grecia. El tiempo corre en contra de un Gobierno paralizado por el miedo a meter la tijera en unas cuentas que España no se puede permitir y por su negativa a evaluar los costes de una factura que no deja de crecer. Amontonadas sobre la mesa, las promesas incumplidas del Ejecutivo socialista constituyen hoy el mayor lastre para devolver la credibilidad a nuestra economía, el más demoledor «dossier» contra la sostenibilidad de unas cuentas que no dejan de hundirse por su propio peso y a amenazar, por su tamaño, a toda Europa.

ABC - Editorial

martes, 4 de mayo de 2010

Cita a griegas. Por Tomás Cuesta

HASTA donde se sabe, Rodríguez Zapatero y Mariano Rajoy tienen una cita casi todos los miércoles en una sesión de control parlamentario que es pública, notoria e incluso notable, a veces.

Es, por lo general, un duelo imprecatorio en el que suele haber más ruido que nueces y en el que ambos disparan con balas de fogueo. Don Mariano pregunta, que es lo suyo, y don Rodríguez no contesta, que es lo que procede. La cosa da de sí para hilvanar un titular cogido por los pelos o, lo que viene a ser lo mismo aunque no lo parezca, para que algún gacetillero revenido, pelanas y alopécico, brinde por el pasado con la zarzaparrilla del presente y exhiba sin pudor la pluma en plan gallina chueca.

Sin embargo, el hecho de que el «capo» del Gobierno haya convocado al jefe de la leal oposición en La Moncloa justamente este miércoles se ha convertido en una noticia de alcance en los mercados financieros que descuentan y no paran que nuestra economía está entre los bonos portugueses y las hipotecas griegas. Se trata, por lo tanto, de un encuentro privado y exclusivo, algo muy goloso a ojos de Don Dinero que es de natural sensible a los fenómenos que, sin ser paranormales, resultan infrecuentes. Las cosas de palacio van despacio y Zapatero & Rajoy no protagonizan un dueto desde hace año y medio. Dos no dialogan si uno no quiere y la querencia dialogante del señor presidente ha quedado sobradamente demostrada en el lapso abisal que mañana se cierra.


¿A qué grado de deterioro ha debido llegar la hacienda pública si no queda otra salida que la cita a griegas? ¿A cuántos centímetros estamos del despeñadero? Los mismos que tildaban de antipatriotas a quienes afirmaban que el diablo tenía rabo y cuernos, califican ahora de alarmistas a los que aseguran que entre la Puerta de Alcalá y el Partenón no hay demasiadas diferencias. Lo peor, por supuesto, no es que cuenten milongas, sino que todavía hay quien escucha los cantos de sirena. Estamos, una vez más, ante el eterno tocomocho de la supuesta superioridad moral de una izquierda indigente que ha dilapidado la credibilidad de una nación amén de poner en riesgo su existencia. ¡Que no farte de na! Por parné que no quede.

Puede que Zapatero quiera hablar con Rajoy de los créditos que vamos a tener que pagar para conseguir los nueve mil millones del rescate de Grecia. Consejos vendo que para mi no tengo, la solidaridad bien entendida empieza, por lo visto, esquilmando a los propios y ordeñando a los ajenos. Dice Elena Salgado que nos tendrán que devolver el préstamo con suculentos intereses y que, al hacer de la necesidad virtud, nos convertiremos en virtuosos usureros. Mientras, la convicción de que la derecha española es culpable de todo lo que ha hecho y, muy especialmente, de todo lo que no ha hecho, obliga al señor Rajoy a meterse de lleno en la boca del lobo en el momento en el que al lobo le apetece.

Hay que salvar al pobre soldado Ryan, caiga quien caiga y cueste lo que cueste. Rajoy, por sentido de Estado, subirá los peldaños del cubil zapateresco con la misma elegancia con la que subió al cadalso la reina Maria Antonieta. En algo ha de notarse que la derecha-guay ha ido a buenos colegios. La compostura es lo primero. También en las componendas y en las citas a griegas.


ABC - Opinión

Golpismo mediático y callejero. Por Miguel Bernad

Garzón se defiende con argumentos espurios, torticeros y lanzando todo tipo de falsedades contra el querellante y contra el instructor en un intento último de "morir matando".

Se ha utilizado el enjuiciamiento del juez Garzón para iniciar una ofensiva contra nuestro sistema constitucional y para cambiar la monarquía parlamentaria por una república.

A las manifestaciones dentro y fuera de España con las banderas republicanas, el "no pasarán" de los sindicatos de clase, indignos y subvencionados, incluidos los titiriteros de la ceja, se han sumado los independentistas, la izquierda sectaria, radical, los pseudointelectuales y los politicastros de ínfimo nivel cultural y jurídico. Los actos vergonzosos en la Universidad Complutense de Madrid y de la Universidad de Barcelona, los medios de comunicación prensa, radio, televisiones afines al lobby garzoniano, han montado una campaña de falsedades, haciendo ver a la opinión pública nacional e internacional que Garzón es una víctima para perseguir los desaparecidos del franquismo. Pero la realidad es que a Garzón se le va a enjuiciar por cometer un delito de prevaricación.


La petición de la Fiscalía de que se aplique la doctrina Botín, en lugar de la de Atutxa, es el último intento torticero, desleal, indigno del Ministerio Público para que un hecho punible (la prevaricación de Garzón) quede impune. Se utiliza políticamente al Ministerio Público para cargarse la acción popular.

Dentro de los herederos del franquismo y como máximo exponente se encuentra la figura del Rey, legitimado y propuesto por Franco, como sucesor del tránsito de un régimen a otro de monarquía parlamentaria. De lo que se deduce que la táctica de toda la izquierda española es la de socavar el actual sistema constitucional y legitimar una nueva república que tenga como referente al régimen del 31.

Por lo visto, a estos sectarios no les basta con el perdón de la Ley de Amnistía, con los beneficios morales y económicos que les concede la Ley de Memoria Histórica, ésa que debería llamarse Ley de Memoria de resentidos, vengativos y desagradecidos históricos.

Garzón se defiende con argumentos espurios, torticeros y lanzando todo tipo de falsedades contra el querellante y contra el instructor en un intento último de "morir matando".


Libertad Digital - Opinión

Un mal consustancial. Por M. Martín Ferrand

LA singular y pertinaz Esperanza Aguirre, gran animadora de un partido sesteante -el único que nos queda sin trocear-, ha dicho, sin que le tiemblen las carnes ni los pulsos, que «la corrupción es algo consustancial a todas las instituciones».

Dentro del ámbito matritense hay que remontarse, por lo menos, a los tiempos de Enrique Tierno Galván para recordar dichos tan oportunistas, provocadores e inexactos. ¿Las instituciones, alguna de ellas, son de la misma sustancia que la corrupción? ¿El bien lo es de la misma que el mal? No es que yo sienta un respeto insuperable por las instituciones -muchas, ¿demasiadas?- que nos rodean y sostenemos con nuestros impuestos; pero aceptar que en ellas reside la corrupción, tal y como el alma habita en el cuerpo, me parece una pasada excesiva.

Las instituciones, para merecer la condición de respetables, tienen que estar dotadas de mecanismos de vigilancia constante y depuración permanente. Si, aquí y ahora, no hubiéramos debilitado instituciones como el Tribunal de Cuentas y funcionaran, al viejo y tradicional modo administrativo, los servicios de Intervención de Hacienda la corrupción podría, incluso, ser frecuente; pero no «consustancial». La mayoría de las personas, incluso en la vida pública, tienden a ser honradas y sólo la provocación insistente, como la que significa la falta de sistemas de control, puede desviarlos de su recta trayectoria. Una afirmación tan liviana podría esperarse de Leire Pajín, la planetaria; pero resulta sorprendente, e inquietante, en boca de quien por procedencia, formación y experiencia debiera ser más respetuosa, por lo menos, con el Diccionario.

Alberto Ruiz-Gallardón, que, con el frío y el viento de la más cruel primavera madrileña, inauguró ayer la glorieta de Jaime Campmany, en la que concluye la avenida de Camilo José Cela, sí podría haber pronunciado con toda propiedad la palabra consustancial. El maestro Campmany, como su ahora vecino Cela, son consustanciales con el brillo del idioma castellano; pero quiero pensar que lo de los protagonistas del «caso Gürtel», a quien -supongo- Aguirre trata de defender con su machada, son sólo accidentales en el delito, no consustanciales con él. Convendría que quienes usan el lenguaje en público y revestidos de autoridad lo hagan con mayor prudencia que Aguirre. Más en el estilo, inteligente, delicado y cariñoso, con que ayer lo hizo Gallardón.


ABC - Opinión

35 céntimos. Por José García Domínguez

El llamado Plan de Racionalización del Sector Público Empresarial Estatal, ése que el Gobierno acaba de aprobar con el preceptivo estruendo de bombos y platillos, implicará un ahorro de... 35 céntimos por cabeza. Ni más ni menos.

Contra lo que aquí sentencian las barras de los bares, el estrago peor de la Gran Recesión de 2008 no ha de ser la bancarrota griega que ahora toca pagar a escote, sino la quiebra de los fundamentos mismos de eso que con pretenciosa arrogancia llaman ciencia económica. Y es que se requiere algo más que una dosis cósmica de ingenuidad para conceder que todo el orden capitalista tiemble por mor de unas cuantas hipotecas fallidas en Alabama. Porque lo en verdad inquietante no es la insolvencia de Papandreu, sino la propia del canon, su definitiva incapacidad a fin de explicar un colapso sistémico como el que sufre Occidente, muy secundario epifenómeno heleno incluido.

Así, la economía lograría pisar, al fin, las alfombras de la respetabilidad civil, marcando distancias con la plebeya grey de las otras disciplinas sociales, al albur todas de charlatanes, demagogos y sofistas, cuando, hacia 1874, Léon Walras adoptó para ella idéntico instrumental matemático que la física de la época. Luego, ya a mediados del siglo XX, el refinamiento de las técnicas econométricas la afianzaría entre la aristocracia académica. Pero lo malo no es que las ciencias experimentales, las duras, ya hayan desechado –por inanes y obsoletas– esas herramientas aún tan suyas, sino que ninguno de los hechos importantes que surgen sobre el terreno se compadece con cuanto la teoría prescribe cierto, indubitado y seguro. Ninguno. Desde hace décadas.

Y aunque la modestia socrática siga sin figurar en los planes de estudios, al margen de la fatua jerigonza de los "expertos", tras las políticas económicas de los gobiernos poco más hay que prosaico sentido común, una mercancía al alcance de cualquiera. Por ejemplo, la ecuménica certeza de que a nadie, ni siquiera a Zapatero, le ha sido concedido endeudarse hasta el infinito. Mas no nos inquietemos. A día de hoy, la Deuda Pública del Reino de España sólo asciende a 10.575 euros por cada uno de los cuarenta y seis millones de habitantes del Estado, que diría Montilla. Frente a esa cifra, un llamado Plan de Racionalización del Sector Público Empresarial Estatal, ése que el Gobierno acaba de aprobar con el preceptivo estruendo de bombos y platillos, implicará un ahorro de... 35 céntimos por cabeza. Ni más ni menos. Tranquilos, pues.


Libertad Digital - Opinión

Parecidos razonables. Por Ignacio Camacho

QUE España no es Grecia resulta un hecho objetivo que constituye una de las pocas verdades de la propaganda gubernamental sobre la crisis.

Además de las obvias hay entre la situación de ambas naciones una diferencia interesante; en Grecia fue un gobierno conservador el que se fundió el presupuesto y camufló las cuentas públicas en una trama de engaños, dejándole a la izquierda la responsabilidad de un ajuste draconiano para salir de la bancarrota. Aquí fueron los socialistas quienes encontraron un amplio superávit heredado de la derecha y lo derrocharon con alegres políticas de despilfarro. Allí se han levantado los sindicatos en una protesta incendiaria contra las inevitables medidas de control de gasto y reducción del déficit, mientras en España jalean al presidente y blasonan de su capacidad de imponerle un generoso dispendio. Los griegos se van a ver obligados por su mala cabeza a recortar los salarios y las pensiones, mientras el sector público español ha incrementado en un trimestre de recesión más de un cuatro por ciento sus gastos de personal. No, España no es Grecia. Pero eso no quiere decir que no pueda empezar a parecerlo.

Para parecerse a Grecia, cuya tasa de paro es por cierto inferior a la española, no hay mejor camino que continuar gastando. Incrementar la deuda a base de proclamar que aún existe mucho margen y negarse a tomar medidas de reforma del mercado de trabajo. Seguir el juego de los sindicatos y subir los impuestos para mantener una hipertrofiada administración y un desmesurado paquete de subsidios. Maquillar con cuatro recortes cosméticos la imprescindible reducción del sector público. Aplazar indefinidamente la remodelación del sector financiero y las cajas de ahorros. Ceder a las pretensiones de las autonomías con una financiación disparatada e impagable. Y prometer, cuando se acerquen las elecciones, más regalías y subvenciones para ganar votos. Todo eso lo ha hecho ya el Gobierno en diversas fases de la crisis. Pero aún no nos parecemos bastante porque nuestras bases de prosperidad y desarrollo eran mucho más sólidas que las griegas. Lo que no evita que, con un poco de perseverancia, se puedan alcanzar pronto inquietantes similitudes.

Claro que también cabe la posibilidad de parecerse a Portugal, que está más cerca. El primer ministro portugués y el jefe de la oposición se reunieron al día siguiente de que las agencias de rating rebajaran la calidad de su deuda, presentaron un razonable plan de ajuste y lo refrendaron en una rueda de prensa conjunta. Ésta sería una buena fórmula para copiar en la reunión que Rajoy y Zapatero van a mantener el miércoles. Claro que nuestros vecinos, como los griegos, han celebrado recientes elecciones y cuentan con un Gobierno investido de legitimidad para tomar medidas desagradables. Es cuestión de elegir semejanzas; al final, a partir de una cierta madurez, todo el mundo acaba pareciendo lo que realmente es.


ABC - Opinión

Así es la Rosa. Por Cristina Losada

El exceso verbal de Díez corona un triste episodio que muestra cuán fácil es el contagio. Ni siquiera un partido recién nacido escapa a los males que aquejan a los antiguos, y eso que se fundó con el propósito de regenerar la democracia.

Perpleja me dejaron, días atrás, unas líneas que Rosa Díez plasmó en un chat realizado en el diario La Razón. Explicaba allí los motivos por los que había llamado "batasunos" a los miembros de su partido que presentaron una candidatura alternativa en el primer Congreso. La acusación, desde luego, era gravísima. Batasuna es indisociable del terrorismo. ¿Qué actos de violencia extrema habían cometido los militantes revoltosos? "Son comportamientos batasunos", escribía Díez, "los de aquellos que creen que si amenazan con bronca o chantaje se les permitirá que se salten las normas". Inquietante. Con tal definición, meteríamos en el mismo saco proetarra a quien le monta un cirio a un guardia de tráfico para que no le ponga una multa.

De las palabras de Díez se infería que las normas contra las que se rebelaron los facciosos eran las fijadas para el Congreso de su partido. A un observador puede parecerle poca cosa, pero cuestionar esos reglamentos constituye el peor de los atentados posibles a ojos del aparato partidario. En cuanto al chantaje, habría consistido en que los taimados "batasunos" ofrecieron deponer las armas si les daban unos puestos en la candidatura oficial, extremo que desmintieron los aludidos. En cualquier caso, un incidente que debería ser habitual en un partido, como un desacuerdo sobre las reglas internas, lo presentaba la líder de UPyD cual si fuera un acto filoterrorista, una coacción similar a las que ejercen Otegui y compañía desde la connivencia con los que matan. Caramba.

El exceso verbal de Díez corona un triste episodio que muestra cuán fácil es el contagio. Ni siquiera un partido recién nacido escapa a los males que aquejan a los antiguos, y eso que se fundó con el propósito de regenerar la democracia. Una barrunta, desde hace tiempo, que la democracia interna es incompatible con nuestros partidos y el concepto mismo, un oxímoron. Figura en la Carta Magna, pero habrá que incluir ese precepto en la lista de los principios constitucionales que se incumplen. Y es que las condiciones objetivas, como antaño se decía, no favorecen la virtud, sino el vicio. No tenemos una partitocracia por casualidad, sino por obra del sistema electoral y lacras parejas. Dejar el funcionamiento democrático de los partidos en manos de la buena voluntad de sus dirigentes es no conocer la humana naturaleza.


Libertad Digital - Opinión

Miserias. Por Hermann Tertsch

NUNCA en las grandes civilizaciones se ha dictado que la pobreza fuera la peor de las miserias.

La pobreza, la que acosa a tantos españoles decentes hoy por obra y gracia de otros españoles que acumulan pisos y casas en la costa, en el interior y el exterior, no es una vergüenza ni una miseria. Es un drama. Una tragedia griega, que diríamos ahora. Grecia ha sido siempre, desde que el Imperio Otomano dejó aquellos lares, una gran mentira. Lo lamento decir exclusivamente por la Reina Doña Sofía, una gran alemana y patriota griega. Y por todos esos valientes griegos que han luchado durante dos siglos contra diferentes enemigos con una gallardía y valentía que evoca a la de los españoles del Dos de Mayo. Mi profundo respeto a los griegos está, creo pensar, fuera de duda. Sus muestras de coraje durante la Segunda Guerra Mundial son emocionantes y conmovedoras. Pero la mentira nacional que ha perseguido a los griegos desde su independencia es también indudable. Es el problema de los países de cultura fundamentalmente sentimental. Los intentos de crear una continuidad entre la Grecia helénica y la fundamentalmente eslava helenizada, balcánica, tras la ocupación otomana, crearon esa gran mentira historicista que ha tenido a ese pueblo siempre preso de lo que sabe que no es pero pretende.

El sentimentalismo es probablemente una de las grandes tragedias de toda sociedad aquejada por él -probablemente también de los individuos- porque hace persistir por una especie de código de honor imaginado que las ancla en los errores más profundos. Grecia los tiene desde que se convirtió tras la ocupación turca en un país imaginado por sus propios habitantes y manipulada por sus gobernantes. Nada los diferencia de los nacionalismos tristes y combativos que tenemos aquí en la península y ponen todos los días en cuestión la existencia de esta gran nación que ha sido España. Turquía, que perdió más del sesenta por ciento de su territorio entre 1820 y 1918 no tiene esos problemas. Por supuesto tiene otros. Pero nunca tendrá problemas existenciales porque sabe sufrir. Y porque su vitalidad le impide radicalmente la melancolía. Por eso, los turcos, mucho más maltratados en este último siglo que los griegos, perseveran, trabajan y se entusiasman. Todos los días salen de casa pensando en lo que deben hacer para mayor felicidad de sus seres queridos y no a llorar por lo que consideran es un maltrato del Estado o el destino.

¿Y los españoles? Está claro que no somos griegos. Pero tampoco turcos. La autocomplacencia de las últimas generaciones se ha convertido en un auténtico baldón para la reacción ante la miseria que avanza. La indolencia en el Gobierno y en la oposición, pero también la falta de reacción civil de una sociedad que en principio creíamos ya estructurada y homologable a las avanzadas de Europa, nos han convertido en una perfecta anomalía que pudiera llevarnos, esperemos que no, a una nueva marginalidad en nuestro continente. Nuestra miseria entonces sería magrebí. Y no es una broma. Tenemos un Estado gobernado por casi lo peor que tenemos. Y eso no es poco. Porque las generaciones que nos van a suceder están peor preparadas, tienen menos compromiso con el Estado y el bien común que las de la Transición y en parte están profundamente intoxicadas por la ponzoña de una revancha que nuestras generaciones adultas habían rechazado rotundamente, conscientes de que nuestra historia nos comprometía a una convivencia abierta y tolerante. Por racionalidad y sin esos sentimentalismos que, por necesidad, acaban llevándote a un duelo al amanecer. Por patriotismo bien entendido, no por lloriqueos victimistas, somos muchos los que creíamos haber llegado a la sociedad abierta que nos merecíamos. Una sociedad capaz de hacer frente a los tiempos duros sin agitar fantasmas ni pedir víctimas que compensaran de forma primitiva los sufrimientos. Parece que son muchos otra vez los que quieren frustrarnos este sueño. La exsecretaria de Estado norteamericana Magdaleine Albreith le dijo hace poco a Ana Palacio que nuestros últimos treinta años de lealtad constitucional y convivencia habían sido un espejismo y que España volvía a las andadas de siempre. No dejemos que ocurra.


ABC - Opinión

Atando los cabos de una nueva negociación

Rosa Díez parece sospechar que el Gobierno, nuevamente, miente. Pero para alertar a la población española de la infamia que puede estar en curso, no debería quedarse en minoría. El PP debería escuchar más a Mayor Oreja y menos a Rubalcaba.

Mentir se encuentra en el ADN de este Gobierno. Lo ha acreditado con contumacia a lo largo de más de seis años en muy diversos frentes: desde la política exterior a la economía, pasando obviamente por la lucha antiterrorista. Su palabra ha quedado descalificada por completo y de nada sirve que nos prometa que ya ha dejado de negociar con ETA. Serán más bien los hechos y los indicios los que permitirán formarnos una opinión sobre las actuaciones del Ejecutivo y, en este sentido, como en tantas otras veces, las evidencias parecen llevarles la contraria a Zapatero y Rubalcaba.

No se trata sólo de que la autorización parlamentaria para negociar con ETA no haya sido derogada por el Congreso o de que ANV siga en los ayuntamientos vascos y navarros nutriéndose de los impuestos ciudadanos. Tampoco de que Mayor Oreja, uno de los políticos que con más acierto y clarividencia ha combatido el terrorismo etarra y ha anticipado los tejemanejes del PSOE contra el Estado de Derecho, anunciara hace pocas semanas que el Gobierno socialista había vuelto a las andadas.

A todo ello hay que añadir el generoso trato que Interior está otorgando a algunos de los terroristas más sanguinarios de la banda. Por un lado, de acuerdo con diversas fuentes entre las que se encuentra Rosa Díez, Josu Ternera se encuentra perfectamente localizado en Europa sin que hasta el momento se haya movido un dedo para cursar la Euroorden y detenerlo. Por otro, a Rafael Díez Usabiaga le fue concedida por Garzón la libertad bajo fianza con el argumento de que su madre se encontraba en una situación de dependencia, cuando la semana pasada fue vista paseando junto a su hermana gemela sin ningún problema de salud.

Dejando de lado los casos de Iñaki de Rentería y de Iñaki de Juana Chaos, cuyo paradero parece deliberadamente oscurecido por las autoridades, también destacan las concesiones hechas a Otegi, el "hombre de paz" de Zapatero, quien lleva más de 15 días en la cárcel donostiarra de Martutene donde fue trasladado para una estancia de sólo tres días desde la madrileña de Navalcarnero.

De tratarse de casos aislados, podríamos atribuirlo a la mera incompetencia del Gobierno a la hora de preocuparse por hacer cumplir las leyes. Sin embargo, la acumulación de todos estos tratos de favor coincidentes unida a la nula determinación demostrada hasta el momento para cerrar todas las puertas a la negociación nos debe llevar a sospechar muy seriamente que como mínimo el PSOE, tal y como denunciara Mayor, está tratando de recomponer relaciones con ETA, si es que no lo ha hecho ya.

A estas alturas no cabrá atribuirles a los socialistas ni siquiera una ingenuidad buenista de creer que "hablando se entiende la gente". No, en su primera legislatura traspasaron todos los límites morales y legales (ahí está bloqueada la instrucción del caso Faisán para dar constancia de ello) con tal de lograr su presunto objetivo y sólo consiguieron revitalizar a la banda en una de las fases más debilitadas de su historia.

Pese a que la clase política se las ha arreglado para desactivar la rebelión cívica de las víctimas, no deberíamos permitir que Zapatero reiniciara un proceso de claudicación frente a los terroristas que sólo serviría para darles un nuevo aliento de seguir asesinando a españoles con la esperanza de establecer su dictadura en el País Vasco. Rosa Díez parece sospechar que el Gobierno, nuevamente, miente: ve mucho "cabo suelto" con los etarras. Pero para tener éxito en su denuncia, para alertar a la población española de la infamia que puede estar en curso, no debería quedarse en una minoría clamando en el desierto. El PP debería escuchar más a Mayor Oreja y menos a Rubalcaba: el primero nunca les ha fallado, el segundo nunca les ha dejado de traicionar.


Libertad Digital - Editorial

Zapatero se acuerda ahora de Rajoy

MAÑANA, el presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, recibirá a Mariano Rajoy para hablar de la crisis económica y del rescate financiero de Grecia.

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Como es obvio, no cabe poner objeción alguna a encuentros de este tipo, a los que Rajoy siempre ha acudido puntualmente y para los que siempre se ha ofrecido sin condiciones. En un sistema parlamentario, el diálogo Gobierno-oposición debería ser un capítulo normalizado, sin imposturas ni falseamiento, dentro de una política de Estado asumida por ambas partes. Ahora bien, los antecedentes no permiten ser ingenuos cuando el anfitrión es Rodríguez Zapatero. El historial de reuniones con Rajoy demuestra que el jefe del Ejecutivo convoca al líder de la oposición siempre que la situación política le es adversa, buscando con estas citas una excusa para transferir al PP la responsabilidad política de la falta de acuerdos y, en definitiva, de los males de la nación. Casualmente, en su última cita la crisis económica y el Tribunal Constitucional constituyeron el orden del día y, como hoy se comprueba, nada se resolvió entonces.

El nuevo «abrazo» de Zapatero a Rajoy no va a ser un reflejo de la foto entre el jefe del Gobierno de Portugal, José Sócrates, y el líder de la oposición conservadora, Pedro Passos Coelho, unidos en defensa de su país frente a la crisis. La diferencia estriba en que el Gobierno español entrega todas sus opciones políticas a los pactos con los nacionalistas y otras minorías, descartando la única opción realmente válida para un país en crisis como España, que no es otra que el acuerdo de Estado entre PP y PSOE. La estrategia de los socialistas hasta hoy ha sido utilizar estas reuniones para preconstituir dos mensajes: el de que Rodríguez Zapatero hace todo lo que puede para tender puentes y luego, tras hacer imposible el acuerdo con la oposición, el de que Rajoy es un desleal que sólo quiere que las cosas vayan a peor. Nada sería más oportuno que una nueva etapa a partir de mañana, pero el encuentro más parece un balón de oxígeno que un gesto de responsabilidad institucional. Mejor que Zapatero se hubiera acordado de Rajoy cuando lo despachaba con descalificaciones de antipatriota porque le advertía de la crisis. Ha pasado año y medio desde la última reunión y la de mañana se convoca después de que la EPA revele un escalofriante 20,05 por ciento de paro y de que el Gobierno anunciara que va a poner 9.800 millones de euros del rescate a Grecia, cuando hace poco más de una semana el Ejecutivo cifró la aportación española en 3.675 millones de euros. Al menos, Rajoy ya está advertido.

ABC - Editorial