jueves, 21 de enero de 2010

Obama, año II. Por José María de Areilza Carvajal

La caída a lo largo de este año de la inmensa popularidad inicial del presidente está ligada por supuesto a la situación económica de EEUU, todavía difícil aunque claramente en vías de recuperación. Sin embargo, dicha pérdida de confianza ciudadana también está relacionada con la manera de hacer política del presidente y no tanto con el contenido de sus decisiones.

Barack Obama empieza en estos días su segundo año en la Casa Blanca. Deja atrás doce meses muy difíciles, en los que ha tenido que enfrentarse a una crisis económica de magnitud pavorosa y a unas expectativas desmedidas sobre su capacidad de liderazgo, que en algunos casos rozaban la idolatría. Hoy la posguerra de Irak ya no es uno de los problemas principales de EEUU, algo que casi nadie predecía en la inauguración de su mandato. A cambio, en Afganistán todos los occidentales estamos cerca de poder describir el conflicto usando la palabra fiasco con la que los británicos se refieren a su fallida intervención colonial en este territorio. ¿Es justo hacer balance a estas alturas de la presidencia Obama, cuando al menos quedan otros tres años? ¿Tiene sentido plantear ahora el importante debate de si será un presidente de una única legislatura? Como sabe cualquier aficionado a la aguda serie de televisión «El Ala Oeste», el primer mandato de un presidente en EEUU dura, en términos políticos, sólo dieciocho meses desde la inauguración. Esta es la ventana para lograr actuar como agente del cambio e invertir de modo inteligente el capital político acumulado, porque al año y medio llegan las elecciones legislativas y poco tiempo después comienza la campaña de reelección presidencial.


En el caso de Obama, el balance debe tener como punto de partida el contraste impresionante entre la esperanza despertada y las dificultades para gobernar un país en crisis. Nadie debería restar valor simbólico a la figura del primer presidente de color, que ha reinventado el sueño americano y ha sido capaz de inyectar optimismo e ilusión en el proceso político y de lograr la participación en las elecciones de muchos marginados de la cosa pública. Pero gobernar en serio y con la economía en cuidados intensivos desgasta, y más desde cotas de popularidad tan exageradas como las que obtenía hace un año.

En el haber de Barack Obama debería estar a estas alturas la reforma de la sanidad. Sin embargo, la reciente victoria del republicano Scott Brown en Massachusetts, sustituto del fallecido Ted Kennedy, ha complicado la aprobación del texto final. El loable objetivo de Obama es extender la posibilidad de cobertura sanitaria a casi treinta millones de norteamericanos, que sufren en el país más próspero del mundo y entre los que más gasta en sanidad. La Casa Blanca estimaba que en las elecciones legislativas de noviembre de 2010 habría probablemente un avance republicano, con fama de mejores gestores económicos, y que debía aprovechar cuanto antes la mayoría demócrata en las cámaras para sacar adelante el nuevo modelo de sanidad. Pero no ha pilotado a fondo este proceso legislativo. La llegada a Washington del senador Brown ha roto finalmente todos los cálculos de estrategia política de los obamitas, que sólo aspiran ahora a lograr una versión más modesta de esta reforma.

La política exterior y de seguridad de Obama no es muy distinta en sus contenidos del enfoque realista de George W. Bush en sus dos últimos años de mandato, cuando trató de corregir el rumbo. La reciente disertación de Obama en Oslo sobre la guerra y la paz es una buena muestra de esta continuidad, un discurso sin eslóganes ni simplificaciones, en el que aceptaba con sofisticación intelectual la gran complejidad de esta cuestión y defendía la guerra justa a partir de la necesidad y la moralidad. En su alocución afirmaba con clarividencia hobbesiana que los conflictos seguirían acaeciendo durante toda nuestra existencia.

No obstante, hay una diferencia fundamental entre ambos presidentes en su labor internacional: el mayor respeto de la Administración Obama a los principios del Estado de Derecho y a la protección de los Derechos Fundamentales recogidos en la Constitución americana. Desde este predicar con el ejemplo, Barack Obama ha sido capaz de desplegar en tiempo récord una fantástica campaña de relaciones públicas que ha hecho desaparecer parte del antiamericanismo en los cinco continentes. A pesar de su inexperiencia en política exterior, cuida mucho las formas, se esfuerza por escuchar y explicarse y ha aprendido mucho. Un ejemplo de esta habilidad política ha sido su participación en la fallida cumbre de Copenhague sobre cambio climático, donde al ver el panorama fue al grano, logró los acuerdos mínimos posibles y pasó página. En este terreno y en la gestión compartida de los asuntos económicos y financieros cada vez es más patente que faltan instituciones globales con mandatos claros y medios para afrontar estos retos. Finalmente, en la relación con los países europeos y la Unión, Barack Obama carece de una experiencia vital que le incline hacia nuestro continente y le haga más paciente con la dificultad de los europeos de llegar a acuerdos. Ha optado por el pragmatismo y por pedir sobre todo cooperación en la guerra contra el terrorismo.

La caída a lo largo de este año de la inmensa popularidad inicial del presidente está ligada por supuesto a la situación económica de EEUU, todavía difícil aunque claramente en vías de recuperación. Sin embargo, dicha pérdida de confianza ciudadana también está relacionada con la manera de hacer política del presidente y no tanto con el contenido de sus decisiones. Hace tiempo que Obama se ha movido al centro desde la izquierda demócrata, al ser muy consciente de que la población de EEUU se sitúa de forma mayoritaria en el centro-derecha y de que el partido demócrata debe moderarse para gobernar «it's not easy bein' blue», en frase de John Meacham. El modo de actuar de Obama es el propio de un político puro, volcado en el control del proceso, sin encasillamientos ideológicos, un actor consumado que representa su papel con naturalidad, mientras tiene muy presente las reglas del juego y los contextos y audiencias de cada momento. Pero su liderazgo se basa a estas alturas en un exceso de carisma individual, a pesar de que se ha rodeado de profesionales muy destacados y ha fomentado la meritocracia en el poder ejecutivo. Es decir, sigue siendo un líder algo enigmático y demasiado solitario, como corresponde a su condición de jugador o «risk taker», bien probada a lo largo de su interesante trayectoria vital. De este modo, tras graduarse en Harvard Law School, eligió integrarse en la comunidad afro americana de Chicago y dedicarse a la política desde lo más abajo, sin otros apoyos que los que iba consiguiendo con su capacidad de tejer redes de modo instrumental y sistemático y de seducir voluntades con cálida autenticidad.

Es cierto que Barack Obama entiende como pocos la conexión inseparable en nuestros días entre la política y el espectáculo. Por eso pone el acento en el estilo, hace de «orador en jefe» y domina con virtuosismo la táctica del contador de historias o «storytelling», la narración de ejemplos que inspiran y crean autoestima entre los ciudadanos y sustituyen a las propuestas racionales demasiado frías y detalladas. Esta extraordinaria capacidad puede ser la que hasta ahora le haya impedido «rutinizar su carisma», en expresión de Max Weber, es decir, la evolución desde un ejercicio carismático del poder a un ejercicio despersonalizado, basado en la objetivación de una serie de cualidades del líder. Por eso, durante su segundo año en la Casa Blanca el presidente Obama debe plasmar más su convicción personal en valores de gobierno, normas generales y en conductas institucionales si quiere tener opción a ser reelegido en 2012.


RABC - Opinión

miércoles, 20 de enero de 2010

Haití, ese infierno. Por José María Carrascal

LO único que le falta a Haití es que norteamericanos y europeos se líen a tiros por la distribución de la ayuda, con los «cascos azules» como espectadores, que es lo que vienen haciendo. No ocurrirá, desde luego, porque los norteamericanos dominan los puertos y los aeropuertos, las pocas comunicaciones y la escasa energía que hay en el país. ¿Está dispuesta Europa a enviar 13.500 soldados, un portaviones, un barco-hospital, dos aviones hospitalizados, 250 médicos, 150.000 raciones diarias de comida y una larga lista de ayuda de emergencia? Europa se limita a enviar dinero, víveres, medicinas y voluntarios, que muchas veces no pueden realizar su meritoria labor por impedírselo el caos reinante, a los que se ha unido nuestra vicepresidenta, para lucir otro modelito en cada aparición. Nada de extraño que tanto el gobierno como el pueblo haitiano se pregunten: ¿cuándo llegan los norteamericanos?

La realidad haitiana no es la de una zona devastada por unas inundaciones, ni se resuelve con más ayuda, por grande que sea. Es la de un Estado, como decía el lunes Gabriel Albiac en estas páginas, que no existe porque en realidad no existió nunca como tal, es decir, como garante de la seguridad, la ley y el orden en su territorio. Le ocurre lo que a tantos otros países del Cuarto Mundo, en África especialmente, sin instituciones, recursos ni garantías, en manos de señores feudales, plutócratas, bandas o mafias que se dedican al pillaje, la extorsión, el narcotráfico o la piratería, con riesgo continuo para todos.

Naturalmente que necesitan ayuda. Pero la ayuda no es su principal problema, No sé si saben -yo no lo sabía- que Haití es el país con más ONG per cápita del planeta. El que tiene también más presencia de la ONU en funcionarios y servicios. Pero todas esas ONG, servicios y funcionarios han servido únicamente para mantenerlo en un nivel ínfimo de subsistencia a lo largo de las últimas décadas. Haití sigue siendo el país más pobre de América y uno de los más pobres del mundo. Es decir, que todas esas ayudas no han cambiado lo más mínimo su trágica realidad. E incluso en estos momentos, cuando más la necesita, esa ayuda ni siquiera llega a quienes dependen de ella para subsistir, al no existir los canales necesarios para distribuirla. Mientras los donantes discuten sobre quién se lleva la medalla de benefactor.

Haití, el Estado que nunca fue, nos descubre brutalmente uno de los mayores fracasos de nuestro tiempo: la ayuda a los países en desarrollo, que tampoco lo es. Mañana les hablaré de ello con la debida amplitud.


ABC - Opinión

La invasión de los marines, única alternativa al caos en Haití . Por Antonio Casado

Me parecen inoportunas, injustas y mezquinas las objeciones francesas a la irrupción de los marines en ese camposanto a cielo abierto. En las actuales circunstancias de caos y desolación, sin que ni la ONU ni la UE hayan mostrado la menor eficacia en la gestión de la tragedia, la intervención del Ejército norteamericano para gestionar la distribución de la ayuda internacional y garantizar el orden público es la mejor alternativa. Por razones de vecindad y de preeminencia.

Se sigue tratando del patio trasero, pero esta vez la invasión sólo puede ser pacífica y constructiva. Es un insulto a la inteligencia compararlo con el intervencionismo norteamericano descrito en los manuales. El de cercanías (Panamá, Chile…) y el de lejanías (Somalia, Iraq…). Ya no sólo se trata del clásico derecho de injerencia humanitaria, que contempla el derecho internacional en relación con la asistencia primaria a las víctimas de conflictos armados (Convenio de Ginebra). Ahora estamos hablando del deber de injerencia humanitaria, aunque el supuesto no sea un conflicto armado sino una catástrofe natural.

Veámoslo en el terreno práctico. La comunidad internacional tiene un problema urgente en Haití y debe resolverlo con eficacia. El sufrimiento de los haitianos no puede esperar a que otros decidan si los marines van para resolver un problema humanitario o para fundar una colonia. Discutir sobre si hay violación de soberanía es un lujo que no se pueden permitir. Sería como no agarrar el salvavidas porque te cae mal el socorrista. Ni los haitianos ni la comunidad internacional se pueden permitir este estúpido debate.

Es indecente perder el tiempo en discutir si los motivos del Ejército norteamericano son de ayuda o invasión, solidaridad o injerencia, mientras los haitianos piden a gritos cosas tan primarias como compasión y solidaridad; es decir, comida y medicinas. Y capacidad organizativa para hacerlas llegar. ¿Quién está en condiciones de hacer eso y de hacerlo rápida y eficazmente? Sólo EEUU, sin perjuicio de que a posteriori la intervención de sus soldados tenga el inmediato respaldo de la ONU y la cooperación internacional.

No tengamos miedo a las palabras cuando van descargadas. A saber: la invasión militar norteamericana de Haití es el único remedio al caos, la desorganización y la inexistencia de poderes públicos. Si ya era incierta la presencia de un Estado antes del terremoto, después de él es evidente que hasta la mera apariencia de Estado ha desaparecido en esta castigada parte de la isla bautizada por Colón como La Española.

El pillaje, la descomposición de los cuerpos, los desajustes en el reparto de la ayuda, la violencia en las calles, la ruina de los edificios, etc… son retos de orden y disciplina. Imposible encontrar esa capacidad de gestión en Haití. Ha de venir de EEUU, la potencia regional, por las razones de cercanía y preeminencia antes mencionadas. Aparte de apostar por esta solución, poco más puede hacerse, amén de reiterar los llamamientos a la solidaridad con los haitianos o describir de nuevo el horror.

Haití es ya uno de los países del mundo con mayor dependencia de la ayuda internacional. Con terremoto y sin terremoto. Esa dependencia va camino de institucionalizarse. Antes o después, tendrá que convertirse en un protectorado de la ONU, refundarse en Senegal o resignarse a ser neocolonizada por EEUU. No sería mala solución para un país absolutamente destruido y sin resortes propios para remontar.


El confidencial

La presencia militar en Haití

LA gravísima situación que se vive en Haití hace necesario un cierto grado de orden público, no sólo para proteger a los encargados de socorrer a la población, sino para evitar que las cosas empeoren para las víctimas y los supervivientes. Enfermas de corrupción crónica, las estructuras del Estado haitiano no habían demostrado hasta ahora suficiente capacidad para hacerse cargo de la estabilidad interior, y en estos momentos, cuando literalmente ha desaparecido todo rastro de administración pública, resulta imposible que el Gobierno se encargue de gestionar la crisis de manera mínimamente razonable. Estados Unidos ha hecho lo correcto al enviar tropas para ayudar a los haitianos a mantener la calma en una situación extremadamente delicada, sin que por ello se pueda hablar de ocupación o de ambiciones puramente militares. La cuestión es tan evidente que las Naciones Unidas -que desde hace una década tienen una misión de estabilización en Haití cuya eficacia es discutible y que, además, ha perdido gran parte de sus funcionarios en el terremoto- han pedido a otras potencias una contribución para apuntalar la seguridad en las zonas devastadas por el seísmo.

El problema es que, aparte de Estados Unidos, no hay ningún otro país dispuesto a correr el riesgo de implicar a sus militares. Nicolas Sarkozy ha abandonado ya las críticas con que de forma apresurada saludó el desembarco en Haití de las tropas norteamericanas, quizá tras reconocer que, para desgracia de los haitianos, nadie ha sido capaz de reaccionar con los reflejos manifestados por Obama. A este lado del Atlántico, la Unión Europea podría expresar mejor su voluntad de influencia global si, además del trabajo que han hecho los equipos de Protección Civil sobre el terreno, hubiera enviado ya una sólida fuerza de Policía que impida el desorden y el pillaje y garantice que el esfuerzo y el dinero que la generosidad de los ciudadanos europeos y sus instituciones ha enviado a Haití no se pierda en el caos en el que Puerto Príncipe está sumiéndose.

Hace unos días se pedía desde estas páginas un futuro para Haití. Pues bien, ese futuro, que sobre todo tiene que ver con lo que ha de construirse después de la tragedia, debería empezar a cimentarse hoy sobre el orden. Sin poner en duda el principio de soberanía de Haití, los soldados estadounidenses son necesarios. De otro modo, todo lo que se se ha hecho hasta ahora y lo que se intente hacer en adelante no servirá para nada.


ABC - Editorial

La obsesión antiamericana

Visto lo visto, no nos extrañaría que en los próximos días la obsesión antiamericana aúne esfuerzos y haya quien diga que la marina estadounidense causó el terremoto creyendo que en esos momentos Llamazares se encontraba en Haití.

Que el antiamericanismo ha llegado a ser una seña de identidad de la izquierda a la que no es ajena cierta derecha antiliberal en Europa es algo de sobras conocido y de lo que hemos tenido nuevas muestras en los últimos días a propósito tanto de los innegables errores cometidos por el FBI que afectan a Gaspar Llamazares como respecto al despliegue de marines en Haiti.


En relación con lo primero, es evidente que el FBI ha cometido un error garrafal al utilizar los rasgos del portavoz de IU para llevar a cabo un actualizado retrato-robot de Ben Laden, y que el diputado español tiene todo el derecho a protestar y a recibir disculpas como las que de hecho ya ha recibido por parte de la Embajada norteamericana en España. Ahora bien, dejando al margen que el Gobierno de los Estados Unidos es el primer interesado en que no se produzcan estos errores que también afectan a su seguridad, es evidente que Llamazares en sus protestas ha dado rienda suelta a un visceral antiamericanismo no exento de patéticos delirios de grandeza. No otra cosa es atribuir el error al "sectarismo" o cuestionarse si la policía federal estadounidense le tiene fichado como a otros "izquierdistas" europeos o americanos, tal y como ha sostenido Llamazares en rueda de prensa. Y es que presentar a la democracia estadounidense como si de un régimen dictatorial se tratara, y presentarse a sí mismo como alguien de tanta importancia como para estar fichado por el FBI, es algo que no concuerda ni con la realidad política de los Estados Unidos ni con la escasa relevancia que como político tiene Llamazares incluso en la escena política española.

Es evidente que Llamazares confunde la democracia estadounidense con los regimenes comunistas que –ellos sí– no sólo fichan sino que también encarcelan a pacíficos ciudadanos, a los que criminalizan sólo por razón de sus ideas políticas; regímenes como los de Cuba o el que se ha impuesto en Venezuela, hacia los que Llamazares no oculta sus simpatías.

Precisamente desde Venezuela, y también desde el no menos criticable Gobierno sandinista de Nicaragua, han llegado otras delirantes muestras de antiamericanismo, en este caso motivado por el encomiable y rápido despliegue de marines que Estados Unidos ha hecho en Haiti para garantizar la seguridad y facilitar la ayuda humanitaria a ese país devastado por el terremoto.

Aseverar, tal y como han hecho Hugo Chávez o Daniel Ortega, que Estados Unidos se está valiendo de la tragedia del seísmo en Haití para ocuparla militarmente es de una mezquindad que sólo se explica por esa incorregible obsesión antiamericana capaz de denigrar hasta lo más encomiable. Si Haití era un país sacudido por la violencia antes del terremoto, los saqueos, el pillaje y, en general, la falta de seguridad y orden, tras el seísmo todos estos males se han convertido en los principales enemigos para la distribución de ayuda y las tareas de reconstrucción. Téngase en cuenta que a la ya explosiva situación de centenares de miles de personas sin hogar y sin alimento se le unen los miles de delincuentes que han podido escapar tras el derrumbe de cárceles como ha sucedido en Puerto Príncipe.

Ya decíamos que cierta derecha en Europa no está inmunizada contra esa obsesión antiamericana, algo especialmente detectable en Francia, donde su secretario de Estado de Cooperación, Alain Joyandet, lanzaba hace unos días criticas a los Estados Unidos por tratar de "monopolizar" la ayuda. Aunque más le valdría al Gobierno francés criticar la parálisis de Naciones Unidas que la rápida y solidaria respuesta de los Estados Unidos, también es cierto que la oficina de Sarkocy ha emitido en las ultimas horas un comunicado en el que corrige las anteriores declaraciones y en el que "celebra la excepcional movilización de Estados Unidos en Haiti y el papel esencial que está llevando a cabo sobre el terreno".

Por el contrario, dirigentes como Hugo Chávez no sólo no han corregido sus obsesiones, sino que las han llevado al surrealista extremo de acusar a los Estados Unidos, nada más y nada menos, de ser el causante del terremoto a través de unas pruebas llevadas a cabo por la marina.

Visto lo visto, no nos extrañaría que en los próximos días la obsesión antiamericana aúne esfuerzos y haya quien diga que la marina estadounidense causó el terremoto creyendo que en esos momentos Llamazares se encontraba en Haití.


Libertad Digital - Editorial

Un año en la vida de Barack Obama. Por Javier Rupérez

Llegó Obama a la presidencia con un poderoso aroma: su esperada capacidad para cambiar el mundo circundante. Un año después de aquel glorioso 20 de enero, bajo en las encuestas, mordido por la realidad, enfrentado con otras parcelas de poder, el presidente americano corre el riego de ser percibido como un dios menor, uno más en la lista de los que todo lo quisieron antes de aprender el amargo trago del pactismo posibilista.

Era larga y compleja la lista de la herencia: una de las peores situaciones económicas desde la gran depresión de los 30, dos guerras, Guantánamo, un reducido prestigio internacional, una urgente necesidad de aplacar enemigos y renovar las alianzas con los amigos. Como larga y compleja era la agenda propia, nunca suficientemente explicitada a lo largo de la campaña electoral pero que se adivinaba en la inspiración tradicional de la izquierda americana: la extensión de los beneficios de la cobertura sanitaria, la protección y defensa del medio ambiente, la subida de impuestos para financiar los programas federales, la revisión de las leyes inmigratorias, actitudes comprensivas frente al aborto y al matrimonio de los homosexuales, por ejemplo. Incluyendo además la promesa de unificar en torno a su persona las voluntades de los contrarios -promesa que no deja de hacer ninguno de los candidatos exitosos a la Casa Blanca- y contando con la postración evidente del Partido Republicano y de sus representantes. Con las dos Cámaras sólidamente ancladas en mayorías demócratas nada parecía poder oponerse a las voluntades de renovación del primer presidente negro en la historia de los Estados Unidos.


Su gran pieza doméstica, la reforma sanitaria, que quiere cumplir dos loables objetivos -ampliar la cobertura a todos aquellos de los que de ella ahora carecen y reducir los gastos de todo el sistema- ha visto sus impulsos maximalistas recortados en el Senado y seguramente lo será todavía más en el compromiso inevitable con el texto de la Cámara de Representantes. Pero, salvo descarrilamiento de última hora, habrá texto. Esta Casa Blanca opina que el peor texto es el que no existe o, dicho de otra manera, mejor un mal texto que ninguno. Es tanto el esfuerzo personal y el capital político invertidos en el empeño que cualquier otra salida sería contraproducente cuando el tema ha sido deliberadamente ofrecido -y su calado así lo justifica- como uno de los grandes cambios para la sociedad americana, sólo comparable a los programas sociales de la época Roosevelt. Con todo, son muchos los americanos que no comprenden el alcance de la compleja reforma -más de dos mil páginas de texto-, otros muchos que temen perder lo que ya tienen y no pocas las empresas sanitarias que, por multitud de opuestas razones, no están en la onda Obama. Y no queda mucho tiempo para finalizar el trabajo: es 2010 año electoral en las dos Cámaras, ya no hay lugar para experimentos, varios conspicuos demócratas-senadores y algún gobernador han decidido retirase ante la incertidumbre de los resultados y aquellos que salen a reelección temen que el coste de la reforma sanitaria acabe con sus esperanzas políticas.

Desde el mismo momento de su toma de posesión Barack Obama ha querido distanciarse, y hacerlo ostensiblemente, de una política exterior que él y los suyos consideran marcada por la confrontación, fuente de descrédito, y elemento de querella entre propios y extraños. De esa convicción provenían las correspondientes líneas programáticas: mano tendida, diálogo incluso con los enemigos, reevaluación de las guerras en Irak y en Afganistán, cierre de Guantánamo, reivindicación de la tradición humanista de los Estados Unidos, reconsideración de la «guerra contra el terror» de los tiempos de su antecesor.(El mismo término «terrorismo» parecía haber desaparecido del vocabulario de los representantes de la administración algunos de los cuales le dedicaban piruetas conceptuales: según Janet Napolitano, la secretaria de Seguridad Doméstica, debía ser denominado «desastre causado por mano del hombre»). Un programa que, apenas esbozado, recibía de manera sorprendente el respaldo del premio Nobel de la Paz.

Pero transcurrido un año, cuando las deficiencias ya no pueden cargarse a la herencia recibida, la realidad impone rebajas a las buenas intenciones: los mejores deseos no han movido un ápice a los iraníes en sus proyectos nuclearizadores ni a los coreanos del norte en sus obligaciones desnuclearizadoras; Guantánamo no se puede cerrar porque el neo-terrorismo tiene ahora,después del susto de la Navidad, firma yemení y de ese origen son la mayoría de los todavía enclaustrados en la base cubana; la mala guerra de Irak parece ir teniendo un final casi feliz y la buena guerra de Afganistán, que ya está recibiendo un importante aumento de tropas americanas, sigue costando sangre sudor y lágrimas; Cuba, Venezuela, Nicaragua y otros de parecido o similar pelaje dicen seguir abominando de la opresión imperialista, utilizando para con Obama epítetos que la decencia impide reproducir; Rusia recibe trato de favor a costa de las incertidumbres de los antiguos satélites pero juega con el viejo dictum soviético: lo mío es mío y lo tuyo negociable; Copenhague, sede de una dudosa victoria medio ambiental, fue el lugar donde el presidente chino jugó al ratón y al gato con el presidente americano; y el Dalai Lama no ha sido todavía invitado a visitar la Casa Blanca.

El mejor Obama es de Oslo, el del discurso de aceptación del Nobel, el que defiende al país que ha dotado de seguridad al resto del mundo desde hace sesenta años, el que reconoce que su trayectoria no merece el premio, el que reivindica la historia constitucional, política y popular de su nación. Es esa la esquina de la realidad que parece definitivamente doblar quien llegó a Washington tan cargado de imaginaciones. Y el mejor Obama será, se lo dicen sus propios compatriotas, el que consiga que el diez por ciento de sus conciudadanos que en este momento se encuentran en paro encuentren de nuevo trabajo. Esa es la urgencia de las cosas. Porque como hace poco escribía en el New York Times Ross Douthat, «si la presidencia de Obama tiene éxito, constituirá la prueba de lo que puede conseguir una ideología templada por el institucionalismo. Pero su aproximación política le sitúa en el constante peligro de alienar al centro y a la izquierda, considerado por los independientes como un partidario de los impuestos y del gasto y despreciado por los liberales como un traidor».

Seguro que el propio Obama considera este su primer año, siguiendo sus propias expresiones, un «teachable moment», una instructiva experiencia. Que acierte, dicen todos. Aunque sea como dios menor.


ABC - Opinión

martes, 19 de enero de 2010

Haití y el perfecto idiota. Por Cristina Losada

Ortega, el notorio abusador sexual de su hijastra, sabe a ciencia cierta que Estados Unidos codicia Haití y quiere ocuparlo. ¡Será por sus riquezas aún ignotas!

En medio de la tragedia, apareció la estupidez. Los presidentes de Nicaragua y Venezuela acusan a Estados Unidos de aprovechar la catástrofe de Haití para ocupar militarmente el país. No es una necedad inocente. Daniel Ortega fue el primero en pronunciarse en tal sentido o sinsentido y en perfecta sintonía con pautas que Montaner, Mendoza y Vargas Llosa describieron con ácido humor en el Manual del perfecto idiota latinoamericano. Enseguida le secundó Hugo Chávez. Y como no hay dos sin tres, un ministro francés se ha quejado del rol dominante de los americanos. La antigua potencia colonial aspira a sus quince minutos de fama. La política humanitaria es más política que nunca. No compiten ya las ONG sino los G. Incluido el de España, que envió a De la Vega so pretexto de la presidencia rotatoria. Hacer espectáculo del horror suele traer horrendos espectáculos.


El nicaragüense proclamó que "no tiene ninguna lógica" que Washington envíe tropas cuando Haití necesita ayuda. Que esa ayuda no se pueda distribuir, que los saqueos proliferen, que el precario Estado haitiano colapsara, que sea urgente restablecer el orden, nada interesa a quienes viven de atizar un primitivo antiamericanismo. Ortega, el notorio abusador sexual de su hijastra, sabe a ciencia cierta que Estados Unidos codicia Haití y quiere ocuparlo. ¡Será por sus riquezas aún ignotas! Será que la Alianza Bolivariana proyecta sus propios designios. Querría utilizar la solidaridad para extender su influencia en el Caribe, pero no puede competir con los USA. A los que, por cierto, no salva del azote del odio ni el seráfico Obama.

Mucho me temo que el disparate de Ortega y Chávez está destinado a extenderse entre aquellos que, como señaló Revel, cifran su certeza de ser de izquierdas en el criterio de "ser, en todas las circunstancias, de oficio, pase lo que pase y se trate de lo que se trate, antiamericanos". Ya gozó de amplio crédito en su día la fantástica idea de que Bush derrocó a Sadam para apropiarse del petróleo. Tesis que prendió en la imaginación popular unida a la que presagiaba una Tercera Guerra Mundial si se invadía Irak. Se escribe estos días sobre las supersticiones haitianas. Resultan inofensivas al lado de las supersticiones políticas que arraigan en el Occidente rico e ilustrado. Raro que todavía no se haya culpado a la CIA y al FBI, siempre tontos peligrosos, del terremoto.


Libertad Digital - Opinión

Chuletas. Por José García Domínguez

La eventual sanción académica competerá a una muy democrática comisión paritaria formada por tres profesores y tres alumnos, a ser posible, colegas de botellón del encausado, supongo.

Sin pizca de asombro, acuso recibo de que la Universidad de Sevilla ha acordado proclamar algo así como la Declaración Universal de los Derechos del Asno. Trátase, por lo visto, de un exhaustivo protocolo de garantías procesales creado a fin de amparar los sagrados fueros de aquellos alumnos que sean sorprendidos copiando con chuletas en los exámenes.

En consecuencia, según manda el nuevo código hispalense, ante los niños pescados in fraganti al cátedro-puericultor le cabrá incautarse de los "objetos" que usasen para ese fin. Pero la eventual sanción académica competerá a una muy democrática comisión paritaria formada por tres profesores y tres alumnos, a ser posible, colegas de botellón del encausado, supongo. De tal guisa, el Califato de Griñán, siempre a la vanguardia de la ciencia y el desarrollo, se propone liderar el célebre modelo productivo basado en el saber y el conocimiento que promueve Zapatero.


Mas de nada debiéramos escandalizarnos, en realidad. Al cabo la mejor forma de terminar con el fracaso universitario es acabar de una vez por todas con la propia Universidad, igual que sucediera en su día con el Bachillerato y los institutos. Un empeño que, cabe reconocerlo, se resolvió con éxito contrastado. De ahí, entre otros hitos docentes, la radical proscripción en las aulas del esfuerzo, la competitividad, la memoria o cualquier selección merecedora de tal nombre, sórdidas rémoras todas de un pasado a olvidar.

Bienvenida sea entonces la cultura de la plastilina a facultades y escuelas técnicas superiores, firmemente asentados ya sus reales en Primaria y Secundaria. Pues, como es fama, en tales tramos docentes los viejos contenidos curriculares hace ya lustros que fueron subordinados a un interés superior. A saber, que Peter Pan desarrolle su personalidad en un entorno tan lúdico, festivo y gozoso como exento de traumas y frustraciones, al modo de la pauta canónica en guarderías, parvularios, jardines de infancia y los congresos nacionales del PP.

Como para que sigamos repitiendo el sobado chiste de la generación mejor formada de Historia de España. Una hazaña pedagógica colectiva que cualquiera puede constatar a la luz de la exquisita gramática parda que rige en los foros de Internet. O reparando en la prodigiosa riqueza de vocabulario que exhiben los inquilinos de Gran Hermano y sucedáneos. En fin, apaga y vámonos.


Libertad Digital - Opinión

La resaca colonial. Por M. Martín Ferrand

HAITÍ es, en una perspectiva meramente histórica, uno de esos despropósitos que se fraguan, en los territorios que no le interesan a nadie, en los intervalos en que se relevan los imperios. Primero tuvo la desgracia de convertirse en refugio y cuartel de bucaneros y filibusteros franceses, menos constructivos que los aventureros, hijosdalgos y misioneros que España y Portugal enviaron al Nuevo Mundo y, después, lo mejor que puede decirse de la parte occidental de La Española es que el general Toussaint-Lovertise, precursor de la independencia y gran apóstol de la abolición de la esclavitud, poseía y explotaba una plantación de café atendida por esclavos procedentes del mismo lugar africano de donde era su abuelo, lo que hoy conocemos por Benín.

Francia fue, especialmente en América, una mala potencia colonial. Su huella en Haití no es la de una siembra positiva y paciente, sino la de un precipitado coge todo lo que puedas y sal corriendo. Si España no hubiera preferido en el Tratado de Rijswijk, al final de la guerra de Francia y la Santa Alianza, la porción de Cataluña invadida por los franceses que una parte de Santo Domingo, las cosas hubieran sido de otro modo. Como se ve, en contraste con las repúblicas iberoamericanas, mejores para Haití, el segundo país del Continente en obtener la independencia y el más desafortunado de todos ellos. Un escenario dominado por la corrupción, el ron y el vudú.

Ahora, ante la luctuosa circunstancia que marca la actualidad haitiana, el Gobierno de Washington, consciente de su «responsabilidad imperial», se ha sentido obligado a encabezar las ayudas que reclaman Puerto Príncipe y su catastrófico entorno. Barack Obama, en persona, ha liderado el socorro de un territorio desamparado tras dos siglos de independencia inane y de líderes depredadores. Francia, la metrópoli germinal de la situación, se siente ofendida y acusa a los EE.UU. por protagonizar, y encauzar, la ayuda mundial. Brasil y otros grandes estados de la región tampoco aplauden el ímpetu norteamericano y así, como suele suceder, lo fundamental -la ayuda a unos cuantos millones de desventurados- pasa a segundo plano. Salvo Francia, que no hizo lo debido en tiempos de Luis XIV, a todos les sobran razones para esos absurdos celos de protagonismo; pero un «imperio» que no ejerce como tal deja de serlo y a eso, afortunadamente, no parece que Obama quiera renunciar.


ABC - Opinión

La enésima traición de Rajoy a su electorado

Aparentemente, Educación para la Ciudadanía desaparece en la enseñanza primaria y secundaria, pero no es así. El proyecto de Rajoy consiste en camuflarla transversalmente bajo el pomposo nombre de "valores constitucionales" en todas las asignaturas.

Hace sólo dos años, coincidiendo con la campaña electoral de las legislativas, Mariano Rajoy prometió durante un mitin que, si se alzaba con la victoria en la urnas, suprimiría en el acto "Educación para la Ciudadanía" (EpC), una asignatura que Zapatero se sacó de la chistera nada más ocupar la Moncloa y que está concebida para adoctrinar política y moralmente a niños y jóvenes. Contra ella llevan ya luchando varios años ciertas comunidades autónomas gobernadas por el PP y un amplio movimiento cívico que rechaza de plano cualquier intromisión del poder político en las cuestiones educativas que tocan con la moral.


El partido de Rajoy había hecho, con muy buen tino, de la oposición a esta controvertida asignatura una de sus banderas. En este campo, los populares tienen mucho que ganar y muy poco que perder. La educación en España está, literalmente, arrasada. Nuestros estudiantes figuran entre los peor cualificados de Europa y la disciplina académica, el mérito y el esfuerzo pasan por horas bajas. Dado que nadie desconoce que la educación necesita de reformas de gran calado, las quejas de Rajoy tenían un público muy agradecido dispuesto a entregarle el voto o, cuando menos, a tomar sus palabras como sensatas en el océano de necedad progresista en el que España se ha extraviado.

Ante un panorama educativo tan doliente, lo menos que necesitan nuestras escuelas es una dosis adicional de ideología. Hasta la fecha el Partido Popular parece que lo ha entendido así, porque ha sido el único que se ha opuesto frontalmente a este tipo de experimentos ideológico-morales dentro de los colegios. Ha tenido que pelear contra todo el arco parlamentario y contra una extraordinaria campaña mediática desatada por los satélites del Gobierno desde hace cuatro años. Por eso choca que, después de tan trabajosa lucha, se rinda ahora y acepte la mayor.

Porque, inútil sería engañarse, el programa educativo que ha presentado Rajoy en Toledo no es ni de lejos la liquidación de EpC, sino la misma EpC maquillada bajo otro nombre y aligerada de peso en los años infantiles, los mismos en los que el proyecto de Zapatero no apretaba demasiado el pistón. Aparentemente, en la enseñanza primaria y secundaria desaparece, pero no es así. El proyecto de Rajoy pasa por camuflarla transversalmente bajo el pomposo nombre de "valores constitucionales" en todas las asignaturas. En bachillerato la propuesta es recuperar la asignatura de Filosofía, inexplicablemente retirada de los planes de estudio, enriqueciéndola con más contenidos de valor constitucional.

Las dosis es prácticamente la misma pero distribuida de un modo más disimulado. El mal, por lo tanto, permanece intacto. Los estudiantes, ya sean de primaria, secundaria o bachillerato no deben recibir formación política en las aulas, materia que es de curso obligatorio en las dictaduras pero que no tiene cabida en un país libre donde todas las opiniones políticas, incluso las anticonstitucionales, son legítimas. Lo mismo puede decirse de las cuestiones de orden moral. El Estado no puede establecer una moral oficial que colisione con la moral privada de los individuos, la única válida. Hacer lo contrario, es decir, adoctrinar a los estudiantes en un paradigma político y moral concreto, es volver a la Formación del Espíritu Nacional que se estudiaba durante el franquismo.

En definitiva: libertad, que es lo que Rajoy pedía en 2008 y que ahora, creyéndose heredero inmediato de la ruina que está dejando Zapatero, parece haber olvidado para auparse sobre una ola de pactismo y traición a sus bases con la que cree que podrá ganar las elecciones dentro de dos años.


Libertad Digital - Editorial

El régimen cuarteado. Por Ignacio Camacho

EN sus días más optimistas, Javier Arenas contempla con orgullo unos imaginarios titulares postelectorales: «Histórico triunfo del PP en Andalucía después de 30 años». Y en los subtítulos, la amarga realidad del mercado negro de la política: «El PSOE negociará un gobierno de coalición con Izquierda Unida». Tendría que ocurrir un milagro para que este político de raza cumpla el sueño de ser presidente de la Junta, un desafío que le obsesiona desde hace dos décadas muy por encima de los puestos relevantes que ha ocupado en el Gobierno de España, y es probable que ese empeño muera en el mejor de los casos en la orilla de la mayoría insuficiente; pero ya es casi milagroso que hoy por hoy la hipótesis de que el PSOE pierda en su patio trasero resulte una seria posibilidad demoscópica. Eso era impensable hace bien poco, y si ahora no lo es se debe sobre todo al desgaste de Zapatero y en menor medida a las consecuencias de un relevo de poder que propicia una penosa paradoja: el presidente Griñán, un político mucho más sólido y preparado que Chaves, tiene bastante menos tirón electoral que el veterano virrey elevado a la vicenadería del Estado.

Quizás el propio Griñán haya mandado publicar la ya célebre encuesta que le convierte en probable perdedor para reclamar manos libres y sacudirse la tutela del tardochavismo, pero hace tiempo que los sondeos revelan en Andalucía un anhelo de cambio que los socialistas no van a poder encarnar después de tres décadas de hegemonía cansina. Aunque nadie puede predecir hasta dónde llegará ese estado de opinión, favorecido por la evidencia de que el PP absorbe la mayoría del evaporado voto andalucista, su propia existencia es ya de por sí un signo de enorme relevancia que muestra la profundidad de la decepción ante el zapaterismo, instalada incluso en su más profundo granero de votos. Ese desencanto constatable preocupa al actual presidente andaluz al punto de que tal vez pretenda, al hacerlo público, cargarse de argumentos para anticipar las elecciones y acudir a las urnas sin la compañía de un líder al que en este momento considera una tara política.

Para Javier Arenas, incombustible y tenaz perdedor en su tierra, la victoria supondría el éxito de una misión a la que ha dedicado un esfuerzo poco imaginable en quien ya ha sido casi todo en la vida pública. Al margen de que la Presidencia andaluza le quede al otro lado de una inalcanzable mayoría absoluta, si el PP es capaz de derrotar en su feudo a los socialistas tendrá prácticamente asegurado el retorno a La Moncloa. Ese objetivo, al alcance incluso de un empate técnico, es mucho más factible que el de sentarse en el Palacio de San Telmo y constituye el verdadero encargo que Rajoy le comisionó al enviarle de nuevo al despeñadero andaluz. Por cuarteado que esté, el régimen clientelar de tres décadas todavía no es para nadie una tierra prometida.


ABC - Opinión

lunes, 18 de enero de 2010

Llamazares y Bin Laden. Por José María Carrascal

UTILIZAR la foto de Llamazares para dar la imagen de un Bin Laden envejecido es una indignidad, una vileza y, si nos ponemos legalistas, un delito. Pero es, sobre todo, una sandez, una de esas chapuzas que se pagan muy caras en el mundo global y mediático de nuestros días. Ahora me explico que pudiera embarcar para Detroit un terrorista denunciado por su propio padre y que unos arribistas se colaran en una recepción oficial de la Casa Blanca. Si los servicios de inteligencia norteamericanos funcionan así, Al Qaida lo tiene más fácil que robar en unos grandes almacenes. De nada sirve el sofisticado y costosísimo material electrónico puesto a su disposición, si luego lo maneja un idiota incapaz de evaluar debidamente los datos que le suministra. Si el «experto» que quiso envejecer a Bin Laden hubiese hecho lo lógico, es decir, tomar una foto actual del personaje, acentuar sus arrugas, pronunciar su osamenta, dejar caer su papada y las bolsas bajo los ojos -como se ha hecho con un Kennedy, un Elvis Presley o una Marilyn de 70 años-, hubiese obtenido un retrato mucho más fiel que tomando de Google la foto de alguien que creyó se le parecía, aparte de ahorrarse la humillación de tener que excusarse por ello. Yo mismo he tenido ocasión de comprobar esta incompetencia, cuando al renovar mi visado norteamericano, el funcionario se fijó en mi segundo apellido, Rodríguez, y se puso nerviosísimo, porque había otro Rodríguez en su lista de sospechosos. De nada valió mi advertencia de que hay millones de Rodríguez, de que nombre y primer apellido diferían, de que he vivido 24 años en Estados Unidos y he viajado allí centenares de veces sin el menor problema. Se empeñó en mandar mis huellas dactilares a Washington, desde donde le dieron el OK a vuelta de e-mail. Posiblemente en el tiempo que perdió conmigo se le colaron media docena de presuntos terroristas.

Algo está fallando en el país más poderoso de la Tierra para que ocurran estas cosas. Lo que resulta inquietante, pues los fallos norteamericanos los sufrimos todos, como todos nos beneficiamos de sus éxitos. Es posible que se haya reblandecido allí la regla de responsabilidad y exigencia, que antes se aplicaba a rajatabla. El que cometía un error de este calibre era despedido en el acto. La jefa de protocolo de la Casa Blanca, responsable de que los asistentes a las recepciones correspondan a los invitados, sigue, sin embargo, en su puesto. Como posiblemente seguirá el funcionario que nos dio Llamazares por Bin Laden. Así no se gana la guerra al terrorismo, ni ninguna.

Para Llamazares ha tenido que ser un shock. Pero al menos tiene el consuelo de que su antinorteamericanismo tiene buenas bases. Lo que nunca pudo sospechar era que fueran tan ineptos.


ABC - Opinión

Zapatero, aburrido y a la defensiva en una plúmbea entrevista. Por Antonio Casado

Como ni entrevistador ni entrevistado son la alegría de la casa, la larga conversación Moreno-Zapatero de ayer en El País resulta aburrida. Plomiza, por demás. Una lectura justificada sólo en horario laboral y como parte de la tarea de la jornada. O sea, por obligación. A falta de otra cosa. Pero, en fin, se trata de tomarle el pulso al piloto y al plan de vuelo cuando acaba de arrancar el semestre español de la Unión Europea. Y esta era la oportunidad más a mano de juzgar al presidente del Gobierno. No solo por lo que hace. También por lo que dice.

Aunque decir dice poco. Tal vez porque está a la defensiva y se pasa el rato echando balones fuera. Tantos palos ha recibido y sigue recibiendo, que ya no se permite ir de sobrado. Ni de optimista. Es el entrevistador el que juega con blancas, el que lleva la iniciativa. Y las respuestas de Rodríguez Zapatero parecen las de otro periodista, no las de un líder. O las de un notario, que constata la realidad sin pretender modificarla. Hay un repliegue en su capacidad de apuesta política. Como si se hubiera rendido al fatalismo de ver sus iniciativas condenadas a perderse en los efectos de la crisis económica y su diaria instrumentación política por parte del adversario.


Nada le sugiere a Zapatero esa instrumentación. Ni media palabra sobre el obsceno aprovechamiento de los malos datos económicos, que va más allá del legítimo derecho de la oposición al desgaste del Gobierno. Solo se le ha ocurrido caracterizar a Mariano Rajoy de abanderado del despido libre, aprovechando a su vez una propuesta del líder del PP: despido más fácil a cambio de más puestos de trabajo fijos. Y, eso sí, volver a relacionar la recuperación política del Gobierno con la recuperación económica del país. Pero para eso no hacía falta dedicar cinco páginas del periódico de mayor difusión nacional.

Así que novedades, pocas. Ni siquiera en la pedrea de los asuntos más fungibles de la actualidad, pues en realidad no responde abiertamente a ninguno de ellos. Sobre su eventual candidatura a las elecciones de 2012, lo consultará con las encuestas, el partido y la familia. Ambiguo sobre la ofensiva judicial contra Baltasar Garzón por investigar los crímenes del Franquismo: “Todo el mundo sabe lo que pienso”. Sobre el crucifijo en las escuelas: “No adelantemos acontecimientos”. Y si queremos conocer su opinión sobre la dura posición del fiscal contra los periodistas de la SER por revelar datos ciertos, objetivos, fiables, de interés general, etc, entonces Zapatero nos dice que él no juzga a los fiscales. ¿Y José Montilla, está en la estratosfera? “No lo sé”, responde, antes de aventurarse a anticipar que la sentencia del Tribunal Constitucional sobre el Estatut no será “política” sino “conceptual”. Ante el caso “Faisán”, se remite a los jueces. De lo de Vic (no hay papeles del Ayuntamiento si no hay papeles del Gobierno), que “es un camino hacia ninguna parte”.

Y así sucesivamente, amén de una plúmbea explicación sobre la presidencia española de la Unión Europea y la enésima descripción de la génesis y evolución de la crisis económica. Nada más. La entrevista no nos saca de ninguna duda. Lo cual nos remite al desalentador mal de muchos. Un pobre argumento utilizado por Zapatero para consolarse de su caída en las encuestas: en el titular confían poco o nada el 70% de los españoles, pero es que en el aspirante confían poco o nada el 78 %.


El confidencial

Charla de café. Por Ignacio Camacho

SE ha quedado en Madrid para ver la exposición de los impresionistas en Mapfre, pero la larga y lenta cola en que nos hemos encontrado se vuelve disuasoria en la mañana húmeda de Recoletos. «Anda, invítame a un café en el Gijón para hacer tiempo, a mediodía habrá menos gente. ¿Te has fijado en el fulgor de la burguesía por el impresionismo? Arte comprensible en la época abstracta... pero no me digas que quieres hablar de política».

Sí quiero, y a él no le cuesta mucho. «¿Estás buscando un socialista que te diga que Zapatero se debería ir? Pues ya lo has encontrado, y te puedo presentar a muchos más. En Andalucía desde luego, y en Madrid también, aunque aquí están más callados porque dependen del Gobierno. Pregunta a la gente de Barreda, a los alcaldes, a cualquiera que tenga que presentarse pronto a unas elecciones. ¿Griñán? Bueno, él mide mucho lo que dice, pero una cosa te puedo asegurar: a día de hoy está convencido de que si todo sigue así tendrá que convocar las autonómicas antes de las generales. Y más desde la encuesta que da ventaja a Arenas. Sabe que Zapatero es ahora un lastre en las urnas».


«Mira, yo creo de veras que el presidente tenía tomada al principio de la legislatura la decisión de no renovar, porque se sentía fuerte. Luego la crisis ha cambiado las cosas, y ahora no sé qué pensará; es muy duro comprobar que la gente te rechaza, e imagino que va a tratar de levantar su mala imagen. Lo que pasa es que éste era un debate con otro timing que ha reventado la encuesta de El País con muy mala leche, como dice Griñán. Es demasiado pronto, si se abre la cuestión se acaba la legislatura. Y luego hay un problema grande: ZP no puede hacer lo que Aznar, un dedazo; tendría que convocar un congreso o unas primarias, y eso es un suicidio yendo por detrás en los sondeos. Equivaldría a abrir el partido en canal. Un haraquiri en plena crisis».

«De modo que el Gobierno ha salido en tromba a tapar la vía de agua, pero el agua se filtra por todas partes. El presidente ha perdido crédito, no tienes más que leer los blogs de izquierdas. En este partido hay una generación, la mía, la felipista como le decís, que nunca entendió bien el zapaterismo, el rollo adanista, el Estatut y todo eso. Ahora no es una generación decisiva en la organización, pero conserva peso específico en las instituciones y en la opinión pública. Es gente que aceptó a Zapatero porque ganaba, pero en cuanto ha empezado a oler a perdedor hay muchos que se lo quieren sacar de encima. Él cree que este año va a recuperar terreno, pero probablemente este proceso de desgaste ya no tenga vuelta atrás. Ahora bien, aun en ese caso puede decidir presentarse de nuevo para no quemar con una derrota al sucesor... o sucesora. ¿La derecha? Ufff, no sé, este jaleo le viene bien pero yo creo que al PP lo que le conviene de veras es que repita... Oye, ¿volvemos? Ya habrá menos cola...».


ABC - Opinión

Faisán: ahí están los nombres y los apellidos

Zapatero niega la participación de mandos policiales en el chivatazo, pero el chivatazo a ETA siguió la vía jerárquica de la cúpula policial.

TODAVÍA AYER Zapatero negaba en una entrevista la participación de «mandos policiales o directores generales» en el chivatazo del bar Faisán de Irún, en mayo de 2006. La información que hoy publica EL MUNDO contradice la afirmación del presidente del Gobierno, ya que establece que, según los investigadores, el chivatazo a ETA siguió la vía jerárquica de la cúpula policial.


La parte secreta del sumario que instruye el juez Garzón incluye un organigrama que muestra la implicación del ex director general de la Policía, Víctor García Hidalgo, que fue alertado por el jefe superior de Policía del País Vasco, Enrique Pamiés, de que se preparaba una operación para desarticular la red de extorsión de la banda. Este alto funcionario había sido avisado a su vez por una inspectora jefa de San Sebastián y por otro comisario que operaba en la lucha contra ETA en Francia.

Si la información circuló de abajo hacia arriba, como es habitual en una institución jerarquizada como es el Ministerio de Interior, las órdenes vinieron de arriba a abajo. García Hidalgo habló telefónicamente con el jefe superior del País Vasco y éste envió a un inspector de Vitoria para que contactara con Joseba Elosua, dueño del Faisán y colaborador de ETA. Fue este inspector de Vitoria, especializado en islamismo, el que le pasó a Elosua el teléfono móvil con la llamada en la que le avisaron de que la Policía había preparado una operación en la frontera para detener a los intermediarios que cobraban el impuesto revolucionario.

El registro de conversaciones telefónicas, siempre según los investigadores, muestra que el inspector de Vitoria llamó en esos momentos al jefe superior de Policía del País Vasco, que fue quien presumiblemente dio el chivatazo, siguiendo las instrucciones expresas de García Hidalgo.

El relato de los hechos es un tanto prolijo, pero merece la pena insistir en él porque demuestra que la investigación policial sí ha podido determinar con exactitud a los responsables del chivatazo y, por tanto, existen sólidos indicios para sentarles en el banquillo. No es, pues, cierta la teoría filtrada desde medios gubernamentales de que no existen datos en el sumario para proceder contra nadie y de que lo que sucedió en Irún sigue siendo un misterio inescrutable.

Lo que publicamos hoy hace altamente sospechosa la actuación de la fiscalía de la Audiencia Nacional, que pidió hace unos meses el archivo de la causa alegando que no se había podido atribuir a nadie la autoría del chivatazo. Hay que recordar que, por aquella época, en plena tregua de ETA, el Fiscal General del Estado defendió la teoría de que las togas debían mancharse «con el polvo del camino», sugiriendo que la Justicia tenía que contribuir a que la negociación del Gobierno con la banda terrorista finalizara con éxito.

Lo que hoy revela EL MUNDO pone el foco de atención sobre el ex director general de la Policía, un militante de confianza del PSOE, que, si lo que dice el sumario es cierto, habría cometido un gravísimo delito. ¿Consultó con sus superiores del Ministerio del Interior? Mariano Rajoy declaraba en este periódico que «no es creíble, por no decir imposible, que un alto mando policial ordenase el chivatazo a ETA sin permiso del Gobierno».

Efectivamente, todo apunta a que el Gobierno fue el responsable último de esta fechoría, lo que explica por qué tiene tanto interés en echar tierra sobre el asunto y por qué el fiscal ha querido archivar el caso que instruye Garzón. Lo que publica hoy nuestro periódico demuestra que hay suficientes elementos para exigir responsabilidades penales concretas. Ahí están los nombres y los apellidos.


El Mundo - Editorial

El País de Zapatero. Por Agapito Maestre

Ahí reside el gran triunfo de Zapatero. Allí donde fracasaron los socialistas de antaño, él solito está imponiendo su ley: España como Nación ya ha muerto, y él se está encargando de que la plebe no se entere.

Las respuestas de Zapatero a las preguntas de El País, aparte interpretaciones interesadas, muestran a un Zapatero más firme que nunca en sus dislates. Pero, por desgracia para España, de todos esas brutalidades, exageraciones y arbitrariedades, que él osa llamar argumentos, saca rédito electoral. De esta entrevista-río, a pesar de que nos disguste, sale muy favorecido el personaje. Aparece, desde su nuevo puesto de presidente de la UE, como más "legitimado" que nunca para decir barbaridades sobre la Unión Europea, la crisis económica y, sobre todo, para contestar con la frialdad de un verdugo profesional sobre la próxima sentencia del Tribunal Constitucional acerca del contra constitucional Estatuto de Cataluña.


Sobre sus destrabadas, contradictorias y desmentidas noticias acerca de que es menester sancionar a los países de la UE que no cumplan con la agenda económica 2020, que han sido el hazmerreír del mundo entero, declara que han generado un grandioso debate en Europa del que nadie jamás se olvidará. De las preguntas sobre la crisis económica, casi siempre planteadas al margen de España, sale con garbo y desfachatez; sí, él, el presidente del Gobierno, nada tiene que ver con esta crisis que, en cuanto empiece a remontar, le hará recuperar los puntos que ha perdido en los dos últimos años respecto al PP.

Por otro lado, Zapatero no deja lugar a dudas sobre la viabilidad de sus alternativas frente a las del PP, que no pasa de ser, según su parecer un partido sin ideas, o peor, un partido de la extrema derecha, obsesionado por perseguir a los trabajadores y apoyar a los empresarios explotadores al exigir un cambio de la reforma laboral. Zapatero sabe a la perfección que se la juega en el asunto de la crisis económica, de ahí que reitere sus críticas al PP y, sobre todo, le recuerde, una y otra vez, que en lo fundamental la oposición ha apoyado sus medidas para salir de la crisis.

Pero, al margen de sus dislates sobre la aplicación del Tratado de Lisboa y los tiempos que "inventa" para salir de la crisis económica, resulta imposible pasar por alto su desvergüenza a la hora de interpretar la sentencia que saldrá del Tribunal Constitucional sobre el Estatuto de Cataluña. Ahí Zapatero revela una frialdad y dureza respecto a la cuestión central de nuestra vida en común, la nación española, que da miedo. Para él la sentencia del Tribunal Constitucional, que seguro que ya conoce enteramente, no acarreará ningún problema. Dejará las cosas tal y como están. Punto. Además, los pocos comentarios, críticas y desazones no durarán "más allá de unas semanas."

En eso, sin duda alguna, tiene razón. Eso es lo trágico. Todos tragarán, viene a decir Zapatero, con la desaparición de la nación española que yo he propuesto, dirigido y ejecutado. Ahí reside el gran triunfo de Zapatero. Allí donde fracasaron los socialistas de antaño, él solito está imponiendo su ley: España como Nación ya ha muerto, y él se está encargando de que la plebe no se entere. O peor, cuando se entere, será demasiado tarde. Zapatero trata a marchas forzadas de esconder el cuerpo del delito para que nadie lo acuse... Él sólo ha llevado hasta sus últimas consecuencias el ejemplo más "insigne de corrupción democrática", por decirlo con el reciente libro de Gustavo Bueno (El fundamentalismo democrático), de la España democrática, o sea, "de generación de efectos indeseables para la Nación española, de fraude de ley, si se quiere (como algunos dicen), que la democracia, si no ha propiciado como tal, por lo menos ha facilitado y en todo caso no ha podido conjurar".


Libertad Digital - Opinión

Zapatero en el proscenio. Por Alvaro Delgado-Gal

Zapatero se ha iniciado en el cargo de presidente de la UE bajo dos advocaciones superpuestas y difícilmente conciliables: la de Mr. Bean y la de Alejandro Magno. Nuestro mandatario se ve como lo segundo, en tanto que no pocos de sus colegas europeos lo perciben más bien como lo primero. La cosa, por supuesto, viene de lejos. La terrible parodia que, usando a Mr. Bean de contrapunto, ha hecho la Rai del secretario general del PSOE, muy divulgada por la red durante estos días, data de 2006, cuando Zapatero viajaba aún con el viento a favor. En su momento, pudo parecer una broma divertida y un punto malasombra, no más digna de ser tenida en cuenta que otras de las muchas que se ensayan en los espacios cómicos de televisión a expensas de políticos y famosos. Ahora, con el viento en contra, suena a otra cosa. Suena a actual, como si las farsas de antaño hubiesen adquirido el carácter de documentos... milagrosamente proféticos. A principios de enero, Mr. Bean volvió a colarse en las páginas web de la presidencia española de la UE. Ya no se trataba de una broma, sino del sabotaje de un hacker. Los hackers no son grandes intelectuales. No razonan, no discuten, no analizan. Se limitan a deslizar iconos elementales y archisabidos, y, por archisabidos, inmediatamente comprensibles. Un publicitario sacrificaría su ojo derecho y la mitad del otro porque la marca que intenta difundir adquiriese rango icónico. Pero daría los dos ojos por borrar el icono cuando éste se revira y vuelve en contra del producto que le importa vender. Me temo que Mr. Bean pertenece a la especie de los iconos aviesos. El 5 de enero, el Financial Times sacaba sobre Zapatero un editorial muy displicente en que salía a relucir el caricato inglés. Poco después, nuestro hombre deslució aún más su imagen proponiendo, inauditamente, sanciones para los países que no cumplieran objetivos de crecimiento fijados políticamente. El Wall Street, en su editorial del 13, se permitía algún sarcasmo sobre esta idea, digna de los inventos del TBO. La opinión mundial, en fin, ha recibido a nuestro presidente con algo peor que rechinar de dientes. Ha empezado por partirse de risa, lo que suena mal para España, y, de paso, mal para la UE.

De todo esto se ha hablado harto en los medios nacionales. Sin embargo, ha tendido a pasarse por alto un artículo mucho más lesivo, aparecido en el Frankfurter Allgemeine Zeitung también el 5 de enero. La Prensa alemana cultiva un género especial: el del editorial rubricado. Por aparecer en primera página, el texto aloja una dimensión o peso corporativo de que están desprovistos los escritos de las páginas interiores. El artículo, bastante largo, llevaba por título «España en el agujero» y ostentaba al pie la firma de Leo Wieland, corresponsal del Frankfurter en España. Los dos tercios iniciales del editorial hacían un resumen convencional de la situación económica española y despachaban con brevedad los servicios que Zapatero pudiera hacer a la Unión, o viceversa. El último tercio era, sencillamente, letal. Tras señalar que la mayor fuerza de Zapatero es la debilidad del PP, reducido a un espectro tras la era Aznar, Wieland nos retrataba como un país doblemente escindido. En primer lugar, escindido territorialmente, con una Cataluña al borde de la insumisión y un País Vasco añorante del liderazgo nacionalista. Para referirse a España Wieland usaba, por cierto, un término casi intraducible: Vielstämmestaat, o «estado pluritribal». Un estado «pluritribal» no es lo mismo que un estado compuesto, en la acepción que los juristas dan a este concepto. Basta repasar las páginas de Google para advertir que se aplica la denominación, no a la República Federal Alemana o a los Estados Unidos, sino a Irak o Afganistán.

Al desgarro territorial se sumaba, según Wieland, el moral, provocado por Zapatero para marginar a la derecha. Resultado de esta labor había sido la destrucción de los consensos que presidieron la Transición. Wieland se mostraba específicamente sorprendido por lo que conocemos aquí como Recuperación de la Memoria Histórica, un intento, según el corresponsal, por reabrir la Guerra Civil e, invirtiendo el pasado, ganarla ahora en el plano simbólico para la izquierda. Wieland cerraba su terrible escrito notando que la supervivencia del régimen alumbrado tras la muerte de Franco no puede darse por descontada.

Ciertamente, no conviene exagerar la agudeza de la Prensa extranjera en los asuntos tocantes a España. La americana se ocupa de nosotros poco y mal, y la británica es propensa a empalmar, a nuestra costa, tontería tras tontería. Hace pocos años, The Economist sacó un editorial económico encabezado por el titular «¡Un hurra por Zapatero!». Hace un mes, nos calificaba como «el hombre enfermo de Europa». La contundencia boba del escrito remoto debería ponernos en guardia sobre la exactitud del pronóstico posterior. El Financial Times, igualmente, una vez que dejó de trabajar en él Tom Burns, ha menudeado sobre este país opiniones tajantes y superficiales. Esto dicho, no conviene tomar el artículo de Wieland a la ligera.

Lo primero, porque Wieland lleva bastantes años entre nosotros. Lo segundo, porque ha cambiado de parecer. Conocí a Wieland hace cuatro o cinco años. Era un alemán silencioso, que escuchaba con reserva cortés los pronósticos pesimistas de algunos de sus colegas españoles. «¡Cómo exageran los del sur!», parecía pensar. Debe de estimar ahora que, lejos de exagerar, nos quedábamos cortos. Haciendo balance, y sin presuponer en nadie una penetración excepcional, parece razonable llegar a la conclusión de que los desajustes nacionales han adquirido un volumen aparatoso. El suficiente, al menos, para que los foráneos nos tasen a bulto y sacudan impresionados la cabeza. En los buenos tiempos, les impresionaba que perseverásemos en crecer al tres o cuatro por ciento. Ahora les impresionan los cuatro millones de parados y que España, por las trazas, se esté desvencijando.

En efecto, muchas de las cosas que ha escrito Wieland son mera crónica, no apreciaciones personales. El señor Castells acaba de aseverar que la Transición se hizo mal; la clase política catalana prepara, llevada de la mano del señor Montilla, la desobediencia preventiva ante un fallo quizá adverso del Tribunal Constitucional, el cual ha sido descalificado mucho antes de que se pronuncie materialmente sobre el Estatut; y nadie habla del imperio de la ley, que ese tribunal tendría que garantizar, sino de pulsos entre magistrados, cuyos nombres trascienden a la opinión herrados con la marca de un partido. Quien piense que estos achaques son los típicos de una democracia, ha perdido el sentido de la realidad. En la misma deriva hacia el disparate, se habla de federalizar al Estado como el único movimiento que podría evitar una metástasis a la yugoslava. Me permito recordar algunas de las cifras que ha resumido Francisco Bello en un artículo reciente -«El Estado español: una rara avis camino de la extinción», Actualidad Económica, 8-1-2010-. Incluso después de haber descontado la factura de Defensa, el Gobierno federal norteamericano gasta, en proporción al PIB, 2,7 veces más que los estados, es decir, el doble de los recursos que el Gobierno central español emplea con relación a las regiones, Seguridad Social incluida. ¿Es éste el Estado que aún no hemos tenido el arrojo de «federalizar»? El arrojo, no nos engañemos, nos será dado por la imposibilidad de contener el fermento catalán que irresponsablemente se activó durante la legislatura pasada. El ministro de Justicia ha insinuado ya que podría acudirse al artículo 150.2 de la Constitución para transferir a Cataluña lo que el TC pudiera negar a ésta si incurre en el fanatismo de aplicar la ley a rajatabla. Cabría decir, parafraseando a Groucho Marx: éste es nuestro caos, y si no le gusta, tenemos otro mejor. No es maravilla que se compare a Zapatero con Mr. Bean. Los dos son expertos en poner las cosas patas arriba.


ABC - Opinión

Una tumba en Dinamarca. Por Arturo Pérez Reverte

Desde hace doscientos dos años, en un lugar perdido de la costa danesa frente a la isla de Fionia, donde siempre llueve y hace frío, hay una tumba solitaria. Tiene una cruz y dos sables cruzados sobre una lápida, y está pegada al muro del cementerio de San Canuto, en Fredericia. De vez en cuando aparece encima un ramo de flores; y a veces ese ramo lleva una cinta roja y amarilla. Esto puede llamar, tal vez, la atención de quien pase por allí sin conocer la historia del hombre que yace en esa tumba. Por eso quiero contársela hoy a ustedes.

Se llamaba Antonio Costa, y en 1808 era capitán del 5.º escuadrón del regimiento del Algarbe: uno de los 15.000 soldados de la división del marqués de la Romana enviados a Dinamarca cuando España todavía era aliada de Napoleón. Después del combate de Stralsund, la división había pasado el invierno dispersa por la costa de Jutlandia y las islas del Báltico. Al llegar noticias de la sublevación del 2 de Mayo y el comienzo de la insurrección contra los franceses, jefes y tropa emprendieron una de las más espectaculares evasiones de la Historia. Tras comunicar en secreto con buques ingleses para que los trajesen a España, los regimientos se pusieron en marcha eludiendo la vigilancia de franceses y daneses. Por caminos secundarios, marchando de noche y de isla en isla, acudieron a los puntos de concentración establecidos para el embarque final. Unos lo consiguieron, y otros no. Algunos fueron apresados por el camino. Otros, como los jinetes del regimiento de Almansa, recibieron en Nyborg la orden de sacrificar sus caballos, que no podían llevar consigo; pero se negaron a ello, les quitaron las sillas y los dejaron sueltos: medio millar de animales galopando libres por las playas. En Taasing, viéndose perseguidos por los franceses y cortado el paso por un brazo de mar que los separaba de la isla donde debían embarcar, algunos del regimiento de caballería de Villaviciosa cruzaron a nado, agarrados a las sillas y crines de sus caballos. De ese modo, cada uno como pudo, aquellos soldados perdidos en tierra enemiga fueron llegando a Langeland, y 9.190 hombres –sólo unos pocos menos que los Diez Mil de Jenofonte– alcanzaron los buques ingleses que los condujeron a España; donde, tras un azaroso viaje, se unieron a la lucha contra los gabachos.

Como dije antes, no todos pudieron salvarse: 5.175 de ellos quedaron atrás, en manos de los franceses. Algunos terminarían alistados forzosos en el ejército imperial, en la terrible campaña de Rusia –a ellos dediqué hace diecisiete años la novelita La sombra del águila–. Otros se pudrieron en campos de prisioneros, o quedaron para siempre bajo tres palmos de tierra danesa. El capitán Antonio Costa fue uno de ésos. A causa de la indecisión de sus jefes, el regimiento de caballería del Algarbe perdió un tiempo precioso en emprender su fuga hacia la isla de Fionia, donde debían embarcar. Por fin, cuando Costa, un humilde y duro capitán, tomó el mando por propia iniciativa, desobedeció a sus superiores y se llevó a los soldados con él, ya era demasiado tarde. En la misma playa, casi a punto de conseguirlo, el regimiento fugitivo vio bloqueado el paso por el ejército francés, con los daneses cortando la retirada. Furioso, el mariscal Bernadotte exigió la rendición incondicional, manifestando su intención de fusilar a los oficiales y diezmar a la tropa. Entonces el capitán Costa avanzó a caballo hasta los franceses y se declaró único responsable de todo, pidiendo respeto para sus soldados. Luego, no queriendo entregar la espada ni dar lugar a sospechas de que había engañado o vendido al regimiento llevándolo a una trampa, se volvió hacia sus hombres, gritó «¡Recuerdos a España de Antonio Costa!» y se pegó un tiro en la cabeza.

Así que ya lo saben. Ésta es la historia de esa lápida pegada al muro del cementerio de San Canuto, en Fredericia, Dinamarca. La tumba solitaria de uno que quiso volver y pelear por su patria y su gente. Reconozco que eso no suena políticamente correcto, claro: pelear. Esa palabra chirría. Tan fascista. Nuestra ministra de Defensa habría criticado, supongo, la intransigencia dialogante del tal Costa –maneras autoritarias y poco buen rollito, misión que no era estrictamente de paz, gatillo fácil–; y monseñor Rouco, nuestro simpático pastor de ovejas, su falta de respeto a la vida humana, empezando por la propia, incluido un serio debate sobre si, como suicida, tenía derecho a yacer en tierra consagrada, o no lo tenía –igual hasta era partidario del aborto, el malandrín–. Lo mío es más simple: el capitán Costa me cae de puta madre. Su tumba solitaria me suscita un puntito de ternura melancólica. Ese cementerio lejano, frente a un mar gris y extranjero. Por eso hoy les cuento su vieja, olvidada historia. Por si alguna vez se dejan caer por allí, o están de paso por las islas del Norte y les apetece echar un vistazo. A lo mejor hasta tienen unas flores a mano.


XL Semanal

Gansos sobre la ruta del Estado (El Independiente, sept. 1989). Por A.G. Trevijano

Lo propio de la oligocracia de partidos es el reparto proporcional del poder en beneficio de la clase política, según las cuotas atribuidas a cada lista por los electores. Lo propio de la democracia es la separación y equilibrio de poderes, para que uno frene a otro, evitando el abuso y la corrupción en beneficio de los derechos del ciudadano y de la sociedad civil. Lo característico del régimen oligocrático es el gobierno de coalición sin control parlamentario. Lo que distingue al sistema democrático es el gobierno de mayoría absoluta, bajo control de comisiones del poder legislativo.


Cuando en un régimen oligárquico de partidos se produce la anomalía no prevista en la Constitución, de que uno de ellos alcanza la mayoría absoluta, como sucedió en España tras el 23-F, todo el poder ejecutivo, legislativo, judicial, financiero y funcionarial del Estado es acaparado, sin control, por un solo partido. El abuso de poder y la corrupción política, inherentes al régimen oligocrático, dejan de ser relativos, es decir, limitados por la necesidad de su reparto, y se convierten en absolutos.

Los partidos de oposición tratan de evitar la mayoría absoluta del partido ministerial por un doble motivo. Para transformar altruistamente la condición absoluta del abuso de poder en relativa y para participar egoístamente en un abuso limitado a los méritos electorales de cada uno. Con mayoría absoluta se abusará absolutamente. Con mayoría relativa se abusará relativamente. Y es preferible la corrupción relativa a la absoluta.

Lo imposible, en este régimen oligocrático, es suprimir o evitar absolutamente el abuso de poder y la corrupción política. Las comisiones parlamentarias, los consejos de administración de los entes públicos, la distribución de espacios en los “medios”, la constitución del poder judicial y financiero y la ocupación de los cargos públicos, técnicos y burocráticos en el Estado y en las empresas públicas reproducen mecánicamente la misma proporción, la misma relación de fuerza oligárquica surgida del acto electoral. Ningún poder se controla a sí mismo. El poder indiviso, tanto si es administrado por un solo partido como si lo es por varios, no es controlable.

Ni Montesquieu ha muerto, ni la división y separación de poderes es particularidad del carácter o del pensamiento político anglosajón. Francisco Miranda, que murió en una prisión de Cádiz (1816), escribió en 1794 lo que después la historia no ha hecho más que confirmar: “El pueblo no será soberano si uno de los poderes constituidos (el ejecutivo) no emana inmediatamente de él y no habrá independencia (entre los poderes) si uno de ellos fuera el creador del otro. Dad al cuerpo legislativo, por ejemplo, el derecho de nombrar a los miembros del poder ejecutivo y no existirá ya Libertad política. Si nombra a los jueces no habrá libertad civil”.

El pensamiento socialista también ha participado en el combate contra la oligocracia de partidos. El presidente del Gobierno francés, Leon Blum, que redactó su ensayo “A escala humana” (1941) en una prisión alemana, expresó su inclinación hacia los sistemas de tipo americano o suizo, “que se fundan sobre la separación y equilibrio de poderes” y que tienen “además el gran mérito de sustituir la noción real de control a la noción un poco ilusoria de responsabilidad”.

En resumen, la mayoría absoluta es buena en la democracia y mala en la oligocracia. Y en este asunto cuenta muy poco la mayor o menor capacidad de gobierno de un solo partido o de una coalición. Desde el final de la guerra civil ningún pueblo europeo, salvo tal vez el alemán, ha demostrado más “gobernabilidad” que el español.

La tentación de reducir la política a uno solo de sus ingredientes ha estado presente siempre que la ciencia ha preponderado sobre la ideología dominante, en crisis. Sucedió al final de la monarquía absoluta con la fisiocracia de la producción agrícola de Turgot. Sucedió al final napoleónico de la Revolución con el “sansimonismo” de la producción industrial. Sucedió al final de la revolución de la comuna del 71 con la economía estatal del marxismo. Sucedió al final del liberalismo con el keynesismo de la economía de desarrollo. Y sucedió al final del crecimiento antiecológico, con la economía financiera de Chicago.

Los renegados del socialismo están dando el paso definitivo a la simpleza, en esta vía reduccionista de la política, haciendo con Saint-Simon lo que Marx hizo con Hegel. Han puesto del revés la relación producción-consumo. Desde que ocupan el Gobierno y el Estado no cesan de reducir “lo político” y de aumentar en el mismo grado el dogmatismo científico de su tratamiento. Han reducido la política a economía política y ésta a teoría de la demanda, reducida a su vez a teoría del consumo, concebido restrictivamente como gasto, para legitimar el déficit público. De esta forma “lo económico” se reduce a “lo financiero” y los instrumentos de la acción política se limitan dogmáticamente al impuesto y a la circulación monetaria.

En consecuencia, el banco emisor dicta toda la política del Gobierno. Los impuestos no se calculan en función de los servicios prestados por el Estado o de la capacidad productiva de la sociedad civil, sino en función de la masa de dinero y crédito puesto en circulación. Si la nación, compuesta de Estado y de sociedad, gasta más de lo producido, entonces el Banco de España hace el ajuste de financiar el aumento del déficit público del Estado con la reducción del consumo privado de la sociedad. El Gobierno asume hacia la sociedad civil la tarea de convencerla, o amenazarla, de que el Estado debe continuar su marcha triunfal por la ruta del déficit.

Bajo esta perspectiva, la política deja de ser una vocación general, para la que se vive mal, y se convierte en una especialidad profesional de la que se vive bien. La profesión política se alimenta de dos clases de expertos. Los técnicos en circulación monetaria, estadística, contabilidad, presupuestos, que se renuevan en los propios centros de formación profesional bajo la tutela de los mandarines permanentes del Banco de España, del Ministerio de Hacienda, del Instituto Nacional de Estadística y de los servicios de estudio de las grandes instituciones financieras, y los comunicadores con el mercado electoral, que se renuevan por cooptación entre los dirigentes de los partidos políticos. Los primeros cocinan las recetas de los programas. Los segundos las venden en el mercado político. La principal ventaja del partido ministerial no está tanto en el uso privilegiado de la televisión como en que sus recetas culinarias ofrecen más garantías de digestión por estar elaboradas con informaciones del Estado que no tiene la sociedad civil.

Desde el momento en que la política se ha convertido en una profesión ya no merece más consideración y respeto que cualquier otra. Si un político habla desde el Gobierno no se le puede creer. Habla de su oficio. Pero con la extraña pretensión de que se le preste atención, comodidad y sitio, a costa de la incomodidad y estrechez de los oficios productivos de la sociedad civil, que cuando menos merecen tanta atención como el suyo.

Como escribía el filósofo Alain (1923), el automovilista apresurado que economiza su freno comprende mal lo que hace una manada de gansos en la carretera, “pero los gansos van a su comida y a su charca”. Lo mismo sucede al gobernante que sigue su ruta y le extraña que los gansos no se alineen para admirar lo bien que rueda el carro del Estado. “Se necesitan gansos, lo concedo, dice el hombre de Estado, pero allí donde yo quiero que estén y no donde ellos quieran estar”. Este discurso jamás ha convencido a los gansos, pero con él el PSOE ha persuadido varias veces a los españoles.

Los ciudadanos del 14 de diciembre y los sindicatos, como verdaderos gansos, se resisten a dejar libre la carretera, marginándose en los arcenes, y a engrosar las colas contemplativas de la destreza del hombre que conduce el Gobierno del déficit público y del paro, por la ruta del Estado, hacia un páramo donde el consumo estará más reducido que la propia política.



La República Constitucional