sábado, 29 de septiembre de 2007

Asturias: ¿y a mí quién me paga las pitas? (y III)

Asturias es un país pequeño donde hay demasiada gente que se cree muy grande, y ahí está la base de un rasgo cómico e identitario. Porque lo identitario siempre va más cargado de comicidad que de cualquier otra cosa. A ese rasgo característico de la asturianía se le denomina grandonismo. Es cierto que ha habido asturianos importantes -hasta un premio Nobel, suelen añadir los más burros del lugar, ya que es principio de ley que cuanto más bellota más patriota-, los ha habido e incluso los hay, pero el secreto consiste en que desde don Pelayo, que estaba por desasnar, las lumbreras del país, tampoco tantas como para desatar campanas, han redimido al resto y hasta les han proporcionado una cantidad de autoestima tan enorme que se hace en ocasiones insoportable y en general, patético.

Para aquellos que vivimos en un va y ven constante entre Asturias y Catalunya sería divertido hacer un cuadro comparativo de genialidades sobre la sensibilidad o la idiotez de los pueblos pequeños que se sienten grandes. Bastaría un apunte genérico, basado en una vieja historia que Pepe Bergamín gustaba de contar en los últimos años de su exilio interior en Euskadi: los vascos y muy en concreto los de Herri Batasuna, decía él, son los más españoles de todos. Y yo añado: los vascos, sumados a los asturianos y los catalanes. Las tres comunidades constituyen un condensado patriótico de esta cosa indefinible, nueva rica y abrumadoramente mediocre, que llamamos España. Dicho esto, al asturiano modo declamativo y para evitar malentendidos, sigo.

El grandonismo es una manifestación de carácter típicamente asturiana y tiene multitud de variantes. Desde la afirmación urbi et orbi del día exacto en que termina la posmodernidad, expresado por Juan Cueto en Gijón una tarde de septiembre, a la dedicación de un monumental edificio como es la vieja Universidad Laboral para industria de la artes, con despacho incluido del presidente de la comunidad, don Tini Areces, valorado en un millón y pico de euros. Recuerdo una polémica en el Parlamento asturiano donde una diputada ardorosa denunciaba: "Estamos haciendo el ridículo ante el mundo".

Ahí es nada, ¡el mundo! Porque el grandonismo consiste en disimular la realidad cubriéndola de retórica y proyectar planes por encima de las posibilidades reales, forzándolas hasta tal punto que estén abocadas a la quiebra. Los premios Príncipe de Asturias, por ejemplo, son una muestra clarísima de grandonismo con final feliz. Nadie en su sano juicio y con los mimbres económicos que puede tender Oviedo por sí solo podría haber conseguido un eco y una proyección como la actual, pero llegó un momento en que el simbolismo de los premios obligó al Estado a asumir lo que Asturias no estaría en condiciones de encajar. O a lo grande, o no merece la pena. Podría citar una docena de proyectos culturales en la Asturias de la transición que fallaron por exceso de pretensiones. La modestia no es consustancial al modo de hacer de Asturias en las últimas décadas.

Y hay que precisarlo: éste es un fenómeno reciente, nada que ver con la historia y con don Pelayo, ni Covadonga, ni la Independencia, ni las huelgas y revoluciones. Es algo nacido en la posguerra franquista. Todo en Asturias, hasta que llegó el franquismo, respiraba sencillez, localismo y ambición de buen hacer, empezando por la gastronomía que compensaba su modestia con la contundencia del material; la casualidad convirtió la palabra Modesta en sinónimo del buen comer en Asturias gracias a un restaurante hoy desaparecido, Casa Modesta.

La supuesta marca identitaria del grandonismo es como todo el patriotismo, fructífera invención del presente. Si uno contempla la historia de Asturias, la modesta historia de Asturias encuentra que sus momentos de grandeza está vinculados a cosas muy obvias de puro humildes. Las grandilocuencias que apostillan hechos gloriosos como la guerra contra Napoleón, el pobre Riego, las modestísimas y valiosas aportaciones culturales, desde el padre Feijoo, las limitaciones intelectuales de Jovellanos, la voluntariosa extensión universitaria de la Institución Libre de Enseñanza en Oviedo, hasta la huida de Pérez de Ayala y de Fernando Vela y Valentín Andrés Álvarez y de Gerardo Diego -profesor en Gijón- y de tantos otros, por referirme sólo a los momentos anteriores a la guerra civil, todo fue sencillo, sin rebomborio ni grandilocuencia. Incluso la revolución del 34, el levantamiento minero, su impresionante gesto no tiene nada de grandón sino de natural; una clase obrera muy politizada que cree fervientemente en sus jefes revolucionarios, unos incompetentes irresponsables. Luchan porque son fieles a las ideas que encarnan sus dirigentes en la confianza de que ellos sabrán lo que se hacen. Hasta en eso son simples y humanos, porque si hubieran sido curtidos guerreros los hubieran corrido a gorrazos hasta el exilio mexicano. Y no fue así. Eran gente muy sencilla y muy valiente en su rebelde naturalidad.

El grandonismo astur es de posguerra, es heredero del franquismo y de los vencedores de la Cruzada. Pero lo impregnó todo, entre otras cosas porque los hijos de los vencedores coparon la hegemonía tanto de la derecha como de la izquierda en Asturias. Eso es lo que explica la confusión en la que estamos metidos y el arte de prestidigitación a la que buena parte de esa izquierda se está dedicando al echar la vista atrás. Quien fuera alcalde socialista de Oviedo en la transición, Antonio Masip -otro compañero de pupitre colegial- ha hecho recientemente unas declaraciones en su condición de actual eurodiputado socialista. Evocando su infancia ha recordado a su padre como "un gran orador con acento cristiano". Lo peculiar del grandonismo es la transformación de la realidad en grandilocuencia, en exceso. Decir que el alcalde de Oviedo en los años sesenta era un orador cristiano con veleidades monárquicas y casi liberales es grandonismo y desvergüenza, y hasta camelo, porque la base del grandonismo es el cuentu, que dirían en Asturias. Vamos a bajarnos de la peana y a hablar natural.

El antiguo alcalde de Oviedo, don Valentín Masip, padre del actual dirigente socialista Antonio Masip, era un gran franquista, posiblemente con mucho acento cristiano, me es indiferente lo que pensara en su fuero interno. La historia de la izquierda en Oviedo, y por ampliación en Asturias, está marcada por muchas cosas, entre otras el hecho de que figuras notables de esa izquierda real y radical durante la primera transición fueran hijos de quienes dirigieron, avalaron y aplaudieron la brutal represión sobre los mineros asturianos en las huelgas de 1962 y 1964.

Los hijos del alcalde de Oviedo, el del gobernador civil Marcos Peña Royo -actual presidente del Consejo Económico y Social y militante socialista tras una breve estadía en el PCE-, y del jefe de Policía, Mourenza, cuyos hijos militaron y con notable valor y audacia en el PCE desde los años sesenta, para desesperación paterna. Se podrían citar más y sobresalientes.

Hay que asumir la singularidad de que la decadencia de Asturias coincide con el franquismo. Pero en eso ocurre como en Catalunya. Asturias perdió la guerra, pero un buen puñado de asturianos, y de catalanes, la ganaron. Hay una reflexión soberbia, casi diría un retrato de época y de casta, y de grandonismo, que protagonizó el barón de Grado, don Martín González del Valle, personaje importantísimo en la economía y la política, en Asturias y fuera de ella. La contó él mismo en un libro no venal titulado Vivencias y semblanzas dedicado a sus 34 nietos, para que supieran algunas cosas del abuelo y de sus hazañas. Ahí narra la visita que le hizo a un Franco ya terminal, en 1973. Se conocían desde agosto de 1936, en Sevilla, cuando su padre, Marqués de la Vega de Anzo, se presentó al Generalísimo, que apenas empezaba, con sus dos hijos, José María y este Martín, vestidos ya de militares para la Cruzada. Las palabras del barón de Grado a Franco ¡en 1973! deberían figurar en Asturias, y muy especialmente en Oviedo, con la misma fuerza que les da Lampedusa en la Sicilia moderna. Dirigiéndose al Caudillo, imagino que con voz cargada de emoción por la trascendencia, le espetó: "Mi general, quiero que sepa que nosotros somos los de siempre".

A partir de ahí es posible entender muchas cosas y situarse en un mundo moderno con un peso de la tradición brutal, teñido de melancolía y de retórica. Por eso uno se queda perplejo cuando escucha las cuitas de un paisano de Mieres, que al ir el primer domingo de septiembre a dar de comer a sus gallinas (pitas) se encontró que de las catorce que tenía, diez estaban muertas y cuatro desaparecidas. Gallinas de la raza asturiana pita pinta, ¡un respeto! El buen hombre se vio de pronto metido en un lío, porque había que decidir quién le había liquidado el gallinero. Sin esa condición no había posibilidades de que le indemnizaran. Si fue un raposu (zorro, en bable) se lo ha de pagar el coto de caza; si las mataron los lobos, hay que reclamar al Gobierno del Principado, y si fueron perros asilvestrados, la responsabilidad es del Ayuntamiento. Y el hombre, con esa conciencia campesina de que todo está pensado para complicarte la vida, exclamaba a quien quisiera oírle, "¿Y a mí, quién me paga les pites?".

Asturias se mueve entre el nosotros, los de siempre y la astucia que dificulta saber quién pagará las pitas. En el fondo y en resumen, a nosotros los de siempre les importa un carajo quién mató las pitas.


Gregorio Morán

Asturias: los comederos de la inteligencia (II)
Asturias: la gozosa decadencia (I)
La Vanguardia - La coctelera Reggio

Rosa Díez afirma que UPD nace para defender sin complejos el "orden constitucional"

La ex parlamentaria socialista Rosa Díez presentó el sábado en Madrid su partido Unión, Progreso y Democracia (UPD) como una fuerza "necesaria y hasta urgente" para defender "sin complejos" el "orden constitucional", "tomar de la solapa" a quienes no lo hacen pese a ser su obligación y "regenerar la democracia". La presentación oficial del UPD tuvo lugar en el auditorio de la madrileña Casa de Campo, abarrotado de un público que siguió con entusiasmo y continuas ovaciones las intervenciones del director teatral Albert Boadella, del filósofo Fernando Savater y el escritor Mario Vargas Llosa, que precedieron a Díez en el uso de la palabra.

Además de una reforma electoral para evitar que se siga primando el peso "desproporcionado" de los nacionalistas en el Parlamento, Díez anunció que su partido planteará una reforma de la Constitución para revisar la distribución de competencias, y se preguntó a modo de ejemplo si tiene sentido que haya 17 leyes educativas en España.

En un escenario donde figuraba el logotipo del partido -sus siglas impresas sobre un fondo magenta- una bandera europea y la enseña nacional, la dirigente del UPD hizo una encendida defensa del uso público de la bandera española, acogida con fuertes aplausos.

Dijo que en España se está produciendo una "degradación del orden constitucional" de la que es muestra la "destrucción de sus símbolos", como la quema de fotografías del Rey o la ausencia de la bandera en edificios públicos.

Los aplausos arreciaron cuando señaló hacia el lugar donde había sido colocada la enseña para proclamar que "nuestra bandera" no es sólo "una tela", sino que representa "los derechos de los españoles" y además ella ya la había visto "en demasiados féretros".

La convocatoria de un referéndum sobre el futuro del País Vasco por parte del lehendakari Juan José Ibarretxe también mereció un capítulo de su discurso.

Reprochó al jefe del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, que no haya dado una respuesta más contundente a ese "chantaje" para aclarar que el Estado utilizará "todos sus instrumentos" para que "no se ponga ni una urna en ningún pueblo remoto del País Vasco".

Rosa Díez dijo que el UPD apuesta por "regenerar la democracia" para "caminar hacia un país de ciudadanos libres e iguales" y explicó que busca "recuperar" para los ciudadanos la política, "secuestrada" por los grandes partidos.

La defensa "sin complejos" del modelo de Estado tratando de "recomponer" los consensos básicos perdidos con el PSOE es otro argumento que lanzó acompañado de una idea que repitió varias veces: la necesidad de un partido nuevo que "tome de la solapa" a quienes tienen la obligación de defender las libertades y no lo hacen.

Antes, el actor Albert Boadella había bromeado con gran éxito sobre la distinción entre derechas e izquierdas para luego aplicar a España las palabras de Hamlet: "Algo huele a podrido en Dinamarca".

Para él, este partido es necesario ante la "inquietante putrefacción de las estructuras políticas españolas".

El filósofo Fernando Savater se quejó por la "violencia" que se ejerce contra los símbolos institucionales y dijo que él quería ver la bandera "porque eso quiere decir que allí van a defender mis libertades públicas".

Mario Vargas Llosa describió un panorama político en el que el PSOE ha dejado de ser un "dique" para contener los nacionalismos que socavan la transición y en el que el PP, con cuya política económica reconoció estar de acuerdo, sólo tiene un sector liberal minoritario que no logra influir en su ideario.

Por ello consideró que el nuevo partido puede movilizar a muchos "desencantados" de derecha e izquierda, principalmente jóvenes.

Entre los invitados estuvieron dirigentes de Ciudadanos-Partido de la Ciudadanía, encabezados por Albert Rivera.


Madridpress.com

UPD, el partido de Rosa Díez "ficha" al escritor Vargas LLosa

El escritor hispano-peruano Mario Vargas Llosa, que cuenta con galardones como el Premio Príncipe de Asturias de las Letras y es miembro de la Real Academia de la Lengua, es uno de los invitados a la presentación del partido Unión, Progreso y Democracia (UPD), que se celebra esta mañana en Madrid.

Vargas Llosa, que llegó a competir por la Presidencia de Perú en 1990, asiste al acto en el que se dará a conocer el proyecto de UPD, partido surgido a partir de la plataforma ciudadana ¡Basta Ya! y que lideran el pensador vasco Fernando Savater y la ex eurodiputada socialista Rosa Díez.

En este sentido, fuentes de UPD consultadas por Servimedia destacaron la importancia de la presencia del escritor hispano-peruano en la presentación de la nueva fuerza política, debido a la proyección política y pública que tiene este literato.

A este respecto, Vargas Llosa ha participado en los últimos años en distintos debates en universidades y otras instituciones con el ex presidente José María Aznar, con el que comparte aspectos como su crítica a los gobiernos populistas de algunos países sudamericanos, como Venezuela.

Además, el apoyo de este escritor a UPD supone que esta formación contará con la experiencia de este literato en lo que se refiere a la política, algo que le llevó a intentarse convertir en presidente de Perú en los años noventa, lo que no consiguió al ser derrotado por Alberto Fujimori.

Discapnet

viernes, 28 de septiembre de 2007

De Ortega a Savater

El primer mensaje de Fernando Savater como ideólogo de la UPD ha sido la negación de la idea de España como nación. ¿Seré yo quien deba convencerle de su error? Yo creo que él tiene la suficiente formación como para saber que el soldado que gritó en Valmy «Vive la nation» estaba expresando la aspiraciones igualitarias y democráticas del nuevo régimen. Otra cosa terminaría siendo la idea de Nación romántica que mantendrían después los nacionalismos etnicistas y totalitarios.

Confío, por eso, en que a Savater se la deje de sudar esta idea de nación y cambie de opinión como lo hizo hace un buen tiempo en relación con el Estado. Más aún: yo creo que ha sido excesiva su confianza en el Estado como construcción aseguradora de los derechos de los ciudadanos. En ese sentido le recomiendo la lectura del ensayo de un colega suyo, también profesor de filosofía y filósofo él mismo.

Me refiero al texto, admirable, lúcido, de José Ortega y Gasset sobre Mirabeau en el que distingue entre los grandes políticos y los pequeños. Define a estos últimos por su incapacidad para comprender que el Estado es una «máquina situada dentro de la Nación para servir a esta...», y, por el contrario, atribuye al gran político la capacidad para entender el destino del Estado en función de la realidad histórica que es la Nación, en la que, a su vez, cobran su personalidad y sus derechos todos los ciudadanos.

Para mí este ensayo de Ortega fue la confirmación de mis experiencias según las cuales pude comprobar hasta qué punto la ausencia de una conciencia nacional iba poniendo al Estado al servicio no ya de la idea de España, sino de las regiones con aspiraciones de Nación. Así hemos ido llegando a la gran revuelta contra los símbolos españoles; la destrucción de la lengua común; la ruptura de la unidad de jurisdicciones; la distribución injusta e insolidaria de los presupuestos... La apuesta de Savater por el Estado como instrumento abstracto de derechos cívicos, en la práctica, supondrá la sustitución de la Nación española por unas cuantas. ¡Qué talento!



César Alonso de los Ríos
ABC

El Partido de las Mujeres se quita la ropa para desafiar al gobierno polaco

Siete mujeres miran a cámara, desafiantes y altivas. Aunque están desnudas, la imagen no evoca provocación sexual; su piel es perturbadora pero no hay genitales a la vista. Portan una leyenda que dice "Partido de las Mujeres" y más abajo: "Polonia es mujer". Los carteles que dieron inicio a la campaña por una banca en el congreso polaco de este movimiento desconocido dicen más. Dicen "Todo por el futuro". Dicen "Nada que esconder".

Cinco de ellas están paradas y hay dos que están sentadas. La rubia de la derecha es Manuela Gretkowska (43), novelista famosa en su país y líder del nuevo partido. Conoce las redes de la provocación y también lo que un cuerpo desnudo puede motorizar hoy en Polonia, gobernada por los gemelos Kaczynski, una pesadilla nacionalista y ultracatólica que aboga por la caza de brujas al pasado comunista del país y que ve en la homosexualidad un peligro de contagio, sobre todo en el área de educación.

"Somos bellas, desnudas y orgullosas. Somos auténticas y sinceras, en cuerpo y alma. Esto no es pornografía, no hay nada para ver en términos de sexo; nuestros rostros son inteligentes, preocupados, soberbios", declaró Gretkowska.

Nacida en Lodz en 1964, la escritora y periodista se graduó en Filosofía en la prestigiosa universidad Jagellona de Cracovia (la misma en la que se recibió Juan Pablo II). En 1988 viajó a París, a estudiar antropología medieval. Regresó a Polonia a principios de los 90 y trabajó en la versión local de la revista femenina Elle.

Más tarde vivió en Suecia y hoy lidera este partido insólito, que podría ser una sorpresa en las legislativas del 21 de octubre, convocadas de manera anticipada luego de una seria crisis de gobierno, hoy en manos de la alianza conservadora entre el partido Ley y Justicia de los Kaczynski -que calificó el póster de las muchachas desnudas de "insulto a los votantes"- y la extrema derecha, encabezada por el partido Liga de familias polacas.

La política polaca está en manos de hombres de traje y está hecha para otros hombres que también usan traje, dice Gretkowska. "Buscamos romper estereotipos anacrónicos del mundo de la política", dice la escritora citada por el británico The Times. Según el flamante Partido de las Mujeres, el status de sus pares en Polonia se ha deteriorado, sobre todo bajo el gobierno nacionalista de Jaroslaw Kaczynski. Ellas defienden la libertad para tomar anticonceptivos, un aumento en la cifra de ginecólogos, el derecho al parto sin dolor y la lucha por igualdad de salario y pensiones con los hombres.

El nuevo partido es apoyado por varias artistas; la más famosa es Krystyna Janda, actriz fetiche de Andrzej Wajda en películas como El director de orquesta. Gretkowska dice que comenzó a pensar en la política cuando conoció la noticia de una nena violada por sus compañeros en una escuela de Gdansk, ante la pasividad de sus compañeras.

"Vi una conexión entre la pasividad de esas nenas y la de las mujeres polacas que no hacen nada cuando los políticos proponen endurecer las leyes de aborto", contó la escritora, que se declara católica y sabe que el aborto es un tema delicado en su país, incluso entre las mujeres.

En Polonia, cerca del 55% de las mujeres -seis millones- están fuera del mercado laboral y dependen del salario del marido o de una pensión estatal. Los sondeos dan al Partido de las Mujeres apenas 3% de intención de voto y se precisa 5% para aspirar a una banca. Pero algunos analistas estiman que tal vez las mujeres podrían cambiar su voto una vez adentro del cuarto oscuro. Ahí, sin presiones, podría haber sorpresas.

Clarín

miércoles, 26 de septiembre de 2007

Díez y Savater presentan su partido Unidad, Progreso y Democracia

MADRID (AFP) — El filósofo Fernando Savater y la ex dirigente socialista vasca Rosa Díez presentaron este miércoles su nuevo partido político (llamado Unidad, Progreso y Democracia), que se define como progresista y aboga por defender sin complejos al Estado, combatiendo los "privilegios" de los nacionalismos.

La nueva formación, que se creará oficialmente el sábado e inaugurará su sede en Madrid la próxima semana, tiene "vocación de ser un partido de Estado y de impedir que los partidos políticos que terminen mandando en España sean los nacionalistas", dijo Díez en un acto público celebrado en la capital.


"No debemos ser una simple plataforma antinacionalista", pero hay que "luchar contra los privilegios nacionalistas", advirtió Savater, para quien España "no está formada por territorios, por reinos de taifas unidos con pegamento institucional, sino que está formada por ciudadanos".

Unidad, Progreso y Democracia pretende "defender al Estado sin ningún tipo de complejos como defensa del conjunto de los ciudadanos españoles", ya que en los últimos años se ha ido "caminando hacia un modelo confederal", opinó la ex eurodiputada socialista.

Sus promotores definieron a la formación como "progresista", ni de derechas ni de izquierdas, pero con apoyos de personas de los dos bandos. El nuevo partido se crea en plena precampaña de las elecciones legislativas de marzo próximo.

Sus promotores son los integrantes del colectivo ciudadano Basta Ya, que se creó a finales de 1999 en el País Vasco por ciudadanos de varias ideologías para denunciar el terrorismo de ETA, combatir los excesos del nacionalismo y defender las libertades. En los últimos meses, se opusieron al intento del Gobierno del PSOE de dialogar con ETA.


Yahoo noticias

martes, 25 de septiembre de 2007

Réquiem por una esperanza muerta

Ayer domingo día 1 de julio de 2007, a las 9 p. m., tras casi cuatro inexplicables e interminables horas de recuento,los delegados al 2º congreso de “Ciutadans” (y no de Ciudadanos a pesar de la multitud de delegados del resto de España),certificamos con gran alborozo unos, y con inmensa tristeza otros, la defunción de una criatura que apenas acababa de cumplir un año.

Al igual que en todo crimen con numerosos cómplices y consentidores, tardaremos mucho en saber quiénes la mataron, que no murió de muerte natural. El cadáver de Ciutadans goza de muy buena salud y de incontenible alegría. Sólo tiene un pequeño inconveniente, insignificante para su ya viejo y caduco dueño: que es cadáver, un cadáver nada más. Quizá fueron los fórceps que se emplearon para dar a luz a la criatura, los responsables de lesiones externas e internas que minaron su salud a tal punto que costó muy poco empujarla a la defunción.

Ciutadans y su imagen fueron por encima de todo un CARTEL audaz, y fue el cartel, más que las ideas y más que la persona que había detrás del cartel, el que electrizó a los militantes y a los electores, y le mereció la ganancia de 3 diputados en
las elecciones autonómicas del 1 de noviembre de 2006.

Ayer domingo día 1 de julio de 2007, a las 9 p. m., tras casi cuatro inexplicables e interminables horas de recuento,los delegados al 2º congreso de “Ciutadans” (y no de Ciudadanos a pesar de la multitud de delegados del resto de España),certificamos con gran alborozo unos, y con inmensa tristeza otros, la defunción de una criatura que apenas acababa de cumplir un año.

Al igual que en todo crimen con numerosos cómplices y consentidores, tardaremos mucho en saber quiénes la mataron, que no murió de muerte natural. El cadáver de Ciutadans goza de muy buena salud y de incontenible alegría. Sólo tiene un pequeño inconveniente, insignificante para su ya viejo y caduco dueño: que es cadáver, un cadáver nada más. Quizá fueron los fórceps que se emplearon para dar a luz a la criatura, los responsables de lesiones externas e internas que minaron su salud a tal punto que costó muy poco empujarla a la defunción.

Ciutadans y su imagen fueron por encima de todo un CARTEL audaz, y fue el cartel, más que las ideas y más que la persona que había detrás del cartel, el que electrizó a los militantes y a los electores, y le mereció la ganancia de 3 diputados en
las elecciones autonómicas del 1 de noviembre de 2006.

Pero en las municipales, el electorado esperaba más, mucho más. Agotado el efecto cartel, estaba ansioso por ver qué había detrás de éste: ideas, personas, equipo. Y no comparecieron. También los afiliados estuvimos expectantes, ansiosos, nerviosos, impacientes esperando las ideas, las personas y el equipo que nos pondría a todos a trabajar con el entusiasmo que sacó de nosotros el cartel de las autonómicas que tanto, tanto prometía.

No hubo tiempo material en las autonómicas de mostrar qué había detrás del cartel, ni nos dieron oportunidad los medios, por suerte para el final feliz de la campaña; porque si nos la llegan a dar igual que a los demás partidos, ahí mismo pinchamos.
Pero como el cartel del niño desnudo no cundió hasta las municipales, sólo medio año al fin y al cabo (sic transit…), y como la dirección del partido no produjo nada más, ahí que pinchamos. Fue el descalabro.

El truco del cartel valió la primera vez, pero era irrepetible; así que esta vez tocaba ofrecer a los afiliados y a los electores un partido en marcha. ¿Y qué ofreció la dirección del partido? Pues nada, porque no tenía nada que ofrecer: ni liderazgo, ni dirección de campaña, ni organización, ni ideas, ni soporte económico.

¿Y eso por qué? Pues porque el presidente del partido creyó (¡cuán engañado estaba!) que podía tirar de cartel, y se ofreció a estar en todas partes donde se le requiriese. Pero él no era el cartel, sino el modelo; y en el mercado electoral resultó que él en persona y en discurso valía mucho menos que su cartel: era tan sólo su sombra. Así de crudo. Resultó que él interesó mucho menos que su cartel. El cartel fue una gran idea que cosechó su recompensa.

Y sobre todo fue interpretado por los electores como indicio y anticipo de un enorme esplendor y frescura de ideas. El cartel era muy prometedor, y los electores se fiaron: por eso lo votaron (digo “lo”, no “le”). Pero ni el modelo ni el partido al que alegóricamente se referían el cartel y el modelo, se acercaron ni de lejos a las expectativas que tan habilidosamente habían levantado. Y eso se paga. Se pagó. A un alto precio.

La decepción de los electores fue precedida por la de los militantes, que llevaban meses trabajando a ciegas, convencidos de que la dirección del partido trabajaba a tope. Pero no. A falta de ideas, se dedicaron a pelearse entre ellos. Y llegó el 2º congreso del Partido, del que habían de surgir las ideas, y quizá las personas, que lo sacasen del atasco. Pasaron cosas raras, muy raras en ese congreso.

Ninguna por casualidad. Se presentaron equipos y programas, algunos muy buenos. El caso es que presentados los informes de gestión de la Ejecutiva por el presidente saliente (Alberto Rivera), fueron todos reprobados por la asamblea. Y sin embargo se volvió a presentar con su guardia pretoriana completada por un grupo numeroso de jóvenes y un par de personas añosas para componer el cartel.

Allí hizo el despliegue de su tropa; y comparando con los equipos que se habían presentado antes (en especial el de Bouza), aquello parecía realmente un cartel. Alberto Rivera seguía atrapado por su cartel, y lo que hacía era adornarlo con figurantes. Todos fidelísimos. ¿Al proyecto? No, a la persona.

Pero al ver ese viejo e inservible cartel amañado con aquellos retoques, se me encendió la luz que iluminó de repente el congreso y sus antecedentes. Allí estaba la clave, a la derecha del todo según se mira. Una señora muy mayor (confesó más de 70 años) allí estaba desbordada de sonrisa, de vitalidad y de triunfo. Riverista hasta los tuétanos, me explicaron luego. Ella era la clave. La había visto en la asamblea de ideario defendiendo con un ardor rayano en el fanatismo unas bagatelas que se discutían. Eran bagatelas; por eso me sorprendió tanto el ardor de su discurso.

Había una escandalosa desproporción entre la bagatela y el ardor: algo no encajaba en aquella escena. Y por fin me encajó del todo al verla triunfante en la ejecutiva de Rivera. La enmienda a la totalidad del ideario, una cuenta pendiente y bochornosa del pasado congreso, una espina clavada en el sensible corazón de Carreras, se había convertido en virtud del cambio de cromos, en la enmienda de Rivera (que en la ceremonia de presentación de su equipo se confesó liberal y no de izquierdas; ¿captan Vds. la generosidad del gesto?).

En virtud de ese cambio de cromos, tú ayudas a papi a declarar el partido de centro-izquierda, y papi maniobra con sus huestes de izquierdas para poner el partido en tus manos. Eso explica que la señora mayor pusiera toda su alma en defender a papi Carreras para que le pudiera regalar el partido a su niño (“Papi, cómprame un partido”). Allí lo vi todo claro, en el cartel bis de Rivera.

Porque claro, no conseguí ver más que un cartel, del que no pude imaginarme que saliera un ideario de verdad, cuando acababan de cargarse el mejor que teníamos, el más elaborado al menos, el más participado por todos los afi liados del
partido… para curar el ego herido de papi. De un equipo que se formaba a ese precio, tirando por la borda el ideario del partido, pobre aún, pero aceptado y compartido por todos; de semejante equipo, digo, es temerario, es suicida esperar nada bueno.

¡Y la afinadísima orquesta de los que lo votaron, tanto si les iba de cara como si les iba de culo! Esa es otra. No podía ni imaginarme que en el partido hubiera tal capacidad gregaria. Hay que hacérselo mirar.

El prodigio final de tamaño despropósito es que entramos en el congreso sin etiqueta, y salimos con ella en la frente: aquella por la que suspiraban papì Carreras y los suyos. Por supuesto que todo aquel que se ha pasado la vida rehuyendo las viejas etiquetas y que se refugió en Ciudadanos porque en este partido no se jugaba a eso, ha vuelto a quedarse huérfano de partido. ¡Y mira que se llegó a explicar por activa y por pasiva que la etiqueta, si no lo expulsaba directamente del partido, lo devaluaba frente a los auténticos, convirtiéndolo en afiliado tolerado; y por supuesto de segunda fila, sospechoso de heterodoxia e inepto por tanto para acceder a cargos de responsabilidad en el partido… como no sea por graciosa concesión de los fetén.Pero ese era el precio convenido con papi; y había que pagarlo.

Por supuesto que mientras se fraguó toda esta infamia en el plenario, eché por la boca, sin el menor recato, sapos y culebras para desahogarme con mis compañeros de agrupación. Pero rodeado como estaba de riveristas (arribistas los llaman otros), fui increpado por alguno de éstos. Me decía que calificando de bodrio y basura el ideario de papi Carreras, sobre todo comparado con el que desplazaba, y más basura todavía la forma en que se estaba perpetrando tamaña fechoría; me decía el interpelante que con esas acusaciones ofendía a los que votaron el nuevo ideario y la secuencia de votaciones hasta culminar en las listas cerradísimas (abiertas, pero con el 100% de miembros).

Mi respuesta fue que eso era lo que pretendía: ofenderles, al menos para que sintieran el peso de la vergüenza. Creo que lo conseguí. A estas horas son ya muchos los que tienen serias dudas de para qué les servirá esa victoria a ellos y al partido.



Mariano Arnal
Ciudadanismo

Ciudadanos en la Red: este artículo, publicado al día siguiente del II Congreso de Ciutadans, merece ser leido con atención, por eso lo hemos recuperado en estos momentos para que los numerosos lectores que nos preguntan que ha ocurrido en Ciutadans tengan una idea de lo que ocurrió cuando los dirigentes actuales, convirtieron el partido Ciudadanos en un partido de plástico fino. Aprovechamos para felicitar al autor por su estupenda
descripción y sutil análisis.

domingo, 23 de septiembre de 2007

Entrevista inédita a Adolfo Suárez: «Soy un hombre completamente desprestigiado»

POR JOSEFINA MARTÍNEZ DEL ÁLAMO

En 1980 Suárez concedió una entrevista a Josefina Martínez del Álamo que se salía de lo habitual. Fue una conversación tan franca que sus consejeros decidieron vetarla. «Un presidente no puede ser tan sincero», dijeron. D7 rescata esas históricas confesiones con motivo de su 75 aniversario

En 1980 Adolfo Suárez era el presidente del Gobierno. Llevaba cuatro años gobernando, y las múltiples críticas le tenían acorralado. La inflación se disparaba, el paro aumentaba, las autonomías de doble velocidad despertaban los agravios comparativos. Todos sus actos y declaraciones pasaban por la criba de los prejuicios políticos. La derecha no le perdonaba la ruptura con el régimen anterior. La izquierda lo acusaba de no imponer la ruptura con el régimen anterior. Dentro de su partido le crecían los traidores. La prensa, la gran mayoría de la prensa, estrenó ¡por fin! su libertad de expresión haciendo verdadera leña de un presidente a punto de caer.

Pero Suárez, a muchas trancas y barrancas, intentaba la convivencia de todos, el respeto entre las corrientes opuestas, la aceptación «sin ira» de unas normas nuevas y de un nuevo futuro. Estaba practicando el diálogo sin patentes ni micrófonos.
Hoy todo son parabienes y medallas para esa figura tristemente quebrada. Como advertía Mihura sólo nuestras desgracias nos hacen perdonar nuestros éxitos. Pero bastaría con consultar las hemerotecas para dejarnos helados los aplausos.
Por aquellas fechas —julio del 80— Suárez estaba a punto de perder su confianza en Abril Martorell; algunos militares manifestaban ya ostensiblemente su descontento. El político más popular era quizás Francisco Fernández Ordóñez; y el presidente huía de la prensa —exceptuando la revista Hola— casi al grito de «vade retro»... Pero muchos de nosotros soñábamos con conseguir esa entrevista imposible.

Hacía seis meses que solicité la entrevista. Tres meses después me la concedieron. Sólo faltaba elegir el momento adecuado; fijarle fecha; esperar que el presidente tuviera dos horas libres para sentarme frente a él. Pero en la agenda de Suárez debe de haber anotaciones hasta en las tapas. Desde mayo sigo atentamente las idas y venidas del Jefe del Gobierno. Y me confieso desalentada: nunca encontrará el momento adecuado.
Por eso, cuando el Gabinete de Presidencia me envió la sorprendente oferta de acompañarlo en un viaje oficial a Perú, con la condición —eso sí— de que el resto de los periodistas invitados ignoren que yo estaba allí para hacerle una entrevista, me quedo perpleja. Y claro, acepto.


Y por fin, un mes después, nos sentamos en un sofá turquesa del Hotel Bolívar de Lima. A 10.000 kilómetros y a siete meses de distancia de mi primera solicitud.
Es la una de la madrugada. Adolfo Suárez acaba de volver de la cena ofrecida en el palacio del Gobierno. Ha llevado un día muy movido: tedeum, recepciones, investiduras... Está cansado. Marcelino Oreja se acerca a recordarle que mañana se tendrá que levantar a las siete.
Cuando nos dejan solos, el presidente se vuelve hacia mí: «¿Ve cómo por fin hablamos?... Yo cumplo lo que prometo. Podía usted confiar».
—Nunca lo dudé. Siempre pensé que haríamos esta entrevista.
«¿Sí?....» —me mira fijamente, sorprendido— «¡Pues es toda una prueba de fe!»
No sonríe. Parece asombrado de que alguien confíe en su palabra. Conecto la grabadora. Abro el cuaderno con las cien preguntas preparadas, y lo miro... Pero en vista de su gesto agotado, intento alguna conversación relajada para que olvide su prevención hacia la prensa.
—¿Sabe por qué quería entrevistarlo? Creo que es usted el gran desconocido. Los españoles no sabemos nada de Adolfo Suárez persona. Cómo se siente, cómo piensa.
«Yo soy el primer convencido de ello. No. No me conocen».
—Pues tienen derecho a conocerle. Si le votan, y si se ponen en sus manos, necesitan saber con quién se juegan el porvenir.
«Sí. Ellos tienen derecho; y yo tengo la obligación de explicarme. Estoy de acuerdo. Y voy a procurar remediar ese desconocimiento; a darles una respuesta. Quiero utilizar más los medios de comunicación. La televisión sobre todo... porque en televisión soy responsable de lo que digo, pero no soy responsable de lo que dicen que he dicho... Tengo muchísimo miedo de cómo escriben después las cosas que he dicho.»
«Soy reacio a las entrevistas»
—¿Por eso evita usted hablar con la prensa?
«Es que soy muy reacio a la entrevistas... Muy reacio».
Recuerdo que en el avión he presenciado cómo un periodista increpaba muy indignado al presidente por alguna información no recibida. Y cómo Adolfo Suárez endureció la mirada, borró la sonrisa, enseñó unos dientes afilados y calló al ofendido.
—Quizás el problema es también nuestro, de la prensa. Últimamente parece que algunos nos sentimos demasiado inclinados a ser protagonistas.
«Sí. Yo noto ese afán de protagonismo. Algunos periodistas me preguntan sobre un tema político para tratar de convencerme de sus posturas. Entonces les digo: ¿Ustedes, qué quieren: saber mi opinión o convencerme de la suya?... Porque si vienen a hacerme una entrevista, les interesará conocer mi criterio, supongo. Y tendrían que escucharlo libre de prejuicios. Después, ustedes lo estudian, se informan y, si no les gusta, lo critican... Después, todo lo que ustedes quieran».
«Pero sólo se tienen presentes a ellos mismos. Escriben para ellos mismos... Los comentarios políticos suelen ser mensajes que no entiende casi nadie. De ahí que la prensa tenga cada vez menos lectores. De ahí que los políticos estén cada día más separados del pueblo... Porque han acabado todos cociéndose en la gran cloaca madrileña... Y molesta mucho que yo hable de una gran cloaca madrileña. ¡Pero es verdad! No existe la preocupación de sobrevolar por encima. Nadie intenta hacer una crítica objetiva de las actuaciones políticas, con independencia del partido que realiza la acción».
«La prensa persigue intereses concretos —políticos o personales del político que le informa—. Defiende las conveniencias de alguien que instrumentaliza a ese periodista. Y los periodistas se han convertido en correas de transmisión de los intereses de grupos determinados».
«Hay excepciones, desde luego. Pero, por desgracia, esa es la tónica general».
«Esta tarde les decía a unos periodistas: ¿pero cómo es posible que tengan ustedes el más mínimo respeto a una persona que les cuenta lo que ha ocurrido, lo que se ha tratado en un consejo de ministros o en alguna reunión de naturaleza totalmente reservada? ¡Para mí, ese señor se habría acabado! Porque no me ofrecería ninguna imagen de seriedad, ni de responsabilidad, ni de nada. Pero ustedes colocan a esa persona en la punta de lanza de la popularidad... quizás por pagarle el precio de una información... Eso es deleznable... Y se está dando mucho en la política española».
—Supongo que tiene usted razón. Aunque yo no soy ninguna experta.
«¡No... no! Yo tampoco soy un experto. Simplemente observo una realidad que me parece muy grave, porque nadie intenta remediarla. No se entrevé ningún síntoma de corrección. Y la gente se está apartando de todo. De todo».
«...Y noto, además, que algunos periodistas no intentan obtener los datos necesarios para hacer una información exacta. He hablado de Autonomías con un grupo de periodistas. Y les he dicho: ¿ustedes se dan cuenta de que han desprestigiado totalmente el estatuto gallego? Les pregunto: ¿lo ha leído alguno de ustedes? Y no... ¿Y han leído ustedes el título octavo de la Constitución?... Y no».
Esos que opinan y no saben
«Y es más: me reuní con los intelectuales gallegos que habían criticado el Estatuto de Galicia. Los he llamado reservadamente. Los he invitado a almorzar. He ido con el estatuto y lo he puesto encima de la mesa: «Señores, vamos a mirar artículo por artículo dónde está la ofensa a Galicia...» ¡Y me confesaron que no lo habían leído!... Cuando todos ellos se habían manifestado públicamente en contra... Sólo porque Alfonso Guerra había dicho que aquello era una ofensa a Galicia. Y Fraga había dicho que aquello era una ofensa a Galicia... Así que funcionaban simplemente por el ruido del tam-tam de la selva. Yo repito a menudo que en España está ocurriendo un fenómeno muy grave: las cosas entran por el oído, se expulsan por la boca y no pasan nunca por el cerebro... casi nunca pasan por la reflexión previa».
«Pero es un hecho que está ahí; que sucede. Y luchar contra ello es muy difícil... Yo he intentado combatirlo muchas veces... ¡Y así me va!»
«... Así me va... Soy un hombre absolutamente desprestigiado. Sé que he llegado a unos niveles de desprestigio bastante notables... he sufrido una enorme erosión».
—¿Y por qué no intenta arreglarlo? Debe tener una solución.
«Si. Pero la tiene utilizando los mismos procedimientos; y no me gusta. No quiero convertirme en un hombre que busca sectores que lo cuiden, que lo mimen... ¡En absoluto no va conmigo!. Yo sólo digo que me juzguen por mis obras. ¡Dios mío... que no son todas deleznables!».
La hora, el vacío del salón, el silencio... El presidente se ha vuelto de perfil y mira a un punto perdido en la cristalera del salón. Baja la voz casi hasta el murmullo. A veces inclina la cabeza y la balancea lentamente. Fuma y se pasa la mano por la frente... mientras, enlaza los pensamientos hilvanados con alguna pausa. Sólo cuando el ensimismamiento amenaza con prolongar su silencio yo intervengo, apenas, con alguna frase corta; como dándole el pie para que avance en su monólogo. Nada más. Y la voz de Adolfo Suárez continúa al margen de mi presencia.
«Desde luego, el 80 por ciento de lo que se escribe de mí no responde a la realidad... ¿Y qué voy a hacer? ¿Usted sabe lo que supone pasarse el día rectificando? ¡Es horrible! «Quién calla, otorga presidente», suelen decir los periodistas. Pero ustedes comprenderán que si alguien inventa una cosa, y la prensa la recibe como noticia y no la contrasta y la publica, yo no puedo dedicarme a desmentirla... Me faltarían horas para eso».
—Cuando se ocupa un primer puesto, se reciben más críticas que parabienes.
«Sí —admite en voz baja—. Es verdad. Parto de esa base y la acepto. Pero también es verdad que no se puede luchar contra la irreflexión. Es muy difícil que una persona asuma sus propios defectos. Y cuando se los dice alguien que además es presidente del Gobierno, creen que está buscando unos niveles importantes de aprobación personal».
«No se le puede advertir a nadie: usted se equivoca porque no lee; usted se equivoca porque no estudia; no se informa de los hechos... Decir eso es muy grave».
—A cualquiera le resulta difícil de aceptar ¿no?
«Nadie lo admite casi nunca. Consideran que es una ofensa personal. Y aumenta todavía el grado de irritación contra mí. He llegado a la conclusión de que es mejor callar. Y es lo que suelo hacer».
La voz es ya un susurro. El gesto y el tono son de fatalidad.
«Yo sé que me he equivocado en muchas cosas. Pero el resultado final es favorable. Si creyera que es cierto en un 80 por ciento lo que dicen de mí, tendría que corregirme. Pero de tantas acusaciones, sólo un 30 por ciento tiene alguna base real... Es verdad que he cometido errores. No hay persona que no los cometa. Pero la mayoría de las veces, no tanto por lo que me acusan: excesiva concentración de poder. Al revés: mi error ha sido no ejercer el poder que legítimamente me corresponde».
—No crea. Quizás los políticos y la prensa le acusen de excesiva concentración de poderes. Pero la gente de la calle se queja de lo contrario: de que no lo ejerce.
«Pues ésa es una acusación cierta. Sobre todo este último año... Y tenía razones para obrar así. Aunque quizás eran justificaciones personales, porque a la vista del resultado no pueden ser justificaciones institucionales...»
«Lo que ocurrió es que hice una delegación de poder y durante siete u ocho meses, en algunos aspectos, no he tenido los hilos de la información. Los he conservado en política exterior, en seguridad ciudadana... pero se me han escapado otros; fundamentalmente en el Parlamento. Ahora, los estoy recuperando a marchas forzadas».
«Reconozco que he cometido un error grave que quiero corregir... Que no sé si seré capaz de corregir... Bueno, ¡estoy seguro que lo corregiré! Tal vez tengo excesiva confianza en mí mismo. Y eso no es bueno...».
—¿Por qué? Estar dispuesto a superar errores y circunstancias adversas es una buena cosa.
«Yo creo estar especialmente dotado para eso... cuando me siento acosado, salgo hacia delante. Pero no es tan bueno. Lo deseable sería mantener siempre el mismo nivel de exigencia personal... Tengo muchos defectos... Muchos. Pero soy consciente de ellos y lucho por corregirlos, no crea. Pero los asumo —sonríe— sé mis limitaciones, pero conozco también mis posibilidades. Y combinando ambas cosas se obtiene un producto más o menos aceptable... visto lo que abunda en la clase política española y en la internacional».
—¿En la internacional también?
«Pues verá... Al principio, en mis primeros contactos internacionales, me impresionaba conocer a aquellos políticos que siempre había admirado...»
—Y se deslumbró.
«!No...! —niega, lentamente, con la cabeza—... No me deslumbré. En absoluto. Al revés: fui creciéndome yo mismo. Y empecé a sentir una gran preocupación por el destino del mundo, en función de las personas que lo dirigen... Al final, he llegado a la conclusión de que los políticos son hombres como los demás. En el fondo, las cualidades que verdaderamente cuentan son las humanas».
«Un político no puede ser un hombre frío. Su primera obligación es no convertirse en un autómata. Tiene que recordar que cada una de sus decisiones afecta a seres humanos. A unos beneficia y a otros perjudica. Y debe recordar siempre a los perjudicados... Gracias a Dios, yo no lo he olvidado nunca. Pero se sufre porque no puedes tomar decisiones satisfactorias a corto plazo para todos los españoles. Aunque esperas que sean positivas en el futuro y asumes el riesgo... Hay personas que no ven a los gobernados uno a uno... Yo los sigo viendo. ¡les veo hasta las caras!»
«Otro requisito indispensable en un político es la capacidad para aceptar los hechos tal y como vienen, y saber seguir hacia delante. Nunca puede sentirse deprimido. Tiene que continuar luchando. Confiar en lo que siempre ha defendido y en los objetivos programados a largo plazo... Pasar por encima de las coyunturas. Porque, a veces, las circunstancias pueden desvirtuar el destino histórico de un país. Y es preferible decir sí a la Historia que a la coyuntura. Yo lucho, intento luchar, contra esas coyunturas».
—Supondrá una gran tensión... Como nadar contra corriente.
«Sí —baja más la voz—. Una tensión tremenda... hay que estar dispuesto a aceptar un grado enorme de impopularidad —como en una confesión hecha a sí mismo, arrastra las palabras—. Pero yo estoy dispuesto a eso. Lo estuve desde el primer día en que fui presidente».
«Hubo una primera época en que el ambiente jugaba a mi favor. Y yo no opino, como muchos, que el pueblo español estaba pidiendo a gritos libertad. En absoluto, El ansia de libertad lo sentían sólo aquellas personas para las que su ausencia era como la falta de aire para respirar. Pero el pueblo español, en general, ya tenía unas cotas de libertad que consideraba más o menos aceptables... Se pusieron detrás de mí y se volcaron en el referéndum del 76, porque yo los alejaba del peligro de una confrontación a la muerte de Franco. No me apoyaban por ilusiones y anhelos de libertades, sino por miedo a esa confrontación; porque yo los apartaba de los cuernos de ese toro...»
«Cuando en el año 77 se consolida la democracia y las leyes reconocen libertades nuevas, pero también traen aparejadas responsabilidades individuales y colectivas, empieza lo que llaman el desencanto... ¡El desencanto! Yo no creo que el pueblo español haya estado encantado jamás. La Historia no le ha dado motivos casi nunca».
«Tuvimos que aprender que los problemas reales de un país exigen que todos arrimemos el hombro; exigen un altísimo sentido de corresponsabilidad. Y sin embargo, los políticos no transmitimos esa imagen de esfuerzo común... La clase política le estamos dando un espectáculo terrible al pueblo español».
—Bueno, yo escucho a la gente ¿sabe? y cada día se siente menos representada por sus políticos. Tienen la sensación de que en el Parlamento sólo se juega a hacer política de partidos... Y no se refieren sólo a usted, sino a la clase política en general.
«... Y yo también. Yo también». Balancea la cabeza afirmativamente. Su voz es ahora un murmullo casi indescifrable.
«Es verdad. Somos todos. Somos los políticos. Los profesionales de la Administración... La imagen que ofrecemos es terrible... Vivimos una crisis profunda que no es, en absoluto, achacable al sistema político. Pero la democracia exige a todos una responsabilidad permanente. Si nosotros fuéramos capaces de transmitir al pueblo ese sentido de responsabilidad, si lo tuviéramos perfectamente informado, el pueblo español asumiría todo lo que supone la soberanía ciudadana».
«Pero le hemos hecho creer que la democracia iba a resolver todos los grandes males que pueden existir en España... Y no era cierto. La democracia es sólo un sistema de convivencia. El menos malo de los que existen».
Se ha hecho el silencio. Por fin, Adolfo Suárez está solo con su pensamiento.
—Señor Suárez, usted ha hablado de actuar siempre con perspectivas históricas, de sacrificar el presente en aras del futuro... ¿Espera también encontrar su compensación en la Historia?
«No. Yo no tengo vocación de estar en la Historia. Además, creo que ya estaré; aunque sólo ocupe una línea. Pero eso no compensa... Hoy, ahora, tengo la satisfacción de poder seguir haciendo lo que debo hacer... Y no siempre ha sido así... Mi mayor preocupación actual es la convivencia. La democracia puede ser más o menos buena, pero lleva en sí unos altos niveles de perfeccionamiento. Y la perfección máxima consiste en la convivencia perfecta. Hay que crear las condiciones necesarias para que los españoles convivan por encima de sus ideas políticas; que las ideologías no dañen las relaciones de amistad, de vecindad».
«Sé que es un objetivo posible; estoy convencido. Y si lo conseguimos, habremos hecho una labor histórica de primera magnitud. Por fin habríamos acabado con todas las previsiones de enfrentamientos históricos. La transición española dará un ejemplo al mundo».
«El símbolo, para mí, es que sean amigos personas de partidos diferentes, pero amigos. Que por la mañana puedan ir a votar juntos, y después sigan charlando y discrepen, pero civilizadamente. Que no traslademos al país nuestro rencor personal. Que no ahondemos con diferencias políticas las diferencias regionales y económicas que ya existen. Diferencias que, además, tampoco son insalvables... ese es mi auténtico objetivo. Esa sería mi compensación».
—Pero como usted ya forma parte de la Historia... ¿Qué le gustaría que escribieran en esa línea que le corresponde?
«Creo que la Historia de esta época sólo será objetiva cuando pase mucho tiempo. Pero ahora, de inmediato, se verá afectada por las propias posiciones personales. Yo escucho y leo muchas cosas que se han escrito en los últimos cuatro años... !Y hay una cantidad de inexactitudes y de errores de perspectiva!... Cualquiera sabe lo que dirá la Historia dentro de 30 o 40 años... Por lo menos, pienso que no podrá decir que yo perseguí mis intereses.
Admitirá que luché, sobre todo, por lograr esa convivencia; que intenté conciliar los intereses y los principios..., y en caso de duda, me incliné siempre por los principios».
—¿Qué pesa más: las insatisfacciones o la alegrías?
«Es muy difícil de calcular. Los hechos no son tan simples. Si examino una situación y pienso que algunas cosas van por el camino que pretendía... entonces tengo una alegría enorme. Tuve una gran satisfacción en el año 76; y la he tenido con algunos textos legales que han salido como queríamos; y con esa convivencia que, pese a todo, se está dando en el Parlamento...»
«Insatisfacciones... muchas. Ingratitudes, más bien diría que muchísimas... Bueno, ingratitud no es la palabra exacta, aunque las he recibido. Lo malo es la incomprensión. ¿Usted sabe las cosas que han dicho de mí? Personalmente me afecta poco lo que digan... pero me preocupo por mi hijos. Por si un día llegan a creer que su padre era todo eso que se escribe en la prensa...
—¿La incomprensión le ha resultado alguna vez insoportable?
«Sí. Me ha producido ratos amargos, cansancios. Ha habido momentos terribles».
—Y los superó...
«Pero resisto. Yo suelo decir que me he empeñado en un combate de boxeo, en el que no estoy dispuesto a pegar un solo golpe. Quiero ganar el combate en el quince round por agotamiento del contrario... ¡Así que debo tener una gran capacidad de aguante!... »
«Es una imagen que refleja bien mi postura. Si en mis decisiones públicas hubiera un pequeño ingrediente personal —el más mínimo— derivado de las ofensas que he recibido, en ese mismo instante me marcharía. Porque estaría cometiendo los mismos errores que se han cometido históricamente. Caería en las equivocaciones de esos políticos que, por razones personales, llevaron a España a enfrentamientos muy graves».
«A veces cuesta un gran esfuerzo mantener esta actitud... A mí me han estado insultando de una forma tremenda... Y yo he seguido saludando con el mismo gesto, con la misma intención, hasta con el mismo afecto, a la persona que me insultaba...»
—Pues eso tiene su mérito.
«Eso es tener un cierto sentido de responsabilidad —de nuevo su voz se vuelve hacia sí mismo—... de responsabilidad histórica... que la da el cargo. Yo he sido siempre un hombre responsable».
«Y también me influye la ilusión que conservo. La ilusión de que es posible conseguir lo que me había propuesto. Los políticos se rinden, a menudo, porque no ponen todo el esfuerzo necesario para alcanzar la meta; porque priman los objetivos a corto plazo. Pero yo todavía tengo una enorme ilusión. La misma que tuve toda mi vida».
—¿Toda su vida?... ¿Cuándo pensó que sería jefe de Gobierno?
«Siempre. Lo comentaba incluso con los amigos».
—¡Qué curioso!... Es raro que se cumplan los sueños.
«Sí. Pero eso satisface el primer año. Después, no te llena lo suficiente, porque entran en juego otras cosas más importantes».
«Se me acusa de ser un hombre ambicioso... ¡Pero ¿es que nadie se ha parado a pensar que ya se han cumplido todas mis ambiciones personales? Todas. No me falta ni una... ¿Y usted cree que el poder, por sí mismo, satisface a quienes lo poseen?»
—Pues si no satisface, por lo menos apasiona ¿no?
«Desde luego es apasionante... apasionante». Su afirmación queda flotando en el aire.
«...Y no digo que el poder no satisfaga, lo que quiero explicar es que por sí mismo no puede justificarse. El poder sólo se justifica en función del cumplimiento de unos objetivos, por supuesto no personales. Además, yo no he disfrutado las compensaciones personales que el poder comporta. Nadie puede negar que soy un hombre volcado en mi trabajo; no se me ve en cócteles ni en cenas, ni en ninguna de esas facetas agradables de la vida pública... Paso el día estudiando documentos, leyendo expedientes, analizando acontecimientos. Despacho los asuntos urgentes... Recibo visitas; me entrevisto con economistas, con especialistas en los temas que me preocupan. Procuro hablar con las personas que tienen una opinión diferente a la mía para ahondar en sus razones... Son muchos deberes. Mi primera obligación es convencer. Tengo un partido político que apoya mi gestión. Y no puedo decir: esto se hace así porque yo lo he decidido. Vivo convenciendo...»
«Ni siquiera estoy demasiado tiempo sentado. Me levanto y paseo muy a menudo. Necesito moverme».
«Soy un hombre inquieto»
—¿Por qué? ¿Por una constante tensión nerviosa?
«Bueno, yo soy un hombre inquieto, vital... Pero me domino muy bien».
Lo observo. La mirada, directa. El apretón de manos, firme. Las palabras, ahora que ha vuelto de su mundo interior, decididas. Es un hombre segurísimo, convencido.
«Lo he pasado muy mal. Pero cuando uno ha sido cocinero antes que fraile, y ha conocido muchas situaciones, aprende a dominarse».
De nuevo vienen a advertirle de la hora. Les preocupa el programa de mañana: «presidente, tiene que madrugar...»
—Si está cansado lo dejamos, señor Suárez.
Se pasa la mano por los ojos.
«Estoy un poco cansado... Sí».
—Seguiremos en otro momento, ¿no? En realidad me quedan por hacerle todas la preguntas....
«Por supuesto —me tranquiliza—. Además, hemos quedado en que esta entrevista la haremos en varias ocasiones».
Un día después, en el vuelo de vuelta a Madrid, lo miro mientras habla con los periodistas. Tiene algo de pez escurridizo. Con la cara de frente, los ojos miran de perfil. Parece inmóvil, pero se escapa.
En cambio, la noche anterior el cansancio, el silencio y la soledad sacaron a flote otro hombre agotado. Me faltó preguntarle si al final de la jornada siempre repasa los buenos y los malos momentos, si reflexiona y hace autocrítica.
Todavía en el avión, en un momento de distracción general, me promete bajito: «Seguiremos hablando. Habrá otra ocasión».
Sin embargo, la ocasión no se presentó o sus adjuntos la impidieron. A saber. No obstante las insistencias de mis idas y llamadas a La Moncloa. Y cuando yo, por compromiso y deferencia, le envié la trascripción de la conversación mantenida en la madrugada de Lima, sus consejeros dilucidaron y discreparon si se debería o no publicar. A pesar de Josep Meliá o del apoyo de Chencho Arias, triunfó el no «porque el presidente no puede ser tan sincero».
Pero el hecho es que lo había sido. Demasiado sincero. Y la entrevista quedó encerrada en un cajón y en mi «debe» indignado. Ahora, releída con la serenidad sabia que dan los años, reconozco que un presidente no podía ser públicamente tan sincero. Pero ahora también, cuando le llueven los homenajes y las nostalgias, creo que es bueno que quienes lo criticaban tanto, de los que se dolía, o todos los demás que apenas lo han conocido sepan cómo pensaba y cómo se sentía.
Por aquella época, y al final de algún segundo encuentro, Adolfo Suárez, todavía presidente, me dijo: «Es usted la única persona en España con la que estoy en deuda. Le debo una entrevista».
—Y si no, publico ésta.
«Y si no, en su día, publica ésta...»
Dos meses después dimitió.
Palabras para la Historia
Quien habla en esta entrevista es un hombre de Estado a ratos amargo, harto de encajar golpes, atacado con una saña desmedida, desengañado con la clase política y duro con la Prensa. Una insoportable tensión política y emocional que vuelca en una conversación sin ataduras. Tanta sinceridad, por lo visto, pareció inconveniente a algunos de sus consejeros, que pidieron que se archivara la entrevista. Pero, cuando se cumple el 75 aniversario del hombre que lideró la transición, creemos que no hay mayor homenaje que la publicación de estas confesiones. El lector va a sentir una cierta nostalgia ante un presidente que asegura no tener «vocación de estar en la historia», pero que levanta el vuelo por encima de sectarismos y políticas chusqueras. Suárez se sitúa en la «Historia», porque, como él mismo dice, no le interesa «la coyuntura», sino los principios. Y sus palabras pueden enseñarnos mucho en estos tiempos de «coyuntura»


ABC

sábado, 22 de septiembre de 2007

Asturias: los comederos de la inteligencia (II)

Nos acostumbramos a pensar bien. No es fácil imaginar lo que supondría acostumbrarnos a pensar mal. Que el primer golpe de vista hacia las cosas y las personas y las instituciones fuera la desconfianza. Imagínese a sí mismo tomando el café con leche de la mañana, convencido de que el café es bueno y la leche también; y no será cierto. Lo más probable es que el café no sea café sino un sucedáneo infecto y la leche haya salido de una probeta más que de una ubre. Y luego cuando baje la escalera y se encuentre con su vecino, al que dará los buenos días, pensará que por supuesto no tiene nada contra usted.

Y se equivoca, porque está tramando cómo denunciarle por el más estúpido de los motivos. En fin, que cuando cruce la calle y pase por delante de la tienda del chino que le saludará ritualmente, nada le hará pensar que se trata de un miembro de la triada con varios crímenes en su haber. Como ven, si en vez de estar acostumbrados a pensar bien nuestra inclinación fuera la contraria, la vida sería más incómoda. Yo conozco a gente capaz de pensar mal desde que posan un pie, al salir de la cama. Y apenas se les nota, pero son casos singulares, hasta tal punto que se les denomina líderes políticos, financieros o mediáticos.

Yo pasaba por delante de un edificio en Colombres, un hermoso pueblo asturiano arrasado por el ladrillo, y nunca había pensado que escondía un timo. Un edificio esplendoroso, rodeado de árboles. Se lo conoce como Quinta Guadalupe. Lo construyó el que fuera más importante indiano astur que conocieron los tiempos, don Iñigo Noriega Laso, una inmensa fortuna amasada en el México de Porfirio Díaz, y que se fue al traste con la llegada de la Revolución de Pancho Villa, Zapata y compañía. Varios años paseé por el parque colombrino de la Quinta Guadalupe e incluso alguna vez visité el edificio convertido, tras lujosa reconstrucción, en un modesto Museo de la Emigración.

Como nos acostumbramos a pensar bien, jamás me detuve en el membrete que se fija en sus paredes Archivo de Indianos. Me conformaba con el parquecillo y los magnolios, hasta que un día, hace ya algunos años, me dio por saber más de ese tal Iñigo Noriega, personaje descomunal en todo, en su pobreza natal, en su astucia para trepar por el México del XIX, en su fecundidad de semental, en su insaciable rapacidad y en su cándida megalomanía que le llevó a proponer al dictador desterrado, don Porfirio, que optara por la mansión de Colombres y no por un pavillon en los parisinos Campos Elíseos.

Mi acceso al Archivo de Indianos, o más exactamente, los vericuetos funcionariales que hube de driblar para llegar a verle la cara al director y penetrar en lo que yo suponía sancta santorum de la documentación de Indianos, darían para un cuento de Gogol. El tal director, enterado de mi presencia, pasaba por delante de mí, y me observaba, en la completa seguridad de que yo no le conocía. ¡Cómo iba yo a conocer al ínclito intelectual local don Santiago Romero! Aún hoy es una sombra con bigote, uno de esos tipos sórdidos, de profesión sus labores, lo que consiste en hacerle la pelota a los que mandan, gracias a lo cual es al mismo tiempo director de dos museos tan absolutamente incompatibles en cualquier lugar que no fuera Asturias, como el Museo de la Minería y el Museo de la Emigración, distantes en kilómetros y universos.

Ahí empecé a preguntarme cosas. Por qué había tantos museos en Asturias; yo he contabilizado un centenar y me aseguran que me quedo corto, porque no cuento los nuevos inventos de pesebre cultural, las denominadas aulas de interpretación, donde al parecer te interpretan una iglesia del prerománico, un castro perdido o catorce huesitos del paleolítico. Por supuesto que a los tres días de visitar la precariedad, abandono y desidia del supuesto Archivo de Indianos me sugirieron que me marchara y dejara de molestar la tranquilidad de aquellos probos empleados, perplejos ante la visita de un extraño. Ahí aprendí varias cosas sobre el estado de la inteligencia asturiana.

La primera y fundamental, que nada es lo que dice ser. La cultura es un instrumento que puede servir de ariete pero que resulta una fuente inagotable de recursos políticos. ¿Qué importa que ese Archivo de Indianos no sea archivo de nada, si es el lugar más idóneo para celebrar sucedáneos de espichas -fiesta asturiana ligada a la sidra y al condumio racial- con tambor y gaita? E incluso está muy bien pensado que el mismo director lleve al tiempo el Museo de la Minería y el de la Emigración, porque el primero depende del PSOE de las cuencas mineras -controlado por el conseguidor Fernández Villa- y el de la Emigración, a su vez, resulta una cantera de votos y fondos para el corrupto socialismo astur, enquistado en la autonomía. Y un corolario: no hay ninguna posibilidad de abrirse paso en el mosaico de intereses plasmado por los centenares de culos incrustados sobre la cultura.

Verbigracia. Si yo, tras el descubrimiento de la verdadera naturaleza golfa del Archivo de Indianos, escribo una carta al periódico local, jamás se publicará, porque la fraternidad de intereses convierte en opaca a la realidad. En otras palabras, que todo amigo metido en un comedero intelectual siempre está en condiciones de compensarte, pero si rompes la omertá, te arriesgas a ser castigado sin palo ni piedra ni presupuesto. Esta misma semana, sin ir más lejos, Daniel Gutiérrez, al que no conozco de nada, recién nombrado Director para el teatro de la Laboral, un centro faraónico de la época franquista convertido en cementerio de inversiones culturales para los amigos del Presidente de la comunidad, acaba de dimitir por un motivo tan divertido como insólito: le nombraron para un cargo que ya le habían dado antes a otro, más amigo del Presidente que él. Los asturianos se desternillarán y hasta le dedicarán un chiste brillante y un apodo, porque para eso son muy dados, pero no pasará de ahí, porque es muy arriesgado romper la rueda de la dependencia.

Pero así estamos, espectadores de un singular torneo amañado en el que el Oviedo de toda la vida, por cierto que dirigido por un parvenu, el alcalde Gabino de Lorenzo, ha decidido apostar por la luminaria de Gustavo Bueno -riojano, escolástico, gran sofista- y regalarle una Fundación, enfrentito de su casa, una sede amplia y bien engrasada de fondos, lo cual le convierte en el personaje de moda del Oviedo de siempre, con gran éxito de crítica y público. La derecha de Oviedo ya tiene un filósofo. Tuvo escritores a los que despreció, damas postineras imparables, una pianista bajita, peluqueros melómanos, un puñado de filarmónicos aguerridos con querencia hacia la ópera, rokeros asilvestrados, deportistas corajudos, tipos célebres que nunca celebraron nada, algún profesor de probada inutilidad, un engominado economista del fascio falangista, pero filósofos, en Oviedo, no recuerdo ninguno que merezca la pena recordar. Gustavo Bueno es el primero desde los timoratos pensadores de la Institución Libre de Enseñanza que ramonearon por la Universidad sin demasiada fortuna. Oviedo, o es de derechas o no es.

Frente a los pensadores subvencionados por el Ayuntamiento de Gabino de Lorenzo y la derechona ovetense, la izquierda del torto con caviar, muy venida a menos, plantó sus reales en Gijón y aledaños. Juanin Cueto -permítanme el diminutivo, por eso del colegio-, Pedro de Silva, Ignacio Quintana..., las estrellas del pensamiento fino y comprometido, se amparan en el poder autonómico que detenta un personaje sin pedigrí conocido que llegó al poder por exclusión y tras la quiebra de la dirigencia socialista, Tini Areces. En Asturias siempre fue muy importante el pedigrí, piensen que la inteligencia local se asienta en el pedigrí tanto más que en la obra, por lo demás discreta. Tanto Juan Cueto como Pedro de Silva, promotores con talento y escritores perezosos, descienden de otras tantas luminarias, inmarcesibles, de la cultura astur, ¡y universal!, que dirían en el Principado. El primero Juan Cueto y Alas, de las Alas de Clarín, sobrino nieto, o algo así, del autor de La Regenta, el Umberto Eco local, no porque escribiera nada sobre la rosa sino porque supo distinguir, en un momento crucial de su carrera, la diferencia entre ser apocalíptico o integrado.

El otro, Pedro de Silva y Jovellanos, de los Jovellanos y Jovellanos de toda la vida, ejerció con brevedad y buen talante, quizá por eso, de Presidente de la Comunidad Asturiana, tataranieto, si es que esto existe, de aquel Gaspar de Jovellanos, Jovito para los íntimos, que gozó de buena voluntad, peor pluma e infame suerte; su descendiente fue autor de un novelo picantón, ¡ay Gijón!, y de numerosos artículos, breves y sensatos.

Y ahí están enfrentadas las dos galaxias. La del Partido Popular, concentrada en Oviedo. Y la de Gijón, cantando loas a la sensibilidad artística del Presidente Tini Areces, que ha tenido a bien ponerles a su disposición la vieja Universidad Laboral, mausoleo cultural del viejo régimen, para ensayar a precios suculentos que cien mil flores aparezcan y que lo disfruten del presupuesto. De momento el choque de culturas está parado. Tratan de asumir el momento que se vive, o lo que es lo mismo, la trascendencia histórica de la frase rotunda, astur, milenaria: "la posmodernidad terminó el día 11 de septiembre de 2001". Lo dijo Juanin Cueto, en Gijón, a media tarde del martes de la pasada semana.


Gregorio Morán

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La Coctelera Reggio - La Vanguardia

jueves, 20 de septiembre de 2007

Debates en Libertad: El partido de Rosa Díez

Un interesante debate en Libertad Digital Televisión, en el que participan Mikel Buesa, Antonio Robles, Horacio Vázquez-Rial

El programa dura 82 minutos

miércoles, 19 de septiembre de 2007

Arrieros somos...

A aquellos que creen que UPD perjudicará principalmente al PP hay que decirles que no se pongan nerviosos, que en el camino nos encontraremos. Pero muchos no podemos seguir admitiendo que, gane el PSOE o gane el PP, en último término quienes ganan son los nacionalismos anacrónicos y reaccionarios que están hundiendo la democracia. Por eso, creo que hay que hacer llegar a la opinión pública con claridad cuál puede llegar a ser el papel del nuevo partido naciente.

El nuevo partido UDP (Unión, Democracia y Progreso), debe definir, además de los principios, una estrategia general en función del papel que cree que va a desempeñar.


Dada la situación de emergencia y degeneración crecientemente acelerada en que se encuentra el país, UDP debe fijar su objetivo estratégico en el desempeño de un rol catalizador, a fin de cambiar de raíz la lógica de la democracia española, existente desde comienzos de la transición:

Es necesario frenar a los nacionalismos y a los dos grandes partidos en la dinámica de la cesión continua orientada a la centrifugación del Estado y el confederalismo o la independencia.

En función de este gran objetivo estratégico es preciso cambiar los equilibrios políticos globales en perjuicio de los nacionalismos y modificar la lógica degenerativa de los dos grandes partidos, incapaces de mantener la vigencia de los principios constitucionales de unidad, igualdad y pluralismo, debido a sus necesidades de alcanzar y gestionar el poder en pacto con los nacionalismos periféricos.

La lógica degenerativa ha alcanzado su culminación aberrante en el PSOE de Rodríguez Zapatero, y aunque el PP intenta conservar la integridad, las presiones localistas y la búsqueda de pactos con CIU y otros caciquismos locales pueden reiniciar la lógica degenerativa si alcanzan el poder sin contrapesos regenerativos.

El Papel de la UPD es alcanzar presencia política suficiente, en primer lugar, para modificar la agenda política del país, situando la defensa de los principios constitucionales en primer plano. Y en segundo lugar, para obtener escaños en el Parlamento a fin de hacer de bisagra parlamentaria regenerativa en gobiernos de coalición o pactos de Estado.

La pregunta estratégica clave es cuál es nuestro objetivo para las próximas generales, y la respuesta más plausible debería ser la de hacer perder las elecciones a ZP y el PSOE, a fin de que este partido se regenere, cambiando su dirección y sus alianzas. Pero para conseguir esto es necesario hacer pasar al PSOE a la oposición, si no será imposible alcanzar este fin. La alternativa de un UPD bisagra apoyando a un PSOE dirigido por ZP no produciría el efecto catártico que el PSOE y la opinión pública necesitan. Es preciso un cambio radical de la lógica política de la transición que frene a los nacionalismos y sus impulsos autoritarios o totalitarios, y eso sólo se puede conseguir mediante un giro radical de la opinión pública, que comprenda que el nacionalismo es reacción y anacronismo, y no progreso, y que la dinámica degenerativa se debe frenar de raíz.

Por tanto, nuestro objetivo debe ser que las próximas elecciones generales las gane el PP y pueda gobernar con apoyos suficientes como para iniciar una política de Estado que cierre definitivamente el modelo de Estado, modifique la ley electoral a fin de reducir la influencia desproporcionada de las minorías e introduzca mecanismos institucionales e intergrupales a fin de reducir la oligarquización e irresponsabilidad de los partidos ante los electores.

La secuencia ideal de transformación derivada de las elecciones generales podría ser la victoria del PP, junto con un número suficiente de escaños a UPD, que permitiera gobernar al PP en coalición con nosotros, posibilitando a posteriori la regeneración del PSOE, con la caída de Zapatero, a fin de preparar un pacto de Estado entre los tres para la siguiente legislatura, a fin de modificar la Constitución y la ley electoral. Este pacto de Estado podría ser de ámbito meramente parlamentario o un gobierno de gran coalición al estilo del alemán.

UPD debería rechazar de plano toda posibilidad de llegar a pactos que aceptaran como hecho consumado los Estatutos inconstitucionales y la deriva confederal seguida durante los últimos años. Y definir las alianzas políticas en función de este objetivo.


Luis Bouza-Brey

Regeneración Democrática

Las lenguas y las hablas de los españoles

El llamado chino mandarín es la lengua con mayor número de hablantes y sin embargo es una lengua étnica. El chino no es una lengua de comunicación, como lo es, por ejemplo, el inglés (de modo eminente), el francés, el alemán, el árabe... y el español

Alfonso Blanco Reabia (catedrático de Psiquiatría, Universidad de Sevilla) anota una curiosa expresión, oída en la Sierra de Cádiz: "Cuando se le pregunta al enfermo, como es habitual, y ¿cómo está usted?", responde: Pues mire usted, doctor, no estoy muy peor". Estupenda ambigüedad. También los solecismos pueden tener su gracia.

Felipe Ortuño me corrige. No se dice "minchirones" (como yo escribí) sino michirones, aunque en Murcia se oye minchirones y en Yecla menchirones. Son unas habas rehogadas, típicas de la huerta murciana, que son tan sabrosas como nutritivas. Me suenan las de Casa Pepe en Murcia. Me gustaría saber por qué las habas michirones reciben ese nombre.

Timoteo Giménez Domingo documenta que "pingo, en Aragón, equivale a chiquillo travieso, y también a las personas que viajan o se mueven mucho". No es un sentido muy alejado de los que circulan por otras partes de España. El origen de esa voz está en el latín pinguis (= gordo, grasoso), como algo despectivo. De ahí pasó a describir las ropas mugrientes. El Diccionario de Autoridades recoge pingajo como el vestido sucio y roto. Se llamó también pingo. Por metonimia, pingo pasó a ser "mujer despreciable, prostituta callejera". También se derivó pindonga con el parecido sentido de "mujer callejera o amiga de ir de un sitio a otro". Así que los aragoneses, en esta ocasión, no divergen mucho del sentido castellano de pingo. Me pregunto si la acepción americana de pingo como "caballo" no tiene también mucho que ver con el sentido tradicional de esa voz. En México pingo es, como en Aragón, "muchacho travieso". Recuerdo que, de niño, cuando yo salía a la calle con la ropa un tanto desaliñada (que no era mucho si la comparamos con lo que ahora se estila), mi madre me decía: "¿Dónde vas con esos pingos?".

Pedro Manuel Araúz (Manzanares de la Mancha, Ciudad Real) registra el localismo polaco:

Prácticamente en desuso, aplicado al individuo especialmente desastrado y peligroso. Posiblemente se deba a que durante junio y julio de 1809, en la guerra de la Independencia, el pueblo estuvo ocupado por una división polaca al mando del general Valence, Dragones del 7º regimiento de Varsovia, que se distinguieron por su especial capacidad para realizar desmanes de todo tipo.

Manuel Benítez Romero (Carrión de los Céspedes, Sevilla) recoge esta expresión de su pueblo: "A hora horá" (= a la hora horada). Significa "llegar a tiempo, por los pelos, con el autobús casi en marcha, empezando la película, etc.". No está mal.

Capçotet Del Tito asegura que le duele mi afirmación de que el catalán es una lengua étnica. Le parece una "valoración absurda" el reconocimiento de "valorar una lengua por su número de hablantes". No, no es absurda; tiene su lógica. El carácter de lengua étnica lo defino por diez puntos. Desde el punto de vista de la lengua de comunicación son estos:

1. Es hablada por un conjunto notable de habitantes, digamos, no menos de cien millones.
2. Es la lengua común en varios países, sean o no naciones independientes, pero que tienen un cierto peso demográfico y económico.
3. Debe haber emprendido con éxito algún sistema de unificación de los dialectos locales o regionales sobre la base de una Gramática común. Esa labor unificadora la emprendió el castellano mucho antes que los otros idiomas europeos.
4. Se aprende masivamente por los que no la tienen como familiar.
5. Deja traducir fácilmente el gentilicio con que se conoce esa lengua. Por ejemplo, el castellano es Spanish para el mundo angloparlante, pero el vascuence presiona para que sea conocido en otros idiomas como euskera. En inglés España es Spain, pero en castellano se presiona socialmente para decir Euskadi (que, por otra parte, es un neologismo) en lugar de País Vasco.
6. No necesita el carácter de lengua "propia", ni siquiera el de "oficial", para medrar.
7. Se emplea más allá del círculo doméstico o del referido a las tradiciones en el territorio donde tiene vigencia.
8. Se impone por la facilidad de los intercambios más que por la obligatoriedad.
9. Destila una serie de obras literarias que se traducen a otras lenguas. Una forma práctica de ese reconocimiento es que algunas obras literarias más representativas lleven al reconocimiento del Premio Nobel para sus autores. Si ese logro no se consigue, al menos se podrá apreciar que las obras más destacadas figuren ampliamente en una enciclopedia de reconocimiento internacional como la Britannica.
10. No sirve para identificar políticamente a una corriente de hablantes que se consideren nacionalistas.

Como ven, solo uno de ellos es el número de hablantes. Por ejemplo, el llamado chino mandarín es la lengua con mayor número de hablantes y sin embargo es una lengua étnica. El chino no es una lengua de comunicación, como lo es, por ejemplo, el inglés (de modo eminente), el francés, el alemán, el árabe... y el español, entre otros, muy pocos más.

Julián García Camacho me envía un valioso testimonio sobre la batallona cuestión de las lenguas regionales, en este caso referida a Mallorca:

Hace unos días envié una consulta al Defensor del Pueblo, de la cual ya he tenido acuse de recibo y espero tener algo más dentro de un tiempo, cuando la estudien adecuadamente. La cuestión se refiere a que resido en Mallorca desde hace pocos meses. Intento conseguir un empleo y aunque me he pasado los últimos veintidós años trabajando en la administración pública (un Ayuntamiento en la provincia de Ciudad Real), para acceder a cualquier puesto de trabajo público en Mallorca debo tener un "nivel C" de catalán. Y le planteaba al señor Múgica, que valore si tal obligación es constitucional, cuando nuestra carta magna señala claramente que todos los españoles tenemos la obligación de conocer el idioma español, mientras que tenemos el derecho de usar las otras lenguas que existen en diferentes territorios del estado. Si esto es así, todos los españoles, incluidos los mallorquines, conocen el idioma español, por lo cual puedo atenderles en esa lengua, trabaje en el puesto que trabaje de cualquier administración. Que un usuario hable mallorquín (o catalán, como están empeñados los poderes públicos de la isla) y se encuentre con un funcionario que también lo habla y quieren realizar el trámite o gestión en ese idioma... pues me parece estupendo, pero no veo por ninguna parte la necesidad de que aprenda a hablar catalán, prácticamente con el mismo nivel que un indígena (entiéndase el sentido territorial de la palabra) para trabajar con personas que entienden perfectamente mi propia lengua, que es la de todos los españoles. ¿O no lo es? Si me aporta su punto de vista le quedaré muy agradecido.

Mi opinión es muy clara. El castellano o español es la única lengua en la que se pueden entender los españoles. La pretensión de que los españoles, y no digamos los extranjeros, tengan que comunicarse en las otras lenguas españolas es un disparate. Otra cosa es que haya que cultivar todas las lenguas, cada una en su territorio. El ideal es que, a la larga, todos los españoles se puedan entender en español e inglés, además de la tercera lengua privativa en cada una de las respectivas regiones. Pero, de momento, lo único exigible es el conocimiento del castellano por la razón estadística de que es el único idioma que pueden hablar todos los españoles.

Manuel Morillo Caballero lee que uno de mis corresponsales asegura que "en Mallorca el castellano es el idioma que habla el 40% de la población". Don Manuel se pregunta: "¿Qué idioma habla el otro 60%? ¿Cuándo vuelva a Mallorca solo podré comunicarme con el 40% de la población?". Las respuestas son sencillas. En Mallorca casi toda la población española habla castellano, aunque el 60% habla también el mallorquín (la mayoría) o el catalán. Lo curioso es que el idioma dominante en el mundo público es el catalán. No importa el color que tenga el Gobierno de la comunidad autónoma. Hay también una pequeña proporción de extranjeros que difícilmente se entienden en los idiomas españoles. Pierda cuidado, don Manuel. En Mallorca se podrá entender con casi todo el mundo en castellano.

Amando de Miguel
Libertad Digital

martes, 18 de septiembre de 2007

Albert Boadella anuncia que no volverá a trabajar en Catalunya


Barcelona. (EFE).- El dramaturgo Albert Boadella, director de la compañía teatral "Els Joglars", ha asegurado hoy que no volverá a trabajar más en Catalunya, una decisión que ha calificado como "una derrota placentera".

Boadella ha presentado hoy su ensayo "Adiós Catalunya. Crónica de amor y de guerra" -un título del que ha dicho que no es metafórico sino real- en un barco frente a la costa de Barcelona, para "no hacerlo en territorio catalán".

Esta decisión no significa que el dramaturgo deje físicamente Catalunya, porque "el clima es benigno mientras los nacionalistas no pueden cambiarlo. Seremos como las empresas de calcetines que tiene las fábricas en Taiwán y los venden a todo el mundo menos a los taiwaneses".

Albert Boadella ha indicado que en el resto de España "llena" los teatros desde hace años, pero que no ocurre lo mismo en Catalunya, donde la "mayoría silenciosa" no va a ver sus obras.

El dramaturgo ha comparado esta situación con el boicot al cava catalán: "En ningún momento se dijo que el cava era malo, sólo se recomendó no consumirlo por cuestiones políticas, pero en mi caso se decía que mis montajes eran malos". Esta campaña en contra de su producción teatral la atribuye Boadella al nacionalismo catalán, pero también al actual gobierno de la Generalitat y al PSC.

A partir de ahora, ha anunciado Boadella, su compañía representará obras de diverso contenido porque "no sólo hemos tocado el tema del nacionalismo. Somos una compañía privada y por lo tanto buscamos los lugares donde hay más interés por nuestra creación". Con esta decisión, ha aseverado Boadella, ha conseguido quitarse de encima un "lastre" y también que Catalunya le importe "menos que Birmania".

Sobre la reciente Feria del Libro de Frankfurt, donde Catalunya ha sido el país invitado, ha dicho que le importa "un comino" y que los espectáculos "provincianos" no son de su gusto.


La Vanguardia

El párroco de Mendavia

El párroco del pueblo navarro de Mendavia, Domingo Urtasun, tras recibir una carta de ETA, ha publicado una carta abierta en Diario de Navarra. Urtasun sabe lo que es luchar con los sectarismos del poder gracias a su experiencia en Nicaragua durante 23 años (1974-97), periodo en el que vivió el ascenso y caída del sandinismo.


He recibido una carta sin remite y sin firma, a la que contesto públicamente, con la esperanza de que sea leída por los interesados.

Mi primera impresión fue de sorpresa. Pero después de releerla detenidamente no dudé en pensar que lo que tenía en mis manos era un panfleto del más rancio corte estalinista. Esto se desprende ya desde el primer párrafo que dice literalmente: «Nos dirigimos a Vd. porque venimos constatando su inhibición y escaso interés en la defensa de la Iglesia Vasca». ¿Desde cuándo existe la «iglesia vasca»? ¿Quién es el fundador de tal iglesia? ¿Quiénes son sus autoridades? ¿En qué lugar de Euskal Herría residen?... No alarguemos inútilmente este interrogatorio. Yo he sido bautizado en la Iglesia Católica, que tiene su origen y fundamento en Jesucristo. Mi Obispo y el Papa son mis autoridades. Y todos mis esfuerzos están orientados en esa dirección. Por otra parte, ¿quiénes son Uds. para pretender «obligarme a trabajar más activamente por una Euskal Herría libre, soberana e independiente», como afirman en su carta? Desde mi infancia aprendí que mi patria es España. En ella he crecido, en ella vivo y en ella espero morir, si Dios quiere. No estoy, en absoluto, por la labor de establecer nuevas fronteras, sino más bien por derribar muros y mugas que nos separen.

Tienen la desfachatez de señalarme algunas tareas, como por ejemplo: «poner nombres vascos a los que se bautizan». Señores míos, ¿de verdad que hablan en serio? ¿Estarían dispuestos a aceptar que el cura pusiera los nombres a sus hijos? No me lo puedo creer. Para darle consistencia a tan absurda proposición citan «el comportamiento ejemplar de muchos curas patriotas». Yo pensaba que este lenguaje obsoleto y arcaico, y este afán por promover «iglesias patriotas», sólo se daba en la extinta Unión Soviética y en los países de su órbita comunista, sin excluir la China de Mao Tse-Tung. Esto me suena a manual de Marxismo-Leninismo para principiantes.

Finalmente, su atrevimiento llega hasta «pedirme, también, el voto para H.B. ¡Qué más da cómo nos llamen los fascistas…!» Pues va a ser que no. Sería lo último que se me pudiera ocurrir. ¿Cómo voy a votar por quienes no son capaces de condenar la violencia que asesina indiscriminadamente, y no sienten ningún escrúpulo al profanar los humildes monumentos que el pueblo erige en recuerdo de las víctimas del terrorismo, como acaba de suceder en Berriozar con el monumento a Francisco Casanova, a quien me correspondió enterrar? Es como volver a asesinarlo de nuevo. De verdad que no me resulta ilusionante colaborar con sujetos de semejante catadura moral.


Periodista Digital

La horda de los gestores


En realidad va a parecer que no hablo de literatura, pero sí lo estaré haciendo. Si en este país la piratería prácticamente no afecta al mundo de la literatura, es sólo por motivos circunstanciales, prácticos. Haciendo uso de los medios a nuestra disposición, y obviando la posibilidad de leer en pantalla, en términos económicos hoy en día sale casi por lo mismo fotocopiar un libro que comprarlo. De ahí la narcótica sensación de oasis del noble arte de la escritura, aparentemente a salvo de estos desaprensivos malversadores: los piratas. Pero eso en realidad poco importa, porque la extorsión no tiene a un arte por objeto sino al ciudadano, al lector, al consumidor de productos culturales, y éste (como imagino que es su caso, lector disciplinado) unas veces lee libros y otras ve películas o escucha música.
Por eso creo que es importante que usted lo sepa: los piratas existen, están ahí fuera, son malos y nos acechan. Su propósito es acabar con el arte, convertirlo en mercancía y traficar con ella. Le daré algunas pistas para que, en caso de toparse con uno de ellos, pueda usted identificarlo y actuar en consecuencia.
Un confuso vínculo une al pirata con el mundo del arte. Si hoy se dedica a chulearlo y chuparle la sangre en nombre de la gestión y la propiedad intelectual, en otros tiempos lo practicó, normalmente con escasa suerte y altas cotas de mediocridad. Luis Cobos o Pau Donés (que sigue en activo, en serio…) serían ejemplos obvios, pero hay otros ex artistas que sí gozaron alguna vez del favor de las musas (no hay más que recordar la preciosa canción que, en su debut, Víctor Manuel le dedicara a Francisco Franco. Lo cierto es que suelen iniciarse en la piratería cuando se les acaban las ideas, o más bien las ganas de trabajar para tratar de tenerlas).
Sus métodos pueden despistarnos, pues no andan por la vida en barco, ni tienen el valor que requiere empuñar una espada. Han abandonado el ron, en favor del CD-Rom, y la bandera de la calavera por otras más discretas y actuales con las siglas de su banda: SGAE, VEGAP, etc.
Han ampliado su radio de acción, colonizando los mecanismos que en otros tiempos ampararon a una especie hermana: los corsarios. En virtud de esta reestructuración jurídica, y gracias a un juego de sobornos estándar, cuentan con el apoyo de las instituciones y sus representantes (muy próximos a ellos en capacidad intelectual y gusto estético), y en una evolución próxima a la de la mafia clásica, ejecutan un poder parademocrático que suele tener la forma de impuestos y normalmente recibe el nombre de canon.
Como los piratas de verdad en su momento, como el telar manual tras la aparición del mecánico, o como la comunicación mediante tambores después de inventarse el teléfono, estos zafios piratas tienen las horas contadas. Y nosotros, por una mera cuestión generacional, asientos de primera fila para asistir a su cochambrosa y ridícula agonía.
Así que, de momento, dejemos que nos sigan extorsionando. Querrá decir que siguen vivos, que todavía tenemos tiempo para asistir a su hecatombe.


Trebor Escargot

Articulo publicado en al revista literaria Quimera, nº 232, sección Kalidoskopia, Pág. 6 y 7.

lunes, 17 de septiembre de 2007

Zapatero en el Cabo de Hornos, y Rajoy sentado alegre en la popa

EL presidente Zapatero ha reconocido su perplejidad ante la dimisión del presidente del PNV, Josu Jon Imaz, y en definitiva ante el cúmulo de desastres que se acumulan a su alrededor —«¿he sido yo?», se preguntará—, que son fruto de su impericia y temeridad al mando de la nave del gobierno que él mismo ha conducido al Cabo de Hornos, tras una alegre singladura que debe concluir en un histórico naufragio, si una importante mayoría de españoles percibe el cúmulo de disparates y atisba en el horizonte —lo que aún no se ve— la silueta de una alternativa capaz de rehacer la convivencia ciudadana, reconducir el desgobierno y recuperar la cohesión nacional.
Destrozos difíciles de reparar a los que no ha escapado el PSOE, desde donde se escucha el cobarde lamento de Bono, que, incapaz de denunciar a Zapatero (a quien sueña suceder) como autor de la catástrofe, culpa a sus compañeros socialistas —en alusión a Maragall, Puras, López y Eguiguren— de «venderse al nacionalismo por un plato de lentejas».


Aunque visto lo ocurrido en CiU y en el PNV, al ex ministro de Defensa se le podría decir que también los nacionalistas son víctimas del dinamitero de La Moncloa. El «iluso» Zapatero, como le llaman piadosamente sus protectores, que prometió a los nacionalistas el paraíso confederal y los sumió en el caos y la frustración, gracias a que ETA no aceptó —exigiendo más garantías— el «pacto de Loyola» que acordaron Otegi (preso), Imaz (dimitido) y Zapatero (perplejo).
Ahora los fracasados, Mas e Imaz, inventan frentes nacionales —catalanista, y «galeuscos» con CiU, PNV y BNG—, mientras Durán Lleida se esconde en el congelador catalán, y crece en los ciudadanos la indignación, a la que se añade el ataque a las banderas, la quema de fotos del Rey y los desafíos de Pujol y Maragall. Todo lo cual, lejos de acarrearles nuevos votos, reabrirá la abstención y puede que la guerra del cava y el boicot a empresas catalanas y vascas.

Que es lo que faltaba, cuando se acaba de perforar el costado del buque del Gobierno con una nueva vía de agua que, en forma de tormenta económica, viene de América y ya se verá si deriva en huracán a pesar de optimismo obligado de los portavoces políticos y de los sectores económicos. Porque el tifón de la hipotecas basura de los Estados Unidos ha tocado las costas de Inglaterra, hundiendo el banco Northern Rock. Mientras, en España, el Gobierno, asustado, estudia la concesión de «anticipos a cuenta» para los ciudadanos que no pueden pagar las hipotecas, a los que la ministra Chacón calificó de minoría insignificante, y en la Bolsa no cesan las sacudidas, se anuncia un frenazo inmobiliario y de la construcción que aumentará el paro y en la vendimia se ha desatado una revuelta laboral.

La nave del Gobierno va de susto en susto (el Tribunal Superior andaluz ha aceptado una demanda contra la Educación para la Ciudadanía), mientras en la goleta del PP da la impresión de que siguen en viaje de placer con Rajoy estrenando su nuevo uniforme de candidato capitán, para pasar revista a los nuevos «guardiamarinas» del partido, ascendidos de sopetón a «Consejo de Notables». Y todo ello, tras convocar una convención de ignoto contenido (¿acaso para presentar el programa electoral, a los candidatos de prestigio y cambiar a los catastróficos portavoces?), y mientras permanece en el mayor de los misterios la pública ausencia de los pesos pesados de este partido. ¿Dónde están Rato, Gallardón, Álvarez Cascos, Montoro, García Escudero, Barberá, T. Martínez, L. F. Rudí, Vidal Quadras, Camps, Arenas, etcétera?

Rajoy confía más en la capacidad de autodestrucción de Zapatero que en su iniciativa. Y buena prueba está en la alarma y preocupación que ha producido en el PP la aparición del nuevo partido de los promotores de Basta Ya y su posible pacto con Ciudadanos, reconociendo, como se ha hecho de manera irresponsable desde la secretaría general del PP, que los de Díez, Rivera y Savater pueden hacer más daño al PP que al PSOE —sobre todo en las provincias con tres, cuatro y cinco escaños—, e implorando que se unan a las huestes de Rajoy.

Quienes con dramatismo piden a Basta Ya y a Ciudadanos el voto útil para el PP deberían no entrar en corral ajeno y ser más exigentes con el PP y con Rajoy. ¿De verdad, hay quien piense que los promotores de estas nuevas iniciativas políticas (y sus posibles votantes) van a abandonar la abstención o el PSOE para ponerse a las órdenes de Zaplana, Acebes, la COPE, la Conferencia Episcopal, FAES, los dirigentes que han ninguneado a Rato, repudian el centrismo de Gallardón, jalean la falsa conspiración del 11-M y mantienen intacto su apoyo a la guerra de Irak sobre la que aún guardan un clamoroso silencio en el PP? Cada mochuelo, a su olivo.

En el buque fantasma de Zapatero han izado, a la desesperada, la bandera roja y gualda del «gobierno de España» para disimular. Pero en la goleta de Rajoy, con el perezoso capitán sentado alegre en la popa, suena la música, corre el ron y sigue sin ondear la bandera de combate, a la espera que la borrasca del Atlántico que amenaza la economía se convierta en huracán, y que los temidos bombazos de ETA acaben por destrozar el buque insignia del PSOE sin que el PP tenga que lanzar un solo cañonazo ni siquiera para avisar.


Pablo Sebastián
ABC