miércoles, 24 de agosto de 2011

Déficit. Como con el Pacto de Estabilidad. Por Juan Ramón Rallo

Ya saben, la zorra y las uvas de Samaniego: que no, que "los mercados" no están maduros; no es que no nos quieran prestar, es que no queremos pedirles prestado.

Se queja la izquierda de que establecer un límite constitucional al déficit y a la deuda supone un corsé para la economía. Para la economía. Perdonen, pero querrán decir que supone un corsé para el endeudamiento del Estado, para esa insana costumbre de gastar, so ruinoso pretexto keynesiano, más de lo que se ingresa en tiempos de crisis. Pero que no se apuren nuestros estatólatras, pues incluso en una sociedad donde los políticos acostumbraran a cumplir las leyes (sus leyes), el tamaño del sector público podría seguir expandiéndose subiendo los impuestos, y esta vez bajo imperativo constitucional. Si todavía quedara alguien mínimamente liberal en las Cortes, tal vez llegara a la conclusión de que como mínimo habría que exigir un límite no sólo para el endeudamiento, sino también para el gasto público.

Claro que en España la claca indignada no tiene de qué preocuparse. No ya por la falta de liberales en la Carrera de San Jerónimo, sino porque en nuestro país, como Estado de Derecho fallido que es, nuestros mandatarios cumplirán con la norma cuando lo reputen conveniente y la pisotearán cuando mejor les parezca. Al cabo, el cesante que ha tenido a bien proponer la enmienda constitucional al déficit fue el mismo que la rechazó un año antes y el mismo que barrió con una ley, la de equilibrio presupuestario, que contenía idéntica provisión.


No iremos a estas alturas a sorprendernos de que aquí ni el Congreso, ni el Senado, ni el Supremo, ni el Constitucional, ni la Fiscalía, ni el Tribunal de Cuentas, ni la Intervención General del Estado fiscalizan, mucho menos sancionan, a un Gobierno que disponga del suficiente alpiste como para comprar voluntades y pagar favores en aras de la aritmética parlamentaria. En España nadie vigila a quienes vigilan, en esencia, porque todos son los mismos o dependen de los mismos.

Acaso la limitación constitucional quedará como uno de esos rimbombantes y nada vinculantes principios de orientación política y económica que, como mucho, supondrá el reconocimiento implícito de que las recetas keynesianas han fracasado en nuestro país (en realidad, en el nuestro y en todos). Fuimos una de las sociedades cuyo sector público más se endeudó en 2009 y 2010 y somos también una de las que más cerca se encuentra de la suspensión de pagos. Que sí, que siempre podrán encontrarse razones para alabar o para explicar el escaso éxito del keynesianismo; por ejemplo, que gracias a él la tasa de paro no ha llegado al 75% de la población activa, o que sin duda habría tenido mejores resultados de haber podido mantener esos altísimos e insostenibles déficits públicos durante más tiempo. Ah, qué antipatriotas esos especuladores que se niegan a seguir prestándonos dinero cuando adivinan que no vamos a poder devolvérselo; ah, qué cortedad de miras la de un Banco Central Europeo que no monetiza con suficiente decisión nuestra deuda o la de una Angela Merkel que se niega a pagar nuestras muy expansivas –a la vista está– políticas económicas a través del eurobono.

Pero en fin, no vayamos a poner el grito en el cielo por el hecho de que unos políticos que nos han llevado al borde de la bancarrota y a quienes se les niega el acceso a los mercados de crédito saquen ahora pecho diciendo que se comprometen a no endeudarse. Ya saben, la zorra y las uvas de Samaniego: que no, que "los mercados" no están maduros; no es que no nos quieran prestar, es que no queremos pedirles prestado. Muy bien, ahora sólo falta que nos expliquen si es que van a dejar de gastar 80.000 millones al año, si van a sacarlos esquilmando todavía más a un recesivo sector privado o si, como parece, la disposición es papel mojado antes incluso de haberla aprobado. Veremos si los votantes alemanes, auténticos destinatarios del conejo parlamentario, se creen la súbita conversión a la ortodoxia de nuestra clase política y consienten que Merkel y Trichet nos sigan prestando respiración asistida. Con todo, cinco palabras deberían bastarles para caerse del guindo: Pacto de Estabilidad y Crecimiento. Cómo nos gusta aprobar nuevas normas para tapar el flagrante incumplimiento de otras.


Libertad Digital - Opinión

Déficit. Zombie's Party. Por Pablo Molina

Y mientras sus señorías hacen propaganda electoral en el hemiciclo, las cifras de paro siguen aumentando, las empresas tienen cada vez menos probabilidades de sobrevivir y el futuro de los jóvenes continúa superando todas las escalas del negro.

Los espectáculos parlamentarios en las postrimerías del zapaterismo son una sucesión de episodios destinados a mostrar a los españoles el nivel de nuestra clase política. Inasequibles al desprestigio, los futuros cesantes se empeñan en acreditar su insolvencia en aquello que más preocupa a los españoles, la brutal crisis económica, debatiendo sobre unas supuestas medidas que tienen más de argucia electoral que de un sincero interés por mejorar nuestra triste condición.

Zapatero está asfixiado por las demandas de una Europa que ya no aguanta más su incompetencia y, en un intento de llegar al 20 de noviembre sin suspender pagos, va a apropiarse de los ingresos tributarios por el impuesto de sociedades correspondientes al próximo ejercicio y a aligerar la bolsa bancaria de viviendas embargadas con una rebaja temporal del IVA que, para acallar a los que lo acusan de improvisar y de no legislar a medio y largo plazo, el presidente del Gobierno ha fijado en nada menos que cuatro meses. Al tiempo, Zapatero ha sido capaz de proponer hasta una reforma constitucional exprés, siguiendo obedientemente las órdenes de la bicefalia europea, que hipotecará todavía más el margen de maniobra del próximo Gobierno, porque la prohibición de superar un límite de déficit y de deuda pública los socialistas se lo saltarán a la torera en su momento simplemente manipulando las cifras y las previsiones macroeconómicas, pero los populares, los primeros que van a tener que sujetarse a ese mandato, probablemente lo cumplirán por el respeto al orden constitucional del que han hecho gala siempre.


Y si el PSOE legisla a pescozones y el PP muestra su nervio político recurriendo insistentemente a la abstención, el resto de la izquierda parlamentaria y el nacionalismo en todas sus gradaciones siguen apelando a la demagogia para intentar que el resultado final de la legislatura esté a la altura de ambos. Como los "no muertos" de las películas de Serie Z, que sólo obedecen a un instinto enfermizo, los primeros acusan a Zapatero de traidor al socialismo por no aplicar el recetario destructivo de los parásitos sociales y los segundos, como martillos pilones sea cual sea el motivo del debate, exigen más cuotas de poder para seguir mangoneando en sus cortijos a despecho de la solidaridad nacional.

Y mientras sus señorías hacen propaganda electoral en el hemiciclo, las cifras de paro siguen aumentando, las empresas tienen cada vez menos probabilidades de sobrevivir y el futuro de los jóvenes continúa superando todas las escalas del negro. No es que hayan huido de la realidad, es que nunca han estado en ella.


Libertad Digital - Opinión

Hay que parar los crímenes de Siria y otros países contra la humanidad. Por Miguel Cancio

El régimen socialista sirio de Bachar Al Assad, del Clan Al Assad, que gobierna de forma terrorista, autoritaria, represiva y corrupta desde el año 2000, continua aplicando el terrorismo de Estado; continua aplicando, por medio de fuerzas militares, policiales, parapoliciales, de matones, mercenarios, infiltrados, provocadores e incontrolados, de la manipulación, contaminación y control de los medios de comunicación y otros emisores, de las instancias de socialización; continua aplicando violaciones, apaleamientos, torturas, mutilaciones, ensañamiento con los cadáveres (incluso de menores), secuestros, desapariciones, linchamientos, ametrallamientos, utilización de francotiradores, tanques, armamento pesado y bombardeos contra jóvenes manifestantes, poblaciones y ciudades sirias (Hama, Homs, Deir ez Zor, Dera, Houlé, Lakatia, etc.).

Hafez Al Assad, padre de Bachar Al Assad, gobernó Siria dirigiendo el partido único Baaz, de forma terrorista, dictatorial, represiva y corrupta, desde 1970 hasta el 2000. El Baaz, Partido del Renacimiento Arabe Socialista, se hizo con el poder por las armas en Siria en 1963 e impuso un régimen dictatorial.


El partido Baaz ha formado parte de la Internacional Socialista y su lema es: Unidad, Libertad, Socialismo. Como se ve, la ideología proclamada puede con todo, pues, el partido Baaz, en la practica real y en la defensa de su privilegios, se ha caracterizado por aplastar la libertad, por lo peor de lo peor. Se creó en 1947 en varios países árabes pero su gran fuerza la consiguió en Siria e Irak. En un primer tiempo, se definió como nacionalista y laico y, después, constituido por comunistas, socialistas, izquierdistas, populistas, carreristas y oportunistas sin el menor escrúpulo, se hizo, de acuerdo con las circunstancias, socialista, populista y lo que fuese menester, y consiguió importante poder y presencia, entre otras instancias de poder y socialización, en el ejercito, las fuerzas de orden, los servicios secretos y las guardias-servicios especiales. Con actitudes y comportamientos populistas, nacionalsocialistas, fascistas pero también izquierdistas, bajo el control de dictadores implacables y sus clanes, el partido Baaz impuso en Siria e Irak implacables dictaduras, el terrorismo de Estado y promovió y apoyo el terrorismo internacional.

Es absolutamente condenable que el partido Baaz haya formado parte de la Internacional Socialista. Lo que también ha sucedido hasta el año 2010 con los partidos de los dictadores Ben Alí y su clan en Túnez, y del dictador Mubarak y su clan en Egipto.

Sin embargo, los regímenes dictatoriales de los tiranos Gadafi de Libia, de Hafez Al Assad, su hijo Bachar Al Assad y su clan familiar de Siria (41 años en el poder) y de Sadam Hussein de Irak (24 años en el poder); estos regímenes, siempre con el partido Baaz en el poder en Siria e Irak y con la revolución verde socialista tribal del clan Gadafi en Libia, fueron mucho mas represores y sanguinarios que los regímenes dictatoriales de Ben Alí en Túnez y de Mubarak en Egipto (que se vincularon con grandes potencias occidentales), y promovieron (Siria junto a Irán; Libia, Irak) activamente el terrorismo internacional.

El tirano Gadafi ha controlado dictatorialmente el poder junto a su clan familiar, durante 42 años. Durante estos largos años ha venido contando con importantes apoyos en el exterior. Lo que también sucedió con los dictadores de los clanes Al Assad en Siria, Ben Alí en Túnez, Mubarak en Egipto y Sadam Hussein en Irak.

El régimen socialista terrorista sirio lleva asesinadas a mas de 2500 personas. A finales de julio y agosto 2011 lleva asesinados a mas de 100 sirios. Un loco paranoico terrorista noruego aislado ha asesinado en Noruega a 77 noruegos. Por ello, el presidente Zapatero llamó a una reunión internacional para hacer frente al odio terrorista de la extremaderecha. Sin embargo, no ha llamado a una reunión internacional para hacer frente: al odio terrorista fundamentalista islámico y antioccidental; al odio socialista terrorista, proterrorista sirio, iraní, libio, de las bandas ilegales comunistas terroristas y narcoterroristas ETA-Batasuna y sus brazos, las FARC y los suyos, Hamas, Hezbolla etc. etc. que muy organizados vienen asesinando a miles y miles y miles de personas; al odio socialista, comunista, neocomunista y antioccidental birmano, cubano, chino, coreano, venezolano, zimbawano, etc. que vienen violando diaria y gravisimamente los derechos humanos y desde hace años.

El presidente Zapatero, en Túnez y junto al dictador Ben Ali, llamo a los países occidentales de forma politiquera y partidista a retirar sus tropas de Irak donde combatían el terrorismo internacional junto a Estados Unidos e Inglaterra.

Los indignados deberían acampar, movilizarse frente a Siria, Libia, Yemen, Irán, Birmania-Myanmar, Cuba, Corea, Vietnam, China comunistas, Zimbawe, Venezuela neocomunista, frente a las bandas ilegales terroristas y narcoterroristas ETA-Batasuna y sus brazos, Las FARC y los suyos, Hamas, Hezbolla etc. que fomentan ideologías de odio y violencia, y violan diaria y muy gravemente los derechos humanos, democráticos y ciudadanos.

El problema para los tiranos, dictadores, fundamentalistas, represores, manipuladores, contaminadores, oportunistas y corruptos es que, cuando la mayor parte del pueblo reivindica responsablemente dignidad, libertad, trabajo, democracia con seguridad, garantías y principios, y pierde el miedo ante el control y el terror impuestos por dichos tiranos, dictadores, fundamentalistas, represores, corruptos y los que les hacen el juego, estos están completamente perdidos.


Periodista Digital - Opinión

G+I. Por Martín Prieto

Alberto Ruíz-Gallardón me enseñó un método de seguimiento de Felipe González: le escuchabas en la tribuna y te arrebataba de entusiasmo, pero luego leías lo que había dicho y caías en la cuenta de que no había propuesto nada. El caso es que Felipe tenía el don del comunicador y podía vender guantes a los mancos. No le llamó Dios a Zapatero por el camino de la interrelación con el público..

Como orador no capta a sus oyentes y sus discursos leídos huelen a refrito de varios ministerios. El presidente ausente mejora en las dúplicas, en las réplicas, cuando improvisa. Ayer apareció en el Congreso como ectoplasma de sí mismo y planteó dos cosas tarde y mal, tal como acostumbra: constitucionalizar el techo de gasto, como Alemania, y lograr un equilibrio fiscal que no retrase la creación de empleo. Mariano Rajoy ponía cara de Santo Job quejándose blandamente que por proponer hace un año lo primero le puso Zapatero como no digan dueñas, de catastrofista y milagrero constitucional. Hay asuntos que Zapatero no entiende hasta que no se los explica a gritos Angela Merkel. La fiscalidad y la creación de empleo no la entendió ni la socialdemocracia sueca de Olof Palme cuando el dramaturgo y cineasta Igmar Bergman, que era un solidario, se exilió en Dinamarca por no pagar la exenciones fiscales de su país. La fórmula socialista es G+I: gasto más ideologización. Como siguen siendo keynesianos creen que el Estado crea empleo, como el disparatado «Plan E» y la ideología es el cemento de los desequilibrios fiscales. Te congelo la pensión pero te doy aborto a los 16. El fantasma nirectifica ni se excusa.

La Razón - Opinión

Déficit. Maquillaje y realidad. Por Agapito Maestre

Las negativas de IU y EC están fuera de toda realidad, o peor, son ridículas, porque estas fuerzas políticas aún funcionan, por decir algo, como si aún existiera un sistema comunista alternativa de capitalismo.

La casta política ha vuelto a retratarse en la discusión sobre un decreto que de puro obvio da vergüenza discutirlo: hay que limitar el déficit del Presupuesto si no queremos que la economía española se hunda en la miseria. Naturalmente, al final, este tipo de medidas anticrisis acaba tocando la espina dorsal del sistema político, en el caso español el Estado de las Autonomías y, por supuesto, del resto de instituciones inservibles, porque sus competencias podrían ser fácilmente asumibles por la Administración central. En estos momentos, si algo ha puesto en evidencia la crisis económica y financiera, es la inviabilidad del sistema autonómico. Ni que decir tiene que la casta política no se hará cargo de este problema hasta que no llegue una hambruna o algo parecido.

En cualquier caso, resulta cada vez más difícil mantener una estructura política y administrativa tan demencial como la española. Y este decreto, como las propuestas de Merkel para Alemania y el resto de países de la UE, se dirigen sobre todo a controlar el gasto de las comunidades autónomas. Por lo tanto, independientemente de que sea o no efectivo el decreto convalidado ayer en el Congreso, parece que la medida era necesaria. Sin embargo, algunos analistas políticos creen, más movidos por sus vísceras "peperas" que por la razón, que el decreto antidéficit aprobado ayer en el Parlamento es un mero maquillaje para tapar la ruina en que el Gobierno de Zapatero ha dejado a España. No comparto esa opinión; este decreto era imprescindible, como otras medidas aprobadas en los últimos meses, para detener la ruina de España. Además contribuye, y eso lo ha reconocido Rajoy en su intervención en el debate del Congreso, a aumentar el patrimonio de "gestos exquisitos de Zapatero a la hora de abandonar el poder". Al final, sí, el peor gobernante de España del último siglo se ha visto obligado a intentar dejar limpio y aseado el patio económico.

Por supuesto, nada de eso impide que se siga criticando que Zapatero se enteró muy tarde de la crisis y, por supuesto, no reaccionó a su debido tiempo; pero, frente a mucho discurso electoralista y oportunista, es menester resaltar que la crisis española, que tiene por supuesto su propia singularidad, forma parte de la crisis europea y mundial. Mientras esto no se reconozca seriamente, y no de boquilla, diré que los argumentos de la oposición no sirven para nada. Por eso, precisamente, no acabo de entender las razones últimas de la abstención del PP a este decreto antidéficit; menos aún entiendo esa actitud, si tenemos en cuenta que hace un año fue el propio Rajoy quien propuso medidas similares. Tampoco comprendo la abstención de CIU, excepto por mero oportunismo electoralista, cuando las medidas adoptadas por Zapatero tienen su origen en las recomendaciones de la señora Merkel, que es la jefa de la Internacional a la que esa coalición política pertenece. Por supuesto, las negativas de IU y EC están fuera de toda realidad, o peor, son ridículas, porque estas fuerzas políticas aún funcionan, por decir algo, como si aún existiera un sistema comunista alternativa de capitalismo.

En fin, creo que la comparecencia de Zapatero en el Congreso a petición propia, además de mostrar las contradicciones de su partido que se opuso por boca de Rubalcaba hace un año a esa medida, ha conseguido sacarle los colores al resto de grupos políticos. Ni se han explicado bien ni han justificado con decencia intelectual la abstención. Y, lo que es peor, no han discutido, en serio, si esta limitación del déficit, ahora por la vía del decreto y en el futuro por la reforma de la Constitución, será una medida efectiva para salir de la crisis de la deuda soberana o, por el contrario, será un corsé muy peligroso, según algunos analistas, que hundirá a la zona euro durante una década con bajo crecimiento.


Libertad Digital - Opinión

Simple. Por Alfonso Ussía

El cineasta Vicente Aranda ha descubierto, al fin, la causa que ha llevado a la ruina al cine español. El hallazgo es consecuencia de su sutileza y experta capacidad para el análisis. «La derecha se niega a ver cine español». Así de sencillo y así de simple. Para Aranda el «tema histórico» –muy intelectual– más importante de España es la guerra civil, y es un «tema» que no se puede tocar porque la derecha piensa que una cinta sobre dicho asunto –¿una guerra civil es un asunto?–, siempre es de izquierdas. Vaya por Dios, pero ahí acierta Aranda. Se han producido centenares de películas con la guerra civil como escenario, y todas sesgadas hacia la izquierda. Pero eso no significa que la derecha no acuda a ver cine español por tan sabido, manido y nada original motivo. La derecha y la izquierda, unidas en defensa de la libertad del ser humano a no aburrirse, no van a ver cine español por una causa harto diferente. Es un coñazo. Un coñazo que nace, precisamente, de lo coñazos y repetitivos que son la mayoría de sus directores. Un coñazo que se extiende hacia la falsa trascendencia de las historias, argumentos y guiones. Y un coñazo que se culmina con la sobreactuación y el tostón melodramático de un grupo de actores privilegiados –casi siempre los mismos–, que sólo saben interpretarse a sí mismos. Algunos de ellos, involuntariamente cómicos y divertidos. Cuando la tristeza me abruma o la depresión me avisa, acostumbro a ver algunas escenas de «Martín Hache» y río a mandíbula batiente con Luppi y Diego Botto en tan singular estupidez filmada, que ellos se toman tan en serio.

La derecha va al cine, como la izquierda. Pero desde su libertad –¿quién es la derecha y quien la izquierda para Aranda?–, pretende pasarlo bien, aprender, divertirse, entretenerse y volver a casa satisfecha. Además, que el hecho de pasar por taquilla para ver cine español resulta especialmente gravoso para los contribuyentes, que previamente, han pagado con sus impuestos las memeces producidas. Creo que tanto la derecha como la izquierda tendrían que acceder gratuitamente a las salas donde se proyectan películas subvencionadas mediante el simple trámite de mostrar a la entrada la copia de la declaración de la renta.

El problema, según Aranda, es que en la derecha no hay intelectuales. Y aquí me atrevería a preguntarle al intelectual Aranda quién le ha dado autorización, permiso o poder para conceder la cualidad y calidad de intelectual a su capricho y libre albedrío. Se me ocurren, de golpe, entre académicos, juristas, filósofos, escritores, artistas y hasta cineastas, más de dos centenares de intelectuales que se mueven por los ámbitos del liberalismo y el conservadurismo, y no alcanzo a sumar tantos en los despistados y autohinchados paisajes de la izquierda, que también los hay, pero menos de lo que algunos creen. Porque si los intelectuales de la izquierda se sustentan en su número en los pesebristas cejeros y subvencionados, vamos dados.

Dice Aranda que sin subvenciones no hay cine, porque España no tiene el número suficiente de habitantes para cubrir libremente el presupuesto de la cinta. Pregúntele a Segura y a Garci. Lo que no hay habitantes en España es para ver el malísimo cine que se hace con nuestro dinero, incluído el cine del señor Aranda, al que deseo toda suerte de venturas y presidencias de jurados siempre que sus felicidades y producciones corran a cuenta de su bolsillo. Aquí, Aranda, no hay derecha o izquierda que vaya o no vaya al cine. Hay cine bueno y hay cine malo. Hay originalidad o hay tedio. Y ustedes representan las segundas opciones. Simplón.


La Razón - Opinión

Déficit. Agua de borrajas. Por Emilio J. González

¿Qué credibilidad puede tener semejante limitación constitucional cuando en este país llevamos ocho años dando patadas y más patadas a la Carta Magna, a conveniencia del Gobierno y con el respaldo de un más que politizado Tribunal Constitucional?

Zapatero acaba de realizar un nuevo ejercicio de cinismo al proponer un límite constitucional al déficit público. Yo no es que esté en contra de dicha medida, todo lo contrario. Soy de los que piensan que el déficit no resuelve ningún problema y crea muchos y muy importantes. Pero el hecho de que comparta el espíritu de semejante propuesta –que procede, conviene recordarlo, del tándem Merkel-Sarkozy y no de ninguna ilustre cabeza pensante de Moncloa– no quiere decir que comparta los motivos que han llevado al presidente del Gobierno a presentarla este martes en el Congreso ni que, en la España de hoy, no me muestre escéptico en cuanto a la eficacia de dicho corsé, por muy constitucional que sea éste. Me explico.

En primer lugar, no deja de resultar irónico que el presidente que hizo del gasto público su bandera para luchar contra la crisis, lo que dio lugar en buena medida a los problemas presupuestarios y de deuda que padecemos hoy, quiera presentarse ahora como el adalid del saneamiento de las finanzas públicas con una propuesta de enmienda constitucional que él no va a llegar a votar porque, de acuerdo con los tiempos parlamentarios y electorales, dicha enmienda tendrá que aprobarse, necesariamente, en la próxima legislatura, en la cual Zapatero ya estará fuera de la política. Para él, por tanto, no tiene coste alguno y con eso, a su entender, queda bien con Alemania y Francia y da la impresión de que hace todo lo posible por combatir la crisis fiscal que asola nuestro país. Pues si tanto le preocupan estas cuestiones, ¿por qué no aprueba un nuevo recorte del gasto público para lo que queda de año? ¿Por qué no lo ha hecho antes, en lugar de jugar a subir los impuestos y de presentar un cuadro macroeconómico imposible para 2011 que le permitía, al menos sobre el papel, porque el papel todo lo aguanta, no llevar a cabo la poda drástica en el gasto público que exigen las presentes circunstancias? Eso es lo que tenía que hacer, y no proponer enmiendas constitucionales que nadie le pide y trasladan a otros los problemas que ha creado él.

Además, ¿qué credibilidad puede tener semejante limitación constitucional cuando en este país llevamos ocho años dando patadas y más patadas a la Carta Magna, a conveniencia del Gobierno y con el respaldo de un más que politizado Tribunal Constitucional, hasta el punto de que hoy está en la UVI? Para que dicha enmienda, si se aprueba, pueda ser efectiva, lo primero que tendría que hacerse es reformar el Constitucional, con el fin de que nadie se la pueda saltar a la torera y, de paso, que tampoco se pase por el arco del triunfo el resto de preceptos constitucionales.

Por último, esa enmienda no servirá de nada si en su contenido no se obliga a todos los niveles de la Administración a cumplirla ni se dota al Estado de los medios para forzar a las autonomías y los ayuntamientos a hacerlo, les guste o no, lo cual requiere, en última instancia, un nuevo modelo de Estado que implica más y más cambios constitucionales. Sin ellos, esa enmienda no será más que agua de borrajas.


Libertad Digital - Opinión

Una reforma necesaria

La propuesta de reformar la Constitución para fijar el límite de déficit y el techo de deuda de las cuentas públicas centró ayer el Pleno extraordinario del Congreso y dejó en un segundo plano el debate sobre las medidas adoptadas por el Gobierno para recaudar 5.000 millones de euros adicionales. Casi al mismo tiempo que Zapatero anunciaba su propósito y que Rajoy lo secundara, se abrió una cierta polémica sobre la necesidad de que esa reforma sea sometida a referéndum. Que la Constitución nos inspire un gran respeto no significa que sea intocable o que no se pueda modificar de manera ágil de acuerdo a los procedimientos previstos en su propio texto. No es la primera vez que, precisamente para incorporar mandatos de tratados internacionales, se reforma, ni será la última. La construcción europea exige la renuncia progresiva a cuotas de soberanía que debe reflejarse en el texto constitucional. Éste es el caso que ayer planteó el presidente: una reforma que se hará mediante procedimiento ordinario y exige el apoyo de los 3/5 de las Cortes; salvo que 35 diputados y 25 senadores lo soliciten, no será necesario someterla a referéndum. No conviene, por tanto, dramatizar unos cambios que vienen exigidos por los socios europeos, pero que además son positivos para España. De hecho, el Gobierno debió aceptar la propuesta que en este mismo sentido le hizo Mariano Rajoy hace un año, en vez de despreciarla con tanta displicencia como ignorancia. Nuestras cuentas públicas, empezando por las autonómicas y las municipales, no gozan de demasiado crédito en la UE desde que el actual Gobierno suprimió los límites de gasto fijados por Aznar. España necesita un plus de credibilidad y esta reforma constitucional lo proporcionará, sobre todo porque permitirá una política fiscal a salvo de las excepciones que los gobernantes nacionalistas exigen cada dos por tres al Gobierno central. Queda pendiente cómo se articulará de manera práctica la fijación del déficit y de la deuda en cuanto a vigencia temporal, porcentaje y excepciones (Alemania ha optado por un modelo, pero no es el único). La cuestión no es menor porque de su acierto depende que la acción de gobierno no quede demasiado encorsetada para reaccionar con agilidad a los ciclos económicos. Por lo demás, el debate de ayer sobre las nuevas medidas económicas puso de relieve la soledad con la que el Gobierno afronta sus últimos días, sin apoyos, sin credibilidad y sin fuelle. Que incluso el PNV le negara su voto es de gran elocuencia. Se diría que los grupos parlamentarios ponen ya más interés en las propuestas de Rajoy que en las de Zapatero, de ahí que llamara la atención el anuncio del primero de que si gana las elecciones del 20-N prolongará un año la rebaja del IVA a la compra de la vivienda nueva. Y tampoco pasó desapercibida su sugerencia al presidente socialista de que si piensa seguir adoptando medidas que condicionen al futuro Gobierno, debería consultarlas con los dos candidatos en liza electoral, lo cual es muy razonable; si Rubalcaba no se ha sumado a la petición es porque seguramente ya recibe puntual información y porque su opinión es tenida en cuenta.

La Razón - Editorial

Mensaje a los mercados

La discutible reforma de la Constitución para limitar el déficit intenta evitar nuevas turbulencias.

El presidente del Gobierno logró ayer que el Congreso convalidara el decreto ley aprobado en la última reunión del Consejo de Ministros, que incluye diversas medidas para reducir el déficit. Lo que se preveía como un debate sin sorpresas resultó todo lo contrario. Las mayorías para aprobar el decreto fueron diferentes de las previstas y, sobre todo, Zapatero, en respuesta a las exigencias de la reciente cumbre franco-alemana, propuso reformar la Constitución para incluir en su texto "una regla para garantizar la estabilidad presupuestaria en el medio y largo plazo" que vincule a todas las Administraciones públicas. Fue una propuesta inesperada, fruto de una decisión tomada en las últimas horas, que contradice la posición de su partido y del candidato Rubalcaba, y que Rajoy aceptó de inmediato, ya que hace un año hizo una propuesta similar.

El apoyo mayoritario que ayer obtuvo la reforma no resuelve las dudas acerca de la conveniencia de fijar un límite de déficit en la Carta Magna. En España existen mecanismos igualmente eficaces que, además, refuerzan la estabilidad del texto constitucional. Incluir al máximo nivel legal disposiciones que pertenecen al ámbito de las decisiones de Gobierno y que en ocasiones no pueden cumplirse por imposibilidad material de hacerlo, erosiona el concepto de constitucionalidad. Hasta el pleno de ayer, esta era la posición del Gobierno, al menos en palabras de la vicepresidenta Salgado.


La rapidez con la que se ha verificado el paso a la posición contraria, desairando el criterio defendido por el candidato Rubalcaba, evidencia más bien la necesidad del Gobierno de trasladar un nuevo mensaje contundente a los mercados, ante el riesgo de graves convulsiones financieras en los próximos meses. El Ejecutivo teme que las turbulencias de agosto continúen y que la prima de riesgo española vuelva a sufrir en un contexto de estancamiento de la economía. Se trataría, por tanto, de una medida dolorosa para Zapatero, un nuevo sacrificio en el altar de los mercados. El Gobierno necesita dotar de sentido político los dos meses que faltan para el inicio de la campaña electoral. Pero proponer desde una situación de debilidad una medida de tanto calado puede ser discutible.

Hasta el inicio de la campaña para el 20-N, España se encuentra en una situación política singular. La decisión de anunciar la disolución de las Cámaras con dos meses de anticipación sobre la fecha en la que se hará efectiva coloca a las instituciones en un extraño compás de espera. Mientras dure, la única preocupación de los grupos será no cometer errores, evitando aparecer demasiado próximos al Gobierno, pero también demasiado alejados, para que no se les reproche falta de colaboración para combatir la crisis. Así se explica que el grupo socialista convalidara ayer el decreto del pasado viernes apoyándose más en las abstenciones que en los votos a favor.


El País - Editorial

Merkel y Sarkozy ponen firme a Zapatero

Al haber arruinado a España, al PSOE no le queda más remedio que transigir en algunas normas que atacan directamente sus prejuicios ideológicos más asentados.

Que Zapatero haya tenido finalmente que claudicar y proponer la aprobación de un límite constitucional al déficit es la prueba más palpable de que nuestra economía depende cada vez más del eje franco-alemán y menos de ella misma. Al final, en las postrimerías de la legislatura, va a ser cierto que Zapatero nos ha llevado al corazón de Europa, pero para transferirle nuestra soberanía.

Es cierto que, pese a todas las cautelas necesarias –la norma abre la puerta a subidas de impuestos, se desconocen los mecanismos para controlar su implementación, todavía no se ha específicado qué nivel de déficit será aceptable...–, la medida de restringir desde la Carta Magna el endeudamiento en el que puede incurrir la administración sería, de aplicarse, positiva y necesaria para apuntalar la credibilidad de nuestras finanzas públicas. Pero es igual de positiva y necesaria ahora como lo era hace siete años, cuando Zapatero aguó la ley de equilibrio presupuestario de Aznar, o como lo era hace un año, cuando Rubalcaba se burlaba de una propuesta similar presentada por Rajoy.


En realidad, no cabe pensar en una repentina conversión del PSOE a la austeridad presupuestaria, sino más bien, como decíamos, en nuestra creciente dependencia económica de la refinanciación que nos proporciona el Banco Central Europeo o de la que nos puede llegar a ofrecer Bruselas.

Al cabo, al socialismo patrio no sólo le faltan credenciales que demuestren su actitud contraria a la acumulación de déficits, sino que otras reformas constitucionales pendientes, como la de sucesión a la Corona, llevan atascadas desde hace años. Pero para sacar adelante esta reforma ha bastado con que Merkel y Sarkozy se reunieran y lo ordenaran en una comparecencia conjunta: Zapatero apenas ha tardado unos días para tramitar su urgente inclusión en nuestra Ley de Leyes.

Está visto que si no nace de nosotros la predisposición a hacer los deberes, nos vendrá impuesta desde fuera. Pero ello sólo demuestra, una vez más, la nula diligencia de nuestra clase política, especialmente de nuestra clase política socialista: como hemos tenido ocasión de comprobar durante estos ocho años, su principio de actuación sólo es el del oportunismo; cambiar de opinión según sople el viento. En este caso, al haber arruinado a España, al PSOE no le queda más remedio que transigir en algunas normas que atacan directamente sus prejuicios ideológicos más asentados. Bien por el fondo pero desastroso por las formas; sobre todo por las formas que dejan entrever una menor soberanía de la Nación.


Libertad Digital - Editorial

martes, 23 de agosto de 2011

Cuatro días en Madrid que ahogan ocho años de laicismo militante de Zapatero. Por Federico Quevedo

"Dad a Dios lo que es de Dios, y al César lo que es del César". Fue Jesucristo el primero en hacer una declaración clara y contundente sobre lo que debía ser la separación entre el poder religioso y el poder civil, entre Iglesia y Estado. Es verdad, sin embargo, que durante siglos la religión ha estado demasiado presente en la organización civil de la sociedad, hasta el punto de que muchos de los regímenes absolutistas fueron también teocráticos. La última 'teocracia' conocida en nuestro país podría situarse en el franquismo, aunque sin llegar al extremo de que el poder civil se confundiera con el religioso, como sí ocurría en la antigüedad y ocurre actualmente con las teocracias islámicas como la marroquí, donde el Rey es la máxima autoridad religiosa del país, al mismo tiempo que la máxima autoridad política. Lo cierto es que ya en el Concilio Vaticano II se rompió definitivamente con una tradición que se alejaba del mandato evangélico y se volvió a recuperar la necesaria separación Iglesia-Estado como fórmula necesaria para la convivencia y para la garantía de la libertad religiosa de los fieles. Los últimos Papas, Juan Pablo II y el actual, Benedicto XVI, han abogado de manera firme por esa relación.

Sin embargo, es un hecho evidente que en España sigue pesando como una losa en nuestro imaginario colectivo la colaboración que durante décadas mantuvo la Jerarquía eclesiástica con la Dictadura, y aunque han pasado ya casi 40 años desde entonces, ese 'colaboracionismo' sigue provocando el rechazo de una parte de la sociedad hacia la Iglesia en nuestro país. Dicho de otro modo, el rechazo a la Iglesia tiene mucho que ver con el rechazo a la dictadura, aunque realmente una cosa no tenga que ver con la otra salvo de un modo puramente coyuntural. Con todo, la normalidad parecía haberse instalado en la relación Iglesia-Estado hasta que hace ocho años llegó Zapatero al poder y, en su empeño por reabrir las viejas heridas del pasado y reinterpretar la Historia a su manera, dio alas a un nuevo anticatolicismo que parecía superado en nuestro país, pero que sin embargo ha vivido horas de indudable protagonismo, hasta el punto de que llegó a dar la impresión de que en efecto la cruzada laicista había conseguido su objetivo de hacer retroceder la presencia de la Iglesia en la sociedad.
«En España sigue pesando como una losa la colaboración que durante décadas mantuvo la jerarquía eclesiástica con la dictadura, y ese 'colaboracionismo' sigue provocando el rechazo de una parte de la sociedad hacia la Iglesia en nuestro país.»
Pero quienes así pensaban o creían, hoy serán conscientes de que estaban muy equivocados. Si siglos de persecución no han conseguido acabar con la fe en Cristo, no iba a venir ahora Zapatero a conseguir aquello en lo que habían fracasado otros mucho más poderosos, inteligentes, audaces e, incluso, malvados que él: la JMJ2011 ha sido una demostración de músculo eclesial que ha ridiculizado cualquier otro tipo de aventura laicista destinada a contrarrestar el efecto de la ola de fe que se ha vivido estos días en Madrid. Ahora solo falta que la Iglesia española, muy 'tocada' es verdad por estos años de difícil relación con un Gobierno militante en el laicismo anticatólico, sepa comprender lo que ha pasado estos días en Madrid y recupere su papel como faro-guía para una parte importante de la sociedad española, sobre todo para esa juventud que hoy necesita más que nunca que se le ofrezcan referentes morales que le ayuden a superar la ansiedad de un futuro incierto. Hay muchos jóvenes que necesitan a Dios, pero lo cierto es que sigue habiendo muchas iglesias vacías, o con sus bancos ocupados, con todo mi respeto, por gentes de la tercera edad.

Y no se trata de modificar la doctrina, porque eso sería como descristianizar a la propia Iglesia, sino de encontrar una manera atractiva de ofrecer el mensaje de Cristo... El Papa lo hace, y a lo mejor el secreto está en el modo en el que pide -como antes que él lo pidió Juan Pablo II- a la juventud que se comprometa desde todas las instancias sociales. Y a lo mejor una forma de hacerlo y de conseguir que definitivamente la Iglesia no genere tanto rechazo social sea que su Jerarquía rompa definitivamente cualquier lazo con el poder político, incluso los lazos económicos. Otra cosa es que su labor social -solidaria, educativa y sanitaria- se vea recompensada con el esfuerzo público al igual que la de otro tipo de organizaciones, pero su función religiosa debería estar únicamente sostenida por la contribución de sus fieles: debe ser la propia Iglesia la que defienda la laicidad del Estado, su aconfesionalidad, como fórmula necesaria para garantizar la convivencia en libertad de fieles y no fieles. Y a partir de ahí la reconquista de ese espacio de referencia en la sociedad española que pidió el Papa será más fácil, y de nada habrá servido el incansable esfuerzo laicista de quienes nunca han entendido que detrás de la palabra de Dios solo hay amor por los hombres.


Periodista Digital - Opinión

Jáuregui, otro más. Por Carlos Rodríguez Braun

Ramón Jáuregui es otro veterano de la izquierda al que no ha beneficiado la proximidad de Smiley. Dos casos anteriores e interesantes fueron Gregorio Peces-Parba y Santiago Carrillo. Ambos están identificados con los valores de la transición. Peces-Barba era buen símbolo socialista, era un hombre de la Constitución y la convivencia. Pero bastó que se acercara a Smiley para que se pensara en él como el que dividió a las víctimas del terrorismo y el que hostiga a la Iglesia católica. Quizá por eso parece más disgustado.

Carrillo era la imagen de la superación de la Guerra Civil, el que recordamos con Fraga en el Club Siglo XXI. Pero Smiley lo rozó con sus alas intransigentes y hoy Carrillo está más asociado a la intolerancia izquierdista, precisamente lo que procuró dejar atrás durante años. Acaso por eso también parece cada vez menos alegre. Se repite la historia con Jáuregui, un socialista con una carrera marcada por la tolerancia y la moderación. A él también le arrojó Smiley su aliento sectario, y ya es diferente. Empezó hace un par de meses, insultando a los ciudadanos y alegando que pretender que se resuelvan sus problemas con menos impuestos “es para tontos” (véase “Jáuregui listo”, La Razón, 28 junio), y lo acaba de repetir con la visita del Papa, cuando se apuntó a la demagogia de pedir al Vaticano que colabore para acabar con el Valle de los Caídos. Dicen que lo peor de Smiley es la economía. No lo creo. Lo peor es esto.


La Razón - Opinión

Ciudad de la alegría. Por José Antonio Álvarez Gundín

Sólo por el torbellino de alegría que los chavales han derrochado a manos llenas, la JMJ nos ha salido más que rentable y saludable a los españoles, enganchados desde hace tiempo al ansiolítico y la mala sangre. Estos chicos nos han refrescado las espesas horas de un ferragosto que en Madrid tiene el sabor de la condena y hemos añorado con un nudo en el estómago no pertenecer a su tribu universal para cantar a la vida apenas estrenada, para bailar ante toda la vida por delante. Por fin una inyección de optimismo frente a tanto titular tenebroso: «La economía se estanca. Las bolsas se hunden. Las deudas aumentan. No hay crédito, no hay empleo, no hay luz al final del túnel. Estamos mal, pero estaremos peor»... Porca miseria, terreno abonado para que broten, como hongos en mayo, los cantamañanas de la sopa boba y la mano larga con pensión en Sol. Pero a mediados de mes, Madrid amaneció de fiesta. Por unos días, esta ciudad de nuestros pecados se esponjó como una enorme fonda hospitalaria en la que toda la chavalería universal halló aquí lo más parecido a un hogar. En sus calles de siglos adustos sonó el taconeo de la sonrisa franca y espontánea, como una gran velada de fin de curso. Nunca antes tantos vecinos abrieron las puertas de sus casas a unos jóvenes en los que podían reconocer al hijo, a la hermana, al amigo, al compañero. Madrid a cielo abierto, sin miedo, amable y de corazón caliente. Madrid hormonal y adolescente, como recién regado, soñador y creyente. Pontifical y tierno, con cristos procesionando la «madrugá» en pleno agosto. Milagrosa catársis de una ciudad que está hasta el pirulí de capullos, chinches y parásitos con coartada ideológica, harta de matones de esquina que sacan pecho ante niñas asustadas. Madrid, al fin, reivindicado como plaza barrida a los cuatro vientos y poblada de ideales insomnes. Echaremos de menos a esos chavales ingenuos de sonrisa de cascabel que miran al futuro con hambre de conquista. Ya los estamos echando de menos. Los mejores se han ido y ahora nos toca bregar con el recuelo ácido de los «indignados» del 15-M, máscaras de la frustración que si tuvieran lucidez, cierto orgullo o, simplemente, algo de coraje, harían el petate, enfundarían la flauta y sólo regresarían a Sol para comer las uvas.

La Razón - Opinión

España, una gran nación. Por Ignacio Villa

La presencia de Benedicto XVI durante cuatro días en España nos ha dejado muchos momentos inolvidables, un buen conjunto de mensajes y de discursos que hay que desgranar con tiempo y con tranquilidad, y una larga colección de imágenes que ya de por sí significan una catequesis directa del Pontífice. Pero ahora, 48 horas después de su partida, me gustaría quedarme con dos retazos pronunciados en Barajas ante los Reyes de España en el momento de la despedida. «España es una gran nación» aseguraba el Papa con una rotundidad que uno echa en falta en muchas ocasiones en nuestros propios gobernantes. Y es que esa es la gran piedra angular sobre la que debería asentarse nuestra democracia. Somos una gran nación y precisamente por eso podemos y debemos salir adelante en momentos tan complicados como éstos.

Además el Pontífice añadía tres calificativos básicos para entender que somos una gran nación: pluralidad, apertura y respeto. Tres aspectos imprescindibles para una sana convivencia sin perder de vista, añadía, las raíces cristianas de nuestro país. Este es un mensaje profundo, intelectualmente consistente y racionalmente irrefutable. Un mensaje para todos. Para creyentes y no creyentes. Para todos. Es la raíz sobre la que se tiene que fundamentar nuestra convivencia, es la fórmula que, aceptada por todos, desmontaría muchos de los problemas que de forma cotidiana la clase política utiliza como simple dialéctica de fogueo, pero que siempre termina con daños colaterales.

Conscientes todos de que somos una gran nación, ahora falta que el Parlamento sea el reflejo de esa grandeza, que la política diaria esté impregnada de la pluralidad, el respeto y amplitud de miras que mencionaba el Papa y que cambiaría muchas cosas. Y desde luego que nadie se avergüence de nuestra realidad histórica, de nuestras raíces cristianas que son los fundamentos ciertos de lo que hemos sido y de lo que somos. Guste más o guste menos. Cuando vemos a Alemania, al Reino Unido, a Italia o a Francia con políticos de izquierdas o de derechas, conservadores o progresistas pero conscientes siempre de donde vienen y orgullosos de su historia, de sus raíces y de sus normas de convivencia nos dejan un regusto de amargura y de incomprensión. ¿Por qué ellos sí y nosotros no? ¿Dónde está la diferencia? España es una gran nación, nos lo ha dicho Benedicto XVI. Ese mensaje que puede interpretarse como un final de cortesía encierra una trascendencia para nuestra convivencia que nadie debería despreciar. Una gran nación plural, abierta y respetuosa, que reconoce sus raíces cristianas y que construye una convivencia con la certeza de que el futuro es nuestro siempre mientras no insistamos en enredarnos en historias del pasado, en abrir heridas cicatrizadas y en tirarnos los trastos a la cabeza mientras el panorama desértico que visualizamos anula cualquier ilusión.

España es una gran nación, ha venido el Papa a recordarnos, algo que tendría que ser básico para todos y que es la puerta del futuro y de la esperanza.


La Razón - Opinión

Crisis de deuda. Los eurobonos traerán la miseria. Por Ignacio Moncada

Cuando Grecia o España descubran que pueden despilfarrar cuanto deseen, ¿alguien cree que los políticos no van a reventar sus cuentas públicas? Y cuando los alemanes descubran que da igual lo austeros que sean, ¿alguien cree que no se sumarán al carro?

Cuentan que un profesor de Economía de la Universidad de Texas, al comprobar que muchos de sus alumnos apoyaban el sistema socialista, propuso un experimento con las notas de la asignatura. En lugar de poner a cada uno la calificación que correspondiera a su examen, pondría a todos la nota promedio de la clase. Así no habría gente con 10 ni gente con 0. Todos serían iguales. Y, en efecto, la nota de la clase en el primer examen fue un 6. La catástrofe llegó en el segundo. Los que en el primer examen estudiaron para 10 y sacaron un 6, decidieron que no merecía la pena esforzarse. Y los que no habían estudiado pero también obtuvieron un 6, felices ellos, concluyeron que lo mejor era seguir sin esforzarse. En el examen definitivo toda la clase suspendió. Cuando esto pasa en economía no se produce un suspenso general, sino la miseria masiva y el conflicto social. Son las nefastas consecuencias de cargarse el sistema de incentivos de responsabilidad individual para pasar a uno utópico de responsabilidad colectiva.

Europa está proponiendo exactamente lo mismo con respecto a la crisis de deuda pública. Desde los países con graves problemas en sus cuentas, entre ellos España, se ha insistido tanto en crear el atractivo sistema de eurobonos que Bruselas ha adoptado la exigencia como necesaria. Pero, ¿qué son los eurobonos? El sistema de eurobonos supone la unificación de la deuda pública de todos los países del euro mediante la garantía comunitaria de las emisiones de deuda. Es decir, que los países más solventes y responsables, como Alemania, se verían obligados a pagar los mismos intereses que los irresponsables países en quiebra virtual, como Grecia. Lo que se propone es aplicar el sistema puramente socialista a la deuda pública dentro de la unión monetaria europea.

La idea ha sido aplaudida en España de forma generalizada. Incluso en Libertad Digital, el columnista Jaime de Piniés considera que pese a que Alemania tendría que pagar más por sus intereses, "para los demás países miembros del euro tiene que haber ventajas y unas tasas de interés más bajas", ya que "es lo mínimo que se puede esperar de una unión monetaria". Supongo que es normal que desde España se pida la implantación de los eurobonos, pues debido al estado de nuestras cuentas públicas saldríamos ganando a corto plazo. Sin embargo, este sistema destruiría la economía europea en menos tiempo del que pensamos. Y es que no sólo la emisión de eurobonos es injusta. Además elimina el sistema de incentivos del mercado, y transforma la gestión de la deuda pública en un mecanismo socialista que alienta la irresponsabilidad.

Cuando Grecia o España descubran que pueden despilfarrar cuanto deseen, ¿alguien cree que los políticos no van a reventar sus cuentas públicas? Y cuando los alemanes descubran que da igual lo austeros que sean, que pagará los mismos intereses que sus vecinos despilfarradores, ¿alguien cree que no se sumarán al carro? El resultado final del sistema de eurobonos es el mismo que el de la clase de la Universidad de Texas. El mismo resultado que el de todos los países socialistas que han existido en la Historia: la ruptura del sistema de responsabilidad individual, y como consecuencia, la miseria.


Libertad Digital - Opinión

A vueltas con España. El debate de las diputaciones. Por José Luis Gómez

La supresión de las diputaciones provinciales, propuesta resucitada por el candidato del PSOE, Alfredo Pérez Rubalcaba, es en realidad un viejo objetivo de los nacionalistas catalanes y gallegos, que pregonan esa idea desde la recuperación de la democracia. No así los nacionalistas vascos, dado el papel que juegan sus diputaciones forales en su entramado autonómico, muy diferente del resto. En la medida en que afecta a la Constitución, es algo que requiere el consentimiento de los dos grandes partidos, ya que con los votos de uno solo -aun contando con los nacionalistas y los partidos minoritarios- no sería suficiente. Por tanto, la idea de Rubalcaba hay que considerarla como una más del debate pendiente sobre la reordenación territorial de España.

El rechazo inicial del Partido Popular a la propuesta del nuevo líder socialista parece indicar que al menos por ahora no habrá supresión de las diputaciones ni, en consecuencia, reforma limitada de la Constitución. Este tipo de medidas que afectan a la Carta Magna atemorizan a los grandes partidos, que ya fueron incapaces de hacer lo propio para darle contenido al Senado, reconocer explícitamente el nuevo tratado europeo, inscribir el nombre de las comunidades autónomas y derogar la cláusula que discrimina a las mujeres en la sucesión de la Corona. Al cabo de ocho años de abrirse ese debate con la llegada de Zapatero al poder, todo sigue como estaba.

Pero en el PP también hay sensibilidades receptivas a la desaparición de las diputaciones, del mismo modo que hay voces contrarias a atribuir las dificultades para abordar la crisis a la estructura autonómica del Estado. El ex secretario general del PP de Galicia, Xesús Palmou, un hombre cercano a Mariano Rajoy, suele poner en valor la circunstancia de que ninguno de los estados que tuvieron dificultades financieras que obligaron a intervenir a la Unión Europea y el FMI -Grecia, Irlanda y Portugal- son estados compuestos o con descentralización política. Por el contrario, Alemania y Austria, estados de estructura federal, y por lo tanto fuertemente descentralizados, son más impermeables a la crisis. En ese sentido, no parece casual que Rajoy se mostrase contrario a las voces del PP -entre ellas Esperanza Aguirre- que plantearon la devolución de competencias autonómicas.


Periodista Digital - Opinión

Diluidos. Por Alfonso Ussía

Lo siento por Alfredo Pérez Rubalcaba. Bueno, lo siento con la boca pequeña, sinceramente. Pero tengo la sensación de que el apoteósico éxito de la JMJ y el Papa Benedicto XVI en Madrid ha sido el principio del final de sus perroflautas. Ridículo total. El Papa los borró del mapa. Dos millones de personas en una misa no es asunto baladí. Lo que queda de ese movimiento mayero dará la tabarra hasta las elecciones, pero ya sin el apoyo de los incautos y los tontos útiles. «Los de Rubalcaba», como son conocidos en los ambientes policiales, se han diluido en la marea de esperanza de la JMJ. Hasta el Gobierno ha reconocido los beneficios espirituales y beneficios de la presencia del Santo Padre en Madrid. Ni Juan Pablo II consiguió reunir a su alrededor a tantos jóvenes. Las imágenes que se han ofrecido en los medios afines al anticlericalismo de los perroflautas se me antojan estremecedoras. La mitad de ellos son de mi edad, siglo más o siglo menos. Para mí, que algunos de ellos, en plena Segunda República, fueron de los que incendiaron las iglesias de Madrid y calcinaron centenares de obras de arte. «Los de Rubalcaba» han hecho el canelo con su camelo. (Me adelanto a los aplausos por mi ingeniosa frase y quítome el sombrero jipijapa en mi honor. Gracias). En esta concentración multitudinaria de jóvenes y voluntarios se ha demostrado algo que siempre se ha puesto en duda. Que Dios es alegre. Porque mayor y más unánime alegría no se ha dado jamás en Madrid ni en España. Una alegría acompañada del sacrificio, del sol candente, de la tormenta, del insomnio, del cansancio, de las ampollas y los desvanecimientos. Ni un solo gesto de ira o de rencor en dos millones de seres humanos. Un milagro. Y más aún si se produce en España. «Los de Rubalcaba» están tan desanimados, tan desvencijados, tan desencuadernados, que cualquier día de éstos van a cerrar la tienda. Quedan los restos, que darán la tabarra, pero con escaso convencimiento. Resulta patético el interés de algunos políticos socialistas en dorarles la píldora para conseguir un puñadito de votos. Si de sus voluntades democráticas –que no las tienen–, depende el éxito socialista en noviembre, muy menguada cosecha les auguro. El desconcierto se ha establecido entre ellos. En la Iglesia caben todos, pero no me figuro a los centenares de miles de jóvenes españoles que acudieron a la Misa de Cuatro Vientos confiando su futuro a los mismos que desprecian sus creencias y destrozan sus futuros. Y ahí había más votos que en el guateque áspero de los perroflautas, cuyo mensaje más profundo y coreado fue el de «Esta mochila me la he pagado yo», que manda huevos, escrito sea con la amnistía de mis lectores.

La resolana que ha dejado la visita del Papa no se enfría. Madrid y España necesitaban este impulso propio y ajeno. La mayoría coincide en el veredicto. Éxito clamoroso de la JMJ y fracaso ridículo de quienes pretendieron boicotear la visita del Papa con insultos y violencia. Una pasajera y burda anécdota. Victoria de la paz y la concordia y derrota del rencor y la burricie. «Los de Rubalcaba», ya abandonados por los que pertenecieron a la movidilla llevados de su ingenuidad, son los que son y punto. Muy pocos, nada edificantes y aún en busca de su primera idea. En fin, que las cosas, con paciencia, siempre encuentran su sitio y ahí permanecen. Y lo falso, se diluye.


La Razón - Opinión

JMJ. Sucedido en Madrid. Por Bernd Dietz

Los progresistas carpetovetónicos dan siempre la nota, esta vez ante visitantes de innumerables países. ¡Y encima basando su despliegue truculento en que la JMJ era perjudicial para la economía y las libertades de los ciudadanos!

Quien haya recorrido el centro de la capital durante esta Jornada Mundial de la Juventud ha presenciado el choque desigual entre inocencia y vileza. Ha visto calles animadas por riadas de jóvenes que se movían en todas direcciones, transmitiendo alegría y libertad. Agrupados en pequeños contingentes según su procedencia, evocada mediante camisetas y banderas nacionales, lucían una edificante diversidad lingüística, racial y cultural. Entre sonrisas tímidas a los lugareños, componían una celebración multicolor de identidades, en la que el paseante indiferente a la religión reconocía con satisfacción a libaneses, argentinos, rusos, italianos, keniatas, malayos, canadienses, coreanos, australianos, alemanes, sirios, etcétera.

Bajo el sofocante agosto, resaltaban los cuerpos juveniles con generosa piel al descubierto, rebosando salud y ganas de vivir. Los sexshop y las putas de Montera languidecían por falta de miradas. Toda la atención recaía en ese gentío tranquilo y feliz, que no vociferaba, sino que degustaba los placeres culturales, turísticos y gastronómicos. Que compraba en las tiendas, poblaba las terrazas que en agosto habrían estado desangeladas, entraba y salía de museos, disfrutaba del ocio en cafeterías y restaurantes. Han tenido que dejarse un dineral, para alivio de la hostelería y el comercio madrileños, esos centenares de miles de personas, con una edad media de veinte años como mucho, que vinieron a pasárselo bien. Que no entonaban rezos ni cánticos religiosos fuera de los eventos programados. Que no le predicaban al transeúnte. Una amable muchachada que apenas se distinguía, además de por su internacionalismo colorista, por un toque añadido de civismo y de pulcritud individual.


Enfrente les tocó tener, en episodios abochornantes que incluyeron conatos de agresión física por parte del celebérrimo cainismo español, a una apelmazada turba formada por gamberros antisistema, viragos iracundas y agrios talluditos, cuya edad media en conjunto superaría la cincuentena. Energúmenos que chillaban e insultaban irradiando despecho y sordidez. Diríase que constituían una jauría de tipejos faltones, con desaliño indumentario y ojeriza en cada gesto, los rostros desencajados y los puños en el aire, dispuestos a abalanzarse sobre cuantos no fuesen de su cuerda. Vaya contraste en lo tocante a conducta, lenguaje verbal y corporal, estética, aptitud para convivir y respetar el pensamiento ajeno. Mientras, los bien dotados armarios de la policía nacional hacían gala de impavidez equidistante.

Cualquier ateo decente no puede sino sentirse hermanado con estos católicos, para desmarcarse con aversión y contundencia de tales detractores. Partiendo de la realidad de que unos y otros evidenciaban sus creencias y mitologías, es notorio que los primeros lo hacían con decoro y placidez, mientras que los segundos sólo enfatizaban la soez ferocidad típica del totalitarismo. Definitivamente, Torquemada había cambiado de bando.

Los progresistas carpetovetónicos dan siempre la nota, esta vez ante visitantes de innumerables países. ¡Y encima basando su despliegue truculento en que la JMJ era perjudicial para la economía y las libertades de los ciudadanos! La patología del newspeak orwelliano emerge meridiana. Precisamente el comunismo supone la superstición más esclavizadora, enajenada y genocida que haya visto la luz sobre la faz de la tierra. A diferencia verificable del cristianismo, no ha producido ni una música, ni unas artes plásticas, ni una filosofía, ni una teoría del derecho que puedan despertar admiración objetiva en quienes no compartan su escatología. De ahí que el cristianismo, desprovisto de fe, haya podido derivar en belleza, civilización y democracia para los agnósticos inteligentes. Mientras que el comunismo, una vez desmentido en su teoría y su praxis, por desgracia no dé más que para el matonismo y la ramplonería.


Libertad Digital - Opinión

Libia cambia su historia

La toma de Trípoli por parte de las tropas rebeldes con el apoyo de la OTAN pone fin a siete meses de guerra civil a la espera de la captura del dictador Gadafi, que culminaría el cambio político más importante del norte de África. Asistimos, sin duda, a un hecho histórico llamado a marcar el mapa político del mundo árabe y musulmán, dominado por dictaduras y teocracias de corte feudal que han sumido a casi mil millones de personas en el atraso, la represión y la sumisión. La «Primavera árabe», que desde Rabat a Damasco ha sacudido con diferente intensidad a varios países, cosecha en Libia su fruto más temprano y radical. Tal vez también el más ejemplarizante para los sátrapas que se aferran al poder sobre los cadáveres de sus propios compatriotas, como es el caso del sirio Bashar Al Asad. El derrocamiento de un dictador tan veterano y característico en la órbita árabe como Gadafi pone de relieve que ninguno tiene bula o goza de inmunidad ante las demandas democráticas de sus pueblos. Pero también ante las exigencias de las potencias occidentales. La victoria es de los rebeldes libios, sin duda, pero también es un éxito de la OTAN y de los países, entre ellos España, que han contribuido a derrocar al tirano. La organización aliada se reivindica así no sólo desde el punto de vista militar, que necesitada estaba, sino también como garante del derecho internacional. Motivos tiene, por tanto, para celebrarlo. Sin embargo, la caída del dictador no garantiza por sí sola la instauración de la democracia en Libia. Son muchos los obstáculos que aún quedan por superar y ahora empieza la tarea más ardua. Empezando por los propios líderes vencedores, cuya naturaleza ideológica, proyectos políticos y sentido de Estado son una incógnita absoluta. En Libia se sabe quién ha perdido la guerra, pero no quiénes la han ganado. Urge esclarecer y depurar el nuevo proyecto político democrático y a los gobernantes que deben llevarlo a buen término. Sería un cruel sarcasmo que los sucesores de Gadafi fueran otros caciques con ínfulas de sátrapas. Tampoco está a salvo el país de la infiltración de los terroristas de Al Qaida y de los radicales islámicos. Y no es un peligro menor la desmembración del país en tribus y clanes sin conciencia alguna de Estado y menos aún de un Estado democrático y de Derecho. En este punto, será decisivo el acompañamiento político y económico de las potencias occidentales a las nuevas autoridades para que el cambio de régimen no naufrague y para impedir que la nación se desangre en una guerra intestina por el poder. En todo caso, ahora sólo cabe felicitarse por el fin de una época, tan siniestra como prolongada, dominada por un dictador visionario que sojuzgó al pueblo libio y puso en peligro la paz internacional con sus delirios terroristas. No estará de más recordar ahora que buena parte de la izquierda española apoyó durante años a Gadafi y su «Revolución verde» como la gran esperanza progresista del mundo árabe, hasta el punto de que su librito ideológico fue profusamente impreso y distribuido entre la militancia socialista y comunista de nuestro país. Eran otros tiempos, es cierto, pero el dictador era el mismo que hoy ha sido derrocado.

La Razón - Editorial

La hora de Libia

La caída de Gadafi abre un delicado proceso en el que está en juego la democratización del país.

El régimen del coronel Muamar El Gadafi se ha desmoronado siete meses después de que, en la estela de las revueltas que se iniciaron en Túnez y Egipto, los libios se levantaran y comenzara una sangrienta guerra civil cuyo balance definitivo de muerte y destrucción está aún por establecer. El papel de la Alianza Atlántica ha sido decisivo para inclinar la victoria del lado de los rebeldes, desbloqueando uno de los principales obstáculos a los que se han enfrentado las revueltas árabes. Es de prever que, con la previsible caída de la dictadura libia, y a pesar de que Gadafi siga en paradero desconocido y sus fieles defiendan sus últimos bastiones en Trípoli, el régimen de Bachar el Asad, en Siria, corra una suerte semejante, y que la oleada revolucionaria que sacude la región cobre nuevo impulso. Desde la perspectiva de los ciudadanos árabes, el desenlace del conflicto libio significaría que las revueltas son capaces de vencer, sea cual sea la resistencia que opongan los tiranos.

La opción de la comunidad internacional, ejecutada por la Alianza Atlántica con el aval de Naciones Unidas, fue la correcta. Cuestión distinta es que, llegado el momento, haya que extraer las lecciones sobre el retraso con el que se adoptaron las primeras medidas y la sorprendente improvisación con la que se puso en práctica el dispositivo militar, que hubo que ir corrigiendo sobre la marcha. También habrá que interrogarse sobre las consecuencias de haber priorizado el recurso a la fuerza que autorizó el Consejo de Seguridad frente a las disposiciones relacionadas con los fondos de los que el régimen de Gadafi ha seguido disponiendo hasta el final, y gracias a los cuales ha podido, previsiblemente, prolongar la guerra.


El desmoronamiento del régimen de Gadafi es una victoria de los libios sobre su tirano. Sin su decisión de enfrentarse a quien intentó reprimirlos mediante la fuerza, Libia seguiría siendo hoy la esperpéntica dictadura de Gadafi. Es por eso por lo que les corresponde a ellos, a los libios, decidir el futuro de su país. A diferencia de Túnez y Egipto, donde las revueltas triunfaron como resultado de protestas masivas y pacíficas, Libia se enfrentará a la difícil operación de organizar un liderazgo civil tras el obligado protagonismo del liderazgo militar. La admirable hazaña de los libios resultaría estéril si los jefes rebeldes cayeran en la tentación de interpretar la revuelta como un deseo de cambios personales en la cúspide, no de cambios radicales en el sistema.

El periodo que se abre en Libia estará marcado por la incertidumbre y la comunidad internacional tendrá que encontrar la posición desde la que, sin injerencias, contribuir a la democratización del país y de la región. En esta nueva hora de Libia, nadie puede permitirse errores. Ni la dirección de los rebeldes que ha conseguido derrocar al dictador, ni la comunidad internacional que, tras varias décadas de políticas equivocadas hacia la región, tiene ahora la oportunidad de contribuir al avance de la libertad.


El País - Editorial