martes, 16 de marzo de 2010

No hay nada que negociar con el terror

Todas las falsas treguas que ha declarado la banda a lo largo de su historia le han servido para ganar tiempo, rearmarse y obtener todo el poder posible para posteriormente volver a financiarse con él.

Los persistentes rumores de una nueva ronda de diálogo con la banda terrorista ETA –auspiciada por Jesús Eguiguren, presidente del PSOE vasco– han hecho saltar todas las alarmas dentro del Partido Popular, con cuyos votos Patxi López se aupó a la presidencia de la Comunidad Autónoma hace ya un año. El problema es que lo que suena es algo más que simple ruido.

Todo apunta a que ciertos e influyentes sectores de la franquicia socialista en el País Vasco están abriendo una segunda negociación con la ETA porque algunos dentro del PSOE consideran que la banda está metida en una reflexión para dejar las armas. Es decir, el mismo cuento que vendieron hace cinco años y que llegó hasta un Congreso de los Diputados que, sin dudarlo ni un momento, otorgó carta blanca al Gobierno para sentarse con los etarras a hablar de igual a igual.


En aquel entonces, la coartada de Zapatero –porque enteramente suyo era el proyecto de abrir aquellas negociaciones– fue que había que dar una oportunidad a la paz y que la ETA estaba por la labor de aprovecharla. No sucedió nada de eso. La banda reinterpretó los términos de la tregua colocando una furgoneta-bomba en un aparcamiento del aeropuerto de Barajas que acabó con la vida de dos personas.

Ya se le había advertido al Gobierno de que con los terroristas no se puede negociar bajo ninguna circunstancia y de que, si se hacia, la negociación estaba abocada al fracaso. Zapatero hizo oídos sordos y lo único que recogió fue el reguero de cadáveres que la ETA ha ido dejando desde que rompió unilateralmente la tregua. Eso sí, lo hizo sólo tras las últimas elecciones municipales, en las que, gracias a la lenidad de la Fiscalía, muchas candidatos proetarras volvieron a los ayuntamientos.

Podemos garantizar que si se intenta de nuevo volverá a suceder exactamente lo mismo. Todas las falsas treguas que ha declarado la banda a lo largo de su historia le han servido para ganar tiempo, rearmarse y obtener todo el poder posible para posteriormente volver a financiarse con él. No existe, pues, una segunda oportunidad. Al terror no se le dan oportunidades, al terror se le aplica la Ley. Es algo tan elemental que no deja de sorprender que siga quedando gente dentro del PSOE con el sentido común tan trastocado como para creerse que a los terroristas se les puede apaciguar en una mesa de diálogo.

Sin embargo, una vez más, lo que la realidad indica es muy distinto a lo que dicta la razón. Los contactos con la ETA se encuentran, según ha podido verificar el propio PP, muy avanzados. De ahí el nerviosismo entre los de Basagoiti, que pactaron con el PSOE pensando que se iba a portar bien, o que Mayor Oreja se muestre seguro de que la legislatura no acabara sin que el Gobierno nos haya metido en una nueva negociación con la banda. Si el ex ministro de Interior está en lo cierto, el Partido Popular tiene por delante un inesperado desafío con el que no contaba. El PP vasco, por su parte, traicionado por su socio, se vería en la obligación de retirar todo apoyo al ejecutivo de López. Ahora sólo quedar ver si ambos, Rajoy y Basagoiti, saben estar a la altura de las circunstancias.


Libertad Digital - Editorial

La rebelión del asco. Por Hermann Tertsch

VA a ser que los españoles ya no tenemos derecho a rebelarnos contra lo que consideramos una injusticia. Porque es traición de lesa patria y nos van a poder dar palizas, insultarnos en televisión, difamar a nuestras familias o quizás meternos por ahí en alguna de esas checas con las que sueñan nuestros jóvenes y jóvenas del izquierdismo nacional. Aquello sí que era justicia lo que hacían García Abadell y Santiago Carrillo. No estas supuestas patochadas del Tribunal Supremo hoy sometido a fuego cruzado por los amigos de ese juez que viaja con el banco al que juzga. Aquello tenía ritmo. Resulta que no podernos rebelarnos porque el poder del ejecutivo es más supremo que el Supremo. Contra éste sí se puede despotricar y quizás incluso disparar balas de prevaricación por dudar de la probidad de un juez mucho más que sospechoso. Contra este chiquillo que veía amanecer no se puede porque el progresismo impecable de buenas intenciones tiene justificados todos sus errores, todos sus fracasos y todas sus insidias. Y si trinca alguno sería, sin duda -a quién le cabría-, por motivos excelsos.

Los españoles tenemos que arrimar el hombro. Tenemos que pagar y callar. Y la oposición tiene que ser tan cooperativa con el Gobierno como para parecer parte del mismo. Si no es así, no fomentan el debate y la sana discusión sobre las diferentes opciones de gobernar. Para nada. Son reos de alta traición. Eso nos dice De la Vogue, según algunos en sus últimos estertores en esa Casa de la Moncloa que se antoja ya el Palacio de la Cienciología.

Pues les voy a decir, que tengo la conciencia muy tranquila llamando a la rebelión contra el latrocinio de esta tropa de ineptos que nos han hundido para más de una generación siendo optimistas. Soy absolutamente partidario de una insumisión ante quienes además de hundirnos y robarnos nos humillan y tratan como retrasados mentales todos los días que abren la boca. Que son exactamente todos los días del año. Aunque entre ellos jamás se pongan de acuerdo y no haya dos ministros que no se contradigan en una semana. Creo en la salubridad de la indignación. En los efectos curativos del desafío. Creo en que el matón y el trincón jamás deben estar seguros de que sus víctimas no van a reaccionar ante sus groseras pretensiones y sus actos miserables. Creo finalmente que inaptos e ineptos, malas personas y psicópatas tienen su derecho a vivir dignamente sin hacer daño. Pero no dirigiendo nuestras vidas, nuestra hacienda y el futuro de nuestros hijos y de nuestro país.

A Garcia Abadell lo fusilaron con muchísima razón por ladrón y torturador. Aunque las almas lánguidas actuales no lo sepan, en todas las guerras rige la pena de muerte. Hasta un despiste te puede poner contra el paredón con toda la razón del mundo. Porque has jugado con la vida de tus hombres en combate o porque te has aprovechado como un cobarde de combatir en retaguardia contra gentes indefensas. Luego resulta más bien natural que los asesinos sean ajusticiados. Lo malo es cuando se asesina a mansalva a inocentes. A los que ni se han despistado. A ciudadanos dignos y decentes que sólo has detenido porque quieres liquidar una forma de pensar, una forma de creer en la transcendencia o una forma de vida. En ambas partes. Carrillo se escapó. Y ha cumplido más años que los papiros del Mar Negro fumando más que yo. Suerte la suya. Pero debería tener cuidado con los escritos de amiguetes como el pijolingo de Sartorius, en este caso no le toca a Nicolás sino a Jaime, que dice que la amnistía sólo era para los suyos. Es decir, se amnistiaba a Carrillo y Garcia Abadell, a los terroristas etarras pero no se amnistiaban los actos de guerra y represión de los vencedores. Recuerden, señores, los vencedores. Porque el gallego murió en la cama. Después del acto de generosidad general de los españoles en nuestra transición, nos vienen los miserables cómplices de Paracuellos y Katyn a decirnos que ésta, la amnistía, ya no vale. Hay dos opciones ante esta miseria, morirse de asco o mandarlos a la mierda. Recomiendo la segunda.


ABC - Opinión

lunes, 15 de marzo de 2010

La izquierda reaccionaria. Por José María Carrascal

EL caso «Orlando Zapata» está teniendo para la dictadura cubana efectos devastadores que nunca pudo imaginar. Los hermanos Castro creyeron que con dejar morir al disidente y difundir a través de sus terminales mediáticas que se trataba de un delincuente común, la cosa se olvidaría, como tantas otras de sus fechorías. Olvidaban que no hay sangre más fecunda que la de los mártires, ni protesta más eficaz que la pacífica. Hoy se encuentran más aislados, acusados y desprestigiados que nunca, sin que el vergonzante apoyo que les presta Moratinos pueda evitarlo. La reciente condena del parlamento europeo es la mejor prueba.

Pero tal desprestigio no es nada comparada con el que sufre la izquierda intelectual. Hasta hace muy poco, eran esos dos términos unidos como hermanos siameses. El intelectual tenía que ser de izquierdas, y si no era de izquierdas, no era intelectual. Tan simple como eso. Nada de extraño que, como grandes sacerdotes de la ética, reclamasen una superioridad moral no sólo sobre las demás fuerzas políticas, sino también sobre el resto de la ciudadanía, cuyo papel rector exigían sin que nadie se lo disputase.

Eso ya no es así. Diría incluso que es justo lo contrario. A estas alturas, la izquierda intelectual se ha quedado reducida a actores de segunda clase y a cantantes de fiestas mayores, después de haber renunciado a los ideales de igualdad, libertad y fraternidad, más los de tolerancia y al internacionalismo que proclamó en su día. La izquierda ha abandonado la tolerancia para unirse al más cerrado nacionalismo, como sabemos bien en España. De la igualdad, baste decir que la clase dirigente del «socialismo real», el comunismo, dispone no sólo de hospitales, escuelas viviendas y hoteles distintos al común de la población, sino también de un dinero diferente para comprar en tiendas especiales. De la libertad, recuerden lo que Lenin dijo a Fernando de los Ríos: «¿Libertad? ¿Para qué?» Y sin libertad ni igualdad, ya me dirán ustedes dónde se queda la fraternidad. Sin que valga argüir que eso sólo ocurría y ocurre en los regímenes comunistas. Ocurre también en los socialdemócratas e incluso en los capitalistas, si se les deja. Ahí tienen ustedes a los sindicatos, «defensores de la clase obrera». ¿Están seguros? ¿O defienden sólo a los trabajadores con empleo fijo y a los funcionarios de la Administración? Pues por los demás no les hemos visto mover un dedo. O sea, defienden a los ya instalados. ¡Menuda solidaridad es ésa! Aparte de formar sus dirigentes parte del sistema, como un grupo de presión, como otros tantos.

Hago estas reflexiones ante la carta que circula por la Red pidiendo la liberación de todos los disidentes en Cuba, firmada por auténticos intelectuales, comprometidos con los ideales de una izquierda convertida en refugio de vividores y reaccionarios.


ABC - Opinión

Estolojodiózapaterosolo.org Por Jesús Cacho

La memoria. Se cumplió el jueves el sexto aniversario de los atentados terroristas del 11-M en Madrid, una fecha que ha marcado el devenir español como lo hicieran el 18 de julio de 1936 o el 20 de noviembre de 1975, por citar solo dos, trascendentales, en la reciente Historia de España. Casi 200 muertos y cerca de 1.000 heridos como cortejo fúnebre para un cambio de Gobierno que ha resultado ser mucho más: casi un cambio de modelo social propulsado por las iniciativas legislativas de un Ejecutivo que, deliberadamente o no tanto, ha intentado una gran operación de ingeniería social reescribiendo, primero, la reciente historia de España desde al año 1936 para acá [algo que obviaron todos los Gobiernos de la democracia, incluidos los de Felipe González], y remodelando, después, o tratando de hacerlo, el “inconsciente colectivo”, en terminología de Jung, de los españoles, mediante una batería de leyes destinadas a alterar las pautas de conducta moral de los ciudadanos.

Si el intento de cambiar usos y costumbres ha sido drástico, no han sido menores las novedades introducidas, por la puerta falsa de la modificación de los estatutos de autonomía, en la organización territorial del Estado, con el catalán como punto de no retorno, diga lo que quiera en su día el Constitucional. En realidad, los cambios introducidos, o su mero intento, han sido de tal calado que obligan a replantear en toda su crudeza la cuestión fundamental del quid prodest referida a la masacre del 11-M. La sentencia del tribunal que presidió el juez Gómez Bermúdez en ningún modo puede apaciguar las conciencias de aquellos ciudadanos libres poco acostumbrados a comulgar con ruedas de molino. La versión oficial no es creíble, salvo para estómagos acostumbrados a digerir piedras. Ni teorías conspiratorias estilo Orquesta Mondragón, rozando a veces la paranoia, ni soluciones de conveniencia que ni han conseguido identificar a los culpables de la masacre ni, mucho menos, a sus autores intelectuales. Los atentados siguen despidiendo el mismo tufo que exhalaban pocos días después de ocurridos: operación típica de servicios secretos, en cuyo abecedario figura la posterior eliminación física de los autores de la matanza (Leganés) para borrar pistas. ¿Servicios secretos extranjeros con apoyos puntuales internos, o viceversa? La pregunta clave sigue siendo esta: ¿quién marcó la fecha para volar los trenes justo tres días antes de unas elecciones generales?

Lo llamativo, a la par que dramático, de la experiencia vivida estos años bajo la presidencia de Rodríguez Zapatero es que el país estaba tan cansado de la soberbia de Aznar y tan dolorido por las bombas del 11-M que, tras las generales, estaba clamando como agua de mayo por la llegada de un Gobierno y un presidente dispuesto a cerrar heridas y repartir bálsamo por doquier, porque ese presidente se hubiese hecho con la ciudadanía entera en dos días. Zapatero eligió, sin embargo, la vía de la confrontación mediante el recurso artero de gobernar para quienes le votaron –su propio partido-, abriendo de nuevo en canal la división entre las “dos Españas”. Seis años después de la matanza, lo peor que se puede decir de los españoles es que no hemos sido capaces –Gobierno y sociedad civil- de dar una respuesta cabal al puzzle del 11-M, incapaces de resolver la masacre desde un punto de vista estrictamente criminal, al margen de los componentes políticos involucrados en el suceso. Por distintos motivos, casi todos hemos preferido mirar hacia otro lado y callar. El PSOE, porque la matanza posibilitó la llegada a la Moncloa de su presidente por accidente, de modo que lo mejor era echar tierra al asunto cuanto antes. Y el PP por miedo, terror más bien, a ser tildado de desestabilizador y facha por la imponente armada mediática que arropa al Ejecutivo.

El aniversario

Dos años transcurridos ya desde las generales del 9 de marzo de 2008 que revalidaron a Zapatero como presidente del Gobierno para otros cuatro años. “Por el pleno empleo”, rezaban los carteles electorales del PSOE que llenaron calles y plazas de España en las semanas previas. Hoy, esa misma España soporta una cifra de parados de 4 millones y pico y camina indefectiblemente hacia los cinco. Ejemplo del líder universitario, radical y populista, de los setenta, ZP ha resultado ser el perfecto ignorante en materia económica que todos sabíamos, el gestor peor pertrechado para hacer frente a una brutal crisis económica que, si bien de dimensión global, tenía aquí características típica y perfectamente diferenciadas en la gigantesca burbuja inmobiliaria que venía embalsada al menos desde el 2003. Encantado de haberse conocido, ZP dilapidó la herencia recibida y empleó todos sus esfuerzos en negar la evidencia, primero, decir que se trataba de un problema internacional, después, y echar la culpa al empedrado, siempre.

Cuando no fue posible seguir negando la mayor, el leonés se dedicó a repartir el dinero de todos, convencido de que tirando del gasto público se arreglaba el problema. Zapatero cumple a la perfección el ejemplo de aquel maquinista de Renfe a quien en plena llanura manchega se le para el tren a las tres de la tarde de un tórrido día de verano. El sujeto recorre los vagones pidiendo calma a los viajeros: no hay aire acondicionado, cierto, pero los revisores pasarán enseguida repartiendo abanicos, y agua fresquita, y bocadillos, y aún lectura y hasta música enlatada. El sol abrasa los rastrojos mientras canta la cigarra, pero el maquinista está decidido a que sus parados gocen de toda clase de comodidades. Todo lo supervisa personalmente, de todo se preocupa, menos de ir a la máquina a intentar averiguar dónde está la avería para tratar de repararla lo antes posible. Y parados seguimos en plena Mancha de la crisis. El manual indica que 2008 tenía que haberse aprovechado para acometer el saneamiento del sistema financiero, empezando por las Cajas; 2009, por su parte, tendría que haber sido el año del ajuste o consolidación fiscal, destinado a meter la tijera al gigantesco déficit público que suele generar toda crisis, y el año en curso, en fin, tendría que haberse empleado en abordar toda una serie de reformas estructurales (mercado laboral, entre ellas) y procesos de liberalización. Como no se hizo el trabajo en 2008 –de hecho sigue pendiente-, el crédito sigue sin llegar a particulares y empresas, a menos que uno esté dispuesto a pagar intereses de hasta el 14%. Como no se abordó el ajuste fiscal en 2009, el reino de España sigue enfrentado a un riesgo cierto de default, lo que en roman paladino antes se llamaba vulgar suspensión de pagos. Y como este año siguen sin acometerse las reformas de fondo, el horizonte español no puede estar marcado más que por el empobrecimiento colectivo y la marginalidad. La decadencia como país.

El culpable

“Aunque nos inculcan que las personalidades no forjan la historia, especialmente si se oponen a la evolución progresista, aquí tenemos, sin embargo, una que durante un cuarto de siglo nos ha retorcido nuestras colas de borrego como ha querido, y nosotros ni siquiera nos hemos atrevido a chillar. Ahora dicen que nadie comprendía nada, ni lo comprendían los rezagados, ni la vanguardia. La vieja guardia era la única que sabía de la monstruosa obra de Koba [alias de Stalin en la Rusia zarista], pero prefirió envenenarse en un rincón, pegarse un tiro en casa, o terminar sus días en tranquila jubilación, con tal de no tener que denunciarlo desde una tribuna”. Este párrafo corresponde al Archipiélago Gulag III, de Solzhenitsyn (Tusquets Editores, 2007) y exhala el desconcierto profundo que, en la retrospectiva de la historia, suele producir en los estudiosos el fenómeno del silencio, ese espeso silencio de los corderos que acompañó a las más sanguinarias dictaduras del desdichado siglo XX. Lo conocimos en España durante la larga etapa de Franco, donde, con excepción del PCE, nadie movió un dedo para acortar el trance y, salvadas todas las distancias, lo estamos viendo ahora en la ausencia de esas voces críticas que, desde la sociedad civil –intelectuales, universidad, empresariado, etc.-, tendrían que haber sido capaces de denunciar el proceso de “reinvención” de la España consagrada en la Constitución del 78, emprendido subrepticiamente por ZP tras su victoria electoral que siguió a los atentados del 11-M.

Como le acaba de ocurrir con el fútbol a cierto prepotente empresario madrileño acostumbrado, en la mejor tradición patria, a hacer negocios a la sombra del Gobierno de turno, también a ZP se le ha venido el andamio abajo a cuenta de una crisis económica que ni supo prever ni sabe contrarrestar, entre otras cosas porque se lo impide su “ideología”. Ahora, un grupo de notables de la órbita socialista ha montado, con dinero de empresarios de derechas, una gran campaña mediática para aligerar la presión sobre Moncloa y hacernos a todos copartícipes del desastre. Estosololoarreglamosentretodos.org, reza el lema de una operación que calla o silencia una verdad que está en el origen del problema: estolojodiózapaterosolo.org, una evidencia que difícilmente va a lograr enmascarar cualquier intento de repartir culpas a diestra y siniestra.

Y la becaria

El caso Garzón, el juez de la Audiencia Nacional acostumbrado a ponerse la Ley por montera, se ha convertido en la más cruda pelea entre poderes, incluido obviamente el judicial, registrada en muchos años, con excepción, quizá, del gemelo caso Sogecable, principio de una traición que abrió las puertas del poder y el dinero al famoso Campeador. En esa pelea, que retrata como pocas la corrupción del Sistema entero, se está dilucidando la capacidad de regeneración de nuestra democracia, si es que alguna le quedara. Al frente de las operaciones mediáticas de defensa del granuja se ha colocado desde el principio el grupo Prisa, que con la precisión leninista que caracteriza a la dirección del antiguo emporio ha obligado a salir a la palestra a todo personaje que coma, duerma o habite en derredor del grupo. Falta por salir a escena el gran Bacigalupo, cuyo magisterio en el caso que nos ocupa, la verdad, se empieza a echar en falta.

Pero como le ocurre a los sectarismos de toda clase y condición, la campaña orquestada por las huestes de Cebrián en defensa de Garzón corre el riesgo de traspasar las barreras de lo mafioso para irrumpir directamente en las de lo chusco. El pasado miércoles día 10, la labor de apoyo al galán corrió a cargo de Bonifacio de la Cuadra, uno de los históricos de El País en información de tribunales, con un artículo cuyo último párrafo es una joya argumental de valor imperecedero. Vean: “Ante ésta y otras aberraciones jurídicas, Sara España, una alumna del Máster de Periodismo UAM/EL PAÍS, en un trabajo de opinión sobre Baltasar Garzón y la justicia, en aplicación sencilla de la lógica, considera prevaricadora la resolución del magistrado Varela [ponente de una de las querellas que pesan sobre el juez], por ser ‘un acto que podría tacharse, en el fondo y por apariencia, de injusto'". En la campaña contra un Tribunal Supremo que ha osado, por fin, tocar a Garzón faltaba, pues, la becaria, una alumna del máster de periodismo de El País, como fuente de autoridad. Seguimos, insisto, esperando con ansiedad la lección magistral del enorme Bacigalupo al respecto. No puede defraudar a sus fans.


El Confidencial - Opinión

domingo, 14 de marzo de 2010

Delibes, el hombre. Por José María Carrascal

SE me ocurre, ante el clamor doloroso provocado por la marcha de Miguel Delibes, una duda herética: si lo que echamos de menos los españoles es el Delibes hombre más que el Delibes escritor, si es su persona más que su obra lo que deja entre nosotros una oquedad irrellenable. Y eso que su obra era harto conocida, tanto en su versión original escrita como en sus versiones cinematográficas, que la popularizaron. Pero Delibes era más que un novelista. Era uno de esos ejemplares humanos de los que cada vez van quedando menos.

Su independencia de criterio, su equilibrio no exento de pasión, su magisterio sin pretenderlo, su insobornable fidelidad a los principios, su amor a la ciudad, su pasión por el campo, su caminar derecho por la vida a través de las circunstancias más distintas, su hundir los pies en la tierra con los ojos puestos en el cielo, su discreción, su entereza, su sensatez, su sentido común, su dignidad en suma, le convirtieron en un ejemplar humano a extinguir en un mundo zarandeado por las más diversas corrientes y sometido a toda suerte de caprichos. De ahí que el homenaje que con ocasión de su muerte le han tributado los españoles de todas las tendencias haya sido bastante más que una muestra de afecto, para ser más bien una señal de orfandad y desamparo. Ya no hay muchos españoles como él, y si los hay, la algarabía reinante impide verles y oírles.

En cuanto a su obra, oigo y leo por doquier la queja de que no se le hubiera concedido el Nobel. Como si el Nobel significara en el universo literario algo más que unos cuantos cientos de miles de dólares en la siempre menesterosa cuenta corriente de un escritor, si es que la tiene. La obra de Delibes fue como él: ajena a las modas, fiel a sus principios, cuidada en la forma, precisa en objetivos. Su rosa de los vientos tenía tres puntos cardinales: el personaje, el paisaje y la pasión. El hombre (o mujer), la naturaleza y el fuego que los envuelve. De ahí no se movió. Los experimentos se los dejaba a quienes no tuviesen otra cosa que hacer o decir. Hoy, cuando puede ser arte cualquier cosa, un sofá desvencijado recogido en el basurero, el aullido de la sirena de un coche de bomberos, un trozo blanco de pared o un mamotreto de mil páginas que nos cuenta una historia que no es Historia, sorprende la compleja sencillez de las novelas de Delibes, su terso lenguaje, sus pasiones sólo insinuadas, su inocente diseño y su cáustica elegancia, sin caer nunca en el exceso. Pues el arte se hace a fuerza de renuncias y pocos escritores han sido capaces de prescindir de los elementos superfluos, para dejarnos al personaje y su circunstancia desnudos ante nosotros, como él lo hizo. No tenía prisa en abandonar este mundo, pero tampoco le importaba dejarlo. Posiblemente tuvo que ver con ello el que este mundo ya no fuera el suyo, aunque, hombre de su tiempo, no le fuera ajeno. Descanse definitivamente en esa paz que siempre tuvo y predicó.


ABC - Opinión

Los búlgaros de Sevilla. Por M. Martín Ferrand

ENTRE todos los líderes políticos del presente español, ninguno alcanza en garbo y audacia a Felipe González, quien, a pesar de sus ancestros cántabros, podría recitar con toda propiedad y solvencia, incluso con el beneplácito de Manuel Machado: «Yo soy como las gentes que a mi tierra vinieron». No es que tenga el alma de nardo del árabe español, que la tiene; sino que prodiga sus desplantes con el entusiasmo de un novillero debutante en La Maestranza y el sosiego de quien ya se cortó la coleta. Incluso el socialismo, «la rosa simbólica de mi única pasión», parece ya para él un capítulo «que no tiene aroma, ni forma, ni color». A la edad de González, el gozo es el de vivir y, todo lo más, el del magisterio; pero sólo si sus discípulos resultaran aventajados, cordiales y dispuestos. Es decir, que está en el vitalismo.

En Sevilla, en su pueblo, donde el socialismo gobierna desde hace treinta años con más pena que gloria, pero con mucho ringorrango propagandístico, los andaluces del PSOE han celebrado un Congreso para formalizar la realidad. Manuel Chaves se despidió de los suyos sin una sola nota autocrítica -¡los perfectos son así!- y José Antonio Griñán resultó elegido como nuevo secretario general de su partido con el 99,8 por ciento de los votos emitidos. Algo que avergonzaría, por excesivo, a los comunistas búlgaros del cuento. Y allí estaba González. Divertido y, supongo, con la alegría de ver la prosperidad del chiringuito político que fundó y la pena de advertir que no avanza en ideas, ni en proyectos, ni en logros de poder o brillos de oposición.

Tan en el pasado está el socialismo actual que, en su guateque sevillano, tuvieron que volver a los noventa y desenterrar la idea del «sindicato del crimen», algo que sólo existió como propósito cívico de unas pocas docenas de periodistas independientes que nos opusimos a los abusos de la corrupción y al crimen de Estado. Algo que fue disuelto y proscrito por su principal e indeseado beneficiario, José María Aznar. González, «una nube vaga que eclipsa un vano sol», sigue siendo el talento socialista andaluz.

Lo demás es burocracia, unanimidad, nómina y dietas. Una pena. Por eso tuvo que ser González quien, con un par de puyazos a los bancos y un grito de alarma ante el deterioro de la Justicia, le diera contenido político a lo que hubiera quedado en reunión de comité de empresa.


ABC - Opinión

El régimen del Gatopardo. Por Ignacio Camacho

Treinta años seguidos de hegemonía impermeable han convertido al PSOE andaluz en la única gran federación del partido en la que no ha logrado triunfar plenamente el zapaterismo.

Sus nuevas generaciones están compuestas de jóvenes que apenas sí han hecho otra cosa que vivir del gobierno, de tal modo que comparten en amalgama la trivial inconsistencia impuesta por el liderazgo de ZP con los vicios de poder adquiridos en una larga dominancia. La renovación que pretende Pepe Griñán está lastrada por la herencia de esa supremacía en la que él mismo representa el último eslabón del tardofelipismo; se quiere sacudir la sombra del virrey Chaves -el tradicional asesinato del padre político- a través de un equipo formado bajo la égida del chavismo. Y todo ello en medio de un proceso de desgaste que amenaza con liquidar en las urnas el viejo orden socialista antes de que pueda consolidarse uno nuevo.

Sobre Griñán pesa además una contradicción que le afecta personalmente. Su estilo natural choca con el de la maquinaria clientelar que le ha proporcionado el poder para que dé continuidad a un régimen y está también en las antípodas de la líquida gestualidad zapaterista. El presidente andaluz es un socialdemócrata clásico, culto y dotado de una cierta profundidad intelectual; esa clase de rasgos liquidados como una rémora por el predominio de los blancos, bibianas y pajines. A todos los efectos es un hombre del pasado, mucho más próximo a González que a Zapatero. El encargo de pilotar una transición interna es un compromiso a contracorriente de las tendencias actuales del partido, dificultad que se suma a una oleada sociológica adversa. El mejor de sus horizontes pasa por gobernar con Izquierda Unida para evitar el desmoronamiento de un enorme aparato de intereses que ha acabado sepultando la autonomía.

El congreso de este fin de semana, preparado a toda prisa para entregarle el mando efectivo de la organización y acabar con la bicefalia tutelada por Chaves, ha sido un revival de vieja guardia felipista en el que se han evidenciado las fisuras de un relevo mal resuelto. González sigue siendo el gran referente del socialismo andaluz, que además de no acabar de encajar a Zapatero lo siente ahora como un lastre para sus expectativas de supervivencia. Griñán vive bajo el síndrome del Gatopardo, obligado a aceptar e introducir cambios para que todo siga igual. Pero por fuera del inmenso aparato de poder socialista ya nada es igual; hay una nueva sociedad que demanda nuevos liderazgos para nuevas circunstancias y siente un severo cansancio ante tres décadas de inmovilismo. Con Chaves prejubilado a la fuerza y Zapatero desgastado por la crisis, lo que el PSOE pretende en Andalucía es prolongar la agonía de un régimen, apuntalar el último bastión de un pasado que quizá aún pueda estirarse unos años pero no podrá enlazar con el futuro sin romperse.


ABC - Opinión

Pobre Cataluña. Por Angela Vallvey

En los últimos años, me duele ver cómo se suceden episodios propios de lugares atrasados, apáticos e incultos

Siento verdadera adoración por Cataluña, no sólo porque Cataluña me ha proporcionado mucho más que cualquier otra tierra del mundo, sino porque me ha ofrecido generosamente todo lo que no me ha dado, y probablemente nunca me dará, ni siquiera la mía propia: un proyecto intelectual y existencial, un asidero en la vida que me permita llevarlo a cabo, apoyo, ilusión.

Ninguna de las olas de antipatía hacia Cataluña –de anti-catalanismo puro, duro– que han recorrido España de punta a punta en los últimos años a consecuencia de las enloquecidas políticas de las autoridades competentes (ejem) de Madrid ha hecho mella en mí: sigo siendo fiel a Cataluña. El asunto del Estatut no ha provocado ni un vaivén en mi inquebrantable fe en ella.

De Cataluña siempre han procedido el adelanto y el impulso para el desarrollo de la nación sin menoscabo de que los avances hayan ido acompañados, en ocasiones, de ciertos importantes problemas políticos.


Mi devoción por Cataluña, mi historia de amor con Cataluña, con su gente, su idioma, su industria y su cultura, viene de lejos, de la primera infancia, de cuando yo abría libros viejos y miraba la fecha de impresión y leía maravillada: «Barcelona, mayo de 1937», y me fascinaba pensar que, en plena Guerra Civil –guerra que me produce una vergüenza ajena tan grande que tal vez no sea capaz de superarla nunca–, mientras un mayo brutal se desangraba por las calles de esa hermosa ciudad que yo amo, había personas, honrados catalanes, gente avanzada de verdad, que se dedicaba a editar libros sin importarles que el mundo pareciese estar a punto de derrumbarse.

Y esas buenas gentes traducían, y componían, e investigaban, y producían, e intentaban comerciar, alentar el desarrollo, la ilustración de una España con secular tendencia a la barbarie. Yo, que soy una afrancesada, pensaba: «¡Cataluña es la Francia de España!, ¿qué sería de nosotros sin ella?».

Por eso, en los últimos años, me duele profundamente ver cómo en Cataluña se suceden episodios propios de lugares atrasados, abandonados, apáticos e incultos: cortes de luz en medio de grandes tormentas, caos en los transportes y enormes masas de contribuyentes afectados por la falta de eficacia y diligencia de unas autoridades expertas en hacer patrias e idear naciones, pero inútiles en todo lo demás.

Las consejerías clave en estas situaciones de emergencia suelen estar en manos de algún arrojado nacionalista «ecofriendly», de esos que perderían la vida por la causa (es un decir, o sea, que perderían la vida como se pierde la vida en un videojuego: un ratito nada más) y que, enarbolando la bandera del progresismo, en el fondo añoran el Paleolítico pese a que nunca reconocerán que no podrían sobrevivir en él sin el Armani, el vehículo oficial y el «foi-gras» del Club del Gourmet. Resumiendo, que han dejado los problemas de Cataluña a cargo de quienes sólo saben generar problemas, no arreglarlos, de los que son expertos en producir conflictos porque llevan toda una vida entrenando. (Pobre Cataluña).


La Razón - Opinión

Lecciones de la nevada

Los ciudadanos de Girona no pueden ser rehenes de una distribución eléctrica obsoleta

Siete días, al menos, de pesadilla. Es el precio que han pagado miles de vecinos de Girona por las secuelas de la tormenta de nieve que azotó Cataluña (la página más lamentable ha sido la muerte de una mujer por inhalación de monóxido de carbono). Inaceptable, impresentable e insoportable. Cualquier adjetivo es válido para definir la sensación que produce ver a oscuras, día tras día, una de las zonas supuestamente más ricas de España. Sorprendentemente, o no tanto, nadie ha presentado su dimisión. Políticos y responsables de empresas eléctricas deberían, al menos, tomar nota de los errores y poner remedio al despropósito. Eso o asumir que en muchas cuestiones seguimos siendo, en el mejor de los casos, un país de medio pelo.

emanda energética que superan la capacidad de la oferta, abasteciéndose mayoritariamente de una sola línea eléctrica con doble circuito. Ése es su talón de Aquiles. Una zona de tal actividad económica no puede quedar al albur de una sola línea. Del apagón de Barcelona en verano de 2007 la Administración catalana aprendió que las zonas estratégicas, con una alta densidad de población, deben contar con una fuente de alimentación energética redundante y distribución en red.

Es cierto que la línea de Muy Alta Tensión (MAT) entre España y Francia -que próximamente entrará en funcionamiento- hubiera podido acortar el tiempo para reabastecer la zona afectada, siempre y cuando las redes de redistribución que deben reforzar las líneas hubieran existido. Pero la MAT aún está por ultimar. La oposición de muchos ayuntamientos ha retrasado su entrada en funcionamiento. El eterno combate entre la garantía de suministro y el entorno turístico ha sido el causante de esa ralentización de las obras. Todos quieren el servicio, pero nadie desea que el cable pase cerca. Y ahí no hay excepciones. Solo dos partidos -Esquerra e Iniciativa- se opusieron desde el primer momento a la MAT. Todos los demás -CiU, PSC y PP- han mantenido posturas de oposición en los territorios afectados y favorables en el Parlamento de Cataluña.

La precariedad de esa línea debiera haber servido de acicate para que, sobre todo Endesa, se hubiera esmerado en su cuidado. El temporal destrozó en tres puntos la línea de alta tensión -de Red Eléctrica Española- y hasta 33 torres de la de media tensión, de Endesa. Por mucho que se construya la MAT, si no se cuidan las líneas existentes, la oscuridad siempre será una amenaza. Las pérdidas se estiman en 100 millones, además de cinco millones de horas de trabajo desaprovechadas. Las eléctricas repiten que fue una catástrofe natural, abriendo paso a que las aseguradoras se escuden en la "causa mayor" para no abonar la factura del caos. De ser así, el Consorcio de Compensación de Seguros, que depende de Economía, debería hacer frente a las indemnizaciones.


El País - Editorial

El econacionalismo lo pagan los ciudadanos

El sectarismo ideológico y la sumisión de cualquier consideración sensata al proyecto alocado de unos radicales dedicados en cuerpo y alma a la secesión de un territorio, tiene siempre un coste que acaban pagando los ciudadanos.

El temporal de nieve que se ha abatido sobre gran parte de España en esta última semana ha tenido las lógicas consecuencias que trastornan la vida cotidiana de los ciudadanos, pero nada comparable a lo que han debido soportar y continúan sufriendo los residentes de gran parte de la provincia de Gerona.

Algo muy serio debe ocurrir en una región de España cuando sus habitantes se ven privados de suministro eléctrico durante una semana a consecuencia de un fenómeno natural, sin que las autoridades sepan hacer otra cosa que culpar a los proveedores obviando su propia responsabilidad. Y lo que sucede es que esas mismas autoridades tienen como prioridad la realización de un proyecto político de carácter secesionista al que someten cualquier otra consideración, incluido el cumplimiento de su deber como responsables de garantizar que los ciudadanos a los que representan no deban verse en una situación más propia del tercer mundo que de un país avanzado.


Pero la responsabilidad del tripartito catalán va mucho más allá de la dejación de su deber de gobernar garantizando el bien común, porque son precisamente los partidos integrados en ese Gobierno los que han causado, con su sectarismo ideológico, la catástrofe que ahora padece una parte importante de los ciudadanos a los que representan.

Cataluña debe ser uno de los pocos lugares del mundo en que sus dirigentes políticos dedican los mayores esfuerzos a impedir el progreso de sus ciudadanos, especialmente en un tema tan importante para las sociedades modernas como el suministro de electricidad. A las carencias de España en materia de producción energética, consecuencia del radicalismo ecológico de nuestra izquierda y la cobardía política de la derecha, se suma en el caso catalán un grave problema de distribución. Las compañías eléctricas, con Endesa en primer lugar, llevan diez años solicitando los permisos necesarios para conectar la red eléctrica española con la francesa a través de una línea de muy alta tensión, pero el proyecto sigue empantanado ante la oposición de partidos como ICV y ERC actualmente en el Gobierno de esa comunidad autónoma.

Se da la paradoja de que mientras Joan Saura continúa aturdido desde la consejería de Interior sin atinar a decir o hacer algo aprovechable para paliar la catástrofe, su segundo en el departamento, Joan Boada ha sido tradicionalmente uno de los principales impulsores de las manifestaciones en contra de la realización de una infraestructura que hubiera solucionado todos los problemas contra los que ahora deben enfrentarse. El otro socio de Gobierno del presidente José Montilla, Esquerra Republicana, no quiso quedarse atrás en la tarea descivilizadora de la izquierda nacionalista, y también ha dedicado estos años a movilizar a sus cargos electos y los ayuntamientos que gobierna en contra de un proyecto que reclaman insistentemente los empresarios y ciudadanos de la zona noreste catalana.

El sectarismo ideológico y la sumisión de cualquier consideración sensata al proyecto alocado de unos radicales dedicados en cuerpo y alma a la secesión de un territorio tiene siempre un coste, como se viene observando desde que el tripartito llegó al poder de la Generalidad y ahora sufren en sus carnes todos los ciudadanos, entre ellos sus votantes. El desastre social, la negación de derechos básicos y el desprestigio internacional son, como vemos, los principales frutos del tripartito. En manos de los votantes catalanes está la solución. Si no actúan en consecuencia frente a las urnas, en adelante no tendrán derecho a quejarse.


Libertad Digital - Editorial

Cuba-España-UE

Sacrificar la exigencia sobre derechos humanos no favorece, sino retrasa, la transición

Las reacciones suscitadas por la muerte en huelga de hambre del disidente Orlando Zapata han puesto en evidencia las dudas en el seno del partido socialista sobre la política a seguir en relación con Cuba. Mientras desde el grupo socialista en el Parlamento Europeo se suscribía una resolución de condena al castrismo, desde el Gobierno se insistía en la voluntad de impulsar la revisión de la posición común de los Veintisiete durante el semestre de presidencia española.

No se ha tratado sólo de un nuevo episodio de descoordinación, tan frecuentes en este Ejecutivo; la disparidad de criterios en este caso ha obedecido, además, a la existencia de distintos puntos de vista sobre cómo conducir las relaciones con La Habana, tanto bilaterales como europeas, en la expectativa de un pronto fin de la dictadura castrista. No es una decisión sencilla, dado que el propio régimen cubano se halla divido acerca de cómo afrontar el futuro inmediato. Pero el ministro Moratinos se equivoca al seguir defendiendo la revisión de la política común en las actuales circunstancias y también en aspectos cruciales de la estrategia alternativa que promueve.


La muerte de Zapata no sólo aconseja aplazar por el momento cualquier decisión que el régimen cubano pueda interpretar como una normalización diplomática con la UE, por más que, en efecto, la vigente posición común de los Veintisiete haya llevado las relaciones a un callejón sin salida, que ni alivia la situación de los cubanos ni estimula la transición. Tampoco desde el punto de vista de la política europea parece razonable que la presidencia española insista en la revisión de la posición común: el voluntarismo de Moratinos corre el riesgo de traducirse en un estrepitoso fracaso, dado que no existe unanimidad entre los socios para revisar la posición común. Y mucho menos después de la muerte de Zapata.

La estrategia de poner en sordina las exigencias políticas al régimen cubano para arrancarle concesiones humanitarias, según ha hecho el ministro en sus últimos viajes a la isla, y según parece sugerir como nueva política común de la UE, conduce a un círculo vicioso, del que sólo resulta un mayor deterioro de los derechos humanos. A fin de evitar las exigencias políticas, el régimen siempre necesitará disponer de presos sobre los que negociar, con lo que las relaciones se condenan a un ciclo espasmódico de represión y concesiones humanitarias bajo presión internacional. Ni España ni la UE pueden convertirse en parte de este mecanismo.

Esté o no en los planes de los actuales dirigentes cubanos, la necesidad de desmantelar la dictadura llegará tarde o temprano. Para la comunidad internacional, por su parte, el principal problema radica en gestionar la espera. Minimizar o, incluso, sacrificar las exigencias sobre derechos humanos en nombre de la transición que ha de venir no es sólo moralmente inaceptable; es contribuir, además, a que esa transición no llegue.


El País - Editorial

sábado, 13 de marzo de 2010

Aquel jueves de sangre que nos heló el corazón . Por Antonio Casado

Seis años después del jueves de sangre los españoles recordaron a las víctimas del 11-M en numerosos actos sociales y políticos, cuya máxima escenificación institucional tuvo lugar en el Congreso de los Diputados. Pero ninguno de ellos con la conmovedora sencillez y la enorme capacidad evocadora de esos ramos de flores colocados ayer de forma espontánea por los usuarios del tren de cercanías, a la hora de las explosiones, en las estaciones de Atocha, Entrevías y El Pozo.

La condolencia no se decreta en el BOE ni se dicta en un discurso de aniversario. Miles de personas se detuvieron ayer a rezar, a hacer su particular minuto de silencio, a colocar velas en los lugares de la tragedia o en sus representaciones simbólicas, como el llamado Bosque de los Ausentes o el monumento de Atocha. Nadie les llamó. No les hizo falta ninguna convocatoria oficial para expresar su cercanía a los muertos y a sus familias.

Son las mismas personas anónimas que en la infausta mañana del atentado, al escuchar los llamamientos a la donación de sangre, llegaban a los puntos señalados antes que los equipos de extracción. Saben ponerse en el lugar de las víctimas. Se reconocen en el sufrimiento del ser humano convertido en víctima de un acto cruel y arbitrario. Les pudo haber tocado a ellas. Carecen de rango para solemnizar la compasión en actos oficiales pero les quedan lágrimas para hacer sentir a las víctimas el valor de la solidaridad. Es la estirpe de los buenos vasallos a falta de buen señor.


La de ayer fue una fecha para el recuerdo, la condolencia, el reconocimiento y la repulsa de quienes han convertido el asesinato en una herramienta política a escala nacional e internacional. En esa línea se supone inscrita la decisión de declarar Día de las Víctimas del Terrorismo el 27 de junio de cada año. Una fecha para convertir el sentimiento individual de las víctimas del terrorismo en el sentimiento colectivo de todos los españoles, según reza la declaración institucional que ayer leyó el presidente del Congreso, José Bono, ante los representantes políticos y las autoridades del Estado.

La fecha evoca el asesinato de una niña de veintidós meses, Begoña Arroz, alcanzada por una bomba incendiaria que explosionó hace cincuenta años en la estación de Amara, en San Sebastián. Ahí comenzó una sangrienta secuencia que ya alcanza la escalofriante cifra de 857 víctimas mortales del terrorismo que España padece desde aquel 27 de junio de 1960. “ETA nunca asumió la autoría, aunque el 29 de marzo de 1992, a raíz de la captura de la dirección de ETA en Bidart, en el ordenador del jefe del aparato político, José Luis Alvarez Santacristina, Txelis, fue encontrada una cronología de diversos acontecimientos, en la que figuraba la mención a este atentado” (Del excelente libro “Vidas Rotas”, firmado por Rogelio Alonso, Florencio Domínguez y Marcos García Rey).

El sexto aniversario del jueves de sangre debió haberse quedado sólo en expresiones de respeto a la memoria de las 192 víctimas. Pero algunos lo aprovecharon para jalear el ejercicio de intoxicación que consiste en seguir arrojando dudas sobre la verdad judicial de los atentados. Y sobre los autores de los mismos. Como si fueran distintos al grupo terrorista de confesión islámica perfectamente identificado en la sentencia del 11-M. Como si el autor intelectual, localizado o no, fuera alguien ajeno al grupo terrorista de confesión islámica que nos heló el corazón aquella mañana de marzo. Hace seis años ya.


El Confidencial

Mejor el 28 de Diciembre. Por Pablo Molina

Vista la instrucción judicial llevada a cabo y su resultado, no hay fecha más apropiada que la festividad de los Santos Inocentes. En su doble sentido.

Si se produce el asesinato de cualquier persona y años después de celebrarse el juicio surgieran evidencias de que el arma utilizada para el crimen fue distinta de la identificada como tal, no sería necesario que los familiares instaran la apertura de un nuevo sumario, porque seguramente la Fiscalía lo iniciaría de oficio.

Con el proceso por los atentados del 11 de marzo de 2004 ha ocurrido exactamente eso –con otros agravantes–, y sin embargo las autoridades municipales, nacionales y judiciales siguen felicitándose por lo bien que se hizo todo. Ciento noventa y dos ciudadanos fueron asesinados, existen sospechas con un alto grado de fiabilidad de que lo que se declaró como hecho probado en la sentencia fue, cuando menos, un error, inducido o no. Hay confidentes de la policía y algún esquizofrénico condenados a miles de años de cárcel y miles de víctimas que aún no saben a ciencia cierta quién les destrozó la vida para siempre, pero los políticos de todos los partidos, las autoridades judiciales y el alcalde de la ciudad donde ocurrió la tragedia no quieren saber nada del asunto porque lo suyo es "mirar al futuro".

Tanto les molesta que una parte de la sociedad civil exija una investigación seria sobre lo ocurrido y la revisión de lo actuado, que ni siquiera quieren que el 11-M permanezca como las siglas de la tragedia que conmocionó a una nación entera y torció el resultado de aquellas elecciones.

No quieren dejar ni rastro del mayor atentado terrorista ocurrido en suelo europeo y para eso necesitan borrar todo lo que se refiera al fatídico 11-M. Hasta la fecha les resulta incómoda, de ahí que pretendan trasladar la conmemoración de la masacre a otro lugar del calendario más discreto hasta que caiga definitivamente en el olvido. Que lo transfieran al 28 de diciembre. Vista la instrucción judicial llevada a cabo y su resultado, no hay fecha más apropiada que la festividad de los Santos Inocentes. En su doble sentido.


Libertad Digital - Opinión

viernes, 12 de marzo de 2010

Seis años después, el silencio oficial

La España oficial parece querer hurtar la memoria, la dignidad y la justicia a las víctimas del 11-M. Las miserias de nuestras élites vuelven a atacar a quienes más deberían merecer nuestro respeto y atención.

"¡Silencio, silencio he dicho! ¡Silencio!". Con esas palabras de Bernarda Alba terminaba la obra de Federico García Lorca. La pretensión de la protagonista era enterrar un hecho vergonzoso, algo de lo que no podía sentirse orgullosa y que podía poner en entredicho el honor de la familia. Por lo que se ha visto durante este sexto aniversario de la mayor masacre terrorista de nuestra historia, algo debe avergonzar enormemente a la España oficial, en vista del nada disimulado esfuerzo por querer pasar página que han mostrado durante la jornada de ayer tanto políticos como periodistas.

Así, la ausencia de toda referencia al 11-M en las portadas de buena parte de la prensa española no deja de ser una consecuencia más o menos inevitable de su renuncia a la obligación periodística de intentar averiguar siempre toda la verdad. Una verdad que debería buscarse aún con más ahínco en lo referido al mayor atentado de nuestra historia, atentado que además tuvo unas claras consecuencias políticas que a nadie se le ocultan.

Son precisamente estas consecuencias las que, en buena parte, podrían explicar que el PSOE no quiera que se hable en exceso de la masacre. Llegó al poder mediante la manipulación torticera de los atentados, en unos días donde al parecer no estaba de moda que la oposición tuviera que "arrimar el hombro" y, por tanto, los socialistas se vieron en el perfecto derecho de violar la jornada de reflexión. Pero con ser esto malo, peor es el papel del Gobierno en la promoción de la cúpula policial responsable, según la versión oficial, de la negligencia que permitiría a los condenados en el juicio cometer el atentado pese a la vigilancia a la que estaban sometidos. Y eso sin hablar de quienes eliminaron pruebas y participaron en la creación de evidencias falsas como el Skoda Fabia.

El PP, por su parte, también ha abandonado su apoyo inicial a la investigación de los atentados, primera y principal víctima de la táctica de perfil bajo que iniciara tras la derrota de 2008. El principal partido de la oposición estaba entonces en el Gobierno, y no parece querer recordar su gestión durante aquellos días, ni durante las semanas posteriores al atentado, cuando tuvieron lugar algunos otros hechos importantes, como los de Leganés.

Tanto ánimo hay de ocultar este horrendo crimen que el Gobierno ha tenido que improvisar un acto en el Congreso de los Diputados ante el escándalo de saberse que Zapatero no participaría en ninguna conmemoración del 11-M. Pero hete aquí que durante el mismo se ha dado a conocer la decisión de borrar esta fecha del calendario, reservando el 27 de junio como el único día en que se recordará y homenajeará a las víctimas del terrorismo. No es una fecha especialmente criticable la del primer atentado mortal de ETA, aunque podría argumentarse que la fecha lógica para dicha conmemoración debería ser aquella en que tuvo lugar el mayor atentado de la historia de España. Pero lo que no parece aceptable es que se aproveche un acto de recuerdo del 11-M en el Congreso de los Diputados para anunciar que no volverá a tener lugar ningún otro en la sede de la soberanía nacional.

Silencio y nada más que silencio parece ser la consigna. La España oficial parece querer hurtar la memoria, la dignidad y la justicia a las víctimas del 11-M. Las miserias de nuestras élites vuelven a atacar a quienes más deberían merecer nuestro respeto y atención. Libertad Digital, no obstante, nunca se sumará a esta corriente ahora mayoritaria. Sería renunciar a nuestra esencia.


Libertad Digital - Editorial

La crisis del 11-M

LOS atentados del 11 de marzo de 2004 siguen dolorosamente vivos en la memoria de las víctimas y sus familias, y también en la sociedad española. No puede ser de otra manera, porque la magnitud de aquella masacre aún hoy sigue siendo inconcebible. Las secuelas físicas y psíquicas de los heridos y la destrucción de muchas familias son el testimonio vivo de la extrema crueldad de un grupo de fanáticos criminales que, por desgracia, lograron todos sus objetivos. Toda mirada atrás debe servir para aprender de la experiencia y no repetir errores en el futuro. Porque en el 11-M, entendido como esos fatídicos días que transcurrieron desde el atentado hasta las elecciones generales del día 14, España se rompió como sociedad política. Los terroristas consiguieron todos sus objetivos. Lograron, por supuesto, la matanza más brutal cometida en suelo europeo. Cambiaron el más que probable resultado electoral. Rompieron los puentes entre los principales partidos políticos y dieron paso a un período de crispación y revanchismo. Incluso en la actualidad aún se puede temer que muchas heridas sólo hayan cicatrizado superficialmente. Mientras que el 11-S unió, el 11-M rompió, porque, además de un atentado, fue una crisis nacional.

Por eso hay que recordar el 11-M sin falsos sentimentalismos, sin concesiones a la prosa fácil, porque la democracia sufrió entonces sus peores jornadas. Aquel acto terrorista -y no una determinada política antiterrorista- fue obscenamente manipulado contra el Gobierno del PP, tachado de mentiroso por afirmar que había sido ETA la autora del atentado. Entonces sí que faltó, y mucho, la lealtad de la oposición para derrotar a los terroristas. Pero éstos ganaron también la apuesta estratégica de dividir a los españoles y de propiciar la derrota del PP. El PSOE ganó esas elecciones legítimamente con sus votos. Esto es indiscutible. A partir de entonces, los siguientes cuatro años de vida política en España fueron el escenario de las consecuencias de aquel atentado: marginación antidemocrática del Partido Popular, negociación política con ETA -con todo lo que exigía de intromisión en la Justicia-, ostracismo de las víctimas de esta banda terrorista, política exterior tercermundista.

Hoy pueden recordarse aquellos atentados porque los costes de su manipulación han pasado factura y sus efectos políticos provocaron una crisis que todavía perdura, agravada por los intentos del Gobierno de fracturar una sociedad ya de por sí dividida.


ABC - Editorial

jueves, 11 de marzo de 2010

Se cumplen 6 años del atentado

Más de una decena de actos institucionales recordarán a las víctimas del 11-M

Las principales autoridades políticas y sociales de España, la Comunidad de Madrid y la capital, así como las asociaciones de víctimas, celebrarán hoy diferentes actos de homenaje en recuerdo de los 192 muertos y los más de 2.000 heridos en los atentados islamistas de Atocha, de los que este jueves se celebrará el sexto aniversario.

La jornada de homenajes se abrirá a las 9 horas en la Puerta del Sol, donde la presidenta de la Comunidad de Madrid, Esperanza Aguirre, depositará una corona de laurel junto a la placa colocada en la fachada de la Real Casa de Correos.


Aguirre estará acompañada por representantes de las asociaciones de víctimas del terrorismo, así como por el secretario general del PSM, Tomás Gómez; los portavoces de los grupos parlamentarios de la Asamblea de Madrid, David Pérez (PP), Maru Menéndez (PSOE), Gregorio Gordo (IU); los miembros del Consejo de Gobierno en pleno, representantes sindicales y organizaciones sociales, así como alcaldes o representantes de diferentes municipios.

Durante el acto sonará el 'Réquiem' de Mozart y después, dos alumnos de la Academia de Policía de la Comunidad de Madrid portarán la corona de laurel, que colocará la presidenta madrileña.

Una hora más tarde, el homenaje del Ayuntamiento de Madrid, al que asistirán los concejales de los tres grupos con representación en el Pleno municipal, tendrá lugar en forma de ofrenda floral en el monumento a las víctimas situado en la estación de Cercanías de Atocha.

En la entrada de la estación y bajo el lema '192 víctimas inocentes en nuestro recuerdo', CC.OO. y UGT de Madrid también rendirán homenaje a los fallecidos y heridos con una ofrenda floral, a la que seguirá, a las 11 horas en el Ateneo, un acto conmemorativo.

Al mismo asistirán el secretario general de CC.OO. Madrid, Javier López, y el de UGT de Madrid, José Ricardo Martínez, así como el secretario general de la Unión de Actores, Jorge Bosso, y la presidenta de la Asociación 11-M Afectados del Terrorismo, Pilar Manjón.

Durante este acto, que presentará la actriz Pilar Bardem, se estrenará la obra 'Once', de Juan Miguel Antoranz, y actuará el grupo de música Rastakeltia y el Coro de la Unión de Actores.

Por su parte, la Asociación de Víctimas del Terrorismo celebrará un acto de recuerdo en el Bosque de los Ausentes del Parque de El Retiro a partir de las 12.30 horas, donde se guardará un minuto de silencio y se leerá un manifiesto en defensa de la verdad, memoria, dignidad y justicia.

Mientras, la Coordinadora de Asociaciones de Vecinos de Puente y Villa de Vallecas y la Asociación de Afectados del 11-M recordarán a las víctimas en la Estación de Cercanías de Santa Eugenia, donde estalló una de las bombas, a la misma hora.

HOMENAJE EN EL CONGRESO

Mientras, las principales autoridades políticas del país asistirán al homenaje que se celebrará en el Congreso de los Diputados, también a las 12.30 horas, y al que seguirá, a partir de las 17 horas, otro homenaje en la Sala Internacional de la Cámara Baja.

Organizado por la Fundación de Víctimas del Terrorismo, su presidenta, Maite Pagazaurtundúa, introducirá las intervenciones de las representantes de las asociaciones de víctimas con la lectura del preámbulo de la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

La lectura de los 31 artículos de la Declaración Universal de los Derechos Humanos correrá a cargo de la presidenta de la Asociación 11-M Afectados por el Terrorismo, Pilar Manjón, la presidenta de la Asociación Ayuda a las Víctimas del 11-M, Ángeles Domínguez, y la vicepresidenta de la Asociación de Víctimas del Terrorismo (AVT), Ángeles Pedraza.

A continuación, se leerán los nombres de las 192 personas que perdieron la vida por las explosiones en los trenes, y un quinteto de cuerda formado por profesores del Conservatorio de Música de Cáceres interpretará dos piezas musicales del compositor Astor Piazzolla. El presidente de la Cámara Baja, José Bono, clausurará el acto con unas palabras y un minuto de silencio para rendir homenaje a las víctimas del atentado.

En la ceremonia, que fue autorizada hace unas semanas por la Mesa del Congreso, también participarán un grupo de niños que fueron víctimas del atentado, que pasarán a leer uno a uno los nombres de las 192 víctimas del 11 de marzo de 2004.

Las Cortes Generales también tienen previsto celebrar un homenaje a las víctimas cuando finalice la sesión plenaria de la Cámara Baja, que consistirá en la lectura de una declaración institucional y, previsiblemente, un minuto de silencio. En este acto está previsto que participen miembros de ambas Cámaras, sus presidentes y la presidenta de la Comunidad de Madrid, Esperanza Aguirre.

EL REY RECIBE A LAS VÍCTIMAS

Los sindicatos mayoritarios continuarán con sus homenajes por la tarde, entre las 17 y las 21 horas, en la Fundación Ateneo Cultural 1º de Mayo, donde dedicarán la tertulia poética 'Indio Juan' a este asunto mediante un maratón poético, en el que se podrá participar como lector o como oyente, y en el que estará a la venta '11-M. La novela gráfica'.

Además, en este sexto aniversario el Rey don Juan Carlos ha querido reunirse personalmente con víctimas de los atentados y recibirá en Audiencia a las 18.45 horas en el Palacio de la Zarzuela a tres representantes de las tres principales asociaciones. También participará en la reunión la vicepresidenta primera del Gobierno, María Teresa Fernández de la Vega.

Por su parte, la Coordinadora de Asociaciones de Vecinos de Puente y Villa de Vallecas realizará otro homenaje a las 19 horas en la estación de Cercanías del Pozo del Tío Raimundo, y a las 19.30 horas hay prevista una misa funeral en recuerdo de las víctimas en la Iglesia de Santa Bárbara, donde la Coral Polifónica del Instituto de Salud Carlos III participará en la ambientación musical.

ACTOS EN ALCALÁ

Por otra parte, algunas víctimas y familiares recordarán el fatídico día con sus propios actos conmemorativos, que comenzarán el día 10 con una vigilia de 19 horas a medianoche en la plaza de la Estación de Alcalá de Henares, donde proyectarán vídeos sobre el atentado en el monumento.

Al día siguiente, cogerán el tren de las 7 horas en la ciudad complutense para llegar hasta Madrid, donde dejarán sus ofrendas en las estaciones de Santa Eugenia, El Pozo y Atocha, terminando su recorrido en la calle Téllez.

Por la tarde, a las 20 horas, se concentrarán de nuevo en el Quiosco de Música de la plaza de Cervantes de Alcalá de Henares, donde se leerá un manifiesto.

RECUERDO EN BRUSELAS

El 11 de marzo se conmemora también Día Europeo de las Víctimas del Terrorismo. En esta ocasión, la Red Europea de Víctima centrará sus actividades en Bruselas, donde además se desplazarán varias víctimas españolas como el presidente de la AVT, Juan Antonio García Casquero, la presidenta de Covite, Cristina Cuesta, el presidente de la Federación de Asociación Autonómicas de Víctimas del Terrorismo, Joaquín Vidal, y Eloy Morán, de la Asociación de Ayuda a las Víctimas del 11-M.

El acto será inaugurado por la Comisión Europea y lo inaugurarán la comisaria de Interior, Cecilia Malmström, y la vicepresidenta de la CE y responsable de Justicia y Derechos Fundamentales, Viviane Reding. Diferentes mesas redondas analizarán los fallos en la protección a víctimas, el papel de los medios y la privacidad de víctimas y la sensibilidad y prevención. Entre los asistentes habrá un nutrido grupo de estudiantes europeos.

Por su parte, el partido ultraderechista Democracia Nacional celebrará una manifestación bajo el lema '11-M: Ni olvido ni perdón' frente a la sede del PSOE de la calle Ferraz.

La AVT retransmitirá en directo los actos a través de Facebook y Twitter desde primera hora de la mañana, y TVE emitirá en directo el homenaje del Congreso de los Diputados.


Europa Press

Sólo por las víctimas. Por Ignacio Villa

Hoy es 11 de marzo, hoy se cumplen seis años de aquella tremenda matanza terrorista que todos tenemos grabada en la memoria. Hora a hora, minuto a minuto, segundo a segundo. Todos recordamos a la perfección dónde estábamos en el momento del atentado, todos sabemos cómo reaccionamos en esas circunstancias, todos nos acordamos de cómo fueron aquellos primeros minutos de angustia, de horror, de terror, de espanto, de desasosiego, de rebeldía y de rabia. Todos, seis años después, seguimos con las imágenes, con los gritos, con las carreras, con las voces y con los destrozos de lo que ha sido el peor atentado terrorista en España y de la historia de Europa.

Seis años después, quiero que estas líneas se conviertan en un homenaje a los ciento noventa y dos muertos, a los más de mil quinientos heridos y a todas sus familias. Han sido seis años largos de ausencias, de vidas destrozadas, de personas ya marcadas para siempre. El 11-M tiene que quedar como una fecha intocable en el corazón de todos los españoles. El 11-M no puede ser –¡nunca!– una jornada que cicatrice como si no tuviera mayor relevancia. El 11-M es una fecha de todos y para todos, pero muy especialmente de todas las víctimas y de todas sus familias, que recuerdan aquellas horas como las peores horas de sus vidas.


Seis años después, el mayor enemigo que tenemos es el mezquino partidismo; la utilización rastrera de una fecha que tiene que ser de recuerdo para los que se fueron y de apoyo moral para los que sobrevivieron a la mayor tragedia de la historia reciente. Es verdad que a estas alturas hay muchos interrogantes sin resolver, es cierto que siguen existiendo muchos puntos negros en aquella jornada de horror y de dolor. Pero por eso mismo, hay que estar más que nunca con las víctimas. Se tienen que sentir acompañadas. Tienen que vivir sabiendo que son parte de la vida de todos y que nunca serán olvidadas.

No podemos renunciar a saber lo que pasó. No podemos cerrar la puerta a la verdad de los hechos. Pero lo siento. Me niego a mercadear con el sufrimiento ajeno, me niego a jugar con el dolor de los demás, me niego a apropiarme del sufrimiento de los afectados. Son ellos los que tienen que hablar, son ellos los que tienen que desahogarse, son ellos los que tienen todos los derechos. Los demás podemos acompañarlos, podemos ayudarlos, podemos animarlos. Pero nunca deberemos utilizar a las víctimas del 11-M.

Estas palabras tienen como único objetivo el apoyo a las víctimas, mostrar toda la solidaridad a sabiendas de que seguramente es muy poco. Pero el protagonismo, todo el protagonismo, es de ellos. El 11-M nunca podrá ser, nunca deberá ser, de los que mediáticamente se han apropiado de un día y de unas horas que sólo pertenecen a unas pocas personas. ¡Todo con las víctimas! ¡Siempre con las víctimas! ¡Sólo de las víctimas!


La Razón - Opinión

11-M seis años después. Por César Vidal

Nunca olvidaré aquella mañana del 11-M. Sentí, primero, cómo la pared de mi dormitorio temblaba igual que si contra ella se hubiera estrellado un camión de dieciocho ruedas. Sacudí la cabeza, rechacé el absurdo pensamiento e intenté volver a dormirme porque aquella noche había tenido una entrevista en un programa de madrugada y no había podido meterme en la cama antes de las cinco. No conseguí continuar el sueño, porque los cristales temblaron violentamente como si hubieran sufrido el efecto de una explosión. Aturdido, me levanté para salir al balcón e intentar averiguar lo que podía haber pasado. Sonaban las sirenas en la calle y tuve la convicción en ese momento de que Madrid acababa de sufrir un atentado terrorista. Por supuesto, lo atribuí a ETA, es decir, hice lo mismo que ZP, Ibarreche y casi toda la clase política hasta que apareció Otegui y dijo que era «la resistencia árabe».

Y a partir de ese momento, la sociedad española sufrió un proceso de manipulación brutal a fin de que aceptara una tesis estúpida, pero, a la vez, elemental y efectiva: los atentados los habían cometido terroristas islámicos en respuesta al apoyo que Aznar había prestado a la intervención en Irak, por lo tanto, no había que enfrentarse a los terroristas sino castigar al PP. Pocas veces se habrá planteado un razonamiento más cobarde y miserable, a años luz de la respuesta de la población norteamericana el 11-S. Pocas veces, pero resultó.


Entre los votos de la izquierda encanallada dispuesta a todo con tal de ganar las elecciones y los ciudadanos asustados como conejos y dispuestos a la capitulación, ZP llegó a La Moncloa gracias a la manipulación informativa en torno a casi doscientos asesinados. Y entonces se fueron sucediendo los pasos continuos para pasar página consagrando la denominada «versión oficial» y satanizando a los que no la creímos con el mote de «conspiranoicos». Se empeñaron en ello a fondo, pero no lo consiguieron. Ya la sentencia de la Audiencia nacional –con todos sus agujeros– dejó de manifiesto que los atentados no habían tenido nada que ver con la guerra de Irak, que pretendían cambiar el resultado de las elecciones y que seguíamos sin saber quiénes eran los autores intelectuales. En otras palabras, la versión oficial era un camelo de las dimensiones del Taj-Mahal. Era sólo el principio. En los últimos tiempos, hemos sabido gracias a los trabajos de peritos como Iglesias que la sentencia erró en la identificación del explosivo y que, por tanto, los supuestos autores materiales (un loco y dos moros) quizá ni siquiera estuvieron relacionados con el crimen. Para remate, resulta también obvio que se destruyeron pruebas y que las órdenes procedieron de algún lugar superior de las Fuerzas de seguridad del Estado. Seguramente, esos personajes no tuvieron que ver con las muertes, pero contribuyeron a borrar las huellas con la misma fruición que un explorador perseguido por los apaches. A estas alturas, a seis años de distancia, el 11-M sigue siendo un enigma, pero ya sabemos, entre otras cosas, que la versión oficial es falsa, que se eliminaron pruebas esenciales relacionadas con los explosivos y que esos atentados sirvieron para que ZP llegara a La Moncloa y cambiara a peor la Historia de España. No es poco, pero la investigación debe seguir hasta el total esclarecimiento de los hechos porque así lo exigen casi doscientos muertos y millares de heridos, la dignidad nacional y el futuro de las próximas generaciones.

La Razón - Opinión

Seis años después, seguimos queriendo saber

En el esclarecimiento de todas las incógnitas en torno al 11-M, las víctimas tendrán y recibirán todo nuestro apoyo y esfuerzo. Somos conscientes de que la investigación de esa masacre es el mayor homenaje que les podemos brindar.

En el sexto aniversario de la mayor masacre terrorista de nuestra historia, Libertad Digital desea expresar, nuevamente y en primer lugar, su solidaridad con las familias de las 192 personas asesinadas y con las 1.858 heridas. Ellas merecen no sólo nuestra solidaridad por la pérdida de sus seres queridos, sino también nuestro agradecimiento por su esfuerzo, fundamentalmente canalizado a través de la Asociación de Víctimas del Terrorismo o la Asociación de Ayuda a las Víctimas del 11-M, por conseguir que aquella masacre y las incógnitas abiertas sobre su autoria no hayan caído en el olvido.

Y es que seis años después del 11-M tenemos nuevamente que lamentar la soledad que les dispensan a las víctimas la practica totalidad de la clase política, y la mayor parte de los medios, en su irrenunciable compromiso por conocer toda la verdad entorno a aquella matanza. Hoy muy probablemente maquillen la indignidad de ese abandono con "homenajes" como los que se brindan a las víctimas de una catástrofe natural o a las que ya se las ha hecho justicia. Libertad Digital, y muy pocos otros medios, sabemos, junto con las víctimas del 11-M, que no se les hará justicia mientras no se esclarezca esa verdad que no se pueda enterrar con minutos de silencio; un compromiso con la verdad que algunos han olvidado desde el mismo momento en que constataron que la masacre terrorista había conseguido el objetivo político por la que fue perpetrada: lograr un vuelco electoral a tres días del 14-M.


Aunque es mucho lo que nos queda por saber, también es mucho lo que hemos llegado a conocer en estos seis años. Cosas como que la versión oficial, con la que algunos quisieron dar legitimidad a ese vuelco electoral, ha quedado refutada por descubrimientos tan decisivos como que el material explosivo utilizado en la matanza no fue el que sirvió para llevar a cabo las detenciones. Si ese escalofriante dato, por sí sólo, ya justifica la reapertura del caso, a él se suman muchos otros más, como el hecho de que se ocultaran o destruyeran vestigios de la explosión, o el hecho de que se vulneraran los protocolos de actuación de los Tedax y la Ley de Enjuiciamiento Criminal, o que el responsable de los mismos mintiera fragantemente tanto ante la comisión parlamentaria como ante los propios tribunales.

Aunque el procesamiento del jefe de los Tedax, Sánchez Manzano, iniciado gracias a la Asociación de Ayuda a las Víctimas del 11-M, pueda aportar nuevos datos en el futuro, lo cierto es que no se sabe quiénes idearon el 11-M, quiénes suministraron Titadyn, quiénes montaron las bombas en la finca de Morata de Tajuña o quiénes manipularon la investigación y a la opinión pública.

En el esclarecimiento de esas decisivas incógnitas tendrán y recibirán las victimas del 11-M todo nuestro apoyo y nuestro esfuerzo. Somos conscientes de que la investigación de esa masacre es el mayor homenaje que les podemos brindar. Y es que, tal y como dijo recientemente nuestro vicepresidente con ocasión de la entrega a nuestro periódico del premio Españoles Ejemplares de la Fundación Denaes, "volveríamos a fundar Libertad Digital sólo para dar voz a las víctimas del 11-M".


Libertad Digital - Editorial

Las cajas del dolor. Por Ignacio Camacho

POR debajo de las dolorosas cicatrices del tiempo supura aún una deuda de conciencia pendiente desde aquellos malditos días de marzo, cuando los demonios de la sangre nos pusieron a todos delante de una prueba que no superamos. Nadie ha entonado aún la palinodia de todos los errores cometidos, de los abusos sectarios y de las reacciones espasmódicas que marcaron para siempre una semana de plomo, rabia y miedo cuyos demoledores efectos procuramos disimular bajo el discurso confortante pero victimista de la emotividad, la memoria y el sufrimiento. Pero ahora que las heridas morales duelen un poco menos quizá sea tiempo de empezar a admitir que acaso no nos sobren motivos de orgullo.

Falta, en primer lugar, la autocrítica del aznarismo por su contumaz empeño en adjudicar a ETA la autoría de la masacre, prolongada más allá de las evidencias a través de una tortuosa teoría de conspiraciones. Tampoco los socialistas han mostrado arrepentimiento alguno de su espuria, cínica y ventajista manipulación del dolor colectivo, que los catapultó al poder sobre una ola de conmoción ciudadana. Y sobre todo, queda pendiente el análisis objetivo del comportamiento popular, más cercano a un desordenado ataque de pánico que a la reacción serena de una sociedad consciente de hallarse en la diana de una ofensiva contra sus valores primordiales.


El vuelco electoral resultó una consecuencia lógica de aquella mezcla de alarma y rabia en la que mucha gente se sintió estafada por un Gobierno incapaz de oír sus clamores, pero más allá de eso hay que preguntarse por el sentimiento de capitulación que el atentado despertó en una colectividad amenazada. El shock emotivo de la matanza puso en crisis nuestra estructura moral y la dejó en un estado de debilidad pusilánime. Ése fue el principal triunfo de los terroristas: que la sociedad se comportó exactamente como ellos esperaban, presa de un síncope de medroso encogimiento que impidió el cierre de filas y dirigió la respuesta hacia el enfrentamiento interno.

Ese encogimiento reactivo, esa réplica dolorida y asustada, se observa seis años después en el minucioso estudio que unos investigadores del CSIC han realizado sobre los testimonios del luto popular que durante semanas se acumularon en los escenarios de la tragedia. La clasificación de los setenta mil exvotos espontáneos dibuja el retrato de una comunidad sobrecogida, paralizada, inerme, que en su bloqueo moral buscaba más consuelo que firmeza. Las cajas negras del dolor revelan hasta qué punto quedamos incapacitados para responder a la magnitud del ataque: de alguna manera declaran casi un vago sentimiento de culpa, una turbada confusión masiva que, vista desde hoy, se parece demasiado a la manifestación de una derrota. Y ésa es una autocrítica o una expiación que quizá aún no estemos preparados para asumir sin enfrentarnos al antipático reflejo de una debilidad inconfesable.


ABC - Opinión