martes, 12 de julio de 2011

Doble lenguaje. Por Hermann Tertsch

Ese ejercicio de equilibrio entre cortesía y franqueza se ha pervertido en el discurso público en hipocresía total.

«NEGARÉ haberlo dicho». Quienes se dedican en España a la comunicación, a la empresa privada o pública y desde luego a la política, oyen esta frase con frecuencia creciente. El interlocutor deja claro que la información, que te acaba de dar y asegura es cierta, no la ratificaría ante terceros. Y menos en público. Es una «verdad confidencial» de la que se invita a hacer uso. Pero se tiene otra para otros menesteres. Sucede con hechos y con opiniones. En esta realidad líquida del socialismo mágico en la que «las palabras están al servicio de la política», las opiniones cambian también según el destinatario, con versiones «informadas» en confidencia y otras «obligadas» para el consumo público. Las primeras tienen por objeto mantener la imagen del opinante como persona informada, inteligente y razonable en el círculo de confidencia, las segundas reafirman la «realidad oficial», confirman la lealtad al grupo propio y evitar por tanto reproches o represalias. Un ejemplo: personas que instantes previos al comienzo de un programa de radio están de acuerdo con una valoración o un pronóstico, discrepan airadamente del mismo una vez conectados los micrófonos en la emisión. Es el mismo personaje que demostraba en confidencia un perfecto sentido común el que pasa a defender públicamente lo indefendible, incluso el absurdo. Lo hace con absoluta naturalidad. La misma que mantiene cuando vuelve a coincidir con su rival dialéctico sobre la base del sentido común, nada más acabar el espacio radiado y de nuevo en confidencia. Nadie parece tener problema de coherencia íntima para saltar entre las dos realidades paralelas. Está claro que la vida en sociedad excluye la sinceridad radical e incondicional. Si dijéramos abiertamente lo que pensamos en cada momento de nuestros interlocutores sería inviable la convivencia, incluso en familia. Por eso y con buen motivo siempre ponemos límites a nuestra franqueza. Siempre hay una forma «cortés» y otra «sincera» de decirlo todo. Y si siempre utilizáramos una de ellas seríamos considerados simples, brutos o necios. Pero eso que en principio es un ejercicio cotidiano de equilibrio entre cortesía y franqueza en las valoraciones humanas y una confidencialidad básica fundamental en las relaciones de confianza, se ha pervertido en el terreno del discurso público hasta extremos que lo convierten en la hipocresía total. Todos los días nos desayunamos con declaraciones de políticos que afirman cosas que ellos y nosotros sabemos que no son ciertas. Y ellos saben que nosotros sabemos que no lo son. Y pese a ello nadie se atreve a romper el guión previsto e impuesto y a decir en público lo que no duda en decir en privado. Por miedo a represalias. Si pretendiera por el contrario expresar su realidad pública como realidad privada sabe que sería tomado por majadero por quienes le escuchan. Que tienen, a diferencia de los oyentes habituales de su realidad pública, poder de interlocución. Es uno de los fenómenos que más daño han hecho en estos últimos años al debate político y a la credibilidad en la política y los políticos. Escudados tras lo que algunos pretenden sea prudencia, se practica ese doble lenguaje que inunda el discurso político de nuestro país. Que no es sino la oficialización cómplice de la mentira. El clásico cinismo político, tan antiguo como las relaciones de poder y común en el mundo se ha desbordado aquí como sólo lo suele hacer en regímenes dictatoriales, en los que la expresión de la verdad es una amenaza que pone en peligro vida, libertad y patrimonio. Habría que preguntarse por qué en esta democracia el miedo ha pasado a determinar tanto las conductas. Y convertido la mentira en práctica común aceptada.

ABC - Opinión

Europa se resquebraja pero, ¿quién castiga a los responsables?. Por Federico Quevedo

Hace unos días en el informativo de Intereconomía la alcaldesa de Pioz denunciaba la situación en la que se encuentra su Ayuntamiento, a saber, ha heredado de la anterior corporación una deuda de 15 millones de euros que vienen a ser casi 5.000 euros por cada uno de los poco más de 3.000 habitantes de la localidad. Vamos, que no tiene ni para pipas. A la buena mujer solo se le ha ocurrido pedirle al Estado que intervenga el ayuntamiento y lo gestione hasta que la nueva corporación salida de las urnas pueda hacerse cargo de la situación. No es el único municipio en esas circunstancias, pero lo verdaderamente sorprendente es que eso haya ocurrido sin que nadie pusiera coto al dispendio, y más sorprendente todavía es que eso pueda ocurrir y nadie asuma la responsabilidad.

Una responsabilidad que debe ir más allá de lo político o, dicho de modo claro, conciso y concreto: el anterior alcalde de Pioz debería estar procesado penalmente. La razón es muy simple: los ciudadanos no elegimos a nuestros gobernantes para que nos conduzcan a un estado de semejante ruina que ponga en riesgo nuestro futuro. Y si eso ocurre porque resulta que la res pública se ha gestionado hasta el extremo de la incompetencia y con un absoluto desprecio a las normas básicas del bien común, no basta con una sanción en las urnas sino que ésta debe ir más allá e incurrir en el capítulo de lo penal aunque solo sea por una cuestión de decencia política y de ejemplo aleccionador para quienes les sustituyan al frente la gestión de lo público.


Lo del Ayuntamiento de Pioz es un pequeño ejemplo -aunque para sus habitantes sea muy grande- de lo que realmente está ocurriendo en toda Europa. En su día, nos vendieron la imagen idílica de una Europa unida en torno al euro, camino de su unión política, como si ese paraguas fuera además la cura de todos nuestros males y la garantía de que nunca más volveríamos a vivir los dramas de antaño. Y así fue durante un tiempo, mientras la economía funcionaba, pero aquello estaba sujeto con alfileres por lo que se ha visto después y ahora nos encontramos en una situación absolutamente dramática en la que esa Europa idílica en la que casi todos creíamos -porque nos creímos las palabras de sus gobernantes- se resquebraja y amenaza con llegar a su fin. Con un agravante: en el camino los ciudadanos hemos visto -estamos viendo- cómo nos hemos empobrecido hasta límites que nunca habíamos imaginado y cómo nos estamos endeudando por décadas y por generaciones para pagar los excesos de nuestros políticos, al tiempo que éstos nos recortan o directamente nos arrebatan derechos que creíamos consolidados.
«La reacción violenta de la sociedad griega al programa de ajustes de su Gobierno es perfectamente razonable, principalmente por ese principio básico que vengo exponiendo a lo largo de estas líneas: los ciudadanos no votamos a nuestros gobernantes para que nos conduzcan a vivir peor de lo que lo hacíamos.»
¿Y los ciudadanos les hemos elegido para esto? No, ni mucho menos. En ninguna parte del contrato, ni siquiera en la letra pequeña, estipulaba que elegiríamos a nuestros gobernantes para que nos arruinaran, ni siquiera se nos advertía de ese riesgo… Más bien al contrario; lo que se nos prometía era salud y bienestar inacabables… ¿Y quién corre ahora con los gastos? ¿Quién pagará la cuenta? Nosotros, honrados ciudadanos todavía estupefactos ante la que se nos está viniendo encima.

A nadie se le escapa, sobre todo después del día de ayer, que la situación es extremadamente grave. Parecía que después de haberse aprobado el segundo rescate griego la crisis de la deuda soberana se iba a relajar, pero también eso era una engañifa, entre otras cosas porque todo el mundo sabe que es absolutamente imposible que Grecia pueda pagar la deuda que está asumiendo con el resto de Europa, porque esa deuda estrangula su capacidad de crecimiento, y sin crecimiento es imposible generar los ingresos suficientes para poder liquidar ni tan siquiera los intereses de la misma. Y, ahora, en el punto de mira están España e Italia, ¿o es que alguien pensaba que esto se había acabado, que la machacona insistencia en que ni España ni Italia son Grecia-Portugal-Irlanda iba a calmar a los mercados financieros?

El discurso demagógico de Rubalcaba

No, pero los mercados no son los responsables de esta crisis, ellos simplemente se limitan a pescar en río revuelto. El río ya lo había revuelto antes una cadena de errores que inevitablemente iban a conducirnos a esta situación, empezando por el empeño de llevar a cabo una unión monetaria entre países con estructuras político-financieras tan radicalmente diferentes en algunos casos. El siguiente error ha sido no ver la profundidad de esta crisis y, un tercero, intentar ganar absurdamente tiempo a la vez que se buscaban parches para tapar las grietas en los estados y se intentaba poner a salvo de la quema a la banca, una de las piezas que más responsabilidad acumulaba en esta situación.

¡Cuidado! Con ello no pretendo dar por bueno el discurso demagógico de Rubalcaba, que no es más que pura patraña para intentar arrancar cuatro votos de la izquierda. No, miren, este asunto es mucho más grave porque afecta a las estructuras cívicas y morales sobre las que habíamos construido un modelo de convivencia que se antojaba bastante bueno. Todo eso ahora se ha venido abajo, y no sabemos a quién responsabilizar de esta situación porque a los únicos a los que podríamos echar la culpa siguen al frente del machito y, es más, nos imponen ajustes durísimos con la promesa de que esos ajustes terminarán por sacarnos del pozo en el que nos han metido. Pero, ¿por qué tenemos que creerles? ¿Por qué tenemos que pagar nosotros el ajuste y no ellos? La reacción violenta de la sociedad griega al programa de ajustes de su Gobierno es perfectamente razonable, ya lo dije otra vez, principalmente por ese principio básico que vengo exponiendo a lo largo de estas líneas: los ciudadanos no votamos a nuestros gobernantes para que nos conduzcan a vivir peor de lo que lo hacíamos.

Ponía al principio el ejemplo del Ayuntamiento de Pioz porque, en efecto, habrá veces en las que la responsabilidad de una situación así recaiga de modo casi absoluto sobre quienes han llevado a cabo esa mala gestión, y en ese caso, insisto, habría que modificar la ley para que pueda contemplarse la posibilidad de que eso incurra en un delito de tipo penal. Habrá otras veces, como ocurre ahora mismo en la situación que atraviesa Europa en general, y España en particular, en las que la delimitación de responsabilidades sea más complicada, porque intervienen otros factores que la condicionan, pero aún así los ciudadanos tenemos el deber y la obligación de exigirlas, tanto en el ámbito de lo público como en el de lo privado cuando sus decisiones erróneas nos hayan conducido a situaciones que no deseábamos. El engaño, la mentira, la ocultación de la realidad, no pueden ser políticas ni actitudes que escapen a un justo castigo proporcionado al daño que han infringido a la ciudadanía y a las deudas que nos han obligado a contraer.


El Confidencial - Opinión

Nuevo Gobierno. Los últimos de Filipinas. Por José García Domínguez

Por lo demás, Rubalcaba, un profesional en un país de diletantes y domingueros, sabe que ya nada se puede hacer. Alargar la agonía del Ejecutivo, habría de ser inútil; ahorrarle el trance, también.

Amén de blindar con el aforamiento ministerial al incierto Camacho, precaución que de poco le sirvió en tiempos a su ancestro Barrionuevo, la irrupción en escena del dúo Pimpinella es cuanto ha ofrecido de sí el parto de los montes de la remodelación. El Gabinete de los últimos de Filipinas dará el cante, pues, a dos voces. Templada, suave, susurrante y dulce como la miel, la de Salgado se dirigirá a ese ciego con una pistola que responde por "los mercados". Al tiempo, el verbo abrupto de Blanco, un timbre de suyo tan dado a los tonos hoscos, procurará reavivar las últimas notas de la charanga peronista.

Una soprano atenta a interpretar el libreto con arreglo con la más estricta ortodoxia para mayor contento del distinguido auditorio de la platea y los palcos. Frente a ella, un tenor presto a soltar el do de pecho a la primera de cambio, número circense de éxito siempre asegurado entre el público del gallinero. Los sociolingüistas lo llaman diglosia; los psiquiatras, esquizofrenia; los socorristas, flotador; y los entrenadores de baloncesto, los minutos de la basura. Sea como fuere, un alarde de funambulismo retórico que se sabe efímero por la muy extravagante mezcla tóxica de su fórmula magistral. Así las cosas, continúa abierta la querella bizantina a cuenta de si el cesante concederá adelantar las elecciones noventa días. O no. Ese asunto perfectamente baladí con el que aquí andamos entretenidos mientras las tres hermanas (Fitch, S&P y Moody’s) deciden si le dan la extremaunción a Europa. Y a nosotros con ella.

Por lo demás, Rubalcaba, un profesional en un país de diletantes y domingueros, sabe que ya nada se puede hacer. Alargar la agonía del Ejecutivo, habría de ser inútil; ahorrarle el trance, también. En cualquiera de los casos, la suerte está echada. Y lo único que resta a su alcance es tratar de controlar la sucesión, que todo quede atado y bien atado. Propósito que sin la argamasa del Poder se antoja misión casi imposible. Procede no olvidar al respecto que aquel ignoto culiparlante de León, Zapatero, no ganó congreso alguno. Los barones se lo hicieron perder a Bono, que es asunto distinto. ¿Adelantará Alfredo el cónclave del PSOE? He ahí la –única– cuestión.


Libertad Digital - Opinión

Un relevo sensato. Por M. Martín Ferrand

El nuevo Gobierno solo tiene de progresista la adscripción de Camacho a la Unión Progresista de Fiscales.

CON buen sentido, con el que le faltó en ocasiones anteriores, José Luis Rodríguez Zapatero ha recompuesto su Gobierno con prudencia, sin mayores gestos ni gastos. Se ha limitado a redistribuir las funciones del saliente Alfredo Pérez Rubalcaba entre tres veteranos de su equipo. Debe de ser que, como reza el título de la comedia de Manuel Bretón de los Herreros, liberal de pura cepa, A la vejez viruelas. Hasta Zapatero es capaz de aprender con la experiencia. Amortizar una vicepresidencia es, aunque solo se trate de un gesto, algo plausible y, como nos enseñaron los indios en las películas del Oeste, no resulta prudente cambiar de cabalgadura cuando se vadea un río. Elena Salgado ya trata de tú a sus equivalentes europeas y, aunque su talla política no sea grande, resulta gigantesca frente a la mayoría de sus compañeros de equipo, Manuel Chaves incluido. Antonio Camacho pasa, en términos hosteleros, de la cocina a la sala, pero sin dejar de sostener la sartén por el mango. Significa la continuidad y la certeza en Interior, algo deseable, y su pátina progresista está en la estética, más que en el fondo, del deseo presidencial. Con José Blanco en las funciones de Portavoz todos salimos ganando: Zapatero en confort y cercanía, el PSOE en concordancia y los demás, incluidos nosotros, los ciudadanos, en verosimilitud. El ahora candidato Rubalcaba parece sentirse obligado a demostrar su astucia de modo permanente y ello nos obliga a los cautos a someter a cuarentena las cosas que dice; pero el también titular de Fomento practica la elegancia de la sencillez y resulta, por elemental y llano, creíble.

Si, como predicaba Miguel de Unamuno, cuando se apuntó a la Unión Socialista de Bilbao, «el progreso consiste en la renovación», el nuevo Gobierno solo tiene de progresista la adscripción de Camacho, su nuevo titular de Interior, a la Unión Progresista de Fiscales. Tampoco le hace falta ir más allá por el camino doctrinal. La tarea que de él se espera es la de culminar y poner en funcionamiento las reformas del sistema financiero y del mercado de trabajo que, además del sentido común, nos vienen demandando Bruselas, el FMI y cuantas superestructuras operan en el delicado mundo de la economía y el delicadísimo del euro. Cabe suponer que es un Gobierno de cercanías, para llegar entero a unas elecciones anticipadas; pero, dadas las restricciones presupuestarias que neutralizan la actividad de sus abundantes miembros de menor enjundia y más escaso rango político e intelectual, puede también llegar a ese final de trayecto de la legislatura en el que le gustaría apearse al de León.


ABC - Opinión

Susto y sosiego. Por Alfonso Ussía

¡Vaya susto! No he sabido leer bien. He malinterpretado la noticia y durante unos minutos el cerebro se me ha vaciado. Eso, que hojeaba el periódico y he creído leer que Alfredo Pérez de Rubalcaba es el encargado de regenerar y ofrecer esperanzas al PSOE. ¿Cómo es posible?, me he preguntado sin hallar mi propia respuesta. Pero después del susto, y gracias a una atención en la lectura más concentrada, el sosiego me ha iluminado y ha dado paso a la alegría. No se trata de Alfredo Pérez Rubalcaba, sino de Alfredo Rubalcaba, sin el Pérez, que tiene que ser un primo o un pariente cercano. No me cabía en la cabeza que Pérez Rubalcaba, que ha sido el ministro de confianza de Zapatero y su vicepresidente, fuera el conejo de la chistera socialista. Pérez Rubalcaba llegó al Gobierno de Zapatero con un 8,3 por ciento de parados, y abandona el mismo Gobierno con el 21,9 por ciento de españoles sin empleo. No puede ser, por lo tanto, el que prometa arreglo alguno por haber sido uno de los principales desarregladores. Otra cosa es Alfredo Rubalcaba, su primo, que nada ha tenido que ver con la gobernación de España y ha surgido de improviso para empujar nuestro contento.

Rubalcaba es montañés, pero por la cercanía, hay ramas vascas del apellido. En Cantabria no conocen al primo. Me dicen que por la zona norte de Palencia, entre Nogales, Alar del Rey y Mave vivieron años atrás unos Rubalcaba. Y para completar la investigación, no puedo pasar por alto un dato fundamental. En Quintanilla de Escalada, Burgos arriba, localidad atravesada por el padre Ebro a punto de recibir las aguas del Rudrón, se empadronó en 1962 doña María del Dulce Nombre Ruiz Mañueco, viuda de Rubalcaba. Encaja perfectamente la cronología con la posibilidad. Este Rubalcaba que va a regenerar el socialismo en España puede ser perfectamente el hijo de doña María del Dulce Nombre, pero no me atrevo a asegurarlo porque en los periódicos y programas informativos de las radios y las televisiones no han aportado el segundo apellido del candidato socialista. Si se llama Alfredo Rubalcaba Ruiz Mañueco, es nuestro hombre.

Porque Pérez Rubalcaba no podía ser. Hasta aquí las bromas de mal gusto. El íntimo y más influyente colaborador de Zapatero no está capacitado moral y éticamente para decir que el Gobierno de Zapatero ha sido una gamberrada, y que de esa gamberrada él no ha tenido nada que ver. De ahí el susto inicial. El PSOE es un partido con decenas de miles de militantes, y por ende, con cantera para el futuro. Entre tantísimos, tiene que haber uno, al menos uno, lo suficientemente preparado para suceder a Zapatero sin sentir el agobio de la hipoteca de haber sido el fundamental colaborador de Zapatero. Es decir, un socialista que pueda pedir perdón por lo mal que lo han hecho los socialistas y prometer eficacia, honestidad y trabajo en el futuro. Si Alfredo Rubalcaba es ese joven sin pasados ni hipotecas, bienvenido sea, porque una sociedad democrática necesita la fuerza, en el poder o la oposición, de una izquierda europeísta y moderada. Alfredo Rubalcaba puede ser ese hombre portador de horizontes nuevos. Pero no Alfredo Pérez Rubalcaba, que es un político acabado, acosado por sus ayeres y responsable de que España haya caminado en los últimos ocho años rumbo a la quiebra y el abismo. Como broma de mal gusto, pase. Pero nada más. Ahora, que nos enseñen la foto de Alfredo Rubalcaba, y a ver qué tal.


La Razón - Opinión

Gabinete provisional. Por Ignacio Camacho

Zapatero ya no tiene en sus manos la decisión de agotar la legislatura. Su voluntad queda a expensas del candidato.

SI la remodelación del Gobierno tenía un mensaje que descifrar, su resolución ha dejado claro que estamos ante un Gabinete provisional retocado a la espera de la convocatoria de elecciones, y con el mando a distancia en manos del dimitido Rubalcaba. Zapatero era presidente interino desde el momento en que anunció su retirada, pero ahora lo es también en la medida en que ya no tiene en sus manos la decisión de agotar la legislatura. Su voluntad de cumplir los plazos queda a expensas de los intereses del candidato.

En realidad, le ocurre algo peor: su permanencia en el poder estorba a Rubalcaba, que debe cohabitar con ella como un lastre obligatorio. La gestión del presidente va a quedar bloqueada por las necesidades electorales, sometida al visto bueno de un aspirante que no puede arriesgarse a medidas impopulares propias de las circunstancias económicas y financieras. En esas condiciones su continuidad carece de sentido, puesto que no puede gobernar. La lógica de la responsabilidad debería conducir a la disolución de las Cámaras y el llamamiento a las urnas en otoño, pero Zapatero ya no es siquiera el dueño de los plazos y debe someterse a los planes de su heredero. Si Rubalcaba necesita tiempo lo tendrá a costa de un bloqueo institucional alarmante, y si le conviene adelantar las elecciones será él quien elija el momento. Su salida del Gobierno es un gesto cosmético de alejamiento formal en el que se reserva la capacidad de veto y una influencia determinante en la propia agenda oficial. Resulta significativo que su vicepresidencia de coordinación quede sin cubrir; la va a seguir ejerciendo desde fuera, a través de Ramón Jáuregui y con Blanco como portavoz de sus estrategias.


En términos objetivos la situación es de colapso del Estado, cuyos intereses quedan sometidos a la planificación electoral del Partido Socialista en un momento crítico de fase aguda: ayer se batió un récord de la prima de riesgo de la deuda y el horizonte financiero europeo se está complicando de manera inquietante. España se enfrenta a unos meses de extrema delicadeza con un Gobierno maniatado y un presidente degradado a figura decorativa que parece haber entregado sin resistencia todas sus potestades. La autoridad moral la había perdido hace tiempo; ahora ha renunciado también a la soberanía personal.

En circunstancias normales siempre sería preferible que Rubalcaba estuviese al mando; tiene más sentido, sensatez y cuajo que ZP. Pero ahora es sólo un candidato enfrascado en sus propias expectativas. Su única prioridad es levantar a un moribundo que no es el país sino su partido. La única salida posible de esta agonía son unas elecciones anticipadas que generen al ganador una nueva legitimidad y eviten que España se desangre por la herida de este desastroso vacío de poder.


ABC - Opinión

Una remodelación pactada

Rodríguez Zapatero abordó ayer su novena remodelación ministerial desde que llegó a La Moncloa en abril de 2004 –ha tenido más de una crisis de Gobierno por año, lo que no deja de ser significativo– sin mover apenas peones. Provocada por la dimisión de Alfredo Pérez Rubalcaba, que ya está volcado en sus labores como candidato a la presidencia por parte del PSOE, ha sido una reforma de perfil bajo: sólo un cambio para sustituir a Pérez Rubalcaba en Interior por Antonio Camacho. El actual secretario de Estado de Interior pasará a ocupar la cartera de este Ministerio hasta el final de la legislatura. Por experiencia, preparación, conocimiento del ministerio y cercanía a Rubalcaba, Antonio Camacho era el candidato más idóneo para ocupar Interior, por expresa petición de su antecesor. El resto de movimientos apenas tienen trascendencia, salvo la decisión –que Zapatero calificó como «sorpresa» para los periodistas– de que el titular de Fomento, José Blanco, sea también el portavoz del Ejecutivo. Como era más que previsible, y más en esta época que obliga a la austeridad, no ha habido un aumento de ministerios. Se reducen en dos las vicepresidencias pasando a ser ahora, la vicepresidenta segunda y Ministra de Economía y Hacienda, Elena Salgado, vicepresidenta primera y Manuel Chaves ocupará la vicepresidencia segunda. El mayor protagonismo de José Blanco responde a la necesidad de tener en la portavocía a un político experimentado, con cintura política, pero también contundente, que se maneja bien ante los medios de comunicación, además de ser una de las personas más cercanas al presidente. Sin embargo, el ascenso de Elena Salgado quizá no sea acorde a sus limitaciones.

Con este gabinete, Rodríguez Zapatero pretende, o eso al menos ha indicado, agotar la legislatura, algo que se nos antoja muy complicado. Ayer afirmó que esta remodelación responde al interés de mantener la estabilidad. Evidentemente, el presidente del Gobierno está en su derecho de elegir cuándo convocar o no las elecciones generales. Sin embargo, sus deseos se chocan de frente con la realidad. La citada estabilidad casa mal con la situación de bicefalia que viven ahora mismo los socialistas. Tanto Rodríguez Zapatero, en calidad de presidente del Gobierno, como Pérez Rubalcaba, como candidato electoral, pueden enviar mensajes contradictorios tanto a sus votantes como al país que pueden generar inestabilidad y una sensación de interinidad que sería muy perjudicial para España. Cabe recordar que reactivar la recuperación económica pasa por generar confianza en los mercados y en nuestros socios comunitarios y ésta puede verse mermada si desde el mismo partido que sostiene al Gobierno se oyen voces discrepantes sobre algunas de sus actuaciones.

España necesita un Gobierno sólido y no un Ejecutivo gastado y sin proyecto que, además, está sostenido por un partido en el que existe una bicefalia. Es imprescindible que el presidente del Gobierno dé un paso adelante y convoque elecciones anticipadas. Hay una recuperación económica que no entiende de calendarios electorales.


La Razón - Editorial

El euro, ante el precipicio

El desacuerdo sobre Grecia castiga a Italia, asfixia a España y amenaza con romper la eurozona.

La convulsión permanente de los mercados, que apenas deja una semana de tranquilidad entre un episodio de ataques a las deudas periféricas y el siguiente, está llevando a la eurozona al caos financiero y al borde de la ruptura. La crisis, mal gestionada por las instituciones europeas, ha dado un peligroso salto cualitativo al involucrar a países como Italia que tienen gran parte de la deuda en manos de residentes.

La primera consecuencia de ese agravamiento fue que ayer Europa vivió un lunes tenebroso, el peor sin duda desde la creación del euro, con una especulación desaforada contra Italia y España. La prima de riesgo española alcanzó los 336 puntos básicos y la de Italia superó los 300 puntos. Es una situación insostenible a corto plazo para la solvencia española y, sobre todo, para la italiana, que acumula un volumen de deuda del 120% del PIB. En España, la explosión de los intereses de la deuda asfixia cualquier recuperación, porque los gastos financieros consumen cualquier margen presupuestario, reducido de entrada por la obligación de controlar el déficit. El castigo a la deuda se traduce además en el desplome bursátil de los sistemas bancarios, objeto de una reforma cuyo destino fatal en estas circunstancias es el fracaso.


El euro está en este gravísimo aprieto porque las autoridades europeas son incapaces de llegar a un acuerdo para articular un plan de rescate que proporcione una cierta estabilidad financiera a Grecia durante los próximos tres años. Con España e Italia situadas en la diana de la especulación, los ministros de Finanzas, el BCE y toda la pléyade de instituciones que deben ponerse trabajosamente de acuerdo para salvar el euro (porque hoy ya es cuestión de supervivencia) no pueden demorar más la salvación de Atenas.

El problema es conocido. Grecia no puede devolver sus préstamos y necesita un nuevo plan de rescate que incluya una reestructuración de esa deuda; es decir, los acreedores de Grecia tienen que contribuir al rescate con una quita; para que esa reestructuración sea efectiva, las agencias de calificación deben aceptar que no es un impago. Una medida de mala gestión de las autoridades europeas es que anunciaron iniciativas antes de acordar con las agencias que la quita voluntaria no fuera considerada como default. El resultado de la torpeza (otra más) es una prima de riesgo insostenible y la certeza de que es más difícil cada día llegar a un acuerdo sobre Grecia (aplicable si llega el caso a Portugal e Irlanda) que aleje definitivamente la especulación.

Los acreedores de las deudas europeas (y quienes gestionan sus carteras) tienen una responsabilidad indeclinable en esta situación crítica. Reaccionan con histeria a síntomas menores y son reacios a analizar los fundamentos económicos de cada país. Pero lo que los inversores cotizan sobre todo (a la baja, por supuesto) es la pésima gestión de la crisis. La falta de un gobierno económico capacitado para tomar decisiones ha sembrado el desorden en las finanzas europeas, está invalidando los programas de ajuste de algunos países, pagados con recortes sociales (como el de España) y puede ser la causa de la desaparición del euro.

Para corregir este caos que provoca empobrecimiento y paro, Europa (léase Alemania, Francia, el Eurogrupo y el BCE) tiene que aprobar ya -sin esperar a septiembre, pues igual no se llega- el segundo rescate de Grecia con la aquiescencia de las calificadoras y transmitir el mensaje de que el BCE y el Eurogrupo tienen la capacidad para acabar con la especulación. No es momento de sutilezas, debates bizantinos y dudas metafísicas que castigan el crecimiento y el empleo. El sistema financiero tiene que ser consciente de que el BCE utilizará como garantía los bonos de todos los países del euro, sea cual sea el nivel de castigo recibido. Basta ya de parches.


El País - Editorial

Al borde del abismo

Nuestro Gobierno se ha endeudado sin medida y, como se niega a dejar de vivir por encima de sus posibilidades, sigue emitiendo deuda alegremente en el extranjero, unos bonos garantizados por un Estado que cada vez ingresa menos y gasta más.

Hace tiempo que batir el récord histórico dejó de ser una noticia para la prima de riesgo de la deuda española. Ahora es algo mucho más grave, es una espada de Damocles que se balancea incesablemente sobre la cabeza del Gobierno, y cada vez lo hace más deprisa. En la jornada de ayer este indicador clave, que informa a los inversores de lo confiable que son los títulos soberanos de un país, superó los 300 puntos básicos. A partir de ahí se disparó y llegó, al cierre del mercado, a tocar los 340 puntos.

Los dos países de la Eurozona que anteriormente habían rebasado la línea psicológica de los 300 puntos son Grecia y Portugal. Para ellos no hubo vuelta atrás. Ambos se encuentran hoy, meses después de cruzar esa línea roja, al borde mismo de la bancarrota: Grecia sostenida gracias a créditos de urgencia por parte del FMI y la UE, Portugal sorteando lo inevitable con un severo plan de ajuste que no ha hecho más que empezar.

Todo parece indicar que seguimos el camino marcado por griegos y portugueses. Nuestro Gobierno se ha endeudado sin medida y, como se niega a dejar de vivir por encima de sus posibilidades, sigue emitiendo deuda alegremente en el extranjero. El resultado es que los acreedores están empezando a perder la fe en el retorno de su inversión y penalizan las emisiones españolas. Es un mecanismo muy sencillo, al alcance de cualquier estudiante de bachillerato pero del que, a pesar de ello, el Gobierno de Zapatero no quiere darse por enterado.


Existe todavía una posibilidad –cada día más lejana– de evitar la quiebra o el rescate, que en el caso de España sería multimillonario y tal vez impracticable por su envergadura. Esta posibilidad pasa necesariamente por un programa de ajuste urgente que aminore drásticamente el gasto público, de manera que el Gobierno no precise de pedir fuera lo que no ingresa en casa. Este ajuste implica reformas de mucho mayor calado destinadas a liberalizar varios mercados domésticos como el laboral o el del suelo, así como racionalizar de una vez por todas el oneroso y ya imposible de mantener sistema autonómico.

Zapatero ha dejado claro que en los meses que le quedan en La Moncloa no quiere saber nada de reformas que podrían complicar la reelección de su partido. Pero el problema es de tal calibre que supera con mucho los miserables cálculos electorales que se trae entre manos para salvar los muebles tras una tempestad provocada por su absoluta inepcia en asuntos económicos. No le queda, pues, otra opción que irse, cuanto antes mejor. Convocar elecciones y, antes de que éstas se celebren, tranquilizar a los inversores emprendiendo un recorte generalizado en todas las partidas presupuestarias.

Hecho esto, que hablen las urnas y que, salga quien salga elegido presidente, haga lo que hay que hacer, un compromiso de Estado que puede resumirse en dos ideas: dejar de gastar más de lo que se ingresa y pagar lo que se debe. A partir de ahí, el nuevo Gobierno deberá ir cimentando los pilares de la recuperación que, borrachos de estatismo como estamos, habrán de pasar por más libertad, más sociedad civil y, sí, efectivamente, más mercado.


Libertad Digital - Editorial

Lo que queda del Gobierno

La gravedad de los problemas que acechan a la economía española es tal que este cambio de piezas dentro del Gobierno de Rodríguez Zapatero resulta irrelevante.

LA remodelación del Gobierno tras la salida de Pérez Rubalcaba va a pasar sin pena ni gloria política porque el problema de Zapatero sigue siendo el agotamiento de su crédito para dirigir el país. La coincidencia de los nombramientos de José Blanco, Elena Salgado y Antonio Camacho con la subida descontrolada de la prima de riesgo de la deuda española no es una mera causalidad ni un capricho del destino. Representa la postración de la economía española ante los mercados internacionales. De poco sirve señalar a Grecia e Italia como responsables de la jornada de miedo que se vivió ayer si, al final, España es tratada como uno más del pelotón de cola.

No hay argumentos para sostener por más tiempo esta legislatura. No aumenta la actividad económica, ni baja significativamente el desempleo ni mejora la confianza internacional en nuestras expectativas. La gravedad de los problemas que acechan a la economía española es tal que este cambio de piezas dentro del Gobierno de Rodríguez Zapatero resulta irrelevante y solo responde a esa dinámica perversa que ha instalado el PSOE entre sus problemas internos y las necesidades nacionales, por la que estas quedan sometidas a la solución de aquellos.


Pero, incluso analizando estos cambios desde la óptica socialista, el acceso de José Blanco a la función de portavoz del Gobierno abre una probable vía de contradicciones con los planteamientos del candidato Pérez Rubalcaba. Que Blanco no participe en la campaña electoral de su partido y, en cambio, sea el portavoz de Zapatero podrá responder a claves tácticas, pero aparenta una escena de cierto pugilato con el candidato socialista. Sea cual sea la explicación de este nombramiento, incluso la de que Blanco haga de enlace entre Gobierno y partido, parece evidente que a Pérez Rubalcaba no le conviene que un Ejecutivo así de plano y amortizado siga en activo durante nueve meses. No debería dudar de que el previsible empeoramiento de la situación económica va a hacer que se le transfieran las responsabilidades del Gobierno. Y cuanto más apele a sus fórmulas mágicas contra el paro, peor, porque esas recetas hacen falta ahora y no para el caso de que gane las próximas elecciones. Pasados los primeros momentos de la euforia impostada por los socialistas el pasado sábado, por la designación de su candidato para las elecciones de 2012, algo tan inapelable como la prima de riesgo de la deuda pública los devuelve a la realidad de que esta legislatura no da más de sí.

ABC - Editorial

lunes, 11 de julio de 2011

El mito de Rubalcaba y su chapuza histórica. Por Roberto Centeno

Me comentaba hace unas semanas un conocido ex ministro de Felipe González, que coincidió con Rubalcaba en el Gobierno cuando éste era portavoz, que ni Felipe, ni él, ni ninguno de sus compañeros de gabinete que han conocido de cerca su capacidad de gestión entienden la aureola montada alrededor del personaje, tanto por sus enemigos como por la casi totalidad de los medios, a pesar de que ni unos ni otros le conocen. Es lógico que la cúpula socialista, cuyos cargos dependen ahora de él, se deshaga en serviles elogios, pero que sus enemigos le califiquen de “genio tenebroso” o “Maquiavelo”, o que los medios cuenten que es un “tipo listo y un pájaro político de cuidado”, demuestra que “no conocen en absoluto a Rubalcaba”.

Todos los que han coincidido con él en tareas de gobierno saben que es un mediocre consumado, con una cierta habilidad dialéctica pero sin idea alguna que llevar a la práctica. “Tanto es así”, me decía, “que en aquella época Felipe ni se le ponía al teléfono, y tenía que comunicarse con él a través de mi”. Aunque para esta persona lo más grave, desde el punto de vista del socialismo, es que Rubalcaba es un perdedor y el destrozo que puede ocasionar al partido podría ser demoledor.


Concluye su ex compañero de Gobierno afirmando que “los que no le conocen dicen que Rubalcaba no da puntada sin hilo, y lo que ocurre en realidad es que no da una puntada a derechas”. Lo cierto es que la gente y los medios tienen muy mala memoria. No recuerdan, por ejemplo, que Rubalcaba, primero como segundo de Maravall y después como ministro de Educación, fue uno de los grandes responsables de la destrucción de la enseñanza pública en nuestro país, primero como coautor y principal impulsor de la LOGSE, que nos ha hundido más de 20 puestos en todos los ranking internacionales, y después como responsable de la politización y el hundimiento de la Universidad, donde los únicos elementos que cuentan desde entonces en la selección del profesorado son la afiliación política de izquierdas y las relaciones de amistad. Esta práctica ha convertido a nuestras universidades en gigantescas fábricas de parados y perjudica fundamentalmente a las familias más desfavorecidas, que carecen de recursos para pagar a sus hijos un colegio o una universidad privada.
«El beneficio conjunto de bancos y cajas imputable a España después de impuestos en 2010 fue de 5.000 millones de euros. En el Santander y el BBVA sólo el 16% de sus beneficios fue imputable a España. Si dedicarán, por ejemplo, un 10% a crear empleo serían 500 millones, y esa cifra para solucionar el problema del paro simplemente es una broma.»
Este es Alfredo P. en acción, un peligro cierto para los humildes y para la clase trabajadora, el hombre que ha conseguido junto con Maravall y algún otro destruir el ascensor social que la enseñanza pública posibilitó en el pasado, algo dificilísimo porque era una enseñanza de altísima calidad a todos los niveles, una de las mejores de Europa. Dice Soraya Sáez de Santamaría que “estamos viendo al peor Rubalcaba, que probablemente es el que es”. Es cierto; el pasado lo acredita y los acontecimientos de las últimas semanas lo corroboran. Rubalcaba ha desperdiciado antes de empezar buena parte de su credibilidad, real o ficticia.

El 15M, del que ha sido gran impulsor, se le está diluyendo como un azucarillo. ¿Si no le sirvió en su momento álgido para evitar el desastre, de que cree que le van a servir ahora cuando ni siquiera consiguieron congregar a 10.000 personas en su Marcha sobre Madrid? Y su felonía de legalizar a los amigos de ETA, de entregarle Guipúzcoa y la capitalidad de la cultura, puede costarle cara en las urnas, pero más grave es su pseudo-programa económico, una deriva descamisada que mueve al estupor o la ira.

El programa de Rubalcaba o cómo la montaña parió un ratón

Chapuza histórica, tomadura de pelo, de vergüenza ajena… realmente faltan adjetivos. ¿Y para esto se han tirado trabajando casi dos meses Caldera, Narbona y las mentes más radicales del Partido Socialista? ¿Éste era el discurso de tan “altísimo calado político”? Simplemente, no hay por dónde cogerlo. Mal está que después de siete años, como más cercano y estrecho colaborador de Zapatero en el hundimiento de España, ahora cometa el fraude intelectual de negar toda vinculación y se presente como alternativa, pero sus planteamientos del sábado son un insulto a la juventud, a los parados y a la clase media.

Y ahora analicemos los grandes inventos de Rubalcaba, el indignado. El primero, pedir a bancos y cajas que dediquen una parte de sus beneficios a la creación de empleo, algo inédito en el mundo. Pero, vamos a ver, don Alfredo, el beneficio conjunto de bancos y cajas imputable a España después de impuestos en 2010 fue de 5.000 millones de euros. En el Santander y el BBVA sólo el 16% de sus beneficios fue imputable a España. Si dedicarán, por ejemplo, un 10% al tema serían 500 millones y esa cifra para solucionar el problema del paro simplemente es una broma. Parece que ni se han molestado en hacer un solo número, 500 millones es menos de lo que nos expolian los titiriteros de la SGAE y, además, si uno de nuestros principales problemas es la falta de crédito es obvio que esto empeorará la situación. ¿Y qué van a pensar los mercados? Es más, ¿por qué sólo la banca y no los monopolios energéticos, que están abusando de los consumidores como jamás lo hicieron en el pasado?

Sin embargo, el asunto es mucho peor. Comparen ahora esa cifra con los 50.000 millones que entre dinero directo y avales entregamos a cajas y bancos en 2010. ¿Por qué no dedica esos 50.000 millones a crear empleo y que los bancos se busquen la vida como puedan? Esto no es solo demagogia al por mayor, es una burla sangrienta a los jóvenes y a los parados.

El segundo tema: el impuesto sobre el patrimonio, un impuesto tan injusto y regresivo que ya no existe en ningún país del mundo. ¡Deje de mentir, don Alfredo! Ese impuesto recae en un 98% sobre la clase trabajadora y sobre la clase media y, por supuesto, sobre todos aquellos que hayan ahorrado lo suficiente para comprarse una vivienda. Los grandes patrimonios, por si no lo sabe usted, están exentos del impuesto de patrimonio vía SICAV. De los aproximadamente 2.500 millones que se recaudaron el último año que estuvo en vigor, menos de 50 corresponden a lo que usted denomina grandes fortunas.

Asimismo, lo del contrato a tiempo parcial es pura demagogia, y lo del cambio del sistema electoral, donde no concreta nada, es otra tomadura de pelo. Y, sin embargo, no ha dicho ni pío del gigantesco despilfarro económico, donde sólo entre la mala gestión de las compras y las duplicidades entre administraciones se despilfarran anualmente 50.000 millones de euros.

Una alternativa diabólica

Si con esta chapuza -menos de 3.000 millones de euros entre la tasa bancaria y la reimplantación del impuesto del patrimonio- pretende arreglar la crisis y el paro es que necesita que le examinen. Aunque lo más probable es que no sea esa su intención, sino volver a engañar una vez más a los ciudadanos. Pero, aún siendo cierto de que el número de descerebrados en España por kilómetro cuadrado supera ampliamente la media europea, no es tan abultado como cree don Alfredo. Para este viaje no hacían falta alforjas.

En todo caso, la táctica de Rubalcaba es clara: tratar de recuperar una parte del voto de la izquierda y que Rajoy no alcance la mayoría absoluta. En definitiva, una táctica populista suicida, demagogia químicamente pura, cuya única ventaja es que llevará al socialismo español al desastre, que es la condición ‘sine qua non’ para que España supere la crisis y se recupere la unidad nacional, porque con los socialistas no hay posibilidad de supervivencia para España. Pero de momento, y sin tomar medida efectiva alguna en una economía que camina directa hacia el abismo, el daño adicional que pueden ocasionarnos los socialistas es espectacular.


Cotizalia - Opinión

Rubalcaba. Trivial y significativo. Por Agapito Maestre

Uno, Rajoy, sale de ganador y sólo aspira a triunfar por la máxima diferencia sin arriesgar una sola promesa, mientras que el otro, Rubalcaba, que sabe que va de perdedor, quiere arriesgarlo todo.

El fanático sólo soporta sus convenciones, más aún las considera necesarias, mientras que las ajenas las desprecia por arbitrarias. El escéptico, por el contrario, toma en consideración las convencionalidades del otro, a veces para reírse, pero, en muchos otros casos, para desengañarse de las propias. Entre una y otra actitud, quizá, haya un camino intermedio, merece la pena ensayarlo si observamos la campaña preelectoral, una convención política, que comenzó el pasado sábado con dos discursos rigurosamente complementarios tal y como corresponde a dos políticos experimentados, viejos, incluso pasados de rosca, para crear ilusiones a un país lleno de odio y resentimiento.

Del enfrentamiento fanático que inunda la escena política española, especialmente en la perspectiva ideológica, no saldremos con este tipo de políticos, es decir, aunque sean dos candidatos muy diferentes en el estilo y el origen, diríase que se complementan a la hora de aburrir a la concurrencia. El tedio, a veces, es peor que la alteración permanente, porque es una muerte en vida. Los dos candidatos han sido ministros de Educación y del Interior. Los dos conocen las tripas del sistema político como nadie. Los dos son conscientes de que la política institucional española, como la del resto de Europa, es dependiente de las encuestas electorales; y éstas siguen dando ganador a Rajoy por casi 16 puntos, eso significa que casi todo debe ser interpretado en esa clave, es decir, los silencios y la palabrería estarán determinados por los resultados de la encuestas. Los dos conocen bien, obviamente, sus expectativas y sus límites. Uno, Rajoy, sale de ganador y sólo aspira a triunfar por la máxima diferencia sin arriesgar una sola promesa, mientras que el otro, Rubalcaba, que sabe que va de perdedor, quiere arriesgarlo todo.

Por todo eso, aparte de las encuestas, será menester adivinar lo significativo de esos dos discursos a través de lo trivial. De lo que está a la vista de todos, o sea de lo que dicen, aunque lo dicho se contradiga con lo hecho, podemos extraer una pizca de saber. Reconozco que, si hago abstracción de su pasado inmediato, próximo y remoto, la palabrería de Rubalcaba dice cosas. Transmite propuestas más o menos concretas. Demagógicas, sí, pero no corresponde ahora analizar ese asunto, sino reconocer que en una campaña electoral lo decisivo es que los candidatos digan cosas claras y distintas. Eso, en mi opinión, lo ha cumplido Rubalcaba a rajatabla, y además sin leer papeles; en efecto, sus mensajes fueron nítidos, pueden ser fácilmente memorizados; por ejemplo, nadie dejará de entender que parte de los beneficios de la banca, según indicaba Rubalcaba, serán utilizados para crear empleo. Por el contrario, el discurso de Rajoy en la clausura del campus de FAES no dio un solo titular claro y, sobre todo, nuevo. Algo, en fin, que llevarse a la boca y que le dé unos pocos más de votos.


Libertad Digital - Opinión

Zapatero bis. Por José María Carrascal

Rubalcaba hizo lo que Zapatero al comenzar la crisis: ignorarla, olvidar la realidad, anunciar medidas cosméticas contra ella.

LO más importante de su presentación como candidato socialista no fue lo que dijo, sino lo que no dijo: Rubalcaba omitió por completo que somos de hecho un país intervenido por Bruselas, que nos ha impuesto unos deberes que no hemos hecho del todo, con los mercados al acecho. De todo eso, nada de nada. Para compensarlo, el candidato socialista se sacó de la manga dos propuestas —que la banca financie la creación de empleo y restablecer el impuesto de patrimonio para las grandes fortunas— y se quedó tan satisfecho. ¡Como si la banca estuviera para financiar nada, cuando lo que necesita es financiarse ella, y no supiéramos que las grandes fortunas tienen su dinero en inversiones libres de impuestos! En otras palabras: Rubalcaba hizo lo que Zapatero al comenzar la crisis: ignorarla, olvidarse de la realidad, anunciar medidas cosméticas contra ella. O no se da cuenta, lo que sería gravísimo, o nos está mintiendo, lo que sería el colmo, pues es la segunda vez que nos lo hace. En cualquier caso, explican los aplausos entusiastas de Zapatero al escucharle: su sucesor estaba diciendo lo que a él le gustaría decir, pero Bruselas y los mercados no le dejan. En cuanto a la sala, ¿qué iba a hacer sino aplaudir también? Veremos lo que dicen hoy Bruselas y los mercados, porque no ha debido de hacerles ninguna gracia tanta amnesia. Menos gracia aún le ha hecho a la oposición doméstica a diestro y siniestro, que le lanza preguntas como flechas envenenadas: por qué quiere imponer ahora la reforma electoral que rechazó hace pocos meses. O recuperar los impuestos que había eliminado. O crujir a los bancos que había ayudado. O hacer política de izquierdas cuando viene haciendo la de derechas. Puede contestar que antes hay que salir de la crisis. Pero entonces estaría reconociendo que la izquierda no tiene recetas para la crisis. Que las únicas recetas son de derechas. Y tan tonto no es.

Que se trató de un mitin electoral, es decir, de una serie de promesas que no se van a cumplir, no cabe la menor duda. Pero en las precarias condiciones en que nos encontramos, incluso las mentiras toleradas pueden convertirse en boomerang contra quien las pronuncia, y no me refiero a Rubalcaba, sino al Gobierno del que aún forma parte, y en ese sentido, a España. Es posible que haya recuperado algún voto de la izquierda, aunque tampoco tantos, dado lo vapuleada que está por el zapaterismo en descomposición que aquél representa. Seguro, en cambio, es que no ha contribuido lo más mínimo a aumentar el crédito, la confianza, el prestigio, la reputación financiera de España. O sea, para distanciarla de Grecia, que a fin de cuentas es el nombre de este peligroso juego.


ABC - Opinión

PSOE. Derribos Rubalcaba. Por Emilio Campmany

Como no hay forma de que haya partido es trayendo a un felipista reconvertido al zapaterismo con más muertos en el armario que Bela Lugosi y cuyo único prestigio se apoya en sus trapacerías y modos chulescos.

En Prisa tratan de darse ánimos con un editorial que titula Todavía hay partido. Y no lo hay. Es cierto que Freddy lo tiene muy difícil porque no puede reivindicar ninguna herencia, ni la felipista ni la zapaterista, porque las dos son un desastre, pero su problema más gordo es que él contribuyó notablemente a que las dos lo fueran. El caso es que el PSOE va a perder las elecciones generales y ya lo único que preocupa a Rubalcaba es convencer a su gente de que el resultado será malo a pesar de él y no, como es la verdad, que lo será gracias a él.

Habrá quienes crean que, una vez puestos en manos de Zapatero, nada podía hacer el PSOE por evitar el desastre. No es cierto. Cuando se hizo evidente que el pastel se había terminado y Zapatero ya no podría repartir más trozos, el partido debería haberle liquidado. Fue en mayo del año pasado cuando el PSOE tuvo esa oportunidad. Disponía además de dos estrategias. Una, hacer dimitir a Zapatero y poner al frente del Gobierno a alguien con credibilidad suficiente que tomara las medidas que había que tomar y rezar para que en marzo de 2012 hubieran empezado a producir algún efecto beneficioso que poder alegar ante el electorado. Otra, convocar elecciones generales para otoño de 2010 y presentar a un candidato más próximo al centro que no estuviera contaminado de zapaterismo. Ninguna de las dos garantizaba conservar el poder, pero al menos sí que hubiera habido partido.


Pero los socialistas han hecho lo peor. Han dejado al responsable visible de todos los males, Zapatero, al frente del Gobierno. Lo han dejado además para que se desdiga de su propia política y mienta afirmando seguir ahora la opuesta, con lo que pecha con el descrédito de echarse atrás y de hacer política de derechas, pero sin recibir los beneficios que habría obtenido de haberla aplicado realmente, de modo que la economía sigue hecha un desastre.

A pesar de todo, después de las municipales y autonómicas, estaban a tiempo de recuperarse si hubieran elegido a un candidato limpio de zapaterismo que hubiera propuesto un programa de centro izquierda que renegara del radicalismo de Zapatero.

Como no hay forma de que haya partido es trayendo a un felipista reconvertido al zapaterismo con más muertos en el armario que Bela Lugosi y cuyo único prestigio se apoya en sus trapacerías y modos chulescos. Luego, cuando se queden en 140 diputados, dirán que, tal y como estaban las cosas, no es mal resultado.

El sempiterno problema del PSOE ha sido que sus dirigentes han puesto siempre al partido por delante de España. Ahora vemos que, además, se ponen ellos mismos por delante del partido. Pero ¿a quién le iba a extrañar que Freddy prefiera ser el dueño de una escombrera antes que no ser dueño de nada?


Libertad Digital - Opinión

Rubalcaba en cal viva. Por Gabriel Albiac

Rubalcaba durará, entonces, lo que sus conmilitones tarden en encontrarle un lote de cal viva.

¡ÉL, que ejerció de portavoz del Gobierno GAL-Glez, trocado ahora en perroflauta...! Sic transit gloria mundi... Yo, en su lugar, como que hubiera preferido pasar unos dignos meses en el trullo, jugando al dominó con Barrionuevo y Vera, mejor que revestir florecillas californianas, mustias, ¡ay!, de más de cuarenta años. Digámoslo con el mejor Aristóteles: no, no es que todo sea efímero, es que «llamamos vida a la podredumbre». Y esa podredumbre, en política, exige minuciosas contabilidades negras en dinero y muerte.

¿A cuántos asesinó el GAL? ¿A cuánto se cotizó cada cadáver en fondos reservados? Ya no recuerdo cifras: también mi memoria es precaria. Recuerdo, y eso dudo poder olvidarlo, las fotos de despojos humanos, en las primeras páginas del día en el cual —un decenio después de su suplicio— aparecieron los cadáveres, triturados y tratados con mimo a la cal viva, de Lasa y de Zabala. Recuerdo al portavoz del Gobierno-Gal. Del anacrónico neohippie de ahora, dudo que nada quede en mi memoria futura. El ridículo da grima y lo borramos. No sólo el nuestro. Ver a un provecto político con tal biografía evocar el verano del amor y de las florecillas sobre el ausente cabello, no me genera ya ni desprecio. Pero tampoco soy tan duro o tan canalla como para poder carcajearme a gusto. La uñas arrancadas, los huesos triturados, la cal viva sobre los restos de Lasa y de Zabala truecan mi carcajada en vómito.


Pero, ¿cómo es posible tener una cara tan dura? Cuando, entre el 11 y el 13 de marzo de 2004, vi y escuché a Rubalcaba recuperar la iniciativa publicitaria del PSOE sentí miedo. Alguien a quien González encargó de imponernos a todos el sano dogma de que, acerca del GAL, «ni había pruebas ni las habría nunca» no era el más adecuado para calmar las horribles sospechas que lo sucedido provocó en todos los que no supimos ser ciegos a lo demasiado horrible. Quien quiera que dictase su nombre para el ministerio a cuyo abrigo germinaran antaño el asesinato y el robo, tuvo un sentido estético —esto es, ético— depuradamente siniestro. Fuera Zapatero o fuera quien fuese. Que, al final, Freddy el Químico haya decapitado —parcialmente, al menos— a su jefe de estos siete años, nada tiene de extraño.

Más de subrayar es su bajo estado de forma. Hace veinte años, lo hubiera reducido a polvo y a ceniza. Ahora, todo lo que consigue es que renuncie a ser reelegido. Pero, ni en broma, que dimita de la Presidencia. Menos aún, que abandone la Secretaría General del PSOE. Todo el que tenga alguna experiencia de partido sabe por qué es esto tan importante: un político puede plantearse concurrir a unas elecciones perdidas, como forma de tomar posición pública para el futuro. Con una condición: controlar férreamente la Secretaría, a través de la cual tendrá que gestionar en su favor la inmediata travesía del desierto. Si deja ese control del aparato en manos de sus enemigos —dentro de un partido no hay adversarios, sólo enemigos—, está muerto; Rubalcaba durará, entonces, lo que sus conmilitones tarden en encontrarle un lote de cal viva lo bastante eficiente. Y que esta vez, por lo menos, no queden esos desagradables huesos rotos y aquellas uñas arrancadas de cuando lo de Lasa y Zabala.


ABC - Opinión

Hora cero del candidato: a la caza del votante propio. Por Antonio Casado

Futuro con erre. Con erre de Rajoy. O de Rubalcaba, vaya usted a saber, aunque el parte de daños en la causa electoral del PSOE es interminable. Parece tarea imposible su recuperación a corto plazo. Pero ese es el objetivo del candidato socialista a la Moncloa en su hora cero. El sábado demostró una vez más que es una máquina de parir frases redondas y sabe decir las cosas. Ya con dedicación exclusiva y a tiempo completo, ahora deberá convencer a los desertores, unos dos millones de votantes desalentados, de que sabe y puede hacerlas.

Estuvo cercano, firme, persuasivo y didáctico. Siempre mirando a los asistentes al acto y no a la consabida sucesión de folios del orador inseguro. Setenta minutos de discurso apacible, sin gritos, sin soflamas, sin descalificaciones, durante los cuales habló varias veces de “socialismo” y de “los socialistas”, pero una sola vez de “Partido Socialista” (en relación con la austeridad), una sola vez de “la izquierda” (en relación con la educación), una sola vez de Rodríguez Zapatero (en relación a su sacrificio político por España) y ninguna del PSOE.
«No era el día de hacerse el encontradizo con Rajoy. Ni una sola mención al líder del PP. Le aguarda en la batalla de los debates televisados, que piensa reclamar como un derecho de los ciudadanos.»
Repito. Ni una sola vez se refirió a su partido por la marca. Señal inequívoca de que, efectivamente, busca la confrontación en el terreno de los líderes más que en el de las siglas, consciente de que las suyas están seriamente averiadas y de que el votante de centro-derecha no lo ve con malos ojos (no confundir, por favor, con nuestro Tea Party de cercanías). Sin embargo, no era el día de hacerse el encontradizo con Rajoy. Ni una sola mención al líder del PP. Le aguarda en la batalla de los debates televisados, que piensa reclamar como un derecho de los ciudadanos. Frente a la previsible negativa de un adversario a correr el riesgo de salir perdiendo en el cuerpo a cuerpo cuando los sondeos le aconsejan huir de la distancia corta.

Más cuestiones formales. Diferenciación y cercanía. Líneas rojas en lugar de los habituales tonos azules en la corbata del aún vicepresidente del Gobierno, portavoz y ministro del Interior (solo por unas horas). Eliminación de barreras entre quien habla y quienes escuchan para que el verbo se haga carne: “Gracias a vosotros, no me siento sólo”. Lo de diferenciarse es más difícil, aunque no deja de intentarlo. Abandonar los cargos era la primera condición del distanciamiento. Lo suficiente para marcar la diferencia; y no lo bastante para que pueda hablarse de ruptura, pues sería absurdo en quien ha sido determinante en la formación y conformación de los Gobiernos de Zapatero.

En cuanto a contenidos, las grandes líneas programáticas del proyecto Rubalcaba, expuestas el sábado ante un auditorio entregado, respondieron a lo previsto: relectura de la Socialdemocracia (elogio de los servicios públicos, gobernar es redistribuir), conexión con los indignados del 15-M (“O contamos con ellos o ellos dejan de contar con nosotros”, por una política más decente y menos crispada) y guiños centristas (menos funcionarios, más empresarios: “Me voy a partir el pecho por los emprendedores”).

En esas coordenadas hilvanó su esbozo de programa inspirado en la máxima de que hay que ser ambiciosos en los objetivos pero realistas en las propuestas. Demasiado pronto para ir más allá. En el ámbito de las musas todo suena muy bien. Esperemos la prueba del contraste con la realidad para empezar a hacernos una idea de si el vuelo de Rubalcaba es alto y largo como el del águila o corto y apresurado como el de una codorniz.


El Confidencial - Opinión

Rubalcaba. El revival de la revolución pendiente. Por José García Domínguez

En fin, primero se quiso Alfredo; después, Pepunto; luego, Rubalcaba; y ahora pretende hacerse pasar por Roosevelt.

Aprovechando que el derecho a ser tratados como adultos no figura en la carta a los Reyes Magos en que ha desembocado la performance del 15-M, el postulante Rubalcaba se ha animado a declamar un insulto a la inteligencia a modo de programa electoral. Algo que, por cierto, no representa un giro hacia la izquierda, sino hacia la miseria; hacia la miseria intelectual, por más señas, ese territorio siempre fronterizo donde conviven los demagogos de todos los pelajes prestos a capitalizar el resentimiento social. De ahí, entre otras nuevas populistas, el solemne compromiso de resucitar el Impuesto del Patrimonio con destino "a los ricos".

Carnaza retórica para exclusivo consumo de una plebe audiovisual ignorante de que, ni siquiera hace un mes, el PSOE rechazó en el Congreso una propuesta similar de Izquierda Unida. Carnaza como esa otra proclama de inequívoco aroma chavista, el anuncio de una tasa específica que grave los beneficios de la banca, destinada a "crear empleo". ¿Y por qué a los bancos y no a las ferreterías o a los mayoristas de plátanos? Quizá porque procede echar a los leones al "sistema financiero más sólido del mundo". Alguien tiene que pagar por las epopeyas de los días de vino y rosas. Como las célebres del compañero Hernández Moltó, el Adam Smith de Caja Castilla-La Mancha cuya fe en el libre mercado lo empujaría a conceder créditos por valor de setenta y seis mil millones de pesetas a tres familias, tres, de compadres suyos. Y el chivo expiatorio, parece, ha de ser la banca privada.

En fin, primero se quiso Alfredo; después, Pepunto; luego, Rubalcaba; y ahora pretende hacerse pasar por Roosevelt. Olvida Pérez, sin embargo, que durante la Gran Depresión las ayudas del Gobierno americano se dirigieron a la gente; a las familias angustiadas por el pago de las hipotecas, no a las entidades financieras inquietas por su cobro. En concreto, destinó el equivalente a setecientos mil millones de dólares actuales a las personas que no podían costear el recibo de esa losa a fin de mes, frente a algo menos de doscientos mil dirigidos a comprar acciones de los bancos en crisis. Justo lo contrario, pues, de cuanto aquí ha llevado a cabo su Gobierno. Detalle baladí que alguien le debiera explicar.


Libertad Digital - Opinión

La escalera de incendios. Por Ignacio Camacho

Rubalcaba no es una esperanza de renovación sino una escalera para escapar del edificio en llamas del zapaterismo.

HAY algo que no se les puede negar a los socialistas, y es lealtad a las siglas y moral de combate. Con unas encuestas como las que tiene en contra Rubalcaba y una derrota tan dolorosa y reciente a cuestas, en el PP se habría producido una grave crisis de liderazgo y de confianza, y en sus reuniones de partido brillarían los puñales y las navajas cachicuernas. Brotarían candidatos de diverso pelaje respaldados por banderismos mediáticos y en el propio electorado hubiese cundido una mezcla de cainismo y desánimo. El PSOE, en cambio, herido de gravedad en términos objetivos y sumido en una depresión moral severa, ha sido capaz de cerrar filas y aglutinarse alrededor de un candidato de emergencia rescatado de su memoria histórica, una elección que en otras circunstancias hubiera constituido una invitación al harakiri colectivo. La socialdemocracia ha apretado los dientes y tocado a rebato con unidad digna de elogio, pasando por encima incluso de sus propias reglas internas —las primarias— y aplastando con rigurosa disciplina cualquier intento individual de regeneracionismo. Hasta Zapatero se ha dejado basurear sin objeciones y parece dispuesto a entregar el mando a distancia del Gobierno a un heredero que ha zarandeado su política para escapar del naufragio.

Y todo ello sin apenas expectativas razonables de conservar el poder, sin otra meta que la de alcanzar una derrota honrosa, la de evitar una catástrofe que deje a la izquierda para los leones, triturada a merced de una refundación histórica. Sólo para salvar los muebles. El reagrupamiento socialista en torno a un superviviente del felipismo constituye un retroceso objetivo de una década que devuelve al PSOE a la etapa prezapaterista y convoca el fantasma de Almunia, presentado en su momento con el mismo halo pragmático y sensato del que ahora pretende rodearse Rubalcaba. Se trata de un movimiento autodefensivo motivado por el instinto de supervivencia, pero revela la incapacidad del partido para fabricar un liderazgo contemporáneo. Detrás de Zapatero no había nada, o lo es que resulta aún peor, no había más que un tardozapaterismo aún más bisoño y menos fiable. Colocada ante la necesidad imperativa de sobrevivir a unas circunstancias de adversidad extrema, la izquierda española ha rebuscado en las cenizas de un período de esplendor caducado. Lo ha hecho con unidad y orden, sin espectáculos fraccionarios, pero emitiendo a la sociedad un mensaje de agotamiento ideológico y esclerosis generacional.

Rubalcaba no representa una esperanza de renovación ni una baza de futuro, sino una opción de rescate. Una escalera de seguridad por la que escapar del edificio en llamas del zapaterismo, a punto de desplomarse sobre sus propios escombros. La fe con que los socialistas se agarran como mal menor a su experiencia demuestra hasta qué punto ha fracasado la democracia bonita.


ABC - Opinión

La larga sombra de Alfredo

El nuevo candidato del PSOE mantiene su control e influencia en el Gobierno. La tarde de fanfarrias y abrazos de despedida de sus compañeros de partido, ante el nuevo desafío político, intentaba ser real. Sin embargo, tras ese reinventarse a sí mismo, en el que Alfredo P. realizó un encendido discurso izquierdista con los clásicos guiños a apretarle las clavijas a los bancos, mediante nuevas tasas; o a desarrollar «políticas redistributivas», esto es, con nuevos impuestos; por no hablar de sus apuestas para atraer al movimiento 15M con una reforma de la ley electoral, como hoy apunta LA RAZÓN, Alfredo «seguirá» en el Gobierno. No se va porque ni puede ni quiere irse. Son demasiados años manejando los hilos del poder, demasiados secretos y claves en la gobernación del país para ahora dejarlo todo y pasar a otro plano para orquestar una campaña electoral. Pese a su discurso rompedor con lo dicho y hecho por Rodríguez Zapatero, Rubalcaba no será un punto y aparte. Si acaso un punto y seguido; ya que el discurso del Gobierno, y eso sí es un hecho, lo escribe él. Con el permiso del presidente. Y aquí surge otro de los problemas en los que anda inmerso el PSOE. No puede haber dos dirigentes uno en el partido y otro en el Gobierno. Es una contradicción. De ahí que desde el entorno de Rubalcaba se apueste por adelantar las elecciones, aunque conociendo al personaje puede querer esto y lo contrario, posiblemente a noviembre. Y surge otro problema. En las quinielas del partido para los comicios, muchos altos cargos ya han comenzado a moverse. Quieren su puesto en las listas de Alfredo. Unos deseos que se complican con la gobernabilidad de España. No se puede tener la cabeza en la «res publica» y, a la vez, en la intriga política. Por otro lado, capítulos tan importantes como la lucha antiterrorista, que fue impulsada de manera clara y firme por el Gobierno del Partido Popular con la colaboración del PSOE, ha sido coto de Alfredo P. No se espera ningún avance económico importante que mejore las malas perspectivas electorales del PSOE. Por ahí no tiene nada que rascar. Por eso es vital para Ferraz que, de aquí a las elecciones, la banda terrorista ETA no cometa ningún atentado ni se reactive la extorsión a los empresarios antes de la celebración de los comicios. Con Bildu en las instituciones, ETA y su entramado tienen bombas y votos, dinero y recursos para subir la apuesta en sus envites al Estado. Rubalcaba ha perdido, en los últimos tiempos, varias manos contra el entramado etarra. Mala carta de presentación para un candidato. Porque bajo su gestión el desempleo se ha disparado en trece puntos y los datos de déficit y la caída del PIB arrojan demasiadas sombras sobre su capacidad de devolver a España a la senda del crecimiento. En primera línea de los fracasos socialistas, protagonista en el Gobierno de los errores cometidos para hacer frente a la crisis económica, del desempleo y los recortes sociales, su estrella política lleva camino de palidecer tan rápido como sus compañeros en el Gobierno sigan acumulando números rojos y fracasos. ¿La alternativa de qué es Alfredo?

La Razón - Editorial

El gran ajuste pendiente

Los precios de la vivienda tienen que bajar más para reactivar el mercado de la construcción.

Casi tres años después del pinchazo de la burbuja inmobiliaria, alentada por los Gobiernos del PP y tolerada durante la primera legislatura de Rodríguez Zapatero, el mercado de la vivienda sigue siendo el gran problema de la economía española. La venta de casas, pisos e inmuebles está paralizada, la construcción es responsable de la pérdida de más de un millón de empleos y su aportación al crecimiento sigue siendo negativa. El tenebroso panorama de la construcción ha recibido recientemente confirmación estadística: en 2010 quedaban casi 700.000 viviendas nuevas por vender mientras que las instituciones financieras, como consecuencia del colapso del mercado, acumulan más de 65.000 millones de euros en inmuebles o suelo que el mercado es incapaz de absorber.

Desde que empezaron a percibirse los primeros síntomas del crash inmobiliario en España se advirtió que la única solución al empacho de vivienda (en 10 años se iniciaron más de 5,5 millones de pisos en una explosión de irracionalidad que suponía que el mercado lo absorbería todo y los precios nunca bajarían) era un ajuste rápido y profundo de los precios. El entonces vicepresidente Solbes explicó, con fundamentadas razones, que cuanto más deprisa bajaran los precios antes se disolvería la crisis y antes el sector de la construcción podría recuperar un ritmo de funcionamiento capaz de crear empleo. Este criterio exige, además, un cierto compromiso político para no favorecer la creación de una nueva burbuja, por lo cual se adoptó la decisión de eliminar las desgravaciones fiscales a la compra de vivienda.


Pero el ajuste no se ha producido de forma rápida ni profunda. De hecho, en los últimos dos años se ha apoyado sencillamente en dejar de construir, de forma que el ritmo de absorción de las viviendas terminadas es tan lento que el mercado puede tardar un lustro en recuperarse. Los precios apenas han caído un 16% (como media) cuando, dado el enorme stock sin colocar, parece necesario hundir los precios en torno al 40%. Esto es más fácil de decir que de hacer. Los particulares se niegan a depreciar el valor de sus activos inmobiliarios y los bancos entienden que una caída rápida del valor deterioraría un poco más sus balances, incluso aunque en sus cuentas aparezca provisionada una parte de los inmuebles embargados.

No hay incentivos para bajar los precios. Y menos cuando se observa que el aspecto más delicado de la relación entre el mercado financiero y el inmobiliario está en el riesgo de aquellas sociedades inmobiliarias que están siendo sostenidas por bancos y cajas simplemente para que su desplome no imponga nuevas e insostenibles cargas de pisos embargados a las instituciones financieras. Los promotores y constructores piden fórmulas imaginativas para acabar con este colapso de ladrillo que asfixia las opciones de crecimiento económico. Pero la solución más eficaz es bajar los precios. Y de esas soluciones imaginativas debería descartarse cualquier subvención directa o indirecta.


El País - Editorial

El estigma del zapaterismo

Rubalcaba dedicará todos y cada uno de los días que resten hasta las elecciones a su acreditada especialidad: retorcer, manipular y tergiversar la realidad. Por eso será necesario que, mientras tanto, sus mentiras se combatan recordando la verdad.

En efecto, como dice Elena Valenciano, el nuevo candidato Rubalcaba no supone una enmienda a Zapatero. En ningún caso podría serlo cuando desde el comienzo fue su portavoz parlamentario para pasar a asumir, más adelante, la batuta en las negociaciones con la ETA desde la cartera de Interior y la dirección del Gobierno desde la Vicepresidencia Primera. Especialmente en el último año, nada se ha hecho o desecho en el Ejecutivo sin el visto bueno de Rubalcaba. Su elección como candidato no supone ninguna ruptura, sino la más suicida de las continuidades.

Pese a ello, pocas dudas caben de que la estrategia electoral de esa funesta fusión del felipismo y el zapaterismo consistirá no sólo en acercarse al 15-M, sino a distanciarse de las decisiones políticas del Ejecutivo socialista. No es de extrañar, pues el de Zapatero pasará a la historia como el peor Gobierno de nuestra democracia.

El problema para Rubalcaba es que tiene acumulados demasiados muertos en el armario. Si carga demasiado contra Zapatero, el estigma de haber sido su ministro y de contar con su respaldo sólo se acrecentará. Si lo hace demasiado poco, perderá las elecciones. Imposible equilibrio cuyas contradicciones internas no harán más que acrecentarse conforme se acerquen los comicios a menos que asistimos a un ejercicio de propaganda masiva.

Hasta el momento, la mitad de los españoles desconfían de Rubalcaba. Demasiado pocos para la cantidad de infamias que el socialista ha perpetrado en todos los frentes imaginables. Bienvenidas sean, por tanto, todas aquellas campañas ciudadanas dirigidas a desenmascarar al ex ministro y a recordar sus destrozos. No cabe duda de que el ex ministro del Interior dedicará todos y cada uno de los días que resten hasta las elecciones –todos y cada uno de los días que Zapatero se empeñe en prolongar el calvario de España por conveniencia personal y partidista– a su acreditada especialidad: retorcer, manipular y tergiversar la realidad. Por eso será necesario que, mientras tanto, sus mentiras se combatan con la verdad. Lo último que necesitaría España son otros cuatro años de un desnortado radicalismo izquierdista.


Libertad Digital - Editorial

Placebo para socialistas

El PSOE ha zanjado la transición de Zapatero a Rubalcaba sin afrontar una verdadera renovación ideológica

DEFINE el Diccionario de la Real Academia la palabra placebo como «sustancia que, careciendo por sí misma de acción terapéutica, produce algún efecto curativo en el enfermo, si este la recibe convencido de que esa sustancia posee realmente tal acción». El discurso de Pérez Rubalcaba del pasado sábado, al ser designado oficialmente candidato del PSOE, se ajustó a esta definición, porque administró a su partido una dosis indolora de continuidad izquierdista. Fue, en efecto, puro placebo para socialistas, porque Rubalcaba propuso a sus compañeros una estrategia de acomodación en ideas rancias sobre ricos y bancos y en las habituales promesas sobre el Estado del bienestar. Con semejantes planteamientos, el PSOE ha zanjado la transición de Zapatero a Rubalcaba sin afrontar una verdadera renovación ideológica. Si el PSOE fuera consciente de hasta qué punto debe revisar su ideario, más aún tras la derrota del 22-M, habría comprendido que con el discurso de Rubalcaba va a tener un recorrido muy corto. Sin duda, este discurso no reveló «el proyecto de país» que anunció Zapatero ni justificó la expectación que mostraba el presidente del Gobierno. Respondió a la previsión de que sería pura endogamia de partido, con unos compañeros dispuestos a aplaudir lo que dijo o su contrario. De hecho, durante estos últimos años han aplaudido tanto los planes de rescate bancario, sin exigir responsabilidades a cambio, como la buena sintonía de Zapatero, sin objeción de Rubalcaba, con los grandes banqueros españoles, de los que siempre buscó el aval a sus reformas. El proyecto para España habría exigido una mención a la política territorial y a los pactos con los nacionalistas; una clarificación sobre la actitud ante Bildu; una definición de las apuestas diplomáticas de nuestro país; un análisis sobre la crítica situación de la Justicia y del TC; y, entre otras cosas, un plan creíble para la reforma de la enseñanza. En definitiva, podía esperarse un discurso de mayor altura. Pero no lo hubo, porque el PSOE no está en condiciones de asumir compromisos de envergadura ideológica.

Como candidato oficial, Rubalcaba va a tener el mismo problema que ha tenido en estas semanas como vicepresidente y candidato de hecho: la pregunta de por qué no ha aplicado en el Gobierno sus milagrosas recetas contra el paro. Hay tiempo. Es más, el próximo viernes Zapatero y su renovado Gobierno pueden aprobar por real decreto-ley la subida de impuestos a bancos y a ricos que tanto ha gustado al PSOE. Rubalcaba, en coherencia, debería exigírselo.


ABC - Editorial