Si al lector le ha parecido este párrafo una ironía -que lo es- sepa que constituye el núcleo argumental exculpatorio de buena parte de la opinión nacionalista, incluso de cierto sector de medios que ha calificado de «ejemplar» el comportamiento del público de la final por el simple hecho de que, hermanado en el repudio de los símbolos españoles, no mostró la tradicional animadversión banderiza entre las hinchadas contendientes. Antes al contrario, simpatizaron la una con la otra en la solidaridad victimista ante el común opresor que organizaba el partido, dedicándose entre sí efusivas muestras de un amistoso respeto que excluía al mayoritario resto de conciudadanos que se sienten representados por su monarca y su himno, y que no encontraron un ápice de amparo, ni previo ni ulterior, de los directivos de los clubes finalistas ni de los dirigentes políticos de sus respectivas comunidades.
Más bien al contrario. Tanto los presidentes del Athlétic y del Barça como los de los gobiernos catalán y vasco -el molt honorable Montilla y el lendakari López, ambos de miembros un sedicente partido nacional español-, así como los responsables de las diversas formaciones nacionalistas, tenían pleno conocimiento de la minuciosa preparación de la algarada y del reparto masivo de silbatos que no eran para reprobar al árbitro. De sus bocas no salió en las vísperas del encuentro una palabra de temple, ni una petición de respeto, ni una declaración integradora. Y con posterioridad a los hechos, se desmarcaron más o menos vergonzantemente de condenarlos y los minimizaron cuando no se sumaron al elogio de la supuesta ejemplaridad de las aficiones. El cliente siempre tiene razón. Y esos chicos tan majos y ejemplares no se merecían una provocación de ese jaez en fecha tan señalada.
ABC - Opinión





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