El Constitucional se ha dejado chulear de un modo infamante, sabe Dios por qué extrañas razones, y más vale no pensar que tenga algo que ver el veterano pique de sus miembros con los colegas del Supremo. Al día siguiente de contemplar cómo los jueces de la «ultima ratio» del sistema dejaban pasar tan panchos su intragable caballo de Troya, los apoderados del conglomerado etarra se quitaron con arrogante alborozo la burda máscara que sólo ha embaucado a quienes dispuestos estaban a dejarse embaucar, mientras Otegi, ese hombre de paz, pedía el voto para sus desembozados amiguetes. Desde el atentado de la calle del Correo -ay, con qué ingenua torpeza creíamos durante la dictadura en los chivos expiatorios- no queda en España nadie que no sepa que el mediocre dramaturgo Alfonso Sastre es como poco un compañero de viaje del delirio terrorista. Pero si en el franquismo todos los gatos eran pardos al anochecer, ya ha llovido bastante para limpiar las legañas de los más perezosos de mirada. Un juez de la democracia no puede confundir un minino con un tigre.
Exultante por el inesperado éxito de su grosera engañifa, un portavoz de la lista mamporrera se encastilló en el sofisma barato del «planteamiento simplista» para evitar una condena explícita de la violencia del terrorismo. «¿Por qué no me preguntáis -dijo con encanallada ambigüedad el fulano- si condenamos la pederastia?». Pues muy sencillo, pedazo de rufián: porque los pederastas son tan repulsivos como vosotros pero no justifican su odiosa perversión con motivos políticos. Porque no hay listas electorales de pedófilos camuflados ni habría ley ni tribunal que lo permitiese. Y porque aquí no se chupa nadie el dedo salvo esa media docena de magistrados de Babia bajo cuya conciencia quedarán las consecuencias de esta ignominia.
ABC- Opiniòn





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