El resultado es que si apartamos su hojarasca retórica, los sindicatos españoles defienden únicamente a un segmento específico de los trabajadores, el más favorecido, el que tiene un trabajo fijo, castigando a los que no lo tienen o a los que habiéndolo tenido, se han quedado sin él, ya que en toda disputa por un bien, si se favorece a una parte, se daña a la otra, que es lo que está ocurriendo en el mercado laboral español, y una de las causas principales de que tengamos el record de paro en la Unión Europea.
Como puede acusárseme de prejuicio ideológico, voy a decírselo con las palabras del editorial de «El País» de ayer: «Cuando (los sindicatos) se cierran en banda a reformar la contratación, perjudican a las nuevas generaciones de trabajadores y se merecen la acusación de que sólo defienden los intereses laborales de los sindicados con trabajo fijo». Yo iría más lejos: se defienden a sí mismos. Defienden las subvenciones que reciben, el compadreo de sus líderes con los políticos de izquierda, los «liberados», que es como se llama hoy a los antiguos enlaces sindicales, toda una trama que les hace parecerse cada vez más a los sindicatos verticales y les hace pedir al Estado que se haga cargo de la entera actividad productiva, como si añoraran el INI. Por este camino, los únicos trabajadores que van a quedar en España son los que tienen contrato indefinido. Si no quiebran sus empresas, claro.
ABC - Opinión
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